2 de noviembre de 2026

Niveles de vida (Julian Barnes)


 

Niveles de vida (Anagrama, traducción de Jaime Zulaika) es el libro en el que Julian Barnes trata de analizar lo sucedido tras la muerte de su esposa Pat Kavanagh, de darse una explicación o, sin más, regodearse en su dolor del único modo que sabe hacerlo, escribiendo. Kavanagh, agente literaria de profesión, falleció el 20 de octubre de 2008 a causa de un tumor cerebral. Llevaban treinta años casados, desde 1979, y la enfermedad apenas duró treinta y siete días.

Como no podía ser de otro modo tratándose de un escritor de la talla y sensibilidad de Barnes, la aproximación al tema no es directa ni evidente. Sin embargo, la estructura del libro puede resultar desconcertante en un inicio. La primera parte está dedicada a los vuelos en globo por parte de famosos pioneros, en viajes no exentos de una mezcla de romántica búsqueda de la aventura y un riesgo no siempre bien calculado.

Ese romanticismo lleva a que los viajeros apenas tomen precauciones por considerarlas poco deportivas, por querer dar una muestra de libertad y valentía hoy algo desfasadas y pasadas de moda. Pero aquí lo que atrae a Barnes es que estos viajeros del viento, los primeros en elevarse por encima del terráqueo nivel de sus mortales congéneres, aspiraban a subir al cielo, el lugar de Dios, su guarida. Jugamos a ser inmortales y todopoderosos, pero como sabemos desde Ícaro, acercarse al sol conlleva el riesgo de que nuestras alas se quemen.

En esa primera parte Niveles de vida narra también una historia de amor frustrada entre la actriz Sarah Bernhardt y el aviador inglés Fred Burnaby, que compartieron un vuelo en globo que ella transformó luego en relato literario. Él se enamoró de ella, ella libre, excéntrica y frontal lo rechazó. Esa breve historia, ficción en gran parte, funciona como antesala emocional anticipando que incluso lo más alto y hermoso puede no encontrar correspondencia. Elevarse aquí también es amar sin red.

La fotografía aérea es otra fase del libro. Se exploran los intentos de capturar imágenes desde los globos, la dificultad técnica del proceso, el temblor del aire, la peligrosidad de la combinación de los gases precisos para la elevación y para la captación de las imágenes. Pero aquí nace un nuevo lenguaje visual, una forma distinta de mirar el mundo. No se fotografía el cielo, sino la Tierra, y no desde cualquier ángulo, sino desde una perspectiva imposible hasta entonces. Así nace la cartografía moderna, el espionaje, pero también una belleza inesperada. Se ofrece al hombre una imagen del hombre desde una nueva perspectiva, desde otro ángulo. Es como cuando en los años sesenta las imágenes más icónicas de los viajes a la Luna no fueron las de este satélite sin luz, sino las imágenes de la propia Tierra tomadas desde el espacio. Quizá así vea Barnes la misión del escritor, un ser que se eleva no para ofrecernos imágenes de paisajes nunca vistos, sino para devolvernos nuestra propia imagen pero desde un ángulo diferente.

Pero podemos profundizar en la metáfora y creer que de lo que nos habla Barnes es de esa levitación que el amor supone, de ese extraño sentimiento que nos eleva e impulsa a ser mejores, a dar lo mejor de nosotros mismos, a superarnos tan solo por causar impresión favorable en la persona amada, aunque con olvido de nuestra propia seguridad y dicha. Esa elevación que queda icónicamente reflejada en las alas de los querubines que acompañan con sus liras nuestras ensoñaciones de enamorados, elevándonos a las alturas, a un mundo en el que no pisamos el suelo, en el que vivimos suspendidos y ajenos a todas las reglas de la física.

Sin embargo, como pronto nos recuerda Barnes, los globos no están exentos de peligros y acechanzas. Nos cuenta la historia de un ayudante que quedó prendido en una de las cuerdas que sujetaban el globo a tierra cuando comenzaba su despegue y que fue finalmente liberado a más de cien metros de altura, yendo a caer sobre un parterre de rosas, con las piernas hundidas en la fértil tierra como si de un esqueje humano se tratara y con los órganos internos desparramados y repartidos varios metros alrededor. Porque es lo suyo que todo lo que sube ha de bajar. Así, cuando sufrimos la pérdida del ser amado, caemos desde lo alto, con nuestros órganos, físicos o no, repartidos por doquier, a la vista de todos, rotos y sin posibilidad de recomposición. Una visión romántica sin duda, casi tanto como la del amor en sus fases iniciales.

Llegamos entonces a la tercera parte del libro, a aquella en la que Barnes nos habla directamente de la muerte de su mujer, de lo vivido como si de un sueño se tratara. De esa extraña sensación de abandono, de que ya nada importa, de que la vida se ha paralizado mientras todo a su alrededor sigue funcionando con una normalidad impasible y cruel.

