30 de septiembre de 2012

La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey (Mary Ann Shaffer y Annie Barrows)




Juliet Ashton es una periodista que se ha labrado un nombre durante la Segunda Guerra Mundial gracias a sus artículos semanales en diversos periódicos y revistas bajo el seudónimo de Izzi Bickerstaff en los que ha tratado de buscar el humor entre la desesperación del conflicto.

Terminada la guerra publica una recopilación de los mejores artículos que resulta todo un éxito editorial, hasta el punto de que Juliet se plantea preparar un próximo libro sobre algún tema que no tenga nada que ver con la guerra. En paralelo, recibe el encargo de publicar un artículo largo para el suplemento literario del Times sobre el valor de la lectura.

Una extraña carta procedente de Guernsey, una de las Islas del Canal que fueron ocupadas por los alemanes durante la guerra, le pone en contacto con la curiosa sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey proporcionándole un posible tema para su futuro libro y su artículo, aunque finalmente encontrará mucho más.  

Ésta es la trama principal de La sociedad literaria y el papel de piel de patata de Guernsey, una novela de lectura apacible, escrita en su mayor parte por Mary Ann Shaffer y que, por causa de una enfermedad grave, tuvo que ser concluida por su sobrina Annie Barrows, escritora de cuentos infantiles.  RBA es la editorial responsable de la publicación en España con traducción de Sandra Campos.

La novela no es un relato al uso, sino que toma la forma de epistolario. Los libros basados en correspondencia parecen gozar de buena salud, al menos, mejor que la de nuestro sistema de correo postal. Tal vez se trate de que las cartas ya forman parte de un pasado remoto y exótico que despierta en nosotros una especie de sentimentalismo que nos hace añorar un tiempo sin querer renunciar a las ventajas del presente.

Porque, a fin de cuentas, apenas nos parecería tolerable enviar una carta y esperar pacientemente varios días la respuesta. La urgencia de nuestro tiempo requiere la comunicación inmediata. El correo electrónico mejor que la carta, la mensajería instantánea mejor que una llamada, y una videoconferencia mejor que una conversación ante dos tazas de café.

Y qué decir del contenido de las cartas. Nuestros correos y sms no sólo suprimen vocales y consonantes, incluso palabras, suprimen emociones y comentarios. Por eso nos sentimos algo desubicados ante esas largas cartas del pasado en las que se hacían comentarios personales, se lanzaban preguntas retóricas o se plasmaban inquietudes que apenas encuentran lugar  en nuestras actuales formas de comunicación.

Las autoras
La sociedad literaria y el pastel de piel de parata de Guernsey se compone exclusivamente de cartas, pero a diferencia de lo habitual en el género (intercambio entre dos corresponsales), nos encontramos ante una auténtica novela coral. Más de una decena de personajes intercambian cartas, principalmente con la protagonista, pero también entre los diversos actores secundarios.

A modo de retales, vamos componiendo un cuadro de conjunto en el que las piezas dispersas de cada biografía van encajando y el lector construye su propio relato cronológico dando forma a la novela más allá de los esbozos que nos ofrecen las cartas.

Este esfuerzo de composición que se requiere del lector, hace de la lectura del libro un placer activo, lo suficientemente motivador como para que pasemos por alto que la mayoría de personajes resulten sumamente honrados y honestos, bienintencionados y amigos de sus amigos. A fin de cuentas, esto puede considerarse puro realismo ya que nadie se autorretrata negativamente en una carta y es feo dejar por escrito malas opiniones sobre un tercero (una lección que las nuevas tecnologías parecen habernos hecho olvidar).

Afortunadamente, contamos con dos personajes que sirven de válvula de escape: La malvada Adelaide Addison, que pretende desanimar a Juliet de que emprenda su viaje a Guernsey con maledicencias sobre el círculo literario (que dicen más sobre ella que lo que cuenta sobre otros) y el taimado Markham Reynolds, un americano prepotente y soberbio que cree poder disponer del amor de Juliet por su dinero, su éxito y las posibilidades profesionales que le ofrece como empresario editorial.

Pero hay detalles que hacen escapar a la novela del género pastoril al que parece en ciertos momentos abocada. Según avanza el texto, cobra mayor relevancia el recuerdo reciente de la poca conocida ocupación de las islas del Canal por los nazis, único territorio de Gran Bretaña que llegaron a invadir. Ciertos hechos sombríos y terribles terminan por deslizarse. Así, conocemos la vida de Beatriz, un personaje del que todos hablan y al que poco a poco vamos conociendo. No podremos leer cartas escritas por ella, pero su figura rige los actos de la sociedad literaria y terminará por determinar también la vida de Juliet.

