3 de enero de 2026

Tragedias de Esquilo (4): La Orestiada: Agamenón (Esquilo)



Con La Orestíada llegamos, por fin, a la primera y única vez en que conservamos las tres tragedias escritas por Esquilo y que fueron  representadas en la fiesta de las Grandes Dionisias, en el año 458 a. C. Como es sabido, en estas festividades varios dramaturgos presentaban normalmente tres tragedias y un drama satírico breve, y el público elegía al ganador: el mejor conjunto.

En esta ocasión, estamos ante el ciclo de la Orestíada. Volvemos a hacer una breve introducción sobre el mito para situar el contexto de la obra. Agamenón, antes de partir para combatir contra los troyanos, sacrifica a su hija Ifigenia, porque Artemisa le asegura que es el único modo de obtener el viento que llevará las naves aqueas a las costas de Ilión. Comienza así el viaje con el sacrificio de una inocente, una hermosa joven que era el amor de su padre, pero también de su madre, Clitemestra, quien no logrará superar la pérdida de su hija, y menos aún perdonar a su marido, el héroe griego, por haberla ofrecido solo para convocar unos vientos que le permitan hacer la guerra en defensa del honor de Menelao, tras el rapto de Helena.

Durante los diez años que dura la guerra, Clitemestra será la regente de Micenas, aunque el odio por su marido crecerá en su pecho hasta comenzar una relación con el sobrino de aquel, Egisto, hijo de Tiestes, hermano de Atreo y, por tanto, sobrino de Agamenón. Egisto fue enviado al destierro tras sobrevivir a la masacre de sus hermanos, cocinados por Atreo y servidos a su padre en un banquete de venganza.

Cuando Agamenón regresa, lo hace, mayor ofensa aún para Citmenestra, con una amante: Casandra, una mujer que posee el don de la adivinación, pero sufre la desgracia de que sus vaticinios no sean escuchados por nadie. A su llegada, Clitemestra se muestra solícita y cauta, con falsas palabras que tan solo Casandra sabrá separar de su verdadero espíritu, anticipando no solo la muerte de Agamenón, sino también la suya. Y así será: Clitemestra dará muerte a su marido envolviéndolo en una tela de pescar, y hará lo propio con Casandra. Egisto, cobarde, que solo ha urdido la venganza, se mostrará valiente tan solo ante el coro de ancianos que le afrenta por su mezquindad y bajeza.

Concluye así esta primera parte de la trilogía sin que se me pueda reprochar haber destripado la acción, puesto que solo coloco a los lectores en la misma posición que tenía el público ateniense que acudía a estas representaciones y que ya conocía de sobra todos estos mitos, por lo que valoraba exclusivamente el modo en que el autor disponía la escena, las reflexiones de los personajes, sus enseñanzas y la belleza de las palabras.

 


Y es en este aspecto donde Esquilo muestra toda su genialidad. La obra se abre con el lamento del vigía que, subido a las murallas de Micenas, vigila cada noche el horizonte. Clitemestra ha ordenado que, a la caída de Troya, se enciendan fuegos en cada colina desde la costa de Asia Menor hasta el Peloponeso, para conocer la buena nueva o tal vez para preparar sus oscuros designios.

El coro, representado esta vez por los ancianos que han quedado en Micenas, debido a su imposibilidad de luchar, canta con bellas palabras el fulgor de la juventud, casi sin ver el oprobio que ha caído sobre la casa de Agamenón: el incesto, la venganza por la muerte de Ifigenia que está a punto de desencadenarse. Sin embargo, los augurios también advirtieron que el regreso de Agamenón traería su riesgo y el posible derramamiento de su propia sangre. Pero en la alegría del retorno, es fácil olvidar esta parte: los oráculos no siempre se expresan con claridad, y no todos son capaces de interpretarlos correctamente.

Agamenón llega finalmente, atendido solícitamente por su esposa, quien ordena tender una alfombra carmesí para que acceda al interior del palacio, casi como si se tratara de un ritual que desafía a los dioses, como el paso previo al sacrificio que está a punto de ejecutarse.

De nada sirve la clarividencia de Casandra, que proclama lo que está a punto de suceder, ante la indiferencia del coro de ancianos. Casandra, venida de lejos, en tierra extraña, superviviente de una terrible guerra, ve llegada la hora de morir y entra en el palacio de Agamenón donde ya se prepara la tragedia.

