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7 de diciembre de 2024

Mundofiltro: Cómo los algoritmos han aplanado la cultura (Kyle Chayka)


¿Qué pasa cuando el arte de descubrir se reemplaza por un algoritmo que decide por ti? En Mundofiltro, Kyle Chayka desentraña cómo las plataformas digitales han convertido la promesa de un internet libre en un campo de comodidad y conformismo. Desde las redes sociales hasta la música que escuchamos, todo parece diseñado para evitar sorpresas, manteniéndonos en una burbuja de repetición. Pero Chayka no solo diagnostica el problema: su viaje hacia una experiencia más auténtica nos invita a repensar nuestra relación con la tecnología.



Kyle Chayka es un afamado periodista, ganador de un premio por un artículo sobre el turismo en Islandia, que escribe sobre cultura y tecnología en medios como The New Yorker The New York Times Magazine o Harper`s.

 

Nacido en 1978, como muchas personas de su generación, ha vivido en una burbuja en la que ha ido conformando el sentido de su vida en torno a rutinas como consultar a cada pocos minutos las redes sociales desde su móvil, torturarse por un tweet con menos interacciones de las esperadas, buscar los mejores ángulos y enfoques para sus fotos de Instagram, ver la serie de la que todos hablaban, entrar en los debates que creía que movían el mundo. En Mundofiltro: Cómo los algoritmos han aplanado la cultura (Gatopardo) nos narra su viaje por este nuevo mundo que nos ha tocado vivir y lo que de él ha aprendido.


En un principio fue internet, la promesa de un acceso a fuentes de información más libres e independientes no dominadas por el poder, surgidas desde abajo, con acceso directo por parte de unos usuarios ávidos de gobernar sus propios gustos y aficiones, de poder investigar nuevas formas de cultura, de opinión y de información más allá de los cauces tradicionales.

 

Esta edad dorada era proclive para los nerds, esa panda de descerebrados que podían volcar en páginas de ínfima categoría, al menos vistas con nuestros ojos actuales, todas sus rarezas e inquietudes. Era una buena forma de compartir información, de aprender y tomar sugerencias de otros, de adentrarse en el mundo de una forma nunca antes vista.

 

Y a ese mundo casi virgen llegaron poco a poco algunos invitados que parecían compartir ese amateurismo y espíritu comunitario. Pensemos en Facebook, una red social cuya principal y originaria vocación era la de poner en contacto a estudiantes, de hecho, según nos cuenta Chayka, inicialmente tan solo se podía acceder si  se estaba matriculado en una Universidad. Se podía conocer a nuevos amigos del campus  facilitando el inicio de relaciones o el contacto entre personas con gustos y aficiones comunes que, ya fuera de internet, podían compartir en la “vida real”.

 

Cada septiembre, con la entrada de nuevos estudiantes, se creaba una pequeña época de locura, de personas que no conocían los códigos de conducta, que armaban bulla, pero nada que no pudiera superarse a los pocos meses de iniciado el curso. La apertura a todo el público creó ‘un septiembre perpetuo y. al tiempo, abrió la voracidad de la compañía de Zuckerberg quien comprendió que cuanto más creciese su base de usuarios, más posibilidades tendría de monetizar el invento.

 

 

 

Y para lograr este objetivo se fue pervirtiendo el ánimo primigenio, ya no se trataba de un lugar en el que poder seguir la vida de los amigos con los que se había perdido contacto, la revisión cronológica de la información de las personas a las que seguía el autor pronto se alteró para pasar a estar regida por el algoritmo. Éste es el punto clave del libro, así que pasaremos más detalladamente a explicar este concepto.

 

 

 

En lugar de mostrarnos la información cronológica de las personas a las que seguimos, Facebook comenzó a alterar este patrón cronológico para introducir  noticias y publicaciones de personas a las que no seguías, pero que pagaban por aparecer destacadas, medios de comunicación y  empresas que publicitaban sus servicios, o personas que habían comenzado a ganarse la vida explotando una nueva función que hoy creemos consustancial a internet, los influencers.

 

En efecto, el muro de Facebook se convirtió en un batiburrillo en el que se mostraban publicaciones de todo tipo que una máquina (realmente una creación de unos ingenieros al servicio de los intereses empresariales de Facebook) habían decidido que era lo que al usuario realmente le interesaba. Chayka utiliza como metáfora la máquina del siglo XIX conocida como El Turco, un autómata que fue paseado por medio mundo causando asombro por su capacidad para ganar partidas de ajedrez a los incrédulos humanos que se atrevían a desafiarla. Sin embargo, como se supo muchos años después, bajo esa estructura se encontraba un humano de baja estatura experto en el juego, causando el engaño. Así, el algoritmo, que se muestra como un instrumento neutro y aséptico, realmente responde a una creación humana, una decisión empresarial, una voluntad de primar determinadas interacciones penalizando otras. Es decir, detrás de toda gran máquina siempre hay un humano, alguien que toma las decisiones, programa y decide, cuando hablemos de algoritmo, no olvidemos que detrás siempre hay decisiones humanas.

 

Y ese algoritmo decidía, en función de tus contactos, de lo que estos consideraban interesante, de los enlaces que compartían, lo que tú mismo compartías o por lo que mostrabas aprecio o disgusto, y con todo ello, unido siempre a los intereses comerciales de la empresa, alteraron aquel espíritu original convirtiendo Facebook en un lugar de escaso atractivo para quienes querían otro tipo de comunidad.

