2 de febrero de 2026

Tragedias de Esquilo (5): La Orestiada: Las euménides (Esquilo)



Las Euménides es la tercera y última obra que forma la trilogía de la Orestíada, la historia trágica en la que se narra la muerte de Agamenón a manos de su esposa Clitemestra y la posterior venganza ejecutada por su hijo Orestes.

Así, en Las Coéforas, dejamos a Orestes tras haber asesinado a su madre y a Egisto, el amante de esta. En esta tercera parte, Orestes huye al templo de Apolo en Delfos para implorar su protección. No debemos olvidar que es este dios quien le ha ordenado llevar a cabo la venganza por el asesinato de Agamenón.

Hasta allí llegan tras él las Erinias, aunque el dios las ha sumido en un letargo para permitir que Orestes llegue a salvo. A diferencia de Las Coéforas, donde las Furias solo aparecían en la imaginación de Orestes, en esta obra se las representa de forma tangible. La pitonisa del templo las describe como criaturas ponzoñosas, de hedor infecto, sangrando podredumbre a su paso, seres ancestrales venidos del mundo subterráneo.

Para sacarlas de su letargo, se presenta la sombra de Clitemestra. Este recurso, ya empleado por Esquilo en Los Persas, anticipa la naturalidad con la que los fantasmas intervienen en la tragedia griega y que siglos después encontraremos también en el teatro isabelino. La sombra de Clitemestra incita a las Erinias a cumplir con su deber y castigar el parricidio, recordando la antigua ley que exige condena para quien mate a su madre, padre o hermano.

Una vez despertadas, reanudan la persecución de Orestes. Apolo le indica que huya a Atenas, donde podrá encontrar amparo bajo la protección de Palas Atenea.

El escenario cambia entonces de forma sorpresiva. Vemos a Orestes en la Acrópolis, abrazado a la estatua de Atenea como un suplicante más. Hasta allí llegan también las Erinias, y ante el alboroto, Atenea se presenta y exige explicaciones. Las diosas alegan la necesidad de mantener viva la justicia ancestral. Orestes replica que actuó cumpliendo los designios de Apolo, quien le exigía vengar la muerte de su padre.

Atenea, reconociendo la complejidad del caso, decide instaurar el tribunal del Areópago, formado por los ciudadanos más sabios y respetados de Atenas. Se suceden los argumentos de las Erinias, de Apolo y del propio Orestes. Finalmente, la votación termina en empate. Es entonces cuando Atenea, que no ha nacido de vientre materno, por lo que se inclina hacia lo masculino, concede su voto a favor de la absolución de Orestes. El joven, liberado ya de la maldición familiar, puede al fin marcharse en paz.

 

Sin embargo, las Erinias, indignadas por lo que consideran una pérdida de su derecho a juzgar los delitos de sangre, amenazan con verter su maldición sobre la ciudad. Atenea, con dulzura y sabiduría, logra aplacarlas. Les ofrece un lugar de honor en la ciudad, un culto permanente y un papel en el mantenimiento de su prosperidad futura. Las Erinias, apaciguadas y convertidas ahora en Euménides, las benévolas, aceptan su nuevo rol. Descienden al antro que será su nueva morada y reciben un cortejo solemne, con el que los ciudadanos atenienses celebran su integración en el orden cívico.

Por primera y única vez, podemos ver en las tres obras que conforman la Orestíada una evolución completa del mito. Partiendo de un conflicto familiar y ancestral, la trilogía culmina con un mensaje político, ético y filosófico. Esquilo toma el dilema entre el respeto a la vida materna y la necesidad de vengar al padre asesinado como punto de partida para explicar la creación del tribunal del Areópago en Atenas, una institución que simboliza el paso de la venganza privada a una justicia regulada por el Estado.

La justicia, en esta tragedia, deja de ser una prerrogativa del agraviado y pasa a ser una función pública. Es el triunfo del orden cívico sobre la ley del talión. La creación del tribunal es presentada como una forma superior de justicia, una justicia que no se basa únicamente en el castigo, sino en la búsqueda de la armonía y la reconciliación.