Esquilo nos ahorra la sangre y carnicería, ya que tan solo se escucha un grito de Agamenón anunciando que es atacado, causando la desazón en el coro cuando ya es tarde. Clitemestra aparece ante sus ojos y se revela como la vengadora de su hija. Al punto aparece también Egisto, cobarde él, separándose al fin de los faldones de su amante y dispuesto a asumir el mando del reino. Pero los ancianos, en un último esfuerzo, sacando fuerzas de su ancianidad, tratan de atacarlo. Clitemestra se interpone, y aquellos tan solo pueden arrojar la amenaza de que Orestes, el hijo de Agamenón, terminará por tomarse cumplida venganza.

Esta es la obra más extensa de las conservadas de Esquilo, y en ella hay más movimientos y escenas que en cualquiera de las leídas hasta el momento. El personaje de Clitemestra se muestra también como uno de los más desarrollados, ya que es capaz de simular amor hacia su marido, mostrar crueldad en el momento de matarlo, dolor por la pérdida de su hija, altivez con el coro y cierto desprecio por su amante cuando ha de interponerse entre él y el pueblo. Y es sin duda sobre Clitemestra sobre quien recae toda la temática de la obra.

Porque nadie dudará de que ha tomado la venganza por su mano cometiendo un acto horrendo, como es dar muerte a su marido. Y, sin embargo, se nos antoja comprensible que haya vivido la espera de esos diez años desde la marcha de su esposo a la esquiva Troya con un creciente sentimiento de odio. El desapego de la separación, el gobierno complicado de un reino en ausencia de varón, tal vez muy controlada por los ciudadanos que han quedado en la ciudad, tal vez debiendo ganarse su respeto, encontrando consuelo en los brazos de Egisto, temiendo que la muerte de Agamenón en la batalla le arrebate el placer de cobrarse ella misma la venganza. Incluso puede que acosada por pretendientes, como lo estaba siendo Penélope, otra mujer de rey aqueo marchado a Troya en busca de aventuras más excitantes que el gobierno de un pueblo de cabreros montaraces.

Y es toda esta riqueza de sentimientos la que se expresa en los parlamentos de Clitemestra, tan compleja como difícil de definir, más enigmática que los oráculos de Casandra. En esta obra Esquilo nos habla de la venganza y la crueldad, pero no olvida el dolor de una madre que ha perdido a su hija sin motivo aparente, de una mujer que se rebela, por tanto, ante los dioses que han ordenado ese sacrificio, que de algún modo parece recordarnos al episodio similar de Abraham e Isaac del Antiguo Testamento. Pero también se rebela ante las convenciones de una sociedad que supedita al individuo a la venganza de unos guerreros ávidos de sangre por otra afrenta, la del rapto de Helena. Concentrar todas esas contradicciones, pero también esas virtudes, en una mujer no debía resultar sencillo de asimilar por un público mayoritariamente masculino. O sí: tal vez no tengamos una idea muy cabal del papel de la mujer en aquellos tiempos o, al menos, de cómo las veían los hombres de la época, ya que en todas las tragedias las mujeres ocupan un lugar primordial, a diferencia de lo que ocurre en otros géneros como la épica, como La Ilíada, en la que la mujer es más bien el desencadenante del conflicto pero no lleva el peso de la acción.

Con esta obra Esquilo muestra su genialidad poética y teatral como no lo había hecho en ninguna tragedia anterior. No solo la acción es compleja, los escenarios más variados, la introducción con el parlamento del vigía y el coro pertinentes, sino que la lírica que desliza se aproxima sorprendentemente al gusto moderno, con metáforas eficaces, soliloquios bien estructurados, hermosos y reflexivos. No es de extrañar que los ciudadanos atenienses quedaran atrapados por esta obra y ansiosos de continuar con la saga, con Las Coéforas, en la que se describe la venganza de Orestes.

Pero ¿qué podían pensar aquellos ciudadanos atenienses empeñados en fundar y consolidar un régimen peculiar en aquellos tiempos, en los que se consideraban dotados para elegir su propio destino? Para ellos, es probable que estas tragedias, en las que el destino venía dictado por oráculos y maldiciones, no fueran sino el eco de un pasado remoto al que, por un lado, se creían unidos, pero que, al tiempo, luchaban por superar. En la Atenas de Pericles, los ciudadanos tratan de escribir su propio destino más allá de los dioses, que comienzan a ser respetados más que temidos, y cuyas costumbres humanas son también objeto de cierta sorna. Del mito al logos, Esquilo nos enseña que bajo esas venganzas familiares subyace el dolor de una madre, el rechazo de un marido que zarpa a la guerra, y que, mientras se labra la gloria eterna ante las murallas de Troya, también cava su propia tumba en los brazos secos y crueles de Clitemestra.

Y a nosotros, ciudadanos del siglo XXI, Esquilo nos sigue hablando de esa parte irracional, la que no domina la razón, la que aflora cuando la razón no es capaz de transigir con la realidad. La violencia que aún se desata más allá de las costumbres y convenciones del avance civilizatorio. Nos habla también de los límites de la culpa, de la necesidad de indagar en las causas del mal, porque muchas veces allí se encuentra otro mal, como en las matrioskas, una cadena de injusticias e iniquidades donde es difícil poner nombre y fecha a la primera causa, pero en la que siempre es fácil culpar al último eslabón, al desencadenante de esa rebeldía que llamamos injusticia, pero que no hace sino esconder unas profundas heridas. Cada crimen reclama su propia venganza en una infernal cadena.

Pero también nos muestra que los héroes a veces no solo tienen pies de barro, sino que pueden ser al tiempo verdugos, quién se atreva a desenmascararlos es otra cuestión.Y también nos hace preguntarnos si, en ocasiones, no actuamos como los ancianos del coro, incapaces de advertir los presagios más evidentes, cegados por nuestro deseo de tranquilidad, de apurar el tiempo que nos queda, aún a costa de no ver lo que está a punto de ocurrir, de cómo nuestra ceguera puede atraer tantas maldiciones como aquellas con las que los dioses nos amenazan.

Y dicho esto, veamos cómo los dioses preparan su venganza que caerá sobre Egisto y Clitemestra, cómo harán que el destino encuentre su acomodo en el palacio de Micenas en la siguiente obra de esta trilogía.

 
 
 

24 de diciembre de 2025

El tranvía de Navidad (Giosuè Calaciura)


 

 

La enfermera lo descubrió levantando la toquilla. Todos contemplaron la plenitud de su cuerpecito y empezaron a fantasear pensando cómo sería de chaval y luego de adulto, qué milagros llevaría a cabo en los barrios olvidados de la periferia, cuántos serían redimidos y salvados, cuántos cazados y castigados, y pensaron también cómo podrían librarlo del martirio al que seguramente ya estaba abocado.


Se sentían partícipes de la evidente santidad de aquel niño abandonado en un tranvía parecido a una cueva, testimonios improvisados y casuales de aquel nuevo Nacimiento que una vez más anunciaba bendiciones para los últimos y los más pobres, pues de ellos sería el reino de los cielos.



Giosuè Calaciura ha escrito en El tranvía de Navidad (editorial Periférica) no una versión actualizada de Canción de Navidad, de Charles Dickens, pese a las varias referencias que a esta obra se deslizan por sus páginas. Más bien ha querido trascender el mensaje de optimismo navideño para regalarnos los primeros capítulos de un nuevo evangelio apócrifo, una versión acorde a unos tiempos en los que la trata de personas, la migración, el racismo, la persecución del diferente o la desolación de los que quedan orillados a un lado del refulgente mundo de las redes sociales y el mainstream insultante se convierten en una realidad que, sin duda, puede no resultar muy diferente de los tiempos de la Judea ocupada por los romanos, ansiosa por encontrar un Mesías que reestableciera un orden, más imaginario que real, construido sobre una esperanza ciega, la que nace de la desesperación.


Precisamente para esta labor Calaciura está extraordinariamente dotado. No solo combina una habilidad para desarrollar una historia emotiva que no eluda la crudeza, sino que muestra un talento desbordante en el dominio de la lengua, de las alusiones simbólicas, de la capacidad para evocar en el lector impresiones duraderas o para combinar una imaginación desbordante que no contradice el realismo riguroso. No se puede obviar el mérito de la traducción de Natalia Zarco que dota de una belleza especial al texto.   


En este tranvía aparece un recién nacido, envuelto en harapos, sin un llanto perceptible. En las últimas filas, colocado de manera que ni un frenazo ni una curva tomada de manera brusca puedan arrastrarle, golpear contra el respaldo del asiento delantero o arrojarle al suelo. Y esas precauciones no son vanas puesto que el vehículo tiene una larga ruta que va del centro de la ciudad, del centro de todas las cosas, del calor de lo vivido, de la familiaridad y el cuidado, al extrarradio, la periferia de todo, de la Vida, del amor y el cariño, lo más lejano del centro, allá donde apenas nadie se atreve a adentrarse sabiendo que es un espacio vacío de Dios.



De día reflexionaba sobre la injusticia de la vida y de la muerte, sobre la indiferencia de Dios y sobre la incapacidad de los hombres para gobernar su soledad.


No, aquel recién nacido no era fruto de un milagro de Navidad, dijo a los demás. También ellos tenían que estar seguros para no confundir su deseo de Dios con la injusticia de los hombres.



Una historia sin milagros y con la sola santidad del niño abandonado que, según la enfermera, debería haber arrancado a todos del éxtasis del falso pesebre tranviario, convenciéndolos de una vez por todas de la eterna ausencia de Dios, sin más promesas de salvación que las pequeñas ilusiones que nos ayudan a salir adelante, la mentira que nos distrae y nos condena a aceptar nuestra condición.




Ni siquiera el conductor, el uniformado representante del orden en su pequeño reino eléctrico es capaz de soportar la triste carga que porta. Y, por ello, se encierra con cerrojo en su cabina protectora, tapando los cristales con papel de periódico, para no ser visto, para no ver, como un Dios egoísta, que dirige los destinos de quienes se sientan a sus espaldas pero que nada le importan, que no quiere ser importunado por esos seres inferiores, esos malditos objetos de su trabajo consistente en transportarlos al fin del mundo.


Y a ese tranvía, el 14, número que coincide con la ruta de autobús que tantas veces yo he tomado en otra ciudad, no Palermo, más grande, más salvaje tal vez, van subiendo diversos personajes, lo más granado de la sociedad humana, arrojados a su interior por la necesidad o el agotamiento, camino de vuelta a sus lejanos y vacíos hogares, si es que tal nombre se puede aplicar a lo que está vacío, hueco. Lo más granado de la sociedad humana va subiendo en las diversas paradas de este viaje.


Una chica de color, enferma, agotada, que busca en su cuerpo, en su venta, el sustento que no puede lograr de otro modo. Y apenas le sirve para un intercambio de cuerpo por comida, su cliente, un local que se precia de no pagar por los servicios, por solo invitar a comer, creyendo que esto le redime de alguna manera, que no le rebaja a mero comprador de carne, pero que en su miseria tampoco tendría opción de buscar mejor oferente de lacer que la pobre muchacha con toda su belleza marchita y postulante. Unas vidas unidas por el pegamento de la desesperación, la necesidad mutua de quien se sabe ante la última oportunidad en una noche, la previa a la Navidad, en la que todo debería de ser diferente, pero que a todas luces no lo es.



De hecho, a ellos aquel niño les parecía de verdad el Redentor, con los adornos y los signos del mandato trascendente en clara evidencia. Incluso más que el Niño Jesús, porque este recién nacido no tenía ni siquiera la protección de la Sagrada Fami­lia. Viajaba sin compañía, en la miseria de un tranvía más oscuro, frío e incluso peligroso que una cueva en Palestina.


Lo veían auténtico por su estado de abandono y soledad. Compartían el mismo destino de viaje, idéntico el viacrucis asfixiante del transporte público: no podía ser sólo una casualidad que a aquel niño tan perfecto y perfumado de naranja lo hubieran abandonado en aquel vagón en Nochebuena.


A menudo, también ellos habían sentido en su propia carne los síntomas de la santidad, el culmen del sufrimiento cotidiano, del agotamiento, de la intimidación, de la condena de ser pobre cuando los echaban como a unos mendigos de las terrazas de los restaurantes para librarse de la molestia de sus miserables comercios; en el momento en que les negaban el alquiler de una chabola por ser negros o extranjeros; cuando les recortaban el jornal porque habían dispuesto también de comida y alojamiento; cada vez que oían susurros con intolerables ofensas racistas que eran como puntas de lanza en el costado; cuando se vendían al mejor postor en los mercados de la prostitución o en los caminos de los sembrados en tiempo de cosecha; cuando por la noche, exhaustos, volvían a casa y miraban a sus hijos con tristeza y sin esperanza. En aquellos momentos, también ellos habían advertido en la palma de las manos la quemazón de los estigmas, el peso de la aureola en la cabeza, el destino de mártir de sus vidas.




Y también se sube al tranvía un mago perdido en las nieblas del Alzheimer, perdido en la vida, perdido en sus recuerdos, creyendo que todo cuanto ocurre a su alrededor es el fruto de sus actos mágicos, de su voluntad hoy ya perdida. Como perdida está también la voluntad del criado oriental de una mansión, que solo se siente mejor que el resto por su uniforme de gala, que en esta noche podrá llevar a su casa para que sus hijos le vean luciendo con orgullo la botonadura dorada. Pero solo él guarda el recuerdo de la terrible mancha de café que emborrona su blanca camisa, el símbolo de dónde viene, de su origen sucio, bajo, de que no hay forma de redención válida para su condición.

 

 



Tampoco parece haberla para el joven muchacho que ha pasado por el infierno de los desiertos africanos, del paso por el Mediterráneo, solo para llegar a otro desierto, una ciudad en la que la compañía de quienes le rodean solo sirve para inspirarle miedo, buscando siempre la soledad puesto que ni de los blancos ni de los compatriotas de dolor puede esperar algo que no sea violencia y desprecio. Y no es otra cosa lo que le ocurre al vendedor ambulante de paraguas, un anciano que aún ha de hacerse la vida por las calles del centro con su exigua mercancía, que siente un tremendo dolor por los zapatos nuevos que su hijo le ha regalado, sin tener el valor para mentirle y decirle que para su vida de caballero andante son mejores los zapatos bando y ya hechos a su pie, que los lustrosos y pequeños que le ha entregado.



La vieja, por caridad, por improvisación, por locura, decidió confiar al niño a los brazos del mundo.



Y cada uno que sube es llamado al fondo del tranvía, y la muchacha negra avisa con un susurro que hay un niño y todos se arremolinan a su lado, como para protegerlo, apenas se atreven a mirarlo pero se conciertan en su defensa cuando unos jóvenes fascistas suben en una parada y pretenden amedrentarles con sus insultos. Y el niño, o tal vez su propia dignidad repentinamente recobrada, les infunde fuerzas para hacerles huir en la siguiente parada, una victoria de la determinación, de la unión de los pobres y desunidos, de quienes no sabían que tenían a su alcance un arma tan poderosa.


El lector se sentirá invitado a subir a este tranvía, personificándose en cualquiera de estos personajes y otros tantos que irán subiendo, contando su historia, viviéndola con sus esperanzas puestas en el niño que ha aparecido como una epifanía en sus vidas, en esa noche mágica, en el momento más bajo de sus vidas abisales. Una lectura que no por breve resulta menos intensa, que arrastra con su inusitada belleza a un terreno en el que las letras actuales no acostumbran a moverse, no con tanta libertad al menos. Pero que nadie espere un final redentor, un Scrooge ganado por el espíritu de la Navidad, un triunfo de los fantasmas de las navidades pasadas, Giosuè Calaciura tiene un talento acorde a estos días  que ya no son los del folletín del siglo XIX, y, desde luego, sabe estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.



Lo buscaron también mirando por las ventanillas, en los balcones decorados de las fiestas, en las porterías vacías y oscuras como los ojos de los muertos, a lo largo de las persianas de las tiendas cerradas, en la intermitencia de los semáforos nocturnos, aliviados ya del cansancio de indicar el paso, en el espejismo del reflejo de las venta­nillas de los coches aparcados. Lo buscaron en su propia desilusión cuando la estación final estaba próxima y se preguntaron qué harían a continuación, cómo afrontarían el resto de la noche, de la vida.

 

17 de diciembre de 2025

Ángeles sin alas (Generación Bibliocafé)



El 22 de noviembre de 2024 una terrible tragedia sacudió la provincia de Valencia. Aunque el temporal afectó también a territorios vecinos, fue en la Huerta Valenciana donde el agua pareció ensañarse con mayor crueldad. El resultado fueron muertos, desaparecidos, heridos y destrozos materiales de toda clase. Las inundaciones arrasaron colegios, ayuntamientos, polideportivos, centros de salud, comercios y viviendas particulares. La tragedia arrancó de su rutina a decenas de miles de personas que, en apenas unos minutos, vieron cómo las escenas que solían contemplar en los telediarios se abrían paso ante sus propios ojos con una ferocidad que costaba creer real.

Parece que las tragedias florecen allí donde las personas solo pueden contar consigo mismas. En cambio, en los lugares donde el progreso ha institucionalizado la solidaridad, donde los derechos y las obligaciones compartidas sustituyen al heroísmo individual, todo parecería más seguro. Pero aquellos días todo falló. Fallaron las tareas de limpieza de los cauces y la planificación urbanística, cegada por la codicia de construir donde no debía. Fallaron las advertencias, la prevención y la respuesta inmediata. Y cuando todo eso se derrumba, el peso recae sobre la gente común.

Entonces la sociedad valenciana se levantó. Allí donde el Estado no alcanzaba, llegaron los brazos de los vecinos. Donde no había maquinaria, aparecieron manos. Y donde no había esperanza, surgió la voluntad de ayudar. Muy pronto los telediarios dejaron de hablar solo del desastre para mostrar una marea humana que ya no era de barro, sino de jóvenes que trataban de limpiar con sus propias manos, con lo poco que tenían. Gente que despejaba calles, repartía comida, rescataba animales, acompañaba a enfermos o simplemente escuchaba a quien lo había perdido todo.

También llegaron las historias de vecinos que salvaron vidas y ofrecieron sus casas a desconocidos; de pueblos que se unieron para recuperar líneas de comunicación y volver a ser parte del mundo. Historias pequeñas y heroicas que recordaban que la humanidad, incluso embarrada, seguía latiendo.

En esos días apareció un ejército silencioso de voluntarios. Eran los llamados “ángeles del barro”. Jóvenes y mayores que no esperaron órdenes ni cámaras y que simbolizan lo mejor de nosotros. Son ellos los protagonistas de Ángeles voluntarios, el último libro de la Generación Bibliocafé, un grupo de escritores, valencianos en gran número, que lleva más de una década construyendo una literatura comprometida y colectiva.

El volumen reúne relatos inspirados en la solidaridad real. En sus páginas encontramos desde la ayuda urgente de universitarios que caminaron kilómetros para llevar palas, hasta la labor de bomberos, médicos y miembros de diversas asociaciones de toda clase y género. 

He tenido el orgullo de volver a ser convocado para este libro por Mauro Guillén, al que doy las gracias por ello. En mi caso, algo alejado de los hechos vividos, traté de buscar una perspectiva algo menos tópica, un pequeño esfuerzo que podía tener un gran impacto emocional en muchas de las víctimas. El relato (El hilo de la memoria) se centra en el proyecto de Recuperación Fotográfica de la Huerta Valenciana. Gracias a ese esfuerzo se rescataron miles de fotografías que el barro había devorado. Aquellas imágenes, muchas de ellas pertenecientes a personas mayores, se limpiaron, restauraron y devolvieron a sus dueños. Recuperar esas fotos fue también recuperar la memoria de una vida: un gesto silencioso que demuestra que la solidaridad puede manifestarse en formas tan delicadas como el cuidado de una imagen antigua.

Pero otras muchas asociaciones, colectivos y organizaciones aparecen en estas páginas, algunas tan conocidas como Cruz Roja, Cáritas, la ONCE, la Asociación de enfermos y trasplantados hepáticos, Save the Children y muchos otros héroes anónimos que se pusieron a disposición de quien más les necesitara, con su tiempo y su esfuerzo personal. 

El libro, además de documentar una catástrofe, ofrece una lección de humanidad. Nos recuerda que hay héroes porque hay tragedias y que, cuando las instituciones fallan, solo el compromiso individual puede sostener el mundo. Pero también nos advierte que la reparación y la justicia son deberes del Estado. No basta con aplaudir a quienes ayudaron. Hay que garantizar que nadie vuelva a necesitar héroes.

Entre los autores de Ángeles voluntarios encontramos nombres ya conocidos en la Generación Bibliocafé, como Mauro Guillén, Inmaculada López Arce, Felicidad Batista, Franz Kelle, María Tordera, Susana Gisbert, José Luis Rodríguez-Núñez o Susi Bonilla entre otros muchos viejos conocidos de esta aventura literaria. Todos ellos logran transformar el dolor colectivo en palabra, el barro en memoria y la catástrofe en literatura.

Al cerrar el libro queda una certeza: las lluvias cesaron, pero la catástrofe continúa en las casas que aún huelen a humedad, en los recuerdos que no pudieron rescatarse, en las vidas interrumpidas. Sin embargo, también persiste algo más fuerte: la certeza de que, cuando todo parece perdido, siempre hay alguien que se agacha, toma una pala y empieza a limpiar.

La labor editorial de la Generación Bibliocafé con este volumen se siente como un acto de compromiso social tan potente como literario, porque no solo reúne voces para contar lo sucedido, sino que configura un espacio donde la palabra sirve para dignificar la experiencia del otro, dar visibilidad a lo invisible y recordarnos que, cuando el barro lo invade todo, lo que queda es lo que hacemos los unos por los otros.



24 de noviembre de 2025

Hamnet (Maggie O'Farrell)

 


¿Qué se puede decir de una novela que toma como inspiración un hecho tan silencioso como la muerte de un hijo y lo convierte en un retrato deslumbrante del amor, el dolor y la resiliencia? Con Hamnet, Maggie O’Farrell nos ofrece una visión profundamente humana de los vacíos que deja la pérdida, mientras reimagina con maestría la vida familiar de Shakespeare. Es una historia que late, tan vívida y apasionante como los textos que dieron forma al mito del dramaturgo.


El mercado está saturado de obras en las que se toma a un personaje histórico y, con apenas tres apuntes biográficos, se construye una historia de ficción, normalmente pobremente documentada, malamente escrita, en torno a cualquier misterio que ronde lo conspiranoico a ser posible, y ya tenemos la receta de la mayoría de las novelas que actualmente pueblan las secciones de la llamada novela histórica de nuestras librerías. 

 

No se trata de reivindicar una fidelidad histórica a prueba de catedráticos de abolengo, un rigorismo que sepulte la ficción, pero cuando se lee una novela que sabe combinar a la perfección el equilibrio entre la reconstrucción histórica rigurosa con una escritura virtuosa, uno puede reconciliarse con el género.

 

Y éste es el caso de Hamnet, la novela escrita por Maggie O'Farrell y publicada en España por Libros del Asteroide, con traducción de Concha Cardeñoso.

 

Este libro toma como punto de partida la vida familiar de Shakespeare, mejor dicho, la vida de la familia que dejó atrás el escritor, en Stratford-upon-Avon. Si poco se sabe del autor teatral, menos aún se puede certificar sobre su familia. Es conocido que su esposa era ocho años mayor que él, que tenía una buena dote pues su padre era un granjero rico que falleció cuando aún ella era una niña y que debieron casarse como consecuencia del embarazo de Anne Hathaway, éste era su nombre, puesto que la primera hija del matrimonio, Susanna, nació apenas a los seis meses de la boda.

 

Otros dos hijos llegarían poco después, Hamnet y Judith, gemelos, que nacieron cuando ya el padre había viajado a Londres para labrarse un porvenir. Las visitas al hogar familiar eran escasas, bien porque las obligaciones cada vez mayores del autor y empresario retenían cerca de la Corte, bien porque la relación entre ambos cónyuges no era el mejor reclamo para un hombre que comenzaba a gozar de gran reconocimiento y prestigio.

 

Pero Hamnet moriría pronto, con apenas once años y por razones desconocidas. Poco podemos aventurar sobre el sufrimiento que esta pérdida pudo traer a la familia. En aquella época la mortalidad infantil podría hacer que la muerte de un hijo se asumiera como una desgracia altamente probable, pero este dato frío nada nos dice sobre el dolor de los padres.

 

Sin embargo, en el caso de Hamnet podemos tener un cierto atisbo del impacto que su muerte tuvo en el padre ya que, apenas unos años después, escribió su tragedia Hamlet, variación del nombre de su hijo, basada precisamente en la idea de un muerto, un fantasma que  atormenta al protagonista, una variación invertida sobre lo que pudo sufrir William en su condición de padre.

 

Se ha discutido mucho sobre el tipo de relación del matrimonio. Hay quien sostiene que el no haber seguido al pater familias a Londres cuando su fortuna parecía permitirle acoger a su parentela es una señal inequívoca de que no había afecto real, que el exitoso escritor prefería tener las manos libres en un ambiente que hemos de suponer libertino y licencioso. Pero si hay quien discute incluso la autoría de sus obras, qué no ocurrirá con cada uno de los pocos datos que de su biografía se tienen.

 

Y aquí es donde aparece Maggie O'Farrell, para elaborar una ficción sobre esos mimbres, un relato totalmente plausible, perfectamente coherente y estructurado, combinando unos pocos hechos reales y aportando otros muchos para conformar un todo hermoso y sorprendente.

 

En las páginas de Hamnet no se menciona ni una sola vez el apellido del dramaturgo, e incluso se cambian algunos nombres, como el de la propia esposa, Anne por Agnes, que es el nombre por el que el padre de ésta la designó en su voluntad testamentaria, tal vez como signo de que este libro no pretende ser una reconstrucción histórica como tal, sino que los hechos se toman como mero apoyo, soportes en los que atar una historia mayor, la de un matrimonio con sus alegrías y dificultades, desde la ilusión inicial del enamoramiento, al dolor por la separación y la posterior muerte del pequeño, un foso que tal vez separaría para siempre a los progenitores, atados a unas sensibilidades muy diferentes y que encontraron vías de expresarse diversas.

 

Para lograrlo, Maggie O'Farrell hace posar el peso de la trama en la esposa, Agnes, dotándolo de un perfil algo misterioso, venida del bosque casi como un ser mitológico. Sin duda, debió ser una mujer con fuerte personalidad para sacar adelante a su familia en ausencia del padre, pero aquí la autora va un paso más allá y la convierte en una especie de augur, capaz de sentir acontecimientos futuros con tan solo tocar la mano de una persona. Así, sabrá que la cabeza de su marido tiene un mundo completo en su interior, aunque no sea capaz de expresar en qué puede traducirse tamaña excentricidad. Agnes se convierte en una protagonista portentosa, con una personalidad muy definida y atractiva. Con apenas algunos rasgos introductorios, el personaje se nos va revelando con todos sus matices, desde la sensibilidad, el amor por sus hijos, su compasión por el resto de familiares, pero también una profunda cabezonería, un cierto carácter montaraz y rebelde, una combinación de difícil manejo para los miembros de la familia política. También veremos cómo se retuerce de dolor y se recoge interiormente a la muerte de su hijo, convencida de no haber sabido leer adecuadamente las señales.

 

 

Pero más aún, podemos compartir su angustia al no comprender el modo en que su marido asume la muerte de Hamnet, que vuelva a abandonar a la familia apenas el niño yace bajo tierra. Qué será necesario para que Shakespeare vuelva a ellos, qué calamidad habrá de caer sobre la familia. Esta pequeña mujer de su tiempo, con una formación limitada pero una intuición inmensa se debate interiormente entre el dolor y el odio según las cartas del marido se van espaciando hasta que alguien le muestra un papel con el anuncio de la nueva obra de su marido, Hamlet. Cómo habrá podido usar el nombre de su hijo, ese sagrado y bendito nombre, para sus negocios, para exhibirlo ante quienes no llegaron nunca a conocerlo.

 

El texto está repleto de olores y sabores, de descripciones sutiles que nos ayudan a dar forma a los personajes. En ocasiones, el punto de vista narrativo pasa de la madre a los hijos, al marido, definiendo cada voz con una personalidad definida y completa. Los momentos más duros, los referidos a la muerte de Hamnet, resultan angustiosos por el dramatismo que sabe trasladar Maggie O'Farrell  sin caer en el patetismo del que huye con firmeza.

 

Sin duda, el éxito comercial y de crítica de la novela es más que merecido, y empuja a leer otros títulos de la ya más que respetable colección de libros publicados por la autora. Su habilidad y talento parecen casi naturales, una garantía que habrá que confirmar en futuras lecturas.