4 de enero de 2011

El mal de Portnoy (Philip Roth)




La mirada a lo vivido puede ser amarga, resentida, melancólica o feliz. En el caso de Alexander Portnoy, nacido en los años treinta en el seno de una familia judía de clase media-baja, el ajuste de cuentas con su pasado tiene todos estos matices y aún alguno más. Nunca es uno mismo el mejor juez de sus actos.

En un extenso monólogo con su psicoanalista (quien sólo toma la palabra en la última línea de la novela) vuelca toda su frustración e ironía repasando de manera errática diversos episodios de su vida.

El título de la obra ha perdido en su traducción al castellano la ambigüedad del original (Portnoy's complaint). Por un lado, el mal de Portnoy como trastorno psicológico que combina en la misma persona los impulsos más altruistas con una extrema pulsión sexual; por otro lado, el largo lamento, la queja perpetua del protagonista, aspecto éste que queda oculto en la traducción.

Y es que poco o nada queda libre de las iras revanchistas de Alexander Portnoy. Comenzando por su familia. Una madre prototípica: ama de casa perfecta, recta y temerosa de todo cuanto se halle un paso más allá de la puerta de entrada al edén familiar. Un padre, vendedor de seguros en barrios pobres, que se deja la vida recorriendo las calles y logrando unas excelentes ventas que, sin embargo, no le permiten prosperar en la compañía por un indisimulado antisemitismo.

La figura de este padre patético, aquejado de un persistente y doloroso estreñimiento (perfecta metáfora de su estrechez de miras), resulta casi ofensiva para su hijo universitario, que aprende a descubrir un mundo que no huele a jabón y sábanas limpias, que no se sienta a cenar cada viernes en torno a unas velas y unas oraciones que apenas sirven para mantener un último vínculo con una religión desposeída de un sentido que no sea el de un mero ritual tranquilizador.

Porque hasta ese momento la vida de Portnoy se ha ajustado al molde que su familia, su madre en especial, le ha preparado. Un niño responsable y con resultados brillantes en el colegio, al que se insiste en las virtudes del esfuerzo y el trabajo, que siempre terminan por dar sus frutos. Al que se pretende alejar de la comida basura o de las compañías poco apropiadas, especialmente si se trata de goyim (gentiles). A quien se reclama la renuncia a su libertad individual en nombre de la familia y, en última instancia, de unas tradiciones que terminará por rechazar.

Pero incluso en esa arcadia infantil hay destellos incomprensibles para el bueno de Portnoy. Si es un niño tan maravilloso y predestinado a lo mejor según le dicen ¿cómo es posible que su madre, en raros ataques de furia, le expulse de casa y le deje en la calle mientras implora perdón y comprende que la salvación está tan solo dentro del hogar familiar?

Poco a poco los interrogantes van abriéndose paso en la mente de Alexander. En un principio la rebeldía asoma bajo la forma de un terrible y desaforado onanismo. La masturbación como vía de escape y liberación de las presiones a que es sometido se convierte, al tiempo, en fuente de culpabilidad. Como es de prever, la tensión entre sexualidad y culpabilidad será una de las mayores fuentes del conflicto interior que vapulea a Portnoy.


Y con el tiempo se avergonzará de su apellido, claramente judío: de su nariz, insultantemente semita, de su pelo y de su familia. Envidiará a los briosos capitanes de los equipos de la Liga Universitaria y sus espectaculares y rubias novias goyim. Ansiará poseerlas para lo que fabula encuentros en los que sustituye su nombre por Bob, Jack o cualquier otro que a sus oídos parezca protestante y sajón, y en los que su nariz deja de ser un problema omnipresente.

La vida tiene extrañas paradojas y, con el paso del tiempo, comprenderá que todo aquello que trata de ocultar es precisamente lo que atrae a las muchachas. Es su condición de judío, su tendencia mesiánica y su discurso superior lo que se convierte en su principal arma y atractivo. Todas las mujeres quieren salir con un judío feo que les hable y les explique, que las redima de su vulgaridad intelectual.

Pero lejos de reconciliarle con su pasado y herencia, esta situación sólo acrecienta su malestar ya que le obliga a permanecer encapsulado en el estereotipo de judío que realmente encarna. Porque, al igual que sus padres son el perfecto ejemplo de judío americano de los años treinta, sumisos y temerosos del porvenir, encerrados en su mundo y ansiosos porque sus hijos se cobren la venganza por las vergüenzas y miserias que han padecido, Portnoy encarna al judío de los años cincuenta y sesenta popularizado a través de figuras como Lenny Bruce o Woody Allen. El judío que rechaza su pasado y su raza pero no puede escapar de ambos, lo que le lleva a la sobreactuación y a cierta tendencia esquizoide. El que reclama para sí el sexo desaforado que cree propio de los gentiles pero que no logra satisfacerle realmente. El que anhela un papel redentor en la sociedad pero que al tiempo se burla de él con un brutal escepticismo. Buen terreno para el psicoanálisis, desde luego.

