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28 de julio de 2026

Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

 


Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección. 

 

 

6 de septiembre de 2022

La isla del tesoro (Robert L. Stevenson)

 


 

En algún lugar leí que La isla del tesoro es un libro que admite lecturas diferentes según se va creciendo. Desde la simple aventura juvenil en la que el lector se identifica con el grumete Jim y su sed de vivencias, a la senectud donde uno puede medir sus ansias de vida con la libertad de Long John Silver.

Armado por estas razones, y por las ganas de disfrutar nuevamente de este gran libro, vuelvo a abrir sus páginas y a zambullirme en las aguas oceánicas en busca de la isla del esqueleto, con el magnífico, aunque algo impreciso y macabro, mapa del tesoro y acompañado por una tripulación formada a partes casi iguales por bucaneros asesinos y prohombres que pasean con orgullo la enseña británica.

Poco sentido tiene repasar el argumento de esta novela ya que casi todo el mundo la habrá leído, en mejores o peores versiones, o en todo caso, visto alguna de las numerosas películas que se han rodado sobre la base de un guión adaptado de la obra de R. L. Stevenson. Por ello, comenzamos las reflexiones sin más.

Y la primera de ellas surge nada más iniciada la obra. El pequeño Jim Hawkins se apropia del mapa del tesoro de la isla al tratar de recuperar el dinero que le debe a su madre, por los gastos de hospedaje, el capitán Billy Bones, recién fallecido tras recibir la Marca Negra. Jim muestra el mapa al doctor Livesey y éste al caballero local, un pequeño terrateniente con algún cargo administrativo para dar lustre a su bajo título nobiliario.

Y ni cortos ni perezosos, arman una goleta, La Española, contratan a un capitán y a una tripulación para partir en busca del tesoro y repartirlo como buenos hermanos. El tesoro parece haber sido enterrado en la isla por el temible capitán pirata Flint y, por tanto, no parece tener un origen lícito. Y sin embargo, no se plantean que tal vez el mismo deba ser devuelto a sus legítimos propietarios, al gobierno de Su Majestad o a quien corresponda. Tampoco se plantean que si el chico encontró el mapa, a él le corresponde el tesoro. Sin más, entienden que, como el fruto de la tierra, está ahí para tomarlo.

Supongo que los estudios jurídicos me delatan pero las preguntas continúan porque, por desgracia para estos supuestos buenos hombres, la tripulación contratada es, en gran medida, el resto superviviente de los compañeros de peripecias de Flint, encabezados por su contramaestre, el tullido Long John Silver y su loro parlante, también llamado con fina ironía Capitán Flint. Así que los piratas navegan rumbo a la isla con la misma intención que los rectos hombres, la de apropiarse de un tesoro que, en puridad, les pertenece tanto como a Jim y sus compadres. No sabría decir quién es más pirata aquí.

Y como siempre ocurre, el joven Jim crece en las pocas semanas que dura el tiempo de la narración, madura como persona aprendiendo de cuantos le rodean. En él surgen los sentimientos de nobleza y lealtad, los del esfuerzo y el heroísmo, pero también la extraña dualidad que habita en todos nosotros, el que un tremendo bribón como Long John Silver, pueda protegernos y amarnos como si fuéramos el hijo que nunca tuvo y, al tiempo, ser objeto de devoción, como la figura paterna que Jim necesita, igual que cualquier huérfano novelesco que se precie.

 

 

 

La personalidad de este joven Jim es otro de los enigmas, un personaje bien construido puesto que podemos aventurar sus dudas y cavilaciones sobre su propio papel en toda la trama, o su relación confusa con el pirata. Y es que la llama de la libertad, tal vez unido a los efectos de los alisios le hacen cometer locuras como huir del fortín y tratar de arrebatar la goleta a los piratas, aventuras de las que sale con vida tan solo gracias a la magnanimidad del autor. Pero en todas ellas late profunda, apenas reconocible, la semilla plantada por el alma indómita de Long John Silver.

