14 de abril de 2014

Mi biblioteca





Esta entrada ha sido publicada previamente en el blog Notas para lectores curiosos de Elena Rius en una serie sobre bibliotecas de lectores, escritores, bloggers y similares. Mi agradecimiento a Elena por haber contado conmigo y mi recomendación para visitar su estupendo blog.  

Generalmente entendemos por biblioteca el lugar en el que se colocan los libros y, por extensión, el conjunto de libros en ella conservados. Es una definición elemental pero con la que no me siento especialmente cómodo. Trataré, por tanto, de exponer mi propia noción de biblioteca, a la fuerza personal y provocadora. Si de niños se nos decía que el mejor amigo era un libro, la biblioteca debería ser, simple regla de tres, un bar atestado de amigos.

Mi biblioteca tiene algo de ese trasiego y desorganizado ambiente que se respira en los bares de toda la vida, los de clientela fija que ha trabado amistad recíproca y en los que los recién llegados son mirados con circunspección hasta que se tornan en habituales.    

Me explico y voy entrando en materia. No me atrevería a decir que mi biblioteca carezca de orden, tan solo que éste resulta del azar. Por mucho que en cada mudanza los libros se coloquen con ciertos criterios convencionales (determinadas editoriales, algunos autores favoritos, ciertas temáticas recurrentes e, inevitablemente, altura y fondo de algunos volúmenes especialmente desproporcionados), a los pocos meses apenas nada pervive de aquel ordenamiento ideal.

Y es que la biblioteca no es un depósito de cadáveres sino un lugar muy vivo que suelo frecuentar con ojeadas casuales para sacar un libro del que me he acordado a lo largo del día o del que he oído hablar casualmente. Lo tomo, paso páginas al azar, me demoro un tiempo con él en las manos o, tal vez, vuelvo a releer capítulos enteros. Finalmente regresará a la biblioteca pero, con toda probabilidad, lo hará a un lugar diferente. Entre tanto, otro libro habrá ocupado su posición original, preferiré dejarlo en un lugar más accesible para futuras visitas o, simplemente, no siempre el hueco que deja un libro al salir es suficiente para permitir que vuelva a entrar, misterios de la ciencia bibliotecaria.

El paraíso de los elefantes
Pero lo más frecuente es que, al tomar un libro, uno repare en el que tiene al lado o dos posiciones a derecha o izquierda y tenga el impulso de cogerlo igualmente y llevarlos por un tiempo a la mesilla de noche, a la mesa del salón o a cualquier otro lugar que permita disfrutar nuevamente del viejo amigo reencontrado, lo que supone que la biblioteca está en mutación permanente.

La falta de metodología en la clasificación supone un interesante experimento que favorece la libre asociación. Vuelvo a sentarme a escribir estas líneas después de revisar algunos estantes. ¿Habría algún motivo que llevara a que La toma del poder por los nazis y El Pentateuco de Isaac hayan terminado uno junto a otro, portada sobre contraportada? ¿Qué interesantes asociaciones evoca la yuxtaposición de El mundo según Garp y Lamentaciones de un prepucio? ¿Ha sido acaso la lógica geográfica la que unió Berlín Alexanderplatz y La Praga de Kafka, o tal vez la coincidencia del tiempo histórico relatado o, simplemente, que los últimos días felices de Kafka fueron los disfrutados en la capital alemana?

Indagar en estas íntimas conexiones puede ser una buena forma de pasar el tiempo pero, por encima de todo, nos obliga a conocer mejor nuestros libros, a darle un sentido a lo que leemos y al motivo que nos lleva a escoger esas lecturas y no otras.  

La biblioteca es el resultado de un largo periplo acumulativo que va dejando estratos como los revelados en las excavaciones arqueológicas y que nos sirve para explicar cómo hemos ido cambiando con el tiempo. ¿Por qué durante los estudios las novelas parecían frívolas y actualmente los ensayos tienden a convertirse en una rareza?¿Cuándo fue la última vez que compré un libro de poesía?¿Cómo es posible que tenga más libros de teatro que asistencias a representaciones?

