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28 de febrero de 2026

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales)

 


El 3 de septiembre de 1939 Francia declaró la guerra a Alemania en cumplimiento de los tratados de la alianza con Polonia tras la invasión de la Wehrmacht, dos días antes. En ese momento comienza lo que los ingleses denominaron la “guerra de broma”, un periodo de varios meses en los que en el frente occidental apenas hubo combate ni conflicto, un lapso tan limitado que hizo creer a muchos que la guerra se desharía progresivamente. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 los alemanes lanzaron una ofensiva que desbarató totalmente los planes defensivos aliados, forzando la firma de un armisticio en apenas seis semanas, el 22 de junio.

La idea general es que Francia se vio asaltada por un ejército más moderno, mejor preparado, más motivado y que sus anticuadas estrategias y equipamientos le hicieron caer de manera sorprendente e inesperada.

Manuel Chaves Nogales vivió en París aquellos meses. Había salido de España en 1937, abandonando la dirección del diario Ahora, temiendo por su propia vida al no sentirse ya debidamente protegido por las autoridades republicanas en un contexto político cada vez más violento. Él que había sido un firme partidario de la República había visto con desconfianza la radicalización progresiva de los bandos, dejando huérfana de paladines la idea de una república burguesa, liberal y democrática. En su tiempo de periodista en la época convulsa que le tocó vivir, pudo trabar conocimiento de primera mano de los efectos del comunismo gracias a diversos viajes por la URSS de los que dejó cuenta en varios libros, así como del auge del totalitarismo fascista, incluyendo una entrevista muy reveladora con Goebbels. Atenazado por ambos extremos, convencido de que ni fascistas ni comunistas querían un verdadero ciudadano libre y cultivado que pudiera rechazar sus simplistas recetas, comprendió tras la huida del gobierno de la República a Valencia en 1937 que su aportación debía ser otra y que ya no tenía cabida en el marco político español.

Su primer destino fue París, donde colaboró en diversos medios franceses e iberoamericanos, dando publicidad a las noticias que se recibían de la guerra española, tratando siempre de no dejarse engañar por la propaganda de los bandos en conflicto. Pero también en París pudo asistir a un proceso de radicalización que le recordó vagamente el vivido en España. Y su traumática experiencia le marcó de manera definitiva a la hora de juzgar los hechos, de valorar los papeles de unos y otros y de llegar a la conclusión de que la caída de Francia era inevitable y no se debía tanto a razones militares sino a la propia pérdida del sentido republicano, al desgaste de las instituciones, a las malas decisiones en materia de política interna, económica e internacional.

Porque precisamente esta es la tesis de Chaves Nogales. Francia no cae bajo el empuje del ejército alemán; de hecho, este apenas es mencionado. No se habla de la ofensiva ni del avance de las columnas acorazadas; los alemanes son, como en el poema de Kavafis, unos bárbaros que solo le sirven para poner de manifiesto las contradicciones interiores de Francia. Para Chaves Nogales, Francia cae víctima de una guerra civil, de un conflicto larvado desde hace tiempo y que venía minando las bases de la República.

Y así, al modo de Zola, nuestro periodista lanza sus acusaciones contra todos aquellos a quienes considera que han abandonado a la República. En primer lugar, todos aquellos que, en ambos extremos, reniegan de los principios de la democracia liberal, comunistas y fascistas o ultrarreaccionarios. Para todos ellos, la República es un cadáver cuya defunción solo ha de ser certificada mediante una reacción, armada o no. Los disturbios del 34 convencen a los reaccionarios de que la caída es posible mediante la manipulación de las masas. El Frente Popular del 36, al dictado de la III Internacional, prueba para los comunistas que se puede asaltar el poder desde las urnas, en eso también tienen el ejemplo de Hitler, y hacerse con el control tal y como lo hizo pocos años atrás el bolchevismo soviético.

Pero también y por encima de todo, la acusación de Nogales se dirige a la clase media, temerosa de ambos extremos pero convencida de que la fortaleza del espíritu republicano no bastará para protegerlos. Y en una dejación de funciones y de responsabilidades abandonan la fe en la democracia, en el poder transformador de esta. No han aprendido las lecciones que el propio Nogales encarna en su reciente trayectoria: el proceso de deterioro de una democracia que parece carecer de auténticos demócratas, dentro de un aparato estatal del que todos parecen querer sacar partido.

