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21 de septiembre de 2026

La aguja hueca (Maurice Leblanc)

 


En 1908 Maurice Leblanc disfruta del éxito de su personaje, Arsenio Lupín, cuyas aventuras habían venido publicándose periódicamente en la revista Je sais tout, que dirigía el editor Pierre Lafitte, y que se habían recopilado en dos libros: Arsenio Lupín, caballero ladrón (1907) y Arsenio Lupín,contra Herlock Sholmes (1908).

En sus vacaciones disfrutaba de largos paseos por la costa normanda y se maravillaba con los acantilados de Étretat, con su escarpada geografía, su retiro y una soledad que invitaba a soñar con asaltos vikingos, tesoros escondidos y rutas secretas para huir de revueltas constantes.

En concreto, una especie de accidente geológico, las Aiguilles d’Étretat, formaciones naturales de roca caliza con forma de aguja creadas por la erosión marina, comenzaron a obsesionar la fértil imaginación de Leblanc, que pronto empezó a urdir una nueva trama para su personaje.

Conviene recordar que las aventuras de Arsenio Lupín, a diferencia de muchos libros de Sherlock Holmes, no son meras colecciones de historias. En el primero de ellos ya existe una cierta hilazón y una voluntad de construir la biografía del personaje poco a poco, sin necesidad de presentarlo ya como un héroe consolidado. También las historias pueden hacer mención a otras previas y hay personajes recurrentes. Esta tendencia es aún mayor en Lupín contra Herlock Sholmes, ya que en puridad estamos realmente ante dos tramas relacionadas.

Pero en el caso de La aguja hueca (publicada por entregas en 1909 y en libro en 1910) Leblanc se propone escribir propiamente una novela, un único episodio con continuidad y sentido, con toda la fuerza y coherencia que el género puede ofrecer.

Es, por tanto, un paso que diferencia al escritor francés de lo sucedido con la obra detectivesca de Conan Doyle, desgranada en gran medida en libros que recopilaban historias sueltas, mostrando una ambición literaria propia, no una mera copia o pastiche.

La historia se desarrolla de manera inteligente, comenzando por lo que parece una forma indirecta de llegar al centro principal de la trama. Lupín tarda varios capítulos en hacer presencia, y ni siquiera lo hace físicamente, sino en forma de sospechas por parte de los investigadores de un crimen en un remoto castillo próximo a Dieppe.

Pero esta historia va revelando poco a poco, de manera calculada y muy bien medida, muchos aspectos de Lupín que desconocíamos y que sirven para ir completando su biografía: explicar sus orígenes, su personalidad. Cuestiones como la riqueza que parece poseer y que le permite mantener un elevado tren de vida, gastos caros y selectos, una cohorte de ayudantes y colaboradores siempre dispuestos a asistirle, pero también su interés por los robos como una forma de arte, no tanto por la riqueza que le puedan proporcionar sino por el divertimento y el juego intelectual que cada plan despierta en él. También se revela el origen de su pasión por el objeto robado: nunca bancos ni joyas sin más, siempre obras de arte, objetos de anticuario, una mezcla de gusto por la belleza estética y por objetos con pasado. Es en La aguja hueca donde encontramos la razón de ser de esta obsesión.

 


La novela pasa por ser la más apreciada por público y crítica, aunque no responde a los patrones clásicos del género detectivesco. Es decir, Leblanc continúa avanzando por un camino propio y ya totalmente diferenciado de los estereotipos del género. Aquí se conjugan elementos que van más allá de la investigación lógica: desafío intelectual, elementos históricos e incluso una mínima trama amorosa.

También en esta obra tiene su lugar Sherlock Holmes, en su forma lupiniana, Herlock Sholmes, aunque de un modo accesorio, apenas en los últimos compases del libro, como un ser envenenado por las derrotas previas sufridas a manos del ladrón francés, como un ángel vengador incapaz de igualar al mago del disfraz y sometido, por tanto, a una venganza cruel y carente de elegancia.