 

Los directivos de la empresa dejaron pronto claro que lo que buscaban con su público cautivo era precisamente ofrecerles todo lo que pudieran necesitar sin precisar salir de su entorno., una vocación que les ha llevado a destruir posibles competidores por el procedimiento de poner encima de la mesa ingentes cantidades de dinero como ha ocurrido con Youtube, Whatsapp o Instagram a la que volveremos más adelante.

 

La deriva de Facebook hizo crecer a competidores como Twitter, una red que proponía un ámbito de discusión reducido a un determinado número de caracteres, primando la información y la concisión, nuevamente facilitando que uno siguiera a determinadas personas, fuentes o medios en los que confiaba, Y nuevamente la empresa terminó por pervertir ese espíritu, porque un logaritmo favorecía que los tweets mostrados no coincidieran necesariamente con los de las personas a quienes se seguía, donde era más importante el número de retweets que la fecha de publicación, dando así prevalencia al contenido más extremo, el que levantaba más odios y rechazo, donde había medios que podían pagar por ser mostrados con preferencia.

 

Y vayamos a Instagram, otra red donde el objetivo era compartir imágenes, se suponía que una pequeña ventana a nuestro día a día, una forma de compartir nuestras visitas a lugares interesantes, nuestras mascotas o platos favoritos. Pero la historia se repite, especialmente a partir de la compra de la empresa por parte de Facebook. El algoritmo vuelve a decidir por nosotros, vuelve a pervertir el sentido original. Y así podemos continuar con gran parte de los servicios de internet. Google ya no ofrece una alta fiabilidad a la hora de mostrar los resultados de sus búsquedas, colocando en la parte alta enlaces patrocinados. Spotify o Netflix nos ofrecen continuas recomendaciones en función de lo que escuchamos y vemos, lo que hacen quienes ven y escuchan lo mismo que nosotros, buscar una película o un disco saltando la propuesta del algoritmo es cada vez una tarea más compleja, menos accesible por parte de las empresas, deseosas de ofrecernos una experiencia narcotizante y abrumadora que no nos haga plantearnos salir de ellas, que maximice nuestro consumo, nuestra exposición a la publicidad que les financia.


Pero, ¿realmente es relevante que nuestro ocio venga condicionado por intereses mercantiles? ¿No ha sido así siempre? ¿Es una situación que debe preocuparnos, forzar políticas públicas y una estricta regulación?


Chayka demuestra que los algoritmos tienen la capacidad de influir en el mundo real de más maneras de las que podría creerse. Tenemos acontecimientos tan relevantes como la toma del Capitolio por un grupo de chiflados unidos por redes sociales y medios que creaban lo que se ha venido a denominar como "cámara de eco", una situación en la que todas las noticias a que nos vemos expuestos son las que ratifican nuestras opiniones, por más absurdas que resulten. Compartimos ideas con quienes piensan como nosotros y el algoritmo va excluyendo de nuestros intercambios todo lo que podría ayudarnos a rebatirlas, matizarlas, convirtiéndonos en burbujas ideológicas sin capacidad empática con el resto de la  Humanidad. Esto genera una creciente polarización, la difusión de bulos, teorías conspirativas y, en consecuencia, un empeoramiento de la calidad democrática de nuestros países.


Empresas como Arnb han afectado a ciudades enteras, incrementando el precio de las viviendas, expulsando a los ciudadanos originarios por el incremento de precios y la desaparición de comercios habituales en favor de esos locales con encanto, insangrameables hasta el paroxismo.


La salud mental también parece verse alterada. Nunca antes se había mostrado tanta preocupación por el desequilibrio emocional de unos jóvenes que viven su vida en redes , sociales. Chayka nos cuenta el caso del sucidio de una joven, Molly Russell, que había desarrollado tendencias suicidas y que, a raíz de sus búsquedas en la web había comenzado a recibir todo tipo de noticias, enlaces y recomendaciones en diversas plataformas como Facebook o Pinterest, excluyendo la posibilidad de buscar ayuda, hundiéndola en una espiral que la llevó a la muerte.


Y de todo ello puede dar buena cuenta el autor, acostumbrado a dedicar interminables horas pensando qué palabras emplear para que cada tweet reciba mas atención, qué ángulo es el adecuado para el algoritmo de Instagram. En sus numerosos viajes por el extranjero sentía comodidad por visitar los cafés que había visto recomendados, locales totalmente parejos, con un estilo de decoración industrial más o menos igual, en Tokyo o Dublín, alojándose en apartamentos que mostraban la mano de un interiorismo uniformador pensado para mejorar el posicionamiento en  las parrillas de las plataformas de alquileres vacacionales.  Escuchando la música que le sugería Spotify y viendo las películas y series que parecían entretenerle más. Una vida, en suma, organizada por otros y conforme a unos gustos que él no había decidido pero que, por alguna razón, tampoco terminaba de rechazar. Una comodidad ambigua porque no podía parar de vivir de ese modo sin llegar a sentir auténtica vinculación con cuanto consumía.


Y así rememora cómo surgieron sus primeras pasiones, cómo descubrió la música en su adolescencia, a través de amigos, revistas especializadas, emisoras alternativas. Cómo llegó a su director de cine preferido, el que a cada película lograba sorprenderle. Y cómo este descubrimiento individual, no solía ser sencillo, que no siempre era lineal, que llevaba a mucha prueba y error, a gastar unos fondos magros en compras de discos que debían amortizarse adecuadamente forzando escuchas repetidas hasta descubrir matices que en un primer momento no habían sido debidamente apreciados, pudiendo compartir la información con otras personas de su entorno y recibiendo una influencia recíproca.



