6 de octubre de 2026

 


Gracias a Pan de ángeles conocí la obra de Patti Smith, un cuadro autobiográfico que me abrió no solo a su vida, intensa y rica en creatividad, sino a su modo de narrar, mezcla de honestidad implacable y de reflexiones sobre los convulsos años que le tocó vivir, en especial el periodo de su primera carrera musical.
En este caso, remonto las aguas para leer el primer libro de memorias propiamente dicho escrito por Patti Smith, Éramos unos niños, publicado originalmente en 2010 con edición en España a cargo de Lumen, aunque la edición que he leído es la de Debolsillo, con traducción de Rosa Pérez Pérez, en el que narra un aspecto concreto de su vida, en concreto su relación con Robert Mapplethorpe, el reconocido artista que no solo fue el fotógrafo de algunas de sus más icónicas portadas, sino que le influyó de manera constante a lo largo de toda su vida, una influencia que puede decirse recíproca.
De este modo, y pese a que cronológicamente mi orden de lectura no haya sido el correcto, lo cierto es que lo veo como una importante ventaja. De la visión general y panorámica de Pan de ángeles es como si pasara a hacer un zoom y ampliación de un aspecto concreto de la vida de Patti Smith que, de otro modo, no me habría resultado comprensible totalmente.
Robert y Patti se conocieron en 1967 y su relación comenzó de manera extraña. Ella era dependienta en una tienda y el muchacho acudió a comprar un objeto que era el preferido de la vendedora. Por un lado, a ella le dolió alejarse de aquella pieza hermosa, pero de otro le consoló que fuera a manos de aquel joven. Días después, cuando creía estar a punto de ser seducida por parte de un escritor menor en un parque de Nueva York, vio acercarse al muchacho y se lanzó a sus brazos simulando que eran novios. Así, de este modo tan literario y original, comenzó una relación que pronto pasó a ser un idilio amoroso que duró un tiempo, si bien no necesariamente como pareja, ya que, con los años, trascendió a un amor más bien del tipo universal, en especial cuando Robert fue decantándose por su lado homosexual.
El libro va narrando el modo de vida caótico de la pareja, en apartamentos prestados, lofts semiabandonados o el famoso hotel Chelsea, que permitió a ambos comenzar a codearse con personajes tan singulares como Jim Morrison, Janis Joplin, miembros del entorno de la Factory de Andy Warhol, Sam Shepard, que tendría un importante futuro papel en la carrera de Smith, o Jimi Hendrix y Johnny Winter, entre otros muchísimos.
Así, al menos desde mi punto de vista, lo más relevante del libro no es tanto el devenir de los encuentros y desencuentros amorosos o artísticos entre la pareja, pese a su inquebrantable amor y respeto, sino el modo en que se construía el movimiento cultural de los setenta en un entorno depauperado como era el Nueva York de la época y en el que, según se avanzaba en la década, se iban creando las condiciones y el caldo de cultivo para el consumo desmesurado de drogas, mientras la epidemia de sida tendría después consecuencias terribles para toda una generación y, especialmente, para el entorno artístico en el que se movían Patti y Robert. De hecho, este falleció como consecuencia de complicaciones derivadas de la enfermedad.
La música no ocupa un importante papel en la obra, apenas hay referencias al notable éxito que tuvo Patti Smith en este campo, casi como quien llega por casualidades de la vida a ese mundo, sin proponérselo realmente. Antes bien, la artista sí se presenta en todo momento como poeta, alimentada por su pasión por la bohemia, por Whitman y, fundamentalmente, por los poetas franceses como Verlaine, Baudelaire y, por encima de todos, Rimbaud.
Este libro ha recibido numerosos elogios críticos, si bien me parece inferior en este sentido a Pan de ángeles. Sin duda, el tiempo transcurrido desde uno y otro libro ha permitido desarrollar más y mejor las habilidades literarias de Smith y, también seguramente, decantar más y mejor lo vivido.
Hay además un elemento que convierte el libro en algo más que una simple memoria de aquellos años. Antes de morir, Robert y Patti hicieron una promesa, que algún día ella escribiría su historia. Éramos unos niños es, por tanto, también la forma en que Patti Smith cumple aquella promesa, rindiendo homenaje a su amigo y a la relación que mantuvieron durante toda su vida. No es solo el relato de unos años compartidos, sino la respuesta a un compromiso adquirido con Robert cuando todavía estaba vivo.

