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29 de junio de 2026

Prosas Reunidas (Wislawa Szymborska)

 


Tras leer Correo Literario, retomamos la obra en prosa de la Premio Nobel polaca Wislawa Szymborska. Prosas reunidas (Malpaso, con prólogo y traducción de Manel Bellmunt) recoge tres libros publicados por la autora: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. 


Estos tres títulos aquí reunidos en un único volumen responden bien a su contenido. Wislawa Szymborska publicaba reseñas de cuanto leía, llevada por su instinto lector y su curiosidad inagotable. Pero tal vez el término “reseña” pueda llevar a engaño, como ella misma trata de aclarar en el prólogo. En ocasiones se ciñe a la lectura realizada, destacando aspectos como la presentación, las cuestiones gráficas o la traducción. En otros casos el texto no es sino una excusa para hilar temas y argumentos que van desde lo personal e íntimo a lo político y social.


Por otro lado, la mención a estas lecturas no obligatorias refleja de manera perfecta el tipo de libros aquí comentados. No se trata necesariamente de grandes obras, tan solo libros que no merecen la atención de la crítica culta pero que tal vez puedan resultar de interés para el público general o incluso para sectores muy específicos. 


Así, por estas páginas desfilan todo tipo de lecturas. Desde narraciones sobre costumbres animales como las de los lemmings, la vida de los gatos o las vivencias de un amante de las nutrias o las aves migratorias. El cultivo de plantas, la gastronomía oriental o el arte en los nativos groenlandeses. También los manuales sobre lecturas escolares o las indicaciones sobre dicción y prosodia en las lecturas en voz alta. Manuales sobre moda, lo que toda mujer ha de hacer para conservar su atractivo junto a comentarios sobre libros que describen las controversias y peleas entre arqueólogos. El arte del caminar o las bondades del yoga, la teoría científica tras el movimiento de las placas continentales o una historia de Etiopía. Libros sobre el canto de los pájaros o el tratamiento de las aves de corral, libros de memorias como las del famoso Pepys o descripciones de la obra de Vermeer. 


También las biografías ocupan un lugar importante. Mia Farrow, Hitchcock o Kurosawa entre los cinéfilos, pero también Einstein, los tres tenores o Catalina la Grande. Libros con listados de las mejores películas o los más imprescindibles libretos de ópera. Sorprende el interés que España puede despertar en el mundo editorial polaco, pero aparecen textos como El cantar del Mío Cid, los Entremeses de Cervantes, la leyenda del Abencerraje y la bella Jarifa, biografías de Dalí, Casals, ….


No puedo ocultar que leer este libro me ha resultado reconfortante. La voracidad temática de la nobel polaca encaja con los títulos que por mi parte comento y en donde se mezcla alta literatura con folletines, relatos con biografías o divulgación científica variopinta, en ocasiones lecturas recomendadas, pero también otras que llegan fruto del capricho y el azar. También me resulta afín el estilo de la autora que trata de no ceñirse a un esquema fijo y que toma el libro comentado como punto de partida, no como fin. 


Pero hasta aquí llegan los paralelismos. Ojalá tuviera yo una mínima pizca del ingenio que derrocha la poeta, una porción de su talento para trasladar entusiasmo por lo leído, un leve hálito de su modo sencillo y directo de expresarse. 


El humor del que dimos buena cuenta en Correo literario, es una constante. Las reflexiones de la autora son siempre de buen tino y plagadas de una calidez humana incluso cuando critique con saña el volumen comentado. Porque no ahorra críticas cuando cree que proceden. Y de ellas no se libra ni el autor del libro, ni los editores, ni los traductores. En ocasiones manifiesta su crítica a la traducción, cuestión ésta a la que da notable importancia, en especial como es natural, en el caso de los volúmenes de poesía. Pero en otras la crítica se dirige a la ausencia de notas, de índice onomástico o temático, a la selección de las fotografías, como en el caso de la biografía de Isadora Duncan en la que, con precisión matemática, señala que solo cuatro de las ocho imágenes empleadas son realmente de la bailarina, siendo las otras cuatro de la actriz que la representó en una película.  


El carácter de Wislawa Szymborska queda perfectamente retratado a lo largo de estos comentarios. Tomamos buena nota de su sensibilidad ecologista, su preocupación por el deterioro de la calidad del agua de los ríos polacos, llenos de residuos industriales en un momento tan temprano como comienzos de los años setenta. De ahí también todo su interés por las lecturas sobre cuestiones del reino vegetal y animal. Su preocupación por el futuro también queda retratada a través de su interés por los niños y su futuro, por el modo en que son enseñados, por el tipo de lecturas obligatorias (éstas sí) a las que son sometidos sin sentimiento de culpa o escrúpulo. 


La poesía no ocupa un lugar predominante en estas lecturas y en muchas ocasiones busca refugio en la obra de maestros de la Antigüedad como Horacio o Marcial, siendo muy puntillosa en cuanto al modo en que ha de traducirse una poesía, sin necesidad de atenerse a la rima cuando ésta rompe en otro idioma el ritmo, o cómo ha de afrontarse la ironía del pasado como cuando celebra el Satiricón. También se nota su rechazo al estilo afectado de los poetas nacionales polacos, su retórica grandilocuente y vacía. 