Es lo que el autor denomina curadoría, el proceso por el que las personas se dejan influir por quienes tienen un mayor y mejor conocimiento sobre determinados aspectos, una guía para adentrarse en mundos complejos y enriquecedores, algo que el algoritmo y las plataformas no pueden sustituir fácilmente. Su epifanía llegó una noche en un atasco en el que, por azar, sintonizó la radio y escuchó un programa en el que el locutor iba desgranando diversas conexiones entre las canciones seleccionadas, llevando de un estilo a otro y dejando a nuestro autor boquiabierto. El eclecticismo y lo que aprendió, el contexto recibido, tan alejado de la fría y desnuda repetición musical de las listas de Spotify le hicieron replantearse su modo de vivir en mundofiltro.


Durante unos cinco meses renunció a redes sociales, a escuchar música y ver series conforme el algoritmo. Al principio sentía la ansiedad de creer que se estaba perdiendo algo relevante, una obra maestra del cine, un local de moda al que nadie podría faltar. Pero poco a poco se fue acostumbrando y descubrió que retomaba viejas aficiones como la fotografía, pero no el tipo de imágenes que capturaba últimamente para subir a Instagram, todo lo contrario, ese estilo plano, falsamente luminoso,repetitivo hasta la náusea de las fotos de Instagram había cedido a su propia personalidad. También sus gustos musicales volvieron a sendas más luminosas.


Descubrió que el arte volvía a importarle y sacudirle, a dar sentido a su vida. Lo que veía en Netflix o lo que escuchaba en Spotify estaba bien, se parecía mucho a lo que había disfrutado previamente, una garantía de que no le aburriría, pero también un seguro a la indiferencia, a no sentirse sacudido por nada. Porque ese es el efecto que sobre la cultura tiene el algoritmo, la capacidad de matar la improvisación, el desafío, del escubrimiento casual, el abrirse a lo inesperado, ese aplanamiento del que se habla en el título del libro.


Cuando el autor volvió a las redes descubrió que seguían teniendo ventajas, podía compartir sus ideas y aprender de otros, pero ya no pasaba tanto tiempo como sus amigos, y la razón no se debía a que se forzara a ello sino a que comenzaban a resultarle aburridas. Las propuestas del algoritmo no podían superar a las de expertos que se abrían paso a través de otras plataformas alternativas, en visitas presenciales a museos, a salas de cine independientes.


Como se ha dicho, mundofiltro tiene efectos más allá de la cultura, por ello Chayka aboga por una regulación que explicite el algoritmo, que explique a los usuarios los motivos concretos de cada publicación que se le muestre, que podamos bloquear el funcionamiento del mismo y que nuestras redes sociales respondan realmente a este nombre.   


Mundofiltro es una oportunidad para reflexionar sobre quién decide por nosotros en un mundo en el que se ensalza precisamente que el individuo es el rey, que somos libres para elegir entre una infinidad de oportunidades que la nueva tecnología pone a nuestro favor. Chayka nos alerta de que podemos estar cayendo bajo el mismo error de quienes se enfrentaban al autómata, al Turco,  y que no eran sino víctimas de un engaño. Ojalá en unos años podamos mirar a este tiempo y también reírnos de nuestra inocencia, porque ya hayamos superado este mundofiltro.





12 de noviembre de 2024

Cointeligencia: Vivir y trabajar con la IA (Ethan Molick)


I


La inteligencia artificial ha dejado de ser una noción distante para instalarse en nuestras rutinas. En Cointeligencia: Vivir y trabajar con la IA (editorial Conecta), Ethan Mollick se adentra en las repercusiones y posibilidades de la IA, no como sustituto de nuestras facultades, sino como una extensión de ellas. Este título, en el que cointeligencia alude a la sinergia entre la IA y nuestra propia capacidad de razonar y crear, nos propone explorar un mundo donde, en lugar de competir, humanos y máquinas colaboran y se enriquecen mutuamente.


Lejos de ser un manual de uso práctico, Mollick plantea un análisis teórico que nos anima a entender cómo la IA no solo nos complementa, sino que abre puertas a una nueva era de personalización, especialmente en ámbitos como la educación. Aquí, la IA promete alcanzar uno de los grandes sueños pedagógicos: una enseñanza adaptada a cada estudiante, que contemple sus fortalezas y desafíos individuales, permitiendo, en cierto modo, que cada alumno tenga su propio profesor virtual. Y es en esta idea de personalización y apoyo continuo donde Cointeligencia brilla, al mostrar cómo la IA puede ayudarnos a lograr aquello que era impensable hace solo unos pocos años.


Para aquellos que se pregunten por el impacto de la IA en el empleo, Mollick traza un paralelismo con otras grandes innovaciones, como la máquina de vapor, que si bien destruyó ciertos trabajos, creó muchos más en su conjunto, y contribuyó al bienestar de la sociedad. El autor sugiere que, aunque la implantación de la IA será más rápida que la de otras tecnologías y, por tanto, la transición más breve y compleja, sus efectos podrían seguir el mismo patrón: un cambio en la naturaleza de ciertos trabajos y, a la vez, una expansión de nuevas oportunidades, siempre que se gestione con prudencia.


