12 de mayo de 2015

Praga Mágica (Angelo Maria Ripellino)







Como cada mañana, los turistas pasean por la Plaza de la Ciudad Vieja, hacen tiempo contemplando la torre del Ayuntamiento o las agujas de la iglesia de Tyn, esperando a que el reloj astronómico despliegue su paseíllo de autómatas. Una vez concluido el espectáculo las masas se dividen, unos suben por Paritska a poner piedrecitas sobre la lápida del rabino Lów o a tocar las paredes eternas de la Sinagoga Vieja-Nueva, tratando de aspirar el aliento que insufló vida al Golem.

Otros dirigen sus pasos al pétreo desfile de santos y santas que pueblan como almenas el Puente de Carlos, rindiendo homenaje al patrón de la ciudad, San Juan  Nepomuceno, cuya estatua amenaza ruina inminente con el sobeteo de quienes dicen querer volver a la ciudad.

Finalmente, a pie por Malá Strana, o en autobús los más cansados, llegarán a las infinitas salas y pasadizos del castillo, a sus hileras de ventanas idénticas para adivinar cuál fue la que se abrió para la célebre defenestración de 1648, o para asomarse al patio que guarece la portentosa catedral de San Vito.

Y con las primeras luces del atardecer, la mayoría de los turistas abandonará la ciudad para continuar su paseo de capitales imperiales, joyas centroeuropeas, el esplendor de la vieja Austria o como quiera que los imaginativos publicistas de las mayoristas del viaje y el ocio bauticen estos tour exprés.

Pero Praga no queda abandonada a su suerte, a la espera de un nuevo día y de nuevas hordas. Pese a su fama de teatro y mágico escenario, Praga palpita. No guarda reparo en ofrecerse abierta de par en par a cuantos llegan a ella. A vender sus estatuillas de pequeños monstruos de arcilla movidos por la palabra Emet (         “verdad”) o Met (“muerte”), a ofrecer sus espectáculos de treinta minutos de teatro negro, a vender sus cervezas y longanizas en portales de Celetná o a sacrificar su memoria vendiendo una calle en la que nunca vivió Kafka y de la que nunca brotó el oro. Incluso se vende la quincallería de los cercanos tiempos de la ocupación de la URSS, sus medallas y emblemas, hoy tirados sobre las mantas de un mercado callejero, tal vez junto a un macizo candelabro de siete brazos (aunque quizá haya perdido uno de ellos).


Porque si algo ha aprendido el pueblo checo y los praguenses, es que su tierra es visitada, cruzada, expoliada, sacrificada, anhelada o vituperada. Que quienes llegan a ella quieren arrasar con lo que hay, vaciarla de contenido y poseer su espíritu, y han aprendido a resistirse del modo en que ellos lo hacen, quedamente, sin resistirse, sin alterarse, dando lo que aparenta valor y protegiendo lo que lo tiene, haciendo suyos a los invasores y conquistadores, inoculándoles su veneno para que se conviertan en los primeros praguenses.

Pero el precio es alto. Para muchos praguenses el exilio fue un modo de vida que creó una extensa literatura medieval y renacentista, basada en la idea del peregrino, el itinerante que parte de Praga y viaja sólo para volver a ella, para soñarla en la distancia y hacerla en sus sueños mejor de lo que es. Esas primeras ensoñaciones de una ciudad que a veces se odia y a veces se ama, dejaron una marcada tradición que aflorará en cuanto tenga oportunidad.

Tan hija de Praga resultará la Sinfonía del Nuevo Mundo como Mi Patria, tan lejos pero tan cerca. Esa idea de laberinto cretense, de búsqueda imposible es la que acometerá el bueno de Svejk en su periplo de tabernas, o el propio K a la búsqueda del modo de llegar al Castillo.

Será en los tiempos de Rodolfo II cuando la Corte de Praga alcance su cénit. Educado en la corte de Felipe II, Rodolfo entra en combustión a su llegada a Praga, quemado por la comezón de la extravagancia, lo quimérico y lo oscuro. A su Corte acudirán, llegados de toda Europa, los alquimistas y cuentistas, los agoreros y visionarios, los artistas de todo rango y valía, seguidos por los chamarileros más hambrientos. Todos ellos prometerán fortunas y glorias buscando la suya propia, muchos ascenderán ante el voluble carácter del monarca pero pocos permanecerán en la estima soberana.