Mi biblioteca me interroga de este modo insolente cada vez que me acerco a ella. Pero ya no se lo tengo en cuenta porque su origen es algo callejero y mestizo. En ella se entremezclan ediciones baratas, colecciones entregadas por un precio irrisorio junto a un periódico, algunos volúmenes con un poco más de lustre y ninguna joya bibliográfica. Pero a mis ojos, como a los de un padre, todos los libros son iguales (aún sabiendo que no lo son) y todos -bueno, casi todos- me han hecho disfrutar enormemente.

Libros en lista de espera
 Así, pese a tener la extraordinaria versión de Galaxia Gutenberg de las Obras Completas de Kafka, sigo abriendo con placer la versión de Laurent, publicada en España por la editorial Teorema pese a conocer sus trampas, su origen en una traducción de una traducción, su más que discutible criterio cronológico y otras tantas faltas. Pero gracias a ella llegué a Kafka, y en muestra de agradecimiento, a ella sigo recurriendo con frecuencia. Más aún, algunos textos sólo me resultan reconocibles en la traducción de esta edición innoble. 

Pero mi biblioteca, tal y como la describo, no solo es fuente de placer. Por desgracia, cuando hay necesidad de buscar un libro concreto, se echa de menos un criterio más claro, un orden alfabético o similar, algo simple pero eficaz. Así, en los últimos dos años he iniciado diversas exploraciones con el fin de localizar la biografía de John Lennon escrita por Philip Norman y la de Tolstoi escrita por Mauricio Wiesenthal (El viejo León) sin el menor éxito. He sopesado el posible robo por parte de familia, amigos o empleada del hogar pero, la verdad, aún no he logrado encontrar un móvil común que explique ambas desapariciones. Tal vez si tuviera un estante reservado exclusivamente  a los grandes maestros de la novela detectivesca u otro para los relatos de los grandes exploradores del pasado, podría reiniciar con mejor fortuna la búsqueda.

Precisamente estas tristes desapariciones me han llevado recientemente a tomar una drástica decisión: los libros por leer se relegan a una estantería menor, un mueble reservado para películas y otros objetos que uno acumula en la vida. Sólo tras su lectura pasan del limbo al paraíso libresco.

Pero allí donde se reúnen dos o más libros terminan por aplicarse las mismas leyes eternas de la biblioteca. Así, paso largas temporadas ponderando la evidente conexión entre Los amores de un bibliómano y su inmediato vecino, Leer Lolita en Teherán, nuevamente leo hojas sueltas de una biografía sobre Stefan Zweig mientras hago y rehago mi lista de próximos libros a leer. Dicho sea de paso, una promesa que suelo incumplir con infidelidades de última hora.  

Pero peor aún es el recuerdo de los libros que sabes robados a ciencia cierta, ante tus propias narices. Es el caso de la edición de La isla del tesoro de Tus Libros (Anaya) que aún sigue sembrando disputa familiar con mi hermano y que, espero que al leer estas líneas, recapacite y me devuelva aquello que es mío y reconozca que nadie en su sano juicio renunciaría con catorce años a tal monumento de las letras y que, aún si lo hubiera hecho, sólo la estupidez propia de esa edad explicaría una donación que, a todas luces, es nula. Conste que para ese ejemplar sí guardo un lugar en mi biblioteca, justo al lado de la primera y segunda parte de Robinson Crusoe.


Dejemos a la familia y volvamos a los libros. ¿Cuántas lentejas se pueden contar en un kilo de lentejas? Carezco de referencias ciertas y tanto me da quinientas que mil doscientas. Aventurar una cifra de los libros atesorados es tan inapropiado como inconveniente enumerar las antiguas amantes como argumento para una nueva conquista. Lo cierto es que el número es lo suficientemente amplio como para comprar dos veces el mismo libro y llegar a leerlo hasta casi completarlo sin percatarme de que lo que parecía un leve déjà vu no era sino una muestra de senilidad precoz. Dejemos sentado que este triste incidente fue, al menos, el origen de Confieso que he leído, un intento de emular a San Pedro con sus llaves al pie de la laguna Estigia que separa el estante de libros aún no leídos de la biblioteca propiamente dicha.
   
