Las Euménides es la tercera y última obra que forma la trilogía de la Orestíada, la historia trágica en la que se narra la muerte de Agamenón a manos de su esposa Clitemestra y la posterior venganza ejecutada por su hijo Orestes.
Así, en Las Coéforas, dejamos a Orestes tras haber asesinado a su madre y a Egisto, el amante de esta. En esta tercera parte, Orestes huye al templo de Apolo en Delfos para implorar su protección. No debemos olvidar que es este dios quien le ha ordenado llevar a cabo la venganza por el asesinato de Agamenón.
Hasta allí llegan tras él las Erinias, aunque el dios las ha sumido en un letargo para permitir que Orestes llegue a salvo. A diferencia de Las Coéforas, donde las Furias solo aparecían en la imaginación de Orestes, en esta obra se las representa de forma tangible. La pitonisa del templo las describe como criaturas ponzoñosas, de hedor infecto, sangrando podredumbre a su paso, seres ancestrales venidos del mundo subterráneo.
Para sacarlas de su letargo, se presenta la sombra de Clitemestra. Este recurso, ya empleado por Esquilo en Los Persas, anticipa la naturalidad con la que los fantasmas intervienen en la tragedia griega y que siglos después encontraremos también en el teatro isabelino. La sombra de Clitemestra incita a las Erinias a cumplir con su deber y castigar el parricidio, recordando la antigua ley que exige condena para quien mate a su madre, padre o hermano.
Una vez despertadas, reanudan la persecución de Orestes. Apolo le indica que huya a Atenas, donde podrá encontrar amparo bajo la protección de Palas Atenea.
El escenario cambia entonces de forma sorpresiva. Vemos a Orestes en la Acrópolis, abrazado a la estatua de Atenea como un suplicante más. Hasta allí llegan también las Erinias, y ante el alboroto, Atenea se presenta y exige explicaciones. Las diosas alegan la necesidad de mantener viva la justicia ancestral. Orestes replica que actuó cumpliendo los designios de Apolo, quien le exigía vengar la muerte de su padre.
Atenea, reconociendo la complejidad del caso, decide instaurar el tribunal del Areópago, formado por los ciudadanos más sabios y respetados de Atenas. Se suceden los argumentos de las Erinias, de Apolo y del propio Orestes. Finalmente, la votación termina en empate. Es entonces cuando Atenea, que no ha nacido de vientre materno, por lo que se inclina hacia lo masculino, concede su voto a favor de la absolución de Orestes. El joven, liberado ya de la maldición familiar, puede al fin marcharse en paz.
Sin embargo, las Erinias, indignadas por lo que consideran una pérdida de su derecho a juzgar los delitos de sangre, amenazan con verter su maldición sobre la ciudad. Atenea, con dulzura y sabiduría, logra aplacarlas. Les ofrece un lugar de honor en la ciudad, un culto permanente y un papel en el mantenimiento de su prosperidad futura. Las Erinias, apaciguadas y convertidas ahora en Euménides, las benévolas, aceptan su nuevo rol. Descienden al antro que será su nueva morada y reciben un cortejo solemne, con el que los ciudadanos atenienses celebran su integración en el orden cívico.
Por primera y única vez, podemos ver en las tres obras que conforman la Orestíada una evolución completa del mito. Partiendo de un conflicto familiar y ancestral, la trilogía culmina con un mensaje político, ético y filosófico. Esquilo toma el dilema entre el respeto a la vida materna y la necesidad de vengar al padre asesinado como punto de partida para explicar la creación del tribunal del Areópago en Atenas, una institución que simboliza el paso de la venganza privada a una justicia regulada por el Estado.
La justicia, en esta tragedia, deja de ser una prerrogativa del agraviado y pasa a ser una función pública. Es el triunfo del orden cívico sobre la ley del talión. La creación del tribunal es presentada como una forma superior de justicia, una justicia que no se basa únicamente en el castigo, sino en la búsqueda de la armonía y la reconciliación.
Este mensaje tenía una clara resonancia política en el momento en que fue representada la obra. Apenas unos años antes, las atribuciones del Areópago habían sido limitadas por reformas democráticas impulsadas por Efialtes y Pericles. La trilogía podía ser vista, por tanto, como una defensa de las instituciones tradicionales o como una llamada a integrar la justicia arcaica en el nuevo orden democrático. Sea como fuere, para los griegos, la Orestíada tenía un profundo significado simbólico que sus ropajes mitológicos no lograban disimular.
Esquilo, azuzado ya por la genialidad de Sófocles, y deseoso de imponerse en los concursos de las Grandes Dionisias, no duda en agradar a los ciudadanos atenienses haciéndoles sentirse orgullosos de cómo su ciudad es representada. Un lugar capaz incluso de acoger a las temibles Erinias, garantizando con ello su prosperidad y paz futura.
En cuanto a su estilo poético, Esquilo alcanza aquí una de sus mayores cotas. Las Erinias, que hacen las veces de coro, rompen con la norma de representar la voz colectiva del pueblo y se convierten en entidades con presencia física, discurso autónomo y una carga simbólica abrumadora. La poesía de Esquilo es solemne, ritual, cargada de imágenes arcaicas y potentes metáforas. El lenguaje elevado y oscuro y la alternancia entre lo terrenal y lo divino hacen de esta tragedia una cumbre estética y una proeza formal.
Y en cuanto a nuestra época, ¿queda aún alguna enseñanza que podamos extraer de esta obra? Sin duda, permanece vigente la idea de que incluso la peor justicia institucional es preferible a perpetuar un ciclo de venganza. Aunque hoy podamos dar esto por sentado, aún es valiosa la reflexión sobre cómo resolver los grandes dilemas éticos sin caer en la violencia. La tragedia nos recuerda que la verdadera civilización consiste en transformar la furia en palabra y la sangre en ley. En Las Euménides, Esquilo no solo concluye un ciclo mítico, sino que da forma a una nueva visión del mundo, donde la ciudad se impone al clan y la razón al instinto. Y esto aún es una lección que deberíamos tener muy presente.
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