Una escena sobre la que vuelven en repetidas ocasiones casi todos los corresponsales es el momento en el que, dándose por perdidas las islas, se organiza la evacuación de la mayoría de los niños a Inglaterra para alejarles del conflicto. Separarte de tus hijos para enviarles lejos de unas islas a punto de ser invadidas, sin saber cuánto puede durar la separación (en la práctica duró cinco años), si ésta será definitiva o si los riesgos serán mayores que los de permanecer en casa debe ser una de las más difíciles decisiones que un padre pueda afrontar. De ahí la importancia que este acontecimiento tiene para todos los habitantes de Guernsey, incluso los que no tienen hijos. Una isla (o cualquier lugar) sin niños es un espacio muerto.

La isla de Guernsey
Pero la guerra ha concluido y todos parecen felices de recuperar a sus hijos, de gozar de la recobrada libertad y de escapar de las penurias y el hambre que han sufrido durante los últimos cinco años. Para los integrantes de la sociedad literaria, la guerra ha supuesto la oportunidad de conocerse de un modo más profundo, de consolidar una amistad y unos lazos que compartirán con Juliet.

El título de esta novela puede llevar a engaño ya que poco se habla de libros y autores. La sociedad nace para evitar una represalia alemana cuando sus futuros miembros son sorprendidos violando el toque de queda y, a partir de ese momento, se organizan reuniones quincenales para discutir sobre los libros que cada miembro lee.

Los gustos son peculiares. Uno lee y relee a Séneca, otro adora a Charles Lamb, otra se dedica a los libros sobre recetas y otro no lee siquiera. Pero lo cierto es que en torno a los libros se forja una amistad que permite a personas que antes se conocían y saludaban exclusivamente como buenos vecinos, otorgarse el título de amigos.

No es poco mérito para los libros. Siempre relacionados con una actividad silenciosa y solitaria, reflejan en esta novela todo su poder pero también su  humildad, quedando relegados a un segundo plano tras abrir la puerta de unas relaciones que ya no los necesitan para mantenerse. ¿Puedo haber mejor prueba de la bondad de la literatura?


16 de septiembre de 2012

Edvard Munch. El alma pintada (Fuensanta Niñirola)



 


Hay artistas que parecen definir una época, condensar los sentimientos de un tiempo y extraer de ellos una creatividad que los hace clásicos. Edvard Munch es un ejemplo. Su viaje artístico a lo largo del último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX, refleja las tensiones de una época en constante cambio y evolución, pero también su peculiar modo de entenderlos y reflejarlos.

Edvard Munch. El alma pintada es el título del libro con el que Fuensanta Niñirola nos introduce en la vida y obra de este creador tan prolífico. Niñirola reúne la doble condición de artista plástica (con una dilatada carrera acreditada por numerosas exposiciones y trabajos) y la de escritora y crítica literaria. Este libro saca buen provecho de ambas facetas ya que hace comprensible la obra de un autor complejo sin renunciar a explicaciones técnicas y sin dejar en el lector la impresión de que asiste a un mero desfile de imágenes y fechas entre las que se escapa aquello a que hace mención el subtítulo de la obra, el alma del pintor.

Los abundantes recuadros informativos ofrecen noticia de las diversas técnicas del grabado, de los variados movimientos artísticos y culturales del periodo o de la importancia de figuras como Strindberg en la vida de Munch, acercando al lector más profano un conocimiento que no le estorbará en su lectura. 

Fuensanta Niñirola
El texto se inicia con unos capítulos dedicados al ambiente artístico de la última parte del siglo XIX que tan variados y ricos frutos ofreció en todas las artes de la época. La difusión de ideas a través de revistas, la importancia de las tertulias y los círculos literarios, el cosmopolitismo y la ebullición cultural crearon un magma en el que los movimientos artísticos se sucedían unos a otros influyéndose recíprocamente con una imparable rapidez.

Algunas notas que definen esta nueva época son el gusto por lo subjetivo, potenciado por el avance en el conocimiento de la psique a través de las obras de Freud, la filosofía de Nietzsche o el renacimiento del esoterismo. Los artistas dejan en segundo plano el intento por mostrar la realidad (que, por otro lado, ha comenzado a ser captada por la naciente fotografía) para volcarse en reflejar el modo en que interpretan dicha realidad, cómo es a sus ojos.

