29 de octubre de 2010

Los inquilinos de Moonbloom (Edward Lewis Wallant)


El ojo humano es incapaz de distinguir esa infinitud de matices de la escala de grises que da sus primeros pasos en el blanco y boquea exhausta a la puerta del negro. Sin embargo, hay quien percibe y distingue esos matices y que es capaz de describirlos con precisión científica.

Edward Lewis Wallant no sólo les pone cuerpo y nombre, les inventa vidas, sino que los ha reunido a todos ellos en varios bloques de apartamentos ruinosos de un Manhattan multiétnico a cargo de un pobre diablo, Norman, el más gris de todos ellos, para mostrarnos cómo se asemejan nuestras vidas a las de estos desheredados de la esperanza cuando somos mirados por ojos ajenos.

En la sencillez de la trama apenas puede advertirse la fuerza de la novela. Norman Moonbloom es el encargado de tres edificios lastimosos. Su tarea consiste en cobrar el alquiler a los inquilinos y tratar de sortear todas sus peticiones administrando un magro presupuesto para reparaciones y mantenimiento. Que Irwin, el hermano de Norman, sea el dueño de la inmobiliaria propietaria de los edificios, que sea inmensamente rico y exitoso en los negocios y que haya decidido confiar por una vez en su hermano (aunque trate de vigilarle de cerca) no ayuda a la endeble posición de Norman.



Pero ¿quién es realmente el protagonista? Él mismo habría acogido con gusto la machadiana expresión “en el buen sentido de la palabra, bueno". Frente a su hermano, Norman ha empleado el dinero de una herencia en una formación reglada algo caótica. Cualquier disciplina le ha atraído y acumula títulos variados y poco útiles en su actual quehacer. Su paso por diversos centros y titulaciones le ha mantenido apartado del mundo, inmune a todo contacto con la realidad. Pero ha llegado el momento de dar un paso al frente, de situarse bajo los focos de la vida, cuando ya ha entrado en la treintena y, con su buena fe, se embarca en su penoso oficio de agente inmobiliario.

Su principal ocupación consiste en visitar periódicamente a sus inquilinos para cobrar el alquiler en mano. En estas penosas visitas se asoma a cuartos sórdidos, infectos y malolientes, habitados por enloquecidos, irascibles y malvados vecinos que maldicen su suerte mientras tratan de sobrevivir en un mundo que les ha dado la espalda. Pero también conoce la impoluta limpieza de quien huye de la suciedad como vía de expiación, el esfuerzo de parejas que tratan de sostener una vida de engaño mutuo para conservar la vana ilusión de que todo lo vivido ha merecido la pena, que ha tenido un sentido.

Sin embargo, lo que une a todos los inquilinos, lo que actúa como conexión con Norman son las quejas por el estado de los inmuebles. Toda la tristeza de sus vidas parece condensarse en aspectos tales como un grifo que gotea, ascensores que no pasan la revisión técnica, cañerías reventadas o atascadas, ventanas que no cierran, un sistema eléctrico que pide a gritos su completa revisión, pequeños accidentes domésticos o paredes hinchadas y deformes que son una amenaza para la vida de los arrendatarios.


Wallant sabe transmitir la atonía de estas vidas, su tristeza plomiza, pero sin despreciarlas ni caer en el tópico. La riqueza de los personajes es sorprendente. Con breves líneas es capaz de trasladarnos el drama de Del Río, Paxton, Leni o Basellecci. En las escenas que Norman atisba, durante sus breves visitas, se encuentra la esencia de estas almas errabundas. Cada persona que se asoma a estas páginas goza de su personalidad, de su carga vital, por pequeño que resulte su papel en la novela.

Norman, abrumado por las demandas y exigencias de sus inquilinos desarrolla un complejo sentimiento que le lleva del odio (¿reclamaban igual ante el anterior agente?¿creen realmente que es capaz de solucionar cuanto le piden?¿por qué le hacen partícipe de sus vidas, le cuentan sus penurias y le creen algo que no es?) a la empatía y al fantasioso proyecto de arreglar todos y cada uno de los desperfectos, abrillantar los suelos, pintar las paredes, cambiar las tuberías y devolver el esplendor y la dignidad a sus tres edificios.

