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7 de septiembre de 2026

Isabel la católica (Manuel Fernández Álvarez)

 


¿Acaso alguna figura histórica ha sido más controvertida que Isabel la Católica? Sobre ella se cuentan historias como que se negó a mudar de camisa en tanto no cayera el reino nazarí de Granada, lo que teniendo en cuenta la duración de esa guerra, supone todo un halago a los textiles de la época. Una camiseta de Primark no habría resistido esta prueba de fuerza. También se le acusa de ser la creadora de la Inquisición, la expulsión de los judíos y el intento de aplastar cualquier religión que no fuera la católica, como si esto no fuera la norma en la época o como si sus antecesores hubieran actuado de otro modo. También es la responsable de haber concluido lo que hoy se ha convertido en otro concepto histórico bastante controvertido como es el de la Reconquista. Por supuesto, también es culpable del exterminio indígena, si bien, murió cuando apenas había comenzado la exploración en tierra firme ya que, en vida, apenas se había descubierto poco más que islas y llevado a cabo alguna exploración en tierra firme.

Manuel Fernández Álvarez publicó en 2003 Isabel la Católica, un impresionante volumen de 552 páginas (editorial Espasa) que ha contado con diversas reediciones y versiones en varios formatos. Fernández fue un historiador especializado en el periodo comprendido entre finales del siglo XV y el siglo XVI, uno de los mayores expertos e investigadores en esta materia. Tras su jubilación inició una tarea divulgadora con títulos sobre Juana la Loca, Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II entre otras obras relevantes, incluyendo incluso un volumen sobre la historia de España para niños, de gran éxito de ventas.

Sin duda, la fecha de publicación de este estudio nos aleja de cualquier veleidad de estar ante un libro polémico, un intento de posicionarse a favor o en contra de esta figura, de tomar algunos hechos obviando otros en función de la posición adoptada de antemano por el escritor. Tanto ha cambiado en estos pocos años el papel de la Historia en nuestras guerras culturales. Por el mismo motivo nos ahorra caer en grandes conceptos que resuenen novedosos y rupturistas. Muy al contrario, estamos ante un estudio riguroso, una descripción demorada sobre las vicisitudes del reinado en su contexto histórico y social, sin olvidar la geopolítica de la época como hoy nos gusta decir.

El libro nos adentra de lleno en las complejidades del reinado de Juan II con sus dos matrimonios, el primero del que resultó el primogénito, futuro Enrique IV, y el segundo, con Isabel de Portugal, que le daría dos hijos más, Alfonso y la futura Isabel I. El blando carácter de Enrique, ya como monarca, y sus dificultades para engendrar descendencia, socavaron a la monarquía castellana, dividida entre los señores partidarios de un rey débil, incapaz de imponerse a sus demandas y desmanes, a los señoríos basados en la rapiña y a los conflictos de banderías, con quienes aspiraban a un trono recto que impusiera la ley y el orden. Estos últimos depositaban sus esperanzas en Alfonso.

Estas luchas se vieron reavivadas con el nacimiento de una heredera, Juana, la que llevaría el ultrajante apodo de la Beltraneja por suponerse que el verdadero padre biológico era Beltrán de la Cueva, el valido real. Este hecho fue, de alguna manera, implícitamente reconocido por el propio rey cuando alcanzó un acuerdo para que su sucesor fuera Alfonso. Éste fue proclamado rey por sus partidarios sin esperar a la muerte de Enrique, aunque la debilidad de éste y su pausado carácter impidieron un conflicto abierto entre ambos bandos. Pero la muerte de Alfonso por unas fiebres repentinas trajo al primer plano a Isabel quien, tal vez con sorpresa de todos, demostró una fortaleza de carácter y unas ideas propias que le llevaron a reclamar su derecho al trono frente a Juana y a tomar su propia decisión respecto a su casamiento con Fernando de Aragón desechando todas las alternativas que Enrique prefería, con monarcas de Portugal, Inglaterra o Francia, a fin de alejarla de Castilla y poder así garantizar la corona para su hija, legítima o no.

Pero Isabel tenía claro que su destino era Castilla y que de este reino no quería alejarse. Más aún, también le placía el enlace con Fernando por representar la unión de los dos principales reinos de la antigua Hispania o de la corona visigoda, los reinos de España o como lo queramos definir. Porque esta idea es clave y aquí Fernández no tiene dudas, la reina tenía una visión completa de la Península. Deseaba el enlace con Fernando para asegurar que su común descendencia pudiera aunar ambos reinos. Pero también deseaba, y esto desde muchos años antes de que estuviera en disposición de llevar a cabo la empresa, concluir el esfuerzo de conquista de los territorios bajo dominio de la fe islámica.

A la muerte de Enrique IV se inicia la guerra civil en la que el bando de la Beltraneja está apoyado por la corona de Portugal, pero los isabelinos terminan por imponerse, gracias en parte a la implicación del rey Fernando, quien demuestra su ardor guerrero, su parte del contrato matrimonial, esto es, que en ambos reinos él sería el portador de la guerra. Sin embargo, este pacto también contemplaba que la Justicia se impartiría por ambos monarcas de común acuerdo y, en ausencia de Fernando, por la propia Isabel sin más. Porque este matrimonio pasó por diversas tribulaciones, no las menores los celos que infundía en Isabel la vida extramatrimonial de su esposo, de la que resultaron diversos hijos naturales que ocuparían también un papel relevante en la historia. Pero es que, además, Fernando tuvo que asumir que el casamiento no le convirtiera en monarca pleno sobre Castilla sino que la responsabilidad sería compartida con la reina, quien no se limitaría a un papel ceremonial.

Así, Fernández nos da cuenta de los diversos conflictos y acuerdos y componendas alcanzados por ambos. Sin duda, en los primeros tiempos, el ardor amoroso del que sí parece que disfrutaron de manera sincera pudo tener un importante peso a la hora de orillar conflictos pero, sin duda, nos asegura el autor, el peso de la idea que ambos tenían del papel que debían desempeñar en la Historia también les forzaba a no romper la cuerda en ningún momento.

Papel importante en esta historia es el de la política matrimonial llevada a cabo a costa de los hijos de los reyes con el fin de aislar a Francia. Y de aquí llegaron gran parte de los pesares que apenaron a la reina en sus últimos años. En primer lugar Juan, el príncipe heredero que falleció por tuberculosis tras su boda con Margarita de Austria y al que la reina amaba llamándole cariñosamente "ángel". Juan dejó a Margarita embarazada pero la niña nació ya muerta. En todo caso, Margarita pasaría a ocupar un lugar relevante en la futura vida de su sobrino, Carlos I.


La sucesión dinástica pasó a Isabel, la primera hija de los reyes. Casó con el infante de Portugal y tras la muerte de éste casó con el tío de aquél, Manuel I, monarca portugués. De este modo, también parecía posible la reunión del tercer gran reino hispano bajo un descendiente de los católicos reyes. Sin embargo, Isabel murió en el parto de su hijo Miguel, que pasó a ser el legítimo heredero de las coronas de Castilla y Aragón así como de Portugal. Por desgracia, Miguel fallecería poco después con gran tristeza de la reina.

