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13 de agosto de 2026

Duelo de alfiles (Vicente Valero)

 


Vicente Valero tiene prosa limpia y recta, en pocas líneas define el estilo de todo un libro y logra arrastrar al lector en un viaje que da saltos en el espacio y el tiempo, jugando con él, como los ajedrecistas lo hacen con sus piezas. Porque de esto va Duelo de alfiles (Periférica), de una partida de ajedrez jugada por el autor con personajes que forman parte de su particular panteón.



Y el hilo conductor es el viaje, pero en especial el viaje dentro del viaje, la escapada imprevista, la unión de casualidad y accidente con un infinito conocimiento sobre la cultura de la Europa Central de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX. 



Comenzamos en Suecia, a donde Valero ha acudido para escribir sobre el proceso de creación del pintor Jorge Castillo. Pero una gran tormenta les mantiene encerrados en la casa, no se pueden pintar los paisajes nevados y gélidos ansiados. Así que el tiempo pasa con largas partidas de ajedrez escuchando música y hablando de libros. Valero viene de una tradición de ajedrecistas que se remonta a su abuelo y a su padre. De niño formó parte del Club de los Alfiles, llegando a obsesionarse por este juego hasta el punto de que su padre terminó por sacarle para evitar esa monomanía tan propia de los niños que se obcecan por una película, un cuento que repita palabra por palabra cada línea sin que quepa desvío. Una personalidad mono obsesiva que heredan los ajedrecistas, los matemáticos y los poetas según Valero


Y es a través de estas partidas cuando recuerda otras celebradas no muy lejos de donde se encuentran ahora, entre Walter Benjamin y Bertolt Brecht, en la casa de éste en la isla de Fionia. Y cuando el temporal remite, abandonando su misión junto a Castillo, alquila un coche y visita la isla, la casa de Brecht, el entorno en el que convivieron durante unas pocas semanas ambos hombres. 


Benjamin, proveniente de una tradición humanista inmemorial, Brecht ansiando la revolución comunista que trajera un nuevo mundo, no una evolución, una ruptura absoluta con el pasado. Y allí oyen el discurso de Hitler justificando los crímenes de la noche de los cuchillos largos. Y allí también discutieron sobre el manuscrito del ensayo de Benjamin sobre Kafka, ensayo que Brecht no valoraba en demasía por considerar al autor checo como un burgués acomodaticio, una expresión de una sociedad decadente. 


Los árboles es el relato de Kafka favorito de Castillo. Pero Valero prefiere La partida, la expresión de que la meta es salir del lugar. Cómo Valero ha huido de la casa del pintor y como huye de tanto en tanto de su Ibiza, de esa isla que se convierte en presidio puntualmente y de la que trata de evadirse repentinamente con un impulso como el del protagonista del relato de Kafka, y así una mañana se levanta con esa ansia invencible y pocas horas después se encuentra paseando por las calles de Turín, una ciudad que en agosto queda abandonada por sus habitantes, anhelantes de un mar que suavice la dureza de sus inviernos. 


Y es en Turín donde descubre la casa que habitó Nietzsche y donde escribió su último gran texto, Ecce Homo, una gran traca final sobre el advenimiento de un hombre que supera las restricciones del pasado. Nietzsche no pudo anticipar que su obra llegaría a convertirse en el símbolo para muchos que querían un hombre nuevo, pero no en el sentido puro y superior que él había soñado, sino en uno cruel y depravado, inventor de Dachau y Auschwitz.


Y paseando por estas calles también encuentra a una pareja de profesores que se sienta a jugar al ajedrez en las terrazas del centro de Turín y con ellos intima. Ese matrimonio le lleva de excursión a Génova, una ciudad contrapuesta en su ductilidad mediterránea a la más austríaca y cuadriculada Turín, y en ella le muestran un Ecce Homo de Caravaggio, porque creen que el filósofo pudo inspirarse de algún modo en esa obra. 

 


 Pero hay veces en que los viajes son más previsibles, como cuando viaja a la Universidad de Augsburgo para dar una pequeña charla sobre su poesía. La organización le facilita una guía que le acompaña por la ciudad para mostrarle la casa en la que vivió Bretch, otro reencuentro con la historia ya contada. Y durante la charla un asistente le interpela sobre el motivo ppr el que no haya escrito ningún poema sobre el Holocausto. Valero recurre al tópico de Adorno según el cual tras el horrendo crimen ya no podría volver a escribir poesía, pero el inquisidor le espeta que, precisamente tras el Holocausto, cada poeta debería escribir algo sobre aquellos hechos. Algo confuso y violento, nuestro autor se retira. Pero poco después, paseando por las calles de Augsburgo encuentra un pequeño café con un tablero de ajedrez dibujado en su cartel como reclamo y entra con curiosidad. 