Pero la biblioteca encierra en su interior el germen de su destrucción. Los libros se convierten en un problema de espacio público. Se amontonan sin mesura. Uno no puede evitar comprar para leer en verano, para cuando se jubile o por si llega el caso en que la historia de los maragatos le resulte lo suficientemente atractiva como para devorarla con apasionamiento. Pero, forzoso es reconocerlo, las leyes físicas tienden a poner puertas al campo bibliófilo.

Por esta razón, entre otras muchas, soy un ferviente defensor de los libros digitales, al menos en tanto el precio de la vivienda no baje. Aunque me precio de reconocer determinados libros por su olor y tacto (aquel fue el día en que mi mujer se dio cuenta de que algo andaba definitivamente mal en mi cabeza) lo cierto es que, por encima de todo, aprecio el contenido. Con hermosas ilustraciones o tipografía excelsa El Aleph es una colección de relatos que se acurruca en nuestro inconsciente más allá del concreto soporte que nos lo reveló.

Ahora ya puedo acumular sin miedo todos esos libros que sé que no podré leer, y a nadie debo rendir cuentas. El único espacio que ocupo es el de un disco duro y un dispositivo de lectura. ¿Tiene sentido tener tres traducciones diferentes al inglés de la Odisea? Ninguno. Pero, ¿alguien podría resistirse a comprobar el modo en que los ingleses veían esta obra antes de pretender convertirse en los herederos de la Grecia Clásica, durante la consolidación de su Imperio y con posterioridad a su caída? Yo no, aunque anticipo que sólo llegaré a comparar las primeras líneas, si llega el caso.

Por otro lado, la biblioteca digital permite acabar definitivamente con el problema del orden. Puedo adoptar criterios racionales en apenas un segundo. Orden alfabético de títulos o autor, extensión o fecha en las que las he adquirido. Todo a un clic. Más aún, se acabaron los esfuerzos por localizar un libro concreto o un pasaje determinado. Todo sencillo y limpio.

Demasiado sencillo y demasiado limpio. Me apena mi hijo que no disfrutará de horas y horas husmeando sus propios libros, estornudando por el polvo acumulado o jurando en arameo cuando al sacar un libro otro nos cae en la cabeza. Nunca alcanzará la gloria de localizar finalmente El viejo León (aún confío en rescatarlo de su cautiverio). Una vulgar copia de seguridad prevendrá estos incidentes a los que hoy somos tan propensos. Podrá prestar libros sin desprenderse de ellos (los libros digitales permiten igualar la multiplicación de panes y peces) y la nube perpetuará su posesión más allá de este mundo físico.

Pero yo me refugio en mi biblioteca, en el sentido que aún tiene para mí, pese a que poco a poco también lo va perdiendo. Estos libros me acompañaron hasta hoy, como mis mejores amigos, y lo seguirán haciendo. Pronto serán embalados para una nueva mudanza y no habrá consejo decorativo que me detenga a la hora de reabrir mi viejo bar, tan concurrido o más que siempre. Y aunque quizá con el tiempo lo visite menos, que nadie lo dude, jamás colgaré el cartel de Se traspasa.

30 de marzo de 2014

Los hermanos Sisters (Patrick deWitt)




Los hermanos Sisters (Editorial Anagrama 2013) es el título de la primera novela propiamente dicha de Patrick deWitt, un autor canadiense afincado en Oregón y que ha logrado un amplio reconocimiento con esta obra que ha recibido notables premios y sugerentes recomendaciones.