Este mensaje tenía una clara resonancia política en el momento en que fue representada la obra. Apenas unos años antes, las atribuciones del Areópago habían sido limitadas por reformas democráticas impulsadas por Efialtes y Pericles. La trilogía podía ser vista, por tanto, como una defensa de las instituciones tradicionales o como una llamada a integrar la justicia arcaica en el nuevo orden democrático. Sea como fuere, para los griegos, la Orestíada tenía un profundo significado simbólico que sus ropajes mitológicos no lograban disimular.

Esquilo, azuzado ya por la genialidad de Sófocles, y deseoso de imponerse en los concursos de las Grandes Dionisias, no duda en agradar a los ciudadanos atenienses haciéndoles sentirse orgullosos de cómo su ciudad es representada. Un lugar capaz incluso de acoger a las temibles Erinias, garantizando con ello su prosperidad y paz futura.

En cuanto a su estilo poético, Esquilo alcanza aquí una de sus mayores cotas. Las Erinias, que hacen las veces de coro, rompen con la norma de representar la voz colectiva del pueblo y se convierten en entidades con presencia física, discurso autónomo y una carga simbólica abrumadora. La poesía de Esquilo es solemne, ritual, cargada de imágenes arcaicas y potentes metáforas. El lenguaje elevado y oscuro y la alternancia entre lo terrenal y lo divino hacen de esta tragedia una cumbre estética y una proeza formal.

Y en cuanto a nuestra época, ¿queda aún alguna enseñanza que podamos extraer de esta obra? Sin duda, permanece vigente la idea de que incluso la peor justicia institucional es preferible a perpetuar un ciclo de venganza. Aunque hoy podamos dar esto por sentado, aún es valiosa la reflexión sobre cómo resolver los grandes dilemas éticos sin caer en la violencia. La tragedia nos recuerda que la verdadera civilización consiste en transformar la furia en palabra y la sangre en ley. En Las Euménides, Esquilo no solo concluye un ciclo mítico, sino que da forma a una nueva visión del mundo, donde la ciudad se impone al clan y la razón al instinto. Y esto aún es una lección que deberíamos tener muy presente.

 

 

 

22 de enero de 2026

Tragedias de Esquilo (5): La Orestiada: Las coéforas (Esquilo)



Las coéforas es la segunda parte de la trilogía La Orestíada de Esquilo, representada por primera vez en el año 458 a. C. Recordemos que en la primera parte, Agamenón ha sido asesinado por Clitemestra a su llegada a Micenas, tras la victoria en Troya, para vengar la muerte de la hija de ambos, Ifigenia. Esta fue sacrificada por decisión de su padre, siguiendo las indicaciones del oráculo de Ártemis, para que la diosa fuera propicia y desatara vientos que permitieran a la flota aquea zarpar hacia Troya.

La última escena de Agamenón dejaba al coro condenando el asesinato del rey, anunciando que los dioses llevarían a cabo la venganza a través de Orestes, el hijo de Agamenón.

Y así da comienzo Las coéforas, con Orestes postrado ante el túmulo en el que ha sido enterrado su padre. Allí aparece también su hermana Electra, quien descubre un mechón de pelo de su hermano y lo interpreta como una señal de su regreso. Poco después, Orestes se le revela, y ambos dialogan sobre lo sucedido y la necesidad de cumplir la venganza.

El coro, formado en esta ocasión por mujeres esclavas del palacio —las coéforas— ha sido enviado por Clitemestra para verter libaciones en la tumba de Agamenón, no tanto para honrarlo como para calmar su espíritu y apaciguar la posible venganza divina.

Orestes urde un plan para entrar en el palacio, disfrazado de extranjero, de modo semejante a como lo hará Ulises en su regreso a Ítaca. Planea anunciar que, en su peregrinar, se ha cruzado con un viajero procedente de Focea que afirma que Orestes ha muerto, y que le ha encargado comunicarlo a sus deudos para que decidan si desean trasladar sus restos a la mansión familiar o dejarlos en la tierra donde habría fallecido.

Esta noticia deja a Clitemestra envuelta en llantos simulados, pues en su interior parece sentir alegría, ya que cree que la maldición que pesa sobre ella no podrá cumplirse. Electra, que la acompaña al recibir la noticia, sigue el plan trazado por su hermano y simula aflicción por su supuesta muerte. No olvidemos que ha perdido ya a su hermana y a su padre, y que ahora debe fingir creer en el fallecimiento de Orestes.

