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28 de julio de 2026

Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

 


Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección. 

 

 

24 de noviembre de 2025

Hamnet (Maggie O'Farrell)

 


¿Qué se puede decir de una novela que toma como inspiración un hecho tan silencioso como la muerte de un hijo y lo convierte en un retrato deslumbrante del amor, el dolor y la resiliencia? Con Hamnet, Maggie O’Farrell nos ofrece una visión profundamente humana de los vacíos que deja la pérdida, mientras reimagina con maestría la vida familiar de Shakespeare. Es una historia que late, tan vívida y apasionante como los textos que dieron forma al mito del dramaturgo.


El mercado está saturado de obras en las que se toma a un personaje histórico y, con apenas tres apuntes biográficos, se construye una historia de ficción, normalmente pobremente documentada, malamente escrita, en torno a cualquier misterio que ronde lo conspiranoico a ser posible, y ya tenemos la receta de la mayoría de las novelas que actualmente pueblan las secciones de la llamada novela histórica de nuestras librerías. 

 

No se trata de reivindicar una fidelidad histórica a prueba de catedráticos de abolengo, un rigorismo que sepulte la ficción, pero cuando se lee una novela que sabe combinar a la perfección el equilibrio entre la reconstrucción histórica rigurosa con una escritura virtuosa, uno puede reconciliarse con el género.

 

Y éste es el caso de Hamnet, la novela escrita por Maggie O'Farrell y publicada en España por Libros del Asteroide, con traducción de Concha Cardeñoso.

 

Este libro toma como punto de partida la vida familiar de Shakespeare, mejor dicho, la vida de la familia que dejó atrás el escritor, en Stratford-upon-Avon. Si poco se sabe del autor teatral, menos aún se puede certificar sobre su familia. Es conocido que su esposa era ocho años mayor que él, que tenía una buena dote pues su padre era un granjero rico que falleció cuando aún ella era una niña y que debieron casarse como consecuencia del embarazo de Anne Hathaway, éste era su nombre, puesto que la primera hija del matrimonio, Susanna, nació apenas a los seis meses de la boda.

 

Otros dos hijos llegarían poco después, Hamnet y Judith, gemelos, que nacieron cuando ya el padre había viajado a Londres para labrarse un porvenir. Las visitas al hogar familiar eran escasas, bien porque las obligaciones cada vez mayores del autor y empresario retenían cerca de la Corte, bien porque la relación entre ambos cónyuges no era el mejor reclamo para un hombre que comenzaba a gozar de gran reconocimiento y prestigio.

 

Pero Hamnet moriría pronto, con apenas once años y por razones desconocidas. Poco podemos aventurar sobre el sufrimiento que esta pérdida pudo traer a la familia. En aquella época la mortalidad infantil podría hacer que la muerte de un hijo se asumiera como una desgracia altamente probable, pero este dato frío nada nos dice sobre el dolor de los padres.

 

Sin embargo, en el caso de Hamnet podemos tener un cierto atisbo del impacto que su muerte tuvo en el padre ya que, apenas unos años después, escribió su tragedia Hamlet, variación del nombre de su hijo, basada precisamente en la idea de un muerto, un fantasma que  atormenta al protagonista, una variación invertida sobre lo que pudo sufrir William en su condición de padre.

 

Se ha discutido mucho sobre el tipo de relación del matrimonio. Hay quien sostiene que el no haber seguido al pater familias a Londres cuando su fortuna parecía permitirle acoger a su parentela es una señal inequívoca de que no había afecto real, que el exitoso escritor prefería tener las manos libres en un ambiente que hemos de suponer libertino y licencioso. Pero si hay quien discute incluso la autoría de sus obras, qué no ocurrirá con cada uno de los pocos datos que de su biografía se tienen.

 

Y aquí es donde aparece Maggie O'Farrell, para elaborar una ficción sobre esos mimbres, un relato totalmente plausible, perfectamente coherente y estructurado, combinando unos pocos hechos reales y aportando otros muchos para conformar un todo hermoso y sorprendente.