Pero por encima de todo, en esta novela se presenta un rival inesperado: un joven estudiante que parece estar casi a la altura del talento de Lupín. Su nombre es Isidore Beautrelet, un brillante estudiante aficionado a la investigación racional. Él será quien vaya desentrañando el misterio, movido tanto por el deseo de acreditar sus talentos como por la fascinación y respeto que siente por Lupín. Una relación extraña que, espero no equivocarme, volverá a hacerse presente en las dos novelas restantes que aún me quedan por leer del personaje.

En La aguja hueca disminuyen los aspectos cómicos y los golpes de efecto que abundaban en historias previas. Por contra, las cuestiones más sombrías e incluso la amargura y el amor pasan a ocupar un papel preeminente y tal vez por ello podamos considerar que el personaje comenzaba a dejar de ser un divertimento para su autor. Nuevamente podemos trazar un paralelismo divergente con Conan Doyle, a quien el éxito de su detective terminó por desagradarle profundamente. Por contra, es evidente que Leblanc pretende crear un personaje cada vez más complejo y con más aristas, del que desconocemos plenamente si tiene inclinaciones morales que nos hagan simpatizar con él, o si éstas conviven con aspectos más siniestros. 

No sé si, siendo como parece, la más redonda de las novelas de Lupín, es el mejor camino para introducirse en su obra. Por el momento, mi recomendación es seguir el hilo cronológico de los libros publicados por Leblanc. De este modo, el lector puede ir perfilando con calma y claridad los rasgos de este peculiar personaje literario. Un personaje que, pese a su posicionamiento en el lado del crimen, suscita la admiración y aprecio de quienes leen sus historias: ese perverso sentimiento de desafío a lo establecido, desde una perspectiva impoluta, educada, racional y elegante, pero no por ello menos criminal. Un placer culpable con el que Leblanc supo envenenarnos.

 

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  • 13 de agosto de 2026

    Duelo de alfiles (Vicente Valero)

     


    Vicente Valero tiene prosa limpia y recta, en pocas líneas define el estilo de todo un libro y logra arrastrar al lector en un viaje que da saltos en el espacio y el tiempo, jugando con él, como los ajedrecistas lo hacen con sus piezas. Porque de esto va Duelo de alfiles (Periférica), de una partida de ajedrez jugada por el autor con personajes que forman parte de su particular panteón.



    Y el hilo conductor es el viaje, pero en especial el viaje dentro del viaje, la escapada imprevista, la unión de casualidad y accidente con un infinito conocimiento sobre la cultura de la Europa Central de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX. 



    Comenzamos en Suecia, a donde Valero ha acudido para escribir sobre el proceso de creación del pintor Jorge Castillo. Pero una gran tormenta les mantiene encerrados en la casa, no se pueden pintar los paisajes nevados y gélidos ansiados. Así que el tiempo pasa con largas partidas de ajedrez escuchando música y hablando de libros. Valero viene de una tradición de ajedrecistas que se remonta a su abuelo y a su padre. De niño formó parte del Club de los Alfiles, llegando a obsesionarse por este juego hasta el punto de que su padre terminó por sacarle para evitar esa monomanía tan propia de los niños que se obcecan por una película, un cuento que repita palabra por palabra cada línea sin que quepa desvío. Una personalidad mono obsesiva que heredan los ajedrecistas, los matemáticos y los poetas según Valero. 


    Y es a través de estas partidas cuando recuerda otras celebradas no muy lejos de donde se encuentran ahora, entre Walter Benjamin y Bertolt Brecht, en la casa de éste en la isla de Fionia. Y cuando el temporal remite, abandonando su misión junto a Castillo, alquila un coche y visita la isla, la casa de Brecht, el entorno en el que convivieron durante unas pocas semanas ambos hombres. 


    Benjamin, proveniente de una tradición humanista inmemorial, Brecht ansiando la revolución comunista que trajera un nuevo mundo, no una evolución, una ruptura absoluta con el pasado. Y allí oyen el discurso de Hitler justificando los crímenes de la noche de los cuchillos largos. Y allí también discutieron sobre el manuscrito del ensayo de Benjamin sobre Kafka, ensayo que Brecht no valoraba en demasía por considerar al autor checo como un burgués acomodaticio, una expresión de una sociedad decadente. 


