16 de diciembre de 2012

El contable hindú (David Leavitt)


El contable hindú es la historia de la relación entre G. H. Hardy, célebre matemático británico de la primera mitad del siglo XX y Ramanujan, un autodidacta que se reveló como una de las figuras más importantes de las matemáticas modernas.

Ramanujan era consciente de su talento, que atribuía a la inspiración de la diosa Namagiri, por lo que contactó con varios notables matemáticos de la metrópoli para que confirmasen si su obra merecía la atención del mundo académico. De todos ellos, sólo Hardy mostró interés por el joven indio gestionando su viaje al Trinity de Cambridge y dando así comienzo a una fructífera relación que traería consigo importantes avances en la teoría de los números.

David Leavitt escribe El contable hindú (publicada por Anagrama con traducción de Javier Lacruz) en tercera persona, si bien intercala en el desarrollo cronológico de la historia una conferencia imaginaria de Hardy, casi al final de su vida, en la Universidad de Harvard rememorando diversos episodios de la peculiar relación con su joven discípulo. Al combinar primera y tercera persona crea la impresión de que la voz narrativa es el propio Hardy, o al menos, que se expresa con su punto de vista desplazando así el centro de gravedad de Ramanujan (como haría pensar el título de la obra) a Hardy.



David Leavitt

Podríamos pensar que el matemático indio debiera ser por méritos propios la pieza sobre la que gira la historia, su verdadero protagonista. Sin embargo, ni la nota exótica de su piel oscura en los college de Cambridge, ni su falta de educación formal o su genialidad, bastan para restar fuerza a la personalidad del más oscuro y esquivo G. H. Hardy.

El afamado matemático británico es introvertido hasta extremos enfermizos; poco aficionado a las conveniencias sociales y a las relaciones mundanas que ve como simples estorbos y largos preámbulos para la consecución de sus fines. Frío y con pocas dotes para la conversación. A ello se suma una homosexualidad en ocasiones no totalmente admitida, más bien timorata y platónica que apenas logra conciliar con la realidad de su tiempo y que choca con el ambiente desinhibido de sus colegas del círculo de los Apóstoles de Cambridge. En suma, un personaje que uno tendría poco interés en conocer y, menos aún, en tratar.

Puestos sobre la mesa estos elementos parecería que las simpatías del lector debieran caer del lado de Ramanujan. Sin embargo, David Leavitt tuerce la simpatía natural del lector por el "contable hindú" introduciéndonos en la compleja psicología de Hardy, sus vericuetos y oscuridades, también algunas luces. 

Hardy


Comencemos. Hardy no es un valiente en el sentido convencional del término. Poco después de la llegada de Ramanujan a Inglaterra, estalla la Primera Guerra Mundial. Este acontecimiento supone un cambio radical en la vida del college. Muchos alumnos se alistan como voluntarios, algunos profesores les siguen, pero el círculo más elitista, con Bertrand Russell a la cabeza, aboga por el pacifismo y alcanzar un acuerdo con los alemanes que ponga fin a la guerra. Hardy simpatiza con esta facción y se une a diversas organizaciones pacifistas, ocupando incluso algún cargo destacado y asumiendo por ello un cierto riesgo laboral.

Pese a que por estar soltero es un candidato óptimo para el reclutamiento, se resiste por coherencia con sus altos ideales. Y sin embargo, según las fuentes a las que ha recurrido Leavitt, se postula secretamente como voluntario para el caso de que sea necesario ampliar el reclutamiento, tratando así de evitar la presión y el destino de algunos compañeros de Cambridge menos timoratos: el despido.

Las contradicciones se agolpan en su vida. Pese a sus nulas habilidades sociales, Hardy se labrará fama por sus trabajos en pareja (Hardy y Littlewood, Hardy y Ramanujan). No importa que muchos de los artículos fruto de estas colaboraciones se escriban por separado, compartiendo ideas mediante cartas (incluso con Littlewood, que vive a apenas unos pasos, en el propio Trinity). Lo cierto es que Hardy encuentra estímulo en este tipo de trabajos compartidos.

