29 de junio de 2026

Prosas Reunidas (Wislawa Szymborska)

 


Tras leer Correo Literario, retomamos la obra en prosa de la Premio Nobel polaca Wislawa Szymborska. Prosas reunidas (Malpaso, con prólogo y traducción de Manel Bellmunt) recoge tres libros publicados por la autora: Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias. 


Estos tres títulos aquí reunidos en un único volumen responden bien a su contenido. Wislawa Szymborska publicaba reseñas de cuanto leía, llevada por su instinto lector y su curiosidad inagotable. Pero tal vez el término “reseña” pueda llevar a engaño, como ella misma trata de aclarar en el prólogo. En ocasiones se ciñe a la lectura realizada, destacando aspectos como la presentación, las cuestiones gráficas o la traducción. En otros casos el texto no es sino una excusa para hilar temas y argumentos que van desde lo personal e íntimo a lo político y social.


Por otro lado, la mención a estas lecturas no obligatorias refleja de manera perfecta el tipo de libros aquí comentados. No se trata necesariamente de grandes obras, tan solo libros que no merecen la atención de la crítica culta pero que tal vez puedan resultar de interés para el público general o incluso para sectores muy específicos. 


Así, por estas páginas desfilan todo tipo de lecturas. Desde narraciones sobre costumbres animales como las de los lemmings, la vida de los gatos o las vivencias de un amante de las nutrias o las aves migratorias. El cultivo de plantas, la gastronomía oriental o el arte en los nativos groenlandeses. También los manuales sobre lecturas escolares o las indicaciones sobre dicción y prosodia en las lecturas en voz alta. Manuales sobre moda, lo que toda mujer ha de hacer para conservar su atractivo junto a comentarios sobre libros que describen las controversias y peleas entre arqueólogos. El arte del caminar o las bondades del yoga, la teoría científica tras el movimiento de las placas continentales o una historia de Etiopía. Libros sobre el canto de los pájaros o el tratamiento de las aves de corral, libros de memorias como las del famoso Pepys o descripciones de la obra de Vermeer. 


También las biografías ocupan un lugar importante. Mia Farrow, Hitchcock o Kurosawa entre los cinéfilos, pero también Einstein, los tres tenores o Catalina la Grande. Libros con listados de las mejores películas o los más imprescindibles libretos de ópera. Sorprende el interés que España puede despertar en el mundo editorial polaco, pero aparecen textos como El cantar del Mío Cid, los Entremeses de Cervantes, la leyenda del Abencerraje y la bella Jarifa, biografías de Dalí, Casals, ….


No puedo ocultar que leer este libro me ha resultado reconfortante. La voracidad temática de la nobel polaca encaja con los títulos que por mi parte comento y en donde se mezcla alta literatura con folletines, relatos con biografías o divulgación científica variopinta, en ocasiones lecturas recomendadas, pero también otras que llegan fruto del capricho y el azar. También me resulta afín el estilo de la autora que trata de no ceñirse a un esquema fijo y que toma el libro comentado como punto de partida, no como fin. 


Pero hasta aquí llegan los paralelismos. Ojalá tuviera yo una mínima pizca del ingenio que derrocha la poeta, una porción de su talento para trasladar entusiasmo por lo leído, un leve hálito de su modo sencillo y directo de expresarse. 


El humor del que dimos buena cuenta en Correo literario, es una constante. Las reflexiones de la autora son siempre de buen tino y plagadas de una calidez humana incluso cuando critique con saña el volumen comentado. Porque no ahorra críticas cuando cree que proceden. Y de ellas no se libra ni el autor del libro, ni los editores, ni los traductores. En ocasiones manifiesta su crítica a la traducción, cuestión ésta a la que da notable importancia, en especial como es natural, en el caso de los volúmenes de poesía. Pero en otras la crítica se dirige a la ausencia de notas, de índice onomástico o temático, a la selección de las fotografías, como en el caso de la biografía de Isadora Duncan en la que, con precisión matemática, señala que solo cuatro de las ocho imágenes empleadas son realmente de la bailarina, siendo las otras cuatro de la actriz que la representó en una película.  