Y allí está sentado su discutidor oyente jugando unas partidas con un grupo de amigos. Esta vez se muestra cordial y le invita a unirse a su grupo de amigos. Le cuenta que su afición al ajedrez la heredó de su padre, un médico de las SS que trabajó en la cercana Dachau y que terminó condenado a muerte tras la guerra. Sorprendentemente, a su padre quien le dio las primeras clases de ajedrez fue Brecht…

 


Al día siguiente la guía le lleva al aeropuerto más cercano, el de Múnich. Y mientras espera pacientemente la llamada de su vuelo, recuerda que precisamente en esa ciudad Kafka hizo su única lectura pública en 1917. Y, nuevamente, poseído por el espíritu de La partida, sale corriendo del aeropuerto y toma un taxi para visitar la ciudad bávara. La lectura de Kafka fue un desastre. El título era Fantasía en los trópicos y nada hacía presagiar el horror de lo que el escritor leería. La crónica periodística de la época habla de desmayos y personas perdiendo la compostura, sin duda, todo ello exagerado, sin embargo el impacto no debió ser muy positivo. El público refinado de Múnich no estaba preparado para un horror sádico como el desplegado por Kafka. Y allí, en la sala se encontraba Rilke, que residía en la ciudad a la espera de lograr algún tipo de salvoconducto para poder salir del país. Y, al término del evento, Kafka acudió a una cafetería con su editor y Felice, la misma a la que solía acudir Benjamin con el que, sin embargo, no llegó a coincidir, tan ocupado debía estar buscando el medio de librarse de una llamada al frente. 


Kafka tal vez  pudo visitar las obras que se exhibían en la ciudad, tal vez las del gran pintor Marc, con sus óleos sobre caballos. Un pintor obsesionado por esos animales, libres e indomables, con sus cuadros hermosos. Aunque el autor tenía su vena antisemita, pronto formaría parte de la exposición del 37 con la que el régimen nazi tildó a este pintor y otros tantos como un colectivo degenerado, una burla manejada por Goebbels al servicio de su jefe, un pintor mediocre. Precisamente tres semanas después de la lectura de Kafka, Hitler llegaría a Múnich para recuperarse del frente y Kafka, ya en Praga, escribiría su breve relato sobre Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno.


Pero volvamos a Rilke, el autor de las Elegías de Duino, a través de otro viaje en el que Valero logra una acreditación para asistir como periodista especialista en ajedrez a un campeonato que tiene lugar en Zúrich. En el hotel encuentra de pasada un documental sobre Rilke y el retiro que halló en Berg am Irchel, una ciudad próxima a Zúrich donde se acogió para tratar de concluir sus elegías, un empeño que resultó totalmente fracasado. Agobiado por problemas intestinales, por un amor del que se quería separar, por la incapacidad para alcanzar la inspiración. Cuando, ya en 1921, cree poder llegar a lograrlo, pierde la concentración al instalarse una serrería cerca de su casa acabando la posible escritura de su ciclo elegíaco. A cambio escribe El testamento, un libro sobre la imposibilidad de alcanzar la cumbre artística, cubierto de ambigüedades, retazos, ficción, no exento de ironía y auto parodia. Un libro extraño.


Pero es que la Gran Guerra lo había cambiado todo. Cuando Kafka muere en 1924, Hitler escribe el comienzo del Mein Kampf, Benjamin traduce a Baudelaire y Thomas Mann publica La montaña mágica, en la que un personaje, un doctor tenebroso toma coincidentemente el nombre de Dr. Kafka. También en esa fecha nace el padre de Valero.


Y el libro va así dando saltos, no tanto como un alfil, más bien como un caballo, de ciudad en ciudad, pero con un claro nexo de unión entre las historias que va desgranando. Porque, como en el ajedrez, este libro va empalmando escenas, situaciones que tal vez estén armadas de manera precisa en un primer momento, como la apertura siciliana, o la no tan conocida apertura catalana, cuyo origen relata Valero, pero en el desarrollo el autor abandona los manuales teóricos y la partida se abre por veredas insinuadas unas veces, desarrolladas en otras, dejando un amplio espacio para que el lector pueda soñar las suyas propias.