Más contradicciones. Su materialismo le convierte en un ateo puro desde su tierna infancia. Sólo admite lo que pueda ser demostrado, preferiblemente mediante métodos abstractos y matemáticos. Sin embargo, su complicada mente ha elaborado un sistema por el que, cuando desea fervientemente algo, reza para que se produzca el hecho contrario. Si quiere un día nublado para concentrarse adecuadamente en una demostración, pedirá a Dios un día de sol brillante, convencido de que Dios jamás le concederá lo que pide. Peor aún, conversa con el espíritu de su primer amante, Gaye, quien se suicidió por el rechazo de Hardy. Así, por lo menos nos lo describe Leavitt con el fin de resaltar su contradictoria personalidad. .

Ramanujan
¡Y vaya pareja! Un joven que atribuye su conocimiento a una diosa zoomorfa y que cree en la reencarnación y un matemático que se empeña en negar la existencia de Dios mientras le reza y conversa con muertos.

Y sin embargo, la relación funciona. El caótico e inventivo Ramanujan precisa de la formalidad y trabajo teórico de Hardy igual que éste necesita de las perspectivas heterodoxas de su discípulo. Tal vez estos hilos ocultos bajo las apariencias son los que tejen una relación muy especial que terminará por cambiar el carácter del propio Hardy.

Cuando Ramanujan enferme en 1916 será Hardy quien se preocupe por él y le haga regulares visitas, alejadas de sus intereses matemáticos más directos. También será Hardy quien apoye al joven en su idea de regresar a la India o quien se preocupe por sus estancias misteriosas en Londres.


Namagiri
La enfermedad de Ramanujan es otro misterio por aclarar. Cada médico tiene una opinión al respecto. Desde tuberculosis a alguna infección propia de la India, pero las molestias estomacales y sus fiebres nocturnas apenas le dejan espacio para el trabajo y su vida entra en el circuito de diversas casas de reposo, clínicas y médicos con terapias supuestamente milagrosas que tanto predicamento tenían en aquellos años.

Tal vez Ramanujan irritó a la diosa al cruzar el mar y alejarse de su templo para viajar a Inglaterra, tal y como sostiene su casta, o tal vez se trate tan solo de la adaptación al clima inglés y la dificultad para encontrar verduras frescas durante el periodo de guerra (Ramanujan es vegetariano estricto). Por otro lado, sus preocupaciones familiares crecen. Casado con una adolescente en un matrimonio concertado, deja a su esposa en manos de su madre. Poco después se entera de que la niña ha huido a casa de unos familiares escapando de la semiesclavitud en la que vivía.






Por otro lado, el joven ansía un rápido reconocimiento y estabilidad económica. El rechazo del claustro de Cambridge a admitirle como profesor la primera vez que es propuesto supone otro duro golpe.



Demasiada presión para un hombre impresionable como Ramanujan. La decisión de volver a la India temporalmente para recuperarse parece la más acertada. Allí morirá poco después, rodeado de la admiración y reconocimiento que no tuvo hasta que Hardy le sacó de aquel mismo país. 

Ramanujan junto a Hardy en Cambridge
El contable hindú está escrita con ese estilo minucioso y conciso, pero al tiempo ágil, que recuerda vagamente a Julian Barnes (quizá sean los ecos de Arthur & George, otra novela brillante sobre dos personajes opuestos, uno de ellos también de origen indio). Lo cierto es que la obra está plagada de imágenes y reflexiones que van construyendo una historia, la relación entre dos hombres muy diferentes, de manera verídica y brillante. Las sucesivas escenas sobre las que se articula la trama (Leavitt no se esfuerza por rellenar los espacios en blanco) siempre iluminan algún aspecto de las personalidades de ambos que dan sentido al conjunto.

El esfuerzo de documentación realizado por el autor merece un aplauso ya que no solo se centra en recrear la vida de sus personajes sino que la enmarca en un contexto histórico y social muy concreto. Las reuniones de los Apóstoles, las relaciones con Keynes, D. H.  Lawrence, Russell o Moore, el modo de vida en el collage (incluyendo los menús de los profesores), la manera en que se enfrentaba la homosexualidad en la época o las diversas conjeturas matemáticas de los protagonistas quedan perfectamente retratadas.

¿Por qué merece la pena leer El contable hindú? En primer lugar porque, a pesar de su detallismo, su lectura es estimulante; no asustarse si al hojear el libro se ven fórmulas matemáticas, no muerden. En segundo lugar, porque nos enseña cuál es el verdadero cimiento de una amistad, ajeno a cuestiones de raza, sexo o religión pero muy relacionado con compartir un interés común y con el respeto mutuo. Este respeto es el que llevó a Hardy a afirmar que en el futuro querría ser recordado, no por sus teorías matemáticas, sino por haber sido el descubridor de Ramanujan. Pocas palabras pueden expresar mejor la idea recogida en esta novela.

