12 de septiembre de 2011

Los días contados (Miklós Bánffy)


Podemos dividir a los escritores en dos grandes grupos. Aquellos que miran al pasado, describen lo sucedido (con furia o melancólica añoranza) y aquellos que aciertan a atisbar (no siempre con exactitud o acierto) lo que llamamos presente o lo que está por llegar.

En este último grupo tenemos a autores como Kafka cuyas obras se asoman al borde del precipicio. Pero ahora hablaremos del primer grupo, de los autores que reflexionan sobre el tiempo que se escapa y lo que de él permanece. Un buen ejemplo es Stefan Zweig de quien es habitual mencionar su mirada a un mundo que se desvanecía ante sus propios ojos, sacudido por unos cambios que le sobrepasaron.

Otro ejemplo admirable es el de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien supo reflejar en una única novela toda la decadencia y declive de una sociedad en la que la nobleza aún se asentaba en la parte más alta de la jerarquía social.

La obra de Miklós Bánffy puede ser su equivalente en la literatura húngara, tan ajena y desconocida en nuestra lengua. En su Trilogía Transilvana retrata la degeneración y caída de la nobleza húngara, víctima a partes iguales de las circunstancias históricas y de sus propios vicios y defectos. Libros del Asteroide ha publicado esta trilogía cuya primera novela (Los días contados) da buena cuenta desde su propio título de la filosofía de la obra.

Miklós Bánffy
Como en el caso de Lampedusa, Miklós Bánffy formaba parte de esa clase aristocrática que tan bien describe y cuya vida discurría entre partidas de bacará, bailes de carnaval y cacerías, ignorante de lo que se estaba gestando ante sus propios ojos, tan pagada de sí misma. Pero a diferencia del noble italiano, Bánffy no era un discreto personaje de su época, sino uno actor relevante que participó activamente en la vida política de su país llegando a ser Ministro de Exteriores en los años treinta. Y esta diferencia se aprecia de inmediato en su obra.

Pero entremos ya en estos días contados que, según la Biblia, lo son para todos nosotros, pero que en este caso, parecen más escasos para los nobles húngaros que forman el fondo coral de la novela.

El argumento es sencillo. Los días contados se ambienta en los primeros años del siglo XX y narra la vida de dos primos. El primero, Bálint Abády, descendiente de una familia acaudalada de la nobleza terrateniente transilvana, acaba de regresar a Hungría tras una breve carrera diplomática en el extranjero para presentarse como diputado al parlamento de Budapest en las próximas elecciones. Su primo, László Gyerőffy, desciende de una rama familiar menos acomodada que la de Abády; perdió a sus padres en circunstancias algo confusas y ha vivido siempre acogido por el resto de su familia. Pese a ser tratado con cariño, percibe diferencias y rechazos mal disimulados lo que, unido a su talento artístico, le aleja de la vida de sus parientes empujándole a su gran pasión la música, a la que desea dedicar su vida.

Castillo de la familia de Miklós Bánffy
En la vida de ambos se cruzarán dos mujeres. Adrienne en el caso de Bálint, casada con un extraño noble que rechaza la tradición aristocrática húngara, con quien mantendrá un idilio más próximo a los primeros escarceos de los adolescentes que a una verdadera pasión adulta.

Gyerőffy caerá enamorado de su prima Klara en un amor correspondido pero que no cuenta con la aprobación familiar lo que le llevará a tratar de ganarse el respeto de la sociedad por sí mismo y no por la lástima que inspira la pérdida de sus padres y el deber de hospitalidad que todos parecen verse obligados a brindarle.

En una fulgurante carrera, que le alejará definitivamente de su ambición por convertirse en un músico de prestigio, subirá a lo más alto del reconocimiento social como organizados de importantes actos sociales. Pero el precio que deberá pagar será muy alto: el amor de Klara que ha perdido la confianza en su palabra y el control de su propia vida, sacudida por la necesidad de ganar cada vez más dinero con las cartas para lograr mantener su trepidante ritmo de vida y huir de la persecución de sus acreedores. László probará de primera mano la hipocresía de esa sociedad de apariencias y normas de honor que sólo sirven para encubrir el deshonor.

Pero no sólo de grandes celebraciones, casinos e hipódromos se nutre la novela. Los intentos de Abády por modernizar la explotación forestal de los neveros de su familia, le ponen en contacto con una realidad que desconocía, la de los pobres habitantes de las comarcas montañosas, sometidos a la tiranía de los funcionarios locales, el pope y el usurero de turno.