Y hay dos elementos que van inclinando la balanza del lado de la promisión, de la visión salvífica. Por una parte, la muerte del hijo de Sherman y Carol, resultado de una relación frustrada que se mantiene sólo por el amor al hijo y que golpea a toda la comunidad. Por otra, la pérdida de la virginidad con Sheryl, hija de otro inquilino que le convierte en un nuevo hombre, más libre de temor y timideces convencionales.

Poco a poco va madurando la rebelión en el cerebro de Norman. Los lamentos hacen mella en su bondadoso carácter, en su débil posición laboral. Busca en su interior la reserva de fuerzas suficiente para sacudirse el cansancio, el hastío y la distante indiferencia que siente por los problemas ajenos y que siempre ha dominado su vida.

Trata de sintonizar con su infancia visitando su ciudad natal, los paisajes en que vivió, la ventana desde la que se asomaba al mundo para comprenderlo. Pero no es en su pasado donde encontrará el manantial del que alimentar su revuelta sino en los propios inquilinos, en ellos hallará la fuerza que precisa, encarnada en la Trinidad de la Supervivencia que toma prestada de Sugarman, su inquilino vendedor de golosinas en la red de cercanías de Nueva York: Coraje, sueños y Amor. Sin ellas un hombre se precipita a la insulsa existencia de quien no tiene motivos para haber nacido ni para seguir viviendo.

Y es a partir de este momento cuando la impermeable vida de Norman parece hacerse más real y porosa, sensible a las penalidades ajenas, a sus miserias y alegrías, a sus vanas esperanzas. En su treintena, asume el papel de redentor y arrastra en su afán al empleado a su servicio, Gaylord, un negro de avanzada edad protestón y escéptico y al fontanero Bodien, un chapuzas de dudosas habilidades; dos apóstoles atípicos y poco ejemplares, más convictos que voluntarios. Wallant nos ahorra el último capítulo de este drama bíblico, la Pasión y muerte, la derrota, o quién sabe, la victoria sobre la muerte, con un final en suspenso.

Pero en Los inquilinos de Moonbloom (igual que en toda buena Literatura) tan importante es lo que se cuenta como el modo en que se hace, y es en este aspecto en el que la novela resulta sorprendente, un hallazgo que reconcilia con el arte de narrar, con la palabra escrita, sin que la brillante traducción de Miguel Martínez-Lage haga perder un ápice de la fuerza del texto.

Pocas imágenes y lugares comunes encontrará el lector de Los inquilinos de Moonbloom. La fuerza visual de sus metáforas, su frescura y originalidad dan prueba del talento de un autor del que en España sólo se ha publicado la presente novela, de un total de cuatro obras (dos de ellas publicadas póstumamente, incluyendo esta novela aquí comentada) en una breve vida frustrada a los treinta y seis años.


Es de esperar que Libros del Asteroide publique la restante obra de Wallant para dar a conocer mejor a este autor en nuestro país tan necesitado de obras en las que se combina el dramatismo con el humor en sabias proporciones, que ilustra cómo afrontar un tema moral sin caer en el ridículo y que nos abre el interrogante de cómo es posible que esta novela permaneciera inédita en nuestro país y si aún nos aguardan sorpresas igual de agradables.

Muchos se sorprenderán del relativo desconocimiento de este autor y se mostrarán escépticos ante las cualidades literarias de la obra. Pero no es de extrañar. Wallant se instaló por un tiempo en un edificio similar a los que describe para captar mejor la esencia de esa vida en la que los olores pasan de puerta en puerta, donde el papel de las paredes es sólo un pegote irreconocible al que te puedes quedar pegado y donde los tabiques parecen sostenerse por mera piedad. Por ello, los personajes de esta novela son, al tiempo, tan reales como entrañables, tan creíbles como humanos. Y por ello, podemos sentir un leve escalofrío cuando comenzamos a conocerlos y a comprender que tal vez otros vean en nosotros esa grisura igualitaria, que tal vez no seamos más que inqulinos de la vida como nos recuerda Rodrigo Fresán en su acertado prólogo y que, homenajeando el mesianismo de Norman Moonbloom, nuestros días estén contados.