 

Sea como fuere, por la fuerza de las historias aquí contadas, por conocer el ambiente artístico neoyorquino o por entender cómo funcionan mentes creativas tan relevantes como las de estos dos jóvenes, Éramos unos niños se convierte en una buena lectura, elegante, plagada de amor y lirismo, sin esconder los aspectos más sórdidos pero haciéndolos encajar con plena naturalidad en el curso de la narración.
Quizá por eso Éramos unos niños termine siendo mucho más que el relato de una amistad excepcional. Patti Smith no solo reconstruye aquí los años compartidos con Robert Mapplethorpe, sino que intenta devolver a aquel muchacho y a aquella muchacha que fueron el lugar desde el que ambos comenzaron a construir sus respectivas obras, en un Nueva York en el que la precariedad, la bohemia, la amistad y la creación parecían formar parte de una misma experiencia. El resultado es un libro hermoso y sincero, quizá menos complejo literariamente que Pan de ángeles, pero dotado de una fuerza emocional que procede precisamente de esa voluntad de preservar la memoria de una persona y de un tiempo que, de otro modo, habrían quedado reducidos a sus obras.

 

 

4 de octubre de 2026

Éramos unos niños (Patti Smith)


Gracias a Pan de ángeles conocí la obra de Patti Smith, un cuadro autobiográfico que me abrió no solo a su vida, intensa y rica en creatividad, sino a su modo de narrar, mezcla de honestidad implacable y de reflexiones sobre los convulsos años que le tocó vivir, en especial el periodo de su primera carrera musical.
En este caso, remonto las aguas para leer el primer libro de memorias propiamente dicho escrito por Patti Smith, Éramos unos niños, publicado originalmente en 2010 con edición en España a cargo de Lumen, aunque la edición que he leído es la de Debolsillo, con traducción de Rosa Pérez Pérez, en el que narra un aspecto concreto de su vida, en concreto su relación con Robert Mapplethorpe, el reconocido artista que no solo fue el fotógrafo de algunas de sus más icónicas portadas, sino que le influyó de manera constante a lo largo de toda su vida, una influencia que puede decirse recíproca.
De este modo, y pese a que cronológicamente mi orden de lectura no haya sido el correcto, lo cierto es que lo veo como una importante ventaja. De la visión general y panorámica de Pan de ángeles es como si pasara a hacer un zoom y ampliación de un aspecto concreto de la vida de Patti Smith que, de otro modo, no me habría resultado comprensible totalmente.
Robert y Patti se conocieron en 1967 y su relación comenzó de manera extraña. Ella era dependienta en una tienda y el muchacho acudió a comprar un objeto que era el preferido de la vendedora. Por un lado, a ella le dolió alejarse de aquella pieza hermosa, pero de otro le consoló que fuera a manos de aquel joven. Días después, cuando creía estar a punto de ser seducida por parte de un escritor menor en un parque de Nueva York, vio acercarse al muchacho y se lanzó a sus brazos simulando que eran novios. Así, de este modo tan literario y original, comenzó una relación que pronto pasó a ser un idilio amoroso que duró un tiempo, si bien no necesariamente como pareja, ya que, con los años, trascendió a un amor más bien del tipo universal, en especial cuando Robert fue decantándose por su lado homosexual.
El libro va narrando el modo de vida caótico de la pareja, en apartamentos prestados, lofts semiabandonados o el famoso hotel Chelsea, que permitió a ambos comenzar a codearse con personajes tan singulares como Jim Morrison, Janis Joplin, miembros del entorno de la Factory de Andy Warhol, Sam Shepard, que tendría un importante futuro papel en la carrera de Smith, o Jimi Hendrix y Johnny Winter, entre otros muchísimos.