Nogales clama contra el egoísmo, el sálvese quien pueda. Nos narra cómo, una vez declarado el conflicto, todos quienes tenían posibles huyeron de París, creyendo que los nazis bombardearían la capital en pocos días, arrasándola por completo, dejando así a la ciudad del Sena desierta a su suerte, habitada por los menesterosos que no podían huir, los empleados que no podían abandonar sus puestos de trabajo. Se crea así un sentimiento de desprecio hacia unas clases dirigentes que parecen buscar tan solo su propia salvación, similar a lo que pudo ocurrir con la desbandada republicana de Madrid a Valencia cuando se creyó erróneamente que la capital española no tardaría en ser ocupada.

Pero también estos emigrantes sobrevenidos, estos pudientes que huyen de París y ocupan el espacio rural o de medianas ciudades alejadas del frente, tensan las relaciones con las poblaciones a las que llegan provocando subidas de precios, desabastecimiento, irritando con su soberbia capitalina y generando, en suma, una desmoralización en quienes veían cómo sus élites solo buscaban su propio resguardo.



Nos narra episodios sorprendentes y poco conocidos, como el de que los alquileres del mes de septiembre, al declararse la guerra, dejaron de pagarse creyendo todos que el conflicto traería la destrucción de las viviendas, sin que el gobierno atajase con prontitud esta subversión del orden habitual de la vida económica.

Otro tanto ocurrió con la acumulación de provisiones, ese mal tan endémico que llega a nuestros días con las tristes imágenes de los supermercados sin existencias de papel higiénico al comienzo de la reciente pandemia. Y allí en Francia otro tanto: quienes podían acumulaban provisiones que, en poco tiempo, se perdían ante un desabastecimiento que, como cualquier profecía autocumplida, desgastaba la confianza de la sociedad en su gobierno.

Tampoco el ejército recibe mejor opinión. Nogales considera que Francia va a la batalla convencida de su derrota, esperando poder resistir lo justo para firmar un acuerdo de paz razonable que vuelva todo a la normalidad. La actitud derrotista se traslada a los soldados. Nogales destaca cómo apenas existen fotografías de soldados franceses sonrientes en estos primeros días de campaña, en contraste con la alegría y juventud que derrochan los ingleses del cuerpo expedicionario británico.

Y estos forman parte también del cuadro dibujado en La agonía de Francia (Libros del Asteroide). Los británicos llegan a territorio francés para ocupar sus posiciones en la frontera con Bélgica, al norte, y su alegría y desparpajo suscita un resentimiento profundo en los locales. No es que haya problemas de carestía o que se crea que los alemanes atacarán más ferozmente y bombardearán de manera más intensiva la línea del frente protegida por los británicos, arrasando así con las casas, cultivos y vidas de los habitantes de la zona. Es que se mezcla la desconfianza con los celos que inspiran estos hombres en sus ocasionales escarceos con mozas francesas, hecho ampliamente utilizado por la propaganda alemana, algunos de cuyos desternillantes ejemplos nos describe Nogales con gracia y detalle. Es que además los franceses creen que esta guerra ha sido impuesta por Reino Unido, que son ellos los que han empujado a Francia al conflicto y que la verdadera posición correcta para la República habría sido la de forzar un eje con Mussolini para moderar el belicismo alemán, compensando así los extremismos. Pero el progresivo endurecimiento de la postura británica ha llevado a Italia a arrojarse en brazos alemanes, no dejando a Francia otra opción que la de alinearse con el gobierno británico.

A los reaccionarios la lucha por la República les resulta indiferente; creen que una transacción con Alemania permitirá la creación de un nuevo modelo de Estado francés, más próximo a sus ideas, con algo de la firmeza anticomunista alemana, de su orden y disciplina, pero al modo más latino. Es decir, ninguno de los partidarios de esta posición siente un verdadero impulso ardoroso por la defensa de la República.