El autor también introduce una advertencia esencial sobre el cómo de esta interacción. Empezando por un consejo inusual para mejorar nuestras consultas a la IA —“Trátala como a un humano”— Mollick sugiere que la clave de su eficacia reside en la precisión y empatía con la que nos dirigimos a ella, y que los mejores resultados los obtendrán aquellos que comprendan al destinatario final, quienes posean un sentido intuitivo de lo que otros necesitan y sepan explicarlos, un campo abonado para los humanistas. Es, en otras palabras, una habilidad que trasciende lo técnico, y donde el éxito dependerá tanto de la empatía como de la técnica.


Los cinco escenarios que Mollick vislumbra para el desarrollo de la IA en el futuro abarcan posibilidades asombrosas y también perturbadoras. En su hipótesis más radical, imagina un futuro en el que la IA supera globalmente las capacidades humanas, tal como los reptiles superaron a los dinosaurios. En esta visión extrema, la inteligencia humana podría quedar relegada a un peldaño evolutivo intermedio, lo cual redefine nuestra identidad como especie y, en última instancia, el sentido de nuestra existencia.


Sin embargo, el libro no se queda en la teoría; algunos de sus pasajes fueron creados inicialmente por IA para generar ideas o enfoques atractivos que luego fueron adaptados por el autor, un ejercicio experimental que ilustra en la práctica cómo humanos e IA pueden colaborar para dar claridad y accesibilidad a las ideas. Es esta relación única de “coautoría” la que Mollick considera un preludio a las cointeligencias que podrían definir el futuro de la creatividad humana.


Con un estilo que equilibra cautela y entusiasmo, Cointeligencia es una lectura imprescindible para quienes buscan entender el potencial y las implicaciones de la IA más allá de los titulares. Mollick nos invita a reflexionar sobre cómo, en esta simbiosis de inteligencias, podemos no solo adaptarnos, sino elevarnos a nuevas formas de creatividad, eficacia y, en última instancia, humanidad.



II



El texto anterior ha sido generado por Inteligencia Artificial. Siguiendo la inspiración de Mollick, indiqué a Chat Gpt algunas consideraciones sobre los puntos del libro que quería que abordase. También le facilité algunas reseñas de este blog para que tratara de emular el tono y vocabulario del mismo. Sobre el texto inicialmente propuesto, sugerí algunos puntos para adaptar mejor el estilo y  destacar los mensajes que me habían resultado más seductores del texto hasta llegar a la versión arriba reproducida.


Dentro de ese proceso llegué a discutir con la IA sobre algunos aspectos tratados,  como la posibilidad de que ésta quedase estancada por el continuo aprendizaje sobre material creado por la propia IA en un círculo vicioso que vaciaría las oportunidades de creatividad que ofrece hoy en día. También abordamos la probabilidad de que la cointeligencia  a que se alude en el libro pasara a ser una dependencia del humano respecto de la IA al perder habilidades que hasta la fecha nos eran consustanciales.


Las respuestas siempre fueron adecuadas, sin llegar a tener la impresión de que estaba hablando con un humano, puesto que había cierta inocencia naif en los presupuestos manejados, tal vez por condicionantes de los programadores que quieren evitar que la AI diga lo que “realmente piensa”, como ha ocurrido en algunos momentos iniciales del desarrollo de esta tecnología según relata el propio Mollick. Pero, en todo caso, pude tener la impresión de mantener un debate "real" hasta cierto punto, en especial cuando le pedía a la IA que se mostrara furibunda y cortante con mis argumentos, momento en el que especialmente se mostraba belicosa en sus contraargumentos.


En todo caso, como experimento está bien, pero sin duda, el placer de pensar en el libro que he leído, el tratar de seleccionar yo mismo lo que quiero resaltar, el trabajar el modo dec ontarlo,  y así sucesivamente, es un placer que en este caso no he experimentado y creo que tampoco me va a ayudar a recordar mejor lo leído, como sí suele ocurrir cuando dedico un tiempo a pensar  después de leer y antes de escribir. Pero que no me sea útil o no le encuentre ventajas para mi caso concreto no quiere decir que no tenga otras muchas utilidades a las que se debe estar abierto sin caer en un patético futurismo utópico creyendo que todo va a cambiar. Las cosas quedarán en un término medio pero, como ha ocurrido siempre, el futuro siempre se encuentra delante, nunca detrás, y hacia allí es a  donde nos dirigimos, haremos bien en tenerlo claro.

 

 

 

 

29 de septiembre de 2024

El arte clásico: De Grecia a Roma (J. G. W. Henderson y Mary Beaard)


¿Recuerdas aquellas clases de arte en la escuela, donde las estatuas parecían tan distantes y los monumentos eran solo nombres en una lista? Mary Beard y J.G.W. Henderson rompen con esa visión estática en El arte clásico: De Grecia a Roma, llevándonos en un viaje vibrante por la Antigüedad. Olvídate del mármol blanco inmaculado; en estas páginas, el arte clásico cobra vida, lleno de color, controversias y preguntas que siguen resonando hoy..



Para muchos, el arte es una rémora del pasado, de los tiempos de la escuela. Algún documental suelto, una visita a un monumento en las vacaciones y una ligera impresión de que son cosas del pasado. De aquellos estudios escolares se desprendía una sucesión de nombres de estatuas, famosos edificios y descoloridas imágenes, con una serie de características asociadas que uno debía memorizar confiando en que el contexto viniera dado a través de lo que uno recordase de la asignatura de Historia, acompañado todo ello en el mejor de los casos, de las ilustraciones de un libro o de las diapositivas, filminas se decía en la época, aún no sé el motivo, que el profesor de turno proyectaba en una clase a oscuras, sabiendo que sus alumnos no prestarían atención a las mismas, antes bien, se dedicarían a hacer el mono aprovechando la oscuridad.

