29 de junio de 2026

Prosas Reunidas (Wislawa Szymborska)

 


Tras leer Correo Literario, retomamos la obra en prosa de la Premio Nobel polaca Wislawa Szymborska. Prosas reunidas (Malpaso, con prólogo y traducción de Manel Bellmunt) recoge tres libros publicados por la autora: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. 


Estos tres títulos aquí reunidos en un único volumen responden bien a su contenido. Wislawa Szymborska publicaba reseñas de cuanto leía, llevada por su instinto lector y su curiosidad inagotable. Pero tal vez el término “reseña” pueda llevar a engaño, como ella misma trata de aclarar en el prólogo. En ocasiones se ciñe a la lectura realizada, destacando aspectos como la presentación, las cuestiones gráficas o la traducción. En otros casos el texto no es sino una excusa para hilar temas y argumentos que van desde lo personal e íntimo a lo político y social.


Por otro lado, la mención a estas lecturas no obligatorias refleja de manera perfecta el tipo de libros aquí comentados. No se trata necesariamente de grandes obras, tan solo libros que no merecen la atención de la crítica culta pero que tal vez puedan resultar de interés para el público general o incluso para sectores muy específicos. 


Así, por estas páginas desfilan todo tipo de lecturas. Desde narraciones sobre costumbres animales como las de los lemmings, la vida de los gatos o las vivencias de un amante de las nutrias o las aves migratorias. El cultivo de plantas, la gastronomía oriental o el arte en los nativos groenlandeses. También los manuales sobre lecturas escolares o las indicaciones sobre dicción y prosodia en las lecturas en voz alta. Manuales sobre moda, lo que toda mujer ha de hacer para conservar su atractivo junto a comentarios sobre libros que describen las controversias y peleas entre arqueólogos. El arte del caminar o las bondades del yoga, la teoría científica tras el movimiento de las placas continentales o una historia de Etiopía. Libros sobre el canto de los pájaros o el tratamiento de las aves de corral, libros de memorias como las del famoso Pepys o descripciones de la obra de Vermeer. 


También las biografías ocupan un lugar importante. Mia Farrow, Hitchcock o Kurosawa entre los cinéfilos, pero también Einstein, los tres tenores o Catalina la Grande. Libros con listados de las mejores películas o los más imprescindibles libretos de ópera. Sorprende el interés que España puede despertar en el mundo editorial polaco, pero aparecen textos como El cantar del Mío Cid, los Entremeses de Cervantes, la leyenda del Abencerraje y la bella Jarifa, biografías de Dalí, Casals, ….


No puedo ocultar que leer este libro me ha resultado reconfortante. La voracidad temática de la nobel polaca encaja con los títulos que por mi parte comento y en donde se mezcla alta literatura con folletines, relatos con biografías o divulgación científica variopinta, en ocasiones lecturas recomendadas, pero también otras que llegan fruto del capricho y el azar. También me resulta afín el estilo de la autora que trata de no ceñirse a un esquema fijo y que toma el libro comentado como punto de partida, no como fin. 


Pero hasta aquí llegan los paralelismos. Ojalá tuviera yo una mínima pizca del ingenio que derrocha la poeta, una porción de su talento para trasladar entusiasmo por lo leído, un leve hálito de su modo sencillo y directo de expresarse. 


El humor del que dimos buena cuenta en Correo literario, es una constante. Las reflexiones de la autora son siempre de buen tino y plagadas de una calidez humana incluso cuando critique con saña el volumen comentado. Porque no ahorra críticas cuando cree que proceden. Y de ellas no se libra ni el autor del libro, ni los editores, ni los traductores. En ocasiones manifiesta su crítica a la traducción, cuestión ésta a la que da notable importancia, en especial como es natural, en el caso de los volúmenes de poesía. Pero en otras la crítica se dirige a la ausencia de notas, de índice onomástico o temático, a la selección de las fotografías, como en el caso de la biografía de Isadora Duncan en la que, con precisión matemática, señala que solo cuatro de las ocho imágenes empleadas son realmente de la bailarina, siendo las otras cuatro de la actriz que la representó en una película.  


El carácter de Wislawa Szymborska queda perfectamente retratado a lo largo de estos comentarios. Tomamos buena nota de su sensibilidad ecologista, su preocupación por el deterioro de la calidad del agua de los ríos polacos, llenos de residuos industriales en un momento tan temprano como comienzos de los años setenta. De ahí también todo su interés por las lecturas sobre cuestiones del reino vegetal y animal. Su preocupación por el futuro también queda retratada a través de su interés por los niños y su futuro, por el modo en que son enseñados, por el tipo de lecturas obligatorias (éstas sí) a las que son sometidos sin sentimiento de culpa o escrúpulo. 