 

En las páginas de Hamnet no se menciona ni una sola vez el apellido del dramaturgo, e incluso se cambian algunos nombres, como el de la propia esposa, Anne por Agnes, que es el nombre por el que el padre de ésta la designó en su voluntad testamentaria, tal vez como signo de que este libro no pretende ser una reconstrucción histórica como tal, sino que los hechos se toman como mero apoyo, soportes en los que atar una historia mayor, la de un matrimonio con sus alegrías y dificultades, desde la ilusión inicial del enamoramiento, al dolor por la separación y la posterior muerte del pequeño, un foso que tal vez separaría para siempre a los progenitores, atados a unas sensibilidades muy diferentes y que encontraron vías de expresarse diversas.

 

Para lograrlo, Maggie O'Farrell hace posar el peso de la trama en la esposa, Agnes, dotándolo de un perfil algo misterioso, venida del bosque casi como un ser mitológico. Sin duda, debió ser una mujer con fuerte personalidad para sacar adelante a su familia en ausencia del padre, pero aquí la autora va un paso más allá y la convierte en una especie de augur, capaz de sentir acontecimientos futuros con tan solo tocar la mano de una persona. Así, sabrá que la cabeza de su marido tiene un mundo completo en su interior, aunque no sea capaz de expresar en qué puede traducirse tamaña excentricidad. Agnes se convierte en una protagonista portentosa, con una personalidad muy definida y atractiva. Con apenas algunos rasgos introductorios, el personaje se nos va revelando con todos sus matices, desde la sensibilidad, el amor por sus hijos, su compasión por el resto de familiares, pero también una profunda cabezonería, un cierto carácter montaraz y rebelde, una combinación de difícil manejo para los miembros de la familia política. También veremos cómo se retuerce de dolor y se recoge interiormente a la muerte de su hijo, convencida de no haber sabido leer adecuadamente las señales.

 

 

Pero más aún, podemos compartir su angustia al no comprender el modo en que su marido asume la muerte de Hamnet, que vuelva a abandonar a la familia apenas el niño yace bajo tierra. Qué será necesario para que Shakespeare vuelva a ellos, qué calamidad habrá de caer sobre la familia. Esta pequeña mujer de su tiempo, con una formación limitada pero una intuición inmensa se debate interiormente entre el dolor y el odio según las cartas del marido se van espaciando hasta que alguien le muestra un papel con el anuncio de la nueva obra de su marido, Hamlet. Cómo habrá podido usar el nombre de su hijo, ese sagrado y bendito nombre, para sus negocios, para exhibirlo ante quienes no llegaron nunca a conocerlo.

 

El texto está repleto de olores y sabores, de descripciones sutiles que nos ayudan a dar forma a los personajes. En ocasiones, el punto de vista narrativo pasa de la madre a los hijos, al marido, definiendo cada voz con una personalidad definida y completa. Los momentos más duros, los referidos a la muerte de Hamnet, resultan angustiosos por el dramatismo que sabe trasladar Maggie O'Farrell  sin caer en el patetismo del que huye con firmeza.

 

Sin duda, el éxito comercial y de crítica de la novela es más que merecido, y empuja a leer otros títulos de la ya más que respetable colección de libros publicados por la autora. Su habilidad y talento parecen casi naturales, una garantía que habrá que confirmar en futuras lecturas.



14 de febrero de 2025

Cuentos completoss del Padre Brown (G. K. Chesterton)

 


 

Los cuentos detectivescos describen, por norma general, a seis hombres discutiendo sobre cómo es que un hombre ha muerto. Las historias filosóficas modernas describen a seis hombres muertos que discuten sobre cómo es posible que un hombre viva.