3 de octubre de 2010

Mal de escuela (Daniel Pennac)



Daniel Pennac es un conocido y prestigioso profesor y pedagogo francés. Pero fue y será siempre un zoquete. Cómo ha logrado engañar durante tanto tiempo a tanta gente es un misterio que sólo él conoce. En Mal de escuela (Editorial Mondadori con traducción de Manuel Serrat Crespo), Pennac ha decidido -¡qué otra prueba más necesitamos de su zoquetería!- contarnos su experiencia escolar para poder responder en alto a varias preguntas.

¿Es posible burlar el fracaso escolar cuando ya hemos dado pruebas de ser unos auténticos zoquete?¿Cómo se produce esta rebelión, qué mecanismos la desencadenan?¿En qué medida nuestro sistema educativo posibilita este pequeño milagro o, por el contrario, trabaja parecerlo improbable?

Para dar respuestas, Daniel Pennac comienza por preguntar. Pregunta a su hermano para que, gracias a sus recuerdos infantiles, comprenda por qué se le atragantaban las matemáticas o cómo era posible acostarse con la lista de capitales europeas perfectamente memorizada y ser incapaz de recodar una sola en la tarima de la escuela al día siguiente.

Y pregunta también a sus propios recuerdos, y encuentra la imagen de su madre y su padre. La primera, aún siendo ya un conocido divulgador, con apariciones televisivas estelares y libros en los primeros puestos de ventas, seguía convencida de su zoquetería y de que ésta antes o después saldría a la luz. Su padre, por el contrario, sin palabras expresas, pareció guardar una inagotable confianza en su hijo (o quizá indiferencia).

Dos actitudes que marcan las sendas principales de reacción familiar. Y es que quizá el fracaso escolar nace en el seno de la propia familia. Puede tomar la forma de falta de confianza -“es que al niño no se le dan bien las matemáticas”- lo que exime al alumno de la exigencia de esfuerzo. Subyace la creencia de que el conocimiento es un don regalado de manera cruel y arbitraria, igual que el talento natural para la pintura o la música. Memorizar la tabla de multiplicar se asemeja a la composición de una sinfonía, ímprobo esfuerzo para nuestros pobres hijos. Pero también hay quienes sin intervenir, en un segundo plano, reducen la enseñanza a un asunto entre dos: el niño y la escuela -"al final, todo se arreglará, saldrá adelante, ya lo sé yo, …"- pero no siempre ocurre.

En cualquier caso, la familia de Penca buscó la solución a través de la educación en diversos internados. Y lo logró. Gracias a tres profesores que lograron atarle a la silla con las cadenas de su pasión por las asignaturas que impartían, que plantaron un comienzo de amor propio y confianza que fue suficiente para dar alas a un Daniel Penca que aprendió a decir adiós a su zoquetería (aunque su recuerdo le perseguirá en sus muchos años de enseñanza y en la figura de muchos de sus alumnos, tan zoquetes o más que él en su misma edad).


Algo anticuados, hoy en día asociamos el internado más con una institución represiva y cuasi penitenciaria que con centros educativos y ello pese a la profusión que de ellos da muestra nuestro cine (El club de los poetas muertos, Harry Potter, Los chicos del coro, …). Pero, ¿qué le aportó a Pennac su paso por estos internados?

Por primera vez en su corta vida, logró distanciarse de su familia. En el internado desaparecía esa presión del “qué tal en la escuela, qué tal el examen de hoy”. No era precisa la mentira piadosa para ocultar el tirón de orejas, el dictado repleto de correcciones en rojo o la maldita lista de ríos y afluentes que parecía secarse con la misma facilidad que el agua en los desiertos de los que tampoco guardaba recuerdo nominal. Eliminar esta presión, le liberó de un tiempo y unas energías preciosas que ahora pudo reconducir de manera más provechosa.