Clitemestra ordena que sea Egisto quien se entreviste con el extranjero para verificar los hechos, y así envía a su amante a la muerte. Ante sus gritos, aparece Clitemestra, y entonces Orestes se descubre ante ella. Clitemestra pide un hacha para defenderse, al tiempo que suplica piedad a su hijo. El diálogo entre ambos constituye uno de los momentos más dramáticos de esta tragedia. Orestes asegura que no es él quien la mata, sino que es ella misma quien se ha condenado por no respetar las leyes divinas que obligan a honrar al esposo. Clitemestra, por su parte, apela al vínculo materno y suplica a su hijo que no asesine a quien lo llevó en su vientre y lo amamantó.

Orestes se debate en un dilema desgarrador. Si mata a su madre, incurre en una mancha sagrada y rompe la ley que prohíbe el matricidio. Pero si no lo hace, desobedece la orden directa de Apolo, quien, a través del oráculo de Delfos, le ha encomendado vengar la muerte de su padre. Entre estas dos leyes opuestas, la fidelidad a la madre y la obediencia al mandato divino,  Orestes opta finalmente por cumplir la venganza y mata a Clitemestra.

La tensión dramática no solo alcanza al espectador o lector, sino también al propio Orestes, quien comienza a experimentar visiones aterradoras de las Erinias, las diosas primigenias de la venganza, conocidas también como Furias en la mitología romana. Ellas lo persiguen por el crimen cometido, exigiendo castigo por el matricidio. Orestes huye, enloquecido, para intentar escapar de su acoso.

Aunque suele considerarse una obra menos imponente formalmente que Agamenón, Las coéforas mantiene una fuerza lírica y temática de gran intensidad. Esquilo, en su doble condición de poeta y moralista, enfrenta al protagonista con un conflicto ético profundo: el enfrentamiento entre dos fidelidades irreconciliables. Al mismo tiempo, pone en evidencia la lógica interminable de la venganza, que solo podrá superarse, como se anunciará en la tercera parte de la trilogía, Las Euménides, con la instauración de una justicia pública y racional, capaz de romper el encadenamiento de la sangre.

En esta segunda obra, el coro parece ocupar un lugar menos protagónico que en otras tragedias de Esquilo, pero no por ello carece de importancia. Es testigo de los dilemas, voz del temor colectivo y transmisor de la sabiduría ancestral. Sin embargo, son los parlamentos de Orestes los que acumulan los mayores méritos literarios, hallándose en ellos un eco de lo que siglos más tarde desarrollaría Shakespeare a través de la técnica del monólogo en sus grandes tragedias.


 

Las coéforas continúa el gran relato del destino de los Atridas con una intensidad profundamente humana. El conflicto de Orestes, atrapado entre el mandato divino y la piedad filial, representa uno de los momentos más complejos y desgarradores de la tragedia griega. La obra deja entrever la necesidad de superar el ciclo de la venganza mediante nuevas formas de justicia, más racionales y colectivas. Aunque formalmente menos compleja que su antecesora, encierra una hondura ética y psicológica que prepara el terreno para la resolución final en Las Euménides, cerrando así una de las trilogías más poderosas del teatro universal.

Para la época en que esta obra ganó el concurso de las Grandes Dionisias, Sófocles,un autor de una generación posterior a la de Esquilo, ya había obtenido prestigio y triunfos, como el conseguido en 468 a. C. Es probable que el estilo más moderno y psicológico de Sófocles sirviera de estímulo a Esquilo para ofrecer una trilogía más arriesgada, que renuncia en parte a la majestuosidad grandilocuente de sus primeras obras.

Pero ¿sigue teniendo vigencia esta obra para un lector actual, ya no tan influido por la mitología? Aunque el trasfondo religioso pueda parecer lejano, lo cierto es que seguimos sometidos a infinidad de cruces de caminos, momentos en los que debemos decidir qué priorizar: la vida familiar o la laboral, el bien público o el privado, la lealtad a una familia, una religión o un partido frente a la realidad que contradice lo que estos expresan. A través de Esquilo vemos que hay ocasiones en que no existen decisiones inequívocas. Orestes es un personaje aquejado por la duda; también él vacila, zozobra en la indecisión y, aunque toma finalmente una decisión, parece enloquecer por sus actos. Los héroes se tornan humanos, se acercan a nosotros, se empequeñecen o nos engrandecen, según queramos verlo, y esa es, sin duda, una enseñanza que tiene mucho que decir en estos tiempos de polarización y escasos matices. Sumarse a la venganza no siempre es la solución, porque a veces simplemente nos enfrentamos a dilemas que nos superan pero que, precisamente por eso, nos hacen humanos: nos hacen sentir, crecer, respirar.