Así, nuevamente la legitimidad dinástica pasaba a Juana, la tercera hija de los reyes, que había casado con Felipe el Hermoso, heredero del reino de Borgoña. Juana causaba honda preocupación en la reina. De un lado, marchó muy joven a casar con su prometido, a un país lejano, de costumbres muy distintas a las castellanas. Por otro lado, los celos por la vida amorosa de Felipe eran continuos, llegando a descuidar la vida espiritual de la princesa. Los reyes enviaron diversos confesores y personas de confianza con el fin de tratar de averiguar el estado de Juana dado que dudaban de su estabilidad emocional. Los informes que recibían no parecían ser muy tranquilizadores y los reyes lo pudieron corroborar con la llegada del matrimonio por las prisas de Felipe por hacerse dueño de su futuro reino. Las diferentes costumbres entre los nobles flamencos y los recios castellanos o la francofilia de Felipe causaron grave preocupación en los reyes. Pero la muerte nuevamente jugó su turno y Felipe fallece dejando a Juana como única titular de la corona de Castilla y Aragón.

Isabel I morirá con el miedo de haberse esforzado por unir ambas coronas, concluir la conquista de Granada, haber dado a la Cristiandad nuevas tierras para la fe y, sin embargo, no estar segura de que todo pudiera quedar desbaratado por esa hija que, de alguna manera, tristemente podía recordarla a su madre, Isabel de Portugal, recluida de por vida en Arévalo, como lo estaría Juana en Tordesillas.

Pero Isabel no pudo ver cómo su marido, ya ausente ella, tramaba para alejar a Juana del gobierno mediante su regencia y la del cardenal Cisneros hasta asegurar la mayoría de edad del primogénito de Juana y Felipe, el infante Carlos. Tampoco vería cómo su marido incorporó Navarra a sus reinos, un paso más en la unión de las coronas de la península. Tampoco pudo ver cómo sus intenciones sobre la cristianización de los indígenas americanos pasarían por diversos altibajos, entre las intenciones de la escuela de Salamanca y la realidad de unos conquistadores que, lejos de la metrópoli podían dar rienda suelta a su crueldad y a su explotación. Tampoco pudo ver cómo su santa Inquisición era incapaz de garantizar la conversión de los moriscos con notables levantamientos que su marido luchó por aplacar y que culminarían con su expulsión muchos años después, igual medida que ella había adoptado con los judíos, sin tenerse clara idea del motivo concreto de la decisión, más allá de la vaga unión religiosa, en unos reinos tan acostumbrados a convivir mal que bien con diferentes credos.

El volumen concluye con un extenso estudio de la sociedad de la época, su organización, los medios de vida de cada sector, el peso del clero, de la industria, la organización de la Justicia, la economía de la época y los conflictos entre ganaderos e industriales, la importancia creciente del ejército en el que la tropa profesional pasó a tener un peso más relevante que el de las mesnadas de los nobles, tradicional columna de los ejércitos medievales. También nos habla del arte, ese breve periodo en el que el Renacimiento llegó a España, con retraso respecto de Italia pero con cierto florecimiento en las letras y la arquitectura.

Por otro lado, y pese a lo detallado del estudio y lo extenso del mismo, lo cierto es que Manuel Fernández logra que la lectura sea sencilla y accesible, que, como en las mejores novelas, pues ésta lo es, uno no pueda dejar de leer y desee continuar aunque ya conozca los hechos principales. A ello ayuda la abundante remisión a escritos de la época, bien de cronistas reales o de las propias cartas y documentos firmados por los reyes. Es de sorprender la cantidad de misivas reales que Isabel y Fernando remitían a ciudades de su reino para dar cuenta de nacimientos, casamientos, victorias o incluso para disfrazar derrotas; se ve que tenían un buen community manager y que la opinión pública siempre ha tenido un importante peso aunque creamos haberlo descubierto ayer.

El lenguaje empleado por el autor es rico y en ocasiones uno tiene dudas de cuándo cita literalmente textos de la época o cuándo es el historiador el que retoma el texto, lo que resulta de agradecer en un tiempo de escritura algo ramplona y simple. La claridad de la exposición es de agradecer y en todo momento se logra mantener una imagen correcta del conjunto de la labor de la reina pese a entrar en diversos detalles concretos.

Para concluir, la valoración que Fernández hace del reinado de Isabel es bastante positiva. Logró poner coto a los abusos y atropellos de la nobleza. Convirtió a la monarquía en un gobierno autoritario, lejos de la imagen de un primus inter pares que parecía el destino de la monarquía castellana. Su visión sobre la unidad de los reinos peninsulares o el deseo de concluir la tarea iniciada por sus antepasados acabando con el reino nazarí fue también determinante.

Dejó un grato recuerdo en el pueblo castellano que comentaba las osadías de la reina con orgullo, como cuando se enfrentó casi en solitario a un motín en Segovia o cuando reprendió duramente a Fernando por su primera derrota en la guerra civil a la muerte de Enrique IV. Supo adaptar la Administración para convertirla en un cuerpo más profesional en el que órganos como el Consejo Real fueron engrosados con jurisconsultos y expertos universitarios en detrimento de la nobleza. Dio nueva vida a la Santa Hermandad con el fin de garantizar la seguridad de los caminos con el consiguiente restablecimiento del comercio.

En suma, el libro nos acerca a una figura histórica de la que solemos tener más tópicos que información, un personaje que, como todos, tiene muchas luces y también sombras, no puede ser de otra manera. Pero de un modo u otro, conforme su ideología, trató siempre de comportarse de modo recto y justo para su reino, para sus leales. Mostró virtudes como el ahorro y la clemencia con quienes abandonaban a sus enemigos y se ponían a su disposición, y también la crueldad con quienes se le resistían. Tuvo, sin duda, una clarividente visión del mundo que se avecinaba en el que los despojos de la Edad Media caían a pedazos y en el que los estados nacionales desplegarían todo su poder.

La reina también creía que su derecho provenía de Dios y que, tan alta era la dignidad y poder que ello suponía, que también muy alta era la exigencia que le sería reclamada en el momento de su muerte. Y aunque desconocemos cuál será el juicio de Dios a estos efectos, es cierto que el de la Historia ha sido duro con ella, pero a decir de Fernández, puesto en su justo contexto, puede confiar allí donde esté en que supo estar a la altura del reto al menos con mejor nota que muchos de sus sucesores y antecesores. Y eso no es poco.

 

 

 

31 de agosto de 2026

La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia (John M. Barry)

 


La gran gripe o gripe española ha sido la pandemia más mortal que ha sufrido la Humanidad, al menos en términos relativos. La peste negra pudo ser más letal en cuanto al porcentaje de población fallecida, pero, en cifras absolutas, los cálculos llegan a cifrar las muertes de la pandemia de gripe en unos cien millones, muchos más que todos los fallecidos ocasionados por las dos guerras mundiales y también más que los causados por el reciente Covid-19, del que se estiman, aunque las variaciones en las cifras pueden resultar muy abultadas, unos quince millones de fallecimientos.

La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia, de John M. Barry, publicado por Nórdica Libros, es un intento por narrar los hechos de aquella primera gran pandemia, especialmente desde el punto de vista de las personas que lucharon contra ella, así como las posibles lecciones aprendidas. Y aquí debemos poner el primer matiz, porque el autor no pone el foco tanto en los hechos, la evolución de la gripe y sus terribles consecuencias, como en las historias humanas tras el contagio. Si bien aborda estos temas, sin renunciar a ejemplos tomados de periódicos, cartas y otras fuentes, lo cierto es que el principal interés se centra en el cuerpo médico americano.

