12 de mayo de 2013

Martin Dressler. Historia de un soñador americano (Steven Millhauser)



Hay naciones cuya mitología evoca un destino trágico, casi maldito. Otras que parecen definirse exclusivamente en relación a terceros –reales o imaginarios- en términos de honor y gloria. Muy pocas ofrecen una mitología autónoma, que no mire hacia “el otro”. El ejemplo más relevante, tal vez el único que conozco o recuerdo, es el de los Estados Unidos. Haciendo gala de un optimismo y una inmodestia proverbial, recurren a la imagen de la tierra de promisión, del país de las oportunidades, todo lo que se encierra bajo la idea de “el sueño americano”.

Todos los que no vivimos en los Estados Unidos sabemos que esa metáfora sólo sirve para disfrazar la realidad de unos pocos logrando medrar frente a una inmensa mayoría que vive en el anhelo de poder llegar a medrar. Que sólo un grupo, los blancos anglosajones protestantes (WASP), parecen tener todas las puertas abiertas y que el resto de ejemplos exitosos, de irlandeses hechos a sí mismos, latinos con fortuna o negros deportistas cargados de oro, son solo eso, ejemplos que evidencian la excepcionalidad. O eso nos gusta pensar, tal vez por envidia. Pero el mito nacional sirve para los nacionales y para aquellos que arriesgan sus vidas para alcanzar esa tierra, más en particular, ese sueño en el que los únicos límites son los que uno mismo se impone.

Como reflejo del mundo en el que se gesta, todas las manifestaciones artísticas americanas han elogiado y ensalzado la figura de este hombre que, desde abajo, logra un éxito sin reparos, incontestable. Pero, como el reverso de una moneda, también son innumerables las reflexiones sobre el precio del éxito, la destrucción que supone el culminar los anhelos y llegar a la cima.

Martin Dressler. Historia de un soñador americano es, desde su título, perfecto reflejo de todo lo dicho. Observación analítica y desapasionada del ascenso y caída de un entusiasta de sí mismo, capaz de llevar a la práctica todo cuanto sueña, pero también de instalarse en una especial y paródica realidad paralela dando la espalda a un mundo que continua su camino en busca de otros soñadores.


Vayamos a su protagonista. Martin Dressler es un niño fascinado por los escaparates de las grandes avenidas del Manhattan de finales del XIX, por su capacidad para crear sueños e ilusiones en los paseantes y animarles a entrar en los establecimientos. La mera observación no se hizo para el joven Martin que desea experimentar lo aprendido durante sus paseos en el negocio familiar, una tabaquería situada en una calle algo retirada del propio Manhattan.

El padre aprecia las iniciativas de su hijo y el modo en que sabe ganarse a los clientes por el simple, al tiempo que complejo, arte de ofrecer aquello que cada visitante espera antes de que siquiera éste lo exprese o, incluso, lo sepa. Pronto, el padre de Martin comprende que las fronteras de la tabaquería son asfixiantes para el talento de su pequeño, por lo que da su autorización a la oferta de trabajo como botones en el hotel Vanderlyn recibida a través de un visitante del negocio.

Las dotes de observación de Dressler llegan a un laboratorio humano excepcional, la recepción y las habitaciones de un gran hotel donde se sentirá a sus anchas. Su talento innato le lleva desde el puesto de botones al de recepcionista a la vez que se inicia como empresario adquiriendo la concesión de la tabaquería del propio hotel contratando a un dependiente de confianza. Su carrera en el Vanderlyn prospera y asciende a secretario del director, puesto gracias al que adquirirá su visión orgánica del mundo, consistente en ver cada engranaje del hotel como una parte de un proceso que se integra en un todo con un solo objetivo. Este principio lo irá aplicando sucesivamente a los diversos negocios que inicia a partir de ese momento, aún sin abandonar su trabajo en el hotel.

Los comienzos serán un café con billar y sucesivos locales similares creando la primera franquicia de la época. Pero su ambición no queda ahí y, tras vender la cadena, inaugura el Dressler, primero de una serie de hoteles que irán concretando el nuevo concepto que Martin quiere para estos establecimientos. Mitad hoteles, mitad edificios de apartamentos, se irán dotando de todo aquello que una persona necesita para disfrutar de unas vacaciones o, incluso, de toda una vida.