 


 Los amigos evitan el tema o lo adornan con frases sin peso. Te dicen que salgas, que viajes, que hagas yoga o que adoptes un perro. Todo suena hueco cuando lo que uno necesita no es distracción, sino presencia. La presencia del que ya no está. Barnes describe este aislamiento involuntario con precisión quirúrgica y con una dignidad emocional que estremece. Señala cómo las actividades que te gustaban realmente cobraban sentido porque podían ser compartidas, narradas a su pareja. Uno leía o asistía a exposiciones por gusto, pero también para compartirlo, hacer de ello una experiencia conjunta. Y si lo que buscamos es precisamente hacer algo nuevo, lo que nunca se hizo antes como modo de saltar de esa rueda de recuerdo y añoranza que nos persigue, logramos el efecto contrario. Apuntarnos a un curso de cerámica no tiene sentido porque uno siente aún más la soledad, el sinsentido, la comprensión de que estamos huyendo. ¿De dónde? ¿A dónde?

De repente, uno cobra visión de la cantidad de viudos que existen entre su círculo inmediato, que parecen multiplicarse, aparecen como las embarazadas cuando esperas un hijo, son omnipresentes. Pero también aparece la idea del suicidio, lo que a decir de los psicólogos es buena noticia porque se cree que quien piensa en ello no será capaz de llevar adelante el impulso, si bien Barnes se pregunta si la meditación al respecto no permite mejorar las técnicas, refinar el método. 


Y es que, a veces juntas a dos personas y no pasa nada. Pero cuando pasa, el resultado puede ser mayor que la suma de ambos. Sin embargo, la pérdida también es mayor que lo que cada uno aportaba por separado.


El libro recuerda en este punto a La peor parte. Memorias de amor de Fernando Savater, otro testimonio donde se da cuenta del dolor más íntimo, de esa pérdida innombrable, de ese despertar brutal a una realidad para la que nadie está preparado. Uno cree saber lo que es la muerte, pero solo se convierte en conocedor cuando el golpe ya ha caído, cuando ya es tarde.

Niveles de vida es al fin un libro sobre la gravedad, la física y la del alma. Sobre el modo en que el amor nos eleva y sostiene, pero también sobre cómo nos envía al fondo de la tierra, al subsuelo, cuando desaparece sin previo aviso. Pero también nos habla de cómo, en medio de ese derrumbe, la escritura aún puede salvarnos, no del dolor, sino de la incomprensión, la propia y la de los otros. Nadie experimenta en cabeza ajena, ni tan siquiera cuando esta es la de un autor brillante y sensible como Barnes, pero leer su experiencia, lejos de hacernos sentir pesarosos, nos empuja un poco más a mirar esos momentos en los que nos elevamos por encima del nivel de la tierra, aspirando a que nuestra vida se instale ingrávida y sin peso en las regiones más hermosas y perdure por siempre. Quizá porque solo quien ha conocido el cielo puede aceptar con lucidez la brutal caída de la pérdida. Y solo quien ha amado sabe que, aun roto, todo sigue mereciendo la pena.

 

 

25 de octubre de 2026

La ridícula idea de no volver a verte (Rosa Montero)



 

El 19 de abril de 1906, Pierre Curie fue atropellado por un coche de caballos que le pasó por encima, destrozándole el cráneo tras tambalearse por la debilidad extrema en que vivía debido a su exposición a los rayos X, descubrimiento que le había valido el Premio Nobel de Física en 1903 junto a su mujer, Marie Curie, y a Henri Becquerel.

Tras el accidente, su esposa escribió un breve diario, apenas veinte hojas, en el que dejó constancia con absoluta crudeza de sus emociones. El documento resulta a la vez bello y áspero por la franqueza con que está redactado y por ciertos detalles que hoy nos resultan perturbadores, como la forma en que se aferraba a la ropa aún manchada con restos de masa encefálica y que su hermana tuvo que desechar, arrojándola al fuego casi con sigilo. También conmueve por la fragilidad que deja al descubierto y por la manera tan distinta en que la muerte se asumía entonces en comparación con nuestro presente, en el que cualquier expresión de duelo o tristeza parece un atentado contra la dictadura de una felicidad vacía y de supermercado en la que parecemos instalados.

Este libro nace de un encargo muy concreto. La editora de Rosa Montero quería poner en marcha una pequeña colección de libros breves, poco conocidos y muy personales, cada uno acompañado de una introducción escrita por otro autor. En este caso, la editora demuestra la intuición imprescindible para ese oficio y le propone algo distinto. Le envía el diario de Marie Curie y le ofrece dos caminos, prologarlo o utilizarlo como punto de partida para escribir un texto propio a partir de lo que ese documento le sugiera.

La propuesta cobra un sentido especial porque pocos meses antes Rosa Montero había atravesado una experiencia similar a la de Madame Curie. Su marido había muerto tras una enfermedad larga que lo fue consumiendo hasta llevarlo al final y a ella a una viudedad inesperada.