Así, al menos desde mi punto de vista, lo más relevante del libro no es tanto el devenir de los encuentros y desencuentros amorosos o artísticos entre la pareja, pese a su inquebrantable amor y respeto, sino el modo en que se construía el movimiento cultural de los setenta en un entorno depauperado como era el Nueva York de la época y en el que, según se avanzaba en la década, se iban creando las condiciones y el caldo de cultivo para el consumo desmesurado de drogas, mientras la epidemia de sida tendría después consecuencias terribles para toda una generación y, especialmente, para el entorno artístico en el que se movían Patti y Robert. De hecho, este falleció como consecuencia de complicaciones derivadas de la enfermedad.
La música no ocupa un importante papel en la obra, apenas hay referencias al notable éxito que tuvo Patti Smith en este campo, casi como quien llega por casualidades de la vida a ese mundo, sin proponérselo realmente. Antes bien, la artista sí se presenta en todo momento como poeta, alimentada por su pasión por la bohemia, por Whitman y, fundamentalmente, por los poetas franceses como Verlaine, Baudelaire y, por encima de todos, Rimbaud.
Este libro ha recibido numerosos elogios críticos, si bien me parece inferior en este sentido a Pan de ángeles. Sin duda, el tiempo transcurrido desde uno y otro libro ha permitido desarrollar más y mejor las habilidades literarias de Smith y, también seguramente, decantar más y mejor lo vivido.
Hay además un elemento que convierte el libro en algo más que una simple memoria de aquellos años. Antes de morir, Robert y Patti hicieron una promesa, que algún día ella escribiría su historia. Éramos unos niños es, por tanto, también la forma en que Patti Smith cumple aquella promesa, rindiendo homenaje a su amigo y a la relación que mantuvieron durante toda su vida. No es solo el relato de unos años compartidos, sino la respuesta a un compromiso adquirido con Robert cuando todavía estaba vivo.

 

Sea como fuere, por la fuerza de las historias aquí contadas, por conocer el ambiente artístico neoyorquino o por entender cómo funcionan mentes creativas tan relevantes como las de estos dos jóvenes, Éramos unos niños se convierte en una buena lectura, elegante, plagada de amor y lirismo, sin esconder los aspectos más sórdidos pero haciéndolos encajar con plena naturalidad en el curso de la narración.
Quizá por eso Éramos unos niños termine siendo mucho más que el relato de una amistad excepcional. Patti Smith no solo reconstruye aquí los años compartidos con Robert Mapplethorpe, sino que intenta devolver a aquel muchacho y a aquella muchacha que fueron el lugar desde el que ambos comenzaron a construir sus respectivas obras, en un Nueva York en el que la precariedad, la bohemia, la amistad y la creación parecían formar parte de una misma experiencia. El resultado es un libro hermoso y sincero, quizá menos complejo literariamente que Pan de ángeles, pero dotado de una fuerza emocional que procede precisamente de esa voluntad de preservar la memoria de una persona y de un tiempo que, de otro modo, habrían quedado reducidos a sus obras.
 
 
Otras reseñas     

 

 

27 de septiembre de 2026

Pan de ángeles / Tejiendo sueños (Patti Smith)


Con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias de las Artes a Patti Smith casi vengo a descubrir que, además de grabar discos y recoger premios Nobel de Literatura en nombre de terceros, la ya anciana artista tiene una muy extensa obra literaria.