El núcleo de la historia es de fácil resumen. Dos hermanos, pistoleros a sueldo del “comodoro”, reciben el encargo de partir de Oregón y dirigirse a California para castigar a Hermann Kermit, un pequeño estafador que engañó al financiero mafioso que ahora clama venganza, al tiempo que pretende hacerse con el supuesto secreto para la obtención de oro que el susodicho Kermit asegura haber descubierto. Para ello, ha enviado por anticipado a un investigador –Henry Morris- para que localice al chiflado buscador de oro y facilitar así el trabajo de los mercenarios. .

Pero nada es lo que parece en este libro, como ya presagia su título. Los hermanos “hermanas” son una extraña pareja que ya ha llevado a cabo varios encargos para el comodoro, es decir, matar a quienes se cruzan en su camino.

Charlie y Eli Sisters se acercan al tópico de pistolero tanto como se alejan del mismo. Charlie, el hermano mayor, comenzó su carrera criminal asesinando a su padre por el maltrato continuo a que sometía a toda la familia. La violencia le enciende y el único modo de controlar su furia es generar más violencia. Eli, el menor, ocupa un aparente segundo lugar y el origen de su crueldad está en el hecho de ver a su hermano alterado. Ambos matan para protegerse mutuamente y así se retroalimentan convirtiéndose en un perfecto equipo asesino, afamado en todo el Oeste.

Pero rascando en la superficie, no todo es armonía en la familia. Eli, en su papel de segundón nunca declarado, no parece llevar bien que el comodoro haya encargado esta misión directamente a su hermano y no a ambos, agrandando aún más el ego de Charlie. Una semilla cae en terreno fértil y las primeras dudas le asaltan. Montando un peor caballo, sin rango reconocido, más gordo y menos atractivo que su hermano, no es la envidia lo que surge en su ánimo sino una pregunta insidiosa. ¿Por qué hacer este trabajo?¿Por qué matar para otros hasta que nos maten? ¿Qué sentido y dirección tienen nuestras vidas?¿Qué hemos dejado atrás en estos años de fuego y furia?

Un viaje largo es propicio para dar vueltas a fuego lento a todos estos interrogantes. Estamos en la fiebre del oro y, en su cabalgar, los hermanos Sisters se cruzan con algunos viajeros que siguen su mismo camino en busca de la aventura, con otros que sin haber llegado a su destino ya han sabido del alto precio que se paga por la ambición y con otros que retornan de esa arcadia áurea y que no parecen dar testimonio de riqueza y fortuna.

No en vano estamos en la mitad del siglo XIX y los descubrimientos de numerosos yacimientos en California han desatado la primera fiebre del oro en la historia de los Estados Unidos que lleva a esta tierra, aún ignota y salvaje, a miles de miles de peligrosos sinvergüenzas, ávidos del oro que esconden los ríos o, en muchos casos, de las pepitas que otros han conseguido reunir a costa de salud y miserias.

Pero los hermanos son fríos ante la tentación. Tienen un trabajo entre manos y deben cumplirlo. Nada les desvía de su tarea… o sí. Haciendo noche en un oscuro poblado, se ven envueltos en una trifulca que les lleva casi a la muerte a manos del cacique local a quien, sin embargo, logran engañar y robarle toda su fortuna que esconderán cuidadosamente para recuperarla en su viaje de regreso.


Llegados a su destino, asistimos al nacimiento de San Francisco como meca de los buscadores de oro. Un lugar envuelto en pobreza pero que mima el mito del oro con restaurantes que ofrecen sus platos por verdaderas fortunas para regocijo de los pocos exploradores que regresan de los bosques con la bolsa repleta de pepitas.

Para su sorpresa, los hermanos Sisters descubren que Morris se ha pasado al enemigo huyendo con Kermit a lo alto de la sierra para poner en práctica su procedimiento secreto para vaciar de oro el curso de los ríos.