    Los árboles es el relato de Kafka favorito de Castillo. Pero Valero prefiere La partida, la expresión de que la meta es salir del lugar. Cómo Valero ha huido de la casa del pintor y como huye de tanto en tanto de su Ibiza, de esa isla que se convierte en presidio puntualmente y de la que trata de evadirse repentinamente con un impulso como el del protagonista del relato de Kafka, y así una mañana se levanta con esa ansia invencible y pocas horas después se encuentra paseando por las calles de Turín, una ciudad que en agosto queda abandonada por sus habitantes, anhelantes de un mar que suavice la dureza de sus inviernos. 


    Y es en Turín donde descubre la casa que habitó Nietzsche y donde escribió su último gran texto, Ecce Homo, una gran traca final sobre el advenimiento de un hombre que supera las restricciones del pasado. Nietzsche no pudo anticipar que su obra llegaría a convertirse en el símbolo para muchos que querían un hombre nuevo, pero no en el sentido puro y superior que él había soñado, sino en uno cruel y depravado, inventor de Dachau y Auschwitz.


    Y paseando por estas calles también encuentra a una pareja de profesores que se sienta a jugar al ajedrez en las terrazas del centro de Turín y con ellos intima. Ese matrimonio le lleva de excursión a Génova, una ciudad contrapuesta en su ductilidad mediterránea a la más austríaca y cuadriculada Turín, y en ella le muestran un Ecce Homo de Caravaggio, porque creen que el filósofo pudo inspirarse de algún modo en esa obra. 

     


     Pero hay veces en que los viajes son más previsibles, como cuando viaja a la Universidad de Augsburgo para dar una pequeña charla sobre su poesía. La organización le facilita una guía que le acompaña por la ciudad para mostrarle la casa en la que vivió Bretch, otro reencuentro con la historia ya contada. Y durante la charla un asistente le interpela sobre el motivo ppr el que no haya escrito ningún poema sobre el Holocausto. Valero recurre al tópico de Adorno según el cual tras el horrendo crimen ya no podría volver a escribir poesía, pero el inquisidor le espeta que, precisamente tras el Holocausto, cada poeta debería escribir algo sobre aquellos hechos. Algo confuso y violento, nuestro autor se retira. Pero poco después, paseando por las calles de Augsburgo encuentra un pequeño café con un tablero de ajedrez dibujado en su cartel como reclamo y entra con curiosidad. 


    Y allí está sentado su discutidor oyente jugando unas partidas con un grupo de amigos. Esta vez se muestra cordial y le invita a unirse a su grupo de amigos. Le cuenta que su afición al ajedrez la heredó de su padre, un médico de las SS que trabajó en la cercana Dachau y que terminó condenado a muerte tras la guerra. Sorprendentemente, a su padre quien le dio las primeras clases de ajedrez fue Brecht…

     


    Al día siguiente la guía le lleva al aeropuerto más cercano, el de Múnich. Y mientras espera pacientemente la llamada de su vuelo, recuerda que precisamente en esa ciudad Kafka hizo su única lectura pública en 1917. Y, nuevamente, poseído por el espíritu de La partida, sale corriendo del aeropuerto y toma un taxi para visitar la ciudad bávara. La lectura de Kafka fue un desastre. El título era Fantasía en los trópicos y nada hacía presagiar el horror de lo que el escritor leería. La crónica periodística de la época habla de desmayos y personas perdiendo la compostura, sin duda, todo ello exagerado, sin embargo el impacto no debió ser muy positivo. El público refinado de Múnich no estaba preparado para un horror sádico como el desplegado por Kafka. Y allí, en la sala se encontraba Rilke, que residía en la ciudad a la espera de lograr algún tipo de salvoconducto para poder salir del país. Y, al término del evento, Kafka acudió a una cafetería con su editor y Felice, la misma a la que solía acudir Benjamin con el que, sin embargo, no llegó a coincidir, tan ocupado debía estar buscando el medio de librarse de una llamada al frente. 