Paisaje transilvano
Su participación en la política también le asoma a los entresijos y engaños de las campañas electorales donde la compra de votos o la presentación de candidatos simulados forma parte de la rutina. Sus intentos por poner en marcha un sistema cooperativo que ayude a la población a organizarse por sí misma y salir de su pobreza choca, para su sorpresa, con la oposición de los supuestos beneficiarios de sus medidas. Como le explicará el Notario, nadie confía en lo que vayan a proponer las clases dirigentes después de tantos años de explotación y miseria.

Donde quizá mejor brille el talento literario de Miklós Bánffy es en el modo en el que sabe entremezclar el argumento con las vicisitudes políticas, de un modo natural y sencillo pero que da perfecta cuenta de la relación entre la crisis política y la social que se explican recíprocamente.

Hungría reconstituyó su relación con Austria gracias al Compromiso de 1867 asegurando un periodo de supuesto respeto mutuo que se fue deteriorando paulatinamente fomentando las tensiones nacionalistas húngaras (que a su vez trataba de sofocar y acallar a sus propias minorías, rumanos fundamentalmente) y a las ambiciones de la Corona de los Habsburgo que pretendía consolidar su poder en todos sus reinos.

Las desavenencias en el Parlamento entre los partidarios de la ruptura o quienes tan sólo quieren tensar la cuerda no ocultan la posición de la minoría de parlamentarios rumanos que ven cómo sus propias reivindicaciones son olvidadas. Este Parlamento (elegido mediante sufragio censitario) es un claro ejemplo de cómo la oligarquía húngara copa los resortes del poder, preocupada por sus propios intereses antes que por el bien del pueblo al que dice representar.

Parlamento de Budapest
Pero sus discusiones y trifulcas pronto quedarían olvidadas. La Primera Guerra Mundial llevó a los húngaros a una guerra que les asfixió. A su fin, la ansiada independencia fue tan sólo un breve paréntesis del que no salieron bien parados al perder gran parte de su territorio. Sufrieron los rigores de la Segunda Guerra Mundial y a su término, quedaron del lado soviético del telón de acero. La revuelta de 1956 fue un tributo al ansia de libertad que no se haría realidad hasta 1991.

El estilo literario de Los días contados nos remite a las grandes novelas clásicas del siglo XIX. Un fresco histórico sobre el que Miklós Bánffy despliega a sus personajes con sumo esmero. Las descripciones paisajísticas son una magnífica expresión del amor que sentía por estas tierras, pero el autor tampoco desdeña el retrato psicológico, especialmente en el caso de las mujeres, verdaderos puntales de la estabilidad moral y social. Especial mérito tiene la construcción que hace de la relación entre Abády y Adrienne, plena de indecisiones y complejos vaivenes.

El libro ha sido prologado por Mercedes Monmany y traducido muy esmeradamente por Ëva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño y no ha sido hasta fecha reciente cuando Libros del Asteroide lo ha recuperado para nuestra lengua, después de su publicación original en 1934.

Pero el retraso no ha hecho perder validez al mensaje que hoy debemos extraer de su lectura. Los tiempos cambian y con ellos lo hacen las sociedades, no ha habido momento estable y confortable al que podamos referirnos como una edad de oro añorada. Los nobles de los que nos habla Bánffy vienen de una época convulsa y se dirigen a otra que los disolverá. No lo ven, se aferran a una imagen irreal del pasado para construir su idea del futuro, pero el mundo es sólo para aquellos que ponen los pies en la tierra y bailan al son de los tiempos. Y esto es, si cabe, más válido hoy que en los tiempos en que Bánffy escribió Los días contados.







28 de agosto de 2011

El castillo en el bosque (Norman Mailer)




Tenemos la imagen congelada de los grandes villanos de la Humanidad en sus momentos de apogeo, pero olvidamos con demasiada frecuencia que también ellos fueron niños, gozaron de la atención de sus padres y fueron destinatarios de hermosas expectativas. O tal vez no lo olvidamos, simplemente nos resistimos a pensar en ello, no admitimos que nada pueda enturbiar el legítimo odio y repugnancia que por ellos sentimos.

Sí, tal vez prefiramos ver como una vida completa la del asesino en serie o la del tirano, no admitir quiebras en nuestro juicio que provengan de una infancia que justifique lo que vendrá. O quizá la imagen de un tierno infante se nos cuele y nos haga preguntarnos por el punto concreto en el curso de la vida en el que todo se torció, como un punto sin retorno en el que poder marcar la línea divisoria entre lo admisible  lo repugnante.

