17 de enero de 2010

Faulkner y Nabokov: dos maestros (Javier Marías)



No es fácil seleccionar a los mejores escritores de una época y especialmente difícil sería la elección si ésta viniera referida al siglo XX. Como en ninguna otra época, el pasado siglo ofrece una vertiginosa sucesión de estilos y corrientes. En esa centuria se entremezclan autores que se centran en revolucionar las formas literarias con aquellos que ven en la Literatura el medio para cambiar el mundo sobre el que escriben; aquellos que buscan en la pureza literaria huir del torbellino histórico de su tiempo y esos otros que buscan actualizar géneros de otras épocas.

En este contexto tan rico, la elección parece describir mejor al árbitro que confecciona la lista que el mérito de los elegidos. En la hipotética selección de Javier Marías se encontrarían sin duda dos autores fundamentales por su talento narrativo y la soterrada influencia que han ejercido en otros escritores, influencia que sin lugar a dudas continuará fluyendo libremente por encima de modas, críticos afanosos por allanar su propio espacio con ideas supuestamente novedosas (la terrible tentación de todo arribista) y lectores perezosos más preocupados por la docilidad de los textos que adornan sus mesillas de noche.

Como muestra de la pasión que por ambos siente, Marías compuso diversos textos, tradujo poemas inéditos en nuestra lengua y seleccionó algunas notas biográficas que fueron publicadas de forma dispersa y que finalmente vieron la luz en sendos libritos, más bien con intención lúdica e íntima. Tiempo después, ambos libros han sido editados por Debolsillo en un único volumen (aún así bastante breve) bajo el esclarecedor título de Faulkner y Nabokov: dos maestros.

Como se puede deducir, el material aquí recogido es más bien heterogéneo, de orígenes diversos e incluye, para cada autor una colaboración ajena al propio Javier Marías. Comienza por Faulkner, de quien se señala en la introducción que cometió la imperdonable torpeza de incurrir en cinco grandes pecados, a saber: ser hombre, blanco, anglosajón, machista y estar muerto. Toda una declaración de intenciones puesto que como denuncia Marías, su obra ha venido a pasar a un segundo y discreto plano, para ganar relevancia su vida o mejor, determinados aspectos de su vida, como su misoginia o tacañería para rebajar su estatura de escritor.






Y nada más injusto en el caso de Faulkner ya que, según nos describe Marías, en otro de los artículos aquí recogido, se trataba de un tímido prototípico que rehuía cualquier clase de acto social (entiéndase por social cualquier reunión con más de un desconocido) o que ante las preguntas vacías y repetitivas de los periodistas optaba por la invención pura, mezcla de juego infantil y de necesidad de preservar su intimidad sin resultar descortés con el inquisidor.

Pocos sabrán que el propio Faulkner se definía a sí mismo como un poeta fracasado. Quizá para dar fe de ello (o para desmentirlo) Marías publicó en la revista Poesía una versión bilingüe del primer libro de poemas de Faulkner (Si yo amaneciera después). Baste decir que parece que la Literatura perdió a un poeta a secas a cambio de ganar a un Novelista con mayúsculas.

Por último, se recoge un breve artículo escrito por Manuel Rodríguez Rivero que bajo la forma de un viaje a la tierra de Faulkner, trata de acercarnos al misterio y extrañeza que aún perdura en las tierras del Mississippi y al que tanto debe el pequeño condado de Yoknapatawpha, con sus villas sureñas, su calor pegajoso, sus magnolios y sus pobres habitantes, blancos y negros, observándose desde detrás de la baranda.

Nabokov es el otro homenajeado y, al igual que Faulkner, no concita especiales simpatías, en este caso debido a sus supuestas excentricidades, cierta misantropía, sospechas de pervertido y, en última instancia, por tratarse de un extranjero en cualquier parte.

Para el propio Nabokov, esta última circunstancia era consustancial a su idea del artista, que debía vivir en un cierto exilio. En su caso, este exilio vino más bien impuesto por razones políticas y familiares que por opción personal. En 1919 huyó de Rusia junto con sus padres y hermanos para no volver jamás. Ni Berlín, ni París, ni los Estados Unidos o Suiza representaron un verdadero hogar para él, que vivió siempre inmerso en una provisionalidad, en una espera hasta la siguiente etapa, con las maletas a medio hacer o deshacer, según se mire.