Y, para ello, nada mejor que un amplio capítulo introductorio en el que se describe la evolución de la maltrecha ciencia médica en los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX. En resumen, los médicos obtenían una titulación tan básica y teórica que apenas estaban más capacitados que los mercachifles y charlatanes que se ven en las películas del Oeste, con escasas excepciones. Ni se exigía un nivel mínimo para acceder a las universidades en la materia, ni se llevaban a cabo prácticas, ni se examinaban pacientes hasta que uno se adentraba en la vida real. Antes bien, se entendía que la ciencia médica era más teórica que práctica, que operar era interferir en los procesos físicos, en una especie de equilibrio natural.

Lo mismo puede decirse del resto de profesiones sanitarias, por no hablar del lamentable estado de los laboratorios y del estudio científico de la medicina. Solo unos pocos pioneros comenzaron a tomarse en serio el asunto, viajando a Europa, donde, especialmente, los alemanes podían acreditar una gran experiencia, un verdadero saber científico, con métodos avanzados, microscopios, probetas y placas de Petri.

Instituciones como la Escuela de Medicina de la Universidad Hopkins o el Instituto Rockefeller fueron pioneras en esta puesta a punto, de manera que, a comienzos del siglo XX, la medicina americana estaba a la altura de la europea, al menos en su vertiente investigadora.

Seguidamente, Barry nos expone los mecanismos del contagio de un virus, el funcionamiento de las diversas cepas de la gripe, el modo en que se combina con otras afecciones, la simbiosis con la neumonía y las mecánicas de la transmisión.

Y, con esta base, ya podemos asistir a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, con unos Estados Unidos ya conocedores de que su intervención sería cuestión de tiempo y decididos a evitar lo que había sido la norma en conflictos previos, como la Guerra de Secesión o la guerra con España, en las que el número de bajas por enfermedades había superado ampliamente al de las producidas en combate. Para ello, se estipularon diversas normativas sobre la construcción de campamentos de entrenamiento, se reforzó el cuerpo de médicos militares y se consolidó la Cruz Roja como un organismo clave para reforzar cualquier fallo del sistema.

Sin embargo, en las fechas previas a la entrada en guerra, el sistema adolecía de diversos problemas que tendrían funestas consecuencias. En primer lugar, las necesidades de soldados eran tan enormes que las previsiones para los campamentos de entrenamiento quedaron claramente desbordadas. Muchos fueron llamados a filas sin que el Ejército tuviera construidos los barracones, sin que hubiera mantas para todos. Dormir en pleno invierno en una tienda de campaña junto a otros dieciocho hombres no figuraba en ningún manual de prevención de pandemias. Es decir, los oficiales médicos tenían voz, pero escaso voto a la hora de tomar decisiones que afectaban directamente al esfuerzo bélico.

Por otro lado, la dotación de enfermeras era totalmente insuficiente. Las peticiones para que se crease un cuerpo de auxiliares de enfermería, con menor formación, fueron totalmente rechazadas por las organizaciones de enfermería. La pérdida de privilegios actuó como un cortafuegos y ni tan siquiera el curso de la guerra y la evidencia de la necesidad de un refuerzo hicieron que las asociaciones de enfermeras apoyasen de manera sincera los esfuerzos de formación y capacitación del nuevo personal.

El resultado fue que, en muchas ocasiones, hubo personas que enfermaron por la gripe y murieron sin recibir la visita de un médico o una enfermera. Otros tantos morían porque, habiendo enfermado toda la familia, nadie les acercaba comida y acababan falleciendo por una mezcla de gripe, debilidad y hambre.

El origen concreto del paciente cero es dudoso. Desde quienes lo sitúan en China hasta otros que lo ubican más bien en Francia, pero el candidato más probable es Texas, alguna explotación de la que salieron unos enfermos que extendieron la epidemia al llegar a un centro de reclutamiento, y de allí pasó en pocas semanas a prácticamente todo el globo.


 

 

Las peticiones para que los traslados de tropas de un campamento a otro cayeron en el olvido y, en ocasiones, los transportes por ferrocarril llegaban a su destino para descargar a gran parte de los soldados muertos. Faltaban ataúdes y la mortalidad entre el personal sanitario era tremenda, pese a todas las precauciones. Y, sin embargo, de poco de esto se hablaba en la prensa de los países en conflicto. Nadie quería dar información al enemigo. Los aliados sospechaban, como así era, que los alemanes también la padecían, pero en los periódicos solo se hablaba de la gripe en relación con las noticias que sí se publicaban en países neutrales, España en especial, de ahí el nombre irónico que tomó esta enfermedad, gripe española.

Las comunicaciones de las autoridades tampoco ayudaron demasiado. De una parte, se trataba de restar importancia a las muertes y al brote, se afirmaba estar en el pico máximo y se distribuían consignas y recomendaciones que en pocas ocasiones tenían valor científico probado, cuando no eran claramente contraproducentes. La desinformación, el bulo o el fango, diríamos hoy en día, campaba a sus anchas.

Todos los esfuerzos por desarrollar un antídoto, una vacuna, resultaron baldíos. Se recomendaba el uso de mascarillas y el aislamiento social, pero pocas de las medidas demostraron ser eficaces. Así que el virus fue realmente derrotado por su propia dinámica. La Naturaleza jugó sus cartas y lo mismo que había ayudado a crearlo, tal vez una mezcla en un mamífero, cerdo u hombre, nadie lo sabe, en el que se juntaron una bacteria de gripe aviar con otra de otro tipo, y ya está. Pero el proceso terminaba por consumirse, por generar los anticuerpos correspondientes, por ir desactivando la peligrosa espiral, a un coste increíble.

Barry nos detalla con esmero las vidas, tanto en lo personal como en lo profesional, de todos los investigadores, los médicos de campo y los políticos implicados en la gestión de la pandemia en los Estados Unidos. Y es esta perspectiva casi en exclusiva americana la que resta algo de interés o de perspectiva a la obra.

La atención suscitada por esta obra, pese a lo que pudiera parecer, no se debe a la explosión de la pandemia del Covid-19, sino a los cada vez más frecuentes casos de contagios peligrosos que venían teniendo lugar en los últimos años, el libro fue publicado originalmente en 2018, como la gripe aviar, la peste porcina, el SARS, el Covid-1 o el ébola. Todas ellas fueron superadas con gran éxito debido a que lograron ser contenidas gracias a todos los esfuerzos de aquellos pioneros que, poniendo sus vidas en juego, lograron crear un completo sistema de protección.

Los sistemas de comunicación entre países, la OMS, los avances para la creación de vacunas cada vez más eficientes o las medidas tempranas, como el sacrificio de millones de vacas, pollos, cerdos… Todo ello pudo dar lugar a una falsa sensación de seguridad.

Sin embargo, en un espeluznante epílogo, Barry, sin conocer aún la existencia inminente de una pandemia que todo lo trastocaría, escribe sobre los altos riesgos de un contagio a nivel mundial en un entorno globalizado como el nuestro. Y señala los factores en los que estamos mejor que nuestros predecesores, como los ya citados. Pero señala otros tantos en los que aún quedaba mucho por hacer, tal y como se vería, por desgracia, poco después de la publicación del libro.

