27 de abril de 2026

Los senderos del mar: un viaje a pie (María Belmonte)

 


Hay actividades que el tiempo se encarga de recolocar. Así, el peregrinar, las largas y agotadoras jornadas eran una fuente de sinsabores y dolores. Caminaba quien no podía permitirse cabalgar a lomos de mula vieja, quien se veía enfrentado a la necesidad de moverse, normalmente a su pesar.


Nadie en su sano juicio habría evitado un suave galopar a caballo o el traqueteo de un carro, de haber tenido la oportunidad. El andar era cosa de pobres y campesinos. Ni tan siquiera los caballeros andantes hacían honor a este adjetivo y todo lo fiaban a ser caballeros, esto es, a caminar erguidos sobre sus equinas monturas.


Y qué contradictorio es nuestro tiempo en el que todo lo que antaño resultaba laborioso y bajo, se convierte en objeto de veneración. Proliferan los cursos de alfarería o telar, los talleres que muestran los secretos del arte de la encuadernación o del cuajado del queso.


Y lo mismo ocurre con el aburrido y pesaroso caminar que, lejos de ser odioso por obligar a soportar las inclemencias del tiempo sin tener próximo cobijo o hacer nacer llagas y ampollas con facilidad pasmosa, se ha convertido en práctica terapéutica, cura para la ansiedad y la depresión, ejercicio de reconexión con nuestro interior o con la Naturaleza con mayúsculas, germen de la creatividad e inspiración, motor de eficiencias, palanca para pensar mejor, ejercitar nuestras sedentarias posaderas y admirarnos del paisaje, incluso sentir en primera persona los avatares del clima, y todo ello, por encima de todo, para poder contarlo, porque pocos se expondrían a tantos inconvenientes si no es para contarlo, fotografiarlo, exponerlo o compartirlo con una impudicia que desmiente todos esos supuestos beneficios.


Pero, tras esta diatriba contra el arte del paseo, ¿qué se me ha perdido en un libro publicado por Acantilado, a cargo de la escritora María Belmonte, y que lleva por título Los senderos del mar: Un viaje a pie? Digamos tan solo que al libro llegué como se llega a los sitios a pie, es decir, atisbándolo desde lejos y sabiendo que antes o después terminaría por tomarlo entre las manos y leerlo, pero demorando el momento, confiando en que el libro esperaría paciente.


Estamos ante un libro que no es otra cosa que lo que se anuncia desde su título, una ruta a pie desde Bayona, al sur de Las Landas, la larga línea de arena formada por una mezcla de erosión de los Pirineos y la acción del Océano, bajando por toda la costa vasca hasta Ciérvana, casi haciendo frontera con Cantabria. Una ruta a pie, llevada a cabo en diversas etapas, aprovechando los tiempos disponibles de la autora, sola o acompañada por amigos. Un recorrido que, a la par que experiencia vital, es una rememoración de su pasado sentimental puesto que María Belmonte nació en Bilbao, de cuya provincia es originaria su familia, teniendo lazos con la milenaria Guernica gracias a su abuela materna que vivió el terrible bombardeo, a la playa de Plencia y a los veranos pasados en un colegio de Bayona.


Como cualquier viaje pausado, la reflexión parece venir de serie, pero en este caso la autora no se deja llevar por una sensiblería fácil ni por la añoranza de un tiempo pasado que nunca existió. Antes bien, rememora sus propias vivencias reales o reflexiona sobre el paisaje, pero desde un punto de vista realista. Así, dedica un largo capítulo a la Geología, aprovechando su paso por la placa geológica entre Zumaya y Mutriku, acompañada por un experto geólogo que le explica cuanto es preciso para entender la génesis de estas impresionantes formaciones geológicas que solo recientemente han merecido la atención e interés del público.

 


Pero, si de piedras hablamos, también nos lleva a visitar el museo organizado en torno a la figura de Perurena, el famoso campeón vasco de levantamiento de piedras, un deporte popular en la zona. El propio levantador acompaña a las visitas para contarles las historias detrás de cada piedra, su vinculación íntima con esas moles que todos menos él, creemos naturaleza muerta.


También tiene otro amplio apartado sobre los árboles a cuenta de su visita al legendario roble de Guernica, símbolo de los fueros vascos. Pero que le permite elucubrar sobre la importancia de estas robustas plantas que, de tan complejas y delicadas que resultan, apenas podemos creer lo que Belmonte nos cuenta.


