15 de enero de 2012

Emaús (Alessandro Baricco)


Emaús es una pequeña aldea de Palestina a la que se dirigen unos peregrinos, de vuelta a su hogar, tras pasar la Pascua en Jerusalén. En el camino comentan las últimas noticias y rumores sobre la resurrección de Jesús. En su andar se cruzan con otro caminante al que se unen y al que dan cuenta de estas nuevas que el desconocido parece ignorar. Llegados a Emaús, invitan al forastero a su casa a cenar y, en ese momento, en el simple acto de partir el pan, descubren que su invitado es el mismo Jesucristo resucitado, que se desvanece ante sus ojos. La estupefacción les lleva a preguntarse con asombro "le tuvimos entre nosotros, ¿cómo no le supimos reconocer?"

El mismo estupor parece sorprender a los protagonistas de la última novela de Alessandro Baricco. Cuatro adolescentes (uno de ellos actuando como narrador) se adentran en la vida desde sus confortables y anodinas existencias propias de una clase media que ha perdido la fe en los ideales que propugna pero que insiste en transmitir a sus hijos.

Estos amigos viven en una pequeña ciudad de provincias, en el seno de familias convencionales con todo lo que ello supone en la Italia de la época: fuertes sentimientos religiosos, una ética del esfuerzo y del sentido de la vida, de lo que es decente y de lo que no lo es. Baricco hace una perfecta descripción del ambiente asfixiante de estos cuatro amigos, arropados por unas ideas muy claras sobre las conveniencias y lo adecuado, la necesidad de reprimir los anhelos propios, la supeditación de goces estéticos o físicos a fines más elevados. En definitiva, hace un espléndido retrato de estas pequeñas vidas, pequeñas no por tratarse de jóvenes, sino pequeñas por su horizonte.

Pero lo que parece evidente para el lector no lo es para los protagonistas que atisban una forma de heroísmo en su particular discurrir por la vida. Alejar cualquier pretensión de orgullo, acercarse a las miserias de los hombres (acuden como voluntarios a un hospital de enfermos terminales) o procurar, con una inocencia rayana en la ignorancia, que otros adopten su credo y visión.


Sin embargo, hay un mundo más allá de sus expectativas y de sus miras, un mundo que atisban lejanamente y que se materializa en la figura de Andre, una joven de clase alta cuyas costumbres, desinhibición y descaro desprecian. Su familia nos es como las suyas, sus nombres no son como los de ellos, sus creencias (si es que las tienen) les son ajenas ya que estos adinerados de toda la vida parecen tener sus propias normas de conducta, inmorales e incluso ofensivas.

Y aunque entre ellos mantienen la ficción de que la joven no les interesa, poco a poco, Andre comienza a convertirse en una figura relevante en sus vidas. Los protagonistas se aproximarán a ella de un modo diferente, cada uno en función de sus propias inclinaciones y personalidad (hasta ese momento oculta bajo un manto de uniformidad).

Y Andre les toca a todos, como un veneno, a cada cual con peor fortuna. Nada les había preparado en la vida para lo que se les muestra a través de la ventana abierta que representa la joven. Sus firmes creencias son puestas en cuestión coincidiendo con el gran ecuador de la adolescencia y ninguno parece quedar inmune. Pese a que se resisten, sus formas de rebelarse denotan que algo se ha roto. Los esfuerzos por recuperar la vida en el punto en que pareció torcerse, por acogerse a los ritos y ritmos cotidianos, lo que antaño parecía tener sentido, resultan deslucidos y entreverados con sentimientos de culpa y pecado. Atrapados entre su educación y el deseo de ruptura, terminarán por quebrarse ellos mismos.

