23 de mayo de 2012

Los secretos de la motivación (José Antonio Marina)



- Mamá, no quiero ir al colegio. Me aburro mucho, los niños se meten conmigo y los profesores no me quieren.



- Hijo, tienes que ir al colegio por tres motivos. El primero, porque hay que superar las dificultades. El segundo, porque al hacerlo te sentirás satisfecho y contento. Y el tercero, porque eres el director del colegio.


I

Todos queremos que nuestros hijos estudien, que colaboren en las tareas domésticas, que sean responsables y respetuosos. Pero además, queremos que lo hagan convencidos y de buen grado, satisfechos por el deber cumplido, motivados en una palabra. Y nos parece que no es tan difícil.

Claro que de nosotros como padres se espera otro tanto. Que nuestro comportamiento siempre sirva de ejemplo y referencia, que seamos pacientes y cariñosos, con la palabra de ánimo apropiada para la ocasión, nunca dominados por el enfado o la ira, motivados en nuestra tarea de ser padres. Y hay veces que pensamos, mejor que venga otro y lo haga.

Y es que la clave para lograr esas conductas deseadas pero que no siempre resultan apetecibles, ni arrojan resultados inmediatos, está en lo que denominamos motivación, entendiendo por tal, el misterioso motor que nos pone en marcha con vistas a un objetivo y que nos hace perseverar en las tareas necesarias para alcanzarlo.

Pero también hay ocasiones en las que son otros los que tratan de influir en nuestra conducta, de dirigirnos a donde les conviene. Hablo de la publicidad en un sentido amplio, campo en el que la ciencia del comportamiento y la motivación dieron sus primeros pasos y que, a día de hoy, sigue estando en la vanguardia a la hora de determinar qué debe gustarnos, a qué debemos dedicar nuestro tiempo, cómo queremos vernos y sentirnos o incluso a quien debemos votar.


Una de las primeras corrientes de esta ciencia del comportamiento fue la teoría conductista que desde comienzos del siglo XX sostenía que las personas acostumbran a repetir conductas premiadas y a rechazar o evitar conductas castigadas. Premio y castigo se convierten en instrumentos para forzar voluntades. Veamos un ejemplo: Si deseamos que los ciudadanos sean más solidarios deberemos primar este comportamiento premiándolo, por ejemplo, con desgravaciones fiscales. Si deseamos disminuir el número de fumadores, deberemos incrementar los impuestos que gravan el tabaco.

Con una visión tan simple, pero eficaz, parece quedar poco margen para las valoraciones personales, el subconsciente y otros factores emocionales. Cuando en el Reino Unido pretendieron incrementar las donaciones de sangre decidieron retribuirlas. El resultado fue que muchos donantes habituales y altruistas dejaron de donar al ver convertido su gesto en una mera transacción económica o tal vez creyeron que su sangre no sería ya tan necesaria. Pero quienes no donaban habitualmente, tampoco creyeron que el pago compensara sus razones para no hacerlo (molestias, temor a las inyecciones, contagios, etc.). El resultado fue que el nivel global de donaciones cayó y hubo de tornarse al modelo anterior.

Hay muchos más elementos que influyen en el comportamiento y en nuestra motivación. Así, durante los años cincuenta, la psicología cognitiva se alzó frente a la conductista para precisar que el comportamiento es la consecuencia de nuestras creencias por lo que se debe actuar sobre éstas si deseamos un cambio en la conducta.

Teorías como la indefensión aprendida o el efecto Pigmalión traen a primer plano la importancia de la creencia propia (o ajena) sobre nuestras capacidades para alcanzar el objetivo deseado.


Detengámonos en el efecto Pigmalión, resultado de un curioso y controvertido experimento de los años sesenta en el que, al iniciar el curso escolar, se intercambiaron los informes académicos de varios alumnos, de modo que sus profesores identificaron como buenos estudiantes a algunos que no lo eran tanto. El sorprendente resultado fue que, al final del curso, las expectativas de los profesores sobre sus supuestos buenos alumnos, influyeron hasta el punto de mejorar notablemente su rendimiento. Es decir, estos estudiantes tuvieron un nivel de atención y seguimiento superior al que habrían recibido de haber sido identificados como alumnos poco brillantes; cuando estos estudiantes manifestaban no haber entendido alguna cuestión, los profesores creían que no se habían explicado correctamente (en otro caso, habrían podido creer que el problema no era propio sino de la capacidad de los alumnos). Los propios estudiantes se mostraron más interesados en sus tareas académicas al ver que los resultados acompañaban las expectativas de sus profesores.