 

Mary Beard y J. G. W. Henderson vienen a cuestionar este precario conocimiento en El arte clásico: De Grecia a Roma, una obra que pretende poner en su sitio muchas de las convicciones que venimos arrastrando sobre este periodo del arte desde mediados del siglo XIX cuando diversos estudiosos comenzaron a sistematizar el conocimiento en la materia.


La obra, publicada por La esfera de los libros y repleta de fotografías, mapas y planos, ofrece un excelente recorrido, no tanto por obras concretas sino por cuestiones más generales como el concepto de la copia y la imitación, el uso y sentido del arte en la época clásica o la percepción que se podía tener en aquellos tiempos acerca de cuestiones como el desnudo o la deificación de los gobernantes, temas sobre los que la opinión de entonces fue evolucionando, igual que ocurre hoy en día, puesto que una de las funciones del arte consiste precisamente en cuestionar lo que todos damos por cierto y asumido.

 

No se trata de destruir mitos, sino de completar vacíos. Comenzamos por el ya muy conocido punto en torno a las estatuas que acostumbraban a estar pintadas, alejadas de ese blanco marmóreo que hoy lucen en los museos, antes bien, los colores brillantes podrían llamar desagradablemente la atención a nuestros ojos hoy más refinados, acostumbrados a una paleta que ha ido evolucionando y que huye de los colores chillones para recrearse en el degradado. Por contra, en los tiempos antiguos la preferencia parecía todo cuanto no resultase tan natural, lo que pudiera resultar llamativo. Porque lo que busca la obra es ofrecer cuestionamientos nuevos, trasladarnos esa idea de que la misma función que hoy atribuimos al arte, se la atribuían los antiguos, que el tiempo también tuvo su reflejo en la concepción artística, en la función de las piezas y de la arquitectura.

 

Y volviendo al color, olvidemos las estatuas, porque su verdadero reino natural siempre será el de la pintura, donde solo el color construye la ficción de la realidad, el remedo, sin el apoyo de una arquitectura, de una piedra que sugiera ya las formas.

 

Pero, por desgracia, tan sólo conservamos restos tardíos, dispersos, apenas inteligibles de pintura griega. Sin duda, en la Antigüedad sí sería más accesible para los contemporáneos y, por tanto, la influencia de este arte podemos suponer que pasó a los romanos de quienes tampoco conservamos realmente más que pequeños fragmentos. Por ello, no es de extrañar que el descubrimiento de las villas de Pompeya, con sus paredes repletas de murales supuso toda una revolución en el modo en que se percibió la pintura antigua allá por el siglo XIX.

 

Pero este descubrimiento nos lleva a nuevas preguntas. Creer que lo que hoy visitamos en la ciudad fantasma es el perfecto reflejo de la pintura clásica sería un error. Para empezar, Pompeya no era la cuna del arte, tan solo una ciudad más, sin especial relevancia, por lo que lo que hoy nos muestra no es necesariamente el mejor producto de su época, tan solo lo que hemos es dado vislumbrar. Tampoco somos capaces de comprender muy bien las funciones que cumplían estas pinturas puesto que no siempre sabemos a qué se dedicaba cada estancia, cada espacio. Y en la propia Pompeya tenemos también la acumulación de diversos estilos que suponemos acumulativos pero que tal vez convivían en el tiempo, donde los motivos geométricos y figurativos combinaban a la perfección con las representaciones tan naturales de personas que tampoco somos capaces de identificar, si se trata de imágenes genéricas, retratos de los verdaderos habitantes de las casas, una idealización, ... Lo que sí podemos tener por cierto es que los interiores de estas viviendas parecían un abigarrado muestrario, repleto de imágenes, tal vez de estatuas, adornos, molduras, trampantojos, tal vez lo más alejado de lo que hoy entendemos como clasicismo. Y a todo ello hay que añadir que cualquier mobiliario ha quedado destruido por lo que aún mayor saturación habría que añadir a este conjunto.



Tampoco conocemos muy bien las funciones de estas pinturas. En las estancias dedicadas a que el señor de la casa recibiera, hiciera sus negocios, se puede pensar que el objetivo era mostrar el poder, la opulencia, tal vez la conexión con figuras míticas, con el poder senatorial, imperial posteriormente, pero en las estancias más privadas, podemos intuir todo tipo de intenciones, desde las más picantes, a las meramente destinadas a evitar ese vacío que tanto parecía aterrar a los antiguos.

 

Los pocos restos de pinturas en palacios como el de Nerón o en villas a las afueras de Roma tampoco parecen ofrecer mayor luz a nuestras dudas.  Por fortuna, las ilustraciones de este libro nos permiten disfrutar de una pequeña muestra de este repertorio pictórico, barriendo la imagen algo distorsionada que tenemos en este punto.

 

Pero si avanzamos a otras ramas del arte y nos centramos en la escultura, nuevamente los autores nos trasladan otro sinfín de dudas. Para empezar, el cuestionamiento de la atribución de obras a autores famosos y reconocidos. Comencemos por explicar que la estatuaria griega era una industria propiamente dicha en el sentido de que las esculturas podían nacer de la mente y las manos de un famoso escultor, pero lo cierto es que esta imagen era tomada por infinidad de copistas en un tiempo en el que los derechos de autor no eran concebibles y en los que la única forma de difundir esta imaginería era mediante copias, muchas de ellas son las que hoy identificamos con las originales más por tradición que por certeza.

