13 de febrero de 2022

El orden del día (Eric Vuillard)



 

El 20 de febrero de 1933 amanece como un día cualquiera en el que los transeúntes recorren las calles de Berlín protegiéndose con sus pesados abrigos y sus bufandas de la intemperie. Es un día normal del que nadie conoce la trascendencia que tendrá lo que está a punto de ocurrir. Porque en breve tendrá lugar una reunión cuyo punto principal no está recogido en el orden del día. Porque, realmente, ningún hecho relevante está recogido en las actas o los discursos que se hacen públicos, en las solemnes declaraciones o en las ceremonias aireadas y promocionadas como hermosas coreografías.

 

No. Ni en 1933, ni en nuestros días, los hechos que nos afectan se recogen en el orden del día. Y éste es el mensaje que subyace en El orden del día (Eric Vuillard, publicado por la editorial Tusquets en 2018 y traducido por Javier Albiñana).

 

Pero no avancemos acontecimientos y volvamos al día elegido por el autor para ilustrar su planteamiento. En esa fecha, un grupo de veintisiete empresarios y financieros alemanes son convocados a una reunión en el Reichstag en la que Göring ejercerá de maestro de ceremonias. El plato fuerte es la presencia del recién elegido presidente del gobierno, Adolf Hitler. En su discurso, el canciller dibuja un paisaje esplendoroso para la nación alemana en el caso de que logre imponerse en las inminentes elecciones de una manera contundente. Libre de la amenaza interior, judía, comunista, o lo que se tercie, la patria podrá volver su cara a la política exterior y restaurar e incrementar la gloria patria a costa de naciones inferiores.

 

Pero nada se puede conseguir, ni siquiera por quienes se oponen al capitalismo burgués con tanta fiereza como al comunismo, sin el bombeo de la sangre monetaria necesaria para engrasar la maquinaria electoral capaz de imponer sus tesis a una mayoría de votantes.  

 

Sea por la oratoria, por la presión implícita en los estertores de la República de Weimar, sea por el inconfeso deseo de estos magnates de que alguien se haga cargo de la marcha de la economía poniendo en firme el país, alejando así la amenaza del comunismo acechante, estos magnates se rascan los bolsillos de sus gabanes de pieles exóticas y empujan la campaña del NSDAP.

No perdamos el tiempo en discutir si considerar esta transacción como una donación espléndida y voluntaria o como un pago indiferente, otro más en la larga cadena de extorsión y corrupción vista como inevitable por tan prácticos prohombres. El partido nazi afronta unas elecciones que serán el fin de un tiempo y el comienzo de otro que extenderá su negrura hasta doce años después y cuyo acto final tendrá lugar precisamente a pocos metros de donde ahora se encuentran reunidos, en un jardín, con un cadáver ardiendo entre olor a gasolina.

 

La obra se construye como una sucesión de escenas o viñetas a través de las que se van desgranando los acontecimientos históricos. La visita del tibio Lord Halifax a la Alemania nazi, invitado por Göring, con el que puede llegar a tener más cosas en común de las que hoy, visto lo que estaba a punto de suceder, estaríamos dispuestos a aceptar. Las negociaciones en Berghof entre el canciller austríaco Kurt Schuschnigg y Hitler por las que poco a poco Alemania ganaba la batalla por imponer su peso político en el gobierno de su vecino del Sur. Las presiones abiertas sobre el Presidente de la República de Austria para deponer a Schuschnigg en favor de un candidato pronazi, y así hasta la definitiva anexión, el 12 de marzo de 1938, el Anschluss.

 

También asistimos a la inocua cena burguesa que Chamberlain, el impulsor de la política de apaciguamiento con Alemania, el vencedor pírrico de los pactos de Múnich, da en honor de Ribbentrop al dejar su cargo como embajador nazi en el Reino Unido para ocupar el sillón de Ministro de Exteriores del Reich.