II

Para hablar de todo esto y aprender a motivarnos a nosotros mismos, orientar a nuestros hijos y ser más libres frente a las manipulaciones ajenas, José Antonio Marina publica Los secretos de la motivación, el tercer libro de su Biblioteca de la Universidad de Padres, tras La educación del talento y El cerebro infantil, combinando nuevamente texto y materiales adicionales en la página web dedicada al libro.


El comportamiento animal responde a impulsos e instintos no siendo determinantes otro tipo de fines. La motivación es exclusiva de los humanos y requiere la existencia de un deseo pero exige un aditamento adicional y es que este deseo vaya dirigido a un fin o meta acorde con nuestro esquema de valores y preferencias. No podemos estar motivados para hacer algo en lo que no creemos o de lo que desconfiamos.

El tercer elemento que cierra la ecuación es lo que Marina denomina facilitadores, elementos o circunstancias que favorecen nuestras acciones. Tener un gran sentido del equilibrio favorece la motivación para las actividades deportivas o de baile; tener mal oído puede ser un obstáculo para las actividades musicales. Tener padres lectores favorecerá el hábito de la lectura; en otro caso, la ausencia de una buena biblioteca pública próxima dificultará el acceso a los libros. La creencia del menor en sus propias habilidades, reforzada muchas veces por sus padres, condicionará su interés y motivación por determinadas actividades (“...a Álvaro le cuestan mucho las matemáticas”, “a Laura no le gusta nada leer”..... ¡y así nunca le gustará!).

Motivación (M) = Deseos (D) + Valores (V) + Facilitadores (F)

Recordemos esta ecuación porque cuando tratemos de crear buenos hábitos de estudio o de urbanidad, deberemos actuar sobre alguna (o varias) de esas tres variables.

¿Cómo podemos actuar sobre ellas? Marina ofrece ocho recursos resultado de las diversas teorías sobre el comportamiento vigentes en la actualidad.

El premio y el castigo ya se han comentado y pueden servir para inhibir conductas totalmente aborrecibles o para lograr resultados en el más corto plazo. Pero pasado ese primer momento, debemos recurrir a instrumentos más sofisticados encaminados a que el niño pueda elegir libremente. Como demostraron los experimentos de Harlow, poco respetuosos con los animales, incluso estos responden a necesidades de afecto en igual o mayor medida que a castigos y premios.


Para ello podemos servirnos de modelos (conductas o personas ejemplares) que aprovechen nuestra capacidad imitatoria sacando partido de las neuronas-espejo. Que nuestros hijos tomen los modelos adecuados resulta vital cuando desde la televisión o la moda se les trata de proponer un universo de modelos a emular con el que es difícil competir y que no siempre persigue aquello que les resulta más beneficioso.


La cuarta herramienta es el cambio de creencias y se apoya en la psicología cognitiva. Como ya hemos comentado, según esta teoría el comportamiento está condicionado por nuestras creencias. Combatir la idea de que errar es vergonzoso favorecerá el emprendimiento y la asunción de riesgos, la innovación y la creatividad. Desmontar la idea de que nuestro hijo no sirve para los estudios le permitirá afrontar en mejores condiciones las tareas escolares y poder elegir en el futuro más libremente si desea o no continuar estudiando.

En quinto lugar, Marina sugiere el cambio de deseos y sentimientos que tiene su razón de ser en las teorías sobre la inteligencia emocional. Hacer atractiva una tarea nos mueve a la acción. Un buen ejemplo es el modo en que Tom Sawyer consigue convencer a sus amigos de que pintar una valla es tan divertido que no sólo hacen por él todo el trabajo, sino que incluso les cobra por dejarles pintar.

Los sentimientos también pueden empujarnos a iniciar una tarea. El problema del hambre mundial es excesivamente abrumador para ser resuelto por un individuo aislado, pero poner cara a este drama permite activar las voluntades. De ahí el gran éxito de los programas de apadrinamiento.


Como sexto recurso, Marina propone el razonamiento. Conocer el porqué hacemos las cosas es una gran ayuda para actuar de buen grado, no en vano somos seres racionales. Explicar detalladamente los motivos es un modo de aclarar a nuestros hijos (o a nosotros mismos) el sentido de una conducta.

Pero, ¡cuidado! El razonamiento es una buena herramienta, pero no podemos olvidar que determinadas tareas deben realizarse por puro deber.