 

 

 

3 de enero de 2026

Tragedias de Esquilo (4): La Orestiada: Agamenón (Esquilo)



Con La Orestíada llegamos, por fin, a la primera y única vez en que conservamos las tres tragedias escritas por Esquilo y que fueron  representadas en la fiesta de las Grandes Dionisias, en el año 458 a. C. Como es sabido, en estas festividades varios dramaturgos presentaban normalmente tres tragedias y un drama satírico breve, y el público elegía al ganador: el mejor conjunto.

En esta ocasión, estamos ante el ciclo de la Orestíada. Volvemos a hacer una breve introducción sobre el mito para situar el contexto de la obra. Agamenón, antes de partir para combatir contra los troyanos, sacrifica a su hija Ifigenia, porque Artemisa le asegura que es el único modo de obtener el viento que llevará las naves aqueas a las costas de Ilión. Comienza así el viaje con el sacrificio de una inocente, una hermosa joven que era el amor de su padre, pero también de su madre, Clitemestra, quien no logrará superar la pérdida de su hija, y menos aún perdonar a su marido, el héroe griego, por haberla ofrecido solo para convocar unos vientos que le permitan hacer la guerra en defensa del honor de Menelao, tras el rapto de Helena.

Durante los diez años que dura la guerra, Clitemestra será la regente de Micenas, aunque el odio por su marido crecerá en su pecho hasta comenzar una relación con el sobrino de aquel, Egisto, hijo de Tiestes, hermano de Atreo y, por tanto, sobrino de Agamenón. Egisto fue enviado al destierro tras sobrevivir a la masacre de sus hermanos, cocinados por Atreo y servidos a su padre en un banquete de venganza.

Cuando Agamenón regresa, lo hace, mayor ofensa aún para Citmenestra, con una amante: Casandra, una mujer que posee el don de la adivinación, pero sufre la desgracia de que sus vaticinios no sean escuchados por nadie. A su llegada, Clitemestra se muestra solícita y cauta, con falsas palabras que tan solo Casandra sabrá separar de su verdadero espíritu, anticipando no solo la muerte de Agamenón, sino también la suya. Y así será: Clitemestra dará muerte a su marido envolviéndolo en una tela de pescar, y hará lo propio con Casandra. Egisto, cobarde, que solo ha urdido la venganza, se mostrará valiente tan solo ante el coro de ancianos que le afrenta por su mezquindad y bajeza.

Concluye así esta primera parte de la trilogía sin que se me pueda reprochar haber destripado la acción, puesto que solo coloco a los lectores en la misma posición que tenía el público ateniense que acudía a estas representaciones y que ya conocía de sobra todos estos mitos, por lo que valoraba exclusivamente el modo en que el autor disponía la escena, las reflexiones de los personajes, sus enseñanzas y la belleza de las palabras.

 


Y es en este aspecto donde Esquilo muestra toda su genialidad. La obra se abre con el lamento del vigía que, subido a las murallas de Micenas, vigila cada noche el horizonte. Clitemestra ha ordenado que, a la caída de Troya, se enciendan fuegos en cada colina desde la costa de Asia Menor hasta el Peloponeso, para conocer la buena nueva o tal vez para preparar sus oscuros designios.

El coro, representado esta vez por los ancianos que han quedado en Micenas, debido a su imposibilidad de luchar, canta con bellas palabras el fulgor de la juventud, casi sin ver el oprobio que ha caído sobre la casa de Agamenón: el incesto, la venganza por la muerte de Ifigenia que está a punto de desencadenarse. Sin embargo, los augurios también advirtieron que el regreso de Agamenón traería su riesgo y el posible derramamiento de su propia sangre. Pero en la alegría del retorno, es fácil olvidar esta parte: los oráculos no siempre se expresan con claridad, y no todos son capaces de interpretarlos correctamente.