Nabokov fue educado en tres lenguas –rusa, inglesa y francesa- escribiendo fundamentalmente en las dos primeras. Quizá ello le llevó a interesarse por la traducción (él mismo tradujo algunos de sus primeros libros en ruso al inglés) aplicando sus conocimientos e ideas al respecto a la obra de Pushkin vertiéndola al inglés.

Javier Marías asume el reto de traducir al traductor e incluye en este volumen su versión al castellano de 1979 de algunos poemas recogidos bajo el sugerente título Desde que te vi morir.

Una de las principales críticas que se suelen formular contra la obra de Nabokov es la de responder a un esteticismo vacío de contenido, frío y academicista. Sin embargo, en su labor como profesor de Literatura en diferentes universidades, así como en los diversos textos publicados sobre Literatura europea y rusa, sus atenciones parecen caer más bien lejos de ese denostado esteticismo. A sus alumnos les recomendaba leer el Ulises de Joyce con un mapa de Dublín en la mano; les exigía conocimientos sobre la clase de insecto en que se metamorfoseaba Gregor Samsa, sobre el horario de trenes de San Petersburgo y así sucesivamente, causando el estupor entre sus oyentes.

No olvida Javier Marías la obra cuentística de Nabokov, bastante olvidada en nuestros días, y tampoco pasa por alto su pasión por la entomología, campo en el que era toda una autoridad, o su afición por el ajedrez. Así, se incluyen varios problemas ajedrecísticos creados por Nabokov con sus soluciones correspondientes, publicados con texto de Félix de Azúa quien señala que en muchos de ellos la clave de su solución es el retroceso de una pieza para volver a ocupar la posición de partida, el viaje a ninguna parte en que se resume su exilio.

Por último, se recoge un breve homenaje a la más célebre de sus novelas que lleva por título Lolita recontada en el que se repasa de manera novelesca el argumento de esta extraordinaria historia que tantos disgustos le trajo a Nabokov, tanto en su redacción (estuvo a punto de quemar el manuscrito) como tras su publicación, por las críticas simples de una sociedad que no veía con buenos ojos las posibles tendencias sexuales de un extranjero que, para colmo, había sido profesor de la Universidad Wellesley College, institución prácticamente única en el mundo dado que sus alumnos son exclusivamente féminas de buenas familias.

Javier Marías incluye en este libro una breve colección de fotografías de ambos autores (en muchos casos se trata de retratos poco conocidos) que complementan los textos de los artículos enriqueciéndolos. La cuidada edición incluye un índice con la procedencia variopinta de cada una de estas ilustraciones y de los artículos que forman el volumen.

Que nadie busque en las páginas de este libro las claves de las obras de estos dos grandes escritores, ni tan siquiera un esbozo biográfico que pueda permitir adentrarse en sus trabajos literarios con algo de luz. Quizá tampoco estén pensados para quienes hayan leído algunas de sus obras pero no hayan sentido el vértigo de la pasión por cualquiera de ellos, que no hayan sentido con justeza que sus palabras escritas, lo fueron para ellos y que a ellos llegaron después de un largo y complicado viaje. Sí quizá para quienes deseen mirar a través de un caleidoscopio que les devuelva retazos con los que cubrir algunos huecos o limar aristas en la imagen que ya han creado de estos autores. Para ellos ha sido escrito y publicado Faulkner y Nabokov: dos maestros.


5 de enero de 2010

El Muro de Berlín - La frontera a través de una ciudad (Thomas Flemming)


Si Stefan Zweig hubiera escrito sus momentos estelares de la Humanidad en la segunda mitad del siglo pasado, habría elegido sin duda el 13 de agosto de 1961 o el 9 de noviembre de 1989. Ambas fechas encierran, a modo de terrible paréntesis, el periodo en el que un muro separó físicamente a los ciudadanos de Berlín.

A menudo la realidad se empeña en replicar e incluso superar a los más increíbles relatos que algunos se empeñan en llamar ficción. Tomando el posible argumento de un relato de Kafka, un Estado decide construir una muralla rodeando completamente tres cuartas partes de una ciudad, engastada en el centro de su territorio, no para evitar que los asediados escapen sino para impedir a sus propios ciudadanos la huida al pequeño reducto. Después de varias décadas de pétrea firmeza, el Muro cede en el mismo tiempo que se empleó para su construcción: una sola noche.

Pero esto no es un relato extraído de Un médico rural o un descarte de La construcción de la muralla china. No, esto es Historia, de la que se estudia en los libros y de la que nunca se termina de aprender para evitar repetirla.