Podría pensarse que estamos ante una novela de iniciación, del paso de la inocencia a la madurez o incluso una novela sobre la culpa o el pecado pero a mi juicio estamos realmente ante una novela de revelación. Entiendo por tal aquella que reflexiona sobre unas vivencias que apenas pueden ser interpretadas por sus protagonistas y que el autor ofrece a sus lectores para que estos puedan responder a la pregunta desesperada que planea sobre el texto, ¿cómo no lo supimos reconocer? El siguiente paso es preguntarse si el autor logra su objetivo, si consigue revelarnos (a nosotros, pero también a sí mismo) aquella verdad que se escapa a los protagonistas del relato. La respuesta es indudable, Baricco hace un impecable (e implacable) análisis de la realidad desmenuzando los sentimientos que se van apoderando de los jóvenes hasta sacudir por completo sus creencias y convicciones.


¿Qué vida era preferible? ¿La anterior a Andre, previsiblemente tranquilizadora y confortable? ¿La nueva vida en la que son dueños de su recién conquistada autonomía? El autor no se pronuncia, los protagonistas tampoco ya que nadie puede volver atrás en el tiempo y fingir que nada ha ocurrido. Para los lectores tampoco será tarea fácil responder, pero Baricco nos empuja a alcanzar nuestra propia “revelación”.

El gran logro de Baricco reside en su capacidad para encontrar el lirismo y la melancolía, los colores y las melodías en este ambiente opresivo, asfixiante. Más aún puesto que Emaús es una novela dura en la que no se ahorran detalles escabrosos, escenas de sexo o sórdidas; pero no por ello Baricco deja de lado su peculiar estilo narrativo. Al contrario, su estilo, aplicado a este argumento, resalta los aspectos más ásperos del texto. Pocos autores lograrían combinar la dureza del contenido, el juicio preciso, con la belleza (la misma que los protagonistas declinarían) que preside cada página. Por idénticos motivos es necesario alabar la labor de la traducción de Xavier González Rodríguez que ha sabido mantener ese lirismo y delicadeza en la edición en español.


Para Baricco este texto ha debido ser un duro ejercicio personal ya que, inevitablemente, se puede creer que encierra muchos elementos autobiográficos. Quizá no tanto en la trama como en los ambientes, en la descripción de los hogares sofocantes que tuvo que vivir en su infancia y juventud en Turín.

Lo cierto es que, como los peregrinos de Emaús, recorremos un mundo que apenas comprendemos (aunque finjamos hacerlo) y sólo acontecimientos excepcionales nos despiertan y sacuden. Para algunos es la pérdida de un familiar (o la venida al mundo de un recién nacido), es el deterioro de la salud, es cualquier acontecimiento que nos hace exclamar tópicamente, "ahora valoro las cosas que realmente importan". Esa reflexión es el signo claro de que también nosotros podemos preguntarnos ¿por qué no supimos verlo? Luego no nos quejemos de que nuestros anhelos se desvanezcan demasiado pronto. 


27 de diciembre de 2011

Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin (Vladímir Voinóvich)


Un soldado del Ejército Rojo es destinado a la custodia y vigilancia de un aeroplano accidentado que ha debido tomar tierra en la huerta de una isba de un miserable y remoto koljós. Este soldado se llama Iván Chonkin y es notablemente estúpido, razón que explica el motivo por el que ha resultado elegido de entre todos sus compañeros para ser despachado a tan ingrato destino.

Los días pasan y su regimiento parece haber olvidado al desdichado centinela que, sin relevo ni avituallamiento, deberá apañárselas para sobrevivir y poder llevar a término su misión. Y Chonkin parece no manejarse tan mal dadas las circunstancias, mejor aún, se adapta a las mil maravillas ya que termina por instalarse en la isba en cuyo huerto se encuentra el avión para guarecerse de las inclemencias del tiempo, comer a cuerpo de rey y, principalmente, tomar como compañera a Niura, una atractiva joven que vive sola -junto a un jabalí y una vaca- y a la que Chonkin le parece un regalo caído del cielo.