El detalle con el que mira cada planta e insecto está libre de afectación. No nos encontraremos la noticia de haber divisado la última rapaz de los cielos vascos o la remota florecilla apenas admirada desde hace siglos. Antes bien, la propia autora reconoce que muchas partes del camino resultan algo anodinas, incluso llega a saltarse algún tramo tomando un autobús. Porque caminar no siempre es placentero. Desde la lluvia con la que comienza su primer tramo de recorrido en la costa vasco francesa, hasta las penurias para encontrar habitación en un Lequeitio en fiestas.


En ocasiones, la ruta de la autora corre en paralelo al Camino de Santiago, su variante costera, y aquí se encuentra con una multitud de caminantes jacobeos, pero en cuanto su ruta se separa, la soledad reclama la posesión de los senderos. Tan solo encuentra ocasionales paseantes, normalmente lugareños, perros que la acompañan varios centenares de metros o un profesor de matemáticas jubilado anticipadamente por una afección cardíaca al que se le ha prescrito el paseo diario.


Como es habitual en estas latitudes, la lluvia no es un extraño compañero de viaje, pero su llegada no causa perjuicio en el andar, antes bien, es bienvenida puesto que gracias a ella se logra ese hermoso verdor que los vascos consideran casi una enseña nacional.  


Pero el libro no solo habla de esos senderos. Como el título señala, estamos ante una ruta costera y el mar también tiene su propio espacio de honor. Así, María Belmonte nos habla de los primeros surferos de Bayona y Mundaca, venidos de los Estados Unidos en busca de esa gran ola perfecta. Nos cuenta las leyendas de los balleneros de Ondárroa o Bermeo, su gesta inconmensurable y su valor heroico o las historias de los corsarios que surcaron estas aguas. Y, más dulcemente, nos hace de guía del Acuario de San Sebastián y de cómo esta ciudad se convirtió en retiro estival para la aristocracia de la época, en franca rivalidad con Santander.


El libro no renuncia al arrebato ecologista, en especial en lo relativo a la limpieza de los océanos, plagados de plásticos, vertidos y demás porquerías que pueden terminar con gran parte de la forma de vida que cobijan. Y esto no es incompatible con las grandes infraestructuras como el puerto de Bilbao, esa inmensa mole al final de la ría del Nervión o la triste despedida desde las lomas de Ciérvana y su petroquímica espeluznante.


El estilo de Belmonte es como su pasear, tratando de no desentonar, de pasar algo desapercibido dejando que cobre protagonismo el paisaje o las historias que cuenta, aunque tome su propia experiencia como pretexto. Rehúye en todo momento ese protagonismo tan afín a este tipo de literatura en la que muchos autores se esfuerzan por escribir sobre sí mismos no tanto sobre lo que visitan.  


Y tal cual comenzó, María Belmonte se despide de este peregrinar, sin aspavientos ni impostadas reflexiones, con gusto de continuar leyendo, con agradecimiento por lo leído, como ocurre siempre con todos los libros bellos.


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Otras reseñas 

 

15 de abril de 2026

La roja insignia del valor (Stephen Crane)

 


Leí por primera vez La roja insignia del valor con unos 10 años por el único motivo de que me encantó la portada de la edición de Tus libros de Anaya, motivo más que suficiente a esa edad. Unos soldados yanquis con sus uniformes azules contra un fondo rojo fueron suficiente. No entendí nada. Tiempo después, ya adolescente volví a leer el libro y apenas tengo recuerdo. Sí que lo entendí de mejor manera pero algo de la historia me quedó vedado.


Pero después de haber estado sumergido durante dos semanas en la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster, no he tenido más remedio que volver a este título, sin duda el más recordado de este autor que se terminará precipitando en el olvido a salvo de que el intento de Auster tenga éxito.


Es en esta tercera lectura cuando he logrado sacar el mayor partido al libro, sin duda por el magno empeño de Auster que ha sabido poner contexto y destacar los méritos literarios de este escritor que alcanzó el éxito con veinticuatro años y que poco después moriría sin haber logrado revalidarlo.


La roja insignia del valor, título también traducido en ocasiones como El rojo emblema del valor, nos narra la historia de una refriega de un par de días dentro del conflicto de la Guerra de Secesión americana, conflicto que había tenido lugar antes del nacimiento de Stephen Crane pero del que pudo tener noticias directas gracias a conversaciones con familiares y amigos veteranos.