El carácter de Wislawa Szymborska queda perfectamente retratado a lo largo de estos comentarios. Tomamos buena nota de su sensibilidad ecologista, su preocupación por el deterioro de la calidad del agua de los ríos polacos, llenos de residuos industriales en un momento tan temprano como comienzos de los años setenta. De ahí también todo su interés por las lecturas sobre cuestiones del reino vegetal y animal. Su preocupación por el futuro también queda retratada a través de su interés por los niños y su futuro, por el modo en que son enseñados, por el tipo de lecturas obligatorias (éstas sí) a las que son sometidos sin sentimiento de culpa o escrúpulo. 


La poesía no ocupa un lugar predominante en estas lecturas y en muchas ocasiones busca refugio en la obra de maestros de la Antigüedad como Horacio o Marcial, siendo muy puntillosa en cuanto al modo en que ha de traducirse una poesía, sin necesidad de atenerse a la rima cuando ésta rompe en otro idioma el ritmo, o cómo ha de afrontarse la ironía del pasado como cuando celebra el Satiricón. También se nota su rechazo al estilo afectado de los poetas nacionales polacos, su retórica grandilocuente y vacía. 


Los comentarios fueron publicados por la autora en diversas revistas desde los años sesenta hasta poco antes de su fallecimiento. Y este largo periodo también sirve como referencia de los cambios que fue viviendo Polonia en su tránsito del Comunismo al Capitalismo y cómo lo vivió su sociedad, cómo al principio los libros abordan temas eminentemente prácticos, cómo luego van ampliando su campo de acción a cuestione más banales, cosmopolitas o, si se quiere, menos relevantes o, al menos ésta es la impresión que la escritora parece transmitir. 


Como es de suponer, gran parte de estas obras no se encuentran disponibles en nuestro idioma o pueden estar totalmente descatalogadas si es que alguna vez fueron traducidas. ¿Qué interés puede tener, por tanto, la lectura de estas Prosas Reunidas? Sin duda, el placer de leer este libro no se halla en encontrar recomendaciones o sugerencias para futuras visitas a la librería del barrio. Leer este libro es un placer en sí mismo, aunque los títulos de los que hablase nunca se hubieran escrito y fueran meras invenciones de la autora. Es su modo de abordar los temas, su estilo ameno, sus opiniones, compartidas o no, lo que hacen de este libro un excelente compañero, una lectura que puede tomarse o dejarse en cualquier momento, dar saltos, abrirse por cualquier página y encontrar siempre algo interesante, un libro que bien podría haber entusiasmado a la propia autora. 

 

 

2 de junio de 2026

Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple)


 

Este comentario podría llevar por título tras los pasos de William Dalrymple. La historia se remonta a mayo de 1998, fecha de publicación del primer ejemplar de la revista Siete Leguas, una iniciativa que unía el viaje con la literatura de una manera magistral, con firmas de primera categoría, siempre tratando de ofrecer un relato alejado del habitual en este tipo de revistas, más centrado en los hoteles, restaurantes y sitios que se han de ver necesariamente, reportajes promocionales antes que auténticos artículos de largo aliento que aún hoy pueden ser leídos y disfrutados como entonces.

 

Los primeros títulos de la revista, como era frecuente en la época, venían acompañados de un gancho en forma de libro viajero, diversos títulos de la colección Viajes, de Ediciones B. Y en este número inaugural la obra escogida era Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple).

 

El autor decide replicar, en la medida de lo posible, la ruta seguida por Marco Polo al conocer la noticia de que la carretera que unía Pakistán y China había sido abierta para los extranjeros por primera vez desde su construcción. El viaje es un desafío, pero más aun teniendo en cuenta que el autor tenía apenas veintiún años y que lo hizo provisto con unos fondos de unas setecientas libras que logró de su college como financiación para un supuesto estudio histórico. Precisamente las edades del autor y del viajero veneciano vienen a ser la misma al iniciar la ruta, lo que no deja de trazar una conexión peculiar.