Los comentarios fueron publicados por la autora en diversas revistas desde los años sesenta hasta poco antes de su fallecimiento. Y este largo periodo también sirve como referencia de los cambios que fue viviendo Polonia en su tránsito del Comunismo al Capitalismo y cómo lo vivió su sociedad, cómo al principio los libros abordan temas eminentemente prácticos, cómo luego van ampliando su campo de acción a cuestione más banales, cosmopolitas o, si se quiere, menos relevantes o, al menos ésta es la impresión que la escritora parece transmitir. 


Como es de suponer, gran parte de estas obras no se encuentran disponibles en nuestro idioma o pueden estar totalmente descatalogadas si es que alguna vez fueron traducidas. ¿Qué interés puede tener, por tanto, la lectura de estas Prosas Reunidas? Sin duda, el placer de leer este libro no se halla en encontrar recomendaciones o sugerencias para futuras visitas a la librería del barrio. Leer este libro es un placer en sí mismo, aunque los títulos de los que hablase nunca se hubieran escrito y fueran meras invenciones de la autora. Es su modo de abordar los temas, su estilo ameno, sus opiniones, compartidas o no, lo que hacen de este libro un excelente compañero, una lectura que puede tomarse o dejarse en cualquier momento, dar saltos, abrirse por cualquier página y encontrar siempre algo interesante, un libro que bien podría haber entusiasmado a la propia autora. 

 

 

18 de mayo de 2026

Anatomía de un instante (Javier Cercas)

 


  

El 23-F es una fecha simbólica para todo aquel que tenga más de 40 años. Sin duda, todos hemos visto en infinidad de ocasiones cómo un guardia civil con tricornio bien plantado y pistola en mano sube por las escaleras de la tribuna del Congreso de los Diputados, interrumpiendo la votación para la investidura del presidente más efímero de nuestra democracia: Leopoldo Calvo-Sotelo.


Gracias a la valentía de los operadores de cámara, que simularon cesar la grabación ante las amenazas directas de los golpistas, podemos revivir un golpe de Estado desde el propio epicentro de la acción. Allí vemos cómo se pronunciaban palabras malsonantes, cómo se tiroteaba el techo del hemiciclo y cómo el presidente saliente, Adolfo Suárez y su vicepresidente, Gutiérrez Mellado, eran zarandeados cuando trataban de llamar al orden a los militares rebeldes.


Javier Cercas trata de acercarse a este momento histórico. Según narra en el prólogo, la lectura del libro de Jesús Palacios y otras teorías sobre el golpe le llevaron a tratar de novelar la historia. Sin embargo, tras varios intentos que no lograron satisfacerle, comprendió que la historia del periodista no dejaba de ser una ficción, un uso de datos ciertos para construir un relato prefijado. Por tanto, una forma de ficción sobre la que no podía ficcionarse nuevamente.


Así que, poco a poco reorientó su esfuerzo creativo en una dirección distinta, la de procurar escribir el relato de lo que ocurrió sobre los hechos ciertos, y lo que podría deducirse con un cierto nivel de certeza sobre los hechos menos comprobados.


Pero, además, trató de centrarse, de desenmarañar la compleja trama a partir de un único instante: el gesto de Suárez, sentado impertérrito en su escaño, mientras los diputados se tiran cobardemente al suelo al ruido de los disparos. En ese momento pretende centrar un viaje con idas y venidas al pasado y al futuro.


En ese gesto de Suárez, mezcla de orgullo y chulería, de dignidad democrática, pleno de simbolismo, Cercas ve el reflejo de la historia del fin del franquismo a manos de unas Cortes que hicieron el viaje "de la ley a la ley" a través de la Ley para la Reforma Política de 1976 y las elecciones para Cortes Constituyentes, el viaje relámpago desde la muerte del dictador a la derogación de todo el aparato legislativo franquista y la legalización del Partido Comunista.


En ese viaje, el Rey y Torcuato Fernández-Miranda pretendían impulsar la figura de un presidente del Gobierno capaz de amansar a los partidarios de la continuidad al tiempo que insuflara garantías a la oposición democrática y tranquilizara a las potencias aliadas, en especial a los Estados Unidos, preocupados por un posible giro antiamericano si triunfaba una democracia verdadera.


Y, para ello, nadie mejor que un político joven, ambicioso, sin apenas ideología propia, capaz de asumir el programa que se le fuera indicado, pero con la suficiente personalidad como para convencer a la opinión pública y forjar los acuerdos necesarios en ese complicado equilibrio que fue la Transición.


Pero ese período de transformación y cambio en el que Suárez brilló de manera especial, en el que se logró la conversión de una dictadura en una democracia homologable a cualquier otra occidental, terminó por confundirle. Suárez comenzó a creerse su papel. Y así como Fernández-Miranda se retiró una vez cumplido su misión desde la presidencia de las Cortes, él dio un paso más, asumiendo el liderazgo de un pequeño partido que estaba creando un adversario político, el diplomático Areilza, y se presentó a las elecciones democráticas de 1979 logrando un resultado excepcional gracias a su indudable carisma.