A la caída de Rodolfo II todo se desmorona y sus impresionantes colecciones, como el gabinete de maravillas, sus obras valiosas o las meras curiosidades llegadas de todo el orbe serán desperdigadas, vendidas y subastadas, robadas por los suecos o expatriadas a Viena, sede del nuevo poder.

Poco después, la derrota de la Montaña Blanca, a las puertas de Praga, traerá consigo la caída definitiva de cualquier aspiración a recuperar la independencia cediendo ante la católica Austria la supremacía de un Imperio que se envolverá en los inciensos de la Contrarreforma para someter a Praga. El barroco será su arma y cubrirá de cúpulas las calles de la ciudad, en claro contraste con el caos gótico o la melé del Barrio Judío.

Pero los invasores pronto serán secretamente conquistados, la humedad del Moldava trepará por las tapias de sus palacios y conventos y lo estrafalario, lo excesivo volverá a asomar adueñándose del Barroco haciendo de él una nueva seña de identidad de la Praga vencida.


Las estatuas gigantes del Puente Carlos, con sus rasgos transfigurados, su enfebrecida pose, el Loreto con sus siniestras reliquias o la proclamación de San Juan Nepomuceno como santo protector, todo ello conspira desde el silencio para imponer la terquedad praguense, falsa en su mansedumbre, constante en su desafío.

Pocos espacios urbanos como el gueto de Praga simbolizan ese espíritu que mezcla leyendas con mitos para hacer de la realidad un cuadro expresionista como muy bien supo entender Meyrink. El barrio judío, Josehov, fue creciendo hasta alcanzar una densidad de población que rozaba la insalubridad y, tal y como ocurría en su célebre cementerio donde las tumbas crecían sobre tumbas más antiguas.

Así, las habitaciones surgían sobre aleros, los corredores se abrían a patios interiores que cobijaban nuevas viviendas en un ambiente sucio y viciado, con callejas sin salida, vías estrechas y materiales de derribo. En ellas no solo vivían los judíos sino muchos buhoneros, ropavejeros, maleantes que rondaban los locales de mala nota entre ortodoxos fieles que salían de las sinagogas fingiendo no ver nada.

Este símbolo, reflejo de la amalgama de la ciudad, fue barrido por el espíritu del siglo XIX, por un urbanismo que abrió espléndidas avenidas como un cuchillo directo al corazón de un tiempo que no volverá pero que permanecerá en el espíritu de toda la ciudad, no sólo en el Golem. De ese caos habitacional, de esa ruina que nunca termina de materializarse se hicieron los escenarios que recorre Josef K en busca de la Ley o las alocadas mentiras que inventa Hasek, para sus obras y, muy especialmente, para sí mismo, picaresco protagonista de la obra que fue su vida.

Ese vínculo espiritual con un pasado que no pasa es la garra de la madrecita Praga a que alude un Kafka agotado de huir sin llegar a ninguna parte, remedo de las novelas laberínticas de vagabundos y peregrinos del Medievo.

Y ese destino parece repetirse una y otra vez. A la ruptura del Imperio Austrohúngaro, la nacida República de Checoeslovaquia será asaltada por los nazis, liberada por las tropas soviéticas y vuelta a someter por sus supuestos salvadores como relata Bohumil Hrabal en su  espléndida novela Yo que he servido al Rey de Inglaterra o como reflejará con  tristeza irónica Kundera en su vibrante La broma.                

Porque llegamos a nuestros días y pese al atrezzo kitsch o la concesión al turismo fácil, si se rasga el velo y apartamos al anciano pordiosero cuyas pulgas conoce por su propio nombre, vislumbraremos la gran puerta custodiada por un guardián portentoso que semeja las figuras trentinas del puente  por excelencia, y veremos ese resplandor de latonero convertido en alquimista. Y siempre que queramos podremos cruzar esa puerta que se abre ante nosotros de la mano de Angelo Maria Ripellino y su soberbia Praga mágica (Julio Ollero Editor Ed. 1991) cuyo espíritu anidará en el lector tras adueñarse del alma de Praga.


Decir que su conocimiento sobre Praga, su historia, su urbanismo, sus pintores, poetas o artistas es enciclopédico resulta claramente incierto. La enciclopedia es un esfuerzo titánico por traer luz y conocimiento, por hacer comprensible y ordenado lo que no es sino Naturaleza. Pero Ripellino surca mares confusos, entrando y saliendo de la leyenda para saltar en la biografía dudosa o en las fuentes más rigurosas con la alegría y placer de quien ama el objeto venerado, de alguien al que la realidad no le basta y trata de buscar esa conexión mágica entre mundos tan distantes como El desaparecido de Franz Kafka y el retrato de Rodolfo II de Arcimboldo.  