Sus edificios se llenarán de locales, teatros, salas de cine o de baile, restaurantes y elegantes cafés, parques interiores, ríos y cascadas, paisajes pintados o recreados imitando todas las floras y forestas conocidas, las siete maravillas de la Antigüedad sin salir de una planta y así hasta el delirio en un esfuerzo vano por recrear la realidad por el increíble medio de falsearla convirtiéndola en innecesaria.


Al Dressler le seguirá el New Dressler, y a éste, el Grand Cosmo, cuyo nombre da testimonio de ese afán por replicar la realidad integrando todo el mundo conocido, actual y pasado, real o soñado, en un único entorno que se ofrece al visitante y al residente hasta el punto de empecharle y hartarle.

Frente al éxito comercial de los dos primeros hoteles, fruto en gran medida de la novedad y de la ambiciosa propuesta, el Grand Cosmo no logra atraer a los turistas que tercamente prefieren las calles y las plazuelas al aire libre a los aseados y recoletos jardines artificiales. Los apartamentos tampoco terminan de venderse o alquilarse y Dressler, termina por comprender los motivos de su fracaso. Pero renuncia a la enmienda tal vez por el cansancio propio de su ya avanzada edad y decide sacrificarlo todo convirtiéndose casi en el único morador del Grand Cosmo, hacerlo su hogar, su realidad mientras pueda sostener sus gastos y antes de despedirse de él, del mundo.

El éxito de Dressler lo es de su capacidad de observación y anticipación. Sus paseos de madrugada por la ciudad le ofrecen las claves de las necesidades de sus conciudadanos, le muestran los lugares que prefieren, aquello que anhelan. Él toma esa materia prima y busca satisfacer las expectativas. Pero en un punto determinado, dominado por su visión y su sueño, rompe el eslabón y comienza una nueva andadura en la que será el público quien le siga demandando los servicios cuya necesidad él genera a través de brillantes y agresivas campañas publicitarias. Como señala J. K. Galbraith, la oferta ha creado su propia demanda hasta que la realidad termina por imponer su implacable ley.

El autor

Como suele ocurrir tantas otras veces, el visionario que sueña mundos y los conquista no es capaz de gestionar adecuadamente su propia vida personal. Poco después de dejar la casa de sus padres, e instalado en un pequeño hotel (¡cómo no!) de las afueras de la ciudad, conoce a las Vernon, una viuda y sus dos hijas solteras. Emmeline, morena de escaso atractivo físico pero dotada de una gran inteligencia que pronto conecta con el pensamiento de Martin convirtiéndose en su consejera y confidente y Caroline, la rubia guapa de reservado carácter, aquejada por dolencias físicas y psíquicas que termina por convertirse en la esposa de Martin y su principal preocupación dada su inestabilidad emocional. Caroline será la anticipación de la imagen del fracaso en que concluye la vida de Dressler.

Steven Millhauser recibió el Pulitzer por esta obra que ha publicado en España Libros del Asteroide con traducción de Marta Alcaraz. El estilo del autor, desapasionado y muy descriptivo, con pocas concesiones a las imágenes fáciles, logra aportar el aplomo que tiene la vida del protagonista. Una descripción del auge y caída al modo de una biografía que por momentos pasa de lo psicológico a lo meramente externo pero que sabe transmitir la fuerza que impulsa a Martin hasta su explosión y agotamiento final.

¿Qué es un sueño? Tal vez aquello que nos ayuda a permanecer despiertos. Si algo nos enseña esta novela es que los sueños impulsan nuestras acciones, pero soñar sobre lo soñado se convierte en una trampa de la que no podremos escapar fácilmente. Como tantas otras veces, una cuestión de matices. 


21 de abril de 2013

La Hermandad de la Nieve (José Vicente Pascual)


Hubo un tiempo en el que una novela histórica era una obra de ficción inserta en un momento de la Historia que se pretendía recrear con cierta exactitud. Pero las cosas cambian y, poco a poco, la novela histórica pareció ir cambiando hasta convertirse en sinónimo de libros voluminosos (en ocasiones, con segundas y terceras partes que jamás fueron buenas) en los que se trataba de escarbar en cualquier anécdota del pasado para arrancar un fantasioso argumento de ocultismo, sectas o misterios, dejando por el camino gran parte de los requisitos mínimos que se esperan de una novela en cuanto a estilo y rigor. Al menos, esto es lo que uno veía y lo que le alejó de este género durante un tiempo.