Ni la construcción del Muro, ni su caída fulminante fueron previsibles en el modo en que tuvieron lugar, por más que multitud de acontecimientos venían anunciando ambos hechos. El Muro surgió con una finalidad claramente represiva, para evitar la sangría de berlineses orientales que huían a la parte occidental y que comprometía a la débil economía de la RDA. Con ese fin, claramente dirigido a sus propios ciudadanos, pretendían disuadir a quienes aspiraban a un nivel de vida digno, a quienes anhelaban reunirse con sus familiares, separados por los caprichos de la geografía política. Por supuesto, la explicación de quienes ordenaron la construcción era otra: se buscaba más bien evitar las intromisiones de Occidente y sus continuas provocaciones, era por tanto un muro para defender a la República Democrática, al Pueblo, en definitiva.

Pero no entremos en los detalles históricos, ni en los entresijos políticos de la Guerra Fría fácilmente accesibles a través de numerosos libros recientemente publicados o reeditados con motivo del vigésimo aniversario de la caída del Muro. Menos ambicioso, he recuperado un pequeño libro comprado hace un año en una visita a Berlín, editado principalmente para el consumo de turistas algo curiosos y que se centra en cuestiones más cotidianas, menos grandilocuentes, pero quizá más importantes para quienes tuvieron que vivir a la sombra del Muro, quienes vieron sus vidas, sus trabajos, sus familias, todo, partido en dos.

Y es que las fronteras dibujadas por los Aliados al fin de la Segunda Guerra Mundial tenían más de arbitrarias que de coherentes, de modo que la zona fronteriza se entrecruzaba con bloques de viviendas, fábricas, parques, monumentos históricos, líneas de metro o barreras naturales como el río Spree, y el Muro se erigió como una herida sangrante allá por donde un burócrata hubiera dejado pasar su pluma temblorosa sobre el mapa de una ciudad que desconocía.

La construcción del Muro exigía, para cumplir su misión con eficacia, despejar una amplia zona a modo de tierra de nadie, con acceso restringido a los agentes fronterizos y a pocas personas más con los permisos correspondientes. Para ello, numerosas familias fueron expulsadas de sus viviendas por la mala fortuna de vivir cerca de la frontera. Sus casas fueron tapiadas y, en ocasiones, derruidas para facilitar el control de todos aquellos que quisieran atravesar el Muro.


Pese a ello, los intentos de fuga fueron innumerables. En los primeros días, cuando el Muro era propiamente una alambrada, las tentativas de fuga no eran más que simples carreras, como la del soldado fronterizo Conrad Schuman, fotografiada y distribuida por todo el mundo. Pero pronto las medidas de seguridad fueron creciendo y el Muro comenzó a convertirse en ladrillos y hormigón creándose una zona de exclusión precedida de alambradas y torretas de vigilancia, con patrullas que vigilaban ese territorio estéril. Durante muchos años la imagen occidental del Muro divergía de la de los berlineses orientales para quienes el Muro no era sino una extensa planicie inaccesible, a cuyo extremo, apenas visible se alzaba una pared.


Desde ese momento, los intentos de evasión pasaron a ser más complejos, a través de edificios colindantes con la zona occidental, de largos túneles bajo la frontera, cruzando el río Spree o incluso saltando mediante tirolinas improvisadas desde la azotea de un edificio.


Por cada huida exitosa, las tropas de fronteras instruían un expediente para determinar los elementos de seguridad que habían fallado de manera que cada fuga suponía casi siempre la última oportunidad para emplear dicho método. En casos extremos, los guardianes eran aleccionados para emplear sus armas de fuego contra cualquiera que tratase de forzar la frontera dejando una larga lista de fallecidos que incluye civiles y soldados (tanto orientales como occidentales). El culto a los soldados caídos en la defensa de la frontera se convirtió en un elemento importante en la política promovida por los jerarcas alemanes para subir la moral de los guardianes.


Pero la frontera no siempre permanecía totalmente impermeable. Durante los primeros años el cierre fue total y sólo los diplomáticos y otras leves excepciones podían cruzar la frontera. Pero las autoridades orientales no podían obviar que muchos de los berlineses tenían a parte de sus familias en el sector occidental, a sus muertos enterrados en cementerios occidentales, etc. Así, se alcanzaron diversos acuerdos para favorecer la comunicación y tránsito de ciudadanos entre ambas partes, si bien lo más frecuente era que ciudadanos occidentales pasasen durante unas horas al Berlín Este. Las autoridades del Este favorecieron progresivamente este tráfico ya que permitía la entrada de divisas de las que estaban muy necesitados.