En el otro extremo, los comunistas creen que el conflicto con Alemania se resolverá con la entrada de la URSS en la guerra desatando al fin todas las contradicciones burguesas. El pacto Ribbentrop-Mólotov les deja algo desconcertados por un tiempo, como a todo el mundo, pero esto solo sirve para que su implicación en un conflicto que sienten como totalmente ajeno sea aún menor.

Es notable que Chaves Nogales, en el mismo momento en el que se están desarrollando los acontecimientos, sea capaz de desarrollar un análisis tan certero. En aquellos años gozaba de mayor predicamento la idea de que Francia cayó colapsada por una superioridad armada y tecnológica alemana. Sin duda, esta tesis es más comprensiva con el orgullo francés, pero no sirve para engañar a nuestro reportero.

La agonía de Francia (Libros del Asteroide) está compuesta por capítulos muy breves en los que Chaves Nogales va dando cuenta de pequeñas facetas de este conflicto interno, de esta guerra civil nunca declarada a la que hace mención. Y de una manera ágil y amena, siempre certera y obligándonos a reconsiderar muchas de las lecciones tópicas aprendidas en los libros sobre la época, lo que siempre resulta reconfortante para un lector crítico.

Sin embargo, el volumen no está exento de contradicciones. Chaves Nogales se pregunta en algún momento si, al inicio justo de la guerra, no podría haberse lanzado un ataque devastador sobre Alemania, aprovechando lo que describe con bastante detalle. A saber, una momentánea superación de la fractura social, un entusiasmo belicista que unió a las clases sociales y a los extremos políticos, contradiciendo así su propia tesis de que, desde un primer momento, cada ciudadano francés optó por la mejor defensa de sus propios intereses en detrimento de los del régimen republicano o, como mucho, en la defensa de los intereses de su particular ideología.

También se ha de poner de manifiesto que Chaves Nogales recrimina, por encima de todo, a los ciudadanos en su dejación de funciones, llegando a sostener que el nivel de traición a la República va creciendo según se baja por la escalera social. Que el presidente de la República es el mejor protector de esta, que los responsables políticos son peores que aquel pero mejores que los servidores públicos y así sucesivamente. Pero esto no deja de resultar contradictorio con otros capítulos en los que se ponen de manifiesto los innumerables errores en la gestión política, económica o bélica de los primeros meses, tal y como ya se ha señalado más arriba.

Y es que, pese a la clarividencia de su juicio, Chaves Nogales era hijo de su tiempo y fundamentalmente de sus circunstancias vitales, y no podía dejar de establecer paralelismos entre lo ocurrido en España y lo que veía a su alrededor. Su creencia en esa democracia liberal, sostenida por unas élites responsables, cultivadas y que defendían el progreso para todos, había dejado de ser el paradigma aceptable, estrechada por los extremismos de variado signo y el progresivo desentendimiento de los ciudadanos menos ideologizados. La democracia liberal perdía fuelle y solo un conflicto terrible la haría renacer, cambiando parte de sus ideales, renovando un pacto social que curase viejas heridas. Desgraciadamente, Chaves Nogales no pudo ver ese renacer al fallecer en Londres en 1944 como consecuencia de una peritonitis fatal.

Su muerte nos impide conocer qué habría opinado de temas como la caída del nazismo, la consolidación del Estado del Bienestar, la Guerra Fría o el pacto tácito entre los aliados y el franquismo en los años cincuenta. Pero esta desgracia no nos puede llevar a pasar por alto los libros publicados por este autor que vienen recibiendo un reconocimiento general desde la recuperación de su obra hace ya un par de décadas. Conformémonos con ello, ya que nada más tenemos, y comprendamos que, en medio del fragor del conflicto, siempre hay mentes preclaras capaces de distinguir lo correcto, de mantener sus posiciones de manera firme y coherente, y de que todos ellos debieran ser ejemplo de cada día para quienes los leemos. Así que guardemos un pequeño resto de esperanza para confiar en que también hoy en día, en nuestros periódicos, podcast, vídeos y demás medios que la tecnología pone a nuestra disposición, podamos tener a los Chaves Nogales de nuestros días.



