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18 de mayo de 2026

Anatomía de un instante (Javier Cercas)

 


  

El 23-F es una fecha simbólica para todo aquel que tenga más de 40 años. Sin duda, todos hemos visto en infinidad de ocasiones cómo un guardia civil con tricornio bien plantado y pistola en mano sube por las escaleras de la tribuna del Congreso de los Diputados, interrumpiendo la votación para la investidura del presidente más efímero de nuestra democracia: Leopoldo Calvo-Sotelo.


Gracias a la valentía de los operadores de cámara, que simularon cesar la grabación ante las amenazas directas de los golpistas, podemos revivir un golpe de Estado desde el propio epicentro de la acción. Allí vemos cómo se pronunciaban palabras malsonantes, cómo se tiroteaba el techo del hemiciclo y cómo el presidente saliente, Adolfo Suárez y su vicepresidente, Gutiérrez Mellado, eran zarandeados cuando trataban de llamar al orden a los militares rebeldes.


Javier Cercas trata de acercarse a este momento histórico. Según narra en el prólogo, la lectura del libro de Jesús Palacios y otras teorías sobre el golpe le llevaron a tratar de novelar la historia. Sin embargo, tras varios intentos que no lograron satisfacerle, comprendió que la historia del periodista no dejaba de ser una ficción, un uso de datos ciertos para construir un relato prefijado. Por tanto, una forma de ficción sobre la que no podía ficcionarse nuevamente.


Así que, poco a poco reorientó su esfuerzo creativo en una dirección distinta, la de procurar escribir el relato de lo que ocurrió sobre los hechos ciertos, y lo que podría deducirse con un cierto nivel de certeza sobre los hechos menos comprobados.


Pero, además, trató de centrarse, de desenmarañar la compleja trama a partir de un único instante: el gesto de Suárez, sentado impertérrito en su escaño, mientras los diputados se tiran cobardemente al suelo al ruido de los disparos. En ese momento pretende centrar un viaje con idas y venidas al pasado y al futuro.


En ese gesto de Suárez, mezcla de orgullo y chulería, de dignidad democrática, pleno de simbolismo, Cercas ve el reflejo de la historia del fin del franquismo a manos de unas Cortes que hicieron el viaje "de la ley a la ley" a través de la Ley para la Reforma Política de 1976 y las elecciones para Cortes Constituyentes, el viaje relámpago desde la muerte del dictador a la derogación de todo el aparato legislativo franquista y la legalización del Partido Comunista.


En ese viaje, el Rey y Torcuato Fernández-Miranda pretendían impulsar la figura de un presidente del Gobierno capaz de amansar a los partidarios de la continuidad al tiempo que insuflara garantías a la oposición democrática y tranquilizara a las potencias aliadas, en especial a los Estados Unidos, preocupados por un posible giro antiamericano si triunfaba una democracia verdadera.


Y, para ello, nadie mejor que un político joven, ambicioso, sin apenas ideología propia, capaz de asumir el programa que se le fuera indicado, pero con la suficiente personalidad como para convencer a la opinión pública y forjar los acuerdos necesarios en ese complicado equilibrio que fue la Transición.


Pero ese período de transformación y cambio en el que Suárez brilló de manera especial, en el que se logró la conversión de una dictadura en una democracia homologable a cualquier otra occidental, terminó por confundirle. Suárez comenzó a creerse su papel. Y así como Fernández-Miranda se retiró una vez cumplido su misión desde la presidencia de las Cortes, él dio un paso más, asumiendo el liderazgo de un pequeño partido que estaba creando un adversario político, el diplomático Areilza, y se presentó a las elecciones democráticas de 1979 logrando un resultado excepcional gracias a su indudable carisma.


Pero ahí terminó el tiempo de gloria de Suárez. Cercas cataloga su ejecutoria política a partir de ese momento como mediocre. Un falangista que había militado en Acción Católica y había sido ministro del Movimiento pretendía ganarse el carnet de demócrata, la aprobación de los medios más poderosos, radicalizando sus posturas, queriendo ser más de izquierdas de lo que sus votantes y compañeros de coalición deseaban. Su capacidad para tejer pactos comenzó a demostrarse insuficiente para los instantes de gestión diaria. Su épica estaba más bien pensada para los grandes momentos, los saltos al vacío, las decisiones drásticas, no para la gestión cotidiana y sin brillo.