Y comencemos por lo más elemental. El papel de la comunicación de los gobiernos. La necesidad de una transparencia absoluta, tanto para con otros países, a fin de poder adoptar las medidas necesarias, como respecto de los propios ciudadanos. Barry habla de la nueva ciencia de la comunicación de riesgos, es decir, del modo en que se debe comunicar a la ciudadanía una situación de excepcional riesgo. Y, sin duda, acierta cuando señala que la verdad o se cuenta de manera clara y completa o no es verdad. Y así, desgraciadamente, volvimos a ver cómo se restaba importancia al contagio, cómo se anunciaba haberse doblado la curva de contagios a cada poco o cómo, directamente, se negaba la existencia real de la pandemia misma.

Pero también plantea la utilidad de las mascarillas, la conveniencia de cerrar las escuelas y en qué circunstancias, o incluso, paradójico en aquel momento, de confinar un edificio completo. Nos habla de lo inadecuado del cierre de fronteras por la porosidad de las economías. De la necesidad de adoptar medidas con el debido asesoramiento ético, como, por ejemplo, si se debe vacunar en primer lugar a los sanitarios o a la población de mayor riesgo.

También se insiste en la necesidad de incrementar las dotaciones de personal sanitario o de instalaciones hospitalarias. Si en una campaña gripal normal el sistema se satura, qué no habría de pasar cuando llegue una pandemia. Proféticamente, Barry habla del escaso número de respiradores, del riesgo de que los países luchen entre sí para hacerse con los escasos antibióticos o con las posibles vacunas. En suma, un libro digno de un Nostradamus de nuestra era.

Es triste pensar que nada de lo que señalaba pareció servir de manera efectiva, pese a que, como autor, intervino en diversos comités sobre la materia cuando se declaró la pandemia, y que solo el inmenso logro de unas vacunas en tiempo récord pudo frenar, esta vez sí, la pandemia, con un elevadísimo coste de todo tipo. Y aún hoy podemos seguir teniendo dudas de cómo se reaccionará ante la inevitable próxima pandemia.

Un libro, por tanto, agridulce, no tanto por su contenido como por nuestra reciente experiencia vivida, lo que sin duda ha propiciado su publicación en España en 2020 y lo que ha llamado la atención del público.

 

2 de junio de 2026

Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple)


 

Este comentario podría llevar por título tras los pasos de William Dalrymple. La historia se remonta a mayo de 1998, fecha de publicación del primer ejemplar de la revista Siete Leguas, una iniciativa que unía el viaje con la literatura de una manera magistral, con firmas de primera categoría, siempre tratando de ofrecer un relato alejado del habitual en este tipo de revistas, más centrado en los hoteles, restaurantes y sitios que se han de ver necesariamente, reportajes promocionales antes que auténticos artículos de largo aliento que aún hoy pueden ser leídos y disfrutados como entonces.

 

Los primeros títulos de la revista, como era frecuente en la época, venían acompañados de un gancho en forma de libro viajero, diversos títulos de la colección Viajes, de Ediciones B. Y en este número inaugural la obra escogida era Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple).

 

El autor decide replicar, en la medida de lo posible, la ruta seguida por Marco Polo al conocer la noticia de que la carretera que unía Pakistán y China había sido abierta para los extranjeros por primera vez desde su construcción. El viaje es un desafío, pero más aun teniendo en cuenta que el autor tenía apenas veintiún años y que lo hizo provisto con unos fondos de unas setecientas libras que logró de su college como financiación para un supuesto estudio histórico. Precisamente las edades del autor y del viajero veneciano vienen a ser la misma al iniciar la ruta, lo que no deja de trazar una conexión peculiar.

 

Pero Dalrymple no era un trotamundos aficionado. Ya el año anterior había replicado el viaje de los participantes ingleses en la Primera Cruzada, desde Edimburgo a Acre. Y es precisamente en Tierra Santa donde comienza su viaje para llegar a Xanadú, la mítica ciudad en la que Kublai Kan había construido su residencia de verano, una forma de recrear los paisajes y pureza de su Mongolia natal evadiéndole del chinismo de la capital de su Imperio. Y, como digo, el viaje comienza en Jerusalén cuando Dalrymple acude a la Basílica del Santo Sepulcro para obtener de un franciscano una pequeña muestra del Santo Óleo que arde en el templo, sin que el verdadero origen industrial que le revela el monje, un supermercado por más señas, le cause el más mínimo desaliento. No es de extrañar que esta nota de realidad no le afecte especialmente porque tiene mayores preocupaciones. Alguna de ellas está relacionada con la tensión política en los países por los que ha de transitar, pero también porque parte de su viaje, hasta Lahore, lo hará acompañado por Laura, una joven de su misma facultad, un portento de voluntad y fuerza, un desafío constante para su caótica y disipada cadencia, una inglesa de la cabeza a los pies con sus sandalias y calcetines blancos incluidos. Pero el resto del viaje no será mejor ya que deberá hacerlo con Luisa con quien ha roto poco antes y con la que preparó inicialmente las etapas del viaje. Pero ahora Luisa ha encontrado otro novio y tal vez no sea la mejor de las compañías, añadiendo a la tribulación del viaje la confusión emocional e incluso sexual. 

 

La narración de este viaje me resultó tan cautivadora que, todavía muchos años después, recordaba el libro con cariño, aunque no era capaz de acordarme ni del título ni del autor. El libro había quedado sepultado en alguna caja de un trastero por alguna mudanza, entre otros tantos libros ya leídos. Ocasionalmente recordaba la historia y sentía ganas de volver a leerla, aunque nunca me ponía a ello ni trataba de buscar en internet algún dato para consultar o releer el libro. Pero recientemente, leyendo la sinopsis de El último mogol, un libro que solo por su título ya me resulta irresistible, y mirando qué más obras había escrito ese tal Dalrymple, descubrí que era precisamente el añorado autor de Tras los pasos de Marco Polo. 

 


Así que, unos veinticinco años después he vuelto a leer este libro. El ejercicio me ha servido, de paso, para comprobar lo que merma la memoria con el tiempo. Ni la más remota idea de que el autor siempre hubiera estado acompañado en el viaje. Mi impresión era que nunca había llegado a China realmente, fracasando en su empeño, y que había pasado gran parte del tiempo por las llanuras persas visitando las diversas mezquitas y madrazas construidas por los mongoles en los siglos en los que fueron los amos de un imperio más grande que el romano o cualquier otro que en el mundo haya sido. Así que he ido sustituyendo mis recuerdos dispersos y erróneos por unos más auténticos (a saber cuánto durarán) sin que el placer de la lectura se haya visto afectado en lo más mínimo. 


Dalrymple escribe de manera amena, sabiendo guardar el perfecto equilibrio entre sus historias y peripecias personales con el relato histórico. Ni éste parece sacado de una enciclopedia, ni aquél se resuelve en una serie de encuentros y anécdotas inverosímiles que puedan poner de manifiesto las dotes imaginativas antes que la verdadera experiencia del viajero. 