Y tal vez acicateado por mi repentinamente descubierta ignorancia, me lanzo a leer Pan de ángeles, publicado en España por Lumen, su último libro y que viene a ser una estupenda puerta de entrada a su obra, ya que estamos ante un libro de memorias que recorre su vida haciendo especial hincapié en sus aspectos creativos y en la importancia de la imaginación como asidero para los golpes de la vida, como forma de esperanza, de creación y de crecimiento. El título remite al antiguo motivo cristiano del pan de los ángeles, el alimento celestial del que habla el salmo 78 y que la tradición identificó con el maná y, posteriormente, con la Eucaristía. La pintura religiosa representó con frecuencia esa idea mediante ángeles que alimentan milagrosamente a santos o eremitas.

Este recorrido biográfico, que casi suena a despedida, ya que Patti Smith tiene 79 años, recorre los primeros años de la niña Patti, su vida nómada, con una precariedad que llevaba a su familia de una casa a otra, casi con un niño más en cada mudanza, con un padre que regresó de la guerra del Pacífico con secuelas por la malaria y una tendencia melancólica, y una madre que había sido camarera y cantante de night club y que debía trabajar para poder afrontar las deudas que les acosaban mientras la familia, como los problemas, crecía.

Sin embargo, como suele ocurrir, las dificultades vitales tan solo se aprecian de manera retrospectiva, puesto que la Patti niña vivía feliz sin sentir gran parte de las carencias, y aún añora el sofá verde desvencijado o los juguetes que ella misma construía, pero, por encima de todo, el libro que su madre le regaló, un ejemplar de Pennies from Fairyland, una colección de cuentos de hadas, cada uno un penique de sabiduría, que antes había pertenecido a su madre y que la introdujo en un mundo de sueños y fantasía del que no quiso volver a salir en toda su vida.

Porque la lectura se convirtió pronto en un anclaje al que poder volver a refugiarse cada vez que la vida golpeaba fuerte, y lo haría a menudo, una forma de poder conocerse mejor a sí misma y a cuantos la rodeaban, porque ese es el don de la lectura, que nos acerca más a cómo son y sienten los demás al tiempo que marca una distancia, levanta un muro que nos distingue y separa inevitablemente. Y así fue creciendo la joven Patti, avanzando en el colegio, escribiendo sus pequeñas historias, queriendo parecerse a Wendy o a Peter Pan, pero cayendo finalmente en las venenosas palabras de Rimbaud y del resto de poetas que marcarían su futuro literario.

La joven va creciendo y la poesía no la alejaba de los círculos rockeros en los que poco a poco se fue desenvolviendo, una combinación que muy pocos lograron sostener. Ejemplos como los de Dylan o Cohen, en menor medida, le dieron fuerza para poder subirse a un escenario y hacer sus jams de poesía, principalmente improvisadas, que terminarían por germinar en sus trabajos musicales, partiendo por el deslumbrante Horses de 1975, pero que, según voy avanzando en su discografía en paralelo a la lectura de este libro, dan sentido a una obra artística en la que música y poesía se combinan.

Pero la fama tiene un peso que a veces nos rompe y así Smith, a finales de los setenta, decidió tomarse un respiro y casarse con Fred Sonic Smith, uno de los miembros fundadores del grupo MC5, otro gran revolucionario que decidió bajarse del tiovivo y formar una familia en una pequeña casita junto a un canal en el que plantaron un barco en el jardín, en cuya pequeña cabina se refugiaban para escribir o escuchar música. Y los hijos llegaron, absorbiendo parte de la vida del matrimonio, tal vez alejándolos temporalmente de esa creatividad que, no obstante, afloraba de vez en cuando en algún que otro disco o en pequeños textos.