 

Pero Dalrymple no era un trotamundos aficionado. Ya el año anterior había replicado el viaje de los participantes ingleses en la Primera Cruzada, desde Edimburgo a Acre. Y es precisamente en Tierra Santa donde comienza su viaje para llegar a Xanadú, la mítica ciudad en la que Kublai Kan había construido su residencia de verano, una forma de recrear los paisajes y pureza de su Mongolia natal evadiéndole del chinismo de la capital de su Imperio. Y, como digo, el viaje comienza en Jerusalén cuando Dalrymple acude a la Basílica del Santo Sepulcro para obtener de un franciscano una pequeña muestra del Santo Óleo que arde en el templo, sin que el verdadero origen industrial que le revela el monje, un supermercado por más señas, le cause el más mínimo desaliento. No es de extrañar que esta nota de realidad no le afecte especialmente porque tiene mayores preocupaciones. Alguna de ellas está relacionada con la tensión política en los países por los que ha de transitar, pero también porque parte de su viaje, hasta Lahore, lo hará acompañado por Laura, una joven de su misma facultad, un portento de voluntad y fuerza, un desafío constante para su caótica y disipada cadencia, una inglesa de la cabeza a los pies con sus sandalias y calcetines blancos incluidos. Pero el resto del viaje no será mejor ya que deberá hacerlo con Luisa con quien ha roto poco antes y con la que preparó inicialmente las etapas del viaje. Pero ahora Luisa ha encontrado otro novio y tal vez no sea la mejor de las compañías, añadiendo a la tribulación del viaje la confusión emocional e incluso sexual. 

 

La narración de este viaje me resultó tan cautivadora que, todavía muchos años después, recordaba el libro con cariño, aunque no era capaz de acordarme ni del título ni del autor. El libro había quedado sepultado en alguna caja de un trastero por alguna mudanza, entre otros tantos libros ya leídos. Ocasionalmente recordaba la historia y sentía ganas de volver a leerla, aunque nunca me ponía a ello ni trataba de buscar en internet algún dato para consultar o releer el libro. Pero recientemente, leyendo la sinopsis de El último mogol, un libro que solo por su título ya me resulta irresistible, y mirando qué más obras había escrito ese tal Dalrymple, descubrí que era precisamente el añorado autor de Tras los pasos de Marco Polo

 


Así que, unos veinticinco años después he vuelto a leer este libro. El ejercicio me ha servido, de paso, para comprobar lo que merma la memoria con el tiempo. Ni la más remota idea de que el autor siempre hubiera estado acompañado en el viaje. Mi impresión era que nunca había llegado a China realmente, fracasando en su empeño, y que había pasado gran parte del tiempo por las llanuras persas visitando las diversas mezquitas y madrazas construidas por los mongoles en los siglos en los que fueron los amos de un imperio más grande que el romano o cualquier otro que en el mundo haya sido. Así que he ido sustituyendo mis recuerdos dispersos y erróneos por unos más auténticos (a saber cuánto durarán) sin que el placer de la lectura se haya visto afectado en lo más mínimo. 


Dalrymple escribe de manera amena, sabiendo guardar el perfecto equilibrio entre sus historias y peripecias personales con el relato histórico. Ni éste parece sacado de una enciclopedia, ni aquél se resuelve en una serie de encuentros y anécdotas inverosímiles que puedan poner de manifiesto las dotes imaginativas antes que la verdadera experiencia del viajero. 

 

Todo lo contrario. Dalrymple combina ambos mundos, siempre con una gran sorna, en especial tomándose a sí mismo muy poco en serio y compartiendo la jocosidad de su torpeza o las bromas y burlas de que es objeto por cuantos se le cruzan por el camino. De este modo, la lectura avanza a buen ritmo, sin perder el interés ni tan siquiera en aquellos episodios que se mueven por las zonas mas áridas, menos interesantes. De todas ellas sabe sacar el partido adecuado. Le seguimos con interés cuando trata de buscar si quedan restos de la floreciente industria telar en una remota región siria a que alude Marco Polo, para encontrar una casucha semiabandonada con un único telar que una anciana le muestra con orgullo, y así afirma poder justificar la inversión que el Trinity College ha hecho en este viaje. Verifica si es real la idea anglosajona de que para que un extranjero comprenda el inglés basta con gritarlo a voces o que su piel pase del blanco al rosa como la de todo perfecto británico. 