Por ello, es admirable la intención de Norman Mailer de novelar sobre los primeros años de uno de los perores monstruos de la Historia, Adolf Hitler. En su última novela, El castillo en el bosque (Anagrama), Mailer trata de reconstruir esos primeros años de los que apenas nada conoce el público no especializado para lo que ha trabajado con una amplia bibliografía que se recoge al final del libro, como si se tratase no de una novela y no de un ensayo.

Norman Mailer
Si este planteamiento nos parece de por si inquietante, más aún lo es el hecho de que la voz narradora sea la de un demonio menor que ha recibido el encargo del Maestro  -Satán-  de hacer un especial seguimiento de esta vida que comienza bajo prometedores signos.

Y es que, según la narración, Hitler es el resultado de un doble incesto. De un lado, su abuelo Johann Nepomuk, engendró al padre de Hitler -Alois- de su propia hermana, Maria Anna. Posteriormente, Alois, se casó en terceras nupcias con Klara, su hija, fruto de una noche con Johanna, hermana a su vez de Alois. Adolf Hitler nacería de este matrimonio. Hitler es, por tanto, fruto de un incesto, igual que lo son sus dos progenitores.

Según la teoría  diablesca, de los hijos incestuosos cabe esperar una cantidad de taras que comprometan su viabilidad, pero en aquellos casos en los que el bebé sale adelante con cierta normalidad se pueden esperar de él los más grandes logros.

Y por eso, a modo de ángel de la guarda del Mal, el narrador va desgranando la vida de la familia Hitler demorándose en determinados acontecimientos que forjaron su evolución.

El padre hará una brillante carrera como funcionario del Servicio de Aduanadas de la monarquía austriaca en el que llegará al grado más alto reservado para personas de sus escasos estudios y condición. Su genio autoritario marcará el carácter del joven Adolf que se refugiará en las faldas de su madre quien le prestará todo su apoyo y cariño agobiada por el deseo de conservar su descendencia masculina (de la que Adolf es su última esperanza).



Alois

Pero todo cambia cuando nace Edmund, otro varón que poco a poco irá desplazando a Adolf del lugar que su madre le tenía reservado y que incluso llegará a contar con la aprobación del padre, ya jubilado.

En estos años infantiles, la labor del narrador será la de preparar una mezcla de sentimiento de culpa, deseos de venganza, aspiraciones irracionales a un futuro glorioso, rechazo del sexo y otras muchas características que, sin embargo, por sí solas no explican nada de lo que estaba por venir. Una desesperada necesidad de cariño y su reverso de la moneda, los celos y el rechazo a cualquier forma de deslealtad (siempre y cuando provenga de otros, por supuesto) asientan progresivamente una tendencia a manipular los hechos para hacerlos coincidir con los deseos más íntimos. La verdad se convierte en algo tan relativo que puede quedar supeditada a un fin, en beneficio propio.

Klara
 Pero Mailer no se deja atrapar por este apetecible material, todo lo contrario. En aquellos casos en los que el lector podría encontrar el origen de algunos hechos futuros (como los hornos crematorios), lo desmiente explícitamente. La verdadera semilla del mal va germinando a través de pequeños sueños e imágenes, muchas de ellas apenas impactantes, pero sí lo bastante eficaces para ir creando un caldo de cultivo sobre el que dejar germinar la semilla.


Adolf Hitler niño

Dado que la narración está realizada por el propio demonio encargado de guiar los pasos del joven Adi, gran parte del discurso se centra en justificar las artes de estos, contrapuestos a los ángeles (o “cachiporras” según los denomina). El modo en que pueden influir en sus clientes, la manera de sacar partido de situaciones adversas o de inmiscuirse en las labores de los cachiporras pasan a formar parte de la esencia de la novela que, realmente, trata sobre el Mal y su brillante porvenir dado que estos maléficos mensajeros han logrado captar a numerosos clientes y, lo que es más importante aún, sembrar la idea en un gran número de personas de que ni ellos ni Dios existen, lo que favorece sus planes dejándoles un mayor campo de acción.

Pero el narrador no pasa por un buen momento y por ello ha decidido revelarse y poner por escrito su implicación en esta fase de la vida de Hitler (más adelante fue sustituido por el propio Maestro quien se encargó de tutelar el resto de su macabra vida). Por ello teme una inevitable represalia y se plantea incluso cambiarse de bando. En un irónico guiño kafkiano, el narrador incluso se plantea si el Maestro no pudiera ser otra cosa que un diablo de alto rango pero no el verdadero origen del Mal.