Pero la vida devuelve los golpes y tres muertes sacuden a Patti durante los años ochenta. Las tres tal vez igual de duras. Su hermano Todd Smith, por un ictus tras una dura existencia en la que tuvo que luchar y lidiar con sus problemas de identidad de género, pero que siempre acompañó y apoyó a Patti en su carrera. La de Robert Mapplethorpe, protagonista de lo que se considera la obra maestra de Patti Smith, Éramos unos niños, el fotógrafo responsable no solo de gran parte de las portadas de los discos de Smith, sino también de muchas de las inspiraciones artísticas de su vida. Pero, sin duda, la más grave de todas, la de su marido, por una enfermedad repentina.

Tres personas que desaparecen de su vida durante su cuarentena, en momentos que se suponen de plenitud, pero que la dejan varada en la orilla, forzándola de alguna forma a tener que volver a hacerse a la mar, a recuperar contactos y que finalmente la devuelven a la escritura como forma de sanación, de refugio y de amparo en un mundo paralelo que le da fuerzas y le sirve para su reconstrucción.

El libro es un canto a la poesía, a la creación como mecanismo de liberación y de unión entre las personas, y es una bellísima forma de recuerdo. No deja de sorprender cómo la voz de Patti Smith, lejos de resultar airada, de denunciar nuestro mundo actual, tal vez tan alejado de las premisas que pudieron mover a la generación contracultural de finales de los años sesenta o setenta, se muestra enormemente optimista, comprensiva con un mundo que sigue viviendo preso de injusticias terribles, que la autora no niega, pero en las que tampoco se recrea. Lejos de un cierto ansia de revancha que suele verse en personas ya mayores, lo que aquí predomina es esa capacidad de asombro de la que la autora hace gala, ese sorprenderse aún por cuanto hay en el mundo. A ello contribuye la excelente traducción de Ana Mata Buil, así como la cuidada edición de este libro.




En Tejiendo sueños nos encontramos a una Patti Smith más lírica que la de Pan de ángeles, en un libro publicado también por Lumen, con traducción de Aurora Echevarría Pérez, y que debe mucho al formato para el que fue concebido inicialmente. La editorial encargada del libro publicaba volúmenes de pequeño tamaño, como los libros de rezo hindúes, según señala la autora en la introducción. Y a ese formato mínimo responde este volumen de apenas poco más de cien páginas en el que volvemos a encontrarnos algunos recuerdos de infancia, como el de la muerte de Bambi, el perro de la familia, el nacimiento de su hermana Linda o el incendio del granero negro que se alzaba solitario en las tierras traseras de su primera vivienda estable, junto a un cementerio cuáquero.

Este libro combina algunos de esos recuerdos junto a breves ensoñaciones casi oníricas en las que Patti Smith da rienda suelta a su vena más surrealista y poética, en la que las palabras sobre una hoja se convierten en postes, las figuras que mueven la hierba sacudida por el viento son recolectores de lana, entre otras muchas imágenes.

En esta breve obra vemos otra faceta diferente de Patti Smith, quizá una que tiene más que ver con sus canciones en el sentido de un esfuerzo más centrado en la emoción que en la narración estructurada, en la que apenas unas ideas van tejiendo esos sueños o, reformulando el título de otro modo, en el que los sueños se van entrelazando para ofrecer una visión de conjunto de ese mundo creativo y lírico de la autora.

Con ambos libros podemos hacernos una idea de los méritos literarios de Patti Smith, que invitan a leer otras obras de su extenso catálogo, confiando en que conservarán la capacidad de seguir sorprendiéndonos con ese tono optimista y hermoso que derrocha por todas sus páginas.


 

Vidas Escritas (Javier Marías)


Todo buen lector y todo escritor (malo o bueno) suele mostrar predilección por las vidas y anécdotas de autores famosos. En el caso de los lectores el interés se debe a la necesidad de comunión con el genio que alienta su imaginación a través de sus obras. En el de los escritores, es más probable que exista una cierta mezcla de interés sincero, una rendida admiración, con una dosis de envidia o de un intento de hallar paralelismos o disparidades. No en vano, las trifulcas y disputas entre escritores a cuenta de sus rencillas son legendarias. 