Desde ese lugar vital, Rosa Montero afronta el reto con una mezcla de coraje y desamparo, o quizá con un impulso sincero por entender y entenderse. Todo ello queda volcado en La ridícula idea de no volver a verte, libro publicado por Seix Barral, que articula una meditación sobre la muerte a partir de la vivencia de dos mujeres separadas por el tiempo pero unidas por una pérdida semejante.

El texto rehúye el lamento fácil y opta por una reflexión serena sobre la certeza de un final al que todos estamos convocados y que, sin embargo, vivimos como si no fuera a llegar nunca. Esa ilusión de inmortalidad hace más dolorosa la ausencia repentina, porque el mundo alrededor continúa su curso mientras la vida propia parece detenida. Incluso la decisión de seguir adelante puede vivirse como una traición a la memoria de quien ya no está.

La soledad, el recuerdo, aquello que no volverá a hacerse y los lugares que ya no se podrán revisitar sin que el peso de la memoria los vuelva insoportables. El desasosiego que paraliza y los tímidos intentos de empezar de nuevo. A través de estos temas, La ridícula idea de no volver a verte avanza alternando dos trayectorias. Por un lado la de Curie, abordada desde una perspectiva más biográfica. Por otro la de Rosa Montero, más reflexiva y menos confesional, fiel a su resistencia a convertir el dolor propio en materia explícita de ficción.

El libro detalla las duras condiciones de la vida de Marie Curie, quien estuvo a punto de no recibir educación formal debido al papel asignado a las niñas en la Polonia de su infancia. Se relata su perseverancia para lograr el reconocimiento de sus méritos científicos, a menudo cuestionados incluso cuando compartía autoría con su marido. Pese a todo, fue una excepción casi única entre los galardonados por la Academia sueca al obtener el Nobel en dos disciplinas distintas, Física en 1903 y Química en 1911. A ello se suman los enfrentamientos con instituciones reacias a permitir la investigación femenina y el linchamiento moral que sufrió cuando se hizo pública su relación con un hombre casado años después de la muerte de Pierre.

La reivindicación feminista atraviesa de forma constante estas páginas, tanto las del diario de la científica como las de las consideraciones de Rosa Montero. Aunque median más de setenta años entre unas y otras, la sensación persistente es la de un progreso menor del que cabría esperar.

El resultado final es sólido y convincente. Las breves páginas del diario de Curie, con las que se cierra La ridícula idea de no volver a verte, han sido analizadas con precisión y sensibilidad, integrándolas con datos biográficos relevantes. Se aborda sin rodeos su relación con sus hijas, la escasa cautela frente a la radiación que emitían sus experimentos y una cierta despreocupación inicial ante riesgos que ya eran visibles. De esa exposición derivaron su propia muerte, el deterioro de su marido y de su hija, así como graves secuelas en los trabajadores de las fábricas donde se industrializó el proceso químico para la explotación del radio, ámbito en el que Curie tuvo una implicación directa.

Todo ello se expresa mediante un uso del lenguaje sobrio y eficaz que pone de relieve la larga trayectoria de Rosa Montero como periodista y columnista, además de novelista. Su escritura aborda asuntos difíciles con cercanía y honestidad, sin superioridad moral ni consuelo impostado, combinando afecto, lucidez e inteligencia.

Las reflexiones que atraviesan el libro no se centran tanto en la muerte como en la vida. Invitan a aprovecharla mientras sea posible, a no rendirse, a avanzar con firmeza pese a las circunstancias y a evitar el sufrimiento innecesario, tanto el que nos infligimos como aquel del que, con el paso del tiempo, acabamos arrepintiéndonos.

 


Por desgracia, esta enseñanza suele aprenderse de manera tardía y por experiencia propia, ignorando advertencias ajenas. Pero Rosa Montero deja constancia de ella en La ridícula idea de no volver a verte, donde sus observaciones permiten encontrar un sentido al dolor o quizá un vacío que no pretende llenarse. Ahí reside uno de los mayores valores del libro, su capacidad para conmover desde cualquier lugar vital en el que se encuentre quien lo lea.

 

 

18 de octubre de 2026

La peor parte: memorias de amor (Fernando Savater)

 