Éste es el verdadero punto de inflexión de la novela, el momento en el que las preguntas que Eli ha ido macerando durante todo el viaje comienzan a tornarse en respuestas. Todo lo que ha aprendido de quienes se cruzan en su camino y el modo en que evoluciona su relación con Charlie, confluye en una nueva personalidad que pugnará por ganarse a su hermano en un loco plan para dejar su vida de sicarios. Dejemos al lector que averigüe si lo logra y adónde les llevan las decisiones que cada uno debe tomar.


DeWitt tiene la sabiduría de dejar que la voz narrativa sea la de Eli, que su reflexión sea la que impulse el relato y que sea a través suyo como conozcamos a Charlie. Pese a que el argumento podría llevarnos a pensar que estamos ante una obra de acción, con intriga y violencia, lo cierto es que, gracias al regordete Eli, nos enfrentamos a una novela que combina el género aventurero con la introspección de su narrador en una combinación difícil pero que el autor sabe hacer creíble.

El hecho de que los protagonistas sean hermanos añade una mayor profundidad a la relación entre ambos y el modo en que se enfrentan sin llegar a la ruptura total, la sangre manda.

El libro se estructura en breves capítulos, bien para dar entrada a diversos personajes efímeros, bien para agilizar la acción que discurre rápida y fluida. Merece también destacar la labor de traducción a cargo de Mauricio Bach.

Lo cierto es que el parecido con obras como Los papeles póstumos del Club Pickwick o incluso el Quijote parece innegable. De hecho, la silueta de un Eli gordito, con aires filosóficos, siguiendo a su espigado hermano, resultará notablemente familiar para cualquier lector dispuesto a confundir las llanuras manchegas con los polvorientos caminos del Oeste.
 
El autor juega conscientemente esta baza y traza paralelismos con el género de aventuras viajeras, con los múltiples encuentros con personajes estrambóticos combinada con una reflexión, en este caso, algo liviana.

El lector de Los hermanos Sisters descubrirá una novela que revisita escenarios míticos del cine actualizando su paisaje físico y humano y mucho más. Entretenimiento no reñido con calidad, cruce de géneros sin resultar una extraña amalgama y, por encima de todo, una entrañable historia sobre cómo nos influimos recíprocamente y cómo los sueños pueden hacerse realidad con empeño y tesón, incluso cuando uno sea un fuera de la ley.


8 de marzo de 2014

Todo lo que era sólido (Antono Muñoz Molina)




 Señalaba John Kenneth Galbraith en su célebre Breve historia de la euforia financiera, que todos los procesos de especulación y su posterior estallido tienen unas constantes perennes con independencia del tiempo o lugar en que ocurran los hechos.

Aquellos que se enriquecen atribuyen a su sabiduría y especial pericia su fortuna como si el dinero que ganan, al modo calvinista, fuera prueba de su superioridad. Por otro lado, quienes asisten al ascenso de aquellos, les reconocen ese especial conocimiento, ávidos por seguir sus pasos. Tenemos así el fermento psicológico de la burbuja.

Con este combustible se alimenta la maquinaria que eleva el valor de los activos, mientras nuevas oleadas de compradores contribuyen a confirmar la espiral alcista.

Al tiempo que la moral pública parece adaptarse a los hechos, la política hace lo propio favoreciendo lo que se ve como el signo de los tiempos. Y que nadie se atreva a lamentarse, los aguafiestas y agoreros no son bien recibidos en ninguna parte.

Pero en algún momento, siempre existe ese momento, ocurre algún hecho que retrae algo el mercado, o simplemente dejan de afluir nuevos compradores en la misma proporción, y los precios se desploman aún más rápidamente que lo que subieron. Todos quieren deshacerse de sus activos antes de que valgan aún menos, acentuando así la caída.

Y ahora es cuando llega el crujir de dientes, el lamento por la falta de previsión y las presiones para encontrar al culpable que lave las culpas de todos, normalmente, el Estado.