20 de febrero de 2026

El hombre en busca de sentido / Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Víctor Frankl)

   

I


Víctor Frankl era un reconocido psicólogo en la Viena de entreguerras que se estaba labrando una pequeña reputación gracias a sus estudios e investigaciones en lo que, más adelante, se conocería como la tercera escuela psicológica de Viena. En ese contexto llegó el Anschluss y la política antisemita le arrojó al ostracismo. Aunque obtuvo un visado para emigrar a los Estados Unidos, finalmente no huyó, prefiriendo quedarse en Austria para cuidar de sus padres, en especial de su madre, con una salud cardiaca delicada. 


Poco después da comienzo la guerra y todo se va torciendo. Pese a ello, en 1941 se casa con Tilly y, poco después, termina siendo recluido en el campo checo de Terezin. Allí pierde la pista del resto de su familia y pierde también, en su traslado a un campo satélite de Auschwitz el manuscrito de la obra que había estado escribiendo durante los años previos, con los fundamentos de su pensamiento, la obra de su vida. 


Al final de la guerra es liberado del campo y trata de retornar a su pasado. Para ello, sin duda, establecer el relato de los años de sufrimiento ilimitado y tratar de dar sentido al mismo, empeño al que se había aferrado durante la cautividad, le llevó a la publicación de diversas obras en las que ratifica sus teorías reforzandose con lo vivido en los campos.  


El hombre en busca de sentido (Herder) es el resultado de este trabajo, un libro que ha sido alabado por infinidad de lectores, tratado como obra de autoayuda, como guía espiritual, en un sentido no tanto religioso sino ético, y que se alza como referencia de la psicología que plantó cara al psicoanálisis


El libro se articula en dos grandes partes. Una primera en la que se describe la dura vida en los campos y otra en la que se teoriza sobre la logoterapia, la teoría de Frankl


Si para Freud la causa de los desórdenes mentales puede hallarse en determinados traumas y contradicciones entre el ego, el to y el superyó, para Frankl la causa del desasosiego se encuentra en la dificultad para determinar el sentido de nuestras vidas


La vida es sufrimiento, pero éste puede alcanzar sentido en la medida en que seamos capaces de darle un sentido. Frankl es, por tanto, un existencialista optimista, una rareza intelectual que sabe combinar ambos mundos de una manera original y trascendente. De ahí que el relato de la vida en el campo no se centre en la muerte sino en la vida, en los supervivientes. 


Él es sabedor de que, desde el momento en el que se entraba en un campo, cada esfuerzo que se hacía por sobrevivir, por mejorar el aspecto físico y evitar las selecciones para el exterminio implicaban la muerte de otro compañero. Había de elegir entre uno mismo o el otro. De ahí su terrible frase de que los mejores de entre todos jamás regresaron. Porque aferrarse a la vida era un esfuerzo sobrehumano en un entorno en el que la muerte era tan aleatoria y presente que prácticamente eliminó cualquier modo de suicidio, éste carecía de sentido. 


Al tiempo, la muerte se acercaba más rápido en el momento en el que el prisionero perdía la esperanza. Una persona que creyera que la liberación llegaría, por ejemplo, el 30 de marzo de 1945 y que viera cómo se acercaba la fecha sin cambios, iría perdiendo la fe y la esperanza de modo que pocos días después, finalmente, fallecía. Lo mismo ocurría con todos aquellos prisioneros que cambiaban sus vales de cigarrillos por una pequeña ración de comida. El día en que un prisionero tomaba directamente los cigarrillos era señal de que había arrojado la toalla y moría poco después. 


Pero estar rodeado por la muerte llega a anestesiar los sentidos y tan solo se siente aprecio por uno mismo y un reducido grupo de amigos íntimos, si es que la intimidad es un concepto aplicable. Cuando alguien muere, aún caliente su cuerpo, sobre él se arrojan sus antiguos compañeros para quitarle el abrigo, los zapatos o incluso los restos de comida mordida de los bolsillos, pero este caparazón es el único modo de protección y defensa, el distanciamiento imprescindible para no desmoronarse de manera definitiva. 


La violencia física no llega a ser la peor, los insultos, el desprecio, más aún el de otros judíos, los kapos del campo, quienes muestran habitualmente mayor animosidad que los oficiales de las SS y con quienes, en todo caso, se ha de mantener buena relación puesto que los favores o leves miradas hacia otro lado podían significar un día más de vida. 