Adolf Hitler adolescente

Norman Mailer ha dirigido su mirada en varias ocasiones hacia paisajes siniestros (La canción del verdugo o Oswald. Un misterio americano) pero realmente en ninguna de estas obras ha logrado como en El castillo en el bosque generar esa incómoda inquietud que acompaña al lector desde la primera a la última página.

Su prosa metódica, apunta directamente a los hechos adornando tan sólo los elementos necesarios para dotarlos de verosimilitud literaria, dirigiendo el texto con férrea voluntad sabiendo dosificar los diversos elementos que componen la novela. Es mérito de Jaime Zulaika el  haber sabido imprimir el ritmo adecuado a la versión en castellano y haber conservado cierta austeridad en la novela que, en ocasiones, la asemeja a una investigación periodística.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos como en toda ocasión, las razones por las que merece la pena leer esta novela. A muchos el tema les alejará inevitablemente de la misma, pero no debe sernos indiferente el análisis del origen de monstruos como Hitler. La sabiduría que Mailer nos regala en El castillo en el bosque (título que por alguna razón me resulta igualmente angustioso) es que nada hay determinado en la vida de una persona que pueda empujarla a cometer las mayores atrocidades. Tal vez las condiciones del joven Adolf no fueron muy diferentes a las de cientos de jóvenes de aquella época, pero Hitler sólo hubo uno. Las peleas entre demonios y cachiporras pueden ser una irónica metáfora de nuestra diaria lucha interior, pero no por ello dejamos de ser responsables de nuestros actos. Tan solo nuestra voluntad determina de qué lado queremos inclinar la balanza de nuestros actos.

16 de agosto de 2011

Here, There And Everywhere (Geoff Emerick)



Geoff Emerick tuvo la inmensa fortuna de entrar a trabajar en los estudios Abbey Road como ayudante del ingeniero de sonido con tan sólo 16 años, la víspera de que un grupo venido de Liverpool acudiera a su primera sesión oficial de grabación el cuatro de septiembre de 1962. Desde ese momento hasta nuestros días, su vida ha estado íntimamente ligada a la música de los Beatles.

En un primer momento, su participación fue mínima (incluso en aquella primera sesión, acudió como mero espectador y sin cobrar, por la curiosidad de ver al grupo del que ya se hablaba bastante en la cantina de los estudios) y no participó en todas las sesiones Sin embargo, su presencia fue haciéndose más asidua hasta el punto en que, en 1966, cuando los Beatles se preparaban para iniciar la grabación de uno de sus discos más importantes -Revolver-, fue promocionado al puesto de ingeniero de sonido.

Precisamente en la primera sesión para ese disco marcó la pauta de cuál sería el papel de Geoff en los meses siguientes. John Lennon había compuesto una canción con un único acorde y letra inspirada en una versión del Libro Tibetano de los Muertos y las indicaciones para el tratamiento de su voz fueron tan simples (y complejas) como pedir que sonara como el Dalai Lama cantando desde lo alto de una montaña.


Pocos minutos después, Geoff había dado con la solución: pasar la voz de John por el amplificador Leslie de un órgano Hammond. Además, para reforzar la letanía, Geoff modificó las normas del estudio en cuanto a ubicación y manipulación de los micrófonos, acercándolos a la batería de Ringo (en cuyo bombo se introdujo un jersey de lana para matizar aún más el sonido).

Podemos escuchar el resultado de esta primera noche de trabajo, aunque finalmente sólo alguno de los efectos pervivieron en la mezcla final que se puede escuchar en el disco.


Según rememora Geoff, trabajar con los Beatles era siempre una experiencia singular. Para ellos, el “no” nunca servía como excusa para desechar una idea o intentar algo nuevo. La competitividad entre ellos (fundamentalmente Paul y John) les llevaba a una continua lucha por la originalidad y la creatividad.

Pero no todo era hermoso. Según asegura Geoff, trabajar con un beatle (o varios) era algo relativamente sencillo; trabajar con los cuatro a la vez se convertía en una tarea muy delicada; la dinámica ellos-nosotros creaba una barrera que los aislaba impidiendo la intervención de cualquier ajeno al círculo. De hecho, las tensiones en el grupo fueron creciendo hasta el punto en el que durante la grabación del White Album en muy contadas ocasiones los cuatro Beatles estaban reunidos en una misma sala de grabación y en esas raras oportunidades, la tensión eran tan insoportable que Geoff arrojó la toalla y pidió el relevo.

Sorprendentemente, cerca de un año más tarde recibió la llamada de Paul para que se incorporara como ingeniero de sonido en las sesiones de grabación del álbum Abbey Road, último que grabó el grupo e incluso fue contratado por la compañía que crearon los Beatles  -Apple- para construir un estudio de grabación moderno que pudiera competir con los más prestigiosos de Londres.