Pero el interés de Javier Marías es más bien el de un sincero admirador. A lo largo de veinte números de la revista Claves de la Razón Práctica había ido publicando estos textos aquí compilados. Se acompaña un último capítulo con reflexiones al hilo de imágenes y retratos de artistas que también había visto la luz en otra revista, El paseante. Y en la edición actual y definitiva de Vidas escritas (Alfaguara) se añaden siete semblanzas bajo la rúbrica, Mujeres fugitivas, que siguen el mismo patrón estético y que vieron la luz en la revista Woman. 


Estamos, por tanto, ante una recopilación de semblanzas de autores seleccionados por Marías conforme un criterio totalmente subjetivo en el que la preferencia personal juega un importante papel pero que se atiene a unas pautas estrictas por las que excluyó a autores vivos y a cualquier conciudadano suyo, toda vez que reconoce cierta inhibición ante los mismos dado que tantas veces la crítica ha cuestionado su vinculación con nuestras letras viéndole como un extranjerizante injertado a la fuerza en nuestra tradición. 


A la hora de hablarnos de estas vidas, Marías opta por una mezcla de afecto y sorna como él mismo indica en el prólogo, puesto que no de otro modo se puede abordar la vida de estos próceres de las letras, tan notables en sus obras como ridículos resultan la mayor parte de las veces en sus pequeñas miserias cotidianas, sus fobias, sus erráticas conductas. 


Esta mezcla de ironía y cierto distanciamiento no carente de cariño en casi todos los casos, hace que estas vidas se lean casi como obras de ficción, otro efecto buscado intencionadamente por Marías quien cree que no de otro modo habrían querido ser recordados estos escritores que dedicaron a la ficción toda su vida. 


Este efecto semificcionado que aleja estas viñetas de la mera labor de un biógrafo al uso se ve acentuado por la técnica empleada por Javier Marías. No se trata de ofrecer un fiel relato cronológico, todo lo contrario. El autor selecciona determinados aspectos concretos de la biografía o del carácter del escritor en cuestión y, sobre esos leves elementos, narra anécdotas, insinúa relaciones con otros escritores, sugiere rasgos de personalidad, en suma, construye una biografía coherente pero no enciclopédica, desnuda de fechas y hechos con la única excepción del fallecimiento, elemento capital que se data y describe en todas y cada una de las vidas aquí escritas. 


Marías trata por tanto a estos famosos escritores como lo haría con los personajes de una novela, y como a estos, no los describe sino con los rasgos imprescindibles para que la acción pueda resultar comprensible. Así, actúa con un minimalismo que no desmerece del conjunto que ofrece y muestra su talento a la hora de construir personajes sobre unos pocos rasgos. 


En cuanto al estilo del autor, éste no se muestra tan alambicado como es habitual en su obra de ficción. Predomina la frase breve, la claridad, sin que ello excluya la precisión y las paradojas, las construcciones gramaticales ingeniosas y certeras. En suma, un Marías algo distinto al conocido, pero igual de magistral. 

Y así, por aquí desfilan un avaro Faulkner y un antipático Henry James, dispuesto a la bronca por nimiedades. Un Joyce pagado de sí mismo y ya confiando en el mérito de su propia obra aún antes de escribirla. Vemos a Lampedusa hablando a cada uno de sus perros en una lengua distinta y dictando sus clases a Orlando, casi apenas la única de sus relaciones estables. 


Nos habla también del rigorismo de Conan Doyle que llegó a presentar y tratar como esposa (salvo en la cama) a su amante mientras su esposa agonizaba de una larga enfermedad terminal. Pero rigorista, al fin y al cabo, aceptó resucitar a su Holmes solo para volver a matarlo de manera definitiva, desdichado por el escaso eco del resto de su obra. Claro es que dilapidó todo su prestigio echándose en brazos del espiritismo. Pero si de espíritus hablamos, nadie mejor que Rimbaud, entregado a una orgía creativa que se consumió en un breve periodo para pasar el resto de la vida como si no hubiera escrito jamás un verso. Por el contrario, Lowry prefería el alcohol a cualquier otra cosa, incluso el sexo, y Mishima revoloteaba sin saber en qué pensaba cuando decidió aplicarse el bushido.