Tanto los sueños como la vida interior eran un refugio al abrigo de cualquier intromisión. Un reducto de intimidad en el que Frankl logró hallar su sentido. Así, el deseo de mantenerse vivo para conocer el paradero de sus padres y su esposa, el esfuerzo por reescribir su libro perdido, las conferencias que ensayaba mientras trabajaba bajo la nieve creyendo que realmente algún día podría ofrecerlas a un público elegante y bien alimentado. 


De ahí la importancia que todas las manifestaciones artísticas tenían para los prisioneros y lo malentendidas que han sido éstas, pareciendo que realmente la vida en el campo era un refugio en el que se podían interpretar obras de teatro, componer sonatas o escribir poemas que se escondían bajo tierra para dejar testimonio al futuro incierto. 


Pero llegado ese día, el fin del infierno asalta la pregunta. ¿Qué sentido tiene toda esa muerte? Si las muertes no tienen sentido, no merece la pena ser vivida la vida y el sentido último de este sacrificio no es sino la propia voluntad del individuo por mantener su sentido. 


Cada uno, en cualquier momento y situación es capaz de decidir si mantiene su dignidad, si quiere dotar o no de sentido a su vida. Y en esto enlaza con dos extremos sorprendentes para su tiempo y su condición de judío. Por un lado, conecta con el individualismo, lo que explica en gran medida su gran impacto en los Estados unidos y en la sociedad capitalista de la posguerra. Pero también conecta con el pensamiento tradicional del catolicismo que defiende el sentido del sufrimiento y el dolor, de ofrecer éste a Dios como último sacrificio. Pero, también podemos encontrar una evidente conexión con el pensamiento ilustrado, más en concreto, con Kant y su imperativo categórico porque los factores externos no son los únicos determinantes, tampoco los genéticos ha de entenderse.


La libertad individual e interior es el último reducto al que nadie puede acceder, lo que nadie nos puede robar ni se puede llegar a socavar si así lo deseamos. 


Cuando un hombre está condenado a sufrir ha de asumir esa cruz con dignidad pues ese es su destino, su libertad espiritual debe llevarle a sobrellevar ese sufrimiento con dignidad, como tarea.



Tras la liberación, existe riesgo de caer en la depresión, en especial al ver la magnitud de la destrucción, la pérdida de familiares, o de dejarse llevar por el odio y la ira, por lo que es imprescindible rehacer y reorientar los objetivos vitales, establecer una férrea decisión en cuanto al sentido de la vida de un liberado y por ello, la logoterapia mira al futuro, no al pasado.


El sentido de la vida es individual y subjetivo, para uno puede ser su obra, para otro el compartir momentos con sus seres queridos, no hay sentidos superiores a otros porque todos son subjetivos y el que importa es el que sirva para cada uno de nosotros. La ley que enmarca esa búsqueda del sentido es la que viene a definirse por la idea de que ha de vivirse como si ya se hubiera vivido previamente y como si las decisiones tomadas en el pasado hubieran sido las peores posibles.

 

 

 II




Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Herder) es el perfecto complemento a El hombre en busca de sentido. Tras la liberación, Frankl trata de averiguar qué ha sido de sus familiares y amigos y de regresar a Viena. Nada es sencillo en los tiempos del fin de la guerra. Las comunicaciones no son fluidas, nadie vive donde vivía, nadie conoce el paradero de sus allegados y la realidad solo se va abriendo paso a retazos inconexos, con noticias falsas que tardan en desmentirse o con terribles informaciones que terminan por confirmar que su madre falleció al poco de ingresar en el campo de Terezin y que su esposa, con la que apenas llevaba casado unos meses, falleció en Auschwitz. Tampoco retornar a Viena parece fácil. El ambiente antisemita resulta igualmente opresivo y no cree poder obtener una plaza en la Universidad. 


Sus ingresos son escasos, apenas sostenido por los paquetes de ayuda humanitaria y los trabajos en una clínica privada. La depresión le acecha poniendo a prueba sus propias teorías. El deseo de emigrar a Estados Unidos vuelve, pero el desánimo y la pérdida de confianza le hunden. 