Su prosa es procelosa, como el curso de un río a punto del desborde, sugerente como las luces que ardían en las primitivas farolas de Nerudova. Pasear por sus páginas es hacerlo por la mente de un escritor que dedicó su tiempo a la crítica literaria y al ensayo pero que supo hacerlo con un ansia absorbente y hechizadora. Queda la recomendación hecha y todo dicho.  



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18 de abril de 2015

Poner Límites (Robert J. MacKenzie)



 


Sales del trabajo con prisa. En una calle, el semáforo cambia a ámbar e, instintivamente, aceleras. Sí, tienes prisa y no haces ningún daño. Todo el mundo sabe que no pasa nada, que lo que está prohibido es saltarse el semáforo en rojo. En la siguiente manzana, un coche de policía te adelanta, enciende las luces y te obliga a parar. Maldices y te sorprendes, no has hecho nada malo. El ámbar solo es una advertencia, un aviso, nada más.

Después de pagar la multa, llegas a casa, estás cansado y bastante enfadado. Tu hijo tarda en recoger sus juguetes, tarda en comer cada bocado y tú has perdido la cuenta de cuántas veces le has dicho, “recoge, me voy a enfadar si no lo haces, ya te lo he dicho muchas veces”, “si no cenas te vas a la cama directamente” y así infinitas veces sin que tus advertencias tengan el más mínimo efecto. Estallas, gritas, mandas a tu hijo a la cama sin cenar y luego te sientes mal. Pero tu hijo, mientras aguanta el rugido del hambre en sus tripas, maldice y se sorprende, no ha hecho nada malo. Los avisos son solo eso, una advertencia previa a la línea roja, nada más.

Ambos casos son paralelos pero nuestra percepción es totalmente distinta. Como padres, creemos ser justos y razonables explicando a nuestro hijo lo que debe hacer con suficiente antelación, le advertimos de las consecuencias de que no lo haga, le repetimos una y otra vez las normas y, en definitiva, lo único que hacemos es decir una cosa con nuestras palabras y la contraria con nuestros actos.

El niño no entiende que su crédito se agota tan rápido como nuestra paciencia. Escuchar infinidad de admoniciones y sutiles amenazas forma parte de su día a día, pero sabe que no significan realmente lo que se dice. No significan nada. Cuando la amenaza se cumple, el niño no comprende, ¡no ha habido aviso! ¡El castigo ha sido injusto! En definitiva, todo el objetivo pedagógico ha caído por tierra y es posible que la próxima vez nos cueste más lograr la colaboración del hijo. 

El Autor
Poner límites de Robert J. MacKenzie (Editorial Medici, 2006) es un libro en el que se explica qué falla en nuestro modo de establecer límites y cómo hacerlo mejor. Cómo lograr que nuestros hijos colaboren de una manera activa en aquello que se les pide y que no lo hagan por el temor a las consecuencias. Que éstas sean adecuadas a los fines buscados y que solo se apliquen cuando corresponde y no en función de nuestro humor. En definitiva, que no actuemos arbitrariamente y nuestros hijos se comporten adecuadamente sin vivir en una permanente zozobra, sabiendo con claridad cuáles son las normas y qué podemos esperar si no las acatamos. A fin de cuentas, parece lo mismo que esperamos de nuestros jefes...

MacKenzie es un reputado psicopedagogo y terapeuta estadounidense, experto en tratar casos de falta de disciplina grave y en reeducar a niños, mejor dicho, a sus padres.

En primer lugar, identifica las conductas que nos llevan a ese ritual de la advertencia, la amenaza, los gritos, las súplicas y demás variantes. Como se ha dicho, el mayor problema reside en que no somos capaces de transmitir con claridad qué esperamos de nuestros hijos. Los errores varían, desde la falta de concreción (“espero que no te acuestes tarde”), ausencia de firmeza (“me gustaría que hoy cenases rápido”), anuncio de consecuencias que no estamos dispuestos a cumplir (“si no recoges todos los juguetes se los voy a regalar a otros niños”) y así sucesivamente.