Galbraith hablaba de la burbuja de los tulipanes en la Holanda del siglo XVII o de la burbuja de los Mares del Sur en la Inglaterra del siglo XVIII. También se refería a la crisis inmobiliaria de California a comienzos del siglo pasado y, por supuesto, a la crisis del 29 y la Gran Depresión. Aunque no vivió lo suficiente para contemplar el último episodio de crisis del que aún tratamos de escapar, nada de lo ocurrido le habría sorprendido.

 La crisis es internacional pero siempre duele más cuando se siente cerca. Hubo un tiempo en el que comenzó a asomar la amenaza,  pero siguiendo nuestra larga tradición, creímos que lo que ocurría en otros lugares no nos afectaría esta vez. Nos gloriábamos de crear empleo cuando otros países lo perdían y debían comenzar a tomar medidas restrictivas. Pero nosotros producíamos más cemento que el resto de Europa y nuestras empresas se lanzaban a comprar compañías rivales en el extranjero como si hubiéramos enmendado el sino patrio.


Señala Antonio Muñoz Molina que, en su condición de residente en el extranjero, regresar temporalmente a España suponía un contraste desasosegante. ¿Nadie se enteraba aquí de la que estaba cayendo fuera? ¿Nadie pensaba que antes o después la crisis también nos cobraría como víctimas? Pues no. Los periódicos, las radios, las televisiones parecían empeñadas en sacar los cuchillos por la política, por los mismos temas debatidos hasta el extremo en los últimos cuarenta años. A fin de cuentas, hay pocos periodistas que puedan hablar de economía con algo de sentido, aún desafiando una profesión que parece empeñada en querer opinar de cuanto ignora poniendo en su boca las opiniones vertidas por otros. 

Y es en ese momento cuando se planta la semilla de Todo lo que era sólido, su último libro hasta la fecha, un ensayo en el que reflexiona sobre el viaje de España durante estos últimos años en los que todo parecía firme, bien encaminado y sólido, quizá por primera vez en nuestra historia. Pero la mirada de este ensayo se remonta a muchos años antes de esta crisis, a las postrimerías del franquismo y a los cambios que comenzaron a introducirse en la vida y la política española desde mediados de los años setenta.

El amateurismo fue la clave de los primeros años de democracia en los que miles de puestos (concejales, diputados, alcaldes, senadores, consejeros, ...) fueron cubiertos por gentes con la ilusión de cambiar las cosas, deseosos de contribuir al futuro de su país con su esfuerzo más o menos desinteresado, integrados en filas de partidos políticos aún poco organizados en los que el peso del aparato era escaso.

Pero a esta primera generación pronto le tomó el relevo otra con las ideas más claras de lo que había que hacer. La ideología pasó a convertirse en el vehículo para obtener votos que permitieran llevar a cabo las políticas deseadas, muchas de ellas interesadas, favorecedoras de amigos y empresas afines. Los partidos crecían y precisaban de una financiación que debía llegar legalmente o por otros medios y para este último caso, se precisaban de unas prácticas que alejaron a algunos y atrajeron a muchos.

Y la bola comenzó a rodar. Como en la España barroca, la ostentación pasó a ser vista, no como un dispendio que en nada contribuía a mejorar la vida de los ciudadanos, sino como reflejo de la soberanía popular que, al parecer, precisa de grandes edificios, dietas, flotas de coches oficiales, ipads y otros ornamentos y pompa.

Al igual que durante el Despotismo Ilustrado, en nombre del pueblo se atropellaba al pueblo y sus derechos. Tal vez por falta de tradición democrática, tal vez porque la sopa boba alimentaba a muchos o quizá porque la ideología actuaba como una neblina que impedía ver todo lo demás, la realidad se acomodó a los deseos de una clase dirigente que imponía sus gustos y criterios.


 Muñoz Molina repasa muchos de los aspectos sobre los que se debía callar (también él) para evitar ser denunciado como aguafiestas, antidemócrata, facha, rojo y todo el resto de adjetivos con los que se suele esconder la falta de argumentos.

