Imposible decir adiós es la cuarta novela de Han Kang publicada en España. La obra ha sido traducida, como las anteriores, por Sunme Yoon y editada por Random House, siguiendo la estela de La vegetariana, Actos humanos y La clase de griego.
La autora coreana ha alcanzado un punto en su trayectoria en el que la autorreferencia ya no es sólo posible, sino necesaria. Así, en las primeras páginas de esta novela, Han Kang se presenta a sí misma como protagonista y narradora, bajo el nombre de Gyeongha, en pleno proceso de recomposición tras la escritura de Actos humanos, su estremecedora obra sobre la masacre de Gwangju, ocurrida en mayo de 1980. Un episodio silenciado durante décadas por el gobierno surcoreano, en el que miles de civiles fueron asesinados por las fuerzas militares del gobierno y que denunció en dicha novela.
En Imposible decir adiós, la escritora relata las pesadillas que la persiguieron durante la investigación y redacción de ese libro, y su creencia ingenua de que con la publicación, retrasada por motivos editoriales para hacerla coincidir con el aniversario de la matanza, llegaría también la calma. Pero el duelo no obedece a calendarios, y el dolor, lejos de ceder, muta en nuevas formas.
Ese malestar toma cuerpo cuando la narradora recibe un correo repentino de Inseon, una vieja amiga: una fotógrafa con la que había compartido coberturas periodísticas y viajes de juventud. Tras algunos éxitos como documentalista, esta mujer había abandonado Seúl para regresar a su isla natal, donde comenzó a trabajar como carpintera. Así, puede cuidar de su madre, con quien ha mantenido una relación ambigua y algo confusa. Tras la muerte de ésta, Inseon sigue en la isla.
Pero el correo urge a la protagonista a acudir a un hospital de Seúl especializado en amputaciones y reinjertos, en el que su amiga ha sido ingresada tras un accidente con una de las sierras que emplea en su taller. En ese reencuentro, Inseon urge a su amiga a que viaje a la isla con el único fin de tratar de evitar que la cotorra que ha dejado en casa muera de hambre y sed.
Este es el pretexto, a la vez simple y urgente, que abre la segunda parte de la novela, ya más ficcional, y que nos sumerge en un espacio que camina entre el sueño y la vigilia, entre historia personal y colectiva.
La protagonista se embarca hacia la isla en medio de una intensa nevada, toma el último avión, el último autobús y, al llegar, se pierde en la oscuridad, cae por un terraplén y se adentra en una suerte de umbral en el que la lógica y la linealidad desaparecen. La narración entra así en un plano de desdoblamientos, de conversaciones imposibles, de presencias que no se sabe si son reales o fruto del delirio.
El dolor físico, la carne abierta, la sangre, lo que se pudre, se corta o se congela, constantes en la obra de Kang, vuelven aquí con fuerza. Pero en esta ocasión, el simbolismo natural adquiere una carga especial: la nieve, omnipresente, lo cubre todo. Y no es sólo paisaje: es memoria, es luto, es silencio. Como es sabido, en muchas culturas orientales el blanco es el color del duelo. La nieve, entonces, refleja la pérdida, la congelación de un tiempo que no avanza.
La isla no es un lugar neutro e idílico. Fue escenario de una masacre durante la guerra contra el enemigo del Norte en la que murieron miles de personas. La amiga de la narradora trabajaba en un documental sobre esos hechos antes de su accidente. Su madre también participó en tareas de memoria: recogía testimonios, escribía notas, organizaba visitas al lugar. El padre, en cambio, quedó marcado por los traumas de aquel tiempo. El trabajo documental que descubre la protagonista se enlaza de algún modo con su propia experiencia con la matanza de Gwangju y los sueños recurrentes sobre ella.
Así, la historia del sufrimiento hermana la experiencia de la familia propia y la de su amiga, la de un país en diversos momentos de su historia que quedan unidos por un hilo invisible pero en apariencia indestructible: el intento por ocultarlo, por olvidarlo. Pero, frente al intento oficialista, hay personas que se empeñan en levantar un hondo homenaje basado en la memoria y el recuerdo, el tributo y la lección moral. De ahí esa imposibilidad que sienten por decir adiós, por pasar página sin leerla entera y plenamente, con conciencia social.
La mezcla entre realidad y ficción no es una trampa narrativa: es una propuesta estética. Lo importante no es establecer la frontera entre ambas, sino aceptar que lo vivido y lo imaginado, lo que duele en carne propia y lo que se hereda de los otros, forman parte de la misma sustancia
Como en Actos humanos, Imposible decir adiós reivindica la Memoria. Porque la llegada de una democracia formal a Corea del Sur no ha implicado el reconocimiento de los crímenes del pasado. La retórica del enemigo exterior, el Norte, ha sido utilizada para evitar mirar al propio reflejo. Y esa ceguera institucional no es ajena a lo que ocurre en otros países, en otros contextos, en otras heridas.
Han Kang, con esta novela, no sólo vuelve sobre sus propios pasos: vuelve sobre las cicatrices de su tierra. Y al hacerlo, nos recuerda que a veces, casi siempre, no se trata de decir adiós, sino de aprender a convivir con aquello que no se ha ido del todo mientras no sea debidamente honrado.
El mérito de la novela es describir este horrendo escenario desde la lucidez estética, la paciencia narrativa simbólica, la sensibilidad que presumimos en esos escritores orientales, capaces de describir la verdad del mundo en tres breves versos. Así avanza la propuesta narrativa de la galardonada con el premio Nobel, con paso seguro, pero llegando de algún modo a los límites de una temática que no debería convertirse en su único horizonte creativo y que debería aspirar a ampliar desde la ética y la conciencia social que la impulsa. Sin duda, su talento sabrá guiarla en tan complejo viaje.
La vegetariana (Han Kang)
Actos humanos (Han Kang)
La clase de griego. (Han Kang)