El protagonista es un joven al que solo ocasionalmente  veremos citado por su nombre (Henry Flemming), igual que ocurre con la mayoría del resto de personajes, como el soldado alto, el vocinglero o el andrajoso. Este joven, henchido de ideales e imágenes de gestas heróicas, se ha alistado en contra de la voluntad de su madre, que debe mantener la granja por sí misma al haber fallecido su marido tiempo atrás. Pero el joven descubre que el ejército es, en gran medida, marchar, practicar tiro, dormitar, acampar y poco más, nada a la altura de sus expectativas. El tiempo libre es su mayor problema, el de todos los novatos del regimiento. Las dudas sobre el valor que mostrarán al iniciarse el combate consumen al joven. Por momentos cree poder arrastrar a sus compañeros a gestas gloriosas, pero en ocasiones, duda sobre si huirá como un conejo.


Y el combate llega; apenas una refriega, un mero intercambio de disparos, y el joven aguanta el tipo, más por curiosidad que por valor, pero cuando el choque se recrudece, termina por huir junto a otros tantos. El joven reformula su relato, en realidad no ha huido por cobardía sino por la estupidez de los mandos, ha sido prudente, los que han aguantado no han sido valientes sino cretinos. En su pasear por los campos, escondiéndose de enemigos y amigos, se encuentra con una columna de heridos entre la que camina el soldado alto que ha sido gravemente herido. Su muerte horroriza al joven que se consume por los remordimientos, la culpa y la vergüenza ante todos los hombres que llevan con orgullo la prueba de su valor, sus heridas sangrantes, ese rojo emblema del valor, esa insignia más meritoria que los kilos de medallas que lucen los generales a caballo.

 


 Cae en otra refriega y es herido pese a todo, en la confusión retorna al regimiento donde ese acogido y su herida cubre la vergüenza. En la jornada siguiente deberá dar prueba de si está a la altura de esa enseña del valor o si ha de ser cubierta por el oprobio y la burla.


En esta novela, breve por demás, la economía de palabras es una marca de distinción. Apenas hay pasajes prescindibles, incluso las escasas descripciones del paisaje sirven para acompañarnos en el descubrimiento del espíritu tan cambiante del joven soldado. Pero hay muchas más cosas loables en la novela.


Como ya dijimos, apenas hay nombres, solo apelativos descriptivos, alto, andrajoso, lo que aplica también a nuestro protagonista. Pero es que es un recurso que sirve para despersonalizar a los personajes. El regimiento en ocasiones se muestra como un todo orgánico. Nadie puede sobrevivir fuera de él, de la comunión de los hombres, una solidaridad que en ocasiones es más fuerte que la lealtad a la patria o a las soflamas de los oficiales. El regimiento sufre, aúlla, corre, suda y teme, como un ente propio que subsume a todos sus componentes. Pero, en otras ocasiones, Crane sabe romper este hechizo y posar la vista en el joven, en sus diatribas mentales, sus contradicciones e idas y venidas, en el individuo como un peón dentro de un enorme juego del que no es sino una ínforme porción. Sin embargo, en ese regimiento, el joven no logra hallar el eco de sus propios temores. Indaga si otros temen no mostrarse valientes en el combate, pero nadie habla directamente sobre este tema, tal vez todos lo tengan en mientes, pero el temor es un fantasma de soledad que te abraza incluso rodeado de otros hombres.  


En suma, la guerra es retratada como lo que es, un batiburrillo en el que el individuo no es sino parte de un gigante tablero, en el que apenas puede concebir cuál es su función. Cree estar ganando la batalla cuando el frente se hunde a su alrededor, ve la muerte de sus compañeros mientras el éxito ciega a los superiores, avanza, se embosca, retrocede, ve pasar a los francotiradores a su lado mientras caen balas de cañón sin saber si son amigas o enemigas. Un caos que la novela refleja perfectamente en las idas y venidas del joven que tan pronto está en la retaguardia huyendo de las posiciones avanzadas, como se encuentra en primera línea nuevamente, sacudido por la refriega más violenta.


Y este caos es acompañado por la actitud de los protagonistas. Ninguno parece dotado para la grandeza y el heroísmo. Los gritos y la sangre todo lo manchan, los insultos entre veteranos y novatos, las malas formas y violencia de los mandos, las palabras más soeces y los juicios más ramplones se entremezclan con la muerte y el sufrimiento, también con la entrega desinteresada, el ánimo al compañero en dificultades, el odio al enemigo.  


Este lenguaje naturalista sorprende en una época en la que todavía la guerra mantenía su halo de mística épica. No olvidemos que aún en la Primera Guerra Mundial los civiles se alistaban creyendo que acudían a su cita con la Historia y no a un matadero. Por contra, Crane, que aún no había visto ninguna batalla, tuvo la suficiente clarividencia para ver el fin del individuo en esa máquina de picar carne que eran los ejércitos modernos.


