29 de mayo de 2016

El cristiano mágico (Terry Southern)

 
Se suele decir que todos tenemos un precio y que solo se trata de encontrarlo. Esto es lo que viene a pensar Guy Grand, el protagonista de El cristiano mágico. Este excéntrico millonario está convencido de que, ricos y pobres por igual, están dispuestos a padecer humillación y escarnio a cambio de un puñado de dólares. Que por aparentar lo que no tenemos, somos capaces de hacer las mayores estupideces y que por el mero hecho de ser rico, uno debe serlo todavía más estúpidos que el resto.
 
Y a demostrar esta tesis se aplica con ansia y fervor de cruzado, emprendiendo una serie de locos experimentos en los que invierte una gran parte de su fortuna por el mero deleite de contemplar el lamentable espectáculo de sus congéneres cayendo en sus trampas y trucos.
Nada más es El cristiano mágico, una obra en la que Terry Southern volcó toda su acidez y sarcasmo contra casi todos los estamentos de la sociedad de su tiempo. El autor fue símbolo de la contracultura de finales de los años cincuenta, referencia en literatura breve y en novelas como ésta en la que demolía los mitos de una sociedad a punto de sufrir las convulsiones de los años sesenta, con su carga de optimismo y desesperación, cantos de paz y violencia en las calles.
 Pero poco de este entorno parece anticipar Guy Grand, Sus preocupaciones son más bien de otro tipo. Por ejemplo, se afanará en comprar la productora de un aburrido programa televisivo en el que se representan sesudas y soporíferas obras de teatro para luego sobornar al protagonista de cada una de ellas con el fin de que rompa el guión y abandone la representación en medio de la emisión en directo. Así hasta lograr convertir el programa en todo un éxito de público, ávido por ver el siguiente escándalo. Pero, captada la atención de los espectadores, todo vuelve a la normalidad, los acores cumplen su papel y las expectativas del canal quedan defraudadas. El programa vuelve a sus míseras cuotas de pantalla.
 
Igual hace con el mundo del cine, comprando una sala en la que proyectará películas en las que insertará subrepticiamente fotogramas que alteran el sentido de la obra, cambiando la percepción íntima de los espectadores. A partir de ese punto, aumentará su nivel de manipulación para luego desvanecerse.
 
Terry Southern
Y así, el interés de Guy Grand pasa de un sector a otro, del mundo de la prensa al de los viajes de lujo (para ello fletará el más lujoso barco conocido, de nombre El cristiano mágico a cuyo viaje inaugural querrá asistir toda la aristocracia, de cuna o hucha, y que terminará convertido en un viaje a los infiernos gracias a las artimañas del protagonista).
 Tampoco se librarán de su inquina las personas individuales. Tras descubrir una multa en el parabrisas de su coche, le pide a un desconocido que pasa por la calle que se la trague a cambio de dinero. El mensaje es claro, quiere saber por cuánto dinero está dispuesto a comerse la multa. Pese al rechazo inicial del desconocido, éste finalmente se traga el papel, y así lo haría con el propio Guy si éste le ofreciera el suficiente dinero.
 El libro está organizado en capítulos cada uno de ellos dedicado a alguna de las “investigaciones” de Guy, siendo el único hilo conductor la conversación a la hora del té entre Guy, sus dos ancianas tías y una amiga de éstas. A raíz de los triviales comentarios de sus contertulias, Guy rememora cada una de estas empresas descabelladas.
 
 Este libro disgustará a algunos que no le encontrarán demasiado sentido, falto de una trama que cohesione las anécdotas. Y en cierto modo puede parecer el esqueleto de una novela mayor, pendiente de los rellenos pertinentes que la saquen de la mera anécdota.
 Pero lo cierto es que Terry Southern logra mejor su propósito ofreciéndonos la descarnada imagen de un millonario tan aburrido que solo logra encontrar estímulo en esa estúpida sucesión de tomaduras de pelo y de burlas a una sociedad dispuesta a asumir ese papel.
Porque, aunque el libro es una crítica cierta a la sociedad americana y a su pérdida de referencias, las locuras de Guy también le dibujan a él, y a todos aquellos que pretenden criticar y mofarse de sus semejantes, que pretenden estar por encima del resto. En cierto modo, la obra puede verse como una autocrítica para quienes, como el autor, pretendían denunciar las contradicciones e hipocresías de su tiempo, sin lograr evitar crear las suyas propias.
Guy no es un protagonista simpático, pero a su lado, las “víctimas” de sus sainetadas parecen mejores. Lección para todos los moralistas.
La edición para esta obra, de la mano de Impedimenta, es tan impecable como resulta habitual en esta editorial, dedicada a traer a nuestras letras muchas obras que parecen haber pasado inadvertidas por estos lares. La traducción corre de cuenta de Enrique Gil-Delgado que logra un estilo ágil y desenfadado, que tan importante resulta para mantener la coherencia entre el fondo y la forma de esta sátira.
 
Si el lector busca una lectura entretenida y llena de imaginación, capaz de hurgar en algunos de nuestros pliegues más perversos, no se sentirá decepcionado. Si es un lector de ley y orden, busque otros derroteros.  
 