 

Durante el Renacimiento se recuperaron grupos escultóricos como el Laocoonte, auténtico acontecimiento que asombró a Miguel Ángel o Rafael, y que les influyó notablemente en sus obras. Sin embargo, ni tenemos seguridad de que se trate de los originales citados en los escritos clásicos de Plinio y otros, ni tampoco tenemos la certidumbre de que las reconstrucciones y restauraciones llevadas a cabo sean las correctas. Un brazo cortado es una interrogante y cómo completamos la estatua puede convertir a una afrodita en una

figura recatada o en una exhibición erótica. Cada generación ha gustado de adaptar su visión de estos puzzles incompletos conforme su propia visión del arte de los clásicos.

 

Pero saltemos de capítulo sin abandonar la escultura. Estos griegos y romanos nos

legaron un enorme tesoro que tuvieron que labrar poco a poco. La desnudez que hoy nos parece tan evidente y que ha jugado un importante lugar en la historia del arte, no fue un hecho natural. Los artistas comenzaron por insinuar formas, por levantar levemente vestiduras y, en un largo proceso, tan solo al llegar el periodo helenístico se consagró la belleza del desnudo como un hecho aceptado, hasta entonces el público no admitía sin más la desnudez de una diosa, de un dios, de los mitos de leyenda.

 

Hay otros conceptos que los clásicos nos legaron y que los autores quieren poner en valor. Así, destaca el busto por encima de todos ellos, la idea de que la representación de una cabeza refleja el total de la personalidad, que este pedazo de carne y hueso no es la representación de una cabeza cercenada, de un decapitado, sino que refleja toda la fuerza y poder de un emperador, de un sabio o un poeta, que el carácter queda reflejado en esa exclusiva parte de nuestro cuerpo.

 

Y esta cabeza se convierte en la representación del poder imperial en las monedas, un modo de representación de la autoridad que aún hoy mantenemos. Porque la vinculación entre arte y poder también ha sido una constante que se remonta a estos tiempos antiguos. Es sabido que Augusto, inaugurando una costumbre que seguirían todos sus sucesores, hacía distribuir copias de su estatua, idealizada, mostrando la gloria de su fuerza, forzando la realidad puesto que, como en el caso del retrato de Dorian Gray, pero de manera inversa, la imagen de estas estatuas no se fue adaptando al envejecimiento real del emperador, sino que siempre representó la idea del semidiós que regía los destinos del Imperio.

 

Así que cuando vemos la imaginería del poder en Corea del Norte, la escenografía de Leni Riefenstahl o los carteles de la propaganda soviética, vemos los rescoldos del fuego que encendieron los romanos.

 

Y qué decir de la arquitectura, de esas grandes edificaciones como el altar de Pérgamo, símbolo del poder de una nación, del orgullo de un pueblo que reivindica su lejana conexión con el pasado ateniense. Qué señalar de los arcos del triunfo, sin duda representaciones en piedra de lo que eran previas construcciones efímeras y ocasionales para recibir al victorioso conquistador de lejanas tierras. La columna de Trajano, otro ejemplo que mezcla la ornamentación, la propaganda, el monumento funerario y la megalomanía a partes iguales.

 

Estos artistas de los tiempos clásicos también nos legaron la idea de que el arte, sin duda ha de reflejar una idea de belleza, pero de cuando en cuando, la fealdad también debe asomarse en un desconcertante juego en el que la evolución más moderna ha ido ganando soltura hasta el punto de preferir rechazar los ideales de belleza y mostrar lo que de turbio y amargo tiene nuestro tiempo. Estatuas como la de la denominada vieja borracha, Afrodita siendo seducida por Pan o las de niños ahogando ocas. Es arriesgado trasladar a los clásicos lo que nuestra mentalidad moderna puede interpretar de estas imágenes. Tal vez para ellos fueran representaciones del horror y para nosotros meros recordatorios de que en la vida no todo es bello y perfecto.

 

Como queda dicho, no estamos ante un tratado de arte sino ante un libro que reflexiona sobre el sentido y función del arte clásico en sus propios días y en cómo lo hemos ido interpretando y así, conformando nuestra propia y actual visión del arte antiguo y, por tanto, del que creamos a partir de él. Unas reflexiones siempre bien guiadas y escritas con la habilidad de quien sabe narrar historias que enganchen al lector en un tema tan increíblemente árido como es éste.  




12 de agosto de 2024

Explicar el mundo (Steven Weinberg)

 

 

¿Alguna vez te has preguntado cómo hemos llegado a comprender el mundo tal como lo hacemos hoy? Steven Weinberg, con su mente brillante, nos invita a un fascinante viaje a través del tiempo en "Explicar el mundo". No es simplemente una historia de la Ciencia; es una exploración profunda de cómo la Humanidad ha intentado desentrañar los misterios del Universo, desde los filósofos griegos hasta los científicos de la Ilustración, Weinberg nos muestra que la evolución de nuestro pensamiento ha sido tan intrincada y asombrosa como el cosmos mismo.