Tras la separación de los Beatles, Geoff ha mantenido una relación constante con Paul McCartney para quien ha trabajado en varios discos (especialmente memorable es su trabajo en Band On The Run).

Here, There And Everywhere es una memoria de aquellos años en los que se forjó en gran medida la tecnología actual de los estudios de grabación. Aquellos trucos caseros en que consistían muchas de las innovaciones de esos viejos discos pueden ser hoy replicados con sólo presionar un botón. Geoff reflexiona sobre los cambios que esto ha traído a la música. 

Cuando Lennon le pidió que para la canción Being For The Benefit Of Mr. Kite quería que se oliese el serrín del circo, recurrieron a la solución de tomar fragmentos de música de organillos, trocearla, arrojar los pedazos al aire y recomponerla para que formase una base circense creada por el azar. Nada de esto es posible. Hoy en día no se formulan peticiones como las de John, simplemente se pide más eco y menos reverb.
 Aunque Geoff reconoce que los Beatles se esforzaron siempre por alcanzar la perfección en sus grabaciones, no por ello perdieron espontaneidad. Cuando se cometía algún fallo, éste podía dejarse en la mezcla final e incluso resaltarlo. De este modo, las canciones se hacían humanas, Por ello, la lista de este tipo de “errores” en canciones de los Beatles inunda internet, Algunos ejemplos curiosos pueden ser el “fuck” de Paul McCartney al equivocarse en un acorde de piano en Hey Jude o el cambio en los nombres de los protagonistas en la ultima estrofa de Ob-La-Di Ob-La-Da.




Otro divertido ejemplo de espontaneidad incluso al final de su carrera es el de la canción Her Majesty. Inicialmente, esta canción iba a formar parte del largo medley de la cara B del disco, entre Mean Mr. Mustard y Polythene Pam; sin embargo, finalmente decidieron descartarla y el técnico de los estudios cortó y pegó el fragmento al final del master original del disco, tras un espacio en blanco de unos veinte segundos (era norma del estudio no desechar nada de lo que el grupo grabase pues en cualquier momento podía ser reutilizado), Cuando los Beatles se reunieron para escuchar y aprobar la secuencia de canciones definitiva y terminaron de escuchar la última de las canciones (titulada precisamente The End), mientras charlaban, pasados los segundos de silencio, sonó Her Majesty. Decidieron dejarla tal cual, como cierre del disco, sin suprimir la primera nota que procede realmente del empalme con la canción a la que inicialmente iba unida y con el final abrupto que permitía unirla a la siguiente. 


Este ejemplo resume, desde el punto de vista de Geoff Emerick, el inmenso talento de los Beatles. La mezcla de una tremenda confianza y el no dar nada por aceptado. ¿Por qué no puede sonar mi voz como una trompeta?¿O por qué mi guitarra no puede sonar como una campana? 

A otro nivel, este libro describe perfectamente el ambiente laboral de la Inglaterra de los años sesenta y el rígido clasismo de aquella sociedad. Para empezar, el personal de Abbey Road debía atenerse a un estricto código indumentario en función de las categorías laborales. Por otro lado, las funciones de cada cual estaban definidas de una manera muy detallada de manera que no se podía mover un micrófono para acercarlo mas a un piano si no lo hacía el técnico encargado de este tipo de tareas.

Por otro lado, Geoff Emerick tampoco evita el peliagudo asunto de enjuiciar la labor de George Martin como productor de los Beatles. En términos generales considera que según el grupo iba creciendo musicalmente, su papel pasó a ser más bien el de un subordinado del grupo, en lugar de su director musical, muy preocupado por evitar enfrentamientos con los Beatles que dieran al traste con su colaboración. Así se explica que permitiera desmanes en el estudio de grabación como por ejemplo el que durante las primeras semanas de grabación de Abbey Road, Yoko Ono se instalara en una cama expresamente traída para ella por John. 

Here, There And Everywhere ha sido escrito con la ayuda y colaboración de Howard Massey sin que hasta el momento haya sido traducido al español y probablemente nunca lo será dado que no es nuestro público muy dado a este tipo de lectura, Lo cierto es que este libro, prologado por Elvis Costello, ofrece claves interesantes sobre la creatividad y el arte, la actitud que debe tomarse sabiendo combinar adecuadamente, por una parte, una tremenda seriedad en lo que uno hace, con el suficiente sentido del humor como para disfrutar de ello y no tomarse a uno mismo demasiado en serio. No es poca lección.