Pero bajo el fulgor de las listas de éxito, los artesanos han seguido trabajando y honrando un género que ha tenido una notable influencia en el pasado y que debe mantenerla. Entre estos escritores meritorios que han renunciado al camino fácil de las oscuras conspiraciones y otros artificios se encuentra José Vicente Pascual, un autor con una notable y extensa obra a sus espaldas, que ha presentado recientemente su última novela, La hermandad de la nieve.

La Historia acostumbra a exponerse con golpes de luz abruptos que iluminan un determinado lugar y momento para dejarlo, al cabo, sumido en tinieblas volcando la atención en otro punto. La hermandad de la nieve viene a cubrir ese periodo gris que discurre entre la caída del reino nazarí en 1492 y la guerra civil más conocida como la rebelión de las Alpujarras (1568-1571).

En este periodo del que los libros de historia al uso no nos ofrecen apenas información, fabula Pascual sobre la fundación y auge de la Hermandad de la Nieve, una curiosa sociedad que tiene por objeto proveer de nieve a los moradores de Granada que la precisen; en su mayor parte, personas principales y de posibles, que puedan pagar el alto precio que se exige a cambio de este preciado tesoro que ayuda a la conservación de alimentos, fabricación de dulces, alivio de enfermos y un sinfín de otros usos.

El fundador de la Hermandad de la Nieve es don Álvaro de Bayos, oriundo de León en cuyos montes aprendió el duro oficio de nevero. Alistado en el ejercito del Gran Capitán, decide alistarse en Granada tras la rendición de Boabdil aprovechando las especiales condiciones de licencia que se le ofrecen y renunciando a seguir en la milicia tras los espejismos de gloria que se vislumbran en campañas por el norte de África y sur de Italia. La contemplación de las cumbres nevadas a un paso de Granada le recuerda sus primeros años y decide tomar ese regalo caído del cielo para su propio provecho.

Pero él solo no basta para el negocio que tiene pensado. Álvaro de Bayos sabrá rodearse de fieles hombres a los que exige esfuerzo y sacrificio pero, ante todo, lealtad a la Hermandad. Ésta será generosa con todos sus miembros proveyéndolos de cuanto ellos o sus viudas o sus hijos necesiten. Pero la Hermandad también sabrá exigir con celo las obligaciones contraídas. Algunos neveros probarán la dureza de la ley privada que rige sus vidas.

Y es que no hay otro modo de salir adelante cuando las dificultades son muchas. Comenzamos por las trabas burocráticas para dar inicio al negocio y el pago que la regalía conlleva y que les llevará al primer contacto con la Mujer que no Dice su Nombre que actuará como protectora de la Hermandad y, al tiempo, comprometedora de toda su lealtad.


Este misterioso personaje que aparece a intervalos regulares en la novela ofrece un interesante punto de misterio e intriga pero, por encima de todo, pone de manifiesto que la Hermandad es poderosa de puertas adentro, para con sus hermanados, sus cofrades, pero que ésta apenas es un peón en el juego de otros y que, sólo su unidad y férrea disciplina le permitirán sobrevivir a las luchas fratricidas de los poderosos.
Porque por toda la novela se respira, por boca de su narrador, Álvaro de la Santísima Trinidad, nieto de Álvaro de Bayos y tercer patriarca de la Hermandad de la Nieve, la opinión de que los grandes y poderosos tejen el mundo a su medida y que para el resto apenas queda el espacio necesario para respirar, y esto solo siempre que se sepa jugar las cartas con habilidad y fortuna. Las guerras y luchas de estos potentados son ajenas a los intereses de la Hermandad que aprenderá a evitar los peligrosos rápidos entre los que discurrirá su labor, procurando cuando sea posible el beneficio propio y afrontando los embates de quienes tratan de impedir su éxito comercial el resto de las veces.

Y es que pronto el negocio de la nieve se revela como una importante fuente de ingresos que atrae la atención de Enríquez Benazara, un adinerado converso que inicia una aventura empresarial similar. Los métodos que empleará la Hermandad para conservar el monopolio de la nieve revelarán que lo que está en juego es la propia supervivencia. El discurrir histórico oficial se entrevera con la lucha entre la Hermandad y los Benazara y será el estallido de la revuelta de los moriscos lo que permitirá poner el punto y final sangriento al enfrentamiento.

La teoría expuesta por el patriarca de la Hermandad tras la caída del Reino de Granada, corroborada por sus sucesores y confirmada finalmente por los hechos, es que la rendición nazarí no era sino el medio por el que las familias poderosas de Granada pretendían evitar una derrota militar y retener el poder económico a cambio de cambiar nominalmente de religión y vestimentas. Por otro lado, la rendición también es útil a los cristianos que evitan continuar con una guerra costosa y más dura de lo esperado. La disputa por el verdadero poder, la victoria definitiva de unos u otros queda diferida en el tiempo.