Y así, nos reímos y nos burlamos de estos histriónicos personajes capaces de causar admiración pero que en sus miserias se nos tornan casi amigables, como el vecino del quinto, al que poder criticar aunque le vaya mejor que a nosotros. 


R. L. Stevenson, Karen Blixen, Nabokov, Madame du Desfan, la corresponsal de Voltarire y Walpole, Thomas Mann, Rilke o Wilde desfilan con sus pesadumbres y sus manías, también con las señas de su genialidad. 


Y tras las veintisiete viñetas, llegamos al último capítulo, la reflexión del autor sobre las imágenes que atesora en su colección personal de todos estos escritores famosos. Aquí nos cuenta qué puede discernir en ellos, de sus miradas o su modo de sentarse, de sus ropas o del ceño que muestran, otro ejercicio de vivaz ingenio con el que despedirse del volumen. 


Tras el fallecimiento del autor, no sería descabellado desear que en futuras ediciones de estas vidas apareciese como colofón una semblanza del propio Marías, hecha al estilo de las restantes. Al fin, no se incumpliría su deseo de limitarse a autores muertos o españoles puesto que, ya está dicho, nunca ha sido considerado como representación de nuestras letras, vaya usted a saber si pocos hay que le superen.

 

 

21 de septiembre de 2026

La aguja hueca (Maurice Leblanc)

 


En 1908 Maurice Leblanc disfruta del éxito de su personaje, Arsenio Lupín, cuyas aventuras habían venido publicándose periódicamente en la revista Je sais tout, que dirigía el editor Pierre Lafitte, y que se habían recopilado en dos libros: Arsenio Lupín, caballero ladrón (1907) y Arsenio Lupín,contra Herlock Sholmes (1908).

En sus vacaciones disfrutaba de largos paseos por la costa normanda y se maravillaba con los acantilados de Étretat, con su escarpada geografía, su retiro y una soledad que invitaba a soñar con asaltos vikingos, tesoros escondidos y rutas secretas para huir de revueltas constantes.

En concreto, una especie de accidente geológico, las Aiguilles d’Étretat, formaciones naturales de roca caliza con forma de aguja creadas por la erosión marina, comenzaron a obsesionar la fértil imaginación de Leblanc, que pronto empezó a urdir una nueva trama para su personaje.

Conviene recordar que las aventuras de Arsenio Lupín, a diferencia de muchos libros de Sherlock Holmes, no son meras colecciones de historias. En el primero de ellos ya existe una cierta hilazón y una voluntad de construir la biografía del personaje poco a poco, sin necesidad de presentarlo ya como un héroe consolidado. También las historias pueden hacer mención a otras previas y hay personajes recurrentes. Esta tendencia es aún mayor en Lupín contra Herlock Sholmes, ya que en puridad estamos realmente ante dos tramas relacionadas.

Pero en el caso de La aguja hueca (publicada por entregas en 1909 y en libro en 1910) Leblanc se propone escribir propiamente una novela, un único episodio con continuidad y sentido, con toda la fuerza y coherencia que el género puede ofrecer.

Es, por tanto, un paso que diferencia al escritor francés de lo sucedido con la obra detectivesca de Conan Doyle, desgranada en gran medida en libros que recopilaban historias sueltas, mostrando una ambición literaria propia, no una mera copia o pastiche.

La historia se desarrolla de manera inteligente, comenzando por lo que parece una forma indirecta de llegar al centro principal de la trama. Lupín tarda varios capítulos en hacer presencia, y ni siquiera lo hace físicamente, sino en forma de sospechas por parte de los investigadores de un crimen en un remoto castillo próximo a Dieppe.

