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2 de noviembre de 2026

Niveles de vida (Julian Barnes)


 

Niveles de vida (Anagrama, traducción de Jaime Zulaika) es el libro en el que Julian Barnes trata de analizar lo sucedido tras la muerte de su esposa Pat Kavanagh, de darse una explicación o, sin más, regodearse en su dolor del único modo que sabe hacerlo, escribiendo. Kavanagh, agente literaria de profesión, falleció el 20 de octubre de 2008 a causa de un tumor cerebral. Llevaban treinta años casados, desde 1979, y la enfermedad apenas duró treinta y siete días.

Como no podía ser de otro modo tratándose de un escritor de la talla y sensibilidad de Barnes, la aproximación al tema no es directa ni evidente. Sin embargo, la estructura del libro puede resultar desconcertante en un inicio. La primera parte está dedicada a los vuelos en globo por parte de famosos pioneros, en viajes no exentos de una mezcla de romántica búsqueda de la aventura y un riesgo no siempre bien calculado.

Ese romanticismo lleva a que los viajeros apenas tomen precauciones por considerarlas poco deportivas, por querer dar una muestra de libertad y valentía hoy algo desfasadas y pasadas de moda. Pero aquí lo que atrae a Barnes es que estos viajeros del viento, los primeros en elevarse por encima del terráqueo nivel de sus mortales congéneres, aspiraban a subir al cielo, el lugar de Dios, su guarida. Jugamos a ser inmortales y todopoderosos, pero como sabemos desde Ícaro, acercarse al sol conlleva el riesgo de que nuestras alas se quemen.

En esa primera parte Niveles de vida narra también una historia de amor frustrada entre la actriz Sarah Bernhardt y el aviador inglés Fred Burnaby, que compartieron un vuelo en globo que ella transformó luego en relato literario. Él se enamoró de ella, ella libre, excéntrica y frontal lo rechazó. Esa breve historia, ficción en gran parte, funciona como antesala emocional anticipando que incluso lo más alto y hermoso puede no encontrar correspondencia. Elevarse aquí también es amar sin red.

La fotografía aérea es otra fase del libro. Se exploran los intentos de capturar imágenes desde los globos, la dificultad técnica del proceso, el temblor del aire, la peligrosidad de la combinación de los gases precisos para la elevación y para la captación de las imágenes. Pero aquí nace un nuevo lenguaje visual, una forma distinta de mirar el mundo. No se fotografía el cielo, sino la Tierra, y no desde cualquier ángulo, sino desde una perspectiva imposible hasta entonces. Así nace la cartografía moderna, el espionaje, pero también una belleza inesperada. Se ofrece al hombre una imagen del hombre desde una nueva perspectiva, desde otro ángulo. Es como cuando en los años sesenta las imágenes más icónicas de los viajes a la Luna no fueron las de este satélite sin luz, sino las imágenes de la propia Tierra tomadas desde el espacio. Quizá así vea Barnes la misión del escritor, un ser que se eleva no para ofrecernos imágenes de paisajes nunca vistos, sino para devolvernos nuestra propia imagen pero desde un ángulo diferente.

Pero podemos profundizar en la metáfora y creer que de lo que nos habla Barnes es de esa levitación que el amor supone, de ese extraño sentimiento que nos eleva e impulsa a ser mejores, a dar lo mejor de nosotros mismos, a superarnos tan solo por causar impresión favorable en la persona amada, aunque con olvido de nuestra propia seguridad y dicha. Esa elevación que queda icónicamente reflejada en las alas de los querubines que acompañan con sus liras nuestras ensoñaciones de enamorados, elevándonos a las alturas, a un mundo en el que no pisamos el suelo, en el que vivimos suspendidos y ajenos a todas las reglas de la física.