En el caso de los artistas plásticos, los puntos de diferencia estarán en el enfoque. Los impresionistas pretenderán reflejar la luz tal y como la perciben en cada momento y respecto de diversos objetos y formas, la realidad tal y como se les muestra. Los expresionistas querrán más bien, volcar en la realidad externa sus sentimientos y pensamientos, extraer la inspiración de dentro hacia fuera.

Por otro lado, las técnicas avanzan ofreciendo a los creadores nuevas formas de expresión o mejorando las existentes. Aguatinta, grabados a buril y litografías se integran en la obra de los artistas, más allá de lienzos o acuarelas. Munch experimentará con muchas de estas técnicas, atreviéndose incluso con la fotografía, otorgándole una intencionalidad artística y experimental que le adelanta a su tiempo.

Seguidamente, Niñirola se adentra en la figura de Munch, desde una perspectiva cronológica dado que, en este caso, las peripecias vitales determinan la evolución de la obra. Con un criterio puramente personal, he seleccionado tres pinturas representativas de temas y momentos biográficos clave en la obra del pintor noruego. Creo que son representativos de lo que un lector puede encontrar en este libro, abriendo su apetito por profundizar en el resto del texto.

La niña enferma – (1885-1886)


La infancia de Munch se ve rodeada, casi sería mejor decir acechada, por la muerte. Pierde a su madre a los cinco años y a su hermana mayor a los catorce. Otra hermana, Laura, comienza a presentar síntomas de demencia. Él mismo tiene una salud precaria que le hace creer que morirá joven por la tuberculosis o que caerá en la locura. Citando al propio autor, aficionado a dejar testimonio escrito de sus impresiones, “enfermedad, muerte y locura fueron los ángeles negros que velaron mi cuna y desde entonces me han perseguido durante toda mi vida”.

Nada de esto ocurrirá, pero la presencia apremiante de la muerte y el padecimiento marcarán toda su vida. Enfermedad y muerte se convierten, desde un inicio, en temas sobre los que pintará obsesivamente, tal vez como conjuro ante tales amenazas.

Tras una estancia en Paris y los Países Bajos, su ambición se dispara y Munch tratará de encontrar su propia voz. La imagen de su hermana postrada es el cuadro que mejor refleja esa fuerza creadora que dominará el resto de su vida. La luz en el rostro de la enferma, la figura hundida y desamparada de la tía, imagen de la rendición, se combinan con una técnica en la que el artista llegó incluso a rasgar y atacar la pintura dotándola de una fuerza impactante.


El Grito – (1893)


Munch continúa sus viajes por el extranjero asimilando las nuevas corrientes de la época para consolidar su propia visión de la pintura. Una beca le ha permitido una larga estancia en Francia, ampliando su confianza. Su exposición en Berlín es clausurada a los pocos días de la inauguración pero pronto es invitado a Düsseldorf y Munich comenzando el reconocimiento crítico. Su vida dará la mano a la bohemia centroeuropea, si bien, necesitará frecuentes escapadas a los paisajes naturales que le vieron nacer. Vive atrapado en una dicotomía en la que desea entregarse al modo de vida de otros artistas pero su espíritu no es capaz de resistirlo cayendo fácilmente en el alcoholismo o en crisis nerviosas.

Munch es ya un artista maduro, que domina la técnica dejando libertad para plasmar sus sentimientos más profundos, su desesperanza pero también su amor por la naturaleza que sabe expresar con magnificencia.

El grito refleja toda esa tensión atenazante, esa desesperación que apenas puede explicarse racionalmente y que sólo un aullido casi animal, la pura desesperación de una bestia herida, puede expresar.


Autorretrato entre el reloj y la cama (1940-1942)


Damos un salto hasta los últimos años de la vida de Munch. Por el camino hemos dejado la consolidación y el reconocimiento de un gran artista, su dependencia del alcohol, sus crisis nerviosas y la recuperación mediante la vuelta a la Naturaleza. La culminación de El Friso de la Vida, la decoración para estrenos teatrales de Ibsen o las pinturas para la Universidad de Oslo, todo ello fundamental tanto en lo artístico como en lo personal.

Munch ha sobrevivido a su relación con Tulla, una pasión envenenada que le servirá de inspiración para muchas obras en las que refleja una visión pesimista del amor.