Pero ahí terminó el tiempo de gloria de Suárez. Cercas cataloga su ejecutoria política a partir de ese momento como mediocre. Un falangista que había militado en Acción Católica y había sido ministro del Movimiento pretendía ganarse el carnet de demócrata, la aprobación de los medios más poderosos, radicalizando sus posturas, queriendo ser más de izquierdas de lo que sus votantes y compañeros de coalición deseaban. Su capacidad para tejer pactos comenzó a demostrarse insuficiente para los instantes de gestión diaria. Su épica estaba más bien pensada para los grandes momentos, los saltos al vacío, las decisiones drásticas, no para la gestión cotidiana y sin brillo.



Así, su gobierno comenzó a estar acosado por todos los frentes. El Rey quedó decepcionado por su decisión de continuar en la política y no retirarse a tiempo, por su deriva personalista. La oposición de derechas comenzó a verle como un peligroso ególatra que pretendía convertirse a la socialdemocracia; la izquierda lo veía como un posible ladrón de sus votos más moderados, percepción que se confirmó tras la pérdida electoral del PSOE en las elecciones de 1979. La prensa también comenzó a criticar inmisericordemente su gestión. Parecía que criticar a Suárez mejoraba las credenciales democráticas de cualquier periodista o grupo mediático. El Ejército le consideraba el mayor traidor, nadie olvidaba la legalización del Partido Comunista, una jugada que había prometido que jamás sucedería. Su propio partido estaba convencido de que era necesario apartarle del poder o la coalición se rompería, como finalmente ocurrió.


Las nuevas corrientes internacionales tampoco jugaban a su favor. Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos marcaban el giro hacia un conservadurismo férreo, con una oposición frontal frente a la Unión Soviética.


Pero el gesto de Suárez tiene también un compañero de viaje: la presencia del general Gutiérrez-Mellado, que ante la irrupción de unos militares en el Congreso pretende hacer valer su rango y sale de su escaño para ordenar que abandonen la sala. El anciano es zarandeado, insultado, zancadilleado; Suárez le coge del brazo tratando de calmarle y devolverle a una posición más segura. También el general permanecerá erguido en su escaño mientras el resto de diputados se tiran al suelo.


Y Cercas especula con el gesto de ambos, con lo que significa como trayectoria vital. Porque, en el caso del general, su evolución es aún mayor que la del falangista Suárez. El general se alzó contra la República en el 36, derrocó un gobierno democrático y, cuarenta y cinco años después, se yergue para defender un sistema democrático frente a un golpe militar. Pasa de un extremo a otro, tal vez sabiendo que sus reproches al teniente coronel Tejero significan realmente un reproche al joven Gutiérrez-Mellado, que ha completado el círculo y trata de lavar ese pasado inmolándose por una democracia que, de algún modo, hereda los valores de la República del 31 que él ayudó a derrocar.


Pero las cámaras también recogen la figura de otro parlamentario, el tercero y último que resistió sin tirarse al suelo, sin perder la dignidad, el secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Otra figura que, como el vicepresidente, tuvo un papel importante en el Madrid sitiado del 36, que ha liderado al Partido Comunista, que ha hecho la transición desde el comunismo internacionalista al eurocomunismo, que ha llevado a su partido a aceptar la propuesta de Suárez, a aceptar la monarquía, la bandera nacional franquista… todo para lograr una concordia que permitiera restablecer un régimen democrático. Un liderazgo que ha estado tan cuestionado en su partido como el de Suárez en la UCD, hasta hace pocas semanas, cuando presentó su dimisión y renuncia al puesto de presidente del Gobierno.


El partido no sólo reprocha a Carrillo su renuncia a señas de identidad propias de los últimos cuarenta años de lucha antifranquista; le reprocha, sobre todo, que ninguna de esas renuncias se haya traducido en un reflejo electoral evidente. Que tras ser el único partido en liderar la lucha contra el franquismo, con un PSOE desaparecido durante años, ha obtenido en todas las consultas electorales un resultado raquítico.


Así que él también permanece erguido en ese momento en el que no duda que va a ser pasado por las armas, porque simboliza todo lo que aquellos militares montaraces odian: el comunismo, la anti-España, Paracuellos, el internacionalismo, el demonio mismo.


Y son esos tres hombres, sentados con orgullo, insolencia, los que miran de frente a la muerte que creen próxima pero que no dejan de representar un papel al que se creen llamados. Y Cercas disecciona ese gesto con detalle, rico en paradojas y anécdotas, en momentos luminosos y otros más oscuros, tal vez menos confesables. Es precisamente esa anatomía de un instante, el desmenuzamiento de unos pocos segundos, lo que permite dar cuenta de sus biografías, pero también de las de un país entero.


Y en esa tarea de mirar los años y meses previos al golpe, va describiendo lo que denomina "la placenta del golpe", ese conjunto de circunstancias que resultaron imprescindibles para que éste se alimentara y creciera.