Por otro lado, centrar la acción no tanto en los grandes hechos bélicos como la batalla de Gettysburg, es otro gran acierto, un pequeño escenario para desplegar el verdadero nudo de la trama, el incesante discurrir del joven Henry, sobre su valor, el sentido de la lucha, la cobardía, el probarse a sí mismo, la lealtad, el sentido del amor filial, cuestiones todas ellas sobre las que debate consigo mismo de manera larga y creíble.


En esta ocasión he recurrido a la edición de Austral con la maravillosa traducción de Jesús Zulaika y creo que finalmente he logrado diseccionar el alma del joven soldado, compartido sus dudas y temores de los que todos podemos hacernos partícipes en algún momento de nuestras vidas aunque no esté en juego el recibir una bala del enemigo, pero sí los lances de la vida y las pruebas a que nos somete. A ello ayuda el que el enemigo no sea nunca claramente identificado. Henry solo puede visualizarlo como la mancha gris que se mueve ante sus ojos confundido entre el humo de los rifles. Solo un soldado muerto o unos pocos prisioneros al final del libro toman realidad corpórea, por tanto, ese enemigo es tan irreal como los castillos de La Mancha y a todos nos aplican.    


Uno entiende ahora mejor el sentido del dolor de la madre contrariada por la decisión de su hijo y el desafío que le lanza al llamarle "pequeño" y asegurarle que nunca le faltaran unos buenos calcetines zurcidos adecuadamente. También sentimos el oprobio de los novatos cuando son objeto de la burla de los veteranos, ya se sabe, nosotros sí que nos hemos tenido que esforzar, esta nueva generación con la que las levas llenan el ejército no son más que una pandilla de haraganes incompetentes, cómo ganar así una guerra, cómo levantar una empresa, un país, si estos jóvenes no valen para nada. Y estos desprecios tal vez hacen mella en la moral del regimiento, pero también le sirven de acicate para sobreponerse, para mostrarse a sí mismo y a los demás su valía y valor. Por desgracia, para todos, el regimiento y nosotros, este valor se acostumbra a acreditar mediante esa roja insignia, los golpes y baqueteos que recibimos por doquier, que nos hacen tambalear hasta encontrar nuestro momento y sentido. Un largo camino del despertar, similar al que recorre el joven.

 

Similar también al que tuvo que recorrer Stephen Crane, siempre al borde de la bancarrota, siempre presuroso en la escritura para pagar deudas sin por ello renunciar a una gran calidad literaria. Porque La roja insignia del valor nació tras el fracaso comercial de su primera novela, Maggie, una chica de la calle, libro que tuvo que autopublicar. Tras su fracaso, optó por lo que hoy llamamos trabajo alimenticio y que, en el caso de Crane, realmente tuvo esa función literalmente. Por fortuna, la inspiración y un enorme talento le alejaron de los caminos hollados por otros muchos y nos regaló un texto, éste sí, como diría Auster, inmortal.



5 de abril de 2026

Imposible decir adiós (Han Kang)


 

Imposible decir adiós es la cuarta novela de Han Kang publicada en España. La obra ha sido traducida, como las anteriores, por Sunme Yoon y editada por Random House, siguiendo la estela de La vegetariana, Actos humanos y La clase de griego.

La autora coreana ha alcanzado un punto en su trayectoria en el que la autorreferencia ya no es sólo posible, sino necesaria. Así, en las primeras páginas de esta novela, Han Kang se presenta a sí misma como protagonista y narradora, bajo el nombre de Gyeongha, en pleno proceso de recomposición tras la escritura de Actos humanos, su estremecedora obra sobre la masacre de Gwangju, ocurrida en mayo de 1980. Un episodio silenciado durante décadas por el gobierno surcoreano, en el que miles de civiles fueron asesinados por las fuerzas militares del gobierno y que denunció en dicha novela.

En Imposible decir adiós, la escritora relata las pesadillas que la persiguieron durante la investigación y redacción de ese libro, y su creencia ingenua de que con la publicación, retrasada por motivos editoriales para hacerla coincidir con el aniversario de la matanza, llegaría también la calma. Pero el duelo no obedece a calendarios, y el dolor, lejos de ceder, muta en nuevas formas.