Pero el libro no es solo un esfuerzo ingenioso por amalgamar historias desconexas o por mostrar el gran conocimiento de su autor, experto por otro lado en Walter Benjamín, sino que resulta totalmente natural y hermoso, lleno de reflexiones sobre el arte y la vida.


Al igual que en la Ciencia, donde cada científico se alza a hombros de gigantes al decir de Newton, en el Arte no hay avance, solo insistencias. Duelo de alfiles pone de manifiesto estas conexiones temporales y geográficas. Un tiempo en el que las turbulencias sociales y políticas se trasladaban a la cultura y la filosofía. Un tiempo en el que se aspiraba a un nuevo modelo, que unos veían a través del nuevo hombre soviético, otros a través de la consagración de un ideal patriótico nacionalista excluyente, otros simplemente como continuación de una tradición finisecular.


Cada uno a su modo trazó referencias para los que vendrían después, pero se dejaron influir recíprocamente, tejieron complicidades y desacuerdos y, al menos, en el mundo del arte, fue una partida que quedó en tablas, como siempre ocurre en esta disciplina.



 




24 de diciembre de 2025

El tranvía de Navidad (Giosuè Calaciura)


 

 

La enfermera lo descubrió levantando la toquilla. Todos contemplaron la plenitud de su cuerpecito y empezaron a fantasear pensando cómo sería de chaval y luego de adulto, qué milagros llevaría a cabo en los barrios olvidados de la periferia, cuántos serían redimidos y salvados, cuántos cazados y castigados, y pensaron también cómo podrían librarlo del martirio al que seguramente ya estaba abocado.


Se sentían partícipes de la evidente santidad de aquel niño abandonado en un tranvía parecido a una cueva, testimonios improvisados y casuales de aquel nuevo Nacimiento que una vez más anunciaba bendiciones para los últimos y los más pobres, pues de ellos sería el reino de los cielos.



Giosuè Calaciura ha escrito en El tranvía de Navidad (editorial Periférica) no una versión actualizada de Canción de Navidad, de Charles Dickens, pese a las varias referencias que a esta obra se deslizan por sus páginas. Más bien ha querido trascender el mensaje de optimismo navideño para regalarnos los primeros capítulos de un nuevo evangelio apócrifo, una versión acorde a unos tiempos en los que la trata de personas, la migración, el racismo, la persecución del diferente o la desolación de los que quedan orillados a un lado del refulgente mundo de las redes sociales y el mainstream insultante se convierten en una realidad que, sin duda, puede no resultar muy diferente de los tiempos de la Judea ocupada por los romanos, ansiosa por encontrar un Mesías que reestableciera un orden, más imaginario que real, construido sobre una esperanza ciega, la que nace de la desesperación.


Precisamente para esta labor Calaciura está extraordinariamente dotado. No solo combina una habilidad para desarrollar una historia emotiva que no eluda la crudeza, sino que muestra un talento desbordante en el dominio de la lengua, de las alusiones simbólicas, de la capacidad para evocar en el lector impresiones duraderas o para combinar una imaginación desbordante que no contradice el realismo riguroso. No se puede obviar el mérito de la traducción de Natalia Zarco que dota de una belleza especial al texto.   


En este tranvía aparece un recién nacido, envuelto en harapos, sin un llanto perceptible. En las últimas filas, colocado de manera que ni un frenazo ni una curva tomada de manera brusca puedan arrastrarle, golpear contra el respaldo del asiento delantero o arrojarle al suelo. Y esas precauciones no son vanas puesto que el vehículo tiene una larga ruta que va del centro de la ciudad, del centro de todas las cosas, del calor de lo vivido, de la familiaridad y el cuidado, al extrarradio, la periferia de todo, de la Vida, del amor y el cariño, lo más lejano del centro, allá donde apenas nadie se atreve a adentrarse sabiendo que es un espacio vacío de Dios.



De día reflexionaba sobre la injusticia de la vida y de la muerte, sobre la indiferencia de Dios y sobre la incapacidad de los hombres para gobernar su soledad.


No, aquel recién nacido no era fruto de un milagro de Navidad, dijo a los demás. También ellos tenían que estar seguros para no confundir su deseo de Dios con la injusticia de los hombres.



Una historia sin milagros y con la sola santidad del niño abandonado que, según la enfermera, debería haber arrancado a todos del éxtasis del falso pesebre tranviario, convenciéndolos de una vez por todas de la eterna ausencia de Dios, sin más promesas de salvación que las pequeñas ilusiones que nos ayudan a salir adelante, la mentira que nos distrae y nos condena a aceptar nuestra condición.