Uno de los géneros literarios más fecundos y con mayor número de seguidores es el detectivesco, historias en las que se trata de plantear una especie de acertijo que el protagonista deberá desentrañar, normalmente para desenmascarar a un malhechor. En estas pesquisas, es clave que el autor logre enrolar al lector para lo que ofrecerá pistas falsas, giros inesperados de guión o complicadísimas tramas que se desvanecerán repentinamente en las últimas páginas gracias a la inteligencia del investigador que, normalmente, habrá ido valorando todos los elementos de juicio a su disposición sin haber dejado traslucir estas intuiciones con nadie, especialmente con el lector, que se sentirá sorprendido y fascinado por el desentrañamiento del misterio. Tal vez incluso quedará tentado de volver a leer el libro con el fin de poder ir reconstruyendo por sí mismo todo el proceso deductivo.


Obviando los antecedentes de Poe y otros autores, se viene a considerar como padre fundador del género a Arthur Conan Doyle y su Sherrlock Holmes, una figura que apareció en Estudio en escarlata y que su autor se vio obligado a recuperar en otras tantas novelas y numerosos relatos más breves recopilados en colecciones devoradas por los lectores ingleses de la época.


Es sabido que, harto de que el atractivo de este personaje ensombreciera el resto de su obra, Conan Doyle recurrió al truco ya empleado por Cervantes, matar a su héroe a fin de que así la demanda de nuevos títulos decayera. Pero, a diferencia de a nuestro autor clásico, la estratagema no le funcionó. Incluso recibió presiones por parte de su madre, no quedándole más remedio que volver a sacar del inframundo a Holmes y traerlo de nuevo al escenario del crimen y el castigo.


Pero, para lo que aquí nos interesa, la relevancia de la figura de Sherlock Holmes es que define de alguna manera el arquetipo del investigador que se replicará hasta la saciedad en todas las secuelas del género. Estamos ante una persona de extraordinaria inteligencia y que, con su mero intelecto y unas prodigiosas dotes de observación, es capaz de alcanzar el conocimiento.


Estamos a finales del siglo XIX y el método deductivo muestra toda su capacidad para impulsar la ciencia y tecnología. Sherlock Holmes es el trasunto de ese éxito. No importa que el personaje sea un excéntrico sociópata, que necesite de un mediador con el resto de mortales a través del mundano Watson, que sus aficiones viajen del violín a las drogas.


Sobre este modelo muchos repitieron la fórmula, otros trataron de innovar de un modo u otro. Así, otra figura icónica en el género es la de Poirot, el detective francés creación de la misteriosa Agatha Christie. En este caso, las novedades que trae la autora y que, al menos en cuestión de ventas y seguidores, puede considerarse que ha superado a su antecesor, son las de llevar sus tramas a diversos escenarios (un tren, un crucero, una isla) en un entorno social normalmente sofisticado y de clase alta y en el que las intenciones de los criminales suelen ser más complejas que en el caso de Sherlock Holmes. También Poirot se erige como único investigador, siempre solo, abandonado el báculo de Watson, el individualismo toma forma definitiva.


Y llegamos, con todas las simplificaciones que esto conlleva, a nuestro autor, G. K. Chesterton y su personaje más célebre, el padre Brown. Partamos de que Chesterton era un conocido polemista, apenas dejaba causa en la que volcar sus opiniones, la más de las veces, heterodoxas. Y nada más heterodoxo que convertirse al catolicismo en el Reino Unido y hacer bandera de ello, publicar obras como Ortodoxia o Por qué soy católico y entrar en debate con cualquiera que se prestara a ello. Considerar la religión anglicana como una forma de paganismo, una pantomima al servicio del poder y someterse, por contra al poder de los denominados papistas, no le debía parecer suficiente a Chesterton. Por ello, decidió embarcarse en la producción de una serie de relatos detectivescos protagonizados por un sacerdote católico.