La muerte no se lleva a nuestros seres queridos del todo; es solo un comienzo, porque la auténtica muerte ocurre cuando ya nadie los recuerda. Los romanos lo sabían bien cuando aplicaban una de las penas más crueles de su Derecho, la damnatio memoriae, la condena a la desaparición de cualquier recuerdo o mención sobre la persona. Lo mismo puede decirse de lo que ocurría en la URSS de Stalin, donde no solo se rehacía la Historia, tal y como gustan de hacer todos los dictadores de cualquier tendencia, sino que se retiraban las imágenes del perseguido de cualquier fotografía, documento o elemento visual, por ridículo que pudiera parecer el recurso.
Por contraste, no hay mayor prueba de amor que hacer todo lo contrario: recordar al ser amado o admirado. También es un modo de mantener viva a la persona, porque en el momento en que nadie rememore sus virtudes, su modo de levantarse, sus dichos o travesuras, sus buenas obras o desvaríos, dejará de existir de manera definitiva. Peor aún, esa vida parecerá haber perdido su sentido, esos actos se evaporarán para siempre. ¿Y para qué se hicieron? Tal vez la respuesta es que actuamos en este teatro de la vida para poder ser recordados por alguien, aunque no nos hayamos ido aún tras el telón.
Pero este acto de amor puede tornarse una condena, porque parece que no recordar lo suficiente equivale a una traición. Olvidar, o lo que comúnmente denominamos superar el duelo, puede considerarse la mayor vileza, algo a evitar por parecer una traición última, una perfidia imperdonable. En ocasiones, puede creerse que quien sobrevive debe penar por ello, anhelar la muerte para unirse con el ya desaparecido, si es que las creencias de ambos así lo estipulan, o para fundirse con el vacío negro si no hay fe en la resurrección.
Es en este devenir, en esta contradicción continua, en la que se mueve Fernando Savater tras la muerte de Sara Torres, Pelo Cohete, como la llamaba cariñosamente, su esposa, fallecida pese a ser más joven que él, precediéndole y alterando el curso ordinario de la vida debido a un cáncer cerebral. Este libro resulta de ambos impulsos: es un texto personal hasta el dolor, casi insoportable en cuanto expone un sufrimiento desnudo y universal, tan próximo al lector que no puede evitar estremecerse ante el esfuerzo titánico que ha debido suponer para Savater escribir estas páginas.
La peor parte: Memorias de amor (Ariel) es el texto publicado por su autor rememorando su vida junto a su mujer, fallecida poco antes. El libro nace del deseo de dejar constancia de lo vivido, bajo esa convicción de que lo no contado se perderá para siempre, causando una auténtica muerte civil. Ese recuerdo es particularmente duro cuando el amor ha sido grande, no necesariamente exento de las dificultades propias de la vida, riñas y roces inevitables cuando las personalidades son fuertes, pero basado en un respeto profundo, una admiración recíproca y un reparto equilibrado de papeles.
Porque Pelo Cohete era el perfecto contrapunto para el teórico Savater: una mujer de especial pragmatismo y fuerte personalidad, no exenta de brusquedad frente a cierto idealismo del filósofo. Savater la describe como una persona de inteligencia singular, no para la erudición o la disertación prolija, sino para abordar las cuestiones con una intuición inmediata y certera. Apasionada por el cine, los muñecos y las reproducciones de héroes del cómic y la literatura, fue la mejor lectora de Savater, hasta el punto de asegurar él que todo cuanto escribía lo hacía únicamente para recibir sus elogios o, en ocasiones, sus reconvenciones.
En este libro, Savater no duda en mostrar su vulnerabilidad. Reconoce que la unión de dos personas genera una energía mayor que la simple suma de sus individualidades, y que la falta de uno destruye gran parte de esa fuerza. El deseo de agradar, de hacer sentir orgullosa a la persona amada, se desvanece con su ausencia, llevándonos inevitablemente a la autohumillación, a la pérdida de la estima y al desaliento más profundo.
Savater sabe que la vida no se recupera tras un trance así, pero también que no se puede renunciar a ella. El cuerpo sigue adelante, aunque la mente haya perdido las ganas de luchar. Ésa es la mayor paradoja de esta situación: desear la muerte, pero entender que hacerlo sería la mayor traición al ser amado. Este libro, por tanto, se convierte en un homenaje a Pelo Cohete, un lacerante y tortuoso recuerdo para que no sea olvidada, el reconocimiento que muchas veces no supimos dar en vida, el intento supremo de reconciliar nuestra conciencia con el abismo de la ausencia.
Savater repasa aquí su vida en relación con Pelo Cohete. Rememora el modo en que le abordó en la cafetería de la Universidad, ella era su alumna, o sus paseos románticos, sin apenas connotaciones sexuales, los viajes por el mundo. Pero no todos son momentos felices, No puede faltar su implicación en la lucha contra ETA, en la que su mujer se mostró como un adalid, precisamente por conocer el mundo euskaldún sin ambajes ni subterfugios, por hablar euskera con fluidez, leer de primera mano sus escritos y enfrentarse a la discriminación larvada frente al diferente, por su amistad con asesinados, perseguidos y exiliados, como lo tuvo que ser ella cuando finalmente hubo de renunciar a dar clases en la Universidad del País Vasco, sin tener la suerte de su marido de poder recalar en Madrid.
También narra la infinidad de anécdotas vividas en sus viajes, como la búsqueda de viviendas de literatos para un libro que preparaban juntos, o su caza y captura de maniquíes, cabezas, maquetas y artefactos relacionados con Frankenstein, Sherlock Holmes, Tintín y otros héroes que ambos admiraban. Lo mismo que su interés por el cine, por todo tipo de películas que veían sin descanso cada noche. También pasan por estas páginas los deseos de no tener hijos, Savater ya tenía uno de su anterior matrimonio, Amador, y la voluntad de Pelo Cohete de abortar, sin que el filósofo se atreviera siquiera a indagar por las razones últimas de esta decisión. Su vida en el apartamento de Mallorca, cuando se les recomendó no residir en verano en el País Vasco debido a su exposición pública y la paz que allí encontraron, con su luminosa terraza.
 