Así, su gobierno comenzó a estar acosado por todos los frentes. El Rey quedó decepcionado por su decisión de continuar en la política y no retirarse a tiempo, por su deriva personalista. La oposición de derechas comenzó a verle como un peligroso ególatra que pretendía convertirse a la socialdemocracia; la izquierda lo veía como un posible ladrón de sus votos más moderados, percepción que se confirmó tras la pérdida electoral del PSOE en las elecciones de 1979. La prensa también comenzó a criticar inmisericordemente su gestión. Parecía que criticar a Suárez mejoraba las credenciales democráticas de cualquier periodista o grupo mediático. El Ejército le consideraba el mayor traidor, nadie olvidaba la legalización del Partido Comunista, una jugada que había prometido que jamás sucedería. Su propio partido estaba convencido de que era necesario apartarle del poder o la coalición se rompería, como finalmente ocurrió.


Las nuevas corrientes internacionales tampoco jugaban a su favor. Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos marcaban el giro hacia un conservadurismo férreo, con una oposición frontal frente a la Unión Soviética.


Pero el gesto de Suárez tiene también un compañero de viaje: la presencia del general Gutiérrez-Mellado, que ante la irrupción de unos militares en el Congreso pretende hacer valer su rango y sale de su escaño para ordenar que abandonen la sala. El anciano es zarandeado, insultado, zancadilleado; Suárez le coge del brazo tratando de calmarle y devolverle a una posición más segura. También el general permanecerá erguido en su escaño mientras el resto de diputados se tiran al suelo.


Y Cercas especula con el gesto de ambos, con lo que significa como trayectoria vital. Porque, en el caso del general, su evolución es aún mayor que la del falangista Suárez. El general se alzó contra la República en el 36, derrocó un gobierno democrático y, cuarenta y cinco años después, se yergue para defender un sistema democrático frente a un golpe militar. Pasa de un extremo a otro, tal vez sabiendo que sus reproches al teniente coronel Tejero significan realmente un reproche al joven Gutiérrez-Mellado, que ha completado el círculo y trata de lavar ese pasado inmolándose por una democracia que, de algún modo, hereda los valores de la República del 31 que él ayudó a derrocar.


Pero las cámaras también recogen la figura de otro parlamentario, el tercero y último que resistió sin tirarse al suelo, sin perder la dignidad, el secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Otra figura que, como el vicepresidente, tuvo un papel importante en el Madrid sitiado del 36, que ha liderado al Partido Comunista, que ha hecho la transición desde el comunismo internacionalista al eurocomunismo, que ha llevado a su partido a aceptar la propuesta de Suárez, a aceptar la monarquía, la bandera nacional franquista… todo para lograr una concordia que permitiera restablecer un régimen democrático. Un liderazgo que ha estado tan cuestionado en su partido como el de Suárez en la UCD, hasta hace pocas semanas, cuando presentó su dimisión y renuncia al puesto de presidente del Gobierno.


El partido no sólo reprocha a Carrillo su renuncia a señas de identidad propias de los últimos cuarenta años de lucha antifranquista; le reprocha, sobre todo, que ninguna de esas renuncias se haya traducido en un reflejo electoral evidente. Que tras ser el único partido en liderar la lucha contra el franquismo, con un PSOE desaparecido durante años, ha obtenido en todas las consultas electorales un resultado raquítico.


Así que él también permanece erguido en ese momento en el que no duda que va a ser pasado por las armas, porque simboliza todo lo que aquellos militares montaraces odian: el comunismo, la anti-España, Paracuellos, el internacionalismo, el demonio mismo.


Y son esos tres hombres, sentados con orgullo, insolencia, los que miran de frente a la muerte que creen próxima pero que no dejan de representar un papel al que se creen llamados. Y Cercas disecciona ese gesto con detalle, rico en paradojas y anécdotas, en momentos luminosos y otros más oscuros, tal vez menos confesables. Es precisamente esa anatomía de un instante, el desmenuzamiento de unos pocos segundos, lo que permite dar cuenta de sus biografías, pero también de las de un país entero.