 

Sin embargo, no estamos tampoco ante un texto carente de profundidad. Si bien el autor se apoya en la descripción de los viajes de Marco Polo, reconoce que se trata de un libro aburrido, una verdadera guía de la época para comerciantes; por tanto, un libro que no pretende entretener ni ser un relato completo. También hace interesantes reflexiones como la comparación entre el reino de los cruzados y el actual estado de Israel, rodeado por naciones hostiles, apoyado por Occidente sin el que no podría resistir y con una limitación de recursos por su ubicación geográfica de la que saca fuerzas de flaqueza, al igual que los cruzados fueron capaces de construir sus castillos y fortalezas sin apenas medios, pero a costa de la población árabe de la zona.  


Pese a lo temprano de la fecha del viaje (1988), el autor vislumbra los cambios en la China comunista donde además de la persecución a los ligures, la minoría islámica china, tan publicitada hoy en día, asiste a la proyección de una película de James Bond.


La riqueza de los diálogos, su verosimilitud y gracia es mérito de la traducción de María Faidella Martín en la edición de Edhasa que es la que ahora he leído, que sabe trasladar el tono de parodia de algunos de ellos, de determinados juegos de palabras y confusiones entre el inglés precario con el que debe lidiar el autor, típico anglosajón que parece no plantearse la posibilidad de tener que aprender a manejarse con los rudimentos del idioma local, ¡que aprendan ellos! 


Y llegamos al fin de ese viaje, al apurado y lírico momento en que Dalrymple derrama el aceite consagrado sobre lo que interpreta de manera indubitada que es el altar en el que tomaba asiento el Kan en Xanadú, cerrando de manera perfecta el círculo de un viaje inolvidable para su autor, pero también para el lector o al menos para mí. 


 


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18 de mayo de 2026

Anatomía de un instante (Javier Cercas)

 


  

El 23-F es una fecha simbólica para todo aquel que tenga más de 40 años. Sin duda, todos hemos visto en infinidad de ocasiones cómo un guardia civil con tricornio bien plantado y pistola en mano sube por las escaleras de la tribuna del Congreso de los Diputados, interrumpiendo la votación para la investidura del presidente más efímero de nuestra democracia: Leopoldo Calvo-Sotelo.


Gracias a la valentía de los operadores de cámara, que simularon cesar la grabación ante las amenazas directas de los golpistas, podemos revivir un golpe de Estado desde el propio epicentro de la acción. Allí vemos cómo se pronunciaban palabras malsonantes, cómo se tiroteaba el techo del hemiciclo y cómo el presidente saliente, Adolfo Suárez y su vicepresidente, Gutiérrez Mellado, eran zarandeados cuando trataban de llamar al orden a los militares rebeldes.


Javier Cercas trata de acercarse a este momento histórico. Según narra en el prólogo, la lectura del libro de Jesús Palacios y otras teorías sobre el golpe le llevaron a tratar de novelar la historia. Sin embargo, tras varios intentos que no lograron satisfacerle, comprendió que la historia del periodista no dejaba de ser una ficción, un uso de datos ciertos para construir un relato prefijado. Por tanto, una forma de ficción sobre la que no podía ficcionarse nuevamente.


Así que, poco a poco reorientó su esfuerzo creativo en una dirección distinta, la de procurar escribir el relato de lo que ocurrió sobre los hechos ciertos, y lo que podría deducirse con un cierto nivel de certeza sobre los hechos menos comprobados.


Pero, además, trató de centrarse, de desenmarañar la compleja trama a partir de un único instante: el gesto de Suárez, sentado impertérrito en su escaño, mientras los diputados se tiran cobardemente al suelo al ruido de los disparos. En ese momento pretende centrar un viaje con idas y venidas al pasado y al futuro.


En ese gesto de Suárez, mezcla de orgullo y chulería, de dignidad democrática, pleno de simbolismo, Cercas ve el reflejo de la historia del fin del franquismo a manos de unas Cortes que hicieron el viaje "de la ley a la ley" a través de la Ley para la Reforma Política de 1976 y las elecciones para Cortes Constituyentes, el viaje relámpago desde la muerte del dictador a la derogación de todo el aparato legislativo franquista y la legalización del Partido Comunista.