La llegada de Chonkin no altera sustancialmente la vida del koljós. Los hombres se dedican a labrar la tierra, las mujeres a cocinar sus patatas y los responsables políticos a tratar de falsear los datos de producción de grano para no caer en desgracia con los jefes de la comarca.

Pero pronto las pacíficas vidas de los campesinos y la del propio Chonkin cambiarán radicalmente. La URSS ha sido invadida por los alemanes y todos deben prepararse para la defensa de la Patria. La unidad de Iván Chonkin le olvida definitivamente en su afán por prepararse para partir al lejano frente pero el peligro también se encuentra en el interior. Y así, veremos cómo Chonkin debe afrontar con valor los riesgos a que su puesto expone, logrando algunos éxitos notables.

Ésta es, en definitiva, la peculiar trama de Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, una novela en la que las situaciones más disparatadas se suceden hasta alcanzar un final apoteósico en el que nada parece ser lo que es y en el que pocos quedan bien parados. Ni los patriotas soviéticos, ni su régimen, ni el Ejército Rojo, ni los funcionarios del koljós, ni tan siquiera los miserables campesinos que en su pobreza y desesperación recelan de toda ideología y poder (fueron explotados por todos los previos, así harán los próximos), parecen capaces de actuar con sentido común, con decencia. Tan solo Chonkin y su compañera, se yerguen con coherencia, alejados de cualquier doblez que les acerque al sistema o les aleje de él según las conveniencias.

No resulta sorprendente que, en un mundo dominado por la burocratización más irracional y estúpida, sea un idiota quien mejor conserve el juicio y sea capaz de atinar en el diagnóstico de lo que le rodea. Más allá, sólo la locura. Informes de cosechas que nada tienen que ver con la realidad, licores fabricados a base de excrementos, aficionados a la botánica empeñados en crear nuevos cultivos, agentes de los servicios de seguridad que se convierten en nazis furibundos a las primeras de cambio, y miedo, mucho miedo. Miedo a que nos oigan hablar de Stalin y puedan interpretar que le faltamos al respeto, o miedo porque no hablar del jefe supremo puede ser considerado prueba de traición. Miedo a la encarcelación por motivos políticos (o por la mera denuncia de vecinos envidiosos) o miedo a ser reclutado por la fuerza.


Y es que el miedo es precisamente el gran protagonista de esta novela, un miedo ajeno que nos hace reír porque vemos las absurdas situaciones a que lleva, lo poco que representamos para un régimen brutal. Pero a veces reímos con la boca pequeña porque todos buscamos nuestros apaños y acomodos y, por tanto, todos somos susceptibles de hacer un ridículo patético similar al que asistimos en esta novela.

Miedo  es también lo que debió sentir el autor de esta novela, Vladímir Voinóvich, cuando en 1969 concluyó el manuscrito de esta novela (aunque su publicación en la URSS debió esperar a los tiempos algo más benignos de la perestroika). Como podemos imaginar, el disfraz de la ironía no logró hacer pasar desapercibida la novela a los ojos de los censores soviéticos. Su autor ya contaba en su haber varios roces con los jerarcas por lo que no se lo pusieron fácil. Pero afortunadamente, en lugar de terminar en la helada Siberia, fue expulsado de su país y pudo seguir escribiendo y describiendo la paranoia en la que vivían sus compatriotas.

Vladímir Voinóvich

Ya hemos hablado muchas veces antes (El maestro y Margarita o Las aventiras del valeroso soldado Schwejk) de cómo el poder prefiere ser criticado pero temido, a ser objeto de mofa y burla puesto que nada erosiona más al poderoso que la irrespetuosidad de sus sometidos. El poder se impone mediante el miedo y lo cómico, la sátira, hace saltar por los aires ese temor, humaniza y acerca a partes iguales.
Esta novela sigue por tanto esa senda para lanzar un ataque feroz al sistema soviético y, para ello, emplea otra táctica muy frecuente en la tradición literaria, la del protagonista algo tonto o loco, pero que por eso mismo, conserva la lucidez suficiente para ver lo que no es evidente para el resto. Sólo los niños (y los borrachos) dicen la verdad, sólo Chonkin lleva a sus últimas consecuencias el cumplimiento de su deber, por absurdas que sean sus órdenes, logrando evidenciar la irracionalidad esquizofrénica que le rodea.