Y todo desfila por este ensayo. Las autonomías que surgieron como respuesta a una demanda que nadie sentía en gran parte de España salvo determinados territorios, la educación, tomada al asalto por cada nuevo Gobierno, la cultura, convertida en moneda de cambio y mercado de favores donde los ayuntamientos se convertían en los mayores promotores de conciertos que se haya conocido en este país y, tal vez, en muchos otros.

Cambiaban los nombres de las calles pero la realidad permanecía inalterada en muchos aspectos. El poder se convertía en coto privado eliminando las formas de control más elementales, politizando la Justicia y vaciando de contenido las funciones del Secretario de los Ayuntamientos, auténtico fiscalizador de las cuentas municipales. Nadie debía interponerse a la volunta popular, cuyo conocimiento parecía patrimonio del político de turno. Ni siquiera la ley debía ser obstáculo.

Las obras públicas hacían ricas a empresas privadas a mayor gloria de políticos sin escrúpulos, enriquecidos gracias a cohechos y prevaricaciones varias. Así, no es de extrañar que el motor económico de España fuera la construcción y que las empresas del ramo fueran las más favorecidos por los gobernantes y las que más acapararon titulares en la prensa.

Poco se hablaba de que en muchos pueblos los niños de dieciséis años abandonaran los estudios para acompañar a sus padres a las obras donde podían ganar más dinero que aprendiendo un oficio o alargando sus estudios. Menos aún se hablaba de que en esos pueblos se construían casas para más de diez veces sus habitantes, casas que hoy se exhiben como cementerios de un tiempo en el que parece que la facultad de pensar quedó en suspenso. Ahora nos preguntamos qué hacer con aquellos chavales, hoy jóvenes próximos a la madurez, sin empleo, sin formación, sin futuro pero con un Mercedes y un par de Rolex.




Como en las mejores historias, conocemos el guión de antemano pero resulta placentero adentrarnos en nuestras miserias, regocijándonos secretamente en el pensamiento de que nosotros sí vimos todo, o algo, o de que efectivamente la culpa la tienen otros. También leemos regodeándonos en nuestros males. Infringiéndonos la penitencia tantas veces administrada de lamentar nuestra incultura, la incapacidad de controlar a quienes nos controlan, la facilidad con la que caemos en el pan y circo o el modo en que somos engañados. Con ello volvemos a honrar nuestra tradición más lamentable.  

Pero no es para tanto. La ley de Galbraith aplica a todo pueblo. No escapan a ello los Estados Unidos, los flemáticos británicos o los geométricos alemanes. Tal vez ellos pierdan menos tiempo en lamer heridas sempiternas y miren más al futuro con la esperanza incierta de tratar de evitar errores del pasado. Quizá no haya tanto que nos separe.

Todo lo que era sólido, es un libro excepcional a la hora de explorar los orígenes de nuestros días, un valiente esfuerzo de poner encima de la mesa las culpas de los otros pero también las propias. La autocrítica es un elemento importante en la obra y lo que la hace más meritoria, porque pocos pueden saber cómo actuarán en el futuro pero sí debiera ser sencillo juzgar nuestros actos pasados sin necesidad de recurrir a justificaciones y autoengaños.

Los tiempos nos hablan de cambios de tendencia, de perspectivas positivas. Ojalá pronto olvidemos qué hemos dejado atrás, lo que la crisis se llevó, lo que nos robó (o nos dejamos robar). También llegarán los que nos digan que hemos salido fortalecidos, que hemos sentado las bases de un crecimiento más firme y seguro que en el pasado. Que volvemos a estar en el punto de mira del mundo, que ya se habla del milagro español y de que, al fin esta vez sí, convergeremos con la tan ansiada Europa, de la que nunca nos alejamos, Geografía manda, y así hasta el infinito. Ése será el momento de volver a leer a Galbraith y tal vez de nuevo Todo lo que era sólido para evitar el canto venenoso de las sirenas y su veneno letal.    


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