Sin embargo, como pronto nos recuerda Barnes, los globos no están exentos de peligros y acechanzas. Nos cuenta la historia de un ayudante que quedó prendido en una de las cuerdas que sujetaban el globo a tierra cuando comenzaba su despegue y que fue finalmente liberado a más de cien metros de altura, yendo a caer sobre un parterre de rosas, con las piernas hundidas en la fértil tierra como si de un esqueje humano se tratara y con los órganos internos desparramados y repartidos varios metros alrededor. Porque es lo suyo que todo lo que sube ha de bajar. Así, cuando sufrimos la pérdida del ser amado, caemos desde lo alto, con nuestros órganos, físicos o no, repartidos por doquier, a la vista de todos, rotos y sin posibilidad de recomposición. Una visión romántica sin duda, casi tanto como la del amor en sus fases iniciales.

Llegamos entonces a la tercera parte del libro, a aquella en la que Barnes nos habla directamente de la muerte de su mujer, de lo vivido como si de un sueño se tratara. De esa extraña sensación de abandono, de que ya nada importa, de que la vida se ha paralizado mientras todo a su alrededor sigue funcionando con una normalidad impasible y cruel.

 


 Los amigos evitan el tema o lo adornan con frases sin peso. Te dicen que salgas, que viajes, que hagas yoga o que adoptes un perro. Todo suena hueco cuando lo que uno necesita no es distracción, sino presencia. La presencia del que ya no está. Barnes describe este aislamiento involuntario con precisión quirúrgica y con una dignidad emocional que estremece. Señala cómo las actividades que te gustaban realmente cobraban sentido porque podían ser compartidas, narradas a su pareja. Uno leía o asistía a exposiciones por gusto, pero también para compartirlo, hacer de ello una experiencia conjunta. Y si lo que buscamos es precisamente hacer algo nuevo, lo que nunca se hizo antes como modo de saltar de esa rueda de recuerdo y añoranza que nos persigue, logramos el efecto contrario. Apuntarnos a un curso de cerámica no tiene sentido porque uno siente aún más la soledad, el sinsentido, la comprensión de que estamos huyendo. ¿De dónde? ¿A dónde?

De repente, uno cobra visión de la cantidad de viudos que existen entre su círculo inmediato, que parecen multiplicarse, aparecen como las embarazadas cuando esperas un hijo, son omnipresentes. Pero también aparece la idea del suicidio, lo que a decir de los psicólogos es buena noticia porque se cree que quien piensa en ello no será capaz de llevar adelante el impulso, si bien Barnes se pregunta si la meditación al respecto no permite mejorar las técnicas, refinar el método. 


Y es que, a veces juntas a dos personas y no pasa nada. Pero cuando pasa, el resultado puede ser mayor que la suma de ambos. Sin embargo, la pérdida también es mayor que lo que cada uno aportaba por separado.


El libro recuerda en este punto a La peor parte. Memorias de amor de Fernando Savater, otro testimonio donde se da cuenta del dolor más íntimo, de esa pérdida innombrable, de ese despertar brutal a una realidad para la que nadie está preparado. Uno cree saber lo que es la muerte, pero solo se convierte en conocedor cuando el golpe ya ha caído, cuando ya es tarde.

Niveles de vida es al fin un libro sobre la gravedad, la física y la del alma. Sobre el modo en que el amor nos eleva y sostiene, pero también sobre cómo nos envía al fondo de la tierra, al subsuelo, cuando desaparece sin previo aviso. Pero también nos habla de cómo, en medio de ese derrumbe, la escritura aún puede salvarnos, no del dolor, sino de la incomprensión, la propia y la de los otros. Nadie experimenta en cabeza ajena, ni tan siquiera cuando esta es la de un autor brillante y sensible como Barnes, pero leer su experiencia, lejos de hacernos sentir pesarosos, nos empuja un poco más a mirar esos momentos en los que nos elevamos por encima del nivel de la tierra, aspirando a que nuestra vida se instale ingrávida y sin peso en las regiones más hermosas y perdure por siempre. Quizá porque solo quien ha conocido el cielo puede aceptar con lucidez la brutal caída de la pérdida. Y solo quien ha amado sabe que, aun roto, todo sigue mereciendo la pena.

 

 

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