El “cordón sanitario” forzaba situaciones absurdas como el hecho de que hubiera tramos del metro del Berlín occidental que pasaran bajo el Muro y cruzaran estaciones del Berlín oriental que habían sido clausuradas para sus ciudadanos con el fin de evitar su empleo como medio de fuga. Esas estaciones fantasma eran vigiladas por soldados que debían esconderse cada vez que pasaba un convoy por miedo a los objetos que los airados ciudadanos occidentales les arrojaban.


La presión a la que se veían sometidos los guardias de fronteras era tan alta que sus mandos llegaron a temer que la desmoralización (disparar a sus propios conciudadanos no debería dejar a nadie indiferente) se extendiera. Para combatir este riesgo se reglamentó un adoctrinamiento político especial junto con recompensas económicas y días de permiso para quienes cumplieran con celo su misión. Como apoyo, un nutrido grupo de voluntarios colaboraba en las tareas de vigilancia, en especial en la zona de seguridad tras el Muro, dentro del esquema que la Stasi había creado para el control de sus ciudadanos.


El paso de los años trajo consigo el avance de la tecnología aplicada también al Muro. Así, los materiales, las torretas, la iluminación nocturna, todo ello fue cambiando la fisonomía de una estructura que, en enero de 1989 sólo a ocho meses de su fin, Honecker declaraba que duraría mientras las circunstancias que motivaron su construcción siguieran vigentes.


Y no sabía lo acertado que estaba. Los acontecimientos en Europa del Este eran imparables. La apertura de fronteras entre Hungría y Austria supuso un corredor por el que cientos de alemanes huían a Occidente. Las manifestaciones de protesta en Leipzig comenzaron a extenderse al resto de ciudades de la Alemania Oriental, incluyendo Berlín. El miedo se iba derritiendo y cada protesta era una nueva victoria que evidenciaba que el poder monolítico del partido no sabía bien cómo encarar la nueva situación. La falta de respaldo soviético (al contrario de lo ocurrido en Hungría en el 56 y en Checoslovaquia en el 68) dejaba a los dirigentes alemanes huérfanos en sus decisiones.


De ahí que para mejorar la imagen y tratar de adelantarse a los acontecimientos, se decidió suavizar la política de concesión de pasaportes. El 9 de noviembre de 1989 el portavoz del Comité Central, Günter Schabowski, compareció en rueda de prensa y tras varios anuncios rutinarios leyó una hoja que le había sido entregada en mano y cuyo contenido desconocía (no había estado presente en la reunión del Comité). Él mismo parecía sorprendido por la noticia de que los viajes al extranjero no precisarían las justificaciones que se venían exigiendo hasta la fecha. Requerido por un periodista sobre si esta información era válida también para el Berlín Este, el balbuceante Schabowski buscó inútilmente más información en su hoja y respondió afirmativamente. La siguiente pregunta -“¿Cuándo entra en vigor esta medida?”- le dejó igual de descolocado, pero su respuesta puso fin a 28 años de Muro: “Inmediatamente”.


Pocos minutos después una multitud se fue congregando en los puestos fronterizos ante el estupor de los guardas de frontera que no habían recibido comunicación de ningún tipo y que en vano trataban de contactar con sus superiores que parecían haber desaparecido. Finalmente, los guardas franquearon el paso a los berlineses orientales que eran recibidos entre abrazos y lágrimas por sus vecinos occidentales.


Cuentan que aquella noche los almacenes KaDeWe no cerraron y que hicieron su mayor recaudación. También cuentan que en una reciente encuesta un alto porcentaje de alemanes estaría a favor de volver a construir el Muro. Lo que tengo claro es que nadie que viva tras una pared que le impida vivir en libertad estará de acuerdo con esa respuesta. Para quienes tenemos la suerte de mirar en la distancia y no encontrar más barreras que el horizonte, recordar este episodio nos hará conscientes de que esta suerte no nos ha sido regalada sino que se ha conquistado y debe ser preservada cada día.

5 de diciembre de 2009

Días de canela y menta (Carmen Santos)


Carmen Santos
decidió dar el atrevido y peligroso salto de renunciar a un empleo confortable por dedicarse a la traducción, los idiomas y la Literatura; en definitiva, por perseguir una ilusión. Y parece haber ganado la complicada apuesta tras algunos relatos reconocidos en varios concursos literarios y la publicación de tres novelas.