 
Por último, el libro aborda los momentos postreros, los dolorosos tratamientos, las esperanzas en avances científicos, la fortaleza del enfermo frente a la fragilidad del acompañante. Y en este relato desgarrador, Savater nos recuerda que el amor verdadero no acaba con la muerte, sino que persiste, transformándose en memoria y en lucha contra el olvido. Pero qué dura es la vida tras la marcha del ser amado. Aunque los psicólogos hablen de la necesidad de pasar por el periodo de duelo, lo cierto es que el filósofo se pregunta por la duración del mismo, que inevitablemente viene unido a cada persona. Recuerda, no sin saña, los consejos fútiles de quienes han pasado por el mismo trance y hacen una genérica referencia a que el tiempo todo lo cura o, incluso, los más osados, que le guiñan el ojo mientras se congratulan de su recién adquirida condición de soltero.
La actitud que aprende pronto a tomar es la de contestar a todos para que le dejen en paz, decir que mejor, que cada día un poco mejor, y conservar el lamento por dentro, las lágrimas a buen recaudo donde no causen incomodidad a nadie. Y así, este libro también se convierte en una parte terapéutica, un ejercicio de memoria, pero también de sanación.
Su lectura no es fácil, en ocasiones se torna dolorosa y no lo recomendaría para quien acabe de pasar por un trance similar, pero contiene innumerables reflexiones a las que todos, antes o después, habremos de enfrentarnos. Hacerlo con la sabiduría y sinceridad de Savater es un buen ejemplo a seguir.
 

11 de octubre de 2026

Cláuscos sin filtros (Mary Beard)

 


 

Mary Beard se ha jubilado. Esto puede parecer una mala noticia, pero lo cierto es que le va a permitir acrecentar su labor de divulgación pública sobre el mundo antiguo.

Así, no hace mucho lanzó su podcast Instant Classics y, recientemente, publicó el libro Clásicos sin filtros (Editorial Crítica, traducido por Silvia Furió). En este caso, la obra resulta interesante porque, a diferencia de otros títulos previos de la autora, no trata de explicar algún aspecto concreto de la vida de los antiguos, sino que constituye una reflexión desde nuestros días sobre el papel que juegan aún hoy, sin tamices, como indica el título, y desde una posición heterodoxa y bastante crítica.

¿Tiene sentido aún preguntarse por aquellas personas que vivieron hace más de dos mil años, por lo que pensaron y por cómo habitaron, o se trata sin más de una añoranza del pasado que, al igual que los renacentistas vivían con el encanto del redescubrimiento, nosotros mantenemos artificialmente porque creemos que, al dejar de darles un peso relevante en nuestro pensamiento, estaríamos perdiendo algo que nos pertenece, como si fuera una especie de traición a nosotros mismos? Así, este volumen se abre como una puerta para valorar precisamente esas cuestiones tras su experiencia como divulgadora, profesora, conferenciante y otras tantas facetas que a lo largo de su vida ha ejercido.

El libro comienza con una anécdota familiar que define muy bien el punto de contacto que forzó la inclinación de Beard a favor de estos clásicos. Mary, siendo pequeña, con apenas cinco años, visitó con su madre el Museo Británico, ya que estaba muy interesada por las momias, como es natural en la infancia. Pero su progenitora, profesora de la escuela local del pequeño villorrio en el que vivían, en la frontera entre Inglaterra y Gales, la llevó igualmente a la galería en la que se recogían objetos de la vida cotidiana de los antiguos egipcios. Allí se hallaba el resto semifosilizado de un panecillo, probablemente una ofrenda o parte del banquete dejado en la tumba de algún rey para su vida futura. La Mary niña se ponía de puntillas para poder ver el objeto cuando un conservador del museo se acercó, sacó sus llaves y, abriendo la vitrina, puso el panecillo en su mano, a escasos centímetros de sus ojos. Esta conexión desató dos pasiones, una por esa antigüedad, que se mostró como algo tangible y real, como si hubiera dado un salto en el tiempo de más de tres mil años, pero también otra idea crucial en el pensamiento de Beard, esa necesidad de comprender, a través de los objetos cotidianos y menos glamurosos, cómo vivían, qué pensaban y tratar de entender cómo era ser un romano o un griego en aquellos días.