Ni siquiera el conductor, el uniformado representante del orden en su pequeño reino eléctrico es capaz de soportar la triste carga que porta. Y, por ello, se encierra con cerrojo en su cabina protectora, tapando los cristales con papel de periódico, para no ser visto, para no ver, como un Dios egoísta, que dirige los destinos de quienes se sientan a sus espaldas pero que nada le importan, que no quiere ser importunado por esos seres inferiores, esos malditos objetos de su trabajo consistente en transportarlos al fin del mundo.


Y a ese tranvía, el 14, número que coincide con la ruta de autobús que tantas veces yo he tomado en otra ciudad, no Palermo, más grande, más salvaje tal vez, van subiendo diversos personajes, lo más granado de la sociedad humana, arrojados a su interior por la necesidad o el agotamiento, camino de vuelta a sus lejanos y vacíos hogares, si es que tal nombre se puede aplicar a lo que está vacío, hueco. Lo más granado de la sociedad humana va subiendo en las diversas paradas de este viaje.


Una chica de color, enferma, agotada, que busca en su cuerpo, en su venta, el sustento que no puede lograr de otro modo. Y apenas le sirve para un intercambio de cuerpo por comida, su cliente, un local que se precia de no pagar por los servicios, por solo invitar a comer, creyendo que esto le redime de alguna manera, que no le rebaja a mero comprador de carne, pero que en su miseria tampoco tendría opción de buscar mejor oferente de lacer que la pobre muchacha con toda su belleza marchita y postulante. Unas vidas unidas por el pegamento de la desesperación, la necesidad mutua de quien se sabe ante la última oportunidad en una noche, la previa a la Navidad, en la que todo debería de ser diferente, pero que a todas luces no lo es.



De hecho, a ellos aquel niño les parecía de verdad el Redentor, con los adornos y los signos del mandato trascendente en clara evidencia. Incluso más que el Niño Jesús, porque este recién nacido no tenía ni siquiera la protección de la Sagrada Fami­lia. Viajaba sin compañía, en la miseria de un tranvía más oscuro, frío e incluso peligroso que una cueva en Palestina.


Lo veían auténtico por su estado de abandono y soledad. Compartían el mismo destino de viaje, idéntico el viacrucis asfixiante del transporte público: no podía ser sólo una casualidad que a aquel niño tan perfecto y perfumado de naranja lo hubieran abandonado en aquel vagón en Nochebuena.


A menudo, también ellos habían sentido en su propia carne los síntomas de la santidad, el culmen del sufrimiento cotidiano, del agotamiento, de la intimidación, de la condena de ser pobre cuando los echaban como a unos mendigos de las terrazas de los restaurantes para librarse de la molestia de sus miserables comercios; en el momento en que les negaban el alquiler de una chabola por ser negros o extranjeros; cuando les recortaban el jornal porque habían dispuesto también de comida y alojamiento; cada vez que oían susurros con intolerables ofensas racistas que eran como puntas de lanza en el costado; cuando se vendían al mejor postor en los mercados de la prostitución o en los caminos de los sembrados en tiempo de cosecha; cuando por la noche, exhaustos, volvían a casa y miraban a sus hijos con tristeza y sin esperanza. En aquellos momentos, también ellos habían advertido en la palma de las manos la quemazón de los estigmas, el peso de la aureola en la cabeza, el destino de mártir de sus vidas.




Y también se sube al tranvía un mago perdido en las nieblas del Alzheimer, perdido en la vida, perdido en sus recuerdos, creyendo que todo cuanto ocurre a su alrededor es el fruto de sus actos mágicos, de su voluntad hoy ya perdida. Como perdida está también la voluntad del criado oriental de una mansión, que solo se siente mejor que el resto por su uniforme de gala, que en esta noche podrá llevar a su casa para que sus hijos le vean luciendo con orgullo la botonadura dorada. Pero solo él guarda el recuerdo de la terrible mancha de café que emborrona su blanca camisa, el símbolo de dónde viene, de su origen sucio, bajo, de que no hay forma de redención válida para su condición.