Días de canela y menta -su última novela- publicada en Plaza & Janés en 2007 ha sido reeditada recientemente en formato de bolsillo. Resumo brevemente su argumento según el guión que anticipa la contraportada. Clara Rosell, una cuarentona estresada, madre de dos hijos y casada felizmente ha decidido volver a la rutina laboral incorporándose a la redacción de un periódico de reciente lanzamiento sin tener mucha idea ni experiencia en materia periodística.

Una noticia leída al azar en internet atrae su atención: la muerte de un emigrante español –Héctor Laborda- en Düsseldorf, solo, rodeado de recuerdos de otra época y sosteniendo una Biblia mugrienta abierta por un salmo penitencial. No es ajeno al interés de Clara el hecho de haber vivido parte de su infancia precisamente en Düsseldorf, junto a su familia. Su padre también emigró en busca de sustento y un mejor futuro para los suyos. Clara intuye que esa noticia puede dar pie a un artículo sobre la inmigración española de los años sesenta. Venciendo la resistencia de su jefe, viaja a Düsseldorf acompañada de Héctor, hijo del fallecido, que no ha tenido noticias de su padre desde los seis años, cuando su madre regresó a España avergonzada por la infidelidad de su marido.

Entre ambos recorrerán el viejo Düsseldorf entrevistando a un viejo jesuita, Antonio Vargas, amigo de Héctor y con Elke, la mujer por la que Héctor renunció a su esposa y a su hijo, pecado del que nunca se perdonará. Gracias a ellos conocerán parte de los misterios que envolvieron la vida de Héctor y deberán averiguar por su cuenta las restantes piezas. Finalmente, la intriga se resuelve; Clara y su acompañante reconstruyen los terribles sucesos que golpearon a Héctor y que le llevaron a una vida de desolación y a la muerte en la más absoluta soledad.

Claro que los investigadores aficionados tendrán tiempo para enredarse en un complejo juego que parte del coqueteo y continua con la pasión enfebrecida de quienes tratan de anteponer su deber de fidelidad a sus deseos (no despejaremos dudas sobre el resultado de tanta contención y si ésta finalmente cede o se impone como salvaguarda de la vida familiar que ambos desean preservar).

Y dicho así, parecería un argumento lineal que invita a una lectura plácida y convencional. Sin embargo, el planteamiento de Carmen Santos es más ambicioso. Junto a la intriga descrita, se nos presenta la vida de Héctor Laborda, sus motivaciones y sufrimientos desde la perspectiva de las dos personas que mejor le conocieron (Antonio y Elke) pero también desde el punto de vista de su hijo que parte por despreciar a su padre pero que termina por ir abriéndose a una imagen más real, quizá no menos dolorosa.

Sin embargo, los pasajes más brillantes de la novela son los correspondientes a la remembranza de la protagonista y narradora, la recuperación de la memoria sobre la vida de su familia, muy similar a la de Héctor Laborda, que se inicia en el Tren de la Ilusión que llevaba a los emigrantes españoles directamente a las fábricas alemanas. Clara reconstruye esa epopeya recordando las viejas historias oídas de su padre: cómo viajaban hacinados, cómo eran recibidos a su llegada, las duras condiciones de trabajo. Para el resto de los hechos no necesita recurrir a palabras prestadas; desde los cuatro años vivió en Düsseldorf las penurias de la emigración. Rodeados de austeridad, el objetivo era ahorrar el suficiente dinero para poder regresar a España. Creció en un ambiente más liberal que el que se podía respirar en su país pero siempre bajo la atenta mirada de su padre, temoroso de la contaminación de los extranjeros y sus licenciosas costumbres.