Sin embargo, encuentra el sentido que dar a su vida a través de su obra, la publicación de diversos libros y la buena acogida que van encontrando le hacen resurgir. Inicia una nueva relación con una enfermera de la clínica en la que e trabaja malogra acceder a la Universidad y es llamado a numerosos programas de radio, a impartir conferencias, escribir artículos. 


Y asistimos a todo ello a través de las cartas en las que se nos desvela una enriquecedora faceta humana. Desde la carta que envía a un párroco católico para que oficie unas misas en recuerdo de una joven que perdió la vida en el campo y que fue enterrada en el camposanto de la iglesia de la que es ahora titular, a las misivas a su familia emigrada para que aguarden su llegada mientras les narra sus breves vacaciones montañeras con su prometida o su progresivo éxito como conferenciante. 


También los discursos y charlas aquí recogidos ofrecen una síntesis sustancial de su pensamiento, en ocasiones repitiendo literalmente párrafos de su más famosa obra, prueba de que tal vez fueron escritos al tiempo, o reflexionando sobre el modo en que el catolicismo abraza su obra. 


Uno de los temas más interesantes que aborda en alguna de estas charlas o cartas es precisamente el de si los austríacos son culpables del Holocausto o tan solo responsables. Para Frankl la diferencia es notable. Culpable es quien ha sido parte de una labor directa de eliminación de los judíos o de otro tipo de enemigos de la patria. Responsable es quien no dijo nada, quien no se opuso aunque no tomara parte, quien de modo indirecto pudo beneficiarse de ello. Y, en este sentido, considera que los alemanes, los austríacos son responsables y en virtud de ello, deben asumir ciertas consecuencias igual que los judíos o los gitanos sufrieron años antes. Por ello han de abandonar las casas de antiguos judíos que les fueron entregadas, granjas o propiedades.



Con este volumen se logra cerrar un círculo perfecto tanto en torno a la figura humana del autor como a su obra teórica. No uy puesto en estos temas psicológicos, desconozco si sus teorías ya han sido ampliamente superadas o no, si son erróneas o si la moderna ciencia las ha corroborado. Nada de eso me importa realmente puesto que las enseñanzas y reflexiones que me ha suscitado su lectura son más que suficientes para que haya merecido la pena.

 

26 de agosto de 2025

Los cañones de agosto (Barbara W. Tuchman)

 


 

 ¿Cómo puede un libro de historia convertirse en un auténtico “best seller” y seguir siendo apasionante más de sesenta años después de su publicación?
Eso es lo que logró Barbara W. Tuchman con Los cañones de agosto, una obra que explica con maestría el primer mes de la Primera Guerra Mundial, pero que también refleja la angustia de su propio tiempo: la Guerra Fría y la amenaza atómica. Una narración vibrante, casi novelesca, que nos recuerda que la Historia no solo se cuenta con documentos, sino también con talento narrativo.

 

Por increíble que parezca, aún estamos escribiendo la historia de hace más de cien años, en concreto, las causas que llevaron a que medio planeta comenzara un conflicto, la Primera Guerra Mundial, que no termina realmente hasta 1945, solo para dar inicio a otro conflicto, la Guerra Fría.


No solo se exhuman nuevos documentos o se hace relectura de las fuentes ya conocidas, también se atiende a facetas previamente no consideradas, como los factores económicos, sociales, la pequeña intrahistoria, un sinfín de aspectos que matizan y sitúan la interpretación sin que apenas sea percibido este esfuerzo por parte del gran público.


Porque para la mayoría de mortales existen una serie de verdades inamovibles e impermeables al debate académico, a saber: el asesinato del archiduque de Austria desencadenó una serie de declaraciones de guerra motivadas por un complejo entramado de alianzas forjado, en gran medida, por el intento de contener el militarissmo expansionista alemán del II Reich y el ansia de venganza de Francia, aún ciertamente algo acomplejada por la severa derrota de Sedán y la humillación por la pérdida de Alsacia y Lorena.