Y quizá ahí esté también una de las grandes paradojas de nuestro conocimiento de la Antigüedad. Hemos recibido como clásicos algunos textos que sobrevivieron casi por azar, gracias al trabajo de generaciones de copistas cuyo criterio y cuyas circunstancias desconocemos, mientras que una parte inmensa de lo que escribieron aquellos hombres se ha perdido para siempre. Sin embargo, entre lo que ha sobrevivido no encontramos únicamente grandes poemas, tratados filosóficos o discursos políticos, sino también una notable cantidad de materiales mucho más prosaicos, desde grafitis hasta facturas, listas, quejas de soldados, libros sobre los sueños o relatos como el Satiricón. Es precisamente en esos restos aparentemente menores donde Beard encuentra una posibilidad de acercarse a una Antigüedad menos solemne y más humana, una Antigüedad hecha también de cotilleos, chistes, preocupaciones domésticas y pequeñas miserias, y quizá por eso mismo mucho más difícil de convertir en esa imagen ordenada y monumental que hemos heredado.

Porque, por mucho que podamos imaginar, por mucho que hablemos de que la poesía o las tragedias clásicas interpelan a seres no muy lejanos a nosotros, con pasiones similares a las nuestras, y que precisamente eso es lo que hace de esas obras clásicos, que sus preguntas sigan en el aire aún hoy en día, lo cierto es que no podemos evitar ser conscientes de que es muy difícil ponernos en la cabeza de aquellas personas, si no imposible.

Desconocemos qué era sentirse borracho en la Antigüedad, cuánto vino era demasiado, si los que visitaban las tabernas eran personas de baja estofa o si se entremezclaban las distintas clases sociales, o qué ocurría cuando irrumpía una mujer, qué temores tenían realmente ante sus dioses, qué creían que estaba bien y qué estaba mal, qué imposiciones tenía el poder frente a nuestras libertades, y de qué libertades internas disfrutaban ellos con las que hoy no podemos apenas siquiera soñar.

Para esto nos ofrece un buen ejemplo. Tomemos un texto clásico en el que un padre escribe a su esposa para decirle que, si el bebé que está por venir es un hijo, lo cuide, pero si es hija, que la arroje al agua. Una brutalidad absoluta, pero que, de alguna manera, nos hace pensar también en cómo nosotros hemos establecido nuestras propias fronteras respecto al comienzo de la vida, puesto que hemos adelantado el momento en el que damos por vivo a un ser humano, protegemos al feto, pero también podemos saber su sexo, si tiene enfermedades congénitas, etc., y también hemos decidido que podemos disponer de su vida en determinados plazos, tal vez en lo que hemos fijado esa frontera entre lo que aún no está sujeto al derecho a la vida y lo que sí. Así que no podemos exigir a un romano que carecía de radiografías y de conocimientos médicos que tomara las mismas decisiones que podemos estar tomando nosotros hoy en día, solo que en fases distintas del embarazo, con base en nuestras capacidades técnicas.

Esta imposibilidad para saber qué pensaban los habitantes del pasado nos ha llevado en muchas ocasiones a rellenar ese inmenso vacío con nuestras propias ideas y prejuicios. Beard hace un repaso a cómo Mussolini moldeó gran parte de la imagen de la Roma que hoy conocemos, dando forma a cómo la interpretamos. Esta Roma constituía la imagen de lo que él veía como un pasado glorioso con el que se quería identificar, pero también había muchos autores de izquierdas que creían, por muy diversas razones, que los clásicos tenían mucho que decir. No solo nos permitían pensar al margen de lo que nos dictan los gobiernos del momento, sino que su estudio nos ayudaba a mejorar nuestra posición social.

Porque durante muchos años el estudio de los clásicos o el dominio del latín y el griego actuaron como barrera de entrada a los estudios superiores, también para las mujeres. Pocos podían dedicar tanto tiempo como era necesario para poder aprender a deleitarse con la lírica de Horacio.



 El estudio del griego fue un requisito imprescindible durante muchos siglos para acceder a la Universidad, y tanto Oxford como Cambridge se especializaron en formar expertos en temas clásicos que luego ocupaban puestos, en muchos casos, en la Administración y en las colonias, como forma de fomentar esa idea de que el Imperio británico era la continuación de aquel otro Imperio romano.

También resulta interesante que Beard obligue a ampliar las fronteras de aquello que entendemos por clásico. Durante mucho tiempo hemos tendido a identificar la Antigüedad clásica con una geografía bastante precisa, pero basta mirar con algo más de atención para descubrir un mundo mucho más mezclado, en el que Siria, Judea y otros territorios forman parte también de esa historia que hemos decidido llamar clásica. Las propias fronteras entre lo griego, lo romano y aquello que queda fuera de ambos conceptos son mucho menos claras de lo que acostumbramos a pensar, como tampoco lo fueron las fronteras entre la Antigüedad y las tradiciones religiosas que vinieron después. Lo clásico, así entendido, deja de ser un territorio perfectamente delimitado para convertirse en una construcción que hemos ido haciendo nosotros mismos a lo largo del tiempo.