Y en esa tarea de mirar los años y meses previos al golpe, va describiendo lo que denomina "la placenta del golpe", ese conjunto de circunstancias que resultaron imprescindibles para que éste se alimentara y creciera.


Y así llegamos a las tres figuras opuestas a las de Suárez, Gutiérrez-Mellado y Carrillo: Tejero, Milans del Bosch y Armada, cada uno pretendiendo un golpe distinto. El de Armada buscaba poner coto a una democracia que muchos consideraban desbocada y excesiva, amenazando con el desmembramiento nacional en unas autonomías que emulaban a los separatistas. Quería formar un gobierno de unidad nacional, incorporando a personalidades de diferentes partidos bajo una presidencia en manos de un militar de reconocido prestigio, es decir, él mismo, tomando como pasaporte su posición de antiguo secretario de la Casa Real y su ascendencia con el Rey. Su referencia era el paso al frente del general De Gaulle en Francia, con la creación de la V República. Pero, por contra, Milans del Bosch, otro monárquico convencido, otro franquista camisa vieja, participante en la División Azul como Armada, prefería un gobierno militar, algo parecido a la dictadura de Primo de Rivera.


Y llegamos al icono pop en que Cercas dice que se ha convertido Tejero, el rostro visible y televisado de un golpe que realmente buscaba una asonada como las de antaño, como el golpe de Pavía, de quien se decía que había entrado a caballo en el Congreso en el siglo XIX para poner fin a la I República. Que no tenía intención alguna de que el Rey fuera parte del nuevo orden al que aspiraban y que, en el fondo, había sufrido una involución a raíz de la violencia etarra que había vivido de cerca tras su paso por Guipúzcoa y que aspiraba a que el país se guiase bajo los mismos criterios que una casa cuartel, como las del cuerpo al que pertenecía, un lugar de comunión y ayuda mutua, un recinto sagrado y seguro, lleno de orden y disciplina.


Algo de intriga tenemos que dejar al lector. Cómo se coordinan estos tres golpes, cómo fracasan uno tras otro, cómo la trama se va desgajando de los planes originales, comenzando por la violenta irrupción de los guardias civiles en el Congreso y el tiroteo, que contravenía las instrucciones de Tejero de una entrada discreta y que dificultaba que los diputados o la propia opinión pública aceptasen un pacto para la formación de ese gobierno que aglutinase todas las ideologías para reconducir a la joven democracia.


Dejamos también de lado las reflexiones de Cercas sobre el juicio a los golpistas, la especie de epílogo sobre sus indultos, posteriores reincorporaciones al ejército, en muchos casos con desempeños y reconocimientos de méritos. Y nos volvemos a centrar en Suárez, ya que Cercas, que vivió en su juventud aquellos años, siempre tomó al personaje como eso: un personaje, una especie de chulo de provincias, de poco talento, que estuvo a punto de arrastrar al país a un cataclismo, pero que, al tiempo, era una figura a la que su madre y, especialmente, su padre admiraban. Así que se pregunta si su rechazo a Suárez no es sino una forma de reafirmarse frente a su padre, de marcar esa imprescindible frontera generacional.


Es ya en los últimos años del Cercas padre, cuando su hijo sabe que no va a ser mejor que su progenitor, que no sabe más que él de la vida y que nunca lo hará, que todo empeño por esa especie de competición carece de sentido, le pregunta por qué él era tan suarista, y su padre le contesta que porque, en el fondo, Suárez era como él, como todos los de su generación, sin grandes estudios, con mucha simpatía y algo de sinvergonzonería, audaz y valiente para abrirse camino en una España en la que formar parte de una de las grandes familias era necesario para llegar lejos; porque era de pueblo, porque de joven se le habían dado mejor los bailes en las verbenas que los estudios, porque supo ilusionar a un país con unas promesas de futuro que tal vez quedaron defraudadas pero que hicieron posibles muchos cambios, para empezar el cambio personal, desde la posición de falangista de Acción Católica a la de un demócrata convencido, aunque moderado, otro viaje que su padre hizo de la mano de Suárez, como lo hicieron otros tantos españoles.