El internado también permitía que los profesores no pusieran en duda las excusas del alumno que no ha logrado resolver el problema o que no ha completado más que un mero y triste esbozo en lugar de la redacción con presentación, nudo y desenlace que se le había pedido. No valen excusas sobre la situación familiar, el padre alcohólico o la pandilla de semidelincuentes.

Se logra romper así una de las piedras clave de la vida del zoquete, recuerda Pennac: la mentira. Se miente en casa y se miente en la escuela donde es preferible fingir desprecio por el conocimiento que reconocer las dificultades. Y el problema de estas mentiras es que están totalmente aceptadas por todos, como un elemento más que a nadie se oculta pero que todos silencian: un profesor prefiere creer que su alumno zoquete no hace sus deberes por vagancia o por rebeldía a reconocer que no ha sabido o podido insuflar la llama que alienta el conocimiento. La familia preferirá ver a su hijo como víctima del sistema educativo, de un profesor envidioso o incapaz, antes que reconocer la falta de esfuerzo filial. Y sobre este tejido, la zoquetería se sienta, sonriente.

Y no hablemos de futuro, de labrarse un porvenir, del “llegar a ser algo” (más que alguien, cruel paradoja de una enseñanza finalista de cortas miras). Ese devenir poco importa al zoquete. Atrapado en un presente sin esperanza, el futuro se presenta como una amenaza aún peor. Ganarle la partida al tiempo es su profesión, su eterna por oponerse al mundo de sus mayores, al que le espera pero al que quiere burlar. Un círculo vicioso de fatales consecuencias.

¿Pero qué hizo cambiar al zoquete de Daniel Pennac? En su caso no fue ningún método didáctico propio, ningún plan de enseñanza redentor. Tan sólo tres profesores que dieron con los temblorosos rescoldos que aguardaban con paciencia el calor que los hiciera revivir. Un profesor que sustituyó las redacciones semanales por la escritura de una novela a presentar a fin de curso sin faltas de ortografía (lo que le ató de por vida al diccionario, ¡él que lo había temido como a un libro prohibido¡). Un profesor de matemáticas, de aspecto algo ridículo y que en sus clases sólo hablaba de su Ciencia, suspendiendo entre tanto el mundo. Por último, una profesora de Historia que logró hacer de los siglos pasados un mosaico actual y vívido.

¿Qué tenían en común estos tres profesores? Poco, asegura Pennac. Tal vez que “estaban presentes” en todo momento en sus clases. Que no hacían como tantos alumnos (y profesores): sustituir su presencia real por un remedo de maniquí, un mero formulismo, un tiempo perdido que hay que dejar pasar.

Y, sin embargo, estos profesores ejemplares, llevaban su pasión más allá de sus aulas pero -¡sorpresa!- no en aspectos docentes, no, en cualquier actividad a la que se dedicaran, preferentemente ajena a las Matemáticas, la Historia, … Es decir, no discurseaban sobre los métodos, la trascendencia de su labor o su éxito laborar; vivían con pasión y ésta fue la que removió al pequeño Pennac.

En un encuentro casual con uno de ellos, años más tarde, resultaría que el profesor salvador ni siquiera recordaba a su devoto alumno. No le quiso salvar a él en especial, pero quizá sólo a él salvó de entre toda su clase. Pennac no necesitó de especiales cuidados ni atenciones, de un seguimiento específico. Un paso más allá, Pennac está convencido de que estos mismos profesores dejaron escasa huella en otros alumnos. Lección: no hay recetas únicas. Su redención surgió de la relación nacida entre él y el profesor (aún con la ignorancia de éste). De esta simbiosis que hace del aprendizaje una aventura compartida, un desafío.

Entonces, ¿no hay recetas? No. Quizá a ello responda el título del libro: Mal de escuela. Pennac reflexiona sobre algunos de los tópicos frecuentes en los debates actuales sobre la educación. Por ejemplo, la importancia de la memoria o el papel del dictado como elementos fundamentales en la formación de los alumnos, al margen de modas y tendencias. Nos brinda numerosos ejemplos sacados de su experiencia de cómo emplear ambos para sacudir las mentes perezosas de sus alumnos.