15 de febrero de 2016

Charlotte (David Foenkinos)





Charlotte Salomon es una joven sensible.
Su madre se ha suicidado, su tía se ha suicidado.
Su país también se quiere suicidar a manos de Hitler.
Charlotte es judía y su vida se estrecha cada día.

Y descubre la pintura. La pintura la libera.
Se aplica como se aferra el liquen a la roca,
Una colaboración útil, la pintura la salva,
Ella renueva la pintura.

Pese a su raza y religión, ingresa en la Academia,
(Hitler no lo logró).
Y gana reconocimientos que la sacan del negro,
Que la exponen y la ponen en peligro:
Un tesoro que no se debe mostrar.

Y sus padres deciden que es hora de que huya.
Viaja al sur de Francia, junto a sus abuelos también huidos;
Las fronteras cerrándose ya para siempre.

Y mientras el Arte crece en ella, la guerra despierta.
La guerra la sigue a Francia, acorralándola de nuevo,
Recordándola que su paso por el mundo es breve,
Más breve que el de los demás, es judía en tiempo equivocado.

Y sufre de amor, de abandono, de fobias familiares,
De la falta de arraigo y de la soledad.
Pero la pintura es su refugio, un consuelo.
Y a ella se entrega, como solución final,
Como interpretación de su vida y su destino,
A modo de diario, un lamer heridas por mil bocas.

Y por Charlotte sufre obsesión David Foenkinos,
Y a ella dedica su tiempo, a conocer su obra,
Pero también a visitar sus ciudades, sus casas,
A hablar con quienes conocieron a quienes conocieron a Charlotte
Acercándose a ella, intuyendo o deduciendo, inventando al cabo.


Y para ella ensaya varios libros,
Obras que deben equivaler a su pintura.
Sensuales y delicados, infantiles si cabe,
En su crudeza, en su sufrimiento o en su redención.
Y al fin da con una fórmula que le permite acercarse a Charlotte,
Susurrar lo que ella habría susurrado,
Pintar con palabras lo que quedó por contar.

Porque ya intuimos el final: una cámara de gas.
Una cámara que iguala a todos,
A los artistas, a los científicos y a los mercachifles,
En la misma fosa conviviendo en la muerte eterna
Los rabinos jasídicos con los asimilados,
Los comerciantes con los míseros mizrajíes,
Las hermanas de Kafka y sí, Charlotte Salomon.

Y David Foenkinos escribe su libro para recordarla,
Para hacerla viva, más de lo que fue en vida.
Y lo llama Charlotte, para que no queden dudas.
Y la forma en que lo escribe es parecido a esto.
Unos versos que no lo son, una mezcla intrigante
Que no cansa y que atrapa, que empuja la historia
Como si no pudiera haberse escrito de otra manera.

En España lo publica Alfaguara
Y lo traduce con esmero María Teresa Gallego.

Y quien lea Charlotte no podrá dejar de vivir con ella.
Su pasión por su arte, su confianza (¿o su desesperación?)
Nos acompañará más allá de la última página.

En tiempos revueltos las vidas también lo son,
Y aunque las fuerzas del destino se impongan,
No bastan para aplastan la conciencia del perseguido.
Por eso hoy Charlotte vive en cada lector. 





1 de febrero de 2016

Ha Vuelto (Timur Vermes)





Se habla mucho recientemente sobre la publicación en Alemania de Mein Kampf tras largos años de prohibición y clandestinidad. Las opiniones son variopintas. Hay quienes cree que el peligro potencial de la obra está latente, que las fuerzas del Mal pueden desencadenarse nuevamente con furia. Por el contrario, los hay que opinan que la prohibición es cosa del pasado, que la madurez de Alemania puede asimilar un encuentro con su pasado más odioso.



Lo que parece claro es que el libro  carece ya de todo potencial incendiario más allá de esta perecedera discusión que ha desatado su publicación. Hay un desfase evidente entre el discurso del libro y la realidad actual alemana no se parece demasiado a la de entreguerras, humillada en Versalles, inestable políticamente, con un peso de las clases rurales y tradicionales muy importante.



Tampoco la dialéctica hitleriana parecería hoy capaz de enardecer a las masas, más bien lo contrario, la demagogia de nuestros días busca otros estilos, otros modos. Además, aquí hablamos de libros, y no es el papel el medio más atractivo para iniciar una revolución cuando pocos leen lo que excede de 140 caracteres y, a decir de los expertos, Mi lucha no está precisamente bien escrito.

               

Pero nada de ello quita fuego al mensaje que subyace en las páginas de Mein Kampf.  El peligro sigue aquí, agazapado a la espera de su oportunidad, como siempre lo ha hecho. Ésta es la tesis de Ha vuelto (Ed. Seix Barral 2013 traducción de Carmen Gauger), el inquietante e increíblemente divertido relato de Timur Vermes en el que pone encima de la mesa los peligros reales de una ideología que parece extinta, o no.