Y se pregunta, finalmente, si este libro, Anatomía de un instante (editorial Mondadori), no será otra cosa que un ajuste de cuentas con el pasado, una forma de decirle a su padre que al fin lo comprendía, que aunque no todo lo que él defendió lo comparte, sí era capaz de reconocerlo, de ver sus méritos.


Y, para ir concluyendo, habrá que explicar las razones que deben llevar al lector a este texto con preferencia a otros tantos que hay sobre el periodo en cuestión. Y la razón es simple pero suficiente: su impecable factura literaria. El tono de todo el libro se aleja de la mera crónica periodística, del relato de hechos cronológico. No solo las tramas se entrecruzan al modo novelesco sino que el estilo del autor imprime un tono literario, una fuerza expresiva que actúa como hilo conductor por las diferentes partes del libro. Desde las repeticiones de conceptos como el del "pequeño Madrid del poder" o "la placenta del golpe", hasta expresiones como "lo que sabía Suárez, o lo que creía que sabía, o lo que se creía que sabía", y así sucesivamente. Es de este modo como la lectura se torna placer para quien no solo busca una versión afinada de los hechos.


No olvidemos, como destaca Cercas, que lo que conocemos sobre el 23-F es más un relato ya instalado en nuestro subconsciente que una realidad constatable. Todos creemos haber visto el golpe en directo por televisión, cuando la realidad es que las imágenes icónicas tantas veces vistas solo se retransmitieron a posteriori, nunca en directo. Podemos ficcionar sobre estos hechos sin renunciar a la verdad, o a gran parte de ella, en especial en cuanto a los hechos, menos en cuanto a las voluntades que quedaron en el fuero interno de aquellos protagonistas y sobre las que solo podemos especular torpemente, pero es así como ocurre siempre con la Historia, que muchas veces no es sino una forma especial de ficción y, por tanto, si de ficción hablamos y si ficción hemos de leer, al menos que sea de calidad, como en este caso.




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3 de octubre de 2010

Mal de escuela (Daniel Pennac)



Daniel Pennac es un conocido y prestigioso profesor y pedagogo francés. Pero fue y será siempre un zoquete. Cómo ha logrado engañar durante tanto tiempo a tanta gente es un misterio que sólo él conoce. En Mal de escuela (Editorial Mondadori con traducción de Manuel Serrat Crespo), Pennac ha decidido -¡qué otra prueba más necesitamos de su zoquetería!- contarnos su experiencia escolar para poder responder en alto a varias preguntas.

¿Es posible burlar el fracaso escolar cuando ya hemos dado pruebas de ser unos auténticos zoquete?¿Cómo se produce esta rebelión, qué mecanismos la desencadenan?¿En qué medida nuestro sistema educativo posibilita este pequeño milagro o, por el contrario, trabaja parecerlo improbable?

Para dar respuestas, Daniel Pennac comienza por preguntar. Pregunta a su hermano para que, gracias a sus recuerdos infantiles, comprenda por qué se le atragantaban las matemáticas o cómo era posible acostarse con la lista de capitales europeas perfectamente memorizada y ser incapaz de recodar una sola en la tarima de la escuela al día siguiente.

Y pregunta también a sus propios recuerdos, y encuentra la imagen de su madre y su padre. La primera, aún siendo ya un conocido divulgador, con apariciones televisivas estelares y libros en los primeros puestos de ventas, seguía convencida de su zoquetería y de que ésta antes o después saldría a la luz. Su padre, por el contrario, sin palabras expresas, pareció guardar una inagotable confianza en su hijo (o quizá indiferencia).