Ese malestar toma cuerpo cuando la narradora recibe un correo repentino de Inseon, una vieja amiga: una fotógrafa con la que había compartido coberturas periodísticas y viajes de juventud. Tras algunos éxitos como documentalista, esta mujer había abandonado Seúl para regresar a su isla natal, donde comenzó a trabajar como carpintera. Así, puede cuidar de su madre, con quien ha mantenido una relación ambigua y algo confusa. Tras la muerte de ésta, Inseon sigue en la isla.

Pero el correo urge a la protagonista a acudir a un hospital de Seúl especializado en amputaciones y reinjertos, en el que su amiga ha sido ingresada tras un accidente con una de las sierras que emplea en su taller. En ese reencuentro, Inseon urge a su amiga a que viaje a la isla con el único fin de tratar de evitar que la cotorra que ha dejado en casa muera de hambre y sed.

Este es el pretexto, a la vez simple y urgente, que abre la segunda parte de la novela, ya más ficcional, y que nos sumerge en un espacio que camina entre el sueño y la vigilia, entre historia personal y colectiva.

La protagonista se embarca hacia la isla en medio de una intensa nevada, toma el último avión, el último autobús y, al llegar, se pierde en la oscuridad, cae por un terraplén y se adentra en una suerte de umbral en el que la lógica y la linealidad desaparecen. La narración entra así en un plano de desdoblamientos, de conversaciones imposibles, de presencias que no se sabe si son reales o fruto del delirio.

El dolor físico, la carne abierta, la sangre, lo que se pudre, se corta o se congela, constantes en la obra de Kang, vuelven aquí con fuerza. Pero en esta ocasión, el simbolismo natural adquiere una carga especial: la nieve, omnipresente, lo cubre todo. Y no es sólo paisaje: es memoria, es luto, es silencio. Como es sabido, en muchas culturas orientales el blanco es el color del duelo. La nieve, entonces, refleja la pérdida, la congelación de un tiempo que no avanza.

La isla no es un lugar neutro e idílico. Fue escenario de una masacre durante la guerra contra el enemigo del Norte en la que murieron miles de personas. La amiga de la narradora trabajaba en un documental sobre esos hechos antes de su accidente. Su madre también participó en tareas de memoria: recogía testimonios, escribía notas, organizaba visitas al lugar. El padre, en cambio, quedó marcado por los traumas de aquel tiempo. El trabajo documental que descubre la protagonista se enlaza de algún modo con su propia experiencia con la matanza de Gwangju y los sueños recurrentes sobre ella.

Así, la historia del sufrimiento hermana la experiencia de la familia propia y la de su amiga, la de un país en diversos momentos de su historia que quedan unidos por un hilo invisible pero en apariencia indestructible: el intento por ocultarlo, por olvidarlo. Pero, frente al intento oficialista, hay personas que se empeñan en levantar un hondo homenaje basado en la memoria y el recuerdo, el tributo y la lección moral. De ahí esa imposibilidad que sienten por decir adiós, por pasar página sin leerla entera y plenamente, con conciencia social.

 


La mezcla entre realidad y ficción no es una trampa narrativa: es una propuesta estética. Lo importante no es establecer la frontera entre ambas, sino aceptar que lo vivido y lo imaginado, lo que duele en carne propia y lo que se hereda de los otros, forman parte de la misma sustancia


Como en Actos humanos, Imposible decir adiós reivindica la Memoria. Porque la llegada de una democracia formal a Corea del Sur no ha implicado el reconocimiento de los crímenes del pasado. La retórica del enemigo exterior, el Norte, ha sido utilizada para evitar mirar al propio reflejo. Y esa ceguera institucional no es ajena a lo que ocurre en otros países, en otros contextos, en otras heridas.

Han Kang, con esta novela, no sólo vuelve sobre sus propios pasos: vuelve sobre las cicatrices de su tierra. Y al hacerlo, nos recuerda que a veces, casi siempre, no se trata de decir adiós, sino de aprender a convivir con aquello que no se ha ido del todo mientras no sea debidamente honrado.

El mérito de la novela es describir este horrendo escenario desde la lucidez estética, la paciencia narrativa simbólica, la sensibilidad que presumimos en esos escritores orientales, capaces de describir la verdad del mundo en tres breves versos. Así avanza la propuesta narrativa de la galardonada con el premio Nobel, con paso seguro, pero llegando de algún modo a los límites de una temática que no debería convertirse en su único horizonte creativo y que debería aspirar a ampliar desde la ética y la conciencia social que la impulsa. Sin duda, su talento sabrá guiarla en tan complejo viaje.