    Kafka tal vez  pudo visitar las obras que se exhibían en la ciudad, tal vez las del gran pintor Marc, con sus óleos sobre caballos. Un pintor obsesionado por esos animales, libres e indomables, con sus cuadros hermosos. Aunque el autor tenía su vena antisemita, pronto formaría parte de la exposición del 37 con la que el régimen nazi tildó a este pintor y otros tantos como un colectivo degenerado, una burla manejada por Goebbels al servicio de su jefe, un pintor mediocre. Precisamente tres semanas después de la lectura de Kafka, Hitler llegaría a Múnich para recuperarse del frente y Kafka, ya en Praga, escribiría su breve relato sobre Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno.


    Pero volvamos a Rilke, el autor de las Elegías de Duino, a través de otro viaje en el que Valero logra una acreditación para asistir como periodista especialista en ajedrez a un campeonato que tiene lugar en Zúrich. En el hotel encuentra de pasada un documental sobre Rilke y el retiro que halló en Berg am Irchel, una ciudad próxima a Zúrich donde se acogió para tratar de concluir sus elegías, un empeño que resultó totalmente fracasado. Agobiado por problemas intestinales, por un amor del que se quería separar, por la incapacidad para alcanzar la inspiración. Cuando, ya en 1921, cree poder llegar a lograrlo, pierde la concentración al instalarse una serrería cerca de su casa acabando la posible escritura de su ciclo elegíaco. A cambio escribe El testamento, un libro sobre la imposibilidad de alcanzar la cumbre artística, cubierto de ambigüedades, retazos, ficción, no exento de ironía y auto parodia. Un libro extraño.


    Pero es que la Gran Guerra lo había cambiado todo. Cuando Kafka muere en 1924, Hitler escribe el comienzo del Mein Kampf, Benjamin traduce a Baudelaire y Thomas Mann publica La montaña mágica, en la que un personaje, un doctor tenebroso toma coincidentemente el nombre de Dr. Kafka. También en esa fecha nace el padre de Valero.


    Y el libro va así dando saltos, no tanto como un alfil, más bien como un caballo, de ciudad en ciudad, pero con un claro nexo de unión entre las historias que va desgranando. Porque, como en el ajedrez, este libro va empalmando escenas, situaciones que tal vez estén armadas de manera precisa en un primer momento, como la apertura siciliana, o la no tan conocida apertura catalana, cuyo origen relata Valero, pero en el desarrollo el autor abandona los manuales teóricos y la partida se abre por veredas insinuadas unas veces, desarrolladas en otras, dejando un amplio espacio para que el lector pueda soñar las suyas propias.


    Pero el libro no es solo un esfuerzo ingenioso por amalgamar historias desconexas o por mostrar el gran conocimiento de su autor, experto por otro lado en Walter Benjamín, sino que resulta totalmente natural y hermoso, lleno de reflexiones sobre el arte y la vida.


    Al igual que en la Ciencia, donde cada científico se alza a hombros de gigantes al decir de Newton, en el Arte no hay avance, solo insistencias. Duelo de alfiles pone de manifiesto estas conexiones temporales y geográficas. Un tiempo en el que las turbulencias sociales y políticas se trasladaban a la cultura y la filosofía. Un tiempo en el que se aspiraba a un nuevo modelo, que unos veían a través del nuevo hombre soviético, otros a través de la consagración de un ideal patriótico nacionalista excluyente, otros simplemente como continuación de una tradición finisecular.


    Cada uno a su modo trazó referencias para los que vendrían después, pero se dejaron influir recíprocamente, tejieron complicidades y desacuerdos y, al menos, en el mundo del arte, fue una partida que quedó en tablas, como siempre ocurre en esta disciplina.



     




    28 de julio de 2026

    Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

     


    Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

    La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

    Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

    Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

    Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

    Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

    Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

    Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

    María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

    Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

    Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

    Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

    Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

    Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


    Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

    En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

    En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

    Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

    Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

    Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

    Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección. 

     

     

    13 de julio de 2026

    Arsenio Luipin contra Herlock Sholmes (Maurice Leblanc)

     


    En 1908, Maurice Leblanc publicó el segundo título en el que recopilaba historias de su ladrón y mago del disfraz, Arsenio Lupin. El volumen, titulado Lupin contra Herlock Sholmes, continuaba de alguna forma la senda abierta por el último relato de la colección anterior, en el que aparecía por primera vez esta lucha de egos entre el elegante e inteligente ladrón francés y el astuto pero algo tosco detective británico. Herlock Sholmes es el nombre bajo el que Leblanc se refería al famoso personaje de Conan Doyle y cuyo nombre alteró por motivos de derechos legales de un modo tan simple como desafiante, para desesperación de los abogados del escritor británico.