Dos actitudes que marcan las sendas principales de reacción familiar. Y es que quizá el fracaso escolar nace en el seno de la propia familia. Puede tomar la forma de falta de confianza -“es que al niño no se le dan bien las matemáticas”- lo que exime al alumno de la exigencia de esfuerzo. Subyace la creencia de que el conocimiento es un don regalado de manera cruel y arbitraria, igual que el talento natural para la pintura o la música. Memorizar la tabla de multiplicar se asemeja a la composición de una sinfonía, ímprobo esfuerzo para nuestros pobres hijos. Pero también hay quienes sin intervenir, en un segundo plano, reducen la enseñanza a un asunto entre dos: el niño y la escuela -"al final, todo se arreglará, saldrá adelante, ya lo sé yo, …"- pero no siempre ocurre.

En cualquier caso, la familia de Penca buscó la solución a través de la educación en diversos internados. Y lo logró. Gracias a tres profesores que lograron atarle a la silla con las cadenas de su pasión por las asignaturas que impartían, que plantaron un comienzo de amor propio y confianza que fue suficiente para dar alas a un Daniel Penca que aprendió a decir adiós a su zoquetería (aunque su recuerdo le perseguirá en sus muchos años de enseñanza y en la figura de muchos de sus alumnos, tan zoquetes o más que él en su misma edad).


Algo anticuados, hoy en día asociamos el internado más con una institución represiva y cuasi penitenciaria que con centros educativos y ello pese a la profusión que de ellos da muestra nuestro cine (El club de los poetas muertos, Harry Potter, Los chicos del coro, …). Pero, ¿qué le aportó a Pennac su paso por estos internados?

Por primera vez en su corta vida, logró distanciarse de su familia. En el internado desaparecía esa presión del “qué tal en la escuela, qué tal el examen de hoy”. No era precisa la mentira piadosa para ocultar el tirón de orejas, el dictado repleto de correcciones en rojo o la maldita lista de ríos y afluentes que parecía secarse con la misma facilidad que el agua en los desiertos de los que tampoco guardaba recuerdo nominal. Eliminar esta presión, le liberó de un tiempo y unas energías preciosas que ahora pudo reconducir de manera más provechosa.

El internado también permitía que los profesores no pusieran en duda las excusas del alumno que no ha logrado resolver el problema o que no ha completado más que un mero y triste esbozo en lugar de la redacción con presentación, nudo y desenlace que se le había pedido. No valen excusas sobre la situación familiar, el padre alcohólico o la pandilla de semidelincuentes.

Se logra romper así una de las piedras clave de la vida del zoquete, recuerda Pennac: la mentira. Se miente en casa y se miente en la escuela donde es preferible fingir desprecio por el conocimiento que reconocer las dificultades. Y el problema de estas mentiras es que están totalmente aceptadas por todos, como un elemento más que a nadie se oculta pero que todos silencian: un profesor prefiere creer que su alumno zoquete no hace sus deberes por vagancia o por rebeldía a reconocer que no ha sabido o podido insuflar la llama que alienta el conocimiento. La familia preferirá ver a su hijo como víctima del sistema educativo, de un profesor envidioso o incapaz, antes que reconocer la falta de esfuerzo filial. Y sobre este tejido, la zoquetería se sienta, sonriente.

Y no hablemos de futuro, de labrarse un porvenir, del “llegar a ser algo” (más que alguien, cruel paradoja de una enseñanza finalista de cortas miras). Ese devenir poco importa al zoquete. Atrapado en un presente sin esperanza, el futuro se presenta como una amenaza aún peor. Ganarle la partida al tiempo es su profesión, su eterna por oponerse al mundo de sus mayores, al que le espera pero al que quiere burlar. Un círculo vicioso de fatales consecuencias.

¿Pero qué hizo cambiar al zoquete de Daniel Pennac? En su caso no fue ningún método didáctico propio, ningún plan de enseñanza redentor. Tan sólo tres profesores que dieron con los temblorosos rescoldos que aguardaban con paciencia el calor que los hiciera revivir. Un profesor que sustituyó las redacciones semanales por la escritura de una novela a presentar a fin de curso sin faltas de ortografía (lo que le ató de por vida al diccionario, ¡él que lo había temido como a un libro prohibido¡). Un profesor de matemáticas, de aspecto algo ridículo y que en sus clases sólo hablaba de su Ciencia, suspendiendo entre tanto el mundo. Por último, una profesora de Historia que logró hacer de los siglos pasados un mosaico actual y vívido.