Su obra se expone junto a la de los más grandes artistas de su tiempo, pero él se aísla en el campo, se encierra con sus pinturas y continúa trabajando, dando especial importancia a grabados y litografías, haciendo instalar en el sótano de su casa un tórculo.

Munch pintó innumerables autorretratos pero éste me resulta el más conmovedor. Un hombre ya anciano, de pie, se muestra casi sin voluntad ante el espectador. Su espíritu parece haberle abandonado por la puerta abierta tras de sí que deja ver el estudio del pintor, verdadero depósito de su alma. A la izquierda, un reloj de pared, símbolo del tiempo que implacable corre para todos. Pero un detalle importante: este reloj no tiene manillas; para Munch, la hora ya se ha cumplido.

Y, en efecto, a su derecha, una cama le aguarda paciente. Esa cama que tantas veces ha representado en sus cuadros sobre enfermos y moribundos y que ahora le acogerá también a él.

Tres capítulos hermosos de una obra que queda expuesta a nuestros ojos en este libro editado por Ártica y que invita a la relectura (al menos, ese ha sido mi caso) porque, como señala la autora, normalmente admiramos la obra de un artista y queremos  conocer detalles de su vida. Pero, conociendo detalles de su vida, queremos volver a ver su obra y cerrar el círculo.


 Como despedida y cierre, tomemos una de las imágenes que mejor pueden definir a Munch. Un hombre maduro, bien vestido, rodeado de sus cuadros, sus “niños”, de los que tanto le costaba desprenderse y sin los que se encontraba incómodo e inseguro, que posa de perfil, como en un retrato renacentista, y que mira a lo lejos, tan a lo lejos, que su mirada apenas nos habló de otra cosa que no fueran sus temores y pasiones internas.   



2 de septiembre de 2012

Marco Aurelio. Una vida contenida (Fernando R. Genovés)



Marco Aurelio. Una vida contenida es el provocador título del último libro publicado hasta la fecha por Fernando R. Genovés (editorial Evohé) en el que reflexiona sobre el pensamiento de este filósofo emperador y, por extensión, sobre la filosofía estoica y su vigencia.

Decimos provocador por diversos motivos, no siendo el menor el de que nuestros tiempos sean más proclives al impulso y la espontaneidad que a la contención. Someterse a límites autoimpuestos por la razón parece tan anticuado como arriesgado para el equilibrio de nuestro espíritu. Todo debe ser probado y nada se ha de callar para sentirnos felices y así, evitar reprimirnos, ese concepto tan reciente pero tan asimilado, culpable de la mayor parte de los males reales o ficticios que nos acechan.

Provocador también porque aunque el cine y la literatura parecen frecuentar la Antigüedad como reclamo para un público ávido de evadirse, no estamos ni ante un personaje heroico (tal y como se interpreta actualmente este término) ni ante un déspota sanguinario que permita el libre vuelo de la imaginación de un guionista.

¿Quién era Marco Aurelio? Nacido en Roma en el año 121, su padre era un respetado político cuya familia estaba emparentada con el emperador Antonino Pío. A la muerte de su padre, Marco Aurelio logró el cariño del emperador quien le nombró sucesor alcanzando el poder a los cuarenta años, edad ya avanzada para la época.


Durante los años anteriores a ejercer la magistratura suprema de Roma, Marco Aurelio cultivó el estudio de la filosofía estoica, muchas de cuyas enseñanzas plasmaría en sus célebres Meditaciones, pero también se esforzó por llevar a la práctica sus creencias y vivir como filósofo.

Filosofía y Poder forman los dos ejes, tanto en lo biográfico como en lo espiritual, en los que se desarrolla la vida de Marco Aurelio ofreciéndole la posibilidad de asumir las enseñanzas estoicas y contrastarlas con su propia experiencia, con el ejercicio del imperium y sus riesgos inherentes, con la necesidad de compaginar su vida pública con su deseo de seguir siendo humilde. En definitiva, su pensamiento debe tanto a sus enseñanzas teóricas, como al contraste de éstas con sus circunstancias vitales, combinación sobre la que supo reflexionar y legar a la posteridad unos pensamientos plenamente vigentes como acierta a acreditar Genovés en esta obra.

Marco Aurelio. Una vida contenida es un libro rico en ideas y reflexiones por lo que elegiremos tan solo algunas para compartirlas y anticipar así parte del contenido que el lector podrá encontrar en sus páginas.