De ahí que el verdadero derramamiento de sangre llega con la revuelta de las Alpujarras, una auténtica guerra civil en la que los habitantes del reino se verán obligados a tomar partido, pagando con su vida los errores en la elección. También éste será el momento definitivo en el que la Hermandad logre imponerse a los Benazara, dando fe de que toda guerra civil es campo propicio para la venganza personal. 

Pero odio y sangre no son el único sustento de la Hermandad. También se cruzan por sus sendas historias librescas, como el probable autor de El Lazarillo de Tormes o el origen de los falsos libros de plomo. También es de destacar el papel que las mujeres ocupan en esta Hermandad, tan varonil y ruda según sus estatutos, pero que atesora un contrapeso natural en mujeres de fuerte personalidad.


Si algo debe destacarse en esta novela, más allá de la amenidad del argumento y el modo en que el autor sabe incluir la intriga cuando se precisa, es el lenguaje empleado y la voluntad constante de recrear un modo de expresión propio del tiempo en que Álvaro de la Santísima Trinidad, en su senectud, escribe el manuscrito que leemos. No olvidemos que, a diferencia de su padre y de su abuelo, su formación será elevada entendiendo más de letras y actas que de aperos neveros. Y es esta vocación de estilo lo que atrapa al lector desde las primeras líneas, temeroso de que, como tantas veces suele ocurrir, el autor ceda al esfuerzo a las pocas páginas tornando a una prosa más apropiada para nuestros días. Por fortuna, esto no ocurre haciendo de todas sus páginas un descubrimiento gozoso.

La Hermandad de la Nieve es un logro de José Vicente Pascual, un acierto de la editorial Evohé y un golpe de fortuna para quien no conocía previamente a su autor. Hay quien podrá creer que poco importan las andanzas de una saga de neveros en tiempos remotos. Les doy la razón. Pero sus sufrimientos, sus necesidades, y el modo en que las proveen, reflejan una filosofía vivida tan vigente como las nieves que aún habitan en las cumbres de Sierra Nevada.  

29 de marzo de 2013

Hipnosis / La colonia (David Fernández Rivera)



Hipnosis / La colonia, es el texto que consagra para las letras españolas a su autor, David Fernández Rivera, un joven talento pero con un dilatado currículo en diversos campos (poesía, teatro, dirección teatral, ....)

La obra que aquí nos ocupa lleva como doble título Hipnosis y La colonia. Recordemos primeramente la definición que de ambos términos ofrece el Diccionario de la Real Academia como premisa para entrar en los detalles del texto.

Hipnosis: estado producido por hipnotismo. Hipnotismo, método para producir el sueño artificial, mediante influjo personal, o por aparatos adecuados.

Colonia: Territorio fuera de la nación que lo hizo suyo, y ordinariamente regido por leyes especiales.

Pero, ¿cuál es la relación que encuentra David Fernández en ambos términos? Anticipemos que los habitantes de la colonia han luchado por crear un espacio propio regido por leyes independientes que les garanticen un futuro mejor, una pervivencia que, de otro modo, verían amenazada. La lucha ha sido cruenta y Bruno es uno de sus máximos representantes; ofreció su vida en el combate y éste se cobró su salud física (ahora está atado a una silla de ruedas) y mental.

Un colectivo de estudiantes dirige a Bruno un escrito en el que le honran por su sacrificio y le piden que colabore en un proyecto destinado a glosar y gloriar a quienes creyeron en un futuro libre y mejor para la colonia. Pero Bruno no parece ya el héroe que fue. Su fe parece muerta y sus pensamientos se revelan rebeldes a la colonia que contribuyó a crear y consolidar. El lector/espectador ignorará siempre si el nuevo estado de Bruno es fruto de la enfermedad que le carcome, un último precio que paga su valentía, o si es la llamada de la lucidez la que le previene de los errores y excesos cometidos.

Los habitantes de la colonia creen vivir en una Arcadia feliz en la que todos los sufrimientos y padecimientos parecen estar justificados por una promesa de un futuro mejor, de una búsqueda de la felicidad como ultima ratio motor de los actos políticos. Ya sabemos a estas alturas de la Historia que éste es el método favorito (casi el único, junto al terror), de cualquier totalitarismo que sobre el mundo haya sido. Diferir las recompensas para lograr lo perseguido en nombre de un futuro, del progreso, de una vida eterna o de una eterna vida, todo vale.

