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28 de julio de 2026

Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

 


Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección. 

 

 

15 de abril de 2026

La roja insignia del valor (Stephen Crane)

 


Leí por primera vez La roja insignia del valor con unos 10 años por el único motivo de que me encantó la portada de la edición de Tus libros de Anaya, motivo más que suficiente a esa edad. Unos soldados yanquis con sus uniformes azules contra un fondo rojo fueron suficiente. No entendí nada. Tiempo después, ya adolescente volví a leer el libro y apenas tengo recuerdo. Sí que lo entendí de mejor manera pero algo de la historia me quedó vedado.


Pero después de haber estado sumergido durante dos semanas en la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster, no he tenido más remedio que volver a este título, sin duda el más recordado de este autor que se terminará precipitando en el olvido a salvo de que el intento de Auster tenga éxito.


Es en esta tercera lectura cuando he logrado sacar el mayor partido al libro, sin duda por el magno empeño de Auster que ha sabido poner contexto y destacar los méritos literarios de este escritor que alcanzó el éxito con veinticuatro años y que poco después moriría sin haber logrado revalidarlo.


La roja insignia del valor, título también traducido en ocasiones como El rojo emblema del valor, nos narra la historia de una refriega de un par de días dentro del conflicto de la Guerra de Secesión americana, conflicto que había tenido lugar antes del nacimiento de Stephen Crane pero del que pudo tener noticias directas gracias a conversaciones con familiares y amigos veteranos.


El protagonista es un joven al que solo ocasionalmente  veremos citado por su nombre (Henry Flemming), igual que ocurre con la mayoría del resto de personajes, como el soldado alto, el vocinglero o el andrajoso. Este joven, henchido de ideales e imágenes de gestas heróicas, se ha alistado en contra de la voluntad de su madre, que debe mantener la granja por sí misma al haber fallecido su marido tiempo atrás. Pero el joven descubre que el ejército es, en gran medida, marchar, practicar tiro, dormitar, acampar y poco más, nada a la altura de sus expectativas. El tiempo libre es su mayor problema, el de todos los novatos del regimiento. Las dudas sobre el valor que mostrarán al iniciarse el combate consumen al joven. Por momentos cree poder arrastrar a sus compañeros a gestas gloriosas, pero en ocasiones, duda sobre si huirá como un conejo.


Y el combate llega; apenas una refriega, un mero intercambio de disparos, y el joven aguanta el tipo, más por curiosidad que por valor, pero cuando el choque se recrudece, termina por huir junto a otros tantos. El joven reformula su relato, en realidad no ha huido por cobardía sino por la estupidez de los mandos, ha sido prudente, los que han aguantado no han sido valientes sino cretinos. En su pasear por los campos, escondiéndose de enemigos y amigos, se encuentra con una columna de heridos entre la que camina el soldado alto que ha sido gravemente herido. Su muerte horroriza al joven que se consume por los remordimientos, la culpa y la vergüenza ante todos los hombres que llevan con orgullo la prueba de su valor, sus heridas sangrantes, ese rojo emblema del valor, esa insignia más meritoria que los kilos de medallas que lucen los generales a caballo.

 


 Cae en otra refriega y es herido pese a todo, en la confusión retorna al regimiento donde ese acogido y su herida cubre la vergüenza. En la jornada siguiente deberá dar prueba de si está a la altura de esa enseña del valor o si ha de ser cubierta por el oprobio y la burla.


En esta novela, breve por demás, la economía de palabras es una marca de distinción. Apenas hay pasajes prescindibles, incluso las escasas descripciones del paisaje sirven para acompañarnos en el descubrimiento del espíritu tan cambiante del joven soldado. Pero hay muchas más cosas loables en la novela.


Como ya dijimos, apenas hay nombres, solo apelativos descriptivos, alto, andrajoso, lo que aplica también a nuestro protagonista. Pero es que es un recurso que sirve para despersonalizar a los personajes. El regimiento en ocasiones se muestra como un todo orgánico. Nadie puede sobrevivir fuera de él, de la comunión de los hombres, una solidaridad que en ocasiones es más fuerte que la lealtad a la patria o a las soflamas de los oficiales. El regimiento sufre, aúlla, corre, suda y teme, como un ente propio que subsume a todos sus componentes. Pero, en otras ocasiones, Crane sabe romper este hechizo y posar la vista en el joven, en sus diatribas mentales, sus contradicciones e idas y venidas, en el individuo como un peón dentro de un enorme juego del que no es sino una ínforme porción. Sin embargo, en ese regimiento, el joven no logra hallar el eco de sus propios temores. Indaga si otros temen no mostrarse valientes en el combate, pero nadie habla directamente sobre este tema, tal vez todos lo tengan en mientes, pero el temor es un fantasma de soledad que te abraza incluso rodeado de otros hombres.  