Carmen Santos logra trasladarnos la angustia de esa vida alejada de la patria, que embalsama el recuerdo de sus costumbres y rectos principios junto con buenas dosis de distorsión para defenderse de un modo de vida extranjero, olvidando que el mundo sigue girando, incluso para aquella España aislada y monolítica en apariencia. Una vida en la que los tópicos (el sol, el autogiro, el submarino, el éxito de Massiel en Eurovisión) son muestras del genio hispano y en la que aquello en lo que no se despunta se atribuye a la envidia, al complot extranjero. Es el drama de la emigración uno de los ejes vertebradores de Días de menta y canela asomándonos a una parte de nuestra historia que no parece haber tenido mucho eco en el cine o en la Literatura, ni tan siquiera en estudios académicos. Una etapa que según la autora, se olvida por vergüenza, por no recordar que en aquella época muchos españoles tuvieron que salir fuera de su país, con pobres maletas de cartón, para ganar el pan que no podían lograr en su país. Y con sus remesas contribuyeron también al desarrollo de una España que ya apenas reconocerían a su regreso. Huyeron del hambre y la penuria pero volvieron (los que lo hicieron) a una España que se parecía más (salvo en lo político) a Alemania o a Suiza que lo que habrían podido imaginar; a una España en la que los pueblos de pescadores se habían convertido en paraísos para el turismo y donde las descocadas extranjeras podían exhibirse igual de frescas que en sus países sin que las autoridades lo impidieran. Condenados, por tanto a ser ya extranjeros en cualquier lugar del mundo.

Pero quizá el motivo de este olvido sea también el de no mirar de frente el mismo drama que hoy se vive en nuestras calles, el de los emigrantes que aquí vienen con la misma intención que la de aquellos que se fueron. Y no basta afirmar, como hace el padre de Clara en un pasaje de la novela, esa idea de que “los de ahora vienen sin papeles”, pues la motivación que les mueve es la misma y frente a ella no hay traba burocrática que se interponga. Y Días de canela y menta también nos abre a la reflexión sobre los motivos para la falta de integración. Pensemos en por qué nos parece tan divertida la escena en la que Massiel se impone a Cliff Richard o en el rechazo que los cuadraos -perdón, los alemanes- inspiran en el padre de Clara, el escondido desprecio mezclado con cierto complejo de inferioridad; y sin embargo, cómo exigimos que otros adopten nuestras constumbres y renuncien a las suyas. No es fácil hallar un término medio, quizá no lo haya, pero comprender la razón del otro es un paso y empatizar con nuestros compatriotas emigrados de aquella época es un buen comienzo.

Si tras leer la novela conocemos que su autora, Carmen Santos, vivió unos doce años en Düsseldorf, que su padre –al igual que Héctor Laborda- fue empleado de Correos en esa ciudad, que regresó en plena adolescencia a Valencia y que posiblemente pasara por muchas de las situaciones que describe en su novela, tendremos una justa dimensión de lo que supone esta obra para su autora.

Es un lugar común que todos los autores comienzan (o terminan) por escribir sobre ellos mismos, sus recuerdos o su experiencia. Creo, sin embargo, que una obra hay que juzgarla por su mérito, sin que interfiera la biografía de su autor salvo para enriquecerla, y en este caso parece que Carmen Santos ha logrado combinar su propia experiencia con un material de ficción que aleja a la novela de un mero relato biográfico.

No dejaré de lado el otro gran tema que sustenta la trama de esta novela: la pasión y el sexo. Incluso en las retraídas y pacatas mentes de los españoles emigrados cabía esperar el triunfo de esa pasión por encima de la conveniencia. Y así, Héctor Laborda se enamora de Elke perdiendo a su familia. El mismo fenómeno parece repetirse años después en su hijo que se enamora de la periodista Clara Rosell hasta el punto de querer renunciar también a su familia. Pero ya no hay españoles como los de antes, “el hábito puede atar tanto como la pasión más desaforada” le replicará una Clara no muy segura de lo que dice, inmersa en su calentura. “A nuestra edad, los dos sabemos que a la larga ninguna pasión puede compensar tantas renuncias” concluye la juiciosa periodista. Pero también es válido su opuesto, y es que no hay peor amargura que la de no haber tenido valor para perseguir un sueño. Normalmente aplicamos una u otra respecto a terceros en función del resultado ya conocido, una historia de amor hermosa (si concluye bien) o una pasión momentánea que tiró por la borda toda una vida (si el experimento fracasa) y es que lo difícil es siempre decidir uno mismo.

Por último, una mención al estilo de Carmen Santos del que destaca la facilidad en la escritura con figuras y metáforas realmente creativas y un extraordinario oído para los diálogos plagados de coloquialismos, adecuados a cada uno de los momentos históricos en que discurre la conversación.

Como siempre, una novela abre más puertas que las que cierra, Días de menta y canela abre una poco frecuentada, como la de esa página de nuestro pasado reciente, haciendo un verdadero ejercicio de memoria histórica y homenaje a unos hombres y una época que no merecen caer en el olvido.