Más aún, este extraño detective rechaza el frío cálculo y la deducción científica de sus predecesores. Para Chesterton, para el padre Brown, el método para desentrañar los misterios y crímenes es indagar en las oscuras motivaciones del alma humana. De hecho, muchos de estos criminales no son sino víctimas de todos los males que este mundo moderno trae a nuestras calles. Unas presiones y desviaciones de lo esencial que conllevan un apartamiento de nuestra verdadera naturaleza, empujándonos a adorar a falsos dioses, a utilizar ritos y creencias ajenas en el convencimiento de que éstas pueden dar satisfacción a nuestras necesidades en lugar de ayudarnos a dominarlas.


De este modo, el padre Brown se convierte en un personaje tremendamente moderno, un fustigador de las nuevas sectas, de la Nueva Era, un defensor de una forma de espiritualidad como vehículo de comprensión del mundo y de nuestros actos, una perspectiva, por tanto, totalmente opuesta a la del frío y distante Holmes. Más aún, en la mayoría de sus relatos, el padre Brown desenmascara al delincuente pero no acostumbra a entregarle a la Justicia, sabedor de que el peso de la culpa es la mayor de las condenas.   



También resulta curioso cómo dibuja Chesterton a este padre Brown, totalmente falto de atractivo físico, algo pasado de kilos, desastrado en el vestir incluso cuando tan solo parece tener que preocuparse por lucir limpia la negra sotana y siempre pegado a un viejo paraguas, llueva o no, y tan aficionado a hablar con las señoras de la alta sociedad como con los carboneros y sirvientes. La inspiración para este extraño detective la tomó de un sacerdote irlandés, John O`Connor, de quien era amigo, pero sobre esta base real supo construir un personaje realmente peculiar.


El padre Brown: Relatos completos (Ediciones Encuentro) recoge el total de estos relatos en un único volumen. Aquí se encontrarán los libros que recopilaron en vida del autor estos relatos: El candor del padre Brown (1910), La sabiduría del padre Brown (1914), La incredulidad del padre Brown (1926), El secreto del padre Brown (1927) y El escándalo del padre Brown (1936).  Además, y para hacer honor al título de relatos completos, se incluyen dos relatos adicionales publicados en revistas y un relato que se convertiría en el último escrito por el autor poco antes de su fallecimiento.


Si bien, la aventura de leer la colección completa puede resultar algo agotadora, lo cierto es que leer unos cuantos, dejar pasar un tiempo y retomar la lectura es un auténtico placer. y permite observar la evolución del estilo de Chesterton, cada vez más preocupado por los temas espirituales y menos por los crímenes clásicos. Así, resultan cada vez más frecuentes los temas relacionados con sectas, faquires, quiromantes, hindúes falsarios y otros tantos que tratan de esconder sus delictivas intenciones bajo un espeso velo de espiritualidad.  La credulidad de la pacata Inglaterra de comienzos de siglo se convierte en el caballo de batalla del padre Brown que deberá enfrentar las verdades inmutables de su fe a las nuevas corrientes, mejor publicitadas, promisorias de soluciones mágicas.


Acompañar a Chesterton en este viaje es una experiencia peculiar, una forma diferente de contraponer los textos más clásicos del género con una forma totalmente opuesta en la que la reflexión sobre las acciones del padre Brown resulta más relevante que el proceso deductivo, en muchas ocasiones totalmente ajeno al lector. Y durante esta lectura  uno queda tentado de creer, como el padre Brown, que el mayor robo no es tanto el de los diamantes de una corona oriental, sino el de nuestra verdadera naturaleza espiritual, o que la peor de las suplantaciones no es la de quien toma posesión de la vida ajena para adueñarse de sus bienes, sino la de quien nos roba el ansia de vivir. Y tal vez esto también lo intuyó Sherlock Holmes y de ahí su recurso a la música o a la cocaína. Lástima que el padre Brown no pudiera investigar este caso.