¿Qué tenían en común estos tres profesores? Poco, asegura Pennac. Tal vez que “estaban presentes” en todo momento en sus clases. Que no hacían como tantos alumnos (y profesores): sustituir su presencia real por un remedo de maniquí, un mero formulismo, un tiempo perdido que hay que dejar pasar.

Y, sin embargo, estos profesores ejemplares, llevaban su pasión más allá de sus aulas pero -¡sorpresa!- no en aspectos docentes, no, en cualquier actividad a la que se dedicaran, preferentemente ajena a las Matemáticas, la Historia, … Es decir, no discurseaban sobre los métodos, la trascendencia de su labor o su éxito laborar; vivían con pasión y ésta fue la que removió al pequeño Pennac.

En un encuentro casual con uno de ellos, años más tarde, resultaría que el profesor salvador ni siquiera recordaba a su devoto alumno. No le quiso salvar a él en especial, pero quizá sólo a él salvó de entre toda su clase. Pennac no necesitó de especiales cuidados ni atenciones, de un seguimiento específico. Un paso más allá, Pennac está convencido de que estos mismos profesores dejaron escasa huella en otros alumnos. Lección: no hay recetas únicas. Su redención surgió de la relación nacida entre él y el profesor (aún con la ignorancia de éste). De esta simbiosis que hace del aprendizaje una aventura compartida, un desafío.

Entonces, ¿no hay recetas? No. Quizá a ello responda el título del libro: Mal de escuela. Pennac reflexiona sobre algunos de los tópicos frecuentes en los debates actuales sobre la educación. Por ejemplo, la importancia de la memoria o el papel del dictado como elementos fundamentales en la formación de los alumnos, al margen de modas y tendencias. Nos brinda numerosos ejemplos sacados de su experiencia de cómo emplear ambos para sacudir las mentes perezosas de sus alumnos.


También el sistema de calificaciones merece su atención, en particular, la ambigüedad del “cero” que iguala a quien no conoce la respuesta correcta y formula una errónea y a aquel otro que elabora una respuesta absurda. ¿Y es esto relevante? Según Pennac, sí. La respuesta errónea presupone un esfuerzo. La respuesta absurda representa la salida fácil del zoquete.

Subimos el telón:
- ¿Qué río pasa por Valladolid?
- El Rin
- Un cero
- Pues vale.

¿Qué ocurriría si el zoquete contesta con un sincero “no lo sé”? Resultaría que el profesor debería interrogar por los motivos de la ignorancia, repasar los ríos, saltar el orden de exposición que había preparado para la clase, en definitiva, “no dejar saltar la presa”. ¿Y el zoquete? Habría tenido que responder a numerosas preguntas. Es mejor la mentida como se dijo antes, más cómoda para ambos. El zoquete ha logrado salir indemne y el profesor se ha ahorrado la tarea de averiguar el motivo del rechazo al conocimiento que de modo tan manifiesto plantea se le plantea.

Bajamos el telón.

Y es que aquí ya perfilamos al zoquete desafiante. El que desprecia la enseñanza, pero también al profesor y a sus compañeros e incluso a sus padres. ¡Cuánta tarea pendiente para un educador! Y aquí surge otro de los equívocos que pretende rebatir Pennac: la violencia en la escuela. Sostiene que siempre la ha habido, sea ahora más agresiva o patente; pero no es propio y exclusivo de nuestros días. Sí lo es la de atribuirla y etiquetarla para asociarla a los barrios periféricos y a la inmigración.

Porque los alumnos ya no son los que eran, también esto lo reconoce Pennac. El alumno actual vive en un mundo creado para él por los adultos en el que la manipulación resulta brutalmente explícita. Las propias palabras son usurpadas sustituyéndose por marcas (las Adidas, el Mp3, ..., sustituyendo a los sustantivos zapatillas, reproductor de música).