En ese viaje, el Rey y Torcuato Fernández-Miranda pretendían impulsar la figura de un presidente del Gobierno capaz de amansar a los partidarios de la continuidad al tiempo que insuflara garantías a la oposición democrática y tranquilizara a las potencias aliadas, en especial a los Estados Unidos, preocupados por un posible giro antiamericano si triunfaba una democracia verdadera.


Y, para ello, nadie mejor que un político joven, ambicioso, sin apenas ideología propia, capaz de asumir el programa que se le fuera indicado, pero con la suficiente personalidad como para convencer a la opinión pública y forjar los acuerdos necesarios en ese complicado equilibrio que fue la Transición.


Pero ese período de transformación y cambio en el que Suárez brilló de manera especial, en el que se logró la conversión de una dictadura en una democracia homologable a cualquier otra occidental, terminó por confundirle. Suárez comenzó a creerse su papel. Y así como Fernández-Miranda se retiró una vez cumplido su misión desde la presidencia de las Cortes, él dio un paso más, asumiendo el liderazgo de un pequeño partido que estaba creando un adversario político, el diplomático Areilza, y se presentó a las elecciones democráticas de 1979 logrando un resultado excepcional gracias a su indudable carisma.


Pero ahí terminó el tiempo de gloria de Suárez. Cercas cataloga su ejecutoria política a partir de ese momento como mediocre. Un falangista que había militado en Acción Católica y había sido ministro del Movimiento pretendía ganarse el carnet de demócrata, la aprobación de los medios más poderosos, radicalizando sus posturas, queriendo ser más de izquierdas de lo que sus votantes y compañeros de coalición deseaban. Su capacidad para tejer pactos comenzó a demostrarse insuficiente para los instantes de gestión diaria. Su épica estaba más bien pensada para los grandes momentos, los saltos al vacío, las decisiones drásticas, no para la gestión cotidiana y sin brillo.



Así, su gobierno comenzó a estar acosado por todos los frentes. El Rey quedó decepcionado por su decisión de continuar en la política y no retirarse a tiempo, por su deriva personalista. La oposición de derechas comenzó a verle como un peligroso ególatra que pretendía convertirse a la socialdemocracia; la izquierda lo veía como un posible ladrón de sus votos más moderados, percepción que se confirmó tras la pérdida electoral del PSOE en las elecciones de 1979. La prensa también comenzó a criticar inmisericordemente su gestión. Parecía que criticar a Suárez mejoraba las credenciales democráticas de cualquier periodista o grupo mediático. El Ejército le consideraba el mayor traidor, nadie olvidaba la legalización del Partido Comunista, una jugada que había prometido que jamás sucedería. Su propio partido estaba convencido de que era necesario apartarle del poder o la coalición se rompería, como finalmente ocurrió.


Las nuevas corrientes internacionales tampoco jugaban a su favor. Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos marcaban el giro hacia un conservadurismo férreo, con una oposición frontal frente a la Unión Soviética.


Pero el gesto de Suárez tiene también un compañero de viaje: la presencia del general Gutiérrez-Mellado, que ante la irrupción de unos militares en el Congreso pretende hacer valer su rango y sale de su escaño para ordenar que abandonen la sala. El anciano es zarandeado, insultado, zancadilleado; Suárez le coge del brazo tratando de calmarle y devolverle a una posición más segura. También el general permanecerá erguido en su escaño mientras el resto de diputados se tiran al suelo.


Y Cercas especula con el gesto de ambos, con lo que significa como trayectoria vital. Porque, en el caso del general, su evolución es aún mayor que la del falangista Suárez. El general se alzó contra la República en el 36, derrocó un gobierno democrático y, cuarenta y cinco años después, se yergue para defender un sistema democrático frente a un golpe militar. Pasa de un extremo a otro, tal vez sabiendo que sus reproches al teniente coronel Tejero significan realmente un reproche al joven Gutiérrez-Mellado, que ha completado el círculo y trata de lavar ese pasado inmolándose por una democracia que, de algún modo, hereda los valores de la República del 31 que él ayudó a derrocar.