En suma, la guerra es retratada como lo que es, un batiburrillo en el que el individuo no es sino parte de un gigante tablero, en el que apenas puede concebir cuál es su función. Cree estar ganando la batalla cuando el frente se hunde a su alrededor, ve la muerte de sus compañeros mientras el éxito ciega a los superiores, avanza, se embosca, retrocede, ve pasar a los francotiradores a su lado mientras caen balas de cañón sin saber si son amigas o enemigas. Un caos que la novela refleja perfectamente en las idas y venidas del joven que tan pronto está en la retaguardia huyendo de las posiciones avanzadas, como se encuentra en primera línea nuevamente, sacudido por la refriega más violenta.


Y este caos es acompañado por la actitud de los protagonistas. Ninguno parece dotado para la grandeza y el heroísmo. Los gritos y la sangre todo lo manchan, los insultos entre veteranos y novatos, las malas formas y violencia de los mandos, las palabras más soeces y los juicios más ramplones se entremezclan con la muerte y el sufrimiento, también con la entrega desinteresada, el ánimo al compañero en dificultades, el odio al enemigo.  


Este lenguaje naturalista sorprende en una época en la que todavía la guerra mantenía su halo de mística épica. No olvidemos que aún en la Primera Guerra Mundial los civiles se alistaban creyendo que acudían a su cita con la Historia y no a un matadero. Por contra, Crane, que aún no había visto ninguna batalla, tuvo la suficiente clarividencia para ver el fin del individuo en esa máquina de picar carne que eran los ejércitos modernos.


Por otro lado, centrar la acción no tanto en los grandes hechos bélicos como la batalla de Gettysburg, es otro gran acierto, un pequeño escenario para desplegar el verdadero nudo de la trama, el incesante discurrir del joven Henry, sobre su valor, el sentido de la lucha, la cobardía, el probarse a sí mismo, la lealtad, el sentido del amor filial, cuestiones todas ellas sobre las que debate consigo mismo de manera larga y creíble.


En esta ocasión he recurrido a la edición de Austral con la maravillosa traducción de Jesús Zulaika y creo que finalmente he logrado diseccionar el alma del joven soldado, compartido sus dudas y temores de los que todos podemos hacernos partícipes en algún momento de nuestras vidas aunque no esté en juego el recibir una bala del enemigo, pero sí los lances de la vida y las pruebas a que nos somete. A ello ayuda el que el enemigo no sea nunca claramente identificado. Henry solo puede visualizarlo como la mancha gris que se mueve ante sus ojos confundido entre el humo de los rifles. Solo un soldado muerto o unos pocos prisioneros al final del libro toman realidad corpórea, por tanto, ese enemigo es tan irreal como los castillos de La Mancha y a todos nos aplican.    


Uno entiende ahora mejor el sentido del dolor de la madre contrariada por la decisión de su hijo y el desafío que le lanza al llamarle "pequeño" y asegurarle que nunca le faltaran unos buenos calcetines zurcidos adecuadamente. También sentimos el oprobio de los novatos cuando son objeto de la burla de los veteranos, ya se sabe, nosotros sí que nos hemos tenido que esforzar, esta nueva generación con la que las levas llenan el ejército no son más que una pandilla de haraganes incompetentes, cómo ganar así una guerra, cómo levantar una empresa, un país, si estos jóvenes no valen para nada. Y estos desprecios tal vez hacen mella en la moral del regimiento, pero también le sirven de acicate para sobreponerse, para mostrarse a sí mismo y a los demás su valía y valor. Por desgracia, para todos, el regimiento y nosotros, este valor se acostumbra a acreditar mediante esa roja insignia, los golpes y baqueteos que recibimos por doquier, que nos hacen tambalear hasta encontrar nuestro momento y sentido. Un largo camino del despertar, similar al que recorre el joven.