Y así llegamos a las tres figuras opuestas a las de Suárez, Gutiérrez-Mellado y Carrillo: Tejero, Milans del Bosch y Armada, cada uno pretendiendo un golpe distinto. El de Armada buscaba poner coto a una democracia que muchos consideraban desbocada y excesiva, amenazando con el desmembramiento nacional en unas autonomías que emulaban a los separatistas. Quería formar un gobierno de unidad nacional, incorporando a personalidades de diferentes partidos bajo una presidencia en manos de un militar de reconocido prestigio, es decir, él mismo, tomando como pasaporte su posición de antiguo secretario de la Casa Real y su ascendencia con el Rey. Su referencia era el paso al frente del general De Gaulle en Francia, con la creación de la V República. Pero, por contra, Milans del Bosch, otro monárquico convencido, otro franquista camisa vieja, participante en la División Azul como Armada, prefería un gobierno militar, algo parecido a la dictadura de Primo de Rivera.


Y llegamos al icono pop en que Cercas dice que se ha convertido Tejero, el rostro visible y televisado de un golpe que realmente buscaba una asonada como las de antaño, como el golpe de Pavía, de quien se decía que había entrado a caballo en el Congreso en el siglo XIX para poner fin a la I República. Que no tenía intención alguna de que el Rey fuera parte del nuevo orden al que aspiraban y que, en el fondo, había sufrido una involución a raíz de la violencia etarra que había vivido de cerca tras su paso por Guipúzcoa y que aspiraba a que el país se guiase bajo los mismos criterios que una casa cuartel, como las del cuerpo al que pertenecía, un lugar de comunión y ayuda mutua, un recinto sagrado y seguro, lleno de orden y disciplina.


Algo de intriga tenemos que dejar al lector. Cómo se coordinan estos tres golpes, cómo fracasan uno tras otro, cómo la trama se va desgajando de los planes originales, comenzando por la violenta irrupción de los guardias civiles en el Congreso y el tiroteo, que contravenía las instrucciones de Tejero de una entrada discreta y que dificultaba que los diputados o la propia opinión pública aceptasen un pacto para la formación de ese gobierno que aglutinase todas las ideologías para reconducir a la joven democracia.


Dejamos también de lado las reflexiones de Cercas sobre el juicio a los golpistas, la especie de epílogo sobre sus indultos, posteriores reincorporaciones al ejército, en muchos casos con desempeños y reconocimientos de méritos. Y nos volvemos a centrar en Suárez, ya que Cercas, que vivió en su juventud aquellos años, siempre tomó al personaje como eso: un personaje, una especie de chulo de provincias, de poco talento, que estuvo a punto de arrastrar al país a un cataclismo, pero que, al tiempo, era una figura a la que su madre y, especialmente, su padre admiraban. Así que se pregunta si su rechazo a Suárez no es sino una forma de reafirmarse frente a su padre, de marcar esa imprescindible frontera generacional.


Es ya en los últimos años del Cercas padre, cuando su hijo sabe que no va a ser mejor que su progenitor, que no sabe más que él de la vida y que nunca lo hará, que todo empeño por esa especie de competición carece de sentido, le pregunta por qué él era tan suarista, y su padre le contesta que porque, en el fondo, Suárez era como él, como todos los de su generación, sin grandes estudios, con mucha simpatía y algo de sinvergonzonería, audaz y valiente para abrirse camino en una España en la que formar parte de una de las grandes familias era necesario para llegar lejos; porque era de pueblo, porque de joven se le habían dado mejor los bailes en las verbenas que los estudios, porque supo ilusionar a un país con unas promesas de futuro que tal vez quedaron defraudadas pero que hicieron posibles muchos cambios, para empezar el cambio personal, desde la posición de falangista de Acción Católica a la de un demócrata convencido, aunque moderado, otro viaje que su padre hizo de la mano de Suárez, como lo hicieron otros tantos españoles.


Y se pregunta, finalmente, si este libro, Anatomía de un instante (editorial Mondadori), no será otra cosa que un ajuste de cuentas con el pasado, una forma de decirle a su padre que al fin lo comprendía, que aunque no todo lo que él defendió lo comparte, sí era capaz de reconocerlo, de ver sus méritos.


Y, para ir concluyendo, habrá que explicar las razones que deben llevar al lector a este texto con preferencia a otros tantos que hay sobre el periodo en cuestión. Y la razón es simple pero suficiente: su impecable factura literaria. El tono de todo el libro se aleja de la mera crónica periodística, del relato de hechos cronológico. No solo las tramas se entrecruzan al modo novelesco sino que el estilo del autor imprime un tono literario, una fuerza expresiva que actúa como hilo conductor por las diferentes partes del libro. Desde las repeticiones de conceptos como el del "pequeño Madrid del poder" o "la placenta del golpe", hasta expresiones como "lo que sabía Suárez, o lo que creía que sabía, o lo que se creía que sabía", y así sucesivamente. Es de este modo como la lectura se torna placer para quien no solo busca una versión afinada de los hechos.