Pero las cámaras también recogen la figura de otro parlamentario, el tercero y último que resistió sin tirarse al suelo, sin perder la dignidad, el secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Otra figura que, como el vicepresidente, tuvo un papel importante en el Madrid sitiado del 36, que ha liderado al Partido Comunista, que ha hecho la transición desde el comunismo internacionalista al eurocomunismo, que ha llevado a su partido a aceptar la propuesta de Suárez, a aceptar la monarquía, la bandera nacional franquista… todo para lograr una concordia que permitiera restablecer un régimen democrático. Un liderazgo que ha estado tan cuestionado en su partido como el de Suárez en la UCD, hasta hace pocas semanas, cuando presentó su dimisión y renuncia al puesto de presidente del Gobierno.


El partido no sólo reprocha a Carrillo su renuncia a señas de identidad propias de los últimos cuarenta años de lucha antifranquista; le reprocha, sobre todo, que ninguna de esas renuncias se haya traducido en un reflejo electoral evidente. Que tras ser el único partido en liderar la lucha contra el franquismo, con un PSOE desaparecido durante años, ha obtenido en todas las consultas electorales un resultado raquítico.


Así que él también permanece erguido en ese momento en el que no duda que va a ser pasado por las armas, porque simboliza todo lo que aquellos militares montaraces odian: el comunismo, la anti-España, Paracuellos, el internacionalismo, el demonio mismo.


Y son esos tres hombres, sentados con orgullo, insolencia, los que miran de frente a la muerte que creen próxima pero que no dejan de representar un papel al que se creen llamados. Y Cercas disecciona ese gesto con detalle, rico en paradojas y anécdotas, en momentos luminosos y otros más oscuros, tal vez menos confesables. Es precisamente esa anatomía de un instante, el desmenuzamiento de unos pocos segundos, lo que permite dar cuenta de sus biografías, pero también de las de un país entero.


Y en esa tarea de mirar los años y meses previos al golpe, va describiendo lo que denomina "la placenta del golpe", ese conjunto de circunstancias que resultaron imprescindibles para que éste se alimentara y creciera.


Y así llegamos a las tres figuras opuestas a las de Suárez, Gutiérrez-Mellado y Carrillo: Tejero, Milans del Bosch y Armada, cada uno pretendiendo un golpe distinto. El de Armada buscaba poner coto a una democracia que muchos consideraban desbocada y excesiva, amenazando con el desmembramiento nacional en unas autonomías que emulaban a los separatistas. Quería formar un gobierno de unidad nacional, incorporando a personalidades de diferentes partidos bajo una presidencia en manos de un militar de reconocido prestigio, es decir, él mismo, tomando como pasaporte su posición de antiguo secretario de la Casa Real y su ascendencia con el Rey. Su referencia era el paso al frente del general De Gaulle en Francia, con la creación de la V República. Pero, por contra, Milans del Bosch, otro monárquico convencido, otro franquista camisa vieja, participante en la División Azul como Armada, prefería un gobierno militar, algo parecido a la dictadura de Primo de Rivera.


Y llegamos al icono pop en que Cercas dice que se ha convertido Tejero, el rostro visible y televisado de un golpe que realmente buscaba una asonada como las de antaño, como el golpe de Pavía, de quien se decía que había entrado a caballo en el Congreso en el siglo XIX para poner fin a la I República. Que no tenía intención alguna de que el Rey fuera parte del nuevo orden al que aspiraban y que, en el fondo, había sufrido una involución a raíz de la violencia etarra que había vivido de cerca tras su paso por Guipúzcoa y que aspiraba a que el país se guiase bajo los mismos criterios que una casa cuartel, como las del cuerpo al que pertenecía, un lugar de comunión y ayuda mutua, un recinto sagrado y seguro, lleno de orden y disciplina.


Algo de intriga tenemos que dejar al lector. Cómo se coordinan estos tres golpes, cómo fracasan uno tras otro, cómo la trama se va desgajando de los planes originales, comenzando por la violenta irrupción de los guardias civiles en el Congreso y el tiroteo, que contravenía las instrucciones de Tejero de una entrada discreta y que dificultaba que los diputados o la propia opinión pública aceptasen un pacto para la formación de ese gobierno que aglutinase todas las ideologías para reconducir a la joven democracia.