 

Steven Weinberg obtuvo el Premio Nobel de Física en 1979. Además de una reputada carrera como físico teórico con la publicación de importantes trabajos en ese campo, ha dedicado parte de su actividad a la divulgación científica por la que ha obtenido diversos reconocimientos. La divulgación no solo la concibe como el medio de hacer accesible unos conocimientos complejos de manera sencilla y estructurada para el público general, sino como una forma de mejorar su comprensión del entorno. Asegura que el mejor modo que tiene para aprender sobre algo es el de ofrecerse para dar un curso en la materia. De este modo, ha de imbuirse con una finalidad práctica en el objeto de estudio en cuestión. Así, obra igual con los libros.   


Un buen ejemplo de ello es Explicar el mundo (Ed. Taurus). Podríamos pensar que estamos ante el habitual título sobre la Historia de la Ciencia, el modo en que ésta ha ido progresando desde la Antigüedad hasta nuestros días. Cómo hemos ido creciendo desde el teorema de Pitágoras a la teoría de cuerdas o cómo hemos ido ampliando nuestro conocimiento sobre la gravedad, la relatividad, la física cuántica, etc.


Sin embargo, Explicar el mundo parte de un concepto totalmente diferente. Steven Weinberg  pretende hablarnos sobre el modo en que el hombre ha concebido el mundo a través del tiempo y cómo se lo explicaba. Por ello, el ámbito temporal del libro abarca desde la Grecia Clásica hasta el siglo XVIII. Y esto, porque considera que un científico de comienzos del siglo XIX tiene una visión del mundo, del papel de la ciencia y de cómo abordar esas explicaciones muy similar a la nuestra. Le faltarán conocimientos matemáticos y algunos rudimentos físicos, sin embargo, la comprensión general de los conocimientos que hoy tenemos puede ser fácilmente asimilada.


Por contra, hasta esa fecha todo era diferente, el papel de la Ciencia, la visión del mundo era totalmente incompatible con nuestra actual concepción de todas estas cuestiones. Y asi, nos remontamos en primer lugar a los tiempos griegos, a esos denominados filósofos presocráticos, aquellos pensadores de los que apenas hay fragmentos dispersos o meras referencias a su pensamiento en obras muy posteriores. En ocasiones, incluso se expresan en verso, cuestión ésta muy relevante a ojos de Weinberg ya que aún hoy se mantiene la idea de que una teoría matemática, física, debe ser hermosa, que éste es un parámetro que, de alguna manera totalmente subjetiva, forma parte de la Ciencia de nuestros días. Y si las ecuaciones no son suficientemente hermosas para el gran público, se habrá de recurrir a una metáfora que haga sus veces, como la idea de Einstein sobre los dados y Dios, o la propia explicación de la manzana que trajo a Newton la idea de la gravedad.  


Pero volvamos a esos primitivos griegos, obsesionados por la esencia, lo que subyacía a la inmensa variedad del mundo que sus sentidos percibían pero que creían poder reducir a uno o varios elementos básicos. Si bien, hoy puede parecernos una simpleza, lo cierto es que alguno de ellos se aproximó a la idea de las macromoléculas o las subpartículas, lo relevante es ese intento por separar lo que percibimos de la realidad, lo que hay más allá y que nos permite una explicación conjunta de la realidad física.

 

Y entonces, ¿qué hay de diferente en aquellos primitivos filósofos y nuestro modo de entender la Ciencia? La clave es que ninguno de ellos sintió la necesidad de fundar sus opiniones. Eran meras formulaciones teóricas que podían encajar en algunos supuestos, por ejemplo, el agua se encuentra detrás de muchos elementos físicos, y esto sirve como prueba suficiente, no es necesario reflexionar si también la arena o las piedras son formas de agua, no se precisa el contraste ni la explicación teórica.

 

Incluso cuando llegamos a Sócrates, el filósofo de la interrogación continua, quien parece el epítome de la racionalidad, tan solo estamos ante una figura que busca la coherencia en sus pensamientos, no la expresión de una realidad externa general. Su discípulo Platón se convertirá en una portentosa fuerza en los siglos posteriores con su idealismo y sus ideas sobre la esencia. A grandes rasgos, negando la realidad per se y recurriendo a las ideas como verdadera metafísica, supondrá un cierto freno a toda clase de empirismo.


Contra esto vendrá a reaccionar el sabio Aristóteles, estudiante primero en la Academia de Platón y posteriormente creador de la suya propia, tutor del joven Alejandro Magno, y que terminará por alzarse como el contrapunto a su antiguo maestro. En tormo a ambos rondarán las disputas filosóficas durante siglos como pronto veremos.


Cuando nos referimos al empirismo de Aristóteles, Weinberg  se preocupa en precisarnos la diferencia entre ese concepto en la Grecia clásica y el que le atribuimos hoy en día. Por ejemplo, las ideas de Aristóteles se basan en la preeminencia de la teleología, es decir, en que todo tiende a su propio ser, a un fin. El feto contiene todos los elementos de lo que va a ser, un ser humano completo. La semilla no es sino un árbol que será y así sucesivamente. He aquí una gran diferencia en nuestros días en los que la materia, sea cual sea, se estudia por sí misma, al margen de sus transformaciones que no han de resultar consustanciales a dicho análisis.  


Weinberg  también nos pasea por los comienzos de la geometría y la aritmética de la mano de sabios como Pitágoras o Euclídes, en un mundo en el que estos conocimientos eran secretos que cada grupúsculo guardaba con celo y en los que la divulgación a terceros ajenos podía suponer una condena a muerte.