Y esta colonia no tiene nada de idílico como tampoco lo tienen el resto de paraísos terrenales impuestos. Su cotidianeidad es un escenario metálico, a ratos ardiente, siempre ominoso e irrespirable (sus habitantes han sustituido sus rostros por máscaras de gas, sus ropas por utilería militar). Es éste el verdadero aspecto del paraíso y para que la mentira y la manipulación sobrevivan son necesarias grandes dosis de hipnosis, de sueño artificial, de ficción. Y para ello, lo primero es manipular (borrar) el pasado. De ahí el interés de los estudiantes por reescribir los hechos gloriosos, crear una épica de la colonia, hacer creer que la vida fuera es insoportable.

Por eso, cuando Bruno huye de la colonia, lo que encuentra es un bosque ardiente, una realidad viva que va muriendo pero a la que se aferra como más real que cuanto deja atrás (“Pero ellos no pueden verlo. Al poco de nacer les protegen de lo que está pasando...").

Es evidente que la colonia no es más que una metáfora de nuestras vidas, apresadas en telas de las que apenas somos conscientes y en las que caemos complacidos. Y no es menos cierto que para quienes se resisten nuestra moderna vida ofrece escasas alternativas. Una larga tradición literaria ha reflexionado sobre este futuro mejor. Rossesau, Unamuno, Huxley o Voltaire emplearon perspectivas diversas (y aún opuestas) en su discurrir sobre este futuro perfecto-imperfecto.

Pero la obra de David Fernández entronca claramente con la de Huxley, e incluso con la fábula zoológica de George Orwell, dos visiones de un futuro totalitario y excluyente, quien no está junto a mí, está contra mí.

Y esta colonia nos remite también a otro soñador hipnótico, a Kafka, no por el universo urbano invivible de El Proceso o por el autoengaño como última esperanza que sustenta la vida de Gregorio Samsa, sino más bien, y no sólo pese a la evidente coincidencia nominal, a En la colonia penitenciaria. Este pequeño texto, escrito tras el telón de fondo de las masacres de la Primera Guerra Mundial supone, recordémoslo, el modo en que Kafka reflexiona sobre la técnica y su capacidad destructiva en un mundo reducido, en esa pequeña colonia, donde todo el poder está en manos de un sádico tecnólogo que emplea una máquina para escribir en el cuerpo de los condenados su propia sentencia a base de escarificaciones y demás tortura sangrienta.

Pero, al igual que ocurre en otras reflexiones sobre el futuro, es la propia tecnología la que acaba (¡justicia poética!) con el tarado regidor aplicándole sus propias medidas. El papel de narrador en el relato de Kafka, un observador imparcial y distante, desaparece en Hipnosis/La colonia, donde es el espectador/lector el único capaz de juzgar y enjuiciar los hechos que se le presentan.


Pese a que en su nota introductoria David Fernández se esfuerza en destacar la versatilidad del texto de cara a su adaptación escénica por cualquier director interesado, y de que el prólogo de Ángel Padilla nos aclara los logros escénicos de este joven autor y su habilidad para la creación de ambientes, uno no pude dejar de pensar que el libro que tiene entre sus manos es algo más que un texto teatral.

No se trata tan solo del peso relativo de los comentarios y anotaciones al margen, de la compleja vestimenta descrita o de los efectos requeridos en cada momento y que son descritos con precisa prosa. Se trata más bien de que estos textos alcanzan un valor lírico que pone de manifiesto la credencial poética del autor, su voluntad integradora de ambas artes y su intención de escribir un texto para ser leído.

Como ejemplo, valga esta muestra:

"El espacio se licua hasta detenerse bajo la pesada vibración de una litera hospitalaria. Las sábanas resecan los recuerdos no vividos en los ojos entubados del anciano, es entonces cuando el aguijón de un mandoble
deshace la escarcha sin ventanas
con el vapor inyectado
en la angustia fronteriza de sus sienes."

Es cierto que la visión del autor es negativa y devastadora, que denuncia una realidad que sólo muy forzadamente podemos interpretar como propia, pero ésa es la misión de un poeta, ver por nosotros, anticipar nuestra visión y anunciar lo que está por venir para que, tal vez, nunca llegue. Para eso, y porque es un gusto enfrentarse a un texto poco complaciente pero hermoso en todo caso, se debe leer esta obra y prestar atención a su creador.


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