Veremos a algunos de estos personajes infames en los días posteriores al fin de la guerra, en los interrogatorios del proceso de Núremberg, despojados de su grandeza y sus ínfulas, del apoyo de quienes ahora se rebelan incrédulos ante la maldad que, tal vez por despreocupación o pereza, tal vez por ceguera voluntaria o incluso porque ahora han cambiado las tornas, se alejan de esas sombra de terror sanguinario y maldito, tratando así de borrar lo que se hizo o dejó de hacer.

 

Éste es el verdadero drama que nos relata Vuillard. Estos personajes de opereta, que son dibujados con trazos esperpénticos actúan como los bufones a los que otros alientan, alimentan sin medir los resultados. Los patéticos personajes que pueblan El orden del día, desde Göring a Chamberlain o Leon Blum son dibujados como ridículos peones de un juego en el que su papel no es sino la parte tragicómica de un drama a punto de desencadenarse en el que su ridiculez contrasta con la magnitud de la tragedia que, en su ineptitud, ayudan a desencadenar.

 

Los potentados de la reunión del 20 de febrero de 1933 no son sino el símbolo de todos aquellos a los que no les importa el curso de los acontecimientos, la guerra o la persecución, porque están por encima de ella. Porque no son sino la actual representación de unas estirpes que sobrevivirán a esta tormenta política y guerrera que ellos mismos ayudan a encender. Son los mismos que se enriquecerán con los fondos del Plan Marshall para la reconstrucción de Alemania. Destruir para construir y cobrar dos veces. Y para ello, se valen de toda esa corte de secundarios, imprescindibles para impulsar la trama, que creen ser los artífices de la Historia, pero que aquí se nos dibujan como cooperadores necesarios y ridículos

Porque, como explicita Vuillard, no son Karl, Albert, Gustav o Frederick, estos manipuladores del destino a golpe de talonario son solo máscaras de un poder atemporal que bajo esos nombres y apellidos se eterniza y que no suelen figurar en el orden del día.

 

Bajo esta tesis, un poco a lo Club Bilderberg, la novela se desarrolla con un tono que la coloca entre la no ficción, por su tono descriptivo, su pretensión de rigurosidad histórica, la total ausencia de personajes ficticios o cierto distanciamiento propio de un cirujano enfrentado a la autopsia del cadáver de la Europa de preguerra.

Y sin embargo, el mérito del autor es hacernos creer que estas páginas no son más que un informe histórico, una obra objetiva. Pero lo que realmente leemos es, por encima de todo, literatura. El mayor mérito del autor es que al caricaturizar sus personajes hasta el extremo pero hacerlo desde la posición de un frío relator de hechos, nos vende su ficción a precio de realidad histórica.

 

 

 

Porque Schuschnigg no es el personaje temeroso y cándido que se mete en la boca del lobo tal y como nos quiere hacer creer. Nada se dice de todos sus esfuerzos por lograr el apoyo de otras potencias y de cómo tiene que recurrir a implorar a Alemania no ser invadida por el abandono de aquéllas. Porque es fácil juzgar a Chamberlain como el pusilánime que no quiso parar los pies a Hitler, sabiendo como sabemos lo que pasó después, dando lecciones sobre cómo habría debido de ser más beligerante, amenazador, haber llegado incluso a la guerra antes de que ésta fuera aún mayor, de que fuera el horror que hoy conocemos que fue. Pero al tiempo aseveraremos que la Primera Guerra Mundial fue el fruto de la belicosidad de las naciones, del intento de frenarse unas a otras.   

 

Y todos esos matices históricos no son ajenos a Vuillard. Los conoce bien, pero los obvia, porque realmente no quiere levantar acta de unos hechos, solo de una tesis que toma como ejemplo un momento histórico y, por tanto cuya validez no se circunscribe a la veracidad histórica de éste. Vuillard quiere crear Literatura, y lo consigue de una manera brillante. Logra involucrar al lector en su itinerario de aquellos años locos, convencerle de cuanto cuenta por ese estilo frío y aséptico. Y logra engatusarnos retorciendo según le conviene la realidad y los personajes que la pueblan, igual que hace cualquier otro gran autor creando personajes y desarrollando tramas a su gusto y antojo.