 

Similar también al que tuvo que recorrer Stephen Crane, siempre al borde de la bancarrota, siempre presuroso en la escritura para pagar deudas sin por ello renunciar a una gran calidad literaria. Porque La roja insignia del valor nació tras el fracaso comercial de su primera novela, Maggie, una chica de la calle, libro que tuvo que autopublicar. Tras su fracaso, optó por lo que hoy llamamos trabajo alimenticio y que, en el caso de Crane, realmente tuvo esa función literalmente. Por fortuna, la inspiración y un enorme talento le alejaron de los caminos hollados por otros muchos y nos regaló un texto, éste sí, como diría Auster, inmortal.



16 de julio de 2024

Odisea (Homero)



La Odisea puede resultar un título intimidante por su antigüedad y resonancia, lo que hace creer a muchos que es una lectura ajena a nuestros gustos y valores. Un clásico es, en suma, un libro que se debe evitar para no quedar atrapado en el sopor de unas letras excelentes pero que a casi nadie importan, al menos esto es lo que muchos creerán.


Sin embargo, este pensamiento nos aleja de lecturas que, de un lado, nos entretendrán como pocas narraciones actuales podrán hacer y, de otro, servirán para hacernos comprender que tal vez no somos tan diferentes de un griego de hace casi tres mil años, que podemos tener un entendimiento del mundo bastante similar, emocionarnos e indignarnos con las mismas aventuras e injusticias que quienes se sentaban en el ágora de una ciudad del Peloponeso o de cualquiera de esas islas que pueblan esta increíble aventura.    


Tenemos la ventaja adicional, como ya señalara Javier Marías respecto de otras obras foráneas, de no poder leerla más que en nuestro idioma y en versiones actualizadas gracias a nuestra incapacidad para conservar el estudio de las lenguas clásicas, por lo que siempre podremos recurrir a traducciones actualizadas, salvando arcaísmos nos alejan de las obras escritas en castellano más reciente. Por otro lado, obviaremos la versificación que puede ser otro aspecto que nos aleje del texto original. Armados así, nos enfrentaremos a una narración en la que apenas encontraremos grandes diferencias respecto de otras obras, incluso saldrá más moderna en la comparación frente a novelas decimonónicas.


En mi caso, he recurrido a la edición de Austral, con traducción de Luis Segalá y Estalella y una Guía de Lectura a cuenta de Alfonso Cuatrecasas.

 

El argumento es de sobra conocido. Odiseo (Ulises para quienes prefieran la versión latina), tras causar la destrucción de Troya gracias al engaño del caballo en cuyo interior se esconden los más valerosos guerreros aqueos, parte de vuelta a su isla, Ítaca. Sin embargo, su retorno se alargará por veinte años, tal es la animadversión que ha levantado en algunos dioses como el poderoso Poseidón o el deseo que despierta en la bella Calipso. En este viaje, Odiseo sufrirá diversas aventuras, algunas tan conocidas como las de las sirenas y su canto embelesador o la del Cíclope cegado por una estaca gigante que siguen formando parte de nuestra peculiar mitología occidental como si el tiempo no hubiera transcurrido por ellas.


Finalmente, regresará a Ítaca merced a la mediación de Palas Atenea, diosa que siempre le es favorable, y allí se reencontrará con su hijo, Telémaco, a quien dejó apenas nacido y ahora convertido en su digno reflejo, y a su esposa, Penélope, quien debe sufrir la afrenta de quienes la pretenden en matrimonio creyendo o confiando que Odiseo ha perecido entre las olas.


Aquí no pararemos a discernir sobre la figura de Homero o la importancia de la tradición oral, ya que la Odisea era un poema para ser recitado por aedos en ceremonias y festividades. Tampoco entraremos a valorar su trascendencia e influencia, no solo en la Grecia Antigua sino en el resto de la Literatura Occidental. Nos centraremos tan solo, y por coherencia con la actualidad y vigencia de la que hemos hablado anteriormente, en aquellos aspectos que la hacen moderna, que nos pueden resultar tan actuales como si Homero no la hubiera escrito o compuesto hace más de tres mil años o como si nosotros no viviéramos en la era de internet, sino en una suave colina repleta de olivos y a la que llega levemente el sonido de las olas de un mar azulado, el tan temido Ponto del que habla nuestra historia.