Porque el bueno de Portnoy no es sino hijo de sus circunstancias. Sorprendido, se indigna como un chiquillo cuando se encuentra casualmente con un antiguo compañero de la escuela que le informa de la suerte de varios zoquetes conocidos de ambos. Lejos de terminar con sus huesos en la cárcel o malvivir de la beneficencia pública, como era de prever según su visión de la justicia y las teorías del premio que sus padres le inculcaron, todos ellos parecen haberse integrado plenamente en la sociedad como respetables hombres de negocios y padres de familia. ¿No debía evitar los bares y pizzerías para no enfermar y morir joven?¿No debía comportarse correctamente para lograr sus metas?



Portnoy ha logrado un importante puesto como abogado responsable de un Comisionado para la Protección de las Personas desde donde lucha por garantizar la justicia, azotar a las grandes corporaciones y, en definitiva, ganar la santidad a que aspira la mitad de su ser. Pero mientras tanto, su otra mitad, “se mata a pajas” (sic) en su desolado apartamento o mantiene relaciones con su estereotipo de mujer ideal que va desde una activista de los derechos civiles a una psicótica (al menos tanto como él) a quien tratará de redimir de su pobre bagaje cultural, lo que lleva a la mutua frustración y a una ruptura abrupta.

Paremos en este punto ya que el argumento queda expuesto en sus aspectos más esenciales. La crítica de Portnoy parece dirigirse a lo judío (pese a encarnar inconscientemente lo judío) pero realmente se trata de una crítica feroz contra muchos aspectos de la sociedad de su tiempo.

A nadie le resultarán ajenos los comentarios de la madre de Alexander, sus desvelos por las malas compañías o la importancia del desayuno y la comida sana. Su insistencia en emparentar a su hijo y las continuas comparaciones con otros amigos de la infancia que ya han hecho tal o cual cosa (obviando a todos aquellos que han echado a perder su vida). Ese asfixiante ambiente familiar forma parte de nuestra historia y contra él se han revelado los jóvenes de todo tiempo.

También en nuestros días asistimos con asombro al espectáculo de quienes logran el éxito (sea cual sea el concepto que de éste tengamos) con las armas del ventajismo, la hipocresía y la falta de escrúpulos. Las reglas del juego parecen haber cambiado (o quizá haya cambiado el juego) por lo que nos movemos en la disyuntiva de sumarnos a la corriente o resistir aislados. Difícil cuestión en la que muchas veces nos comportamos como Portnoy, dubitativos entre la envidia y el resentimiento.

Y toda esta presión, esta inseguridad, se torna dramática cuando vives en una sociedad a la que perteneces pero que no te reconoce. Que te otorga derechos pero que los merma por la vía de los hechos. Es la inmigración actual el equivalente a la comuna judía en la que se cría Portnoy, son los hijos de los inmigrantes los que luchan entre el respeto a las tradiciones de sus padres, el rechazo a quienes les repudian y el deseo de borrar cualquier signo de diferenciación racial.

El mal de Portnoy puede ser realmente el lamento de una sociedad en transición, camino de unos cambios que han de liberarla de restricciones y complejos pero con un coste de adaptación que en ocasiones puede ser elevado. Y por ello, la novela es actual en nuestros días, por la fuerza y vigor con los que plantea las diversas tendencias y presiones a que se somete al ciudadano (las externas pero también las propias), revela el germen de esa insatisfacción continua que no parece llevar a ninguna parte y pone de manifiesto las contradicciones entre nuestro pensamiento y nuestros actos, entre lo que creemos (herencia cultural de lenta adaptación) y lo que hacemos.

La traducción de Ramón Buenaventura ha tenido el acierto de preservar los términos yiddish que jalonan el texto remitiendo a un glosario final y evitando las continuas notas al pie de página que restarían fuerza al discurso arrollador de Portnoy. Un discurso atropellado en un momento de gran excitación (no olvidemos, Portnoy está hablando a su psicoanalista, arrellanado en su diván) en el que las ideas saltan al texto al mismo tiempo que pasan por la cabeza del atribulado paciente. Las repeticiones, las incoherencias, los saltos en el tiempo, son fiel reflejo de este azoramiento. No es de extrañar que una idea lleve a otra y, por medio, se deslicen anécdotas o recuerdos que poco o nada tienen que ver pero que surgen de la libre asociación.

Precisamente éste es el rasgo que mayor vitalidad da al texto y que hace más interesante la lectura, esa sensación de estas escuchando directamente de labios del propio Portnoy su terrible lamento. Y también aquí reside la principal vena cómica de la novela, el humor soterrado que asoma tras las imprevistas asociaciones del subconsciente de Alexander.

Este libro fue escrito por Philip Roth en 1969 convirtiéndose en su primer éxito y, en cierto modo, patrón de bastantes de las obras que habrían de venir. Su vigencia es innegable ya que, más allá de sus referencias a un entorno cultural determinados, sus reflexiones son válidas para cualquier situación de cambio. Y es que desde 1969 las cosas no han cambiado tanto y la sociedad continúa en ese proceso de transformación (¿acaso este fenómeno no es propio de cada tiempo y lugar?). Tal vez por ello, El lamento de Portnoy tenga un valor más universal que el de otras de sus obras. Esperemos tan solo que logremos adaptarnos mejor que Alexander Portnoy y no terminemos todos tumbados en un inmenso diván.
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