Por eso, El orden del día se lee con gusto por quienes aman la historia, pero también por los que disfrutan de un relato de intriga y por los que se emocionan con los retratos psicológicos. Porque de todo esto tiene un poco El orden del día y porque, como pone de manifiesto la realidad de estos días, no hay nada como la soberbia de juzgar el pasado para revelarse como un inepto a la hora de vaticinar el futuro.



29 de enero de 2022

Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain)

 


 

Releer es uno de los mayores placeres. A diferencia de lo que muchos puedan pensar, volver a pasar por páginas ya conocidas, poder anticipar lo que va a ocurrir, conocer el final, no resta un ápice de interés a la lectura, sino que nos libera de esa incertidumbre de quien va abriendo caminos, aventurando hipótesis sobre el curso futuro de la trama que luego resultarán mayoritariamente erradas, todos sabemos que un autor es un pérfido urdidor de trampantojos. Todo lo contrario, liberados de esa inocencia, conociendo los trucos argumentales, familiarizados con la historia, con el juego de los personajes, podemos concentrarnos en la esencia de la novela, regodearnos en su ritmo y estilo, en sus pistas falsas sin temor a confundirnos. Por ello, insisto, releer es uno de los mayores placeres.


En esta ocasión, le ha tocado el turno a Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, en la edición de Anaya con traducción de Antonio Ferres. Y recuerdo aún la primera vez que leí este libro, en una edición distinta, algo menos cuidada y cuyas páginas quedaron despanzurradas antes de que acabara la lectura, pero de la que disfruté enormemente. Por alguna razón, el libro previo, Las aventuras de Tom Sawyer, me había resultado algo tedioso, cosas de la edad, así que no me atreví con esta supuesta secuela hasta entrados largamente mis veinte. Y como digo, la frescura del libro, su tratamiento deshinibido de temas como la esclavitud, la brutalidad del mundo adulto o la franqueza del lenguaje de los protagonistas, me sorprendieron.


Y es ahora, al volver sobre la obra, cuando me siento más capaz de reconocer la fuerza vital que recorre sus páginas, la veracidad que emerge de sus personajes y la locura salvaje que habita en sus, a veces, laberínticos y enloquecidos enredos. Es en esta segunda lectura cuando puedo disfrutar sin distracciones del endiablado ritmo que tiene, en especial, el comienzo de la obra, con sus breves oraciones, sus descripciones mínimas para definir a cada personaje en boca de Huck o la certeza de que cada frase aporta una idea concreta, útil para el avance y desarrollo del argumento, ajenas totalmente a la retórica tan propia de autores contemporáneos de Mark Twain.


Porque, sin duda, ésta es la obra maestra de su autor, como él mismo reconocía, su mayor y mejor logro. En sus páginas, como ocurre en todas las grandes obras, mezcla sus propias experiencias como piloto de vapores por el Mississippi lo, con su fértil imaginación y sus opiniones críticas sobre la vida en el Sur en los tiempos previos a la Guerra de Secesión, la mojigatería religiosa de la época, o los vicios e iniquidades del mundo regido por los adultos.


Huckleberry es un mozo que se ha enriquecido al descubrir un tesoro, según se cuenta en Las aventuras de Tom Sawyer, y al no tener un padre decente que pueda hacerse cargo de su educación y tutela, el dinero es consignado bajo la vigilancia del juez local mientras que Huck es entregado a una viuda para su cuidado y educación. En este ambiente opresor Huck quiere morir. Hasta ese momento su vida ha discurrido libre de ataduras sociales, como un seminómada, mal vestido y peor educado, está acostumbrado a la libertad como pocos y se resistirá a todo esfuerzo de domesticación. Por eso, no es de extrañar que termine por huir, también atemorizado por su padre, que sigue rondando por su vida, amenazándole si no le entrega todo el dinero para gastarlo en una continua borrachera.