 

 

 

 


16 de enero de 2025

Los juicios de Rumpole (John Mortimer)





Horace Rumpole no es solo un abogado; es un personaje inolvidable, un hombre de toga y peluca que en los tribunales del Reino Unido encuentra la verdadera esencia de la vida. En Los juicios de Rumpole, John Mortimer despliega un mundo de ironía, humor y humanidad, donde cada caso es un reflejo de nuestras pasiones, miserias y convicciones más profundas. Acompañar a Rumpole en su andadura por los tribunales es mucho más que leer sobre leyes: es una lección de vida vestida de fino humor inglés.


 

Los juicios de Rumpole es el segundo volumen de la colección de relatos publicados por John Mortimer tomando como referencia la figura de su padre, un portentoso abogado, y sus propias experiencias en los Tribunales del Reino Unido.


John Mortimer (1923-2009) fue un notable jurista consagrado a la defensa de la libertad de expresión, labor en la que tuvo que emplearse a fondo como abogado de clientes como los Sex Pistols o de la revista satírica británica Oz, en cuya campaña de defensa también participó John Lennon, publicando su canción Do the Oz y God Save Oz.


Pero la vida de Mortimer, por fortuna para los amantes de la buena literatura, no quedó limitada a su faceta jurídica. Ya durante la Segunda Guerra Mundial fue excluido del servicio en primera línea por sus problemas de visión y pulmonares, lo que le llevó de manera indirecta al programa militar dedicado a la producción de documentales que trataban de enardecer y fomentar la resistencia de los británicos. Su labor como guionista le familiarizó con un medio al que volvería en el futuro.

 

Precisamente, su experiencia en la Crown Film Unit le sirvió de inspiración para su primera novela y, posteriormente, debutó en la BBC con un serial en el que dramatizaba otra de sus novelas. El siguiente paso fue su colaboración como guionista en diversos guiones para la radio o televisión, lo que le apartó de su carrera novelística. En 1975, su guión para un capítulo de una conocida serie británica, vió nacer a Horace Rumpole, el personaje que terminaría por tener su propia serie, una de las más longevas y reconocidas de la televisión pública británica.


Precisamente, Mortimer tomó estos guiones como base para la posterior elaboración de relatos que fue publicando sucesivamente, tras cada una de las temporadas de la serie televisiva. Se trata, por tanto, de un caso excepcional, en el que la obra literaria es resultado de un éxito televisivo previo.


Aquí nos centraremos exclusivamente en los relatos dejando al margen los correspondientes capítulos televisivos, disponibles para quien lo desee en Youtube. Y lo primero que se debe destacar es el tono ligero que adopta el autor, en línea con la larga tradición británica en lo que ha venido a denominarse de una manera algo vaga y genérica como humor inglés, pero que no consiste en otra cosa que aceptar como naturales hechos que, para otros ojos, podrían resultar inquietantes. Así, este estilo permite desgranar una profunda crítica social sin derribar los cimientos en que aquélla se basa, pero ayudando al lector a cuestionarse cuanto acontece y extrapolarlo más allá del libro y su argumento.


Rumpole es un letrado obeso, entrado en la madurez, tan preocupado por las leyes como por las tinajas de vino que consume con generosidad junto a otros compañeros de su prestigioso despacho, para disgusto de su esposa, Hilda, "ella, a la que se debe obedecer" tal y como el temeroso Rumpole la nombra. Hilda era la hija del fundador del bufete y Rumpole un prometedor abogado con una carrera brillante que parecía asegurarle el papel de próximo director del despacho, aupado además por el matrimonio con la hija del jefe. No obstante, la desidia para los asuntos de la vida cotidiana, una pereza endémica para algo que no se a rugir bajo una peluca bien bañada en polvos de talco y una falta absoluta de ambición, truncan los planes de la esposa laboriosa.


Porque la vida para Rumpole es aquello que se ve y aprecia en la sala de un tribunal, es lo que resulta de los interrogatorios que todos sus oponentes temen, Rumpole interrogando es como una apisonadora a noventa kilómetros por hora tal y como aseguran sus rivales. Lo que ocurre en la sala de juicios y lo que queda reflejado en autos es lo único que importa. Y las lecciones que extrae desde el estrado son las que aplica para comprender la vida que se extiende más allá de la puerta del Old Bailey, el viejo Tribunal Penal del Reino Unido.  


