20 de febrero de 2026

El hombre en busca de sentido / Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Víctor Frankl)

   

I


Víctor Frankl era un reconocido psicólogo en la Viena de entreguerras que se estaba labrando una pequeña reputación gracias a sus estudios e investigaciones en lo que, más adelante, se conocería como la tercera escuela psicológica de Viena. En ese contexto llegó el Anschluss y la política antisemita le arrojó al ostracismo. Aunque obtuvo un visado para emigrar a los Estados Unidos, finalmente no huyó, prefiriendo quedarse en Austria para cuidar de sus padres, en especial de su madre, con una salud cardiaca delicada. 


Poco después da comienzo la guerra y todo se va torciendo. Pese a ello, en 1941 se casa con Tilly y, poco después, termina siendo recluido en el campo checo de Terezin. Allí pierde la pista del resto de su familia y pierde también, en su traslado a un campo satélite de Auschwitz el manuscrito de la obra que había estado escribiendo durante los años previos, con los fundamentos de su pensamiento, la obra de su vida. 


Al final de la guerra es liberado del campo y trata de retornar a su pasado. Para ello, sin duda, establecer el relato de los años de sufrimiento ilimitado y tratar de dar sentido al mismo, empeño al que se había aferrado durante la cautividad, le llevó a la publicación de diversas obras en las que ratifica sus teorías reforzandose con lo vivido en los campos.  


El hombre en busca de sentido (Herder) es el resultado de este trabajo, un libro que ha sido alabado por infinidad de lectores, tratado como obra de autoayuda, como guía espiritual, en un sentido no tanto religioso sino ético, y que se alza como referencia de la psicología que plantó cara al psicoanálisis. 


El libro se articula en dos grandes partes. Una primera en la que se describe la dura vida en los campos y otra en la que se teoriza sobre la logoterapia, la teoría de Frankl


Si para Freud la causa de los desórdenes mentales puede hallarse en determinados traumas y contradicciones entre el ego, el to y el superyó, para Frankl la causa del desasosiego se encuentra en la dificultad para determinar el sentido de nuestras vidas. 


La vida es sufrimiento, pero éste puede alcanzar sentido en la medida en que seamos capaces de darle un sentido. Frankl es, por tanto, un existencialista optimista, una rareza intelectual que sabe combinar ambos mundos de una manera original y trascendente. De ahí que el relato de la vida en el campo no se centre en la muerte sino en la vida, en los supervivientes. 


Él es sabedor de que, desde el momento en el que se entraba en un campo, cada esfuerzo que se hacía por sobrevivir, por mejorar el aspecto físico y evitar las selecciones para el exterminio implicaban la muerte de otro compañero. Había de elegir entre uno mismo o el otro. De ahí su terrible frase de que los mejores de entre todos jamás regresaron. Porque aferrarse a la vida era un esfuerzo sobrehumano en un entorno en el que la muerte era tan aleatoria y presente que prácticamente eliminó cualquier modo de suicidio, éste carecía de sentido. 


Al tiempo, la muerte se acercaba más rápido en el momento en el que el prisionero perdía la esperanza. Una persona que creyera que la liberación llegaría, por ejemplo, el 30 de marzo de 1945 y que viera cómo se acercaba la fecha sin cambios, iría perdiendo la fe y la esperanza de modo que pocos días después, finalmente, fallecía. Lo mismo ocurría con todos aquellos prisioneros que cambiaban sus vales de cigarrillos por una pequeña ración de comida. El día en que un prisionero tomaba directamente los cigarrillos era señal de que había arrojado la toalla y moría poco después. 


Pero estar rodeado por la muerte llega a anestesiar los sentidos y tan solo se siente aprecio por uno mismo y un reducido grupo de amigos íntimos, si es que la intimidad es un concepto aplicable. Cuando alguien muere, aún caliente su cuerpo, sobre él se arrojan sus antiguos compañeros para quitarle el abrigo, los zapatos o incluso los restos de comida mordida de los bolsillos, pero este caparazón es el único modo de protección y defensa, el distanciamiento imprescindible para no desmoronarse de manera definitiva. 


La violencia física no llega a ser la peor, los insultos, el desprecio, más aún el de otros judíos, los kapos del campo, quienes muestran habitualmente mayor animosidad que los oficiales de las SS y con quienes, en todo caso, se ha de mantener buena relación puesto que los favores o leves miradas hacia otro lado podían significar un día más de vida. 


Tanto los sueños como la vida interior eran un refugio al abrigo de cualquier intromisión. Un reducto de intimidad en el que Frankl logró hallar su sentido. Así, el deseo de mantenerse vivo para conocer el paradero de sus padres y su esposa, el esfuerzo por reescribir su libro perdido, las conferencias que ensayaba mientras trabajaba bajo la nieve creyendo que realmente algún día podría ofrecerlas a un público elegante y bien alimentado. 


De ahí la importancia que todas las manifestaciones artísticas tenían para los prisioneros y lo malentendidas que han sido éstas, pareciendo que realmente la vida en el campo era un refugio en el que se podían interpretar obras de teatro, componer sonatas o escribir poemas que se escondían bajo tierra para dejar testimonio al futuro incierto. 


Pero llegado ese día, el fin del infierno asalta la pregunta. ¿Qué sentido tiene toda esa muerte? Si las muertes no tienen sentido, no merece la pena ser vivida la vida y el sentido último de este sacrificio no es sino la propia voluntad del individuo por mantener su sentido. 