2 de diciembre de 2012

La librería ambulante (Christopher Morley)




En nuestras vidas digitales apenas podemos concebir un tiempo en el que vivir en una aldea remota significaba el alejamiento de cualquier oportunidad de ocio o cultura tal y como podían entenderla sus contemporáneos urbanitas. Un tiempo en el que el acceso a los libros resultaba harto difícil, no sólo por lo costoso, sino por las escasas oportunidades para su compra.

Así que, al igual que cualquier otro vendedor ambulante que decide acercar su producto a sus clientes potenciales, el mejor modo de llevar los libros a los rincones más recónditos del país, era trasladarlos físicamente, mostrarlos como una mercancía más y cantar sus bondades.

Roger Mifflin recorre los caminos rurales de los Estados Unidos a comienzos del siglo XX ejerciendo la venta de libros a domicilio a bordo del Parnaso Ambulante, un carromato acomodado a la doble función de tienda y vivienda itinerante, acompañado por una mula renqueante y un alegre perro.

Pero no viaja a solas con ellos, a sus espaldas, más de mil libros le sirven de consuelo y esperanza, de lección sobre el mundo y de criterio para conducirse en la vida. Porque Mifflin, que ha abandonado su ocupación de maestro, ha sido picado por el vicio del proselitismo, la predicación de una verdad que ha iluminado su vida: la religión de la buena literatura.

Mifflin encuentra una compañera de viaje con la que comparte protagonismo, Helen McGill. Institutriz en su juventud, abandonó la vida urbana para comprar, junto a su hermano Andrew, una granja en la que viviría los siguientes diez años dedicando su tiempo y esfuerzo a recoger los huevos de las gallinas, hornear el pan y preparar mermeladas. Diez años es demasiado tiempo y Andrew comienza a interesarse más por la escritura que por los cultivos y el ganado alcanzando cierto renombre que amenaza la estabilidad de la vida rutinaria de Helen.


Cuando ésta ve aparecer a las puertas de su granja el Parnaso Ambulante del señor Mifflin y conoce sus intenciones de venderlo a su hermano para retirarse a escribir un libro en el que volcar toda su experiencia de los años pasados en polvorientos caminos, cree llegado el fin de su tranquila vida rural. Ve a su hermano comprando el cachivache y lanzándose a la aventura dejando para ella el duro trabajo de la granja. Así que lanza su complicada apuesta para evitar que su vida cambie por la fuerza de otros y, para ello, golpea primero. Será ella y no Andrew quien compre el Parnaso y ella quien asuma la dirección del negocio dejando toda la responsabilidad de la granja a su hermano.

Helen es un ejemplo de estas tardías decisiones que se toman en la vida, muchas veces las más acertadas, las que rompen una dinámica y que son un salto al vacío que pocos son capaces de dar. Pero no es su caso, paga en el acto al mercachifle que le acompañará durante los siguientes días explicándole las normas básicas de su negocio y compartiendo con ella su credo literario.

Las conversaciones entre el extravagante Sr. Mifflin y la pacata McGill no tienen desperdicio y van jalonando las cunetas de divertidas anécdotas que conducen a un final algo previsible pero que no desentona con el tono placentero del relato ni con el pausado trote de la mula.


Y de esto habla La librería ambulante, de un estrafalario hombrecillo que se ha dedicado durante los últimos años a predicar su evangelio literario a lo largo y ancho de los polvorientos caminos. Ha discurseado sobre la buena literatura y cómo sacar partido de ella, pero también ha sabido vender los libros adecuados a las personas correctas. A un ama de casa le sugiere un buen libro de cocina y a un granjero un libro sobre horticultura. Propone libros diversos al predicador, a los hijos del alcalde o al funcionario local con una idea en la cabeza: cada libro es una semilla que germina en la necesidad de más libros.

Mifflin no se aferra a las listas de éxito sino que recurre sin vergüenza a los clásicos  cuando lo cree conveniente. Pero no está dispuesto a asfixiar una incipiente vocación lectora con obras que la agoten por siempre. Se niega a entregar a un granjero obras de Shakespeare pese a la insistencia de éste, creyendo aún no llegado el momento adecuado.

Mifflin nos habla de las bases de un buen negocio, honrado y de improbable rápida fortuna, pero un negocio seguro ya que cree en su mercancía. Cuánto deberían aprender libreros, editores y críticos de este personaje mientras se lamentan y lamen las heridas de la crisis lectora.

Vender a un buen precio con un margen razonable, no tratar de vender el libro equivocado a la persona equivocada (cuántas menciones en las contraportadas han llevado a comprar malos libros). Cuánto marketing y qué poco boca a boca. Qué rapidez para publicar libros que apenas duran unos escasos meses en el mercado y que, sólo si son rentables, pasan a ediciones de bolsillo igualmente parcas. Cuánta publicidad y cuántas listas de ventas, cuántos autores con un buen primer libro que estiran su fama con segundas obras que no debieron publicarse.

Pero no generalicemos, Editorial Periférica ha recuperado este texto publicado en 1917 por Christopher Morley, un autor de éxito en la primera mitad de siglo que supo escribir con un estilo cuidado pero popular. Tanto por la edición como por la traducción a cargo de Juan Sebastián Cárdenas, Periférica proporciona el sabor y el gusto de los buenos libros, amenos y centrados en una historia que narrar, artesanía de la palabra.

Christopher Morley
 Es cierto que en nuestros días la Literatura no parece necesitar de librerías ambulantes como antaño. Ya no hay caminos pedregosos, ni aldeas remotas; la globalización nos ha acercado a todos y cualquiera puede comprar lo que desee a través de Internet. Pero también en nuestros días sigue habiendo necesidad de Parnasos, de predicadores de la buena literatura. Y esos Parnasos llaman a tu puerta cada día y llevan nombres tan rutilantes como La hora azul, La antigua Biblos, Lector en los huesos, El blog del librero Humanoide, Solodelibros, Devolución y Préstamo, Libros y Literatura, O mejor... ¡Denme el librillo entero!, De libro en libro.. , Cargada de Libros, Golem - Memorias de lectura, Algún día en alguna parte, Hislibris, Opinión de Libros y tantos y tantos otros. 


Esta reseña participa en el concurso de la web Libros y Literatura


11 de noviembre de 2012

La librería (Penelope Fitzgerald)



Puede parecer una buena idea inaugurar una pequeña librería en Hardborough, un pueblo de la costa este inglesa, en la actividad cultural se reduce a un ciclo de conferencias anual sobre cuestiones locales que organiza el párroco.

Y puede que la idea aún resulte más atractiva cuando la emprendedora ha trabajado previamente en una gran librería de Londres y, por tanto, conoce el negocio.

Todo ello conforma un escenario idílico, pero La librería, de Penelope Fitzgerald es cualquier cosa menos bucólica y amable. Su lectura resulta inquietante desde las primeras páginas y parece que la humedad que todo lo corroe en Hardborough salta del texto al lector. Algo extraño e inaprensible flota sobre toda la novela sin que podamos ponerle nombre.

Comencemos por las fuerzas sobrenaturales. Old House, la casa que compra Florence Green para su librería está habitada por un rapper, nombre con el que los lugareños designan a pequeños espíritus algo juguetones que acostumbran a alterar la vida cotidiana en los hogares, y que con sus ruidos y movimientos de muebles atormentará a los clientes de la librería.

Sigamos con la climatología que hace de los inviernos un largo paréntesis en el que la vida del pueblo queda suspendida en medio de un vendaval que azota la costa y que amenaza con llevarse por delante las pocas infraestructuras que se han logrado mantener. Los breves meses de verano apenas parecen suficientes para que el gasto de los turistas que visitan la costa palíen los destrozos. Tampoco los rayos del sol logran ahuyentar las manchas de humedad y el olor a moho.


Pero sin duda, son los habitantes de Hardborough el mayor obstáculo que deberá superar Florence en su empeño librero. Y aquí es donde comienzan sus verdaderos problemas. Aunque la mayoría de sus vecinos muestran una frialdad y recelo difícilmente explicables, la oposición a Florence se articula en torno a Violet Gamart, verdadera referencia social en el pueblo. Ser invitado a las veladas en The Stead, su mansión, es la aspiración de quien pretenda ser alguien en el pueblo. Como todos quienes no tienen otro oficio conocido que el de gastar el tiempo que su posición económica les ofrece en exceso, pretende tener interés en mejorar la vida cultural de la comunidad. Pero Florence no encontrará un apoyo en ella, al contrario. Violet entablará una lucha sin cuartel contra la pequeña librería, dedicándole toda su inquina y capacidad de intriga para lograr sus fines.

Y es que el interés de Florence por el negocio literario hace despertar las ambiciones artísticas de la dama. Ni siquiera el edificio que compra mediante un costoso crédito logra esquivar la codicia de Violet. Old House es una casa antigua, en estado casi ruinoso, con mala fama por su activo rapper y con serios problemas de humedades. Pero Violet ha decidido que es la ubicación ideal para un centro cultural en el que dar pequeños conciertos y conferencias a su gusto.

La determinación de la librera por llevar a buen fin su negocio soñado tendrá un aliado en la persona de un anciano de porte aristocrático que se alza como contrapoder en el pueblo frente a The Stead. Aunque el anciano ha perdido gran parte de su influencia, tomará partido a favor de Florence, cuya librería se convertirá en el último capítulo de esta lucha casi eterna.


Y visto ya el escenario que nos describe la autora, podemos adentrarnos en algunas reflexiones sobre los temas que nos plantea esta espléndida novela.

Violet no recela de las librerías, de la literatura o del arte en general; sólo de aquello que escapa a su control. Lo que querría es organizar ella misma los programas y actos que verdaderamente merecen la pena. En pocas palabras, Violet cree que los habitantes de Hardborough precisan de su juicio y buen gusto, de verdadera cultura y se prepara para ofrecerla a través de su propuesta para crear un Centro Cultural.

No es de extrañar que la decisión de Florence de poner a la venta la última y controvertida novela de Vladimir Nabokov, Lolita, sea la disculpa que esperaba Violet para lanzar su ataque final, porque lo que no puede tolerar es que alguien ofrezca a los rudos habitantes de Hardborough la libertad de leer y formarse una opinión de un libro que le disgusta profundamente, aunque no lo haya leído.

Florence no actúa como una provocadora propagandista, siempre manifiesta que no es quien para valorar las obras que vende, tan solo es una comerciante que vende libros, no una crítica literaria. Y esto es lo que Violet denunciará, ya que envolverse en la moral y en los principios es lo que caracteriza a los inmorales y faltos de escrúpulos.

Al igual que los reyes españoles encerraban en salas reservadas determinadas pinturas que consideraban que podían ser perjudiciales para el común de los mortales, para así poder gozar tan solo ellos de su contemplación (se supone que sin menoscabo de su moralidad) hay quienes gustan de ejercer de policías de la moralidad e incluso del gusto ajeno, reduciendo al público general a una minoría de edad vergonzante.

Por ello no es de extrañar que, en su inmensa sabiduría literaria, Penelope Fitzgerald haya creado el personaje de Christine como ayudante a tiempo parcial de Florence. Pese a ser una niña, es plenamente consciente del papel que desempeña su jefa en el drama cotidiano de Hardborough. Solo ella asumirá conscientemente el riesgo que supone tomar partido por el bando equivocado y, al fin, pagar por ello.


Penelope Fitzgerald
No es el único ejemplo de talento literario que nos ofrece La librería. Gran parte del texto se construye sobre sutiles diálogos en los que las palabras y su verdadero sentido se disocia aumentando la impresión de sofocante asfixia, de claustrofobia que emana toda la obra. La hipocresía que impregna las relaciones de los habitantes del pueblo quedan magníficamente retratadas en el texto a través de silencios y evasivas que van dibujando el mapa real de Hardborough.

El ritmo de la narración es otro acierto ya que los episodios se suceden complicando progresivamente la trama hasta llevarnos a su final inevitable.

Impedimenta ha acertado nuevamente al recuperar a esta autora para el público español presentando la primera traducción a nuestro idioma (a cargo de Ana Bustelo) de este libro, finalista del Premio Booker.

Aunque Hardborough puede representar la resistencia al cambio y la imposición de unos criterios morales por parte de unos pocos, lo cierto es que no debemos juzgar con soberbia a sus habitantes sin antes examinar en cuantas ocasiones nos hemos creído mejores por nuestras opiniones y gustos, cuántas veces hemos jugado el papel de Violet Gamart.

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  • 29 de octubre de 2012

    El afinador de pianos (Daniel Mason)




    Hay quienes opinan que la música es mucho más que un mero entretenimiento, que las vibraciones de las ondas de sonido no son simples fenómenos físicos. Para aquellos que así piensen, en nada puede resultarles extraño creer que la música pueda servir para la pacificación de territorios hostiles o que pueda desempeñar un papel relevante dentro de una compleja red de contactos diplomáticos.

    Pero entre estos no se encuentran los militares británicos destacados en la lejana y belicosa Birmania de los tiempos de la reina Victoria. No son ellos los más apropiados para confiar en el papel de un instrumento musical, menos aún de un piano acorde para salones londinenses pero no para la húmeda ribera del Saluén. Afortunadamente, su ignorancia musical les impedirá captar la ironía de que precisamente se trate de un piano Erard, uno de los modelos más delicados.

    Porque éste es el encargo que las autoridades militares reciben del doctor Anthony Carroll, responsable de un fuerte militar enclavado en los confines de la selva birmana, rodeado de tribus belicosas y acechado por las fuerzas coloniales francesas: hacer llegar un Erard desde la lejana metrópoli hasta Mae Lwin.

    La encomienda es cumplida, si bien, sólo en atención al inexplicable hecho de que el doctor Carroll haya logrado mantener la aislada posición garantizando los derechos de Gran Bretaña sobre la zona y que ya estén acostumbrados a los métodos algo heterodoxos del doctor.

    Poco después, el doctor Carroll vuelve a la carga con una petición no menos irritante: enviar un afinador ya que el viaje y la humedad de la selva han desafinado el piano. Nuevamente, el recado es exigente, no sirve cualquier afinador sino que ha de ser uno especializado en Erards. 

    Un piano Erard
    Y así es como Edgar Drake recibe un encargo que le llevará desde el brumoso Londres victoriano, hasta las remotas tierras de los shan, en un viaje que cambiará, no sabe el lector cuánto, toda su vida.

    Mientras Edgar surca el Mediterráneo, los recuerdos de su esposa y de la rutinaria vida  de su oficio aún forman parte de su experiencia. Pero la llegada a la India comienza a sembrar el desconcierto en el afinador, que apenas cuenta con reglas para juzgar y comprender cuanto ve, a impregnarse de un sentimiento al que no es capaz de dar nombre.

    Una vez arriba en Birmania el contacto con la colonia inglesa le trae de nuevo el recuerdo de su patria, que ahora le resulta violento e incluso le avergüenza. El desprecio que la guarnición británica parece sentir por los birmanos, su arte y su cultura levantan una ira sorda en Edgar que ha comenzado a conocer todos sus secretos de la mano de Ma Khin Myo, una hermosa joven que le sirve de guía y asistente.

    Pero la estancia en Mandalay se prolonga sin recibir nuevas órdenes para reemprender el viaje hacia Mae Lwin, última etapa para cumplir su misión. Y, sin embargo, Edgar no tiene prisa por partir y aprovecha su estancia para conocer y empaparse de la cultura birmana, desde su religiosidad hasta el teatro callejero pwè y las explosiones de júbilo popular.

    Su curiosidad por el doctor Carroll no deja de crecer. Devora cada palabra elogiosa que escucha de los pocos militares que parecen apreciarle y rechaza las de quienes desprecian sus métodos. De algún modo, Edgar se aferra a la idea de que el doctor es una figura de leyenda, con poco en común con el resto de militares, capaz de justificar y redimir la causa imperial británica, capaz en definitiva, de dar sentido a las confusas reflexiones de Edgar necesitado de encontrar un terreno firme sobre el que asentar su nueva concepción de sí mismo.

    El río Saluén
    Sin embargo, las noticias de un ataque militar a Mae Lwin y la suspensión de su misión le dejan en tierra de nadie y con la previsible vuelta al hogar en el horizonte. No es extraño que acepte sin dudar la llegada de un emisario del doctor Carroll para guiarle hasta la guarnición desobedeciendo así las órdenes del gobernador militar.

    Edgar parte en busca de un piano desafinado, metáfora tal vez de un espíritu sacudido por experiencias inalcanzables en su vida anterior y deseoso de encontrar las respuestas que tanto ansía. Dejamos aquí al lector para que acompañe a Edgar en su última y definitiva etapa por las selvas birmanas y recuperemos el tema del libro.

    Un rutinario y grisáceo afinador de pianos, acostumbrado a la precisión y meticulosidad de su oficio y a la rígida moral del Londres de finales del siglo XIX, es sacudido por la experiencia de un viaje que pocos en su época podrían soñar con realizar.

    En su periplo, Edgar se enfrentará a la exuberante naturaleza selvática tan distinta al paisaje urbano que le resulta familiar. Conocerá otros modos de relación social, más espontáneos en algunos aspectos que los suyos propios, pero mucho más ceremoniosos en otros. La sensualidad de Oriente no le será ajena, como tampoco su arte y sus tradiciones.

    Pero este idílico escenario no basta para explicar el cambio. Los militares y funcionarios británicos pasan por esta tierra como lo han hecho por otras antes y lo harán después, llevando su pequeño trozo de patria consigo, despreciando cuanto les rodea. Para ellos, la experiencia, el contraste, no resultan enriquecedores, sólo sirven para cimentar su concepto de superioridad.

    El viaje precisa de un viajero como Edgar, fácilmente impresionable, que apenas ha salido de Londres y cuya profesión le predispone al arte y a la atención hacia los más sutiles matices. Todo ello favorece que cuanto vea, escuche, huela y palpe, le cause una profunda impresión.

    El afinador de pianos (editorial Salamandra y traducción de Gemma Rovira) fue la primera novela escrita por Daniel Mason en el año 2002 con un rotundo éxito internacional. Mason, que estudió Biología y Medicina, dedicó un año a estudiar la malaria en parte de los escenarios de esta novela. De esta experiencia personal (creemos que igual de determinante que la de su protagonista) extrae gran parte del paisaje de fondo, verdadero tesoro de la novela.

    El autor
    Un texto plagado de información muy documentada sobre la cultura popular birmana, sus costumbres y su historia, su flora y su geografía. La novela es exuberante y sensorial, plagada de texturas, olores y colores sorprendentes para nuestros occidentalizados ojos, al menos tanto como lo puede ser el reflejo de la madera de un Erard o el sonido de sus teclas para un birmano.

    Aunque en ocasiones el doctor Carroll alcanza altura mítica, ni su figura se aproxima a la de Kurtz, ni el Saluén ofrece la majestuosidad del río Congo. Pero no por ello debemos orillar esta novela que pretende llevarnos a un terreno igual de esencial, a la pregunta de si somos quienes creemos ser y cuál es nuestra verdadera esencia. Ésta es nuestra eterna interrogación y el motivo de emprender tantos y tantos viajes, la lectura uno de ellos. 
      
     

    15 de octubre de 2012

    Historia Universal de la Infamia (Jorge Luis Borges)






    El tiempo de verano es propicio para lecturas dispersas, dejadas atrás por diversos motivos y recuperadas para cubrir las horas de un ocio inexistente el resto del año. Así, durante el mes de agosto, me encontré leyendo al mismo tiempo dos libros que nada deberían tener en común.

    24 paseos por Londres es un curioso catálogo de rutas a pie por la capital británica, asomando al lector a callejones y patios que no suelen figurar en guías más convencionales. Gran parte de los altos en el camino tienen lugar bajo placas conmemorativas de hechos criminales, siniestros o, en el mejor de los casos, inquietantemente misteriosos.

    Una mañana, pongamos que de un martes, en el paseo dedicado a los aledaños de Oxford Street, leí por primera vez la historia de Arthur Orton, personaje célebre por haberse hecho pasar por el hijo de Lady Tichborne desaparecido en un naufragio en el lejano Caribe. El impostor supo jugar con el deseo de la madre por aferrarse a cualquier esperanza para desterrar la idea de la pérdida de su hijo. Y de este deseo se aprovechó hasta que, a la muerte de Lady Tichborne, el resto de herederos, algo menos románticos y muy preocupados por el número de partes del caudal relicto, denunciaron con éxito al suplantador que terminó pagando su osadía con la prisión y el posterior oprobio.

    La tarde de ese martes leí en Historia Universal de la Infamia, primer libro de relatos de Jorge Luis Borges, la misma historia, algo más extensa, ricamente adornada con personajes adicionales y florituras verbales, a la que el escritor argentino había bautizado como El impostor inverosímil Tom Castro.

    El impostor Tom Castro
    Esta larga introducción sólo sirve para poner de manifiesto una coincidencia que habría hecho las delicias de Borges y que, en sus manos, habría podido dar lugar a un hermoso relato sobre el destino, la cábala o las matemáticas del azar.

    Historia Universal de la Infamia es un libro bastante peculiar e interesante pese a no figurar entre los más leídos del escritor argentino. Todas las primeras obras cuentan con dos tipos de público, quienes consideran que es la mejor y que lo que le sigue sólo aspira a igualar su mérito y quienes la creen mero atisbo de una promesa aún por cumplir. 

    Lo cierto es que este libro surge como recopilación de unos textos publicados a lo largo de 1933 y 1934 en el suplemento de un diario bonaerense y que un avispado editor (o el propio autor, lo desconozco) supo reunir en un único volumen en 1935 junto con algún añadido, siendo reeditado en 1954 con pocos añadidos y modificaciones. La edición española corre por cuenta de Destino.

    Como el título acierta a resumir, Historia Universal de la Infamia no es otra cosa que una colección de episodios protagonizados por malvados delincuentes, impostores, asesinos, piratas y demás ralea, de diverso tiempo y lugar que no tienen otra cosa en común que su iniquidad.

    Para cada una de las historias, Borges parte de una fuente concreta, especificada en un epílogo, algunas tan fiables como la Enciclopedia Británica, otras más imprecisas como Vida en el Mississippi de Mark Twain.

    Con este escaso material, Borges construye sus relatos en los que combina detalles psicológicos con reflexiones subjetivas, todo ello aderezado por su estilo barroco y algo redundante, estilo al que hace una mención burlesca en la introducción a la edición de 1954.

    El primer aspecto que llama la atención en este libro es que Borges toma hechos reales y se esfuerza por literaturizarlos, por trasladar la impresión de que se está ante un relato, no ante una noticia.

    En el prólogo ya citado, Borges atribuye a su timidez y vergüenza el hecho de recurrir a narrar hechos reales, evadiendo los imaginarios, bien por falta de confianza en sus dotes inventivas, bien por falta de inspiración. Pero lo cierto es que sólo estamos ante una disculpa dado que la elaboración literaria prima más allá de los hechos en que se basa.

    Pocos de los que lean el relato sobre Billy el Niño identificarían al protagonista si no fuera por el uso de su nombre. También yo necesité avanzar bastante en la lectura de El impostor Tom Castro para identificarlo con la historia real que había leído aquella misma mañana.

    Jorge Luis Borges
     Incluso los títulos dados a cada relato resultan reveladores de ese talante literario del que Borges apenas puede desprenderse en su escritura: El incivil maestro de ceremonias Kostsuké no Suké, El asesino desinteresado Bill Harrigan o El proveedor de iniquidades Monk Eastman por citar algunos ejemplos.

    Como contraste, la mayoría del resto de la obra de Borges trata de recorrer el camino inverso, hacer pasar por reales sus ficciones, dotarlas de fuentes fiables (como la Enciclopedia Británica en su famoso relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius) para mantener ese juego entre realidad e invención que es una de las claves de sus cuentos.  

    Y éste es el mérito de un maestro del relato, el conseguir crear una atmósfera propia, un estilo que envuelve los hechos y nos los ofrece ya elaborados y enriquecidos prefigurando lo que será el estilo definitivo del Borges cuentista.  De un lado, la expresión demorada, entretejida de reflexiones, a ratos filosóficas, a ratos irónicas, pero por otro lado, ese juego entre verdad y ficción, matemática y esoterismo, cero e infinito.

    Pero esta Historia Universal de la Infamia ofrece más. Ya desde la primera edición se incluyó el relato Hombre de la esquina rosada, única pieza de ficción en la que Borges rinde homenaje al lenguaje porteño y a la vida en los arrabales bonaerenses. Sin duda, el localismo no está reñido con esa universalidad a que se refiere el título del libro ni a la del conjunto de la obra de Borges.

    Los últimos añadidos son una suerte de viñetas, también fruto de la imaginación del autor, que continúan con la temática criminal y de infamia a que responde el título. En muchos casos parecen esbozos de personajes y escenas que podrían formar parte de futuros escritos.


    Pero erraríamos si creyéramos que la lectura de este primer volumen tan solo sirve para completar el conocimiento de la obra del escritor argentino o si la leyéramos buscando las raíces de su genio. El valor de estos pequeños textos se impone por sí mismo. Su brevedad no les resta intensidad y, en todos ellos, podemos disfrutar del fabulista completando los huecos que las fuentes no atienden.

    Los datos escuetos no son literarios, son hechos desnudos. Lo que rodea a esos hechos, el color de la noche de un crimen, lo que siente el asesino o lo piedad que implora la víctima son hechos inaprensibles para un historiador al uso. Sólo la Literatura alcanza a dar fe de ellos y sólo gracias a ella estos hechos permanecen en nuestra memoria. Por eso debemos leer, y leer también Historia Universal de la Infamia. 


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