 

 



Tampoco parece haberla para el joven muchacho que ha pasado por el infierno de los desiertos africanos, del paso por el Mediterráneo, solo para llegar a otro desierto, una ciudad en la que la compañía de quienes le rodean solo sirve para inspirarle miedo, buscando siempre la soledad puesto que ni de los blancos ni de los compatriotas de dolor puede esperar algo que no sea violencia y desprecio. Y no es otra cosa lo que le ocurre al vendedor ambulante de paraguas, un anciano que aún ha de hacerse la vida por las calles del centro con su exigua mercancía, que siente un tremendo dolor por los zapatos nuevos que su hijo le ha regalado, sin tener el valor para mentirle y decirle que para su vida de caballero andante son mejores los zapatos bando y ya hechos a su pie, que los lustrosos y pequeños que le ha entregado.



La vieja, por caridad, por improvisación, por locura, decidió confiar al niño a los brazos del mundo.



Y cada uno que sube es llamado al fondo del tranvía, y la muchacha negra avisa con un susurro que hay un niño y todos se arremolinan a su lado, como para protegerlo, apenas se atreven a mirarlo pero se conciertan en su defensa cuando unos jóvenes fascistas suben en una parada y pretenden amedrentarles con sus insultos. Y el niño, o tal vez su propia dignidad repentinamente recobrada, les infunde fuerzas para hacerles huir en la siguiente parada, una victoria de la determinación, de la unión de los pobres y desunidos, de quienes no sabían que tenían a su alcance un arma tan poderosa.


El lector se sentirá invitado a subir a este tranvía, personificándose en cualquiera de estos personajes y otros tantos que irán subiendo, contando su historia, viviéndola con sus esperanzas puestas en el niño que ha aparecido como una epifanía en sus vidas, en esa noche mágica, en el momento más bajo de sus vidas abisales. Una lectura que no por breve resulta menos intensa, que arrastra con su inusitada belleza a un terreno en el que las letras actuales no acostumbran a moverse, no con tanta libertad al menos. Pero que nadie espere un final redentor, un Scrooge ganado por el espíritu de la Navidad, un triunfo de los fantasmas de las navidades pasadas, Giosuè Calaciura tiene un talento acorde a estos días  que ya no son los del folletín del siglo XIX, y, desde luego, sabe estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.



Lo buscaron también mirando por las ventanillas, en los balcones decorados de las fiestas, en las porterías vacías y oscuras como los ojos de los muertos, a lo largo de las persianas de las tiendas cerradas, en la intermitencia de los semáforos nocturnos, aliviados ya del cansancio de indicar el paso, en el espejismo del reflejo de las venta­nillas de los coches aparcados. Lo buscaron en su propia desilusión cuando la estación final estaba próxima y se preguntaron qué harían a continuación, cómo afrontarían el resto de la noche, de la vida.

 

2 de diciembre de 2012

La librería ambulante (Christopher Morley)




En nuestras vidas digitales apenas podemos concebir un tiempo en el que vivir en una aldea remota significaba el alejamiento de cualquier oportunidad de ocio o cultura tal y como podían entenderla sus contemporáneos urbanitas. Un tiempo en el que el acceso a los libros resultaba harto difícil, no sólo por lo costoso, sino por las escasas oportunidades para su compra.

Así que, al igual que cualquier otro vendedor ambulante que decide acercar su producto a sus clientes potenciales, el mejor modo de llevar los libros a los rincones más recónditos del país, era trasladarlos físicamente, mostrarlos como una mercancía más y cantar sus bondades.

Roger Mifflin recorre los caminos rurales de los Estados Unidos a comienzos del siglo XX ejerciendo la venta de libros a domicilio a bordo del Parnaso Ambulante, un carromato acomodado a la doble función de tienda y vivienda itinerante, acompañado por una mula renqueante y un alegre perro.

Pero no viaja a solas con ellos, a sus espaldas, más de mil libros le sirven de consuelo y esperanza, de lección sobre el mundo y de criterio para conducirse en la vida. Porque Mifflin, que ha abandonado su ocupación de maestro, ha sido picado por el vicio del proselitismo, la predicación de una verdad que ha iluminado su vida: la religión de la buena literatura.

Mifflin encuentra una compañera de viaje con la que comparte protagonismo, Helen McGill. Institutriz en su juventud, abandonó la vida urbana para comprar, junto a su hermano Andrew, una granja en la que viviría los siguientes diez años dedicando su tiempo y esfuerzo a recoger los huevos de las gallinas, hornear el pan y preparar mermeladas. Diez años es demasiado tiempo y Andrew comienza a interesarse más por la escritura que por los cultivos y el ganado alcanzando cierto renombre que amenaza la estabilidad de la vida rutinaria de Helen.