Porque el Odiseo de la Odisea, a diferencia del de la belicosa Ilíada, es un hombre que podría quejarse con la voz amarga de Otelo, preguntando si él no sangra cuando se le pincha. Odiseo está hecho a la medida del hombre, no de los dioses o héroes. Su pecho se enciende cuando añora a Penélope, su alma se nubla cuando recuerda a todos los caídos en su largo viaje, su corazón se estremece cuando ve a sus compañeros devorados por el Cíclope. Es tan humano en sus sentimientos, que la venganza que siembra entre los pretendientes que buscan el amor de su esposa, y los sirvientes de su palacio que se han entregado a aquéllos, es casi una escena tan sangrienta como las que pueblan la Ilíada, pero esta vez con un impulso muy distinto, con una pulsión tan terrenal que todos podemos entender.   


Odiseo se define igualmente por su astucia, no la fuerza sobrehumana, sino aquello que nos diferencia de los animales y nos hace campar sobre ellos. Odiseo es inteligencia y maña por encima de la fuerza, es "fecundo en ardides" como le definen muchos de los personajes de esta historia. Odiseo se convierte así en una referencia accesible para cualquier hombre libre de aquella Grecia naciente, la que debería enfrentarse a naciones gobernadas por tiránicos y poderosos semidioses como los persas. Es una declaración de principios. No hay dioses que no puedan ser confundidos por esa astucia que los griegos reclaman para sí. Porque, pese al abultado número de deidades que pueblan este libro, juegan un papel casi de tramoya. Es la voluntad férrea del protagonista la que le impulsa, más allá de leves ayudas, de golpes de fortuna si hablásemos desde una visión más laica.



En esta obra se muestran también los diversos aspectos del comportamiento humano. La rectitud de Penélope y Telémaco, fieles al recuerdo del rey ausente. También la bajeza de quienes tratan de aprovecharse de su extravío en el inmenso mar. La de quienes honraron su recuerdo, la de quienes se aprovechan del débil y el mendigo, cobardes con los poderosos, valientes con los inferiores. Los oscuros juegos del Poder son dibujados con una viveza y vigencia que sorprenden a quien pase por estas páginas con ojos abiertos.


Pero Odiseo es tan humano que también cede a impulsos que le desvían de la rectitud. Así, cuando se hace al mar tras cegar al Cíclope, su soberbia le hace desafiarle a gritos, desvelando así su presencia, ocasión que el gigante aprovecha para lanzar un peñasco sobre las embarcaciones, a punto de zozobrar. También ese orgullo le lleva a querer escuchar el canto de las sirenas sin ser por ello arrojado a las profundidades del Hades. No es de extrañar que Kafka, en su breve narración, El silencio de las sirenas, hiciera burla del ingenioso itacense con un mutismo que le hiciera creer, entre otras posibilidades, que las sirenas eran aún más ingeniosas que él.


La técnica narrativa empleada usa flashbacks, algunas historias secundarias, nos lleva desde el Olimpo sagrado hasta el inframundo donde Odiseo conversa con su madre muerta, crea suspense e intriga, y otros muchos recursos que se harán habituales con el correr de los tiempos. Porque aunque aceptemos que el Quijote sea el auténtico nacimiento de la novela, lo cierto es que el viaje y lo que en él nos encontramos, tal y como señaló Kavafis, es tan relevante como su final mismo. Porque ese camino, que físicamente puede ser el mismo para cada uno de nosotros, para don Quijote, para Sancho, para Odiseo, lo cierto es que cada uno lo hace suyo, le da forma según su naturaleza y ser, conforme el albedrío que cada uno despliega.


Por ello, la Odisea merece la oportunidad de ser rescatada de las lecturas olvidadas, las que demoramos ante cualquier novedad inverosímil, porque nos puede ofrecer más y mejor que todas ellas, porque contiene casi todas las historias que podamos leer, las series que podamos ver adormilados, mientras dejamos que la vida se nos escape, al modo en que Penélope destejía cada noche lo que había tejido por el día, aguardando que algo ocurriera, que Odiseo apareciera de nuevo en su palacio.