La trama es fácil de desvelar. A comienzos del siglo XXI, en un descampado de Berlín, próximo a la antigua Cancillería del Reich, Hitler recobra el conocimiento. El olor a gasolina que impregna su uniforme le ayuda a recordar dónde está. Lo primero que le extraña es la ausencia del estruendo de los obuses soviéticos o de edificios en ruinas. Por contra, solo ve construcciones algo toscas pero firmes y recientes. Unos niños se le acercan y el Führer comienza a vislumbrar la realidad de nuestros días en sus extrañas ropas o en el modo tan irrespetuoso en que hablan pareciendo no reconocerle. Al fin, sale del descampado y se adentra en el Berlín moderno, el de las grandes plazas y los edificios de arquitectos de renombre que han ocupado el lugar dejado por las ruinas de la guerra.




  
Hitler es atendido por un quiosquero cuyos orígenes raciales no son precisamente arios y que le toma por uno de tantos imitadores. El joven pronto descubre que el Hitler que ha adoptado, al que alimenta y que de hecho se instala en su quiosco a falta de mejor hogar, se ha metido tanto en su papel que es incapaz de renunciar a hacerse pasar por Hitler, expresándose siempre con vehemencia y negándose a facilitar su verdadero nombre más allá de la lacónica respuesta de rigor: Adolf.
.

Y ésta es la desgracia que deberá afrontar Adolf, pocos parecen tomarle en serio, ni siquiera los inmigrantes que regentan una tintorería a la que lleva su uniforme le temen, al contrario, le piden un autógrafo. Todos ven en él a un imitador más, tal vez al mejor, una réplica perfecta de las maneras, las palabras y las ideas del dictador. De este modo, el protagonista de la novela puede expresarse como el verdadero Hitler que es realmente, sin importunar las conciencias ni levantar ampollas; se supone que es un cómico, y sus exabruptos levantan sonrisas aunque no logren desactivar el mensaje. La libertad de expresión le ampara.



Pronto es “descubierto” por los directivos de una cadena de televisión que le contratan como humorista. Hitler se adueña del nuevo medio, se familiariza con las nuevas tecnologías y se hace viral en las redes sociales. Las campañas para prohibir el programa que presenta solo logran aumentar su popularidad.



 Las escenas hilarantes se suceden, como aquella en la que acude rodeado de cámaras a la sede del partido que dice inspirarse en su ideario y al que ridiculiza por su escasa voluntad y capacidad para inspirar al pueblo alemán los verdaderos valores nacionalsocialistas. También resultan brillantes los pasajes en los que el protagonista interpreta la realidad de los tiempos modernos en clave de los años treinta, como cuando interpreta la abundante presencia turca en las calles de Berlín como consecuencia de la política de alianzas que él mantuvo con el antiguo imperio otomano.



Pero este Hitler también encuentra conexiones entre su pensamiento y el ecologismo, su pasión por la naturaleza y paisajes alemanes y su desdén por el capitalismo consumista que dedica recursos a cuestiones ajenas al interés del pueblo alemán, le llevan a tomar de cada ideología aquello que le conviene, ofreciendo un cóctel en el que cada cual pueda tomar la parte que le interese y así sumar adeptos.



El Hitler que nos presenta Timur Vermes no es solo el odioso dictador de la historia. Es también un ser humano capaz de sentir ternura por su secretaria, una joven de estética siniestra, a la que da consejos en su romance con un trabajador de su programa, del que también se convierte en consejero amoroso, aún reconocimiento su escaso conocimiento de la materia y emocionándose recordando a Eva Braun.  



En suma, Ha Vuelto nos ofrece un Hitler que, al igual que a los personajes con los que se cruza en la novela, no despierta nuestro rechazo visceral, que resulta cómico en su modo de interpretar la realidad, hasta parecer un pobre tarado por el que sentir lástima.



Y ésta es la fuerza de la novela, el hecho de que caemos cautivados por un personaje hasta el punto de olvidar lo repugnante de su pensamiento, tal vez en proceso similar al que pasaron muchos alemanes que en su día le dieron su apoyo y que no pudieron (o no quisieron) dar marcha atrás.

 



El libro pone de manifiesto las debilidades de nuestra sociedad, las grietas por las que dejamos resquicios para que se asienten semillas que resultarán difíciles de arrancar. Así, la frivolidad que parece haberse convertido en el principal motor de gran parte de nuestros actos, o la defensa de las libertades para quien pretende suprimirlas, la escasa firmeza ante la radicalización del discurso exaltado y así sucesivamente. 


La lectura de Ha Vuelto resulta extraña y ambivalente, planteando infinidad de preguntas, muchas de ellas sin respuesta. ¿Es posible que se repita en nuestros días el mismo fenómeno que conoció la Europa de entreguerras? ¿Creemos haber aprendido de los errores del pasado al tiempo que volvemos a caer en los mismos? ¿Dónde está, o debería estar, el límite para el discurso exaltado, el que incita al odio o a subvertir el acervo común?


La novela no está hecha para responder a estas preguntas, tan solo para formularlas. Desde luego, Ha Vuelto cumple con creces este propósito y al tiempo, reconozcámoslo, es una divertidísima lectura.    

   

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