El modo en que hemos visto a los clásicos nos habla de cómo sentimos el poder, por ejemplo, en las estatuas de Augusto o en las columnas, símbolos que hoy seguimos respetando como muestra de autoridad, de estabilidad y del Estado. Y, sin embargo, no somos del todo conscientes de que estas figuras tan aceptadas hoy fueron realmente disonantes en su día. La estatua de Augusto suponía una ruptura con el pasado, con la figura del anciano togado como elemento de tradición y respeto. Las columnas también suponían una fuerte ruptura en el tipo de arquitectura de la época. La Venus de Milo tampoco fue recibida simplemente como el canon de belleza que hoy aceptamos, sino que su representación provocó controversia y pudo resultar transgresora en su época, y lo mismo ocurrió cuando Fidias se retrató en el escudo que portaba la estatua de Atenea en el Partenón, causando acusaciones graves contra el escultor. Lo que hoy veneramos como casto y puro blanco marmóreo, en otro tiempo no fue otra cosa que un recubrimiento de pinturas brillantes, escandalosas y probablemente horribles a nuestros ojos actuales.

Pero, para ir concluyendo, Beard sostiene que los clásicos siguen siendo relevantes. Aunque hoy el porcentaje de estudiantes que accede a su conocimiento es mucho menor que hace décadas, lo cierto es que probablemente en cifras absolutas sea un colectivo mayor. Y, en todo caso, lo que estudiamos es muchas veces una creación más reciente de lo que creemos, como los acentos que hoy ponemos sobre las palabras griegas pero que Sófocles nunca empleó. Y si seguimos pensando en los clásicos es porque, aunque quizá su mundo no sea muy parecido al nuestro, sus problemas y sus preguntas sí pueden serlo. Quizá sus textos políticos no nos hablen sobre cómo solucionar nuestros problemas de representación, corrupción o totalitarismo, pero sí nos permiten discutir sobre ello. Es más, nos permiten debatir en un terreno neutral por el tiempo transcurrido, en el que podemos dialogar sin necesidad de ocultar nuestros pensamientos reales por miedo a la corrección política. Como le explicó una profesora de clásicas sudafricana, la enseñanza de los clásicos le permitió discutir con sus alumnos sobre el apartheid y la opresión racial de una manera que habría sido imposible si hubieran utilizado ejemplos contemporáneos. Ese espacio de libertad y ese desafío al pensamiento son una de las mayores joyas que aún nos ofrecen aquellos hombres.

Otra virtud que Mary Beard encuentra en ellos es precisamente que, por lo general, no constituyen un estudio fácil. No tenemos las fuentes completas, no somos capaces de interpretar todo lo que nos cuentan, pero precisamente que sea difícil nos permite esforzarnos más, no sacar conclusiones apresuradas y nos coloca en la posición de entender que tratar de comprender cómo vivían y pensaban implica hacerlo aun sabiendo que en ello proyectamos nuestras propias ideas. Y, por tanto, al tiempo que nos alejamos de nuestros días para entenderlos, volvemos a nuestros días con mejores ideas y más capacidad de entendernos y aceptarnos.

El libro continúa con infinidad de reflexiones, todas ellas del mismo estilo y en las que se mantiene el sentido del humor, el no tomarse en exceso en serio, ni a ella misma ni a su disciplina. Con infinidad de ejemplos, no solo de la época que domina, sino más recientes, sobre cómo se han ido interpretando y el papel que a lo largo de los siglos ha tenido el pensamiento sobre los clásicos. Incluso cómo ha ido evolucionando la propia autora al interpretar o reinterpretar obras como Antígona o al reflexionar sobre el papel de las traducciones.

Tal vez esta sea, al final, la mayor razón para seguir leyendo a los clásicos. No porque fueran mejores que nosotros, ni porque sus obras escondan respuestas que podamos trasladar sin más a nuestro tiempo, sino precisamente porque nos obligan a enfrentarnos a preguntas para las que tampoco nosotros tenemos respuestas sencillas. Acercarnos a ellos supone aceptar que nunca podremos comprender del todo cómo pensaban aquellos hombres y mujeres, pero también descubrir que esa distancia, lejos de alejarnos, puede ayudarnos a mirar de otro modo aquello que creemos conocer demasiado bien. Los clásicos no son, por tanto, un refugio del pasado, sino una forma de regresar al presente con más preguntas, con menos certezas y quizá con una mayor capacidad para entender que también nuestro mundo, como el suyo, acabará siendo algún día materia de interpretación.