Fernando R. Genovés
El volumen se compone de dos partes bien diferenciadas. La primera de ellas se dedica a cuestiones generales, relativas al pensamiento de los Antiguos y su modo de filosofar frente al de la Edad Moderna. Notables son las diferencias, tanto en cuanto a la metodología empleada (menos sistemática y más derivada de la observación de la naturaleza en el caso de los primeros filósofos) como respecto a los fines perseguidos.

Los Antiguos no pretendían, por regla general, elaborar normas de conducta generales aplicables a cualquier hombre y circunstancia, sino más bien explorar modos de reflexión que permitieran discernir cómo proceder en cada circunstancia.

¿Es deber del hombre anteponer su propia felicidad y contento al bien común? ¿Debemos acaso servir al otro y alejarnos así de nuestros impulsos egoístas? Genovés hace un repaso al modo en que los filósofos, tanto Antiguos como modernos se han enfrentado a esta cuestión. En el pensamiento moderno amarse a uno mismo tiene una connotación “inmoral”; es preciso luchar e imponerse una obligación de servicio para elevarse. Para un estoico, la polémica parece más bien inexistente. Se admite que todo hombre debe amarse a sí mismo sin olvidar el bien y contento de otros, no hay contraposición (o no debe haberla si uno procura conducirse del modo adecuado).

Parecer semejante expresaría, en otro contexto y referido a una cuestión más práctica, Adam Smith quien se esforzó en demostrar que la persecución del beneficio individual no suponía el empobrecimiento ajeno sino el aumento de la riqueza de la nación, fundando así las bases del primer capitalismo.

La segunda parte del libro se centra en el pensamiento de Marco Aurelio, preocupado por estas cuestiones filosóficas y en cómo supo compaginar su carácter humilde y austero con su condición de emperador, que le exigía actuar como garante de una tradición, un ornato y un poder que asumió como un deber.

Porque Marco Aurelio supo ejercer como emperador con todas sus cargas, pero sin renunciar a su pensamiento ni al cuidado de sí mismo. Buena prueba de ello es que sus Meditaciones fueron compuestas precisamente durante sus años de emperador y, muy posiblemente,  de no haber ocupado tal posición, nunca las hubiera escrito o habrían tenido menor alcance y profundidad.

El emperador y el autor
Séneca había advertido sobre la necesidad de ser mejor que la gente vulgar (aunque no opuestos a ellos). La traducción que de tal pensamiento hace Marco Aurelio en una de sus meditaciones es que “la mejor manera de defenderte de ellos consiste en no ser como ellos”. Esta autoexigencia es una de las claves del pensamiento del filósofo. El esfuerzo por perseverar en el estudio y la reflexión, por dirigir la propia vida conforme a unos fines elegidos libremente es lo que nos hace diferentes, mejores.

Esta exigencia y esfuerzo no excluyen la noción de contento, antes bien, la realza dado que sirve para encontrar los verdaderos fines que dignifican la vida. Precisamente esta vocación le empujó a la defensa de las fronteras de un Imperio amenazado por pueblos que trataban de transgredir la marca de civilización que suponía Roma. Ese impulso por perpetuar un lugar en el que Ley y Razón (con todos los límites que ambos conceptos tenían en esa época) tuvieran preeminencia, es el punto en el que se dan la mano el emperador y el filósofo.

Y luchando contra ellos fue como la muerte sorprendió al filósofo emperador, en un campamento cerca de la actual Viena en el año 180. Más de mil ochocientos años han transcurrido desde entonces y el mundo ha cambiado mucho. Cayó Roma como cayeron otros tantos imperios; las fronteras de entonces se han desfigurado y hoy parecen gobernarnos los que antes acechaban en la Germania las señales del debilitamiento del poder de Roma. Pero, en otro sentido, nuestros tiempos plantean problemas parejos a los que fueron objeto de la reflexión de Marco Aurelio.

La moralidad de la conducta pública y el deber para con uno mismo y para el conjunto de los ciudadanos. La importancia de saber gobernarse a sí mismo para poder hacerlo con otros. La noción de un vivir contento alejada de una mera satisfacción externa y material. Impedir que el individuo quede sepultado por intereses que le son ajenos.

Y es que las meditaciones de un antiguo emperador romano aún pueden ayudarnos a reflexionar sobre cómo conducirnos en el mundo al modo en el que enseñaban los Antiguos, sin abstracciones retóricas, apegados a esta realidad en que vivimos que, como dijo Kafka “no tengo derecho a combatir, pero que en cierta medida tengo el derecho de representar.” 

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