Huck huye y en su escapada se encuentra con Jim, esclavo de su anciana cuidadora que también ha dejado la casa al conocer que iba a ser vendido para servir en una plantación del Sur más profundo, con un régimen de vida brutal, sometido a un trabajo extenuante y continuos castigos físicos. Sus aventuras por el gran río forman el armazón de la novela y forjan un dúo protagonista parejo en algunos aspectos a otros dúos famosos de la literatura como don Quijote y Sancho Panza. En otros aspectos se asemeja a Los papeles póstumos del Club Pickwick al consistir parte del argumento en cuanto surge alrededor del camino de los dos protagonistas, poniendo de manifiesto la ruindad y bajeza de muchos de los compañeros de viaje que deben hacer a su pesar o de los violentos vecinos de los pueblos a orillas del río.  

 


 

La obra fue publicada en 1884 aunque está ambientada en un tiempo anterior a la Guerra de Secesión americana de 1861. En el momento de su publicación, recibió notables críticas por la rudeza de su lenguaje, uno de los rasgos del libro que más enorgullecía a Mark Twain, así como por el retrato que se hacía del fugitivo Jim, un negro mejor que la mayoría de blancos con los que se topan, más noble y cabal, el mejor compañero de viaje para Huck que se pudiera buscar. Pero el libro no es una obra maniquea, Huck se debate entre la solidaridad con Jim a quien le debe parte del éxito de su huida, y su convencimiento moral de que su deber es denunciarlo como fugitivo y entregarle a cualquier hombre blanco. También le vemos luchando contra su propio racismo, sorprendiéndose de la hondura de los sentimientos de un negro. Por tanto, la obra también puede ser vista como la narración del proceso por el que Huckleberry asume la igualdad moral entre blancos y negros como una dura conquista a la que tarda en llegar y solo lo hace tras la larga convivencia con Jim y las innumerables pruebas de lealtad y rectitud moral que éste le pone de manifiesto.


Pero, todo esto que causó escándalo en su época por atentar contra los convencimientos íntimos del americano medio recién salido del trauma de la guerra civil, es lo que también causa rechazo en nuestros días por atentar contra otro tipo de mojigatería que ha impuesto su censura contra Las aventuras de Huckleberry Finn, no considerándolo apropiado para promover su lectura en los centros educativos estadounidenses, privando así a sus jóvenes de la posibilidad de entender mejor su país, sus contradicciones y su proceso de  construcción y, por encima de todo, reduciéndoles a la estúpida condición de seres incapaces de entender e interpretar una obra, mejor que lo haga el Gran Hermano por todos nosotros.


Creo que cualquier lector que llegue al final de la novela, al capítulo en el que se describe el sueño que tiene Huck sobre el futuro que aguarda a Jim, creerá ver la génesis del discurso del Doctor King y no tendrá dudas de cuál es la verdadera naturaleza moral de este libro y de cuáles son sus méritos en este controvertido aspecto. Pero en lo que aquí respecta, esto es, en cuanto a su calidad literaria, su capacidad para emocionar, para construir un relato verídico y ameno, no se tenga ninguna duda. Este libro, junto a otros cuantos precursores, abre esa corriente de realismo americano que tanto ha influido en la literatura universal del siglo pasado y que aún extiende su poderosa influencia. Solo por eso deberíamos desempolvar nuestros ejemplares infantiles de la obra, darles vida nuevamente para recibir más de lo que esperamos y restituirlos al lugar verdadero que merecen.

 

 

 

9 de enero de 2022

Agua dura (Sergi Bellver)

 

 

Llego a este autor gracias a un artículo de Juan Soto Ibars en el que habla de la publicación de la primera novela de Sergi Bellver, una obra que, por un lado ninguno de sus conocidos esperaba y que, por otro, todos sabían que llegaría. Una obra madura, envidiable, pura Literatura con mayúsculas. Y la sorpresa no viene de la duda sobre la calidad literaria del autor o del interés que sus escritos pudieran tener para el público.