José Antonio Marina no deja pasar por alto la oportunidad para plantear una cuestión espinosa en nuestro tiempo. Determinados comportamientos se llevan a cabo como consecuencia del dictado de nuestra inteligencia, porque consideramos que deben ser realizados sin que por ello obtengamos ventaja, compensación o retribución. ¿Limitamos así nuestra libertad? ¿No debemos hacer caso a los anuncios que nos invitan a vivir sin límites? La respuesta es un rotundo no. Seguir el dictado de nuestros deseos nos ata a ellos, nos esclaviza. Limitar nuestros actos, para conducirnos hacia metas más elevadas, nos libera y perfecciona.

De ahí la importancia de saber educar en la idea de que hay deberes inexcusables de muy variada índole (respeto personal, ayuda, conservación del medio ambiente, ...) que se imponen por sí mismos, como deberes morales fruto de nuestra condición humana, no animal.


El séptimo instrumento para activar la motivación es el entrenamiento. Puede parecer que no tiene mucho que ver con la motivación pero realmente la creación de hábitos ayuda a allanar muchas dificultades futuras. Buenos hábitos de descanso y de ocio permiten ordenar las actividades diarias dejando un espacio para el estudio, ayudar en las tareas de la casa o practicar deportes al aire libre. No dejar las cosas para el último momento es otro hábito que ayudará a estar motivados para tareas que exigen el aplazamiento de la recompensa. Por otro lado, el entrenamiento es clave para facilitar tareas como la lectura o el cálculo mental cuya importancia para la educación futura es clave.

Por último, y como octavo recurso, tenemos la eliminación de obstáculos. Ya hemos comentado la importancia de remover los obstáculos para realizar una tarea, tanto físicos (por ejemplo, problemas de visión o audición dificultarán la atención del menor) o psíquicos (una excesiva presión por parte de padres muy competitivos, falta de tiempo por excesivas actividades extraescolares, amistades inapropiadas, el modo en el que se explica a sí mismo los acontecimientos negativos, ...). No desdeñemos la importancia de lo que pueden parecer pequeños cambios a nuestros ojos pero tener un tremendo impacto en nuestro hijo.

Bien. Ya sabemos cómo hacer prender la llama, pero esto no equivale a garantizar un fuego intenso. Lograr en un primer momento una dedicación entusiasta a unas clases de piano, a un curso de fotografía o a seguir una dieta no es lo que pretendemos, aunque sea necesario. Lo determinante es desarrollar las habilidades suficientes para mantener este esfuerzo de manera continuada hasta el logro del objetivo deseado. Es lo que Marina denomina motivación para la tarea.


Para ello, necesitamos formar en otras habilidades como la disciplina o la superación de la frustración ante los inevitables fracasos; comprender que los errores son el camino necesario para lograr el éxito (y no un baldón en una carrera) o saber mantener una decisión al margen de las opiniones de los amigos. Pero también debemos ser capaces de genera una inteligencia crítica capaz de cuestionar nuestros actos y métodos, la perseverancia no debe equivaler a la tozudez, la flexibilidad debe permitirnos adaptar y corregir lo que sea necesario.

En definitiva, se trata de enseñar a reactivar cualquiera de las tres variables de la ecuación aprendida mediante diversas herramientas (que pueden ser las ocho anteriormente citadas) para perseverar hasta alcanzar el logro final.

Pero como en los otros libros de esta colección, Marina no nos habla sólo de cómo motivar a nuestros hijos para que estudien o hagan lo que creemos que les resulta conveniente sino que continúa con su proyecto de “inteligencia triunfante”, formando personalidades abiertas, capaces de enfrentarse a sus propias limitaciones sin que éstas resulten una pesada carga que impida un crecimiento pleno y una inteligencia crítica, cuestionadora y resolutiva. En este proyecto la motivación es una herramienta clave para mantener una dirección firme, para ser capaces de guiar con constancia, no exenta de esfuerzo, nuestro comportamiento hacia los fines que nuestra inteligencia crea apropiados.

Así que ya nunca pensaré “que venga otro y lo haga”.

6 de mayo de 2012

Historias de Londres (Enric González)

Una ciudad es la suma de sus habitantes, masa homogénea e informe, un cuadro de conjunto que, sólo en la distancia, se ofrece como imagen de un todo. Sin embargo, ese afán unificador al que tan apegados estamos nos hace olvidar en muchas ocasiones que la vida de una ciudad no existe, que su historia no es tal, sino la suma de muchas vidas, de muchas historias inaprensibles en su totalidad pero imprescindibles para conformar el todo.