 

Todo lo contrario. Dalrymple combina ambos mundos, siempre con una gran sorna, en especial tomándose a sí mismo muy poco en serio y compartiendo la jocosidad de su torpeza o las bromas y burlas de que es objeto por cuantos se le cruzan por el camino. De este modo, la lectura avanza a buen ritmo, sin perder el interés ni tan siquiera en aquellos episodios que se mueven por las zonas mas áridas, menos interesantes. De todas ellas sabe sacar el partido adecuado. Le seguimos con interés cuando trata de buscar si quedan restos de la floreciente industria telar en una remota región siria a que alude Marco Polo, para encontrar una casucha semiabandonada con un único telar que una anciana le muestra con orgullo, y así afirma poder justificar la inversión que el Trinity College ha hecho en este viaje. Verifica si es real la idea anglosajona de que para que un extranjero comprenda el inglés basta con gritarlo a voces o que su piel pase del blanco al rosa como la de todo perfecto británico. 

 

Sin embargo, no estamos tampoco ante un texto carente de profundidad. Si bien el autor se apoya en la descripción de los viajes de Marco Polo, reconoce que se trata de un libro aburrido, una verdadera guía de la época para comerciantes; por tanto, un libro que no pretende entretener ni ser un relato completo. También hace interesantes reflexiones como la comparación entre el reino de los cruzados y el actual estado de Israel, rodeado por naciones hostiles, apoyado por Occidente sin el que no podría resistir y con una limitación de recursos por su ubicación geográfica de la que saca fuerzas de flaqueza, al igual que los cruzados fueron capaces de construir sus castillos y fortalezas sin apenas medios, pero a costa de la población árabe de la zona.  


Pese a lo temprano de la fecha del viaje (1988), el autor vislumbra los cambios en la China comunista donde además de la persecución a los ligures, la minoría islámica china, tan publicitada hoy en día, asiste a la proyección de una película de James Bond.


La riqueza de los diálogos, su verosimilitud y gracia es mérito de la traducción de María Faidella Martín en la edición de Edhasa que es la que ahora he leído, que sabe trasladar el tono de parodia de algunos de ellos, de determinados juegos de palabras y confusiones entre el inglés precario con el que debe lidiar el autor, típico anglosajón que parece no plantearse la posibilidad de tener que aprender a manejarse con los rudimentos del idioma local, ¡que aprendan ellos! 


Y llegamos al fin de ese viaje, al apurado y lírico momento en que Dalrymple derrama el aceite consagrado sobre lo que interpreta de manera indubitada que es el altar en el que tomaba asiento el Kan en Xanadú, cerrando de manera perfecta el círculo de un viaje inolvidable para su autor, pero también para el lector o al menos para mí. 


 


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Otras reseñas 


18 de mayo de 2026

Anatomía de un instante (Javier Cercas)

 


  

El 23-F es una fecha simbólica para todo aquel que tenga más de 40 años. Sin duda, todos hemos visto en infinidad de ocasiones cómo un guardia civil con tricornio bien plantado y pistola en mano sube por las escaleras de la tribuna del Congreso de los Diputados, interrumpiendo la votación para la investidura del presidente más efímero de nuestra democracia: Leopoldo Calvo-Sotelo.


Gracias a la valentía de los operadores de cámara, que simularon cesar la grabación ante las amenazas directas de los golpistas, podemos revivir un golpe de Estado desde el propio epicentro de la acción. Allí vemos cómo se pronunciaban palabras malsonantes, cómo se tiroteaba el techo del hemiciclo y cómo el presidente saliente, Adolfo Suárez y su vicepresidente, Gutiérrez Mellado, eran zarandeados cuando trataban de llamar al orden a los militares rebeldes.


Javier Cercas trata de acercarse a este momento histórico. Según narra en el prólogo, la lectura del libro de Jesús Palacios y otras teorías sobre el golpe le llevaron a tratar de novelar la historia. Sin embargo, tras varios intentos que no lograron satisfacerle, comprendió que la historia del periodista no dejaba de ser una ficción, un uso de datos ciertos para construir un relato prefijado. Por tanto, una forma de ficción sobre la que no podía ficcionarse nuevamente.


Así que, poco a poco reorientó su esfuerzo creativo en una dirección distinta, la de procurar escribir el relato de lo que ocurrió sobre los hechos ciertos, y lo que podría deducirse con un cierto nivel de certeza sobre los hechos menos comprobados.


Pero, además, trató de centrarse, de desenmarañar la compleja trama a partir de un único instante: el gesto de Suárez, sentado impertérrito en su escaño, mientras los diputados se tiran cobardemente al suelo al ruido de los disparos. En ese momento pretende centrar un viaje con idas y venidas al pasado y al futuro.


En ese gesto de Suárez, mezcla de orgullo y chulería, de dignidad democrática, pleno de simbolismo, Cercas ve el reflejo de la historia del fin del franquismo a manos de unas Cortes que hicieron el viaje "de la ley a la ley" a través de la Ley para la Reforma Política de 1976 y las elecciones para Cortes Constituyentes, el viaje relámpago desde la muerte del dictador a la derogación de todo el aparato legislativo franquista y la legalización del Partido Comunista.


En ese viaje, el Rey y Torcuato Fernández-Miranda pretendían impulsar la figura de un presidente del Gobierno capaz de amansar a los partidarios de la continuidad al tiempo que insuflara garantías a la oposición democrática y tranquilizara a las potencias aliadas, en especial a los Estados Unidos, preocupados por un posible giro antiamericano si triunfaba una democracia verdadera.


Y, para ello, nadie mejor que un político joven, ambicioso, sin apenas ideología propia, capaz de asumir el programa que se le fuera indicado, pero con la suficiente personalidad como para convencer a la opinión pública y forjar los acuerdos necesarios en ese complicado equilibrio que fue la Transición.


Pero ese período de transformación y cambio en el que Suárez brilló de manera especial, en el que se logró la conversión de una dictadura en una democracia homologable a cualquier otra occidental, terminó por confundirle. Suárez comenzó a creerse su papel. Y así como Fernández-Miranda se retiró una vez cumplido su misión desde la presidencia de las Cortes, él dio un paso más, asumiendo el liderazgo de un pequeño partido que estaba creando un adversario político, el diplomático Areilza, y se presentó a las elecciones democráticas de 1979 logrando un resultado excepcional gracias a su indudable carisma.


Pero ahí terminó el tiempo de gloria de Suárez. Cercas cataloga su ejecutoria política a partir de ese momento como mediocre. Un falangista que había militado en Acción Católica y había sido ministro del Movimiento pretendía ganarse el carnet de demócrata, la aprobación de los medios más poderosos, radicalizando sus posturas, queriendo ser más de izquierdas de lo que sus votantes y compañeros de coalición deseaban. Su capacidad para tejer pactos comenzó a demostrarse insuficiente para los instantes de gestión diaria. Su épica estaba más bien pensada para los grandes momentos, los saltos al vacío, las decisiones drásticas, no para la gestión cotidiana y sin brillo.