Rumpole se enfrenta a sus casos con una mezcla de la pericia deductiva de Holmes y una intuición y conocimiento del alma humana propias del padre Brown. Y así, es capaz de olisquear cualquier duda de su interrogado, cualquier aleteo apenas perceptible de sus fosas nasales delatando el punto exacto al que Rumpole se lanzará a degüello.


Entre sus firmes e inquebrantables convicciones se encuentra la de la presunción de inocencia, esa creencia que exige que no solo se condene al culpable, sino tan solo a quien puede ser acreditado como tal mediante un proceso que garantice los derechos del acusado. Y es en esta figura algo anticuada, en este cándido ideario, en el que vemos asomar al Mortimer letrado, al que tanto preocupa esa tendencia por la que los fines parecen justificar los medios, en la que se ve el proceso como el medio formal para dictar una resolución cuyo contenido se conoce de antemano, por la que cada garantía ganada a los señores medievales, a los monarcas y a los dictadores, es cuestionada en cualquier procedimiento por bajo y ruin que sea el acusado.

 

 

Pero no debemos temer que estos relatos sólo interesen a quienes tengan cierta predilección por las películas de abogados y todas sus variantes. Antes bien, esta parte del argumento solo sirve para reflejar los pensamientos de un Rumpole que en su vida civil asume otros retos, más domésticos, pero siempre igual de desafiantes.


Los relatos recogidos en este volumen se corresponden con los episodios de la segunda temporada de la serie (1979) y tratan cuestiones tan diversas como la fe, el amor verdadero, las apariencias y el juego de la identidad o incluso el ocaso profesional. En todas ellas la trama jurídica se acompaña de una historia relativa a familiares o compañeros profesionales de Rumpole, complementándose de manera perfecta, abordando cada tema desde una perspectiva doble. Podemos asistir al proceso por el que Rumpole alcanza las conclusiones para su vida de lo que aprende en el tribunal, y cómo éste no hace sino actuar como remedo de la vida, como escenario de pasiones amortiguadas por las alfombras y togas que, en otro contexto, rompen las vidas de cuantos amamos.


El estilo de Mortimer es ágil y plagado de ironías y contrasentidos que hacen de su lectura un auténtico placer. Las seis historias aquí recogidas terminan sabiendo a poco, en el convencimiento de que los tribunales y la complicada vida de los colegas de Rumpole tienen aún mucho más por ofrecer. Para satisfacer este ansia, tenemos la primera colección de relatos (Los casos de Horace Rumpole, abogado), publicados también por Impedimenta en el mismo año, 2018, y la esperanza de que la editorial aborde la publicación sucesiva del resto de títulos. Esta edición cuenta con una traducción hermosa de Sara Lekanda Teijeiro y una edición impecable como es marca de la casa en Impedimenta.


Resta solo preguntarse qué es lo que explica que este tipo de literatura, de la que tanto se disfruta fuera de las Islas Británicas, no tenga reflejo en ninguna otra geografía. Cuál es la razón por la que obras literarias o incluso películas y series con ese sello inconfundible no hayan creado un género universal, al menos occidental, más allá de su nación de origen. El único motivo que puedo encontrar es la falta de interés por conservar ritos y formas del pasado, una querencia no muy bien entendida por la modernidad que es confundida en ocasiones con el mero derribo de símbolos en lugar de por la sustitución del valor que atribuimos a estos para su continua actualización y vigencia. Así, las pelucas de los letrados ingleses nos inspiran sonrisas y burlas, sin perjuicio de que sintamos una punzada de envidia por nuestra disociación con un pasado que, aunque no compartamos, debemos aprender a cuestionar y valorar, no a esconder para simular que nunca existió. Rumpole, el epígono de una larga tradición es la prueba de que ambos aspectos no tienen por qué estar en contradicción.