Una vez que conocemos todo aquello que no hacemos correctamente, es hora de dar los primeros pasos en la senda de la reconciliación familiar. Para ello, es fundamental que nos aseguremos de que nuestras normas son entendidas con claridad por nuestros hijos. Para ello sirven diversas técnicas como la verificación, es decir, una vez expresada una norma, pedir al niño que la explique con sus propias palabas. Puesta en práctica, he descubierto que lo que yo creía claro y meridiano, ha sido entendido al revés, provocando una indisciplina no buscada. Hacer converger ambos entendimientos es clave para comenzar de buen modo el establecimiento de normas básicas.

Otra técnica importante es la de las elecciones limitadas. Si al niño le preguntamos qué quiere para cenar, lo más probable es que elija algo que realmente no estamos dispuestos a servirle. Pero una vez que hemos dejado elegir, parece contradictorio negar la opción expresada. Lo que el niño ve es que le hemos engañado, para qué me preguntan si realmente no puedo elegir. Este tipo de ofertas abiertas se debe dar solo cuando el niño esté suficiente maduro para elegir sobre cada cuestión que se le plantee y cuando nosotros también lo estemos. Entre tanto, MacKenzie propone una alternativa: hoy para cenar puedes elegir puré de brócoli o huevos revueltos. Sea cual sea la elección del niño, es éste quien ha asumido la responsabilidad de elegir y tratará de ser consecuente con ella. Si al final hay reparos en la cena, será su exclusiva responsabilidad, pudo haber elegido otra cosa.


 Hay veces que la cosa no resulta tan sencilla, hay conflicto, hay riñas con hermanos, pataletas. No es momento de decir, “puedes calmarte y recoger todo lo que has tirado o tendré que recogerlo yo y guardarlo en el trastero durante una temporada.” Al igual que nos ocurre a los adultos, tomarnos un tiempo antes de decidir, calmarnos y sosegarnos sirve como válvula de escape. La técnica de la pausa sirve a este fin. “Puedes irte a tu habitación y quedarte tranquilo durante cinco minutos, cuando hayan pasado decidimos cómo resolver esta situación.”

Pero los límites no son solo para los malos momentos o para poner fin a conductas impropias, realmente sirven para aprender responsabilidad, para guiar y permitir que el niño experimente a su propio ritmo sabiendo en todo caso dónde se encuentra. Es labor de los padres el ir ensanchando esos límites según su hijo crece y adaptándolos a la madurez que éste muestra.

También sirven como vehículo para el aliento y reconocimiento a nuestro hijo. Siempre que el niño se comporte dentro de los límites deberemos reconocérselo, igual que si los sobrepasa deberemos actuar. Por ello, la coherencia de los padres es clave. Aquí llega el tan temido momento del ejemplo que damos a nuestros hijos. Decir que en casa no se grita a gritos, limitar las horas de dibujos animados mientras pasamos toda la tarde del domingo sentados en el sofá, delante del televisor. Y es que, lo queramos o no, nuestro ejemplo enseña más que todas las charlas que podamos tener.

Hoy en día parece comúnmente aceptado que los límites deben negociarse y que al niño se le debe permitir su discusión y puesta en duda porque, nosotros, como padres, debemos justificarlos y explicarlos para que el niño, por sí mismo, comprenda que debe aceptarlos porque son justos y adecuados.



MacKenzie se desternilla de risa desde la mesa de su despacho. Para él, los límites pueden negociarse, pero jamás en caliente. Las normas deben expresarse antes de ser violadas. Si creemos que el niño no debe levantarse de la mesa antes de terminar de comer, no podemos esperar a establecer dicho límite cuando el niño se levanta de la mesa por primera vez. Hay que decirlo antes, y es en ese momento cuando podemos negociar, por ejemplo, cuándo está permitido hacerlo. Ahora bien, una vez la norma está expresada y negociada, en el momento de la aplicación nunca se debe poner en duda y el padre no lo permitirá. La negociación quedará pospuesta para un momento en el que los ánimos estén calmados.

La norma debe ir acompaña, siempre que sea necesario o posible, de una consecuencia por su incumplimiento. En definitiva, no se trata de otra cosas que reconocer a nuestros hijos un derecho recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: no se puede imponer una pena que no haya sido fijada antes de cometerse la falta. Lo que no es de recibo es que, levantarse de la mesa antes de terminar la comida concluya en una advertencia, quedarse sin postre o no salir a jugar con los vecinos en función del buen o mal humor del padre. Las consecuencias deben ser, por tanto, conocidas de antemano, deben ser coherentes (¿qué tiene que ver levantarse de la mesa con no salir a jugar al parque?) y estables. Además, es preferible que la consecuencia sea inmediata en el tiempo (especialmente cuanto más pequeños sean los niños) y siempre limitadas en su duración (olvidar los castigos de pasar toda la tarde encerrado en la habitación, una semana sin salir a ver a los amigos o cosas similares). Es preferible un breve castigo de diez minutos sentado en una silla sin hacer nada y repetirlo cuantas veces sea necesario que un castigo apocalíptico.