Así, su gobierno comenzó a estar acosado por todos los frentes. El Rey quedó decepcionado por su decisión de continuar en la política y no retirarse a tiempo, por su deriva personalista. La oposición de derechas comenzó a verle como un peligroso ególatra que pretendía convertirse a la socialdemocracia; la izquierda lo veía como un posible ladrón de sus votos más moderados, percepción que se confirmó tras la pérdida electoral del PSOE en las elecciones de 1979. La prensa también comenzó a criticar inmisericordemente su gestión. Parecía que criticar a Suárez mejoraba las credenciales democráticas de cualquier periodista o grupo mediático. El Ejército le consideraba el mayor traidor, nadie olvidaba la legalización del Partido Comunista, una jugada que había prometido que jamás sucedería. Su propio partido estaba convencido de que era necesario apartarle del poder o la coalición se rompería, como finalmente ocurrió.


Las nuevas corrientes internacionales tampoco jugaban a su favor. Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos marcaban el giro hacia un conservadurismo férreo, con una oposición frontal frente a la Unión Soviética.


Pero el gesto de Suárez tiene también un compañero de viaje: la presencia del general Gutiérrez-Mellado, que ante la irrupción de unos militares en el Congreso pretende hacer valer su rango y sale de su escaño para ordenar que abandonen la sala. El anciano es zarandeado, insultado, zancadilleado; Suárez le coge del brazo tratando de calmarle y devolverle a una posición más segura. También el general permanecerá erguido en su escaño mientras el resto de diputados se tiran al suelo.


Y Cercas especula con el gesto de ambos, con lo que significa como trayectoria vital. Porque, en el caso del general, su evolución es aún mayor que la del falangista Suárez. El general se alzó contra la República en el 36, derrocó un gobierno democrático y, cuarenta y cinco años después, se yergue para defender un sistema democrático frente a un golpe militar. Pasa de un extremo a otro, tal vez sabiendo que sus reproches al teniente coronel Tejero significan realmente un reproche al joven Gutiérrez-Mellado, que ha completado el círculo y trata de lavar ese pasado inmolándose por una democracia que, de algún modo, hereda los valores de la República del 31 que él ayudó a derrocar.


Pero las cámaras también recogen la figura de otro parlamentario, el tercero y último que resistió sin tirarse al suelo, sin perder la dignidad, el secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Otra figura que, como el vicepresidente, tuvo un papel importante en el Madrid sitiado del 36, que ha liderado al Partido Comunista, que ha hecho la transición desde el comunismo internacionalista al eurocomunismo, que ha llevado a su partido a aceptar la propuesta de Suárez, a aceptar la monarquía, la bandera nacional franquista… todo para lograr una concordia que permitiera restablecer un régimen democrático. Un liderazgo que ha estado tan cuestionado en su partido como el de Suárez en la UCD, hasta hace pocas semanas, cuando presentó su dimisión y renuncia al puesto de presidente del Gobierno.


El partido no sólo reprocha a Carrillo su renuncia a señas de identidad propias de los últimos cuarenta años de lucha antifranquista; le reprocha, sobre todo, que ninguna de esas renuncias se haya traducido en un reflejo electoral evidente. Que tras ser el único partido en liderar la lucha contra el franquismo, con un PSOE desaparecido durante años, ha obtenido en todas las consultas electorales un resultado raquítico.


Así que él también permanece erguido en ese momento en el que no duda que va a ser pasado por las armas, porque simboliza todo lo que aquellos militares montaraces odian: el comunismo, la anti-España, Paracuellos, el internacionalismo, el demonio mismo.


Y son esos tres hombres, sentados con orgullo, insolencia, los que miran de frente a la muerte que creen próxima pero que no dejan de representar un papel al que se creen llamados. Y Cercas disecciona ese gesto con detalle, rico en paradojas y anécdotas, en momentos luminosos y otros más oscuros, tal vez menos confesables. Es precisamente esa anatomía de un instante, el desmenuzamiento de unos pocos segundos, lo que permite dar cuenta de sus biografías, pero también de las de un país entero.


Y en esa tarea de mirar los años y meses previos al golpe, va describiendo lo que denomina "la placenta del golpe", ese conjunto de circunstancias que resultaron imprescindibles para que éste se alimentara y creciera.


Y así llegamos a las tres figuras opuestas a las de Suárez, Gutiérrez-Mellado y Carrillo: Tejero, Milans del Bosch y Armada, cada uno pretendiendo un golpe distinto. El de Armada buscaba poner coto a una democracia que muchos consideraban desbocada y excesiva, amenazando con el desmembramiento nacional en unas autonomías que emulaban a los separatistas. Quería formar un gobierno de unidad nacional, incorporando a personalidades de diferentes partidos bajo una presidencia en manos de un militar de reconocido prestigio, es decir, él mismo, tomando como pasaporte su posición de antiguo secretario de la Casa Real y su ascendencia con el Rey. Su referencia era el paso al frente del general De Gaulle en Francia, con la creación de la V República. Pero, por contra, Milans del Bosch, otro monárquico convencido, otro franquista camisa vieja, participante en la División Azul como Armada, prefería un gobierno militar, algo parecido a la dictadura de Primo de Rivera.


Y llegamos al icono pop en que Cercas dice que se ha convertido Tejero, el rostro visible y televisado de un golpe que realmente buscaba una asonada como las de antaño, como el golpe de Pavía, de quien se decía que había entrado a caballo en el Congreso en el siglo XIX para poner fin a la I República. Que no tenía intención alguna de que el Rey fuera parte del nuevo orden al que aspiraban y que, en el fondo, había sufrido una involución a raíz de la violencia etarra que había vivido de cerca tras su paso por Guipúzcoa y que aspiraba a que el país se guiase bajo los mismos criterios que una casa cuartel, como las del cuerpo al que pertenecía, un lugar de comunión y ayuda mutua, un recinto sagrado y seguro, lleno de orden y disciplina.


Algo de intriga tenemos que dejar al lector. Cómo se coordinan estos tres golpes, cómo fracasan uno tras otro, cómo la trama se va desgajando de los planes originales, comenzando por la violenta irrupción de los guardias civiles en el Congreso y el tiroteo, que contravenía las instrucciones de Tejero de una entrada discreta y que dificultaba que los diputados o la propia opinión pública aceptasen un pacto para la formación de ese gobierno que aglutinase todas las ideologías para reconducir a la joven democracia.


Dejamos también de lado las reflexiones de Cercas sobre el juicio a los golpistas, la especie de epílogo sobre sus indultos, posteriores reincorporaciones al ejército, en muchos casos con desempeños y reconocimientos de méritos. Y nos volvemos a centrar en Suárez, ya que Cercas, que vivió en su juventud aquellos años, siempre tomó al personaje como eso: un personaje, una especie de chulo de provincias, de poco talento, que estuvo a punto de arrastrar al país a un cataclismo, pero que, al tiempo, era una figura a la que su madre y, especialmente, su padre admiraban. Así que se pregunta si su rechazo a Suárez no es sino una forma de reafirmarse frente a su padre, de marcar esa imprescindible frontera generacional.


Es ya en los últimos años del Cercas padre, cuando su hijo sabe que no va a ser mejor que su progenitor, que no sabe más que él de la vida y que nunca lo hará, que todo empeño por esa especie de competición carece de sentido, le pregunta por qué él era tan suarista, y su padre le contesta que porque, en el fondo, Suárez era como él, como todos los de su generación, sin grandes estudios, con mucha simpatía y algo de sinvergonzonería, audaz y valiente para abrirse camino en una España en la que formar parte de una de las grandes familias era necesario para llegar lejos; porque era de pueblo, porque de joven se le habían dado mejor los bailes en las verbenas que los estudios, porque supo ilusionar a un país con unas promesas de futuro que tal vez quedaron defraudadas pero que hicieron posibles muchos cambios, para empezar el cambio personal, desde la posición de falangista de Acción Católica a la de un demócrata convencido, aunque moderado, otro viaje que su padre hizo de la mano de Suárez, como lo hicieron otros tantos españoles.