    En este caso, el libro se circunscribe a la lucha entre estos dos portentos del ingenio. Recordemos que Lupin es un mago del disfraz, un ingenioso ladrón, simpático, elegante, caballeroso, que le gusta robar muebles antiguos, joyas con valor artístico, nunca dinero vulgar. Le gusta el buen comer y el buen beber, es generoso en sus propinas y en el pago de sus servicios, es digno de confianza, se presume que buen amante y mejor amigo de sus amigos.

    Por el contrario, Herlock Sholmes se muestra algo taciturno, con escaso don de gentes a pesar de su inteligencia. Apenas se interesa por Wilson (el trasunto de Watson), tiene modales algo secos, por no decir groseros, y escaso gusto en los placeres de la vida. En suma, una presentación tópica y cariñosa que Leblanc creía asumible para sus lectores franceses, aunque explica parcialmente el poco éxito que sus libros hallaron en las islas vecinas. Como en el caso del primer volumen, el ingenio del francés aparece como símbolo de las virtudes nacionales y, por tanto, la lucha de ingenios se revela también como la de dos modos de entender la vida, el empirismo práctico inglés y la galantería pícara y mediterránea del francés. Y, sin embargo, esta tensión es llevada a buen puerto sin que resulte tan explícita que moleste a un lector ajeno a ambos egos nacionales.

    Por otro lado, hay que tener en cuenta que los diversos capítulos del libro realmente responden a dos historias separadas. En el primer caso (Arsène Lupin contra Herlock Sholmes, 1906–1907), la narración se subdivide en varias intrigas que mantienen al lector atrapado durante seis capítulos que están enlazados en una historia mayor que narra pequeños enfrentamientos entre ambos personajes relacionados con una misma trama. En el segundo (La lámpara judía, 1907), el argumento se concentra en un misterio resuelto en dos episodios. Por tanto, estamos ante solo dos historias propiamente dichas y no ante relatos separados, lo que diferencia este libro de muchos de los volúmenes de Conan Doyle donde cada aventura puede ser leída de manera independiente.

     


    Resulta interesante comprobar cómo, a diferencia de Conan Doyle, Leblanc apuesta por relatos de más largo aliento, con tramas que se expanden durante capítulos y que permiten al lector seguir un juego de persecuciones, trampas y disfraces que encajan mejor con la teatralidad de Lupin. En este sentido, el libro funciona más como una novela corta dividida en episodios que como una mera colección de relatos.

    Como es de esperar, Arsenio Lupin sale victorioso en ambas historias, dejando a Herlock Sholmes algo mal parado, aunque no hasta el punto del ridículo, puesto que para que las hazañas propias sean dignas de alabanza, los enemigos han de estar a la altura. Así, abundan los momentos en que el detective parece estar a punto de desentrañar los misterios con que le envuelve el ladrón, pero este siempre termina por dar una vuelta de tuerca, anticipando los planes metódicos y deductivos del inglés.

    Hoy, la crítica ve en este volumen no solo una curiosidad literaria, sino un momento clave en la evolución de la novela popular europea. Supuso la fusión de dos tradiciones, la del folletín francés y la del relato detectivesco inglés, en una obra que, sin dejar de ser puro entretenimiento, revela hasta qué punto la literatura popular puede identificarse con la identidad cultural de un país.

    En este viaje por los relatos completos de Lupin, desconozco aún si Herlock Sholmes volverá a aparecer en estas historias o cómo mantendrá Leblanc el interés del lector si renuncia a esa lucha de egos en la que el papel del detective francés que también persigue a Lupin, Ganimard, no tiene el mismo atractivo, o cómo resolverá su gusto por enlazar las historias para que su personaje disfrute de una continuidad que le permita una mayor complejidad. Iremos viendo.