Con el fin de paliar esta falta general de conocimiento, Barbara w. Tuchman se aplicó a la tarea de escribir una obra que ofreciera un mejor conocimiento sobre los mecanismos que llevaron al desencadenamiento de la guerra. Así, publicó en 1962 Los cañones de agosto (RBA, traducida por Víctor Scholz) con el fin de explicar de manera detallada precisamente el primer mes de una guerra que podemos considerar que comenzó el 28 de julio, por tanto, en esos primeros compases en los que tal vez podría haberse alcanzado un acuerdo.


Como es natural, la autora introduce algo de contexto, remontándose al entierro de Eduardo VII de Inglaterra, en 1910, prácticamente la última ocasión en la que estuvieron juntos la mayoría de los gobernantes y reyes europeos, muchos de ellos unidos por lazos familiares que terminan por revelarse más como un inconveniente que como una ventaja para tratar de aliviar las tensiones.


Pero antes de entrar en el libro como tal, es importante señalar el propio contexto de la obra, que se fue fraguando a finales de los años cincuenta y comienzo de los sesenta, por tanto, no muchos años tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, verdadero acto final de la Primera y con una conciencia muy clara de quién era el culpable de la misma, conciencia que Tuchman traslada a la Primera, conforme el juicio de las grandes potencias vencedoras, esto es, Alemania era culpable, su belicismo llevó a la desgracia de Europa, sus ambiciones territoriales y económicas fueron la causa de todo el conflicto.


Y para poder sostener esta idea, se ve forzada a sacar de la ecuación cuestiones tan relevantes como la descomposición del Imperio Otomano y, más importante aún, el papel del Imperio Austrohúngaro, sus problemas internos, el nacionalismo rupturista, los conflictos eslavos, las guerras balcánicas que habían tenido lugar pocos años antes y otras tantas cuestiones.


De hecho, un lector que lo desconociera todo sobre esta guerra, y su única fuente fuera este libro, quedaría muy sorprendido si alguien le dijera que Austria Hungría peleó junto a Alemania, especialmente contra los rusos, que el zar aparte de ser derrotado en Tannenberg logró importantes victorias frente a los austríacos, ocupando la cuarta ciudad del Imperio, Leópolis. Tampoco tendría muy claro el papel del regicidio de Sarajevo o de Serbia en estos comienzos de la conflagración.


Estas enormes simplificaciones ofrecen la ventaja de permitir a Tuchman ofrecer una visión algo más lineal y sencilla de modo que se guíe al lector a las conclusiones preestablecidas que, como he dicho, seguían muy presentes tras la Segunda Guerra Mundial.


Por último, es de destacar que el libro obtuvo el premio Pulitzer del año 1963 y un inmenso éxito editorial. Una razón no menor fue el hecho de que su publicación viniera a coincidir más o menos con la crisis de los misiles de Cuba, un momento histórico de delicadisimo equilibrio en el que se estuvo al borde de una nueva guerra mundial, con el agravante de que en este caso se habrían empleado, sin duda, armas atómicas. De ahí que reflexionar sobre los primeros compases de otra terrible guerra fuera un perfecto y trágico gancho para los lectores.


De lo dicho hasta aquí, podríamos estar creyendo que tildamos al libro de oportunista y falto de rigor histórico, pero nada más lejos de la realidad. Para empezar, cualquier libro o trabajo científico es hijo de su tiempo. El paso de los años arroja nuevas fuentes, no olvidemos que algunos de los protagonistas del conflicto aún seguían vivos cuando la autora estaba trabajando en el manuscrito (pensemos en Churchill por ejemplo), y solo el tiempo permite compilar y clasificar adecuadamente toda la información en forma de diarios, cartas, periódicos, informes administrativos de la época, etc. Por tanto, es normal que con el tiempo mucho de lo que se tenía por cierto hubiera quedado algo desfasado por nuevos hallazgos complementarios o incluso contradictorios. Por otro lado, cuando se escribe sobre hechos históricos relativamente próximos es muy difícil abstraerse de la realidad. Hoy no podemos interpretar la historia de la URSS del mismo modo que se hacía a comienzos de los años ochenta, conociendo su inminente derrumbe.