 

18 de junio de 2023

Las armas y las letras (Andrés Trapiello)

 


 

Armas y letras son términos que se nos antojan opuestos. La razón y la fuerza, el debate y la confrontación, donde terminan las palabras comienza la violencia. Sin embargo, esto no es siempre así, aguerridos batalladores han sido conspicuos artistas del pensamiento y las letras. Basta rememorar nuestro pasado más clásico para reconocer esta doble cara en Cervantes, Garcilaso de la Vega o Calderón de la Barca. Pero también tenemos otros autores que, alejados de los campos de batalla, urdieron sus tramas y pretendieron influir con sus escritos en el curso de los acontecimientos, o en todo caso, dejar constancia de la gloria de los gobernantes o de su ignominia para, de algún modo, ganarse el afecto del poderosos o del arribista.

 

Estas dos vertientes son tan eternas como la idea de conflicto porque, aunque hoy en día creemos vivir en la época del relato, lo cierto es que en todo tiempo y lugar, los poderosos y quienes aspiran a ocupar su posición, han tratado de amalgamar un discurso coherente con sus objetivos, sabiendo que en muchas ocasiones, las batallas más importantes se libran en la conciencia de las personas, que las guerras comienzan a ganarse con la propaganda.

 

Por ello, todo bando en conflicto gusta de rodearse de una pequeña corte de artistas y literatos, pensadores y filósofos que atenúen su imagen de carniceros, que les dote de respetabilidad. Así, hay regímenes más hábiles o afortunados en esta empresa. Capa o Picasso dejaron imágenes de un conflicto que han trascendido a su circunstancia local. Menos suerte les cupo a los vencedores, que no lograron éxito tal pese a sus innumerables esfuerzos.   

 

Es precisamente en ese momento histórico, nuestra guerra civil, en el que detiene su atención Andrés Trapiello. La primera edición de Las armas y las letras (Ed. Austral) es de 1984, momento en el que la información sobre este tema era prácticamente inexistente. Desde entonces, las sucesivas ediciones han podido dar cuenta de numerosos avances, descubrimientos, nuevas publicaciones y, por encima de todo, un gran debate.

 

Desde el propio prólogo, Trapiello se separa del maniqueísmo que contamina a quienquiera que se acerque a este conflicto. Para ello, pone en valor algo que resultó muy novedoso en su momento. Es la existencia de una tercera vía, de una alternativa republicana y democrática, opuesta por igual a nacionalsocialismo y a dictadura del proletariado. Una opción que cayó entremedias de dos movimientos que ya entonces peleaban a muerte pero sin desencadenar un conflicto que solo estallaría pocos años después. Ésta es la España de Chaves Nogales, y de tantos otros que tuvieron que exiliarse, no al final de la guerra, con el hundimiento de la República, sino a lo largo de todo el conflicto, perseguidos y suprimidos por ambos bandos.

 

La memoria de todos ellos se honra en este libro y el interés que las obras de estos autores e intelectuales está recibiendo en épocas recientes es un verdadero hito en nuestra historia literaria, tan cainita como le habría gustado decir a Antonio Machado.

 

 

 

Pero, pasado ese reconocimiento que este libro, junto a otras muchas iniciativas similares ha logrado, se deben poner de manifiesto otras virtudes que no son menos relevantes.

 

Como todo conflicto civil, nuestra guerra tuvo la terrible circunstancia de dejar la suerte de cada persona en manos del azar y el capricho. Autores de tendencia derechista fueron sorprendidos en la zona equivocada, lo que les llevó a la muerte, como el caso de Ledesma Ramos o de Maeztu. Por el otro lado, baste citar a Lorca como representación de tantos otros que murieron en cunetas y contra muros de cementerios. Solo unos pocos pudieron refugiarse y huir a su propia zona.

 

Esta separación también llevó a que intelectuales, poetas o escritores tibios o no demasiado significados, se volcaran de inmediato hacia el bando que dominaba su pueblo, su ciudad, su región, tratando así de borrar el recuerdo en sus vecinos del día en que se acudió a la plaza del Ayuntamiento para celebrar la proclamación de la República o los tiempos en los que se paseaba con modales aristocráticos y zapatos relucientes o se publicaban versos insípidos y poco comprometidos.   