Y aunque no es habitual centrar la atención en esos pequeños detalles, este libro responde precisamente a ese propósito, de ahí lo acertado de su título, Historias de Londres, pues no es otra cosa que eso, una selección personal y arbitraria, sentimental si se quiere, de algunas de esas historias que hacen de Londres una gran ciudad.

Enric González ocupó la corresponsalía de El País en Londres a comienzos de los años noventa cumpliendo un sueño largamente. Durante los siguientes años, Enric se encariñó de esa ciudad que otros desprecian por su clima o su gastronomía. Conoció a sus gentes y sus lugares, a sus políticos y periodistas, sus anécdotas y sus fobias, su lado amable y su lado oscuro (que todos tenemos). Del recuerdo y añoranza de aquellos años nacen estas páginas, una guía personal para adentrarse en una ciudad no por conocida menos interesante.
Enric González
Y es que, por diversas razones, la mera evocación de nombres como Baker Street, Abbey Road, Savile Row o Charing Cross hacen remover algo de mi espíritu. Tal vez pocas ciudades reúnen tantas referencias literarias, históricas o musicales como Londres. Me consta que en esto, el autor de este libro y yo mismo no somos una rareza. 


Durante unos días he podido pasear (cortesía de Google Street View) por las mismas calles que recorre el autor. Me he plantado en la calle en la que Jack el Destripador asesinó a Mary Ann Nichols, me he asomado a la puerta de la taberna Cutty Sark o he espiado por las ventanas opacas de los más selectos clubes de Saint James Street (perspectiva idéntica a la que habría obtenido si me hubiera desplazado físicamente a esa calle dado su exclusivo acceso).
Royal Albert Hall
Mis paseos por Kesington o a lo largo y ancho de Oxford Street han sido memorables llegando a perderme en varias ocasiones. Porque, como señalaba George Mikes, la toponimia de las calles londinenses está diseñada para confundir a cualquiera que no sea londinense. Una misma vía puede cambiar de nombre de una manzana a otra, o mantenerlo pese a serpentear irracionalmente y girar la primera a la derecha y la segunda a la izquierda. Frente a los muy clásicos y manidos, "calle", "avenida" y "paseo" de que hacemos gala en esta tierra, Londres ofrece una panoplia digna de un desequilibrado: “hill”, ”road”, ”street”, ”mews”, “rise”, “grove”, “lane” y así hasta casi el infinito. Todo para confundir al pobre continental, como si conducir por la izquierda no fuera suficiente.

También he podido comprender (al fin) las divergencias ideológicas (y sociológicas) de los principales diarios británicos y las he corroborado leyendo los titulares sobre la crisis del euro en unos y otros. Desde el temor prudente del FT o la tibieza del Telegraph, hasta la alegría vengativa y manifiesta de The Sun o del Daily Mail.

Incluso me he asomado a la peculiar prensa deportiva inglesa y sus intrigantes secciones dedicadas a las carreras de caballos, el rugby o el críquet, si bien, en definitiva y como ocurre en su equivalente hispano, la mayor parte de sus páginas se dedica a cuestiones más propias de la prensa rosa o de sociedad que a acontecimientos deportivos propiamente dichos.

Los continentales nos deleitamos leyendo anécdotas sobre esa flema inglesa tan característica. Como muestra, valga la siguiente: la Cámara de los Lores cuenta con un trono para las solemnes ocasiones en las que el monarca hace acto de presencia. El trono, además de para sentar las reales posaderas, está hueco en su interior para albergar la aspiradora con que se limpia la moqueta, perdón, la alfombra roja.

Pero la historia de Londres no es sólo la de sus racionales ciudadanos, acostumbrados a un pragmatismo radical. En ocasiones, la fiera asoma y los conflictos han dejado una notable huella en su paisaje urbano.

En el oeste, Notting Hill, un barrio de moda desde los años noventa pero que en las postrimerías del siglo XIX comenzó a nutrirse de lo peor de Londres. En esta colina de las afueras se refugiaban los inmigrantes sin recursos, los delincuentes que preferían alejarse del centro, allí donde la policía no se atrevía a penetrar. En contraste, la expansión de Londres hacia el oeste llevó a muchas grandes fortunas a construir mansiones que fueran prueba de su éxito camino de lo alto de la colina. Lo más bajo y lo más alto de una sociedad, arremolinados en torno a una colina símbolo de una tensión social que se acentuó por la llegada de innumerables inmigrantes afrocaribeños durante los años cincuenta.