Y se pregunta, finalmente, si este libro, Anatomía de un instante (editorial Mondadori), no será otra cosa que un ajuste de cuentas con el pasado, una forma de decirle a su padre que al fin lo comprendía, que aunque no todo lo que él defendió lo comparte, sí era capaz de reconocerlo, de ver sus méritos.


Y, para ir concluyendo, habrá que explicar las razones que deben llevar al lector a este texto con preferencia a otros tantos que hay sobre el periodo en cuestión. Y la razón es simple pero suficiente: su impecable factura literaria. El tono de todo el libro se aleja de la mera crónica periodística, del relato de hechos cronológico. No solo las tramas se entrecruzan al modo novelesco sino que el estilo del autor imprime un tono literario, una fuerza expresiva que actúa como hilo conductor por las diferentes partes del libro. Desde las repeticiones de conceptos como el del "pequeño Madrid del poder" o "la placenta del golpe", hasta expresiones como "lo que sabía Suárez, o lo que creía que sabía, o lo que se creía que sabía", y así sucesivamente. Es de este modo como la lectura se torna placer para quien no solo busca una versión afinada de los hechos.


No olvidemos, como destaca Cercas, que lo que conocemos sobre el 23-F es más un relato ya instalado en nuestro subconsciente que una realidad constatable. Todos creemos haber visto el golpe en directo por televisión, cuando la realidad es que las imágenes icónicas tantas veces vistas solo se retransmitieron a posteriori, nunca en directo. Podemos ficcionar sobre estos hechos sin renunciar a la verdad, o a gran parte de ella, en especial en cuanto a los hechos, menos en cuanto a las voluntades que quedaron en el fuero interno de aquellos protagonistas y sobre las que solo podemos especular torpemente, pero es así como ocurre siempre con la Historia, que muchas veces no es sino una forma especial de ficción y, por tanto, si de ficción hablamos y si ficción hemos de leer, al menos que sea de calidad, como en este caso.




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28 de febrero de 2026

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales)

 


El 3 de septiembre de 1939 Francia declaró la guerra a Alemania en cumplimiento de los tratados de la alianza con Polonia tras la invasión de la Wehrmacht, dos días antes. En ese momento comienza lo que los ingleses denominaron la “guerra de broma”, un periodo de varios meses en los que en el frente occidental apenas hubo combate ni conflicto, un lapso tan limitado que hizo creer a muchos que la guerra se desharía progresivamente. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 los alemanes lanzaron una ofensiva que desbarató totalmente los planes defensivos aliados, forzando la firma de un armisticio en apenas seis semanas, el 22 de junio.

La idea general es que Francia se vio asaltada por un ejército más moderno, mejor preparado, más motivado y que sus anticuadas estrategias y equipamientos le hicieron caer de manera sorprendente e inesperada.

Manuel Chaves Nogales vivió en París aquellos meses. Había salido de España en 1937, abandonando la dirección del diario Ahora, temiendo por su propia vida al no sentirse ya debidamente protegido por las autoridades republicanas en un contexto político cada vez más violento. Él que había sido un firme partidario de la República había visto con desconfianza la radicalización progresiva de los bandos, dejando huérfana de paladines la idea de una república burguesa, liberal y democrática. En su tiempo de periodista en la época convulsa que le tocó vivir, pudo trabar conocimiento de primera mano de los efectos del comunismo gracias a diversos viajes por la URSS de los que dejó cuenta en varios libros, así como del auge del totalitarismo fascista, incluyendo una entrevista muy reveladora con Goebbels. Atenazado por ambos extremos, convencido de que ni fascistas ni comunistas querían un verdadero ciudadano libre y cultivado que pudiera rechazar sus simplistas recetas, comprendió tras la huida del gobierno de la República a Valencia en 1937 que su aportación debía ser otra y que ya no tenía cabida en el marco político español.

Su primer destino fue París, donde colaboró en diversos medios franceses e iberoamericanos, dando publicidad a las noticias que se recibían de la guerra española, tratando siempre de no dejarse engañar por la propaganda de los bandos en conflicto. Pero también en París pudo asistir a un proceso de radicalización que le recordó vagamente el vivido en España. Y su traumática experiencia le marcó de manera definitiva a la hora de juzgar los hechos, de valorar los papeles de unos y otros y de llegar a la conclusión de que la caída de Francia era inevitable y no se debía tanto a razones militares sino a la propia pérdida del sentido republicano, al desgaste de las instituciones, a las malas decisiones en materia de política interna, económica e internacional.

Porque precisamente esta es la tesis de Chaves Nogales. Francia no cae bajo el empuje del ejército alemán; de hecho, este apenas es mencionado. No se habla de la ofensiva ni del avance de las columnas acorazadas; los alemanes son, como en el poema de Kavafis, unos bárbaros que solo le sirven para poner de manifiesto las contradicciones interiores de Francia. Para Chaves Nogales, Francia cae víctima de una guerra civil, de un conflicto larvado desde hace tiempo y que venía minando las bases de la República.

Y así, al modo de Zola, nuestro periodista lanza sus acusaciones contra todos aquellos a quienes considera que han abandonado a la República. En primer lugar, todos aquellos que, en ambos extremos, reniegan de los principios de la democracia liberal, comunistas y fascistas o ultrarreaccionarios. Para todos ellos, la República es un cadáver cuya defunción solo ha de ser certificada mediante una reacción, armada o no. Los disturbios del 34 convencen a los reaccionarios de que la caída es posible mediante la manipulación de las masas. El Frente Popular del 36, al dictado de la III Internacional, prueba para los comunistas que se puede asaltar el poder desde las urnas, en eso también tienen el ejemplo de Hitler, y hacerse con el control tal y como lo hizo pocos años atrás el bolchevismo soviético.

Pero también y por encima de todo, la acusación de Nogales se dirige a la clase media, temerosa de ambos extremos pero convencida de que la fortaleza del espíritu republicano no bastará para protegerlos. Y en una dejación de funciones y de responsabilidades abandonan la fe en la democracia, en el poder transformador de esta. No han aprendido las lecciones que el propio Nogales encarna en su reciente trayectoria: el proceso de deterioro de una democracia que parece carecer de auténticos demócratas, dentro de un aparato estatal del que todos parecen querer sacar partido.

Nogales clama contra el egoísmo, el sálvese quien pueda. Nos narra cómo, una vez declarado el conflicto, todos quienes tenían posibles huyeron de París, creyendo que los nazis bombardearían la capital en pocos días, arrasándola por completo, dejando así a la ciudad del Sena desierta a su suerte, habitada por los menesterosos que no podían huir, los empleados que no podían abandonar sus puestos de trabajo. Se crea así un sentimiento de desprecio hacia unas clases dirigentes que parecen buscar tan solo su propia salvación, similar a lo que pudo ocurrir con la desbandada republicana de Madrid a Valencia cuando se creyó erróneamente que la capital española no tardaría en ser ocupada.

