Hay actividades que el tiempo se encarga de recolocar. Así, el peregrinar, las largas y agotadoras jornadas eran una fuente de sinsabores y dolores. Caminaba quien no podía permitirse cabalgar a lomos de mula vieja, quien se veía enfrentado a la necesidad de moverse, normalmente a su pesar.
Nadie en su sano juicio habría evitado un suave galopar a caballo o el traqueteo de un carro, de haber tenido la oportunidad. El andar era cosa de pobres y campesinos. Ni tan siquiera los caballeros andantes hacían honor a este adjetivo y todo lo fiaban a ser caballeros, esto es, a caminar erguidos sobre sus equinas monturas.
Y qué contradictorio es nuestro tiempo en el que todo lo que antaño resultaba laborioso y bajo, se convierte en objeto de veneración. Proliferan los cursos de alfarería o telar, los talleres que muestran los secretos del arte de la encuadernación o del cuajado del queso.
Y lo mismo ocurre con el aburrido y pesaroso caminar que, lejos de ser odioso por obligar a soportar las inclemencias del tiempo sin tener próximo cobijo o hacer nacer llagas y ampollas con facilidad pasmosa, se ha convertido en práctica terapéutica, cura para la ansiedad y la depresión, ejercicio de reconexión con nuestro interior o con la Naturaleza con mayúsculas, germen de la creatividad e inspiración, motor de eficiencias, palanca para pensar mejor, ejercitar nuestras sedentarias posaderas y admirarnos del paisaje, incluso sentir en primera persona los avatares del clima, y todo ello, por encima de todo, para poder contarlo, porque pocos se expondrían a tantos inconvenientes si no es para contarlo, fotografiarlo, exponerlo o compartirlo con una impudicia que desmiente todos esos supuestos beneficios.
Pero, tras esta diatriba contra el arte del paseo, ¿qué se me ha perdido en un libro publicado por Acantilado, a cargo de la escritora María Belmonte, y que lleva por título Los senderos del mar: Un viaje a pie? Digamos tan solo que al libro llegué como se llega a los sitios a pie, es decir, atisbándolo desde lejos y sabiendo que antes o después terminaría por tomarlo entre las manos y leerlo, pero demorando el momento, confiando en que el libro esperaría paciente.
Estamos ante un libro que no es otra cosa que lo que se anuncia desde su título, una ruta a pie desde Bayona, al sur de Las Landas, la larga línea de arena formada por una mezcla de erosión de los Pirineos y la acción del Océano, bajando por toda la costa vasca hasta Ciérvana, casi haciendo frontera con Cantabria. Una ruta a pie, llevada a cabo en diversas etapas, aprovechando los tiempos disponibles de la autora, sola o acompañada por amigos. Un recorrido que, a la par que experiencia vital, es una rememoración de su pasado sentimental puesto que María Belmonte nació en Bilbao, de cuya provincia es originaria su familia, teniendo lazos con la milenaria Guernica gracias a su abuela materna que vivió el terrible bombardeo, a la playa de Plencia y a los veranos pasados en un colegio de Bayona.
Como cualquier viaje pausado, la reflexión parece venir de serie, pero en este caso la autora no se deja llevar por una sensiblería fácil ni por la añoranza de un tiempo pasado que nunca existió. Antes bien, rememora sus propias vivencias reales o reflexiona sobre el paisaje, pero desde un punto de vista realista. Así, dedica un largo capítulo a la Geología, aprovechando su paso por la placa geológica entre Zumaya y Mutriku, acompañada por un experto geólogo que le explica cuanto es preciso para entender la génesis de estas impresionantes formaciones geológicas que solo recientemente han merecido la atención e interés del público.
Pero, si de piedras hablamos, también nos lleva a visitar el museo organizado en torno a la figura de Perurena, el famoso campeón vasco de levantamiento de piedras, un deporte popular en la zona. El propio levantador acompaña a las visitas para contarles las historias detrás de cada piedra, su vinculación íntima con esas moles que todos menos él, creemos naturaleza muerta.
También tiene otro amplio apartado sobre los árboles a cuenta de su visita al legendario roble de Guernica, símbolo de los fueros vascos. Pero que le permite elucubrar sobre la importancia de estas robustas plantas que, de tan complejas y delicadas que resultan, apenas podemos creer lo que Belmonte nos cuenta.
El detalle con el que mira cada planta e insecto está libre de afectación. No nos encontraremos la noticia de haber divisado la última rapaz de los cielos vascos o la remota florecilla apenas admirada desde hace siglos. Antes bien, la propia autora reconoce que muchas partes del camino resultan algo anodinas, incluso llega a saltarse algún tramo tomando un autobús. Porque caminar no siempre es placentero. Desde la lluvia con la que comienza su primer tramo de recorrido en la costa vasco francesa, hasta las penurias para encontrar habitación en un Lequeitio en fiestas.
En ocasiones, la ruta de la autora corre en paralelo al Camino de Santiago, su variante costera, y aquí se encuentra con una multitud de caminantes jacobeos, pero en cuanto su ruta se separa, la soledad reclama la posesión de los senderos. Tan solo encuentra ocasionales paseantes, normalmente lugareños, perros que la acompañan varios centenares de metros o un profesor de matemáticas jubilado anticipadamente por una afección cardíaca al que se le ha prescrito el paseo diario.
Como es habitual en estas latitudes, la lluvia no es un extraño compañero de viaje, pero su llegada no causa perjuicio en el andar, antes bien, es bienvenida puesto que gracias a ella se logra ese hermoso verdor que los vascos consideran casi una enseña nacional.
Pero el libro no solo habla de esos senderos. Como el título señala, estamos ante una ruta costera y el mar también tiene su propio espacio de honor. Así, María Belmonte nos habla de los primeros surferos de Bayona y Mundaca, venidos de los Estados Unidos en busca de esa gran ola perfecta. Nos cuenta las leyendas de los balleneros de Ondárroa o Bermeo, su gesta inconmensurable y su valor heroico o las historias de los corsarios que surcaron estas aguas. Y, más dulcemente, nos hace de guía del Acuario de San Sebastián y de cómo esta ciudad se convirtió en retiro estival para la aristocracia de la época, en franca rivalidad con Santander.
El libro no renuncia al arrebato ecologista, en especial en lo relativo a la limpieza de los océanos, plagados de plásticos, vertidos y demás porquerías que pueden terminar con gran parte de la forma de vida que cobijan. Y esto no es incompatible con las grandes infraestructuras como el puerto de Bilbao, esa inmensa mole al final de la ría del Nervión o la triste despedida desde las lomas de Ciérvana y su petroquímica espeluznante.
El estilo de Belmonte es como su pasear, tratando de no desentonar, de pasar algo desapercibido dejando que cobre protagonismo el paisaje o las historias que cuenta, aunque tome su propia experiencia como pretexto. Rehúye en todo momento ese protagonismo tan afín a este tipo de literatura en la que muchos autores se esfuerzan por escribir sobre sí mismos no tanto sobre lo que visitan.
Y tal cual comenzó, María Belmonte se despide de este peregrinar, sin aspavientos ni impostadas reflexiones, con gusto de continuar leyendo, con agradecimiento por lo leído, como ocurre siempre con todos los libros bellos.