Tanta provocación no podía ser pasada por alto para algunos descerebrados, decididos a hacer pagar la osadía de instalarse en la metrópoli. En agosto de 1958 grupos de enardecidos racistas asaltaron el barro dando comienzo a los incidentes raciales que sembraron de caos el barrio con muestras de violencia que nos recuerdan otras más recientes. Como conmemoración de aquellos terribles días, la comunidad local organizó pocos años después el carnaval por todos conocido.

En el punto cardinal opuesto, el este, justo donde termina la City, comienza el East End, barrio obrero. En los años treinta, el fascismo en el Reino Unido era una fuerza en ascenso, embravecida por la toma del poder en Italia y Alemania. Para mostrar su poder, su líder, Oswald Mosley planeó un desfile para hacer gala de su fuerza y apoyo y para ello eligió precisamente el East End, territorio “enemigo”.

Pese a las protestas y peticiones para que la marcha fuera prohibida, la única medida que se tomó fue destinar un numerosísimo contingente policial para prevenir los intentos de los antifascistas de impedir la marcha, poniendo en duda la neutralidad de las fuerzas del orden.

Tuvieron que ser los propios ciudadanos los que, haciendo suyo el lema de los defensores del Madrid republicano, “no pasarán”, levantaron barricadas y lograron impedir el paso de la marcha. En Cable Street la defensa llegó incluso desde las ventanas de los edificios donde los fascistas y la policía recibieron una lluvia de huevos, botellas de leche y otros variados objetos domésticos en lo que se conoce como la batalla de Cable Street.


Una vez visto lo que hay al este y al oeste, el autor no se olvida del subsuelo, empezando por la historia de los toshers, los furtivos de las galerías y canalizaciones de Londres, una auténtica casta cuyo oficio, al margen de la Ley, no se aprendía sino de la mano de otro tosher. La esperanza de hallar un tesoro oculto mantenía a estos hombres en una ocupación de la que apenas obtenían más rendimiento que unas monedas y otros objetos de poco valor perdidos por los que arriesgaban sus vidas expuestos a bruscos cambios de corriente, gases asfixiantes o pérdidas fatales de equilibrio. Los toshers se extinguieron en torno a 1850 pero su leyenda continúa. Hoy son los viajeros del Metro los que transitan bajo los palacios y museos, menos romántico pero algo más seguro que el oficio de sus predecesores.
Una de las claves de esta ciudad reside en que ha mantenido intacta gran parte de su estructura original sin verse amenazada por los deseos racionalistas de monarcas o arquitectos, siempre ansiosos por demoler las sinuosas y desordenadas construcciones en favor de líneas rectas, amplias avenidas y cuadrados perfectos. Al contrario, Londres ha sabido mantener su trazado desordenado, formado por aluvión y asimilación de suburbios y guetos. Nada similar a un ensanche, experimentos de ciudad jardín o utopías similares.

Porque el pragmatismo lleva a una sabia combinación de renovación y apego a las tradiciones, verdadera marca de la casa. Nada parece merecer el derribo (salvo las casas de los asesinos en serie para evitar la peregrinación de los morbosos del terror) y todo parece reaprovecharse. La casa en la que se instala el autor a su llegada a Londres es una antigua caballeriza del Victoria & Albert Museum, la actual mezquita Jamme Masjid en el East End fue previamente sinagoga, previamente iglesia metódica y anteriormente iglesia hugonote.
Queen Victoria
El Londres de Enric González es, fundamentalmente, el Londres del siglo XIX en adelante. Algunas referencias al siglo XVIII pero poco más se puede leer sobre épocas anteriores y es que la verdadera gloria de esta ciudad llega con el reinado de Victoria que terminó de moldearla y enriquecerla con alumbrado público, mejorando el saneamiento o embelleciendo sus calles con edificios como el Royal Albert Hall, el Parlamento de Westminster o el Covent Garden. De esa época datan los innumerables ejemplos de arquitectura neoclásica (en un intento por equiparar el Imperio Británico con las antiguas glorias de Grecia y Roma) y neogótico (en un intento de no perder de vista ese pasado medieval, casi de leyenda artúrica, del que también se enorgullecían).

Creo haber dado a entender suficientemente que éste es un libro para amantes de Londres, no una guía para conocer la ciudad. Como tal, contará con nuestra anticipada benevolencia, si bien el principal reproche que podemos elevar contra el autor es su brevedad. Pero aunque estas páginas saben a poco, Londres nos reserva más historias de las que cualquier libro pueda guardar. Ahí están para quien quiera buscarlas. ¡Adiós!
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