 

Pero entonces, ¿cuál es el sentido de continuar publicando este libro, más aún de que su lectura pueda ser recomendada? Sin duda, no por la mera curiosidad de conocer la perspectiva que sobre los hechos narrados había en el momento de su redacción y publicación, esto solo puede interesar al historiador que quiera reconstruir este fluir de ideas bibliográficas. Porque llegamos, al fin, a la verdadera fortaleza del libro, a su mérito indudable, a la razón de que hoy siga siendo una lectura recomendable, y ésta no es otra que el inmenso talento narrativo de su autora.


Los cañones de agosto relata de manera fluida y coherente los hechos desde los cuatro puntos cardinales que interesan a la autora, Inglaterra, Francia, Rusia y Alemania. Y lo hace a través de sus grandes personajes. Por aquí se asoman el zar Nicolás y el Káiser Guillermo, los generales alemanes y franceses que llevaban años preparando sus planes de guerra para esta ocasión como Foch o Moltke. Desentraña las cualidades sicológicas de todos ellos, sus debilidades y dudas, la seguridad de su posición dentro de sus propios países. Analiza la siempre fluctuante posición del gobierno británico, de sus comandantes supremos, de Churchill como Lord del Almirantazgo o de John French en su papel de comandante en jefe del Cuerpo Expedicionario Británico.

 


Y es precisamente esa sucesión de hechos mezclada con anécdotas personales, casi cotilleos de alcoba en ocasiones, lo que hace del libro una lectura apasionante, muy alejada de un texto de historia más convencional. La autora no tiene empacho en atribuir pensamientos y explicar acciones en base a ese perfil sicológico que previamente nos ha dibujado logrando una perfección absoluta en su discurso, una sucesión de hechos que encadenan consecuencias de manera insoslayable y precisa.  


De hecho, la lectura rememora el estilo de Stefan Zweig en su célebre Momentos estelares de la Humanidad, pareciendo un capítulo más, del mismo, extenso pero coherente en su estética.


Pero los logros de Tuchman no se circunscriben tan solo a lo literario. También pone encima de la mesa cuestiones tan humanas como que la supuesta eficacia de los ejércitos alemanes no era para tanto, que en muchas ocasiones los generales tomaban por su cuenta decisiones que alteraban de manera trágica los planes del Estado Mayor largamente planificados hasta el último de sus detalles y que, como es de esperar, toda guerra es una suma de carnicerías y crueldades.


En este sentido, la autora no ahorra detalles sobre los fusilamientos, incendios, pillaje y todo tipo de actos criminales de los alemanes especialmente durante la entrada en Bélgica, un país neutral cuya resistencia desató la ira germana. También nos describe el papel jugado por la propaganda y cómo los aliados la supieron emplear con mayor destreza que los alemanes. Así, el incendio de Lieja o la destrucción del casco histórico y la biblioteca de Lovaina fueron empleadas para ganar a la opinión pública de los países neutrales y poder alegar que su lucha era la de la civilización frente a la barbarie. También la difusión de noticias sobre los asesinatos, tomas de rehenes, venganzas colectivas contra pueblos enteros sirvieron para que la defensa del frente fuera aún más firme, logrando una adhesión total de la población civil que sabía que se enfrentaba a la victoria o la muerte como única alternativa.


El recorrido histórico concluye en los márgenes previos a la batalla del Marne, es decir, cuando el frente, tras detenerse el avance alemán, va a quedar prácticamente estabilizado durante los cuatro años siguientes en una espantosa guerra de trincheras que desangraría a a varias generaciones europeas.


Resulta contradictorio disfrutar de la lectura de un libro que narra hechos tan violentos y catastróficos como los aquí descritos. Sin embargo, Tuchman  sabe encontrar un perfecto equilibrio entre la diplomacia de salón o de gabinete de guerra y el hedor a muerte en los campos de Flandes, de manera que la lectura nunca se resiente.


Sin duda, los tiempos cambian y hoy este texto merece innumerables reproches desde un punto de vista científico, pese a lo que, ya se ha dicho, su lectura sigue resultando avasalladora y amena, un modo de escribir y narrar la historia que ha ido desapareciendo en favor de la frialdad y el dato, olvidando que si la Historia la construyen las personas, y también éstas deben ser quienes la escriban.