Pero también estos emigrantes sobrevenidos, estos pudientes que huyen de París y ocupan el espacio rural o de medianas ciudades alejadas del frente, tensan las relaciones con las poblaciones a las que llegan provocando subidas de precios, desabastecimiento, irritando con su soberbia capitalina y generando, en suma, una desmoralización en quienes veían cómo sus élites solo buscaban su propio resguardo.



Nos narra episodios sorprendentes y poco conocidos, como el de que los alquileres del mes de septiembre, al declararse la guerra, dejaron de pagarse creyendo todos que el conflicto traería la destrucción de las viviendas, sin que el gobierno atajase con prontitud esta subversión del orden habitual de la vida económica.

Otro tanto ocurrió con la acumulación de provisiones, ese mal tan endémico que llega a nuestros días con las tristes imágenes de los supermercados sin existencias de papel higiénico al comienzo de la reciente pandemia. Y allí en Francia otro tanto: quienes podían acumulaban provisiones que, en poco tiempo, se perdían ante un desabastecimiento que, como cualquier profecía autocumplida, desgastaba la confianza de la sociedad en su gobierno.

Tampoco el ejército recibe mejor opinión. Nogales considera que Francia va a la batalla convencida de su derrota, esperando poder resistir lo justo para firmar un acuerdo de paz razonable que vuelva todo a la normalidad. La actitud derrotista se traslada a los soldados. Nogales destaca cómo apenas existen fotografías de soldados franceses sonrientes en estos primeros días de campaña, en contraste con la alegría y juventud que derrochan los ingleses del cuerpo expedicionario británico.

Y estos forman parte también del cuadro dibujado en La agonía de Francia (Libros del Asteroide). Los británicos llegan a territorio francés para ocupar sus posiciones en la frontera con Bélgica, al norte, y su alegría y desparpajo suscita un resentimiento profundo en los locales. No es que haya problemas de carestía o que se crea que los alemanes atacarán más ferozmente y bombardearán de manera más intensiva la línea del frente protegida por los británicos, arrasando así con las casas, cultivos y vidas de los habitantes de la zona. Es que se mezcla la desconfianza con los celos que inspiran estos hombres en sus ocasionales escarceos con mozas francesas, hecho ampliamente utilizado por la propaganda alemana, algunos de cuyos desternillantes ejemplos nos describe Nogales con gracia y detalle. Es que además los franceses creen que esta guerra ha sido impuesta por Reino Unido, que son ellos los que han empujado a Francia al conflicto y que la verdadera posición correcta para la República habría sido la de forzar un eje con Mussolini para moderar el belicismo alemán, compensando así los extremismos. Pero el progresivo endurecimiento de la postura británica ha llevado a Italia a arrojarse en brazos alemanes, no dejando a Francia otra opción que la de alinearse con el gobierno británico.

A los reaccionarios la lucha por la República les resulta indiferente; creen que una transacción con Alemania permitirá la creación de un nuevo modelo de Estado francés, más próximo a sus ideas, con algo de la firmeza anticomunista alemana, de su orden y disciplina, pero al modo más latino. Es decir, ninguno de los partidarios de esta posición siente un verdadero impulso ardoroso por la defensa de la República.

En el otro extremo, los comunistas creen que el conflicto con Alemania se resolverá con la entrada de la URSS en la guerra desatando al fin todas las contradicciones burguesas. El pacto Ribbentrop-Mólotov les deja algo desconcertados por un tiempo, como a todo el mundo, pero esto solo sirve para que su implicación en un conflicto que sienten como totalmente ajeno sea aún menor.

Es notable que Chaves Nogales, en el mismo momento en el que se están desarrollando los acontecimientos, sea capaz de desarrollar un análisis tan certero. En aquellos años gozaba de mayor predicamento la idea de que Francia cayó colapsada por una superioridad armada y tecnológica alemana. Sin duda, esta tesis es más comprensiva con el orgullo francés, pero no sirve para engañar a nuestro reportero.

La agonía de Francia (Libros del Asteroide) está compuesta por capítulos muy breves en los que Chaves Nogales va dando cuenta de pequeñas facetas de este conflicto interno, de esta guerra civil nunca declarada a la que hace mención. Y de una manera ágil y amena, siempre certera y obligándonos a reconsiderar muchas de las lecciones tópicas aprendidas en los libros sobre la época, lo que siempre resulta reconfortante para un lector crítico.

Sin embargo, el volumen no está exento de contradicciones. Chaves Nogales se pregunta en algún momento si, al inicio justo de la guerra, no podría haberse lanzado un ataque devastador sobre Alemania, aprovechando lo que describe con bastante detalle. A saber, una momentánea superación de la fractura social, un entusiasmo belicista que unió a las clases sociales y a los extremos políticos, contradiciendo así su propia tesis de que, desde un primer momento, cada ciudadano francés optó por la mejor defensa de sus propios intereses en detrimento de los del régimen republicano o, como mucho, en la defensa de los intereses de su particular ideología.

También se ha de poner de manifiesto que Chaves Nogales recrimina, por encima de todo, a los ciudadanos en su dejación de funciones, llegando a sostener que el nivel de traición a la República va creciendo según se baja por la escalera social. Que el presidente de la República es el mejor protector de esta, que los responsables políticos son peores que aquel pero mejores que los servidores públicos y así sucesivamente. Pero esto no deja de resultar contradictorio con otros capítulos en los que se ponen de manifiesto los innumerables errores en la gestión política, económica o bélica de los primeros meses, tal y como ya se ha señalado más arriba.

Y es que, pese a la clarividencia de su juicio, Chaves Nogales era hijo de su tiempo y fundamentalmente de sus circunstancias vitales, y no podía dejar de establecer paralelismos entre lo ocurrido en España y lo que veía a su alrededor. Su creencia en esa democracia liberal, sostenida por unas élites responsables, cultivadas y que defendían el progreso para todos, había dejado de ser el paradigma aceptable, estrechada por los extremismos de variado signo y el progresivo desentendimiento de los ciudadanos menos ideologizados. La democracia liberal perdía fuelle y solo un conflicto terrible la haría renacer, cambiando parte de sus ideales, renovando un pacto social que curase viejas heridas. Desgraciadamente, Chaves Nogales no pudo ver ese renacer al fallecer en Londres en 1944 como consecuencia de una peritonitis fatal.

Su muerte nos impide conocer qué habría opinado de temas como la caída del nazismo, la consolidación del Estado del Bienestar, la Guerra Fría o el pacto tácito entre los aliados y el franquismo en los años cincuenta. Pero esta desgracia no nos puede llevar a pasar por alto los libros publicados por este autor que vienen recibiendo un reconocimiento general desde la recuperación de su obra hace ya un par de décadas. Conformémonos con ello, ya que nada más tenemos, y comprendamos que, en medio del fragor del conflicto, siempre hay mentes preclaras capaces de distinguir lo correcto, de mantener sus posiciones de manera firme y coherente, y de que todos ellos debieran ser ejemplo de cada día para quienes los leemos. Así que guardemos un pequeño resto de esperanza para confiar en que también hoy en día, en nuestros periódicos, podcast, vídeos y demás medios que la tecnología pone a nuestra disposición, podamos tener a los Chaves Nogales de nuestros días.