No olvidemos, como destaca Cercas, que lo que conocemos sobre el 23-F es más un relato ya instalado en nuestro subconsciente que una realidad constatable. Todos creemos haber visto el golpe en directo por televisión, cuando la realidad es que las imágenes icónicas tantas veces vistas solo se retransmitieron a posteriori, nunca en directo. Podemos ficcionar sobre estos hechos sin renunciar a la verdad, o a gran parte de ella, en especial en cuanto a los hechos, menos en cuanto a las voluntades que quedaron en el fuero interno de aquellos protagonistas y sobre las que solo podemos especular torpemente, pero es así como ocurre siempre con la Historia, que muchas veces no es sino una forma especial de ficción y, por tanto, si de ficción hablamos y si ficción hemos de leer, al menos que sea de calidad, como en este caso.




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27 de abril de 2026

Los senderos del mar: un viaje a pie (María Belmonte)

 


Hay actividades que el tiempo se encarga de recolocar. Así, el peregrinar, las largas y agotadoras jornadas eran una fuente de sinsabores y dolores. Caminaba quien no podía permitirse cabalgar a lomos de mula vieja, quien se veía enfrentado a la necesidad de moverse, normalmente a su pesar.


Nadie en su sano juicio habría evitado un suave galopar a caballo o el traqueteo de un carro, de haber tenido la oportunidad. El andar era cosa de pobres y campesinos. Ni tan siquiera los caballeros andantes hacían honor a este adjetivo y todo lo fiaban a ser caballeros, esto es, a caminar erguidos sobre sus equinas monturas.


Y qué contradictorio es nuestro tiempo en el que todo lo que antaño resultaba laborioso y bajo, se convierte en objeto de veneración. Proliferan los cursos de alfarería o telar, los talleres que muestran los secretos del arte de la encuadernación o del cuajado del queso.


Y lo mismo ocurre con el aburrido y pesaroso caminar que, lejos de ser odioso por obligar a soportar las inclemencias del tiempo sin tener próximo cobijo o hacer nacer llagas y ampollas con facilidad pasmosa, se ha convertido en práctica terapéutica, cura para la ansiedad y la depresión, ejercicio de reconexión con nuestro interior o con la Naturaleza con mayúsculas, germen de la creatividad e inspiración, motor de eficiencias, palanca para pensar mejor, ejercitar nuestras sedentarias posaderas y admirarnos del paisaje, incluso sentir en primera persona los avatares del clima, y todo ello, por encima de todo, para poder contarlo, porque pocos se expondrían a tantos inconvenientes si no es para contarlo, fotografiarlo, exponerlo o compartirlo con una impudicia que desmiente todos esos supuestos beneficios.


Pero, tras esta diatriba contra el arte del paseo, ¿qué se me ha perdido en un libro publicado por Acantilado, a cargo de la escritora María Belmonte, y que lleva por título Los senderos del mar: Un viaje a pie? Digamos tan solo que al libro llegué como se llega a los sitios a pie, es decir, atisbándolo desde lejos y sabiendo que antes o después terminaría por tomarlo entre las manos y leerlo, pero demorando el momento, confiando en que el libro esperaría paciente.


Estamos ante un libro que no es otra cosa que lo que se anuncia desde su título, una ruta a pie desde Bayona, al sur de Las Landas, la larga línea de arena formada por una mezcla de erosión de los Pirineos y la acción del Océano, bajando por toda la costa vasca hasta Ciérvana, casi haciendo frontera con Cantabria. Una ruta a pie, llevada a cabo en diversas etapas, aprovechando los tiempos disponibles de la autora, sola o acompañada por amigos. Un recorrido que, a la par que experiencia vital, es una rememoración de su pasado sentimental puesto que María Belmonte nació en Bilbao, de cuya provincia es originaria su familia, teniendo lazos con la milenaria Guernica gracias a su abuela materna que vivió el terrible bombardeo, a la playa de Plencia y a los veranos pasados en un colegio de Bayona.


Como cualquier viaje pausado, la reflexión parece venir de serie, pero en este caso la autora no se deja llevar por una sensiblería fácil ni por la añoranza de un tiempo pasado que nunca existió. Antes bien, rememora sus propias vivencias reales o reflexiona sobre el paisaje, pero desde un punto de vista realista. Así, dedica un largo capítulo a la Geología, aprovechando su paso por la placa geológica entre Zumaya y Mutriku, acompañada por un experto geólogo que le explica cuanto es preciso para entender la génesis de estas impresionantes formaciones geológicas que solo recientemente han merecido la atención e interés del público.

 


Pero, si de piedras hablamos, también nos lleva a visitar el museo organizado en torno a la figura de Perurena, el famoso campeón vasco de levantamiento de piedras, un deporte popular en la zona. El propio levantador acompaña a las visitas para contarles las historias detrás de cada piedra, su vinculación íntima con esas moles que todos menos él, creemos naturaleza muerta.


También tiene otro amplio apartado sobre los árboles a cuenta de su visita al legendario roble de Guernica, símbolo de los fueros vascos. Pero que le permite elucubrar sobre la importancia de estas robustas plantas que, de tan complejas y delicadas que resultan, apenas podemos creer lo que Belmonte nos cuenta.


El detalle con el que mira cada planta e insecto está libre de afectación. No nos encontraremos la noticia de haber divisado la última rapaz de los cielos vascos o la remota florecilla apenas admirada desde hace siglos. Antes bien, la propia autora reconoce que muchas partes del camino resultan algo anodinas, incluso llega a saltarse algún tramo tomando un autobús. Porque caminar no siempre es placentero. Desde la lluvia con la que comienza su primer tramo de recorrido en la costa vasco francesa, hasta las penurias para encontrar habitación en un Lequeitio en fiestas.


En ocasiones, la ruta de la autora corre en paralelo al Camino de Santiago, su variante costera, y aquí se encuentra con una multitud de caminantes jacobeos, pero en cuanto su ruta se separa, la soledad reclama la posesión de los senderos. Tan solo encuentra ocasionales paseantes, normalmente lugareños, perros que la acompañan varios centenares de metros o un profesor de matemáticas jubilado anticipadamente por una afección cardíaca al que se le ha prescrito el paseo diario.


Como es habitual en estas latitudes, la lluvia no es un extraño compañero de viaje, pero su llegada no causa perjuicio en el andar, antes bien, es bienvenida puesto que gracias a ella se logra ese hermoso verdor que los vascos consideran casi una enseña nacional.  


Pero el libro no solo habla de esos senderos. Como el título señala, estamos ante una ruta costera y el mar también tiene su propio espacio de honor. Así, María Belmonte nos habla de los primeros surferos de Bayona y Mundaca, venidos de los Estados Unidos en busca de esa gran ola perfecta. Nos cuenta las leyendas de los balleneros de Ondárroa o Bermeo, su gesta inconmensurable y su valor heroico o las historias de los corsarios que surcaron estas aguas. Y, más dulcemente, nos hace de guía del Acuario de San Sebastián y de cómo esta ciudad se convirtió en retiro estival para la aristocracia de la época, en franca rivalidad con Santander.


El libro no renuncia al arrebato ecologista, en especial en lo relativo a la limpieza de los océanos, plagados de plásticos, vertidos y demás porquerías que pueden terminar con gran parte de la forma de vida que cobijan. Y esto no es incompatible con las grandes infraestructuras como el puerto de Bilbao, esa inmensa mole al final de la ría del Nervión o la triste despedida desde las lomas de Ciérvana y su petroquímica espeluznante.


El estilo de Belmonte es como su pasear, tratando de no desentonar, de pasar algo desapercibido dejando que cobre protagonismo el paisaje o las historias que cuenta, aunque tome su propia experiencia como pretexto. Rehúye en todo momento ese protagonismo tan afín a este tipo de literatura en la que muchos autores se esfuerzan por escribir sobre sí mismos no tanto sobre lo que visitan.  


Y tal cual comenzó, María Belmonte se despide de este peregrinar, sin aspavientos ni impostadas reflexiones, con gusto de continuar leyendo, con agradecimiento por lo leído, como ocurre siempre con todos los libros bellos.


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28 de febrero de 2026

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales)

 


El 3 de septiembre de 1939 Francia declaró la guerra a Alemania en cumplimiento de los tratados de la alianza con Polonia tras la invasión de la Wehrmacht, dos días antes. En ese momento comienza lo que los ingleses denominaron la “guerra de broma”, un periodo de varios meses en los que en el frente occidental apenas hubo combate ni conflicto, un lapso tan limitado que hizo creer a muchos que la guerra se desharía progresivamente. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 los alemanes lanzaron una ofensiva que desbarató totalmente los planes defensivos aliados, forzando la firma de un armisticio en apenas seis semanas, el 22 de junio.

La idea general es que Francia se vio asaltada por un ejército más moderno, mejor preparado, más motivado y que sus anticuadas estrategias y equipamientos le hicieron caer de manera sorprendente e inesperada.

Manuel Chaves Nogales vivió en París aquellos meses. Había salido de España en 1937, abandonando la dirección del diario Ahora, temiendo por su propia vida al no sentirse ya debidamente protegido por las autoridades republicanas en un contexto político cada vez más violento. Él que había sido un firme partidario de la República había visto con desconfianza la radicalización progresiva de los bandos, dejando huérfana de paladines la idea de una república burguesa, liberal y democrática. En su tiempo de periodista en la época convulsa que le tocó vivir, pudo trabar conocimiento de primera mano de los efectos del comunismo gracias a diversos viajes por la URSS de los que dejó cuenta en varios libros, así como del auge del totalitarismo fascista, incluyendo una entrevista muy reveladora con Goebbels. Atenazado por ambos extremos, convencido de que ni fascistas ni comunistas querían un verdadero ciudadano libre y cultivado que pudiera rechazar sus simplistas recetas, comprendió tras la huida del gobierno de la República a Valencia en 1937 que su aportación debía ser otra y que ya no tenía cabida en el marco político español.

Su primer destino fue París, donde colaboró en diversos medios franceses e iberoamericanos, dando publicidad a las noticias que se recibían de la guerra española, tratando siempre de no dejarse engañar por la propaganda de los bandos en conflicto. Pero también en París pudo asistir a un proceso de radicalización que le recordó vagamente el vivido en España. Y su traumática experiencia le marcó de manera definitiva a la hora de juzgar los hechos, de valorar los papeles de unos y otros y de llegar a la conclusión de que la caída de Francia era inevitable y no se debía tanto a razones militares sino a la propia pérdida del sentido republicano, al desgaste de las instituciones, a las malas decisiones en materia de política interna, económica e internacional.

Porque precisamente esta es la tesis de Chaves Nogales. Francia no cae bajo el empuje del ejército alemán; de hecho, este apenas es mencionado. No se habla de la ofensiva ni del avance de las columnas acorazadas; los alemanes son, como en el poema de Kavafis, unos bárbaros que solo le sirven para poner de manifiesto las contradicciones interiores de Francia. Para Chaves Nogales, Francia cae víctima de una guerra civil, de un conflicto larvado desde hace tiempo y que venía minando las bases de la República.

Y así, al modo de Zola, nuestro periodista lanza sus acusaciones contra todos aquellos a quienes considera que han abandonado a la República. En primer lugar, todos aquellos que, en ambos extremos, reniegan de los principios de la democracia liberal, comunistas y fascistas o ultrarreaccionarios. Para todos ellos, la República es un cadáver cuya defunción solo ha de ser certificada mediante una reacción, armada o no. Los disturbios del 34 convencen a los reaccionarios de que la caída es posible mediante la manipulación de las masas. El Frente Popular del 36, al dictado de la III Internacional, prueba para los comunistas que se puede asaltar el poder desde las urnas, en eso también tienen el ejemplo de Hitler, y hacerse con el control tal y como lo hizo pocos años atrás el bolchevismo soviético.

Pero también y por encima de todo, la acusación de Nogales se dirige a la clase media, temerosa de ambos extremos pero convencida de que la fortaleza del espíritu republicano no bastará para protegerlos. Y en una dejación de funciones y de responsabilidades abandonan la fe en la democracia, en el poder transformador de esta. No han aprendido las lecciones que el propio Nogales encarna en su reciente trayectoria: el proceso de deterioro de una democracia que parece carecer de auténticos demócratas, dentro de un aparato estatal del que todos parecen querer sacar partido.

Nogales clama contra el egoísmo, el sálvese quien pueda. Nos narra cómo, una vez declarado el conflicto, todos quienes tenían posibles huyeron de París, creyendo que los nazis bombardearían la capital en pocos días, arrasándola por completo, dejando así a la ciudad del Sena desierta a su suerte, habitada por los menesterosos que no podían huir, los empleados que no podían abandonar sus puestos de trabajo. Se crea así un sentimiento de desprecio hacia unas clases dirigentes que parecen buscar tan solo su propia salvación, similar a lo que pudo ocurrir con la desbandada republicana de Madrid a Valencia cuando se creyó erróneamente que la capital española no tardaría en ser ocupada.

Pero también estos emigrantes sobrevenidos, estos pudientes que huyen de París y ocupan el espacio rural o de medianas ciudades alejadas del frente, tensan las relaciones con las poblaciones a las que llegan provocando subidas de precios, desabastecimiento, irritando con su soberbia capitalina y generando, en suma, una desmoralización en quienes veían cómo sus élites solo buscaban su propio resguardo.



Nos narra episodios sorprendentes y poco conocidos, como el de que los alquileres del mes de septiembre, al declararse la guerra, dejaron de pagarse creyendo todos que el conflicto traería la destrucción de las viviendas, sin que el gobierno atajase con prontitud esta subversión del orden habitual de la vida económica.

Otro tanto ocurrió con la acumulación de provisiones, ese mal tan endémico que llega a nuestros días con las tristes imágenes de los supermercados sin existencias de papel higiénico al comienzo de la reciente pandemia. Y allí en Francia otro tanto: quienes podían acumulaban provisiones que, en poco tiempo, se perdían ante un desabastecimiento que, como cualquier profecía autocumplida, desgastaba la confianza de la sociedad en su gobierno.

Tampoco el ejército recibe mejor opinión. Nogales considera que Francia va a la batalla convencida de su derrota, esperando poder resistir lo justo para firmar un acuerdo de paz razonable que vuelva todo a la normalidad. La actitud derrotista se traslada a los soldados. Nogales destaca cómo apenas existen fotografías de soldados franceses sonrientes en estos primeros días de campaña, en contraste con la alegría y juventud que derrochan los ingleses del cuerpo expedicionario británico.

Y estos forman parte también del cuadro dibujado en La agonía de Francia (Libros del Asteroide). Los británicos llegan a territorio francés para ocupar sus posiciones en la frontera con Bélgica, al norte, y su alegría y desparpajo suscita un resentimiento profundo en los locales. No es que haya problemas de carestía o que se crea que los alemanes atacarán más ferozmente y bombardearán de manera más intensiva la línea del frente protegida por los británicos, arrasando así con las casas, cultivos y vidas de los habitantes de la zona. Es que se mezcla la desconfianza con los celos que inspiran estos hombres en sus ocasionales escarceos con mozas francesas, hecho ampliamente utilizado por la propaganda alemana, algunos de cuyos desternillantes ejemplos nos describe Nogales con gracia y detalle. Es que además los franceses creen que esta guerra ha sido impuesta por Reino Unido, que son ellos los que han empujado a Francia al conflicto y que la verdadera posición correcta para la República habría sido la de forzar un eje con Mussolini para moderar el belicismo alemán, compensando así los extremismos. Pero el progresivo endurecimiento de la postura británica ha llevado a Italia a arrojarse en brazos alemanes, no dejando a Francia otra opción que la de alinearse con el gobierno británico.