Pero volviendo junto al caballero, al doctor y el capitán que han contratado, que se muestra tan honrado y leal como ellos, nos asaltan nuevos interrogantes. Cuando regresan a la goleta, con el tesoro a buen recaudo, y zarpan junto a Long John Silver, con la promesa tácita de procurar no denunciar sus fechorías, volvemos a estar ante otro acto arbitrario. Es cierto que parecen necesitar del pirata para completar la escasa tripulación que les lleve a puerto seguro, pero realmente, ¿no están encubriendo todos los crímenes cometidos en este viaje?¿No manchan sus manos con la sangre de todos los muertos?¿No se condenan a ellos mismos por no entregar a la Justicia al contramaestre de Flint?

Más aún, ¿realmente se sorprenden cuando el pirata escapa una noche del barco, atracado en un fondeadero de la América Española? ¿Esperaban otra cosa? Al fin, y como siempre suele suceder con este libro, todos los personajes resultan algo maniqueos, simples, previsibles hasta cierto punto, pero el que concita todas las simpatías, el que se aferra a la vida y a la libertad como ningún otro, el que tiene claras sus lealtades (siempre a sí mismo) es el pirata de la muleta.

Y es este Long John Silver quien ha perdurado, junto a su loro, como el icono permanente de la obra, la referencia que llegó incluso a estar a punto de nombrar a los Beatles, cuando John Lennon, dio por bautizar a su grupo antes de saltar a la fama con el extraño apelativo de Long John and The Silver Beatles. Es la referencia de una maldad que puede desdoblarse en dulzura sin que uno llegue a saber nunca realmente cuál es el verdadero aliento que le impulsa, cual es el auténtico sentimiento del pirata. Porque, si Long John hubiera nacido en otra cuna, en la del caballero, por ejemplo, ¿habría cambiado la novela?¿Habría sido tan recto como aquel?¿Tan amante de su patria?

Creo que a este Long John Silver le es de aplicación la canción del ron que este libro ensalza como canto pirata por excelencia.

Quince hombres con el cofre del muerto,

ja, ja, ja, ja, y una botella de ron.

Pero creo que también le habría gustado poder cantar otra canción de piratas, la que escribió Espronceda reflejando todo el aire de libertad que tan bien encarna nuestro pirata cojo.

Que es mi Dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.  

Y es esta conexión con el Romanticismo la última reflexión que me evoca ésta mi última lectura del libro por el momento. Aunque el libro se publicó inicialmente por entregas en 1881, cuando ya las modas románticas habían dejado paso al realismo, lo cierto es que este libro refleja como pocos ese ansia de libertad, ese enseñoramiento de uno mismo, la capacidad de elegir nuestro destino aún a costa de tener que escapar de la realidad confortable que nos acoge y adormece. Tal y como hizo Stevenson, en una peregrinación constante para alejarse de la fría Escocia, siempre por supuestos motivos médicos, siempre con un afán de forjar su propia voluntad.    

La edición imprescindible de La isla del tesoro siempre será para mí la de Anaya, con su increíble croquis de La Española y las denominaciones de todas sus partes, velas, palos y trinquetes. También con su magnífico mapa del tesoro y, en esta última edición que he manejado, con un sorprendente epílogo a cargo de Santiago R. Santerbás, cuya lectura recomiendo encarecidamente. La traducción a cargo de María Durante sabe respetar el habla tabernaria y marinera de los piratas, pero también el estilo redicho y engolado de los buenos caballeros.

 

Porque La isla del tesoro es la obra perfecta de aventuras, la que resume todos los elementos que hoy atribuimos a este género. Todos sus elementos son tan clásicos que uno, cuando la lee por primera vez, casi no es consciente de cómo ha moldeado la imagen que tenemos sobre los piratas, que todos llevan un loro en el hombro, que beben ron, que entierran tesoros para luego recuperarlos en mejor momento si es que nadie se les adelanta.

Es seguro que Stevenson tomó todos estos elementos de obras ajenas en la misma proporción que de su propia inspiración, pero de toda esa mezcla supo extraer un fruto perