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28 de julio de 2026

Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

 


Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección. 

 

 

11 de febrero de 2026

Tragesrias de Esquilo (7): Prometeo encadenado


Concluimos la lectura de las siete tragedias de Esquilo que se conservan en la actualidad. Prometeo encadenado no es considerada ni la mejor ni la última cronológicamente, sin embargo, por temática la he dejado en última posición.

Se cree que pudo ser escrita en torno al año 460 a. C. y que formaba parte de una trilogía basada en el mito de Prometeo, el titán que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Como siempre, comenzaremos por narrar brevemente el mito tal y como se cuenta en la obra, recordando que la mitología griega presenta diferentes versiones para un mismo relato.

Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, ocultándolo en un tallo de hinojo. Zeus, irritado y preocupado porque con ello los mortales adquirirán conocimientos que podrían alterar el orden divino, decide castigarlo. Lo encadena en una roca para que purgue su pecado y sirva de escarmiento a futuros rebeldes. En las dos obras siguientes, perdidas como se ha indicado, se relata la continuación de su historia. En Prometeo liberado, Hefesto libera a Prometeo bajo las instrucciones de Zeus, y se resuelve la tensión entre el titán y el dios, mientras que en Prometeo portador de fuego se narran sus esfuerzos por beneficiar a la humanidad otorgando diversos conocimientos y técnicas, consolidando su rol como protector de los hombres.

Las cualidades literarias de esta tragedia tal vez no superen la comparación con otras de las leídas anteriormente. La figura del coro de las oceánidas no es tan llamativa como la que aparece en la Orestíada, pero la sucesión de visitantes que acuden a interesarse por los hechos de Prometeo ofrece un retrato admirable de este. Cada una de estas visitas, las oceánidas, el propio Océano, a quien Prometeo anuncia que uno de sus hijos por engendrar será quien lo libere de su martirio, o Hermes, deseoso de imponer la voluntad de Zeus, querrán conocer las razones de sus actos. Prometeo explica cómo ha entregado a los hombres no solo el fuego sino también los rudimentos de la medicina, la adivinación, la cerámica y diversas artes e industrias que los harán progresar y, eventualmente, prescindir de los dioses. Esta amenaza final alarma profundamente a Zeus, que envía una tormenta devastadora que precipita la roca a la que está encadenado Prometeo hasta el fondo de los abismos.

Esta obra, como ocurre en la práctica totalidad de las tragedias de Esquilo, contiene escasa acción directa, privilegiando la presentación de distintas escenas y situaciones mediante las cuales los personajes exponen sus opiniones y caracteres. Esquilo buscaba con ello instruir y educar a sus conciudadanos. La tragedia griega era algo más que un mero espectáculo, era una escuela cívica, un espacio de debate, crítica y reflexión, una especie de ágora donde el orador era también el autor de la obra.

¿Qué quería transmitir Esquilo a los ciudadanos atenienses del siglo V a. C? Sin duda, en un tiempo en que la democracia intentaba consolidarse y la amenaza de déspotas o tiranos que asumían el poder, aunque temporalmente, estaba siempre presente, las acciones de Prometeo defendiendo a los hombres y resistiendo la injusticia de Zeus podían resonar con gran fuerza. Se comprende así que esta obra, como tantas otras de Esquilo, se representara más allá de la muerte del autor, especialmente cuando la democracia comenzó su declive y surgieron tiranías que debilitaban el espíritu cívico griego.

Viniendo de un autor tan respetuoso con la polis y con el orden ciudadano, sorprende la profundidad de la enseñanza que transmite a sus conciudadanos, reafirmando su reputación como el más apreciado por sus contemporáneos, quizás más que sus sucesores Sófocles y Eurípides, quizá más sobresalientes literariamente pero menos influyentes para su público original.

Llegando a nuestros días, ¿qué nos puede decir aún Esquilo? ¿La lectura política que tuvo para los atenienses puede seguir siendo relevante? Vivimos tiempos en que la imposición del poder es brutal y los más desfavorecidos, los hombres protegidos por Prometeo encadenado, precisan de líderes dispuestos a arriesgarse. La heroicidad reside en no doblegarse ante la adversidad y en saber que uno repetiría sus acciones porque existen hechos y circunstancias frente a los cuales es necesario rebelarse. Debemos reconocer que los dioses, incluso aquellos que representamos mediante nuestras decisiones y votaciones, no siempre actúan con justicia, que a veces oprimen a quienes no lo merecen y que, por tanto, conviene estar atentos a quienes muestran compasión por los débiles y desamparados, aquellos que han quedado rezagados en el reparto de los dones divinos.

Es posible que los ciudadanos griegos fueran más valientes y heroicos que nosotros, que tuvieran menos que perder y pudieran tomar decisiones más firmes, como se aprecia en Los persas, también de Esquilo. Pero también es posible que en cada uno de nosotros resida un Prometeo a la espera de encontrar un desafío a su altura, cada cual el suyo, para ocupar su lugar en la historia.

 


 

Cierre 

Leer las siete tragedias de Esquilo hoy nos permite comprender cómo los antiguos griegos reflexionaban sobre la justicia, el poder, la responsabilidad y la condición humana. Aunque sus escenarios y personajes pertenezcan a un mundo mítico, los conflictos que plantean, la lucha entre autoridad y rebeldía, el deber frente al deseo, la ética individual frente al bien común, siguen siendo universales. Estas obras nos enseñan a cuestionar la autoridad, a valorar la libertad y a asumir con coraje nuestras decisiones, recordándonos que la heroicidad no reside solo en la fuerza sino en la integridad y la resistencia frente a la adversidad. Leer a Esquilo es, por tanto, mirar al pasado para entender el presente y encontrar modelos de reflexión, acción y compromiso que todavía pueden guiar nuestra vida y nuestra sociedad.

Muchos otros tratarán estos mismos temas en el futuro, pero la forma directa y simple, casi esquemática, en la que Esquilo los plantea, valiéndose de los mitos, tan del gusto de aquella época, nos hace llegar más rápidamente y de una manera más directa al núcleo reflexivo de cada obra, acercándonos a unos hombres, a una afinidad estilística y de valores que no deja de sorprendernos. Vivimos tiempos en los que nos gusta creernos en el vórtice de la Historia: nunca antes hubo inteligencia artificial, nunca antes hubo tantos avances, nunca el hombre estuvo tan cerca de todo, pero tal vez nunca antes fuimos tan engreídos y vacíos. Pensar en qué podría haber hecho un ingeniero romano con nuestras técnicas y materiales, qué un arquitecto de nuestros días con unos sillares, qué un filósofo griego con la realidad tan rica actual y qué hacen los tertulianos con su ignorancia, nos lleva a preguntarnos si no es oportuno girar la vista en ocasiones hacia lo que tienen que enseñarnos quienes vinieron antes de nosotros.

 

 

2 de febrero de 2026

Tragedias de Esquilo (6): La Orestiada: Las euménides



Las Euménides es la tercera y última obra que forma la trilogía de la Orestíada, la historia trágica en la que se narra la muerte de Agamenón a manos de su esposa Clitemestra y la posterior venganza ejecutada por su hijo Orestes.

Así, en Las Coéforas, dejamos a Orestes tras haber asesinado a su madre y a Egisto, el amante de esta. En esta tercera parte, Orestes huye al templo de Apolo en Delfos para implorar su protección. No debemos olvidar que es este dios quien le ha ordenado llevar a cabo la venganza por el asesinato de Agamenón.

Hasta allí llegan tras él las Erinias, aunque el dios las ha sumido en un letargo para permitir que Orestes llegue a salvo. A diferencia de Las Coéforas, donde las Furias solo aparecían en la imaginación de Orestes, en esta obra se las representa de forma tangible. La pitonisa del templo las describe como criaturas ponzoñosas, de hedor infecto, sangrando podredumbre a su paso, seres ancestrales venidos del mundo subterráneo.

Para sacarlas de su letargo, se presenta la sombra de Clitemestra. Este recurso, ya empleado por Esquilo en Los Persas, anticipa la naturalidad con la que los fantasmas intervienen en la tragedia griega y que siglos después encontraremos también en el teatro isabelino. La sombra de Clitemestra incita a las Erinias a cumplir con su deber y castigar el parricidio, recordando la antigua ley que exige condena para quien mate a su madre, padre o hermano.

Una vez despertadas, reanudan la persecución de Orestes. Apolo le indica que huya a Atenas, donde podrá encontrar amparo bajo la protección de Palas Atenea.

El escenario cambia entonces de forma sorpresiva. Vemos a Orestes en la Acrópolis, abrazado a la estatua de Atenea como un suplicante más. Hasta allí llegan también las Erinias, y ante el alboroto, Atenea se presenta y exige explicaciones. Las diosas alegan la necesidad de mantener viva la justicia ancestral. Orestes replica que actuó cumpliendo los designios de Apolo, quien le exigía vengar la muerte de su padre.

Atenea, reconociendo la complejidad del caso, decide instaurar el tribunal del Areópago, formado por los ciudadanos más sabios y respetados de Atenas. Se suceden los argumentos de las Erinias, de Apolo y del propio Orestes. Finalmente, la votación termina en empate. Es entonces cuando Atenea, que no ha nacido de vientre materno, por lo que se inclina hacia lo masculino, concede su voto a favor de la absolución de Orestes. El joven, liberado ya de la maldición familiar, puede al fin marcharse en paz.

 

Sin embargo, las Erinias, indignadas por lo que consideran una pérdida de su derecho a juzgar los delitos de sangre, amenazan con verter su maldición sobre la ciudad. Atenea, con dulzura y sabiduría, logra aplacarlas. Les ofrece un lugar de honor en la ciudad, un culto permanente y un papel en el mantenimiento de su prosperidad futura. Las Erinias, apaciguadas y convertidas ahora en Euménides, las benévolas, aceptan su nuevo rol. Descienden al antro que será su nueva morada y reciben un cortejo solemne, con el que los ciudadanos atenienses celebran su integración en el orden cívico.

Por primera y única vez, podemos ver en las tres obras que conforman la Orestíada una evolución completa del mito. Partiendo de un conflicto familiar y ancestral, la trilogía culmina con un mensaje político, ético y filosófico. Esquilo toma el dilema entre el respeto a la vida materna y la necesidad de vengar al padre asesinado como punto de partida para explicar la creación del tribunal del Areópago en Atenas, una institución que simboliza el paso de la venganza privada a una justicia regulada por el Estado.

La justicia, en esta tragedia, deja de ser una prerrogativa del agraviado y pasa a ser una función pública. Es el triunfo del orden cívico sobre la ley del talión. La creación del tribunal es presentada como una forma superior de justicia, una justicia que no se basa únicamente en el castigo, sino en la búsqueda de la armonía y la reconciliación.

Este mensaje tenía una clara resonancia política en el momento en que fue representada la obra. Apenas unos años antes, las atribuciones del Areópago habían sido limitadas por reformas democráticas impulsadas por Efialtes y Pericles. La trilogía podía ser vista, por tanto, como una defensa de las instituciones tradicionales o como una llamada a integrar la justicia arcaica en el nuevo orden democrático. Sea como fuere, para los griegos, la Orestíada tenía un profundo significado simbólico que sus ropajes mitológicos no lograban disimular.

Esquilo, azuzado ya por la genialidad de Sófocles, y deseoso de imponerse en los concursos de las Grandes Dionisias, no duda en agradar a los ciudadanos atenienses haciéndoles sentirse orgullosos de cómo su ciudad es representada. Un lugar capaz incluso de acoger a las temibles Erinias, garantizando con ello su prosperidad y paz futura.

En cuanto a su estilo poético, Esquilo alcanza aquí una de sus mayores cotas. Las Erinias, que hacen las veces de coro, rompen con la norma de representar la voz colectiva del pueblo y se convierten en entidades con presencia física, discurso autónomo y una carga simbólica abrumadora. La poesía de Esquilo es solemne, ritual, cargada de imágenes arcaicas y potentes metáforas. El lenguaje elevado y oscuro y la alternancia entre lo terrenal y lo divino hacen de esta tragedia una cumbre estética y una proeza formal.

Y en cuanto a nuestra época, ¿queda aún alguna enseñanza que podamos extraer de esta obra? Sin duda, permanece vigente la idea de que incluso la peor justicia institucional es preferible a perpetuar un ciclo de venganza. Aunque hoy podamos dar esto por sentado, aún es valiosa la reflexión sobre cómo resolver los grandes dilemas éticos sin caer en la violencia. La tragedia nos recuerda que la verdadera civilización consiste en transformar la furia en palabra y la sangre en ley. En Las Euménides, Esquilo no solo concluye un ciclo mítico, sino que da forma a una nueva visión del mundo, donde la ciudad se impone al clan y la razón al instinto. Y esto aún es una lección que deberíamos tener muy presente.

 

 

 

22 de enero de 2026

Tragedias de Esquilo (5): La Orestiada: Las coéforas



Las coéforas es la segunda parte de la trilogía La Orestíada de Esquilo, representada por primera vez en el año 458 a. C. Recordemos que en la primera parte, Agamenón ha sido asesinado por Clitemestra a su llegada a Micenas, tras la victoria en Troya, para vengar la muerte de la hija de ambos, Ifigenia. Esta fue sacrificada por decisión de su padre, siguiendo las indicaciones del oráculo de Ártemis, para que la diosa fuera propicia y desatara vientos que permitieran a la flota aquea zarpar hacia Troya.

La última escena de Agamenón dejaba al coro condenando el asesinato del rey, anunciando que los dioses llevarían a cabo la venganza a través de Orestes, el hijo de Agamenón.

Y así da comienzo Las coéforas, con Orestes postrado ante el túmulo en el que ha sido enterrado su padre. Allí aparece también su hermana Electra, quien descubre un mechón de pelo de su hermano y lo interpreta como una señal de su regreso. Poco después, Orestes se le revela, y ambos dialogan sobre lo sucedido y la necesidad de cumplir la venganza.

El coro, formado en esta ocasión por mujeres esclavas del palacio —las coéforas— ha sido enviado por Clitemestra para verter libaciones en la tumba de Agamenón, no tanto para honrarlo como para calmar su espíritu y apaciguar la posible venganza divina.

Orestes urde un plan para entrar en el palacio, disfrazado de extranjero, de modo semejante a como lo hará Ulises en su regreso a Ítaca. Planea anunciar que, en su peregrinar, se ha cruzado con un viajero procedente de Focea que afirma que Orestes ha muerto, y que le ha encargado comunicarlo a sus deudos para que decidan si desean trasladar sus restos a la mansión familiar o dejarlos en la tierra donde habría fallecido.

Esta noticia deja a Clitemestra envuelta en llantos simulados, pues en su interior parece sentir alegría, ya que cree que la maldición que pesa sobre ella no podrá cumplirse. Electra, que la acompaña al recibir la noticia, sigue el plan trazado por su hermano y simula aflicción por su supuesta muerte. No olvidemos que ha perdido ya a su hermana y a su padre, y que ahora debe fingir creer en el fallecimiento de Orestes.

Clitemestra ordena que sea Egisto quien se entreviste con el extranjero para verificar los hechos, y así envía a su amante a la muerte. Ante sus gritos, aparece Clitemestra, y entonces Orestes se descubre ante ella. Clitemestra pide un hacha para defenderse, al tiempo que suplica piedad a su hijo. El diálogo entre ambos constituye uno de los momentos más dramáticos de esta tragedia. Orestes asegura que no es él quien la mata, sino que es ella misma quien se ha condenado por no respetar las leyes divinas que obligan a honrar al esposo. Clitemestra, por su parte, apela al vínculo materno y suplica a su hijo que no asesine a quien lo llevó en su vientre y lo amamantó.

Orestes se debate en un dilema desgarrador. Si mata a su madre, incurre en una mancha sagrada y rompe la ley que prohíbe el matricidio. Pero si no lo hace, desobedece la orden directa de Apolo, quien, a través del oráculo de Delfos, le ha encomendado vengar la muerte de su padre. Entre estas dos leyes opuestas, la fidelidad a la madre y la obediencia al mandato divino,  Orestes opta finalmente por cumplir la venganza y mata a Clitemestra.

La tensión dramática no solo alcanza al espectador o lector, sino también al propio Orestes, quien comienza a experimentar visiones aterradoras de las Erinias, las diosas primigenias de la venganza, conocidas también como Furias en la mitología romana. Ellas lo persiguen por el crimen cometido, exigiendo castigo por el matricidio. Orestes huye, enloquecido, para intentar escapar de su acoso.

Aunque suele considerarse una obra menos imponente formalmente que Agamenón, Las coéforas mantiene una fuerza lírica y temática de gran intensidad. Esquilo, en su doble condición de poeta y moralista, enfrenta al protagonista con un conflicto ético profundo: el enfrentamiento entre dos fidelidades irreconciliables. Al mismo tiempo, pone en evidencia la lógica interminable de la venganza, que solo podrá superarse, como se anunciará en la tercera parte de la trilogía, Las Euménides, con la instauración de una justicia pública y racional, capaz de romper el encadenamiento de la sangre.

En esta segunda obra, el coro parece ocupar un lugar menos protagónico que en otras tragedias de Esquilo, pero no por ello carece de importancia. Es testigo de los dilemas, voz del temor colectivo y transmisor de la sabiduría ancestral. Sin embargo, son los parlamentos de Orestes los que acumulan los mayores méritos literarios, hallándose en ellos un eco de lo que siglos más tarde desarrollaría Shakespeare a través de la técnica del monólogo en sus grandes tragedias.


 

Las coéforas continúa el gran relato del destino de los Atridas con una intensidad profundamente humana. El conflicto de Orestes, atrapado entre el mandato divino y la piedad filial, representa uno de los momentos más complejos y desgarradores de la tragedia griega. La obra deja entrever la necesidad de superar el ciclo de la venganza mediante nuevas formas de justicia, más racionales y colectivas. Aunque formalmente menos compleja que su antecesora, encierra una hondura ética y psicológica que prepara el terreno para la resolución final en Las Euménides, cerrando así una de las trilogías más poderosas del teatro universal.

Para la época en que esta obra ganó el concurso de las Grandes Dionisias, Sófocles,un autor de una generación posterior a la de Esquilo, ya había obtenido prestigio y triunfos, como el conseguido en 468 a. C. Es probable que el estilo más moderno y psicológico de Sófocles sirviera de estímulo a Esquilo para ofrecer una trilogía más arriesgada, que renuncia en parte a la majestuosidad grandilocuente de sus primeras obras.

Pero ¿sigue teniendo vigencia esta obra para un lector actual, ya no tan influido por la mitología? Aunque el trasfondo religioso pueda parecer lejano, lo cierto es que seguimos sometidos a infinidad de cruces de caminos, momentos en los que debemos decidir qué priorizar: la vida familiar o la laboral, el bien público o el privado, la lealtad a una familia, una religión o un partido frente a la realidad que contradice lo que estos expresan. A través de Esquilo vemos que hay ocasiones en que no existen decisiones inequívocas. Orestes es un personaje aquejado por la duda; también él vacila, zozobra en la indecisión y, aunque toma finalmente una decisión, parece enloquecer por sus actos. Los héroes se tornan humanos, se acercan a nosotros, se empequeñecen o nos engrandecen, según queramos verlo, y esa es, sin duda, una enseñanza que tiene mucho que decir en estos tiempos de polarización y escasos matices. Sumarse a la venganza no siempre es la solución, porque a veces simplemente nos enfrentamos a dilemas que nos superan pero que, precisamente por eso, nos hacen humanos: nos hacen sentir, crecer, respirar.