Pero todo este conocimiento matemático, ¿supuso como hoy en día un avance paralelo como soporte para otras Ciencias o para su aplicación práctica? La respuesta es un rotundo no. Apenas sí había algún tipo de aplicación. La razón es que en aquellos tiempos era fácil utilizar grandes cantidades de mano de obra, fuera esclava o servil, para grandes obras, no existía por tanto una ventaja competitiva en aplicar técnicas más sofisticadas.


Donde sí era necesaria la aplicación de este conocimiento más científico era en otros campos en los que la mano de obra no resultaba el factor relevante, como la Astronomía, muy importante para calcular estaciones, cosechas, inundaciones  periódicas como las del Nilo o para poder orientar la navegación en un tiempo en el que el Mediterráneo comenzaba a convertirse en un gran canal de comunicación e intercambio de mercancías y recursos naturales.


Y es en este campo de la Astronomía en el que el libro desarrolla innumerables explicaciones refinadas sobre el concepto que en torno a los planetas y sus órbitas tenían los filósofos antigüos, cómo era tenido generalmente por cierto que la Tierra era redonda, no plana, las explicaciones sobre las órbitas y si era o no la Tierra el centro en torno al que orbitaban el resto de planetas, si la luna emitía luz o la recibía del sol, hecho que pronto fue determinado con precisión. También esta investigación era relevante a efectos de la determinación del calendario y el establecimiento final de nuestro denominado calendario gregoriano con sus trescientos sesenta y cinco días, más uno adicional cada cuatro años y también importantísimo a efectos de determinar ciertas festividades religiosas como la Pascua.


Y todas estas explicaciones pasan por la Edad Media y llegan a la Edad Moderna. Un tiempo en el que comienza a cerrarse el modelo definitivo de las órbitas planetarias, gracias a los trabajos y controversias de genios como Kepler, Tycho Braher o Copérnico. Gran parte de estas indagaciones se llevaban a cabo mediante la observación directa de los planetas, lo que no deja de ser sorprendente puesto que pronto se dispondría de todos los avances de la óptica y la posibilidad de construir unos primitivos telescopios que precisaran y ampliaran estos trabajos.


Pero mucho antes de esto, en las primeras universidades europeas, se había vivido una lucha entre los agustinianos, partidarios del platonismo y neoplatonismo, y los tomistas, favorables a las tesis aristotélicas, más proclives al empirismo.




El peso de la religión resultó notable en los comienzos de la Edad Media. No se trata tanto de que la Iglesia persiguiera el conocimiento científico, sino que lo consideraba un derroche de tiempo y energías innecesario. Para qué estudiar el universo si la Biblia ya lo explica. Para qué plantearse dudas sobre la esencia de las cosas si todo es perecedero y este mundo es solo una prisión en la que hemos caído por el pecado original y de la que la resurrección de Cristo nos liberará. Así, resulta comprensible que la antorcha del conocimiento científico, en campos como la Astronomía y la Medicina, pronto pasara a una nueva y pujante civilización, la islámica que, además, en sus conquistas había podido recopilar el conocimiento de la Antigüedad de un modo más perfecto que los cristianos gracias a las bibliotecas de Alejandría y los amplios saberes conservados en los pueblos del Oriente Medio y Babilonia. Pero también pronto el mayor peso de la religión y el advenimiento de sectores más radicales alejaron el avance técnico que volvió de manera definitiva a Occidente. No obstante, el autor sí plantea que ya desde la Antigüedad, los sabios naturalistas griegos como Heráclito mostraban un cierto desapego religioso, una pátina de incredulidad y cuestionamiento de verdades impuestas por la fe.   


Así, poco a poco, con muchas resistencias, juicios inquisitoriales y pugnas partidistas, el empirismo se fue abriendo paso. Vemos a Leonardo da Vinci arrojando piedras de diferentes pesos y tamaños desde lo alto de la torre inclinada de Pisa. Pronto, todas estas teorías no solo se expondrán de manera literaria sino que contarán con un aparato matemático que las explique y soporte. El siguiente paso está próximo y es que las teorías se formulen antes de ser observadas y que sea precisamente la experimentación la que las pruebe, tal y como hoy ocurre cuando quedan leyes físicas pendientes de demostración científica si bien llevan muchos años formuladas.


Newton es el punto último de este modo de ver y explicar el mundo que pone fin a esa edad en la que aún no podemos hablar de ciencia moderna. El siglo de las luces, todos los avances, investigaciones, viajes y descubrimientos de esa época abren los ojos de los más sagaces. El hombre ya es capaz de poder explicar gran parte de lo que ve sin necesidad de recurrir a teologías o teleologías. Más aún, la ciencia permite los avances técnicos como muestra la naciente revolución industrial inglesa y la aplicación práctica espolea la investigación que deja de ser un entretenimiento para ociosos y se convierte en una prioridad de los Estados y los incipientes grandes industriales. El mundo puede ser comprendido y explicado desde una pizarra y transformado también desde ella.


Este viaje asombroso es narrado por  Weinberg con brillantez y pasión. Los aspectos más complejos se reservan para un apartado final en el que los más curiosos podrán adentrarse de manera más precisa en las explicaciones técnicas, pero para el lector más profano, el libro puede explicarse por sí mismo.


Weinberg  no avanza una pregunta que tal vez resulte tópica en nuestros días y que ya otros autores como Harari están tratando de responder, y es la de si estamos ante un nuevo ciclo histórico en el que nuestro modo de explicar el mundo esté tocando a su fin y haya de darse cabida a metaversos y otras realidades. Demasiado incluso para un Premio Nobel de Física.