El libro tiene capítulos especiales para niños con trastorno de déficit de atención, para los que los límites resultan aún más importantes que para el resto de niños dado que les permiten centrarse y sentirse más seguros. Para ellos sirve el método con ciertas adecuaciones para su especial situación.

También hay otro capítulo dedicado a los deberes y otro a las tareas domésticas que encargamos a nuestros hijos como parte del proceso de aprendizaje (y de echar una mano, para qué engañarnos).

También los adolescentes tienen su capítulo. Para ellos sirve todo lo dicho para niños más pequeños, la diferencia está en que el padre deberá jugar a agrandar los límites en la medida en que el hijo demuestre madurez, responsabilidad y confianza suficientes para asumir sus propias riendas.

El libro concluye de un modo muy americano, proponiendo un plan de ocho semanas para llevar a la práctica todo lo enseñado y lograr convertir a un futuro delincuente juvenil en un tierno querubín. Pero...


Hay algo raro en este libro. Tomemos como ejemplo el principio del capítulo tercero (“Cómo aprenden las normas sus hijos”): “¿Puede imaginar cuánto más fácil sería tener hijos si los padres no les tuvieran que enseñar sus normas? Intente visualizarse saliendo del hospital con su hijo recién nacido en brazos. Antes de marcharse, la enfermera le enseña una chapa en el talón de su  hijo y dice: “éste viene programado con todas sus normas y valores. Siempre sabrá exactamente cómo espera usted que se comporte. Y siempre hará lo que ustedes quieren. Se vestirá y se preparará para ir a clase puntualmente, tendrá buenos modales en la mesa, hará sus tareas y deberes sin rechistar y se irá a la cama sin remolonear. Lléveselo a casa y disfrútelo.”

Yo prefiero a mi hijo que a un tamagochi. Sí, me desespera y a veces pierdo los papeles, él se levanta de la mesa porque quiere darme un beso y me siento incapaz de mandarle  de vuelta a su sitio (bueno, no siempre, si es muy tarde soy un Zeus arbitrario e impredecible). Pero tener un hijo es un aprendizaje para ambos en el que vamos creciendo. Y a veces las normas no son lo más importante.

Los ejemplos pedagógicos que pueblan el libro de MacKenzie son también raros. El prototipo es un padre bondadoso que está tranquilamente tirado en su sofá viendo su programa favorito (imagino que un partido trascendental de la liga de beisbol) y que se ve molestado por su hijo que aparece de la nada. ¿Dónde estaba? Supongo que jugando solo, sabe que la norma es que papá no juega con él. Y aparece con la aparente única intención de estropearle el merecido descanso, con una disputa por una pelota con su hermano, porque hace ruido o porque quiere simplemente que su padre le acompañe al jardín a tirar a la canasta. Maldición. El padre manda a su hijo a que reflexione o le da la opción limitada pertinente: ¿qué prefieres, marcharte ahora a tu habitación y dejarme ver la tele o dejarme ver la tele y marcharte ahora a tu habitación?

Estos ejemplos, tan americanos ellos, hacen sentir cierta simpatía por estos niños que tratan de llamar la atención de sus padres. Pero estos, sin alzar la voz ni inmutarse, con un par de frases del tipo, “puedes devolverle la pelota a tu hermano o me veré obligado a retirártela hasta el próximo sábado” logran desmontar el complot contra su descanso. El niño vuelve más maduro y responsable mientras el padre se hunde de nuevo en el sofá.

Estas son las sensaciones contradictorias que el libro me ha despertado. Como mal padre, he decidido tomar gran parte de sus ideas y técnicas para aplicarlas cuando lo crea oportuno. Trataré de ser más claro en mis mensajes y realmente la idea de la verificación que he comentado anteriormente parece dar resultados. Pero, como regla general, mi casa no se convertirá en un campamento militar regido por una hoja de ruta tan clara como asfixiante.

Y sé que MacKenzie se retuerce de risa en la mesa de su despacho. Sabe que su método se toma o se deja pero no se puede aplicar solo parcialmente. Sabe que la constancia es clave y que si las cosas no funcionan como él dice que deben funcionar es solo porque no lo estamos haciendo bien.

Lo sé.  


 

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