 

También asistimos, guiados por la mano de Trapiello, a las arrastradas vidas de quienes mendigar con el reconocimiento de los nuevos gobernantes, con vergonzosa inmoralidad, traicionando a quien fuera menester, ofreciéndose como informador o publicando versos infames sobre la sonrisa de Franco o sobre la lucha del pueblo mientras se vivía en un Madrid semi rodeado y hambriento con privilegios aristocráticos.

 

Pero poco ejemplifica mejor esta geografía de las desgracias personales, como el caso de los hermanos Machado, Antonio y Manuel. Si bien el primero se significó más políticamente a favor de la República, no podría decirse que Manuel fuera un reaccionario favorable al fascismo. No podemos sostener esa idea sin olvidar que ambos hermanos escribían a cuatro manos obras de teatro, mantenían una relación afectuosa y podían sintonizar también en lo ideológico. Sin embargo, a Antonio la guerra le sorprende en el lado republicano. Pero a Manuel, el 18 de julio le coge en Burgos por una desgraciada circunstancia, la víspera tenía pasaje en tren para regresar a Madrid, pero se retrasa y lo pierde. Al día siguiente estalla el conflicto y los hermanos no volverán a verse. Podemos conjeturar que ambos miraban de reojo la evolución del otro. Cada uno tendiendo a acercarse al gobierno de su lado, tal vez más por prevención o sentimiento del deber que por convicción. Y ninguna imagen mejor del criminal peso de esta guerra, que la de Manuel conducido en un coche oficial del gobierno de Franco a Collioure tras conocer por la prensa republicana, que su hermano ha fallecido en esa ciudad francesa. Y llegar allí y descubrir que también su madre, que acompañaba a su hijo, ha fallecido. Y velar en el cementerio a ambos, tal vez también en compañía del tercer hermano, quién sabe qué se dijeron o si se dijeron algo o si llegaron a verse.

 

Si hay algo que sorprende a nuestros ojos, es la enorme profusión de revistas, ensayos, poemas, dietarios, periódicos y todo tipo de vehículos para la expresión escrita que circularon por ambas zonas. Es fácil creer que ese tiempo estuvo volcado en la guerra, en el conflicto militar, que no se desviaban recursos a otros fines, pero esto viene a poner de manifiesto la importancia que se atribuía a las letras, la fe en su contribución a la victoria final.

 

Y a ellas se aplicaron todo tipo de arribistas o autores consagrados porque difícil era no tomar partido. Y es en estos caminos en los que se entrecruzan Gonzalo Torrente Ballester con Álvaro Cunqueiro, Rafael Alberti con Miguel Hernández. Esta riqueza era sin duda superior en el bando republicano en el que la ideología seguía teniendo un amplio espectro representado por los restos de un republicanismo burgués, los comunistas, en sus facciones infinitas, los anarquistas, .... cada uno con sus órganos, sus periódicos, sus mitineros y poetas, sus revistas. Porque, pese al estado de guerra y el riesgo de que cualquier adjetivo mal medido pudiera llevarte a un paseo del que no se volvía, lo cierto es que en la zona republicana se sigue apreciando una cierta diversidad en los enfoques, en los estilos, una mínima capacidad, no exenta de riesgos, de disidencia con la opinión mayoritaria. Nada de esto era posible en la zona nacional, donde cada publicación era un calco de las estrictas instrucciones (expresadas o asumidas) de la ideología que emanaba del gobierno de Burgos.

 

No tiene sentido desgranar algunas de las innumerables anécdotas, curiosidades o hechos deleznables, traiciones y mendacidades que pueblan estas páginas. Tampoco dar nombre a quienes tan encumbrado lo tuvieron en aquellas fechas. El libro concluye con un interesantísimo índice de autores acompañado por una pequeña nota biográfica y referencia a sus obras, que puede hacer de manual de consulta una vez concluida la lectura del libro.

 

Y aquí llegados, es preferible callar y recomendar tan solo la lectura, dejar irse por estas largas páginas que, sin embargo, se hacen cortas, y recuperar el recuerdo de un tiempo que se nos antojaba algo más gris que lo que Trapiello nos desvela. De poder revivir aquellos años duros en los que aún quedaba tiempo para cuestionarse si el dadaísmo o el futurismo eran reaccionarios o progresistas, afanes tan inútiles y estériles como cualquiera de nuestros actuales debates a golpe de tweet, y poder así comprender que cualquiera tiempo pasado no siempre fue mejor porque ahora las letras hablan mientras las armas callan.