Pero esta historia va revelando poco a poco, de manera calculada y muy bien medida, muchos aspectos de Lupín que desconocíamos y que sirven para ir completando su biografía: explicar sus orígenes, su personalidad. Cuestiones como la riqueza que parece poseer y que le permite mantener un elevado tren de vida, gastos caros y selectos, una cohorte de ayudantes y colaboradores siempre dispuestos a asistirle, pero también su interés por los robos como una forma de arte, no tanto por la riqueza que le puedan proporcionar sino por el divertimento y el juego intelectual que cada plan despierta en él. También se revela el origen de su pasión por el objeto robado: nunca bancos ni joyas sin más, siempre obras de arte, objetos de anticuario, una mezcla de gusto por la belleza estética y por objetos con pasado. Es en La aguja hueca donde encontramos la razón de ser de esta obsesión.

 


La novela pasa por ser la más apreciada por público y crítica, aunque no responde a los patrones clásicos del género detectivesco. Es decir, Leblanc continúa avanzando por un camino propio y ya totalmente diferenciado de los estereotipos del género. Aquí se conjugan elementos que van más allá de la investigación lógica: desafío intelectual, elementos históricos e incluso una mínima trama amorosa.

También en esta obra tiene su lugar Sherlock Holmes, en su forma lupiniana, Herlock Sholmes, aunque de un modo accesorio, apenas en los últimos compases del libro, como un ser envenenado por las derrotas previas sufridas a manos del ladrón francés, como un ángel vengador incapaz de igualar al mago del disfraz y sometido, por tanto, a una venganza cruel y carente de elegancia.

Pero por encima de todo, en esta novela se presenta un rival inesperado: un joven estudiante que parece estar casi a la altura del talento de Lupín. Su nombre es Isidore Beautrelet, un brillante estudiante aficionado a la investigación racional. Él será quien vaya desentrañando el misterio, movido tanto por el deseo de acreditar sus talentos como por la fascinación y respeto que siente por Lupín. Una relación extraña que, espero no equivocarme, volverá a hacerse presente en las dos novelas restantes que aún me quedan por leer del personaje.

En La aguja hueca disminuyen los aspectos cómicos y los golpes de efecto que abundaban en historias previas. Por contra, las cuestiones más sombrías e incluso la amargura y el amor pasan a ocupar un papel preeminente y tal vez por ello podamos considerar que el personaje comenzaba a dejar de ser un divertimento para su autor. Nuevamente podemos trazar un paralelismo divergente con Conan Doyle, a quien el éxito de su detective terminó por desagradarle profundamente. Por contra, es evidente que Leblanc pretende crear un personaje cada vez más complejo y con más aristas, del que desconocemos plenamente si tiene inclinaciones morales que nos hagan simpatizar con él, o si éstas conviven con aspectos más siniestros. 

No sé si, siendo como parece, la más redonda de las novelas de Lupín, es el mejor camino para introducirse en su obra. Por el momento, mi recomendación es seguir el hilo cronológico de los libros publicados por Leblanc. De este modo, el lector puede ir perfilando con calma y claridad los rasgos de este peculiar personaje literario. Un personaje que, pese a su posicionamiento en el lado del crimen, suscita la admiración y aprecio de quienes leen sus historias: ese perverso sentimiento de desafío a lo establecido, desde una perspectiva impoluta, educada, racional y elegante, pero no por ello menos criminal. Un placer culpable con el que Leblanc supo envenenarnos.

 

  • Comprar este libro 
  • Arsenio Lupín, caballero ladrón (Maurice Lebanc) 
  • Arsenio Luipin contra Herlock Sholmes (Maurice Leblanc) 
  • Cuentos completos del Padre Brown (G. K. Chesterton)  
  • Otras reseñas