Frente al alumno contestatario y rebelde de los setenta y ochenta, el alumno actual se caracteriza por su condición de niño-cliente, demandante de bienes de consumo (la mayoría muy caros) por los que pagan con un dinero que no han ganado, por el que no han debido esforzarse. Quizá éste sea el mejor diagnóstico que contiene el libro. Lejos de centrarse en la manida imagen de los padres conformistas que conceden a sus hijos todos los caprichos haciendo de ellos unos caprichosos compulsivos, Pennac centra su mirada en los aspectos extrafamiliares, en el chico de barrio que debe competir, no en conocimientos, sino en sus posesiones visibles para conservar su prestigio aún a riesgo de convertirse en un ridículo hombre anuncio.

Es en este contexto donde aparece la escuela, único lugar en el que se exige a este niño que se esfuerce como paso previo para conseguir su meta, el único lugar en el que lograr destacar requiere sacrificio, una disciplina a la que no están habituados. Difícil tarea la de diferir la meta para unos jóvenes acostumbrados al aquí y ahora. De ahí ese mal de escuela que ninguna justa reivindicación presupuestaria logrará solventar.

Pennac no niega los problemas económicos, sociales y psicológicos. Lo que viene a defender es que estos problemas deben quedar fuera de la escuela; ésta debe ser el terreno del alumno y el profesor, separados tan sólo por el conocimiento que parte de uno y aspira a llegar a otros. La labor del profesor no es arreglar el mundo ajeno a la escuela -para eso tenemos demasiados voluntarios: políticos, periodistas, famosos sin oficio, .- sino arreglar su pequeño reino, su cuadrilátero y con eso ya es bastante.

Y, al fin, volvemos la mirada a Pennac y a sus tres ángeles salvadores cuya tenacidad y esfuerzo por no “perder la presa” lograron rescatarle de un futuro de zoquete. Porque sólo profesores como ellos, como tantos otros, pueden llevar a que unos alumnos acostumbrados a mascar consignas ajenas, se tomen la molestia de cuestionarlas y tomar en sus manos la decisión de ser o no unos zoquetes.

5 de julio de 2006

Memoria de mis putas tristes (Gabriel García Márquez)


¿Qué hay de García Márquez en la última novela de García Márquez? Sin duda no nos encontramos ante una de sus obras maestras aunque bien pudiera ser que precisamente la maestría de la misma sea la de mantener un estilo y un mundo creativo reconocible e identificable por cada lector. Visto de este modo, la genialidad no es un atributo de una novela o relato concreto sino del conjunto de la obra de su autor.

Y en este campo no hay quien discuta a García Márquez su capacidad para tener una escritura personal (no sólo circunscrita al mundo brumoso de Macondo). Algo hace que tras leer las primeras líneas de Memorias de mis putas tristes sepamos quién es el autor y se agolpe en nuestro inconsciente lector todo un conjunto de imágenes, sentidos y contextos que perfilan lo que leemos, iluminando el texto con un foco del que el autor es, sin lugar a dudas, consciente.

Un hombre en edad de despedirse de la vida decide solicitar los servicios de la regenta de un burdel para obtener los servicios de una virgen menor. El anciano recuerda su vida plagada de aventuras casuales en los prostíbulos del barrio chino, su relación con el periodismo y la música.

Y es después de un viaje tan largo cuando acaba por descubrir en forma de celos aquello que le estuvo vedado el resto de su vida. La reescritura, por tanto, de toda una vida en sus últimos instantes, conforma el hilo narrativo sobre el que se despliegan temas ya visitados por el autor como el amor en la senectud, la relación intergeneracional (la virgen tan solo tienen un papel pasivo dado que no pronuncia palabra en toda la obra). la soledad, una sociedad brutal que ahoga al individuo que busca su propio camino, etc.

Por ello, leer esta breve novela no aportará nada nuevo a quien conozca la obra de su autor, y sin embargo, no leerla nos apartará de esa sensación de frescura que nos deja la visita fugaz de una realidad literaria (realismo mágico dirán algunos) completa y heterónoma. El placer de la lectura, como el de la amistad, muchas veces se cifra en la novedad que se esconde bajo la capa de lo conocido y que el azar deja al descubierto en ciertas ocasiones.