Dejamos también de lado las reflexiones de Cercas sobre el juicio a los golpistas, la especie de epílogo sobre sus indultos, posteriores reincorporaciones al ejército, en muchos casos con desempeños y reconocimientos de méritos. Y nos volvemos a centrar en Suárez, ya que Cercas, que vivió en su juventud aquellos años, siempre tomó al personaje como eso: un personaje, una especie de chulo de provincias, de poco talento, que estuvo a punto de arrastrar al país a un cataclismo, pero que, al tiempo, era una figura a la que su madre y, especialmente, su padre admiraban. Así que se pregunta si su rechazo a Suárez no es sino una forma de reafirmarse frente a su padre, de marcar esa imprescindible frontera generacional.


Es ya en los últimos años del Cercas padre, cuando su hijo sabe que no va a ser mejor que su progenitor, que no sabe más que él de la vida y que nunca lo hará, que todo empeño por esa especie de competición carece de sentido, le pregunta por qué él era tan suarista, y su padre le contesta que porque, en el fondo, Suárez era como él, como todos los de su generación, sin grandes estudios, con mucha simpatía y algo de sinvergonzonería, audaz y valiente para abrirse camino en una España en la que formar parte de una de las grandes familias era necesario para llegar lejos; porque era de pueblo, porque de joven se le habían dado mejor los bailes en las verbenas que los estudios, porque supo ilusionar a un país con unas promesas de futuro que tal vez quedaron defraudadas pero que hicieron posibles muchos cambios, para empezar el cambio personal, desde la posición de falangista de Acción Católica a la de un demócrata convencido, aunque moderado, otro viaje que su padre hizo de la mano de Suárez, como lo hicieron otros tantos españoles.


Y se pregunta, finalmente, si este libro, Anatomía de un instante (editorial Mondadori), no será otra cosa que un ajuste de cuentas con el pasado, una forma de decirle a su padre que al fin lo comprendía, que aunque no todo lo que él defendió lo comparte, sí era capaz de reconocerlo, de ver sus méritos.


Y, para ir concluyendo, habrá que explicar las razones que deben llevar al lector a este texto con preferencia a otros tantos que hay sobre el periodo en cuestión. Y la razón es simple pero suficiente: su impecable factura literaria. El tono de todo el libro se aleja de la mera crónica periodística, del relato de hechos cronológico. No solo las tramas se entrecruzan al modo novelesco sino que el estilo del autor imprime un tono literario, una fuerza expresiva que actúa como hilo conductor por las diferentes partes del libro. Desde las repeticiones de conceptos como el del "pequeño Madrid del poder" o "la placenta del golpe", hasta expresiones como "lo que sabía Suárez, o lo que creía que sabía, o lo que se creía que sabía", y así sucesivamente. Es de este modo como la lectura se torna placer para quien no solo busca una versión afinada de los hechos.


No olvidemos, como destaca Cercas, que lo que conocemos sobre el 23-F es más un relato ya instalado en nuestro subconsciente que una realidad constatable. Todos creemos haber visto el golpe en directo por televisión, cuando la realidad es que las imágenes icónicas tantas veces vistas solo se retransmitieron a posteriori, nunca en directo. Podemos ficcionar sobre estos hechos sin renunciar a la verdad, o a gran parte de ella, en especial en cuanto a los hechos, menos en cuanto a las voluntades que quedaron en el fuero interno de aquellos protagonistas y sobre las que solo podemos especular torpemente, pero es así como ocurre siempre con la Historia, que muchas veces no es sino una forma especial de ficción y, por tanto, si de ficción hablamos y si ficción hemos de leer, al menos que sea de calidad, como en este caso.




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10 de mayo de 2026

Blanco (Han Kang)

 


Antes de que la crítica internacional descubriera su escritura tras la publicación de La vegetariana, Han Kang ya había consolidado una trayectoria literaria relevante en su país natal, Corea del Sur. Desde su debut en 1994 con el relato El fruto de mi mujer, su obra ha explorado con persistencia las fronteras entre el cuerpo y la violencia, la identidad y el silencio, el perdón y el olvido. Con títulos como Tu frío y mi frío o Breve historia del amor, la autora mostró ya una sensibilidad aguda para narrar lo íntimo y personal desde una estética muy particular en la que lo carnal y sensitivo conforman una seña de identidad que se desarrollará en el resto de su obra.