El gran mérito literario de Vladímir Voinóvich es mantener el ritmo narrativo y llevar al lector hasta el punto en el que éste deja de leer una novela realista para adentrarse en una novela rocambolesca -casi surrealista- donde la realidad, la vida bajo el régimen soviético, termina por parecer la más absurda de las ficciones.

Quien hasta aquí haya leído, no se sorprenderá de que nuevamente Libros del Asteroide sea la editorial que nos ha traído esta novela, en traducción de Antonio Samons García y con un prólogo de Horacio Vázquez-Rial que pone en contexto la obra dentro de la novelística soviética. 
Y llegados a este punto, ¿por qué deberíamos leer Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin? Disfrutar de una buena y entretenida lectura no es el menor de los motivos, para muchos será suficiente y quedarán saciados. Pero no olvidemos lo que esta novela nos enseña. Todo poder absoluto y omnímodo, termina por ahogar a todos por igual, asfixia tanto a los oponentes como a quienes le apoyan (no podemos olvidar las terribles purgas de Stalin) y Voinóvich nos lo muestra cuando precisamente es fusilado el jefe de la policía secreta por traición después de un interrogatorio digno de una película de los hermanos Marx.

Pero no olvidemos que lo que nos hace reír hizo morir a muchos, que lo mismo que pasó en la URSS sigue pasando en otros lugares también en nuestros días y que, por narrarlo, otros tantos ponen en peligro sus vidas. En ocasiones, la realidad supera a la ficción y a nadie sorprenderá que, como ocurre en esta novela, hasta los mismísimos caballos quieran afiliarse al Partido.

9 de diciembre de 2011

Cuando Kafka vino hacia mí... (Hans-Gerd Koch)




"Como autor, Kafka fue sumamente apreciado por todo aquel que tenga criterio. Como persona, fue querido por todo aquel que lo conoció. Con toda la crítica y la envidia que reinan en el mundo de la literatura, él fue respetado. Con todo el odio que reina entre los hombres, a él no le rozó."

Necrológica de Felix Weltsch, amigo de Kafka.
Para conocer de primera mano la vida de Franz Kafka se recurre, inevitablemente, a dos fuentes: él mismo y su amigo Max Brod.

La credibilidad de las opiniones de Kafka sobre sí mismo es escasa. Pocos autores se habrán aplicado con mayor esmero a la autobservación para encontrar motivos de rechazo, vergüenza y desdén como lo hizo Kafka. Pocas apreciaciones positivas pueden encontrarse en sus diarios o correspondencia. Todo lo contrario: a las mujeres trataba de convencerlas de que serían infelices a su lado, a sus editores de que nada traería mayor oprobio a su empresa que la publicación de sus miserables textos, a sus amigos de que poco o nada podría aportarles más allá del agradecimiento por la paciencia a la hora de soportar su presencia.


Max Brod
Pero si acudimos a Max Brod caemos en el extremo contrario. Un Kafka santificado, poco terrenal, que encuentra en la enfermedad su particular martirio y en la búsqueda de Dios su camino de liberación. Por si fuera poco, algunas de sus afirmaciones parecen más dirigidas a justificar la interpretación que el propio Brod propone de las obras de Kafka, que a ofrecer luz sobre el personaje real.

Por eso es tan importante tener acceso a una visión alternativa, la de aquellas personas que trataron a Kafka, que se relacionaron con él en los más diversos ambientes (académico, laboral, familiar, … ) y que, de un modo u otro, dejaron testimonio escrito de tal relación. Así es el material aquí seleccionado y publicado por Hans-Gerd Koch que nos presenta la editorial Acantilado bajo el sugerente título Cuando Kafka vino hacia mí….