 

6 de octubre de 2026

 


Gracias a Pan de ángeles conocí la obra de Patti Smith, un cuadro autobiográfico que me abrió no solo a su vida, intensa y rica en creatividad, sino a su modo de narrar, mezcla de honestidad implacable y de reflexiones sobre los convulsos años que le tocó vivir, en especial el periodo de su primera carrera musical.
En este caso, remonto las aguas para leer el primer libro de memorias propiamente dicho escrito por Patti Smith, Éramos unos niños, publicado originalmente en 2010 con edición en España a cargo de Lumen, aunque la edición que he leído es la de Debolsillo, con traducción de Rosa Pérez Pérez, en el que narra un aspecto concreto de su vida, en concreto su relación con Robert Mapplethorpe, el reconocido artista que no solo fue el fotógrafo de algunas de sus más icónicas portadas, sino que le influyó de manera constante a lo largo de toda su vida, una influencia que puede decirse recíproca.
De este modo, y pese a que cronológicamente mi orden de lectura no haya sido el correcto, lo cierto es que lo veo como una importante ventaja. De la visión general y panorámica de Pan de ángeles es como si pasara a hacer un zoom y ampliación de un aspecto concreto de la vida de Patti Smith que, de otro modo, no me habría resultado comprensible totalmente.
Robert y Patti se conocieron en 1967 y su relación comenzó de manera extraña. Ella era dependienta en una tienda y el muchacho acudió a comprar un objeto que era el preferido de la vendedora. Por un lado, a ella le dolió alejarse de aquella pieza hermosa, pero de otro le consoló que fuera a manos de aquel joven. Días después, cuando creía estar a punto de ser seducida por parte de un escritor menor en un parque de Nueva York, vio acercarse al muchacho y se lanzó a sus brazos simulando que eran novios. Así, de este modo tan literario y original, comenzó una relación que pronto pasó a ser un idilio amoroso que duró un tiempo, si bien no necesariamente como pareja, ya que, con los años, trascendió a un amor más bien del tipo universal, en especial cuando Robert fue decantándose por su lado homosexual.
El libro va narrando el modo de vida caótico de la pareja, en apartamentos prestados, lofts semiabandonados o el famoso hotel Chelsea, que permitió a ambos comenzar a codearse con personajes tan singulares como Jim Morrison, Janis Joplin, miembros del entorno de la Factory de Andy Warhol, Sam Shepard, que tendría un importante futuro papel en la carrera de Smith, o Jimi Hendrix y Johnny Winter, entre otros muchísimos.
Así, al menos desde mi punto de vista, lo más relevante del libro no es tanto el devenir de los encuentros y desencuentros amorosos o artísticos entre la pareja, pese a su inquebrantable amor y respeto, sino el modo en que se construía el movimiento cultural de los setenta en un entorno depauperado como era el Nueva York de la época y en el que, según se avanzaba en la década, se iban creando las condiciones y el caldo de cultivo para el consumo desmesurado de drogas, mientras la epidemia de sida tendría después consecuencias terribles para toda una generación y, especialmente, para el entorno artístico en el que se movían Patti y Robert. De hecho, este falleció como consecuencia de complicaciones derivadas de la enfermedad.
La música no ocupa un importante papel en la obra, apenas hay referencias al notable éxito que tuvo Patti Smith en este campo, casi como quien llega por casualidades de la vida a ese mundo, sin proponérselo realmente. Antes bien, la artista sí se presenta en todo momento como poeta, alimentada por su pasión por la bohemia, por Whitman y, fundamentalmente, por los poetas franceses como Verlaine, Baudelaire y, por encima de todos, Rimbaud.
Este libro ha recibido numerosos elogios críticos, si bien me parece inferior en este sentido a Pan de ángeles. Sin duda, el tiempo transcurrido desde uno y otro libro ha permitido desarrollar más y mejor las habilidades literarias de Smith y, también seguramente, decantar más y mejor lo vivido.
Hay además un elemento que convierte el libro en algo más que una simple memoria de aquellos años. Antes de morir, Robert y Patti hicieron una promesa, que algún día ella escribiría su historia. Éramos unos niños es, por tanto, también la forma en que Patti Smith cumple aquella promesa, rindiendo homenaje a su amigo y a la relación que mantuvieron durante toda su vida. No es solo el relato de unos años compartidos, sino la respuesta a un compromiso adquirido con Robert cuando todavía estaba vivo.

 

Sea como fuere, por la fuerza de las historias aquí contadas, por conocer el ambiente artístico neoyorquino o por entender cómo funcionan mentes creativas tan relevantes como las de estos dos jóvenes, Éramos unos niños se convierte en una buena lectura, elegante, plagada de amor y lirismo, sin esconder los aspectos más sórdidos pero haciéndolos encajar con plena naturalidad en el curso de la narración.
Quizá por eso Éramos unos niños termine siendo mucho más que el relato de una amistad excepcional. Patti Smith no solo reconstruye aquí los años compartidos con Robert Mapplethorpe, sino que intenta devolver a aquel muchacho y a aquella muchacha que fueron el lugar desde el que ambos comenzaron a construir sus respectivas obras, en un Nueva York en el que la precariedad, la bohemia, la amistad y la creación parecían formar parte de una misma experiencia. El resultado es un libro hermoso y sincero, quizá menos complejo literariamente que Pan de ángeles, pero dotado de una fuerza emocional que procede precisamente de esa voluntad de preservar la memoria de una persona y de un tiempo que, de otro modo, habrían quedado reducidos a sus obras.