 

Lo que suscitaba la tremenda incertidumbre de sus amigos era la vida seminómada y escasamente estructurada del autor. De casa en casa de amigos, conocidos, benefactores o cualquier otra persona que pudiera encontrar motivos para dar cobijo en su sofá a alguien que se dedica a la Literatura. En ese peregrinar continuo, tan lejos de la habitación, ruidosa, pero castillo al resguardo de la mirada del padre, que era el habitáculo de Kafka, o de los cafés en los que tantos se jactaban en otros siglos de haber escrito sus mejores obras, Bellver, parecía perseguir un destino trágico, el de que su vida terminase por resultar más interesante que cualquier historia que pudiera relatar.

 

Aún no soy capaz de separar la parte real del artículo, de la ficticia, de la mera exageración o de la pequeña broma seguramente compartida por autor y periodista, pues ambos son amigos y colaboradores puntuales. Una revisión de la ficha biográfica de Sergi Bellver se puede llevar por delante parte de ese nomadismo y absentismo laboral perpetuo.

 

Pero sea como sea el personaje, es éste antes que su obra, lo que atrae mi atención. Y sin más vueltas, busco información sobre el escritor a partir de la referencia de esta primera novela. Claro es que, como todo buen arqueólogo, rastreo hacia atrás y descubro que Del silencio, puede ser su primera novela, pero no la única obra publicada por Bellver.

 

Así, me encuentro con Agua dura, una primera colección de relatos publicada por Ediciones del Viento en 2013 y que, en 2021, pandemia mediante, ha visto una nueva publicación en digital para garantizar la lectura a cuantos quieran tener acceso a la misma.

 

Y yo soy uno de ellos. Los comentarios sobre Agua Dura son vibrantes, se habla de unos relatos que perduran en el recuerdo del lector, que precisan de un tiempo de reposo, de una lucidez y un dominio de los recursos sin igual, uno de los mejores libros de relatos en nuestra lengua de los últimos tiempos.

 

Ante estas afirmaciones tan incontestables, uno no tiene más alternativa que 

lanzarse a disfrutar del festín o reunir argumentos para rebatirlas. Y, me adelanto al final de la reseña, yo me encuentro entre los primeros.

 

Reseñar un libro de relatos no es sencillo. Cada uno de los cuentos tiene sus propias normas, sus personajes, sus temas y su ritmo. Normalmente, más aún tratándose de un escritor novel, son resultado de una mezcolanza de primeras publicaciones dispersas, de juegos de prueba o error con resultados variopintos. En suma, un cajón de sastre con el que se pretende recopilar todo lo escrito hasta la fecha, como punto de partida, mojón que marca más un punto de partida con el que medir la valía de la obra futura. Así, individualmente pueden resultar brillantes, como conjunto, suelen dejar algo que desear.

 

Pese a que los autores, o los comentaristas, tratarán de enhebrar un lugar común, un punto de conexión entre todos ellos, algo que dote de sentido al conjunto, más allá de lo necesario la mayoría de las veces este esfuerzo resulta en vano.  

 

Pero, si no se puede hablar de la obra en su conjunto puesto que poco tiene en 

común, y  tampoco podemos entrar a desentrañar cada una de las narraciones, ¿qué nos queda? ¿Palabrería vacía que busque tan solo recopilar sin sentido adjetivos positivos, negativos o neutros con el fin de dejar la impresión cierta de si nos ha gustado la obra, si deja indiferente o si nos ha disgustado?Abro así mi torpe intento para dejar constancia de las impresiones que Agua dura me ha dejado.  

 

Todos los que venimos de otra ciudad, esas que no se precian de tener "la mejor agua de España", en particular, esas que tienen lo que se llama agua calcárea, sabemos que se trata de un agua diferente. Lo sabemos más ahora, cuando volvemos para pasar unos días y tus hijos te dicen que ese agua sabe mal, que no es como la de casa, su casa, no tu casa. Para tí sigue siendo la natural, la que tiene cuerpo y no parece un líquido insípido y flojo, también la que echa a perder todas las cafeteras, lavadoras, lavavajillas, todo cuanto esté en contacto con ella durante un tiempo prolongado.