Testimonios de hombres y mujeres de la más variada ideología y clase social, de diversa religión y nacionalidad sirven para componer un cuadro que nos aproxima a esa imagen requerida del Kafka real. Muchos de estos retratos provienen de vecinos, compañeros de instituto o empleadas de servicio, es decir, de personas ajenas al mundo literario y que, en la mayoría de las ocasiones, desconocían su labor literaria cuando le conocieron.

Hugo Bergmann

La veracidad se impone a través de este retrato colectivo a pesar de (o gracias a) las innumerables inexactitudes que pueblan estos breves textos e incluso de las imágenes contradictorias que se nos ofrecen. Inexactitudes que en la mayor parte de las ocasiones se refieren a fechas, parentescos o detalles en los que la memoria no siempre resulta fiable; contradicciones en la medida en que hay relatos que lo tildan de extrovertido y alegre frente a otros que lo muestran como reservado y observador.
"En mi recuerdo, él fue mi primer amor."

Recuerdos de Selma Robitschek, conoció a Kafka en unas vacaciones de verano al norte de Praga.


Pero todo ello no hace sino enriquecer el conjunto. Nada hay más traicionero que la memoria y ésta se empeña en hacernos pasar por ciertos, hechos que no lo son (pero que indudablemente tienen un trasfondo veraz en cuanto a que responden a nuestras impresiones sobre las personas). Por otro lado, no somos monolitos inmunes a las circunstancias de tiempo, lugar o compañía, de ahí que podamos parecer fríos y distantes o apasionados y familiares, en función de las circunstancias en que nos hayamos conocido.

Tampoco debemos pasar por alto que la mayoría de estos esbozos fueron escritos cuando la figura de Kafka era ya reconocida mundialmente y su personalidad formaba parte del imaginario colectivo. Por ello, no es descabellado creer (al contrario, sería muy humano) que quienes fueron requeridos para dejar constancia de sus recuerdos sobre Kafka lo hicieran bajo el influjo de esa imagen pública, reorientando inadvertidamente sus recuerdos o escogiendo aquellos que mejor respondían a dicha expectativa. Tampoco falta quien se atribuye un trato casi familiar con Kafka cuando los hechos ciertos revelan que apenas pudo haber algo más que una relación esporádica; ¡presunción humana!

Pero lo cierto es que de este difuso retrato colectivo se pueden extraer unos puntos comunes e indubitados, un atisbo de verdad que contradice la estereotipada imaginería al respecto.
Milena Jesenska

En primer lugar, parece que la presencia de Kafka, sus maneras y actitud, causaban una profunda impresión en aquellos que le trataban, la impresión de que estaban ante alguien especial, y todo ello sin necesidad de que el interlocutor conociera su obra. Lo primero que se suele evocar en estos recuerdos es la mirada (la discrepancia sobre el color de los ojos es notable, variando desde el negro hasta el azul oscuro) de cuya profundidad dan todos cuenta. Igualmente, su sonrisa parece ser un rasgo constante, incluso en las peores fases de su enfermedad. Esta sonrisa podía significar ironía, tristeza, comprensión, gozo, pero lo cierto es que la combinación de su sonrisa y su mirada resultaba lo bastante expresiva como para compensar la parquedad de sus palabras.


Porque también todos coinciden en su escaso parloteo, en lo que se esforzaba por escoger cada palabra (muchas con doble intención) y en la naturalidad de su expresión, tan alejada de la afectación propia de los literatos como su propia obra.

En lo que sí sobresalía Kafka era en su atención, tanto para observar como para escuchar haciendo sentir a su interlocutor (muchas veces monologuista más bien) que nada en el mundo le interesaba más al célebre autor que sus palabras. Ambos aspectos (naturalidad y observación) destacan como elementos fundamentales de la estética de sus libros por lo que no puede haber mayor coherencia entre obra y persona. De ahí también esa integridad y unidad que forman sus trabajos de ficción, sus diarios y su correspondencia.