La poesía no ocupa un lugar predominante en estas lecturas y en muchas ocasiones busca refugio en la obra de maestros de la Antigüedad como Horacio o Marcial, siendo muy puntillosa en cuanto al modo en que ha de traducirse una poesía, sin necesidad de atenerse a la rima cuando ésta rompe en otro idioma el ritmo, o cómo ha de afrontarse la ironía del pasado como cuando celebra el Satiricón. También se nota su rechazo al estilo afectado de los poetas nacionales polacos, su retórica grandilocuente y vacía. 


Los comentarios fueron publicados por la autora en diversas revistas desde los años sesenta hasta poco antes de su fallecimiento. Y este largo periodo también sirve como referencia de los cambios que fue viviendo Polonia en su tránsito del Comunismo al Capitalismo y cómo lo vivió su sociedad, cómo al principio los libros abordan temas eminentemente prácticos, cómo luego van ampliando su campo de acción a cuestione más banales, cosmopolitas o, si se quiere, menos relevantes o, al menos ésta es la impresión que la escritora parece transmitir. 


Como es de suponer, gran parte de estas obras no se encuentran disponibles en nuestro idioma o pueden estar totalmente descatalogadas si es que alguna vez fueron traducidas. ¿Qué interés puede tener, por tanto, la lectura de estas Prosas Reunidas? Sin duda, el placer de leer este libro no se halla en encontrar recomendaciones o sugerencias para futuras visitas a la librería del barrio. Leer este libro es un placer en sí mismo, aunque los títulos de los que hablase nunca se hubieran escrito y fueran meras invenciones de la autora. Es su modo de abordar los temas, su estilo ameno, sus opiniones, compartidas o no, lo que hacen de este libro un excelente compañero, una lectura que puede tomarse o dejarse en cualquier momento, dar saltos, abrirse por cualquier página y encontrar siempre algo interesante, un libro que bien podría haber entusiasmado a la propia autora. 

 

 

2 de junio de 2026

Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple)


 

Este comentario podría llevar por título tras los pasos de William Dalrymple. La historia se remonta a mayo de 1998, fecha de publicación del primer ejemplar de la revista Siete Leguas, una iniciativa que unía el viaje con la literatura de una manera magistral, con firmas de primera categoría, siempre tratando de ofrecer un relato alejado del habitual en este tipo de revistas, más centrado en los hoteles, restaurantes y sitios que se han de ver necesariamente, reportajes promocionales antes que auténticos artículos de largo aliento que aún hoy pueden ser leídos y disfrutados como entonces.

 

Los primeros títulos de la revista, como era frecuente en la época, venían acompañados de un gancho en forma de libro viajero, diversos títulos de la colección Viajes, de Ediciones B. Y en este número inaugural la obra escogida era Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple).

 

El autor decide replicar, en la medida de lo posible, la ruta seguida por Marco Polo al conocer la noticia de que la carretera que unía Pakistán y China había sido abierta para los extranjeros por primera vez desde su construcción. El viaje es un desafío, pero más aun teniendo en cuenta que el autor tenía apenas veintiún años y que lo hizo provisto con unos fondos de unas setecientas libras que logró de su college como financiación para un supuesto estudio histórico. Precisamente las edades del autor y del viajero veneciano vienen a ser la misma al iniciar la ruta, lo que no deja de trazar una conexión peculiar.

 

Pero Dalrymple no era un trotamundos aficionado. Ya el año anterior había replicado el viaje de los participantes ingleses en la Primera Cruzada, desde Edimburgo a Acre. Y es precisamente en Tierra Santa donde comienza su viaje para llegar a Xanadú, la mítica ciudad en la que Kublai Kan había construido su residencia de verano, una forma de recrear los paisajes y pureza de su Mongolia natal evadiéndole del chinismo de la capital de su Imperio. Y, como digo, el viaje comienza en Jerusalén cuando Dalrymple acude a la Basílica del Santo Sepulcro para obtener de un franciscano una pequeña muestra del Santo Óleo que arde en el templo, sin que el verdadero origen industrial que le revela el monje, un supermercado por más señas, le cause el más mínimo desaliento. No es de extrañar que esta nota de realidad no le afecte especialmente porque tiene mayores preocupaciones. Alguna de ellas está relacionada con la tensión política en los países por los que ha de transitar, pero también porque parte de su viaje, hasta Lahore, lo hará acompañado por Laura, una joven de su misma facultad, un portento de voluntad y fuerza, un desafío constante para su caótica y disipada cadencia, una inglesa de la cabeza a los pies con sus sandalias y calcetines blancos incluidos. Pero el resto del viaje no será mejor ya que deberá hacerlo con Luisa con quien ha roto poco antes y con la que preparó inicialmente las etapas del viaje. Pero ahora Luisa ha encontrado otro novio y tal vez no sea la mejor de las compañías, añadiendo a la tribulación del viaje la confusión emocional e incluso sexual. 