 

 


 

Pues bien, ese agua, la que se invoca desde el propio título del libro, es la que da forma, o deforma a los protagonistas de todos los relatos. Puede decirse que la vida, como el agua, les ha moldeado, ha erosionado todas sus aristas, en unos casos hasta redondearlas, en otros para afilarlas más.

 

Estos son los personajes de Agua dura. En sus relatos, al menos en los principales, cada personaje parece estar en un momento definitivo y definitorio, en un tornaviaje, huyendo de un pasado, llegando allí por causa de ese pasado, no se sabe a ciencia cierta. Pero en todos ellos, cada historia parece condensar una trayectoria vital, al menos un cambio.

 

Estos personajes también gustan de arracimarse en parejas, no necesariamente en el sentido que todos le damos. Dos hermanos, separados por miles de kilómetros o por la laguna estigia en forma de canal holandés, hermanos que heredan una propiedad que les devuelve al pasado o hermanos que tratan de cumplir una venganza que les llama de manera brutal. Siempre hermanos, porque aunque en algún caso no lo sean biológicamente, sí lo son en el mismo modo en que el agua y la roca se hermanan y acoplan sus cuerpos, tan diversos en su naturaleza, sólida, líquida, pero tan duros y resistentes, agua dura que todo lo impregna y que, como decía uno de los glosadores del libro, efectivamente, sigue dejando su efecto erosionador al volver la última página. Porque sí, al final, me quedo en este lado, en el de los arrobados admiradores de Sergi Bellver en este su primer libro, su bautizo literario como él mismo señala en su atento prólogo.

 

En el mismo, señala un origen muy personal de estas historias, una vinculación emocional de la que ningún esfuerzo estético o artístico, debería quedar al margen. Sin embargo, lo personal no debe confundir al lector, quien no debe orientar su lectura a tratar de discernir los elementos biográficos del escritor. Al contrario, debe buscar los propios en esos textos, ya que toda buena obra iluminará aspectos propios que nos eran desconocidos, que no nos atrevíamos a afrontar o que, simplemente, alcanzan una nueva perspectiva desde la voz de otro.

 

Por eso, hace bien Bellver en no desvelar más, en destacar tan solo algunos otros elementos constantes en sus narraciones, como los coches, los animales, sin avanzar lógica o semántica alguna. Al fin, tal como nos dice, alza su copa para que los nuevos lectores podamos gozar de un vino que cree reciclado, tal vez mejorado de su avinagramiento inicial, y acierta. Salud.

 

27 de diciembre de 2021

El peluquero de los Beatles : Una mirada distinta, nunca antes contada, sobre el grupo y su época (Leslie Cavendish)


 

Leslie Cavendish es un joven londinense de origen judío que sueña con el fútbol y las mujeres. Acompañando a su madre a la peluquería siempre admira la suerte de los empleados que tienen la oportunidad de trabajar cómodamente rodeados de clientes hermosas a las que pueden tocar el pelo, susurrar en el oído o merecer sus confidencias más íntimas.


Cuando su amigo, Laurence Folk, le dice que ha entrado como aprendiz de uno de estos establecimientos, Leslie supera su temor inicial a no tener aptitudes para este mundo de mechas, tijeras y lavados, y decide presentar su candidatura. Su opción, inicialmente casual, pero determinante para su futuro, será el establecimiento de Vidal Sassoon. No solo es el salón de peluquería más moderno de la ciudad y al que acuden las actrices y modelos más famosas gracias al nuevo estilo de corte y peinado que aplica el señor Sassoon, sino que este fue vecino y amigo de una tía de Leslie.