Cada uno, en cualquier momento y situación es capaz de decidir si mantiene su dignidad, si quiere dotar o no de sentido a su vida. Y en esto enlaza con dos extremos sorprendentes para su tiempo y su condición de judío. Por un lado, conecta con el individualismo, lo que explica en gran medida su gran impacto en los Estados unidos y en la sociedad capitalista de la posguerra. Pero también conecta con el pensamiento tradicional del catolicismo que defiende el sentido del sufrimiento y el dolor, de ofrecer éste a Dios como último sacrificio. Pero, también podemos encontrar una evidente conexión con el pensamiento ilustrado, más en concreto, con Kant y su imperativo categórico porque los factores externos no son los únicos determinantes, tampoco los genéticos ha de entenderse.


La libertad individual e interior es el último reducto al que nadie puede acceder, lo que nadie nos puede robar ni se puede llegar a socavar si así lo deseamos. 


Cuando un hombre está condenado a sufrir ha de asumir esa cruz con dignidad pues ese es su destino, su libertad espiritual debe llevarle a sobrellevar ese sufrimiento con dignidad, como tarea.



Tras la liberación, existe riesgo de caer en la depresión, en especial al ver la magnitud de la destrucción, la pérdida de familiares, o de dejarse llevar por el odio y la ira, por lo que es imprescindible rehacer y reorientar los objetivos vitales, establecer una férrea decisión en cuanto al sentido de la vida de un liberado y por ello, la logoterapia mira al futuro, no al pasado.


El sentido de la vida es individual y subjetivo, para uno puede ser su obra, para otro el compartir momentos con sus seres queridos, no hay sentidos superiores a otros porque todos son subjetivos y el que importa es el que sirva para cada uno de nosotros. La ley que enmarca esa búsqueda del sentido es la que viene a definirse por la idea de que ha de vivirse como si ya se hubiera vivido previamente y como si las decisiones tomadas en el pasado hubieran sido las peores posibles.

 

 

 II




Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Herder) es el perfecto complemento a El hombre en busca de sentido. Tras la liberación, Frankl trata de averiguar qué ha sido de sus familiares y amigos y de regresar a Viena. Nada es sencillo en los tiempos del fin de la guerra. Las comunicaciones no son fluidas, nadie vive donde vivía, nadie conoce el paradero de sus allegados y la realidad solo se va abriendo paso a retazos inconexos, con noticias falsas que tardan en desmentirse o con terribles informaciones que terminan por confirmar que su madre falleció al poco de ingresar en el campo de Terezin y que su esposa, con la que apenas llevaba casado unos meses, falleció en Auschwitz. Tampoco retornar a Viena parece fácil. El ambiente antisemita resulta igualmente opresivo y no cree poder obtener una plaza en la Universidad. 


Sus ingresos son escasos, apenas sostenido por los paquetes de ayuda humanitaria y los trabajos en una clínica privada. La depresión le acecha poniendo a prueba sus propias teorías. El deseo de emigrar a Estados Unidos vuelve, pero el desánimo y la pérdida de confianza le hunden. 


Sin embargo, encuentra el sentido que dar a su vida a través de su obra, la publicación de diversos libros y la buena acogida que van encontrando le hacen resurgir. Inicia una nueva relación con una enfermera de la clínica en la que e trabaja malogra acceder a la Universidad y es llamado a numerosos programas de radio, a impartir conferencias, escribir artículos. 


Y asistimos a todo ello a través de las cartas en las que se nos desvela una enriquecedora faceta humana. Desde la carta que envía a un párroco católico para que oficie unas misas en recuerdo de una joven que perdió la vida en el campo y que fue enterrada en el camposanto de la iglesia de la que es ahora titular, a las misivas a su familia emigrada para que aguarden su llegada mientras les narra sus breves vacaciones montañeras con su prometida o su progresivo éxito como conferenciante. 


También los discursos y charlas aquí recogidos ofrecen una síntesis sustancial de su pensamiento, en ocasiones repitiendo literalmente párrafos de su más famosa obra, prueba de que tal vez fueron escritos al tiempo, o reflexionando sobre el modo en que el catolicismo abraza su obra. 


Uno de los temas más interesantes que aborda en alguna de estas charlas o cartas es precisamente el de si los austríacos son culpables del Holocausto o tan solo responsables. Para Frankl la diferencia es notable. Culpable es quien ha sido parte de una labor directa de eliminación de los judíos o de otro tipo de enemigos de la patria. Responsable es quien no dijo nada, quien no se opuso aunque no tomara parte, quien de modo indirecto pudo beneficiarse de ello. Y, en este sentido, considera que los alemanes, los austríacos son responsables y en virtud de ello, deben asumir ciertas consecuencias igual que los judíos o los gitanos sufrieron años antes. Por ello han de abandonar las casas de antiguos judíos que les fueron entregadas, granjas o propiedades.



Con este volumen se logra cerrar un círculo perfecto tanto en torno a la figura humana del autor como a su obra teórica. No uy puesto en estos temas psicológicos, desconozco si sus teorías ya han sido ampliamente superadas o no, si son erróneas o si la moderna ciencia las ha corroborado. Nada de eso me importa realmente puesto que las enseñanzas y reflexiones que me ha suscitado su lectura son más que suficientes para que haya merecido la pena.

 

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