En Actos humanos, quizá su obra más brutal hasta ese momento, Han Kang abordaba la masacre de Gwangju desde una perspectiva coral y fragmentaria que la alejaba de lo histórico para adentrarse en lo emocional. Era un libro de duelo colectivo, donde el dolor se dispersaba por distintos cuerpos y voces. Frente a ese lamento plural, esta obra que aquí reseñamos representa un giro hacia lo íntimo, hacia una pérdida más pequeña, pero no por ello menos abismal: la muerte de una hermana que no llegó a vivir, y cuya ausencia ha acompañado a la autora como una presencia silenciosa desde la infancia.

Blanco fue publicado por la Premio Nobel originalmente en su país en 2016 y en España en 2018. Lo he leído en la edición de Literatura Random House, con traducción de Sunme Yoon. La autora coreana vuelve a deslumbrar con un texto breve pero hipnótico, un desafío para la sensibilidad del lector y la propia autenticidad de la autora.

En efecto, con Blanco, Han Kang trata de revisitar la herida dejada por la muerte de su hermana en un parto prematuro, una muerte que, junto con la posterior de su hermano, la convirtió en la primogénita. Sin esas muertes, ella no habría nacido. La muerte de otros trajo su vida, y ese peso y sentimiento contradictorio es con el que trata de lidiar en estas páginas.

Como es sabido, el blanco simboliza en muchas civilizaciones orientales el luto y la muerte, y por ello el libro comienza con una lista de palabras que evocan esa blancura: desde el azúcar y la sal, el arroz, la mortaja de un niño, una garza blanca, un perro blanco, una ola, una cortina de raso blanca o la nieve, otra presencia lacerante en la obra de Han Kang.

A través de breves capítulos, cada uno dedicado a una de estas palabras, la escritora despliega una colección de pequeñas historias, de recuerdos de su niñez o adultez, de meros sentimientos expresados en apenas unas líneas, unos trazos simples pero que dibujan esa evocación.

Han Kang busca la fusión entre el relato en prosa y la poesía sin renunciar a su peculiar estilo, desprovisto en apariencia de pretensiones estéticas. Su lenguaje se mantiene directo y descriptivo, pero gana en profundidad y simbolismo, en impulso evocador y en ternura desmedida al revelarnos las propias flaquezas de la autora.

En Blanco, la escritura se convierte en un acto de duelo y redención. Es un ejercicio de contención, en el que cada palabra ha sido cuidadosamente elegida para sostener una emoción sin desbordarla. El blanco es vacío, pero también es totalidad; es muerte, pero también inicio. Así, el libro se convierte en un espacio íntimo donde el lector se acerca al dolor sin voyeurismo, invitado con delicadeza a sentir con la autora.

 

 Estamos ante un retrato tan sutil como profundo del vínculo entre la pérdida y la memoria. No hay grandes gestos, escenas grandilocuentes, pero sí una honestidad extrema que conmueve por su aparente fragilidad y su expresión poética y reflexiva. Blanco no ha de leerse desde la prisa. Es un libro para detenerse, para releer, para quedarse en silencio después de cada página. Una meditación sobre la muerte y la escritura, el modo en que esta puede atrapar y conjurar a aquella. Una obra breve, sí, pero de una intensidad que perdura mucho después de haberla terminado.

En el propio libro se nos revela el origen plástico y meditativo de Blanco. Durante una estancia en Varsovia, comenzó a pintar en un cuaderno completamente blanco unos trazos en los que expresar sin palabras sus sentimientos y emociones, como un ejercicio visual y poético. No pretendía hacer literatura, sino elaborar una forma de duelo a través de lo mínimo. En la edición española se incluyen varias fotografías de estas obras. A partir de esa práctica, nació el texto, no como proyecto narrativo, sino como necesidad vital.

Como en tantas ocasiones, el estado vital del lector le hará más o menos propicio para recibir este libro, pero sin duda todos pasaremos por un momento en el que sus palabras nos traigan pesar y alivio al tiempo, nos hagan reflexionar o rememorar, nos demuestren que leer es algo más que entretenerse y pasar páginas para dejar pasar el tiempo.