 

Armado de confianza con este secreto familiar y con cierto desparpajo e inocencia, afronta una entrevista de trabajo con el responsable de personal de la firma y resulta finalmente elegido como aprendiz. Es en este momento en el que se inicia el nudo central del libro en el que Leslie va relatando el avance de su carrera profesional, pasando de aprendiz a estilista entre anécdotas de famosas actrices y modelos de la época, junto con las severas normas de la casa para atender correctamente a las clientes pero sin importunarlas, sin revelar sus confidencias y, principalmente, sin poder mantener relación fuera del salón, conservando así una profesionalidad que, en ocasiones, exaspera al joven Leslie.

 

De este modo, se va desplegando de manera amable el escenario de los años sesenta, con sus cambios en la moda, la música, las relaciones personales, sexuales, el conflicto con el orden impuesto por los adultos y, también, cómo no, el mundo del tratamiento del cabello: las esponjas hechas a mano, los caros tratamientos revolucionarios para la época y hoy a disposición de cualquiera en la estantería de un supermercado de barrio, etc.


Pero el cogollo de los alegres sesenta en Inglaterra eran los Beatles, también este es el punto central de las memorias de Leslie, y el principal reclamo del libro desde su mismo título y portada.

 


Recién conquistada su condición de estilista, Leslie trabaja a las órdenes de uno de los principales colaboradores del Sr. Sassoon, Norman, quien gusta demorar sus cortes de pelo en una mezcla de detallismo y pavoneo. Esta costumbre abre la puerta a que Leslie pueda atender puntualmente a algunas de las famosas clientes de Norman. Y así, en octubre de 1966 se cuela en su butaca Jane Asher, famosa y bella actriz británica, más conocida por ser la novia en ese momento de Paul McCartney. 


Esta suplencia por un día tendrá grandes repercusiones para Leslie ya que a esta le cae en gracia y en la primera sesión le pregunta si podría pasar por su casa esa misma tarde para cortarle el pelo a su novio. Por razones obvias, este no puede acudir a una peluquería sin causar un revuelo de fans por lo que prefiere ser atendido en su casa. Leslie no se lo piensa y hace su primera visita a la casa de Paul en Cavendish 7, precisamente una calle con el mismo nombre que su primer apellido.


La visita de Leslie llega en el momento en que los Beatles han abandonado las giras para tomarse un descanso. George viaja a la India para tomar clases de sitar, meditación y otras cuestiones espirituales que comienzan a interesarle. Ringo se dedica a sus cosas y John ha viajado a España a rodar una película con Richard Lester. Paul sestea en su casa sin saber a qué dedicar su tiempo libre, después de años de una frenética actividad, lamentando no poder hacer turismo por su fama. Todas estas cuestiones surgen en la breve presentación entre ambos. Leslie queda sorprendido de que el famoso músico comparta sus miedos e inseguridades, en un momento de incertidumbre para la banda más famosa del mundo, con un simple peluquero. Pero, armado de confianza por la amabilidad de Paul, le sugiere un cambio de corte de pelo que le permita pasar más fácilmente desapercibido. 


Así, Lesli comete el crimen de cortar a su gusto una de las cuatro melenas más famosas de su tiempo. Encantado con el resultado, Paul invita al joven a tomar un té mientras le muestra al piano algunas de sus últimas canciones para el próximo disco de los Beatles. Pocos días después, Paul cumplirá su deseo de viajar libremente sin ser acosado por la prensa y sus fans. Alquilando un coche junto Mal Evans, bajará por Francia hasta España. Desde Ameyugo (Burgos) enviará una postal a Ringo con palabras que acabarán apareciendo en Penny Lane,  y desde el avión que le lleva de vuelta a Londres desde Kenia, garabateará junto a Mal Evans, combinaciones de palabras en una servilleta entre las cuáles se encuentran las célebres Sgt. Pepper's lonely Hearts Club Band.   Y todo gracias a un peluquero novato.    