También el sistema de calificaciones merece su atención, en particular, la ambigüedad del “cero” que iguala a quien no conoce la respuesta correcta y formula una errónea y a aquel otro que elabora una respuesta absurda. ¿Y es esto relevante? Según Pennac, sí. La respuesta errónea presupone un esfuerzo. La respuesta absurda representa la salida fácil del zoquete.

Subimos el telón:
- ¿Qué río pasa por Valladolid?
- El Rin
- Un cero
- Pues vale.

¿Qué ocurriría si el zoquete contesta con un sincero “no lo sé”? Resultaría que el profesor debería interrogar por los motivos de la ignorancia, repasar los ríos, saltar el orden de exposición que había preparado para la clase, en definitiva, “no dejar saltar la presa”. ¿Y el zoquete? Habría tenido que responder a numerosas preguntas. Es mejor la mentida como se dijo antes, más cómoda para ambos. El zoquete ha logrado salir indemne y el profesor se ha ahorrado la tarea de averiguar el motivo del rechazo al conocimiento que de modo tan manifiesto plantea se le plantea.

Bajamos el telón.

Y es que aquí ya perfilamos al zoquete desafiante. El que desprecia la enseñanza, pero también al profesor y a sus compañeros e incluso a sus padres. ¡Cuánta tarea pendiente para un educador! Y aquí surge otro de los equívocos que pretende rebatir Pennac: la violencia en la escuela. Sostiene que siempre la ha habido, sea ahora más agresiva o patente; pero no es propio y exclusivo de nuestros días. Sí lo es la de atribuirla y etiquetarla para asociarla a los barrios periféricos y a la inmigración.

Porque los alumnos ya no son los que eran, también esto lo reconoce Pennac. El alumno actual vive en un mundo creado para él por los adultos en el que la manipulación resulta brutalmente explícita. Las propias palabras son usurpadas sustituyéndose por marcas (las Adidas, el Mp3, ..., sustituyendo a los sustantivos zapatillas, reproductor de música).


Frente al alumno contestatario y rebelde de los setenta y ochenta, el alumno actual se caracteriza por su condición de niño-cliente, demandante de bienes de consumo (la mayoría muy caros) por los que pagan con un dinero que no han ganado, por el que no han debido esforzarse. Quizá éste sea el mejor diagnóstico que contiene el libro. Lejos de centrarse en la manida imagen de los padres conformistas que conceden a sus hijos todos los caprichos haciendo de ellos unos caprichosos compulsivos, Pennac centra su mirada en los aspectos extrafamiliares, en el chico de barrio que debe competir, no en conocimientos, sino en sus posesiones visibles para conservar su prestigio aún a riesgo de convertirse en un ridículo hombre anuncio.

Es en este contexto donde aparece la escuela, único lugar en el que se exige a este niño que se esfuerce como paso previo para conseguir su meta, el único lugar en el que lograr destacar requiere sacrificio, una disciplina a la que no están habituados. Difícil tarea la de diferir la meta para unos jóvenes acostumbrados al aquí y ahora. De ahí ese mal de escuela que ninguna justa reivindicación presupuestaria logrará solventar.

Pennac no niega los problemas económicos, sociales y psicológicos. Lo que viene a defender es que estos problemas deben quedar fuera de la escuela; ésta debe ser el terreno del alumno y el profesor, separados tan sólo por el conocimiento que parte de uno y aspira a llegar a otros. La labor del profesor no es arreglar el mundo ajeno a la escuela -para eso tenemos demasiados voluntarios: políticos, periodistas, famosos sin oficio, .- sino arreglar su pequeño reino, su cuadrilátero y con eso ya es bastante.

Y, al fin, volvemos la mirada a Pennac y a sus tres ángeles salvadores cuya tenacidad y esfuerzo por no “perder la presa” lograron rescatarle de un futuro de zoquete. Porque sólo profesores como ellos, como tantos otros, pueden llevar a que unos alumnos acostumbrados a mascar consignas ajenas, se tomen la molestia de cuestionarlas y tomar en sus manos la decisión de ser o no unos zoquetes.
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