Felix Weltsch

Apenas uno de los testimonios hace hincapié en la figura del padre (inevitablemente, se trata del texto de Max Pulver, psiquiatra suizo con quien mantuvo una única charla propiamente dicha con motivo de un viaje a Múnich) lo que supone un claro toque de atención dado que tal vez, salvo en momentos puntuales más o menos prolongados en el tiempo, la rebelión contra el padre pudo no haber sido su mayor obsesión como a veces se sostiene (o tal vez, la guardaba para sí).

En otras ocasiones se nos describe a Kafka jugando con niños lo que extraña enormemente a la vista de sus diarios. Tal vez se pueda pensar que en estos sólo reflejaba parcialmente su personalidad, sólo los ángulos más oscuros, a modo de exorcismo. Dora Diamant narra también la célebre anécdota de la niña que perdió su muñeca; Kafka le informó de que realmente se había ido de viaje y, durante varios días, le escribió cartas en nombre de la muñeca para informarla de lo feliz que era viajando por el mundo. Otro Kafka.
"La mayor parte de las veces lo vi junto a la orilla del río o en los jardines públicos, entretenido con los niños o, por lo menos, observando con comprensión cómo jugaban. Varias veces le vi jugando con ellos. Le gustaban. En Riegerpark, allá por el año 1913, le vi enseñando a un grupo de niños y niñas cómo se jugaba al diábolo."

Recuerdos de Michal Mares, anarquista de Praga

Oskar Pollack
Pero en cualquier caso, la discreción general de Kafka llegaba a extremos insospechados a la hora de revelar aspectos familiares o de hablar de su propia obra. Siempre parecía más interesado por la vida de otros que por la suya, más interesado en alabar el trabajo o logro ajeno que en valorar el suyo propio, pero de un modo discreto y natural, no forzado.
"Nunca juzgó. Consignaba. Sin odio y sin temor, pero también sin caer en la sensiblería, captó de manera infalible el esqueleto de cada alma, de cada acontecimiento, de cada situación, no obstante con tanta delicadeza y precacución que incluso su fruialdad de espectador implacable jamás hacía daño, jamás estremecerse de frío."

Recuerdos de Oskar Baum, amigo de Kafka

Robert Klopstock
¿Qué puede esperar el lector de este libro? De una parte, un acercamiento a Kafka de primera mano, realista, que no pretende explicar cada acto de su vida bajo una perspectiva prevista de antemano. Pero, de otro lado, surgirá espontáneamente la reflexión sobre qué imagen dejamos a los demás y qué imagen conservan estos.

Nuestras vidas, tan importantes para nosotros, son apenas un roce para la mayoría de las personas con las que tratamos. ¿Qué recuerdos dejamos en sus vidas? A modo de un caleidoscopio, el resultado final es la suma de infinitos matices y juegos de espejo.

Benjamín Zander nos cuenta la historia de una superviviente del campo de exterminio de Auschwitz (el mismo lugar en el que murió Ottla, hermana de Kafka). En el vagón que le llevaba a ella y a su hermano pequeño al campo, éste perdió sus zapatos y, muy en su papel de hermana mayor, le reprochó el poco cuidado que tenía con las cosas. Al bajar del tren, les separaron y nunca se volvieron a ver. Al salir de Auschwitz, se lamentó de que las últimas palabras que intercambió con su hermano fueran para reprenderle y decidió que en adelante, cada frase que dijera debería poder figurar como la última que jamás pronunciase. Kafka pareció acomodar su vida a este mismo propósito. ¿Seríamos capaces de hacerlo nosotros?
"No hay en Kafka “evolución” algfuna: no se convirtió en nada, él era. Su primer libro en prosa podía ser el último. Y el último, el primero."


Recuerdos de Kurt Wolff, primer editor de Kafka