Nadie sabe a ciencia cierta si Homero existió como un individuo de carne y hueso o si las obras que se le atribuyen son una creación colectiva fruto de la decantación de los años en manos de los rapsodas de la época. Lo que sí sabemos es que los dos poemas homéricos, Ilíada y Odisea , se concibieron más o menos en su forma actual en torno a cuatrocientos años después de los hechos relatados, la destrucción de Ilión y el regreso, real o mítico, de uno de los héroes aqueos, Odiseo.
Con estos poemas se abre la página de la literatura occidental y, a decir de muchos, también se cierra, pues desde entonces nadie ha hecho otra cosa que reescribir sobre las mismas ideas. Pese a lo ingenioso de esta borgiana boutade, atribuible también al Quijote, las tragedias griegas o incluso los textos bíblicos, lo cierto es que estamos ante unos poemas que han encendido la imaginación de cuantos los han leído en los últimos dos mil quinientos años. Esa permanencia es la mejor prueba de su vigencia: como los héroes y dioses que retratan, siguen vivos mientras alguien los lea.
A esta convicción parece entregarse Sylvain Tesson en su libro Un verano con Homero (Taurus), traducido por Mauro Armiño. El proyecto nació como una serie de emisiones radiofónicas en France Inter y desembocó en un libro escrito durante su estancia en la isla de Sifnos, en las Cícladas. Rodeado por la misma luz, el mismo viento y el mismo mar que moldearon la imaginación griega, Tesson se propuso releer a Homero no como una reliquia escolar, sino como un espejo del presente, una guía de lectura para tiempos modernos.
xºxEl libro no sigue el orden narrativo de los poemas ni pretende resumirlos, sino que avanza por temas: la cólera, la gloria, el paisaje, el azar, la palabra, el poder, la guerra o la nostalgia del hogar. Esa fragmentación le permite saltar de la Ilíada a la Odisea, como hacía el propio Homero con la Ilíada, que comienza diez años después del inicio de la guerra, o con los modernos flashbacks de la Odisea.
Uno de los hilos más potentes es el de la guerra. Tesson recuerda que la Ilíada no relata el origen del conflicto, sino su desmesura: comienza con la cólera de Aquiles y muestra cómo la violencia es un elemento que, una vez desencadenado, se alimenta a sí mismo y ni siquiera los dioses logran contenerla. El héroe arrastra en su furia a los hombres, a los ríos, a las tormentas. Esa visión sirve al autor para pensar nuestro tiempo: hoy también la guerra, militar, ideológica o económica, adquiere vida propia y los gobernantes, como los dioses homéricos, muchas veces solo contemplan el desastre que contribuyeron a provocar. Zeus trata de encarnizar el odio de los hombres para sembrar la destrucción y aplacar sus propios conflictos internos, igual que hoy la geoestrategia nos convierte en meros peones propicios para el sacrificio.
Otro eje clave es la relación entre humanidad y naturaleza. La luz abrasadora, los vientos, las tempestades y la niebla no son meros decorados: son fuerzas divinas o advertencias del destino. Cuando Aquiles desata su ira, el mundo mismo se convulsiona; cuando Ulises ofende a Poseidón en la figura de uno de sus hijos, el cíclope, el mar lo castiga durante años. Tesson ve en ello una intuición antigua de lo que hoy llamamos crisis ecológica: el planeta responde cuando se hiere su equilibrio, y la soberbia humana tiene consecuencias que llegan más lejos que el deseo que las provoca.
La contraposición con el cristianismo aparece también como una clave de lectura. El héroe homérico no aspira a salvar su alma ni a resistir con mansedumbre, sino a actuar, combatir, explorar, enfrentarse a lo imposible y conquistar una memoria que sobreviva al cuerpo. El cristianismo invirtió esos valores, situando la humildad donde antes había orgullo, el perdón donde hubo venganza, la salvación en el más allá frente al fulgor del presente. Tesson no juzga, pero se pregunta qué hemos ganado y qué hemos perdido en esa mutación.
El libro se detiene asimismo en la palabra como herramienta de poder, persuasión y memoria. Frente al ruido digital contemporáneo, los discursos de los héroes, los consejos de Néstor o los lamentos de Andrómaca revelan un mundo donde hablar era casi un acto sagrado. Que hoy apenas sepamos escuchar ni pronunciar algo que merezca ser recordado le sirve a Tesson para subrayar la erosión del lenguaje público.
A lo largo del libro aparece también la cuestión del orgullo, tanto en su grandeza como en su ruina. Ulises logra salvarse llamándose Nadie, pero lo pierde todo cuando revela su nombre al cíclope: el deseo de reconocimiento abre la puerta al castigo. Esa hybris, ese exceso, es el mismo que hoy impulsa guerras, hunde economías o devora bosques. Homero, sugiere Tesson, ya lo había comprendido. Pero la inmortalidad por la gloria del combate o de la astucia tampoco son valores absolutos. En su viaje al Hades, Ulises escucha la confesión de Aquiles, quien asegura que habría preferido mantener la vida como pastor que vivir en el inframundo por su orgullo malentendido.
Que el libro naciera de un programa de radio explica su tono ágil, fragmentario y a ratos sentencioso. Sin embargo, lo que podría quedarse en divulgación ligera gana hondura por la mirada de Tesson y por la fidelidad con la que vincula paisaje, mito y pensamiento. Quien lee acaba viendo que sin la luz del Egeo, sin la aspereza de las costas ni el fragor del viento, quizá estos poemas no hubieran existido. Y que trasladarlos a otro lugar, a otra latitud o a otra sensibilidad, sería despojarlos de su alma.
Un verano con Homero no se limita a presentar unos textos antiguos, sino que los convierte en preguntas todavía vivas: quién gobierna nuestras vidas, qué precio tiene la gloria, cómo se construye el destino, qué hacemos cuando la furia o el deseo se desbocan y qué lugar ocupa hoy la palabra, tan central para los griegos y tan debilitada por la dispersión digital.
Es cierto que algunas referencias al mundo contemporáneo suenan algo impostadas, las pantallas, el ruido tecnológico, la queja sobre la modernidad, como si rebajar al presente la altura de Homero fuera una forma de perderlo de vista. Sin embargo, el tono general del libro compensa esos desajustes y ofrece reflexiones sugerentes sobre lo poco que hemos cambiado, pese a creernos más lúcidos que nuestros antepasados. Mirar lo que vieron ellos, reconocer los retos que afrontaron y aceptar que sus pasiones no nos son ajenas sitúa nuestra época en un marco de humildad y aprendizaje. Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de Homero: no la antigüedad de sus versos, sino su persistencia en lo humano.
- Comprar este libro
- Odisea (Homero)
- Derrota a Tiflos
- Homero, Ilíada (Alessandro Baricco)
- Viajes con Heródoto (Ryszard Kapuscinski)
- El coloso de Marusi (Henry Miller)
- Otras reseñas