De este modo, Leslie accede al círculo íntimo de los Beatles, es invitado a algunas sesiones de grabación y a las Oficinas de Apple donde cortará el pelo de Mal Evans, Neil Aspinall, Derek Taylor, y, por supuesto de algún otro beatle.

 

La personalidad de cada uno aflora en esos breves encuentros en los que Leslie se pone en faena. Frente a la extroversión de Paul y su deseo de aparentar normalidad en su vida, destaca el silencio y profunda concentración de George o la imposibilidad de John para permanecer quieto, atemorizando siempre a Leslie con la posibilidad de cortar una oreja a su ídolo, que mantiene diversas reuniones de trabajo, llamadas telefónicas, o discusiones con Yoko Ono mientras le cortan el pelo.


Interesante es la percepción que Leslie tiene de Ringo al que no cortará el pelo hasta pasada la disolución de los Beatles ya que Mareen, su esposa, era peluquera y, por tanto, la única autorizada para cuidar de su larga melena. Sin embargo, Leslie logra apreciar la complicada situación de Ringo en el periodo 67-69 en el que su aportación a los discos es reducida dadas sus capacidades musicales frente a la del resto de miembros del grupo e incluso a su discutida calidad como batería puesta en entredicho por Paul quien se dedicaba a darle clases sobre cómo quería que se tocase tal o cual pasaje o que, incluso, llegaba a regrabar las pistas de batería de Ringo cuando éste salía del estudio. Leslie cree ver en esta inseguridad la desconfianza de Ringo ante los extraños que tanto contrasta con su imagen pública de chistoso y animado payaso del grupo. Como Leslie reconoce, al tratar a Ringo tras la separación del grupo llegó a apreciar la liberación que esta debió suponer para el batería que pudo así volver a recuperar su carácter más abierto y confiado.


Leslie participa como peluquero oficioso y actor ocasional en Magical Mistery Tour y se independiza de Vidal Sassoon cuando los Beatles le ofrecen el sótano de una boutique de Apple para montar su propio salón de peluquería Apple.


Respecto a esta empresa que los Beatles organizaron para dar salida a su fortuna permitiendo los más diversos y controvertidos proyectos, Leslie tiene una opinión clara, la despreocupación de los músicos por el rendimiento económico y el interés de muchos por sacarles la mayor cantidad de dinero posible, fueron la clave del desastre de la empresa que trató de llevar a la práctica el ideal hippie de los años sesenta .


Por las páginas del libro también aparecen varias historias que dan cuenta de la persecución de la prensa, algunas de ellas protagonizadas por el propio autor. Otras anécdotas van completando la narración, como la ocupación de la sede de Apple en Saville Road por un  grupo de ángeles del Infierno, que también tuvieron el placer de ocupar temporalmente la casa del pobre Leslie, o el memorable día del concierto en la azotea de Apple, que sería la última actuación en directo del grupo.


El libro, publicado por la editorial Indicios, ha contado con la colaboración de Eduardo Jáuregui para la labor de ordenar y avivar los recuerdos del peluquero, y ha sido traducido por Antonio P. Moya.

 

La candidez del propio Leslie, y su visión algo naif, ofrecen una amena lectura en la que se habría agradecido algo más de coherencia cronológica ya que se dan saltos hacia adelante y atrás, sin quedar claro en ocasiones en qué punto ocurren los hechos .También se echa en falta en algunos momentos alguna mayor precisión en los recuerdos que bien parecen una idea vaga aderezada con información concreta obtenida de cualquier buena biografía del grupo. No obstante,es de agradecer que se haya abstenido de airear detalles escabrosos, revelaciones escandalosas, …, como parece propio del signo de los tiempos para servir de reclamo y mejorar las ventas.

 

En todo caso, la lectura de este libro es amena y ofrece una visión muy humana de los años sesenta desde la perspectiva de este joven del East End que apenas pudo creer la suerte que le alcanzó en su vida como él mismo reconoce y que pone en nuestra mano sus recuerdos y vivencias, una perspectiva nunca antes contada del grupo, como muy bien reza el subtítulo de la obra.