A los reaccionarios la lucha por la República les resulta indiferente; creen que una transacción con Alemania permitirá la creación de un nuevo modelo de Estado francés, más próximo a sus ideas, con algo de la firmeza anticomunista alemana, de su orden y disciplina, pero al modo más latino. Es decir, ninguno de los partidarios de esta posición siente un verdadero impulso ardoroso por la defensa de la República.

En el otro extremo, los comunistas creen que el conflicto con Alemania se resolverá con la entrada de la URSS en la guerra desatando al fin todas las contradicciones burguesas. El pacto Ribbentrop-Mólotov les deja algo desconcertados por un tiempo, como a todo el mundo, pero esto solo sirve para que su implicación en un conflicto que sienten como totalmente ajeno sea aún menor.

Es notable que Chaves Nogales, en el mismo momento en el que se están desarrollando los acontecimientos, sea capaz de desarrollar un análisis tan certero. En aquellos años gozaba de mayor predicamento la idea de que Francia cayó colapsada por una superioridad armada y tecnológica alemana. Sin duda, esta tesis es más comprensiva con el orgullo francés, pero no sirve para engañar a nuestro reportero.

La agonía de Francia (Libros del Asteroide) está compuesta por capítulos muy breves en los que Chaves Nogales va dando cuenta de pequeñas facetas de este conflicto interno, de esta guerra civil nunca declarada a la que hace mención. Y de una manera ágil y amena, siempre certera y obligándonos a reconsiderar muchas de las lecciones tópicas aprendidas en los libros sobre la época, lo que siempre resulta reconfortante para un lector crítico.

Sin embargo, el volumen no está exento de contradicciones. Chaves Nogales se pregunta en algún momento si, al inicio justo de la guerra, no podría haberse lanzado un ataque devastador sobre Alemania, aprovechando lo que describe con bastante detalle. A saber, una momentánea superación de la fractura social, un entusiasmo belicista que unió a las clases sociales y a los extremos políticos, contradiciendo así su propia tesis de que, desde un primer momento, cada ciudadano francés optó por la mejor defensa de sus propios intereses en detrimento de los del régimen republicano o, como mucho, en la defensa de los intereses de su particular ideología.

También se ha de poner de manifiesto que Chaves Nogales recrimina, por encima de todo, a los ciudadanos en su dejación de funciones, llegando a sostener que el nivel de traición a la República va creciendo según se baja por la escalera social. Que el presidente de la República es el mejor protector de esta, que los responsables políticos son peores que aquel pero mejores que los servidores públicos y así sucesivamente. Pero esto no deja de resultar contradictorio con otros capítulos en los que se ponen de manifiesto los innumerables errores en la gestión política, económica o bélica de los primeros meses, tal y como ya se ha señalado más arriba.

Y es que, pese a la clarividencia de su juicio, Chaves Nogales era hijo de su tiempo y fundamentalmente de sus circunstancias vitales, y no podía dejar de establecer paralelismos entre lo ocurrido en España y lo que veía a su alrededor. Su creencia en esa democracia liberal, sostenida por unas élites responsables, cultivadas y que defendían el progreso para todos, había dejado de ser el paradigma aceptable, estrechada por los extremismos de variado signo y el progresivo desentendimiento de los ciudadanos menos ideologizados. La democracia liberal perdía fuelle y solo un conflicto terrible la haría renacer, cambiando parte de sus ideales, renovando un pacto social que curase viejas heridas. Desgraciadamente, Chaves Nogales no pudo ver ese renacer al fallecer en Londres en 1944 como consecuencia de una peritonitis fatal.

Su muerte nos impide conocer qué habría opinado de temas como la caída del nazismo, la consolidación del Estado del Bienestar, la Guerra Fría o el pacto tácito entre los aliados y el franquismo en los años cincuenta. Pero esta desgracia no nos puede llevar a pasar por alto los libros publicados por este autor que vienen recibiendo un reconocimiento general desde la recuperación de su obra hace ya un par de décadas. Conformémonos con ello, ya que nada más tenemos, y comprendamos que, en medio del fragor del conflicto, siempre hay mentes preclaras capaces de distinguir lo correcto, de mantener sus posiciones de manera firme y coherente, y de que todos ellos debieran ser ejemplo de cada día para quienes los leemos. Así que guardemos un pequeño resto de esperanza para confiar en que también hoy en día, en nuestros periódicos, podcast, vídeos y demás medios que la tecnología pone a nuestra disposición, podamos tener a los Chaves Nogales de nuestros días.