Cuando ésta ve aparecer a las puertas de su granja el Parnaso Ambulante del señor Mifflin y conoce sus intenciones de venderlo a su hermano para retirarse a escribir un libro en el que volcar toda su experiencia de los años pasados en polvorientos caminos, cree llegado el fin de su tranquila vida rural. Ve a su hermano comprando el cachivache y lanzándose a la aventura dejando para ella el duro trabajo de la granja. Así que lanza su complicada apuesta para evitar que su vida cambie por la fuerza de otros y, para ello, golpea primero. Será ella y no Andrew quien compre el Parnaso y ella quien asuma la dirección del negocio dejando toda la responsabilidad de la granja a su hermano.

Helen es un ejemplo de estas tardías decisiones que se toman en la vida, muchas veces las más acertadas, las que rompen una dinámica y que son un salto al vacío que pocos son capaces de dar. Pero no es su caso, paga en el acto al mercachifle que le acompañará durante los siguientes días explicándole las normas básicas de su negocio y compartiendo con ella su credo literario.

Las conversaciones entre el extravagante Sr. Mifflin y la pacata McGill no tienen desperdicio y van jalonando las cunetas de divertidas anécdotas que conducen a un final algo previsible pero que no desentona con el tono placentero del relato ni con el pausado trote de la mula.


Y de esto habla La librería ambulante, de un estrafalario hombrecillo que se ha dedicado durante los últimos años a predicar su evangelio literario a lo largo y ancho de los polvorientos caminos. Ha discurseado sobre la buena literatura y cómo sacar partido de ella, pero también ha sabido vender los libros adecuados a las personas correctas. A un ama de casa le sugiere un buen libro de cocina y a un granjero un libro sobre horticultura. Propone libros diversos al predicador, a los hijos del alcalde o al funcionario local con una idea en la cabeza: cada libro es una semilla que germina en la necesidad de más libros.

Mifflin no se aferra a las listas de éxito sino que recurre sin vergüenza a los clásicos  cuando lo cree conveniente. Pero no está dispuesto a asfixiar una incipiente vocación lectora con obras que la agoten por siempre. Se niega a entregar a un granjero obras de Shakespeare pese a la insistencia de éste, creyendo aún no llegado el momento adecuado.

Mifflin nos habla de las bases de un buen negocio, honrado y de improbable rápida fortuna, pero un negocio seguro ya que cree en su mercancía. Cuánto deberían aprender libreros, editores y críticos de este personaje mientras se lamentan y lamen las heridas de la crisis lectora.

Vender a un buen precio con un margen razonable, no tratar de vender el libro equivocado a la persona equivocada (cuántas menciones en las contraportadas han llevado a comprar malos libros). Cuánto marketing y qué poco boca a boca. Qué rapidez para publicar libros que apenas duran unos escasos meses en el mercado y que, sólo si son rentables, pasan a ediciones de bolsillo igualmente parcas. Cuánta publicidad y cuántas listas de ventas, cuántos autores con un buen primer libro que estiran su fama con segundas obras que no debieron publicarse.

Pero no generalicemos, Editorial Periférica ha recuperado este texto publicado en 1917 por Christopher Morley, un autor de éxito en la primera mitad de siglo que supo escribir con un estilo cuidado pero popular. Tanto por la edición como por la traducción a cargo de Juan Sebastián Cárdenas, Periférica proporciona el sabor y el gusto de los buenos libros, amenos y centrados en una historia que narrar, artesanía de la palabra.

Christopher Morley
 Es cierto que en nuestros días la Literatura no parece necesitar de librerías ambulantes como antaño. Ya no hay caminos pedregosos, ni aldeas remotas; la globalización nos ha acercado a todos y cualquiera puede comprar lo que desee a través de Internet. Pero también en nuestros días sigue habiendo necesidad de Parnasos, de predicadores de la buena literatura. Y esos Parnasos llaman a tu puerta cada día y llevan nombres tan rutilantes como La hora azul, La antigua Biblos, Lector en los huesos, El blog del librero Humanoide, Solodelibros, Devolución y Préstamo, Libros y Literatura, O mejor... ¡Denme el librillo entero!, De libro en libro.. , Cargada de Libros, Golem - Memorias de lectura, Algún día en alguna parte, Hislibris, Opinión de Libros y tantos y tantos otros. 


Esta reseña participa en el concurso de la web Libros y Literatura