 

La narración de este viaje me resultó tan cautivadora que, todavía muchos años después, recordaba el libro con cariño, aunque no era capaz de acordarme ni del título ni del autor. El libro había quedado sepultado en alguna caja de un trastero por alguna mudanza, entre otros tantos libros ya leídos. Ocasionalmente recordaba la historia y sentía ganas de volver a leerla, aunque nunca me ponía a ello ni trataba de buscar en internet algún dato para consultar o releer el libro. Pero recientemente, leyendo la sinopsis de El último mogol, un libro que solo por su título ya me resulta irresistible, y mirando qué más obras había escrito ese tal Dalrymple, descubrí que era precisamente el añorado autor de Tras los pasos de Marco Polo

 


Así que, unos veinticinco años después he vuelto a leer este libro. El ejercicio me ha servido, de paso, para comprobar lo que merma la memoria con el tiempo. Ni la más remota idea de que el autor siempre hubiera estado acompañado en el viaje. Mi impresión era que nunca había llegado a China realmente, fracasando en su empeño, y que había pasado gran parte del tiempo por las llanuras persas visitando las diversas mezquitas y madrazas construidas por los mongoles en los siglos en los que fueron los amos de un imperio más grande que el romano o cualquier otro que en el mundo haya sido. Así que he ido sustituyendo mis recuerdos dispersos y erróneos por unos más auténticos (a saber cuánto durarán) sin que el placer de la lectura se haya visto afectado en lo más mínimo. 


Dalrymple escribe de manera amena, sabiendo guardar el perfecto equilibrio entre sus historias y peripecias personales con el relato histórico. Ni éste parece sacado de una enciclopedia, ni aquél se resuelve en una serie de encuentros y anécdotas inverosímiles que puedan poner de manifiesto las dotes imaginativas antes que la verdadera experiencia del viajero. 

 

Todo lo contrario. Dalrymple combina ambos mundos, siempre con una gran sorna, en especial tomándose a sí mismo muy poco en serio y compartiendo la jocosidad de su torpeza o las bromas y burlas de que es objeto por cuantos se le cruzan por el camino. De este modo, la lectura avanza a buen ritmo, sin perder el interés ni tan siquiera en aquellos episodios que se mueven por las zonas mas áridas, menos interesantes. De todas ellas sabe sacar el partido adecuado. Le seguimos con interés cuando trata de buscar si quedan restos de la floreciente industria telar en una remota región siria a que alude Marco Polo, para encontrar una casucha semiabandonada con un único telar que una anciana le muestra con orgullo, y así afirma poder justificar la inversión que el Trinity College ha hecho en este viaje. Verifica si es real la idea anglosajona de que para que un extranjero comprenda el inglés basta con gritarlo a voces o que su piel pase del blanco al rosa como la de todo perfecto británico. 

 

Sin embargo, no estamos tampoco ante un texto carente de profundidad. Si bien el autor se apoya en la descripción de los viajes de Marco Polo, reconoce que se trata de un libro aburrido, una verdadera guía de la época para comerciantes; por tanto, un libro que no pretende entretener ni ser un relato completo. También hace interesantes reflexiones como la comparación entre el reino de los cruzados y el actual estado de Israel, rodeado por naciones hostiles, apoyado por Occidente sin el que no podría resistir y con una limitación de recursos por su ubicación geográfica de la que saca fuerzas de flaqueza, al igual que los cruzados fueron capaces de construir sus castillos y fortalezas sin apenas medios, pero a costa de la población árabe de la zona.  


Pese a lo temprano de la fecha del viaje (1988), el autor vislumbra los cambios en la China comunista donde además de la persecución a los ligures, la minoría islámica china, tan publicitada hoy en día, asiste a la proyección de una película de James Bond.


La riqueza de los diálogos, su verosimilitud y gracia es mérito de la traducción de María Faidella Martín en la edición de Edhasa que es la que ahora he leído, que sabe trasladar el tono de parodia de algunos de ellos, de determinados juegos de palabras y confusiones entre el inglés precario con el que debe lidiar el autor, típico anglosajón que parece no plantearse la posibilidad de tener que aprender a manejarse con los rudimentos del idioma local, ¡que aprendan ellos! 


Y llegamos al fin de ese viaje, al apurado y lírico momento en que Dalrymple derrama el aceite consagrado sobre lo que interpreta de manera indubitada que es el altar en el que tomaba asiento el Kan en Xanadú, cerrando de manera perfecta el círculo de un viaje inolvidable para su autor, pero también para el lector o al menos para mí. 


 


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