Agamenón llega finalmente, atendido solícitamente por su esposa, quien ordena tender una alfombra carmesí para que acceda al interior del palacio, casi como si se tratara de un ritual que desafía a los dioses, como el paso previo al sacrificio que está a punto de ejecutarse.

De nada sirve la clarividencia de Casandra, que proclama lo que está a punto de suceder, ante la indiferencia del coro de ancianos. Casandra, venida de lejos, en tierra extraña, superviviente de una terrible guerra, ve llegada la hora de morir y entra en el palacio de Agamenón donde ya se prepara la tragedia.

Esquilo nos ahorra la sangre y carnicería, ya que tan solo se escucha un grito de Agamenón anunciando que es atacado, causando la desazón en el coro cuando ya es tarde. Clitemestra aparece ante sus ojos y se revela como la vengadora de su hija. Al punto aparece también Egisto, cobarde él, separándose al fin de los faldones de su amante y dispuesto a asumir el mando del reino. Pero los ancianos, en un último esfuerzo, sacando fuerzas de su ancianidad, tratan de atacarlo. Clitemestra se interpone, y aquellos tan solo pueden arrojar la amenaza de que Orestes, el hijo de Agamenón, terminará por tomarse cumplida venganza.

Esta es la obra más extensa de las conservadas de Esquilo, y en ella hay más movimientos y escenas que en cualquiera de las leídas hasta el momento. El personaje de Clitemestra se muestra también como uno de los más desarrollados, ya que es capaz de simular amor hacia su marido, mostrar crueldad en el momento de matarlo, dolor por la pérdida de su hija, altivez con el coro y cierto desprecio por su amante cuando ha de interponerse entre él y el pueblo. Y es sin duda sobre Clitemestra sobre quien recae toda la temática de la obra.

Porque nadie dudará de que ha tomado la venganza por su mano cometiendo un acto horrendo, como es dar muerte a su marido. Y, sin embargo, se nos antoja comprensible que haya vivido la espera de esos diez años desde la marcha de su esposo a la esquiva Troya con un creciente sentimiento de odio. El desapego de la separación, el gobierno complicado de un reino en ausencia de varón, tal vez muy controlada por los ciudadanos que han quedado en la ciudad, tal vez debiendo ganarse su respeto, encontrando consuelo en los brazos de Egisto, temiendo que la muerte de Agamenón en la batalla le arrebate el placer de cobrarse ella misma la venganza. Incluso puede que acosada por pretendientes, como lo estaba siendo Penélope, otra mujer de rey aqueo marchado a Troya en busca de aventuras más excitantes que el gobierno de un pueblo de cabreros montaraces.

Y es toda esta riqueza de sentimientos la que se expresa en los parlamentos de Clitemestra, tan compleja como difícil de definir, más enigmática que los oráculos de Casandra. En esta obra Esquilo nos habla de la venganza y la crueldad, pero no olvida el dolor de una madre que ha perdido a su hija sin motivo aparente, de una mujer que se rebela, por tanto, ante los dioses que han ordenado ese sacrificio, que de algún modo parece recordarnos al episodio similar de Abraham e Isaac del Antiguo Testamento. Pero también se rebela ante las convenciones de una sociedad que supedita al individuo a la venganza de unos guerreros ávidos de sangre por otra afrenta, la del rapto de Helena. Concentrar todas esas contradicciones, pero también esas virtudes, en una mujer no debía resultar sencillo de asimilar por un público mayoritariamente masculino. O sí: tal vez no tengamos una idea muy cabal del papel de la mujer en aquellos tiempos o, al menos, de cómo las veían los hombres de la época, ya que en todas las tragedias las mujeres ocupan un lugar primordial, a diferencia de lo que ocurre en otros géneros como la épica, como La Ilíada, en la que la mujer es más bien el desencadenante del conflicto pero no lleva el peso de la acción.

Con esta obra Esquilo muestra su genialidad poética y teatral como no lo había hecho en ninguna tragedia anterior. No solo la acción es compleja, los escenarios más variados, la introducción con el parlamento del vigía y el coro pertinentes, sino que la lírica que desliza se aproxima sorprendentemente al gusto moderno, con metáforas eficaces, soliloquios bien estructurados, hermosos y reflexivos. No es de extrañar que los ciudadanos atenienses quedaran atrapados por esta obra y ansiosos de continuar con la saga, con Las Coéforas, en la que se describe la venganza de Orestes.

Pero ¿qué podían pensar aquellos ciudadanos atenienses empeñados en fundar y consolidar un régimen peculiar en aquellos tiempos, en los que se consideraban dotados para elegir su propio destino? Para ellos, es probable que estas tragedias, en las que el destino venía dictado por oráculos y maldiciones, no fueran sino el eco de un pasado remoto al que, por un lado, se creían unidos, pero que, al tiempo, luchaban por superar. En la Atenas de Pericles, los ciudadanos tratan de escribir su propio destino más allá de los dioses, que comienzan a ser respetados más que temidos, y cuyas costumbres humanas son también objeto de cierta sorna. Del mito al logos, Esquilo nos enseña que bajo esas venganzas familiares subyace el dolor de una madre, el rechazo de un marido que zarpa a la guerra, y que, mientras se labra la gloria eterna ante las murallas de Troya, también cava su propia tumba en los brazos secos y crueles de Clitemestra.

Y a nosotros, ciudadanos del siglo XXI, Esquilo nos sigue hablando de esa parte irracional, la que no domina la razón, la que aflora cuando la razón no es capaz de transigir con la realidad. La violencia que aún se desata más allá de las costumbres y convenciones del avance civilizatorio. Nos habla también de los límites de la culpa, de la necesidad de indagar en las causas del mal, porque muchas veces allí se encuentra otro mal, como en las matrioskas, una cadena de injusticias e iniquidades donde es difícil poner nombre y fecha a la primera causa, pero en la que siempre es fácil culpar al último eslabón, al desencadenante de esa rebeldía que llamamos injusticia, pero que no hace sino esconder unas profundas heridas. Cada crimen reclama su propia venganza en una infernal cadena.

Pero también nos muestra que los héroes a veces no solo tienen pies de barro, sino que pueden ser al tiempo verdugos, quién se atreva a desenmascararlos es otra cuestión.Y también nos hace preguntarnos si, en ocasiones, no actuamos como los ancianos del coro, incapaces de advertir los presagios más evidentes, cegados por nuestro deseo de tranquilidad, de apurar el tiempo que nos queda, aún a costa de no ver lo que está a punto de ocurrir, de cómo nuestra ceguera puede atraer tantas maldiciones como aquellas con las que los dioses nos amenazan.

Y dicho esto, veamos cómo los dioses preparan su venganza que caerá sobre Egisto y Clitemestra, cómo harán que el destino encuentre su acomodo en el palacio de Micenas en la siguiente obra de esta trilogía.

 
 
 

24 de diciembre de 2025

El tranvía de Navidad (Giosuè Calaciura)


 

 

La enfermera lo descubrió levantando la toquilla. Todos contemplaron la plenitud de su cuerpecito y empezaron a fantasear pensando cómo sería de chaval y luego de adulto, qué milagros llevaría a cabo en los barrios olvidados de la periferia, cuántos serían redimidos y salvados, cuántos cazados y castigados, y pensaron también cómo podrían librarlo del martirio al que seguramente ya estaba abocado.


Se sentían partícipes de la evidente santidad de aquel niño abandonado en un tranvía parecido a una cueva, testimonios improvisados y casuales de aquel nuevo Nacimiento que una vez más anunciaba bendiciones para los últimos y los más pobres, pues de ellos sería el reino de los cielos.



Giosuè Calaciura ha escrito en El tranvía de Navidad (editorial Periférica) no una versión actualizada de Canción de Navidad, de Charles Dickens, pese a las varias referencias que a esta obra se deslizan por sus páginas. Más bien ha querido trascender el mensaje de optimismo navideño para regalarnos los primeros capítulos de un nuevo evangelio apócrifo, una versión acorde a unos tiempos en los que la trata de personas, la migración, el racismo, la persecución del diferente o la desolación de los que quedan orillados a un lado del refulgente mundo de las redes sociales y el mainstream insultante se convierten en una realidad que, sin duda, puede no resultar muy diferente de los tiempos de la Judea ocupada por los romanos, ansiosa por encontrar un Mesías que reestableciera un orden, más imaginario que real, construido sobre una esperanza ciega, la que nace de la desesperación.


Precisamente para esta labor Calaciura está extraordinariamente dotado. No solo combina una habilidad para desarrollar una historia emotiva que no eluda la crudeza, sino que muestra un talento desbordante en el dominio de la lengua, de las alusiones simbólicas, de la capacidad para evocar en el lector impresiones duraderas o para combinar una imaginación desbordante que no contradice el realismo riguroso. No se puede obviar el mérito de la traducción de Natalia Zarco que dota de una belleza especial al texto.   


En este tranvía aparece un recién nacido, envuelto en harapos, sin un llanto perceptible. En las últimas filas, colocado de manera que ni un frenazo ni una curva tomada de manera brusca puedan arrastrarle, golpear contra el respaldo del asiento delantero o arrojarle al suelo. Y esas precauciones no son vanas puesto que el vehículo tiene una larga ruta que va del centro de la ciudad, del centro de todas las cosas, del calor de lo vivido, de la familiaridad y el cuidado, al extrarradio, la periferia de todo, de la Vida, del amor y el cariño, lo más lejano del centro, allá donde apenas nadie se atreve a adentrarse sabiendo que es un espacio vacío de Dios.



De día reflexionaba sobre la injusticia de la vida y de la muerte, sobre la indiferencia de Dios y sobre la incapacidad de los hombres para gobernar su soledad.


No, aquel recién nacido no era fruto de un milagro de Navidad, dijo a los demás. También ellos tenían que estar seguros para no confundir su deseo de Dios con la injusticia de los hombres.



Una historia sin milagros y con la sola santidad del niño abandonado que, según la enfermera, debería haber arrancado a todos del éxtasis del falso pesebre tranviario, convenciéndolos de una vez por todas de la eterna ausencia de Dios, sin más promesas de salvación que las pequeñas ilusiones que nos ayudan a salir adelante, la mentira que nos distrae y nos condena a aceptar nuestra condición.




Ni siquiera el conductor, el uniformado representante del orden en su pequeño reino eléctrico es capaz de soportar la triste carga que porta. Y, por ello, se encierra con cerrojo en su cabina protectora, tapando los cristales con papel de periódico, para no ser visto, para no ver, como un Dios egoísta, que dirige los destinos de quienes se sientan a sus espaldas pero que nada le importan, que no quiere ser importunado por esos seres inferiores, esos malditos objetos de su trabajo consistente en transportarlos al fin del mundo.


Y a ese tranvía, el 14, número que coincide con la ruta de autobús que tantas veces yo he tomado en otra ciudad, no Palermo, más grande, más salvaje tal vez, van subiendo diversos personajes, lo más granado de la sociedad humana, arrojados a su interior por la necesidad o el agotamiento, camino de vuelta a sus lejanos y vacíos hogares, si es que tal nombre se puede aplicar a lo que está vacío, hueco. Lo más granado de la sociedad humana va subiendo en las diversas paradas de este viaje.


Una chica de color, enferma, agotada, que busca en su cuerpo, en su venta, el sustento que no puede lograr de otro modo. Y apenas le sirve para un intercambio de cuerpo por comida, su cliente, un local que se precia de no pagar por los servicios, por solo invitar a comer, creyendo que esto le redime de alguna manera, que no le rebaja a mero comprador de carne, pero que en su miseria tampoco tendría opción de buscar mejor oferente de lacer que la pobre muchacha con toda su belleza marchita y postulante. Unas vidas unidas por el pegamento de la desesperación, la necesidad mutua de quien se sabe ante la última oportunidad en una noche, la previa a la Navidad, en la que todo debería de ser diferente, pero que a todas luces no lo es.



De hecho, a ellos aquel niño les parecía de verdad el Redentor, con los adornos y los signos del mandato trascendente en clara evidencia. Incluso más que el Niño Jesús, porque este recién nacido no tenía ni siquiera la protección de la Sagrada Fami­lia. Viajaba sin compañía, en la miseria de un tranvía más oscuro, frío e incluso peligroso que una cueva en Palestina.


Lo veían auténtico por su estado de abandono y soledad. Compartían el mismo destino de viaje, idéntico el viacrucis asfixiante del transporte público: no podía ser sólo una casualidad que a aquel niño tan perfecto y perfumado de naranja lo hubieran abandonado en aquel vagón en Nochebuena.


A menudo, también ellos habían sentido en su propia carne los síntomas de la santidad, el culmen del sufrimiento cotidiano, del agotamiento, de la intimidación, de la condena de ser pobre cuando los echaban como a unos mendigos de las terrazas de los restaurantes para librarse de la molestia de sus miserables comercios; en el momento en que les negaban el alquiler de una chabola por ser negros o extranjeros; cuando les recortaban el jornal porque habían dispuesto también de comida y alojamiento; cada vez que oían susurros con intolerables ofensas racistas que eran como puntas de lanza en el costado; cuando se vendían al mejor postor en los mercados de la prostitución o en los caminos de los sembrados en tiempo de cosecha; cuando por la noche, exhaustos, volvían a casa y miraban a sus hijos con tristeza y sin esperanza. En aquellos momentos, también ellos habían advertido en la palma de las manos la quemazón de los estigmas, el peso de la aureola en la cabeza, el destino de mártir de sus vidas.




Y también se sube al tranvía un mago perdido en las nieblas del Alzheimer, perdido en la vida, perdido en sus recuerdos, creyendo que todo cuanto ocurre a su alrededor es el fruto de sus actos mágicos, de su voluntad hoy ya perdida. Como perdida está también la voluntad del criado oriental de una mansión, que solo se siente mejor que el resto por su uniforme de gala, que en esta noche podrá llevar a su casa para que sus hijos le vean luciendo con orgullo la botonadura dorada. Pero solo él guarda el recuerdo de la terrible mancha de café que emborrona su blanca camisa, el símbolo de dónde viene, de su origen sucio, bajo, de que no hay forma de redención válida para su condición.

 

 



Tampoco parece haberla para el joven muchacho que ha pasado por el infierno de los desiertos africanos, del paso por el Mediterráneo, solo para llegar a otro desierto, una ciudad en la que la compañía de quienes le rodean solo sirve para inspirarle miedo, buscando siempre la soledad puesto que ni de los blancos ni de los compatriotas de dolor puede esperar algo que no sea violencia y desprecio. Y no es otra cosa lo que le ocurre al vendedor ambulante de paraguas, un anciano que aún ha de hacerse la vida por las calles del centro con su exigua mercancía, que siente un tremendo dolor por los zapatos nuevos que su hijo le ha regalado, sin tener el valor para mentirle y decirle que para su vida de caballero andante son mejores los zapatos bando y ya hechos a su pie, que los lustrosos y pequeños que le ha entregado.



La vieja, por caridad, por improvisación, por locura, decidió confiar al niño a los brazos del mundo.



Y cada uno que sube es llamado al fondo del tranvía, y la muchacha negra avisa con un susurro que hay un niño y todos se arremolinan a su lado, como para protegerlo, apenas se atreven a mirarlo pero se conciertan en su defensa cuando unos jóvenes fascistas suben en una parada y pretenden amedrentarles con sus insultos. Y el niño, o tal vez su propia dignidad repentinamente recobrada, les infunde fuerzas para hacerles huir en la siguiente parada, una victoria de la determinación, de la unión de los pobres y desunidos, de quienes no sabían que tenían a su alcance un arma tan poderosa.


El lector se sentirá invitado a subir a este tranvía, personificándose en cualquiera de estos personajes y otros tantos que irán subiendo, contando su historia, viviéndola con sus esperanzas puestas en el niño que ha aparecido como una epifanía en sus vidas, en esa noche mágica, en el momento más bajo de sus vidas abisales. Una lectura que no por breve resulta menos intensa, que arrastra con su inusitada belleza a un terreno en el que las letras actuales no acostumbran a moverse, no con tanta libertad al menos. Pero que nadie espere un final redentor, un Scrooge ganado por el espíritu de la Navidad, un triunfo de los fantasmas de las navidades pasadas, Giosuè Calaciura tiene un talento acorde a estos días  que ya no son los del folletín del siglo XIX, y, desde luego, sabe estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.



Lo buscaron también mirando por las ventanillas, en los balcones decorados de las fiestas, en las porterías vacías y oscuras como los ojos de los muertos, a lo largo de las persianas de las tiendas cerradas, en la intermitencia de los semáforos nocturnos, aliviados ya del cansancio de indicar el paso, en el espejismo del reflejo de las venta­nillas de los coches aparcados. Lo buscaron en su propia desilusión cuando la estación final estaba próxima y se preguntaron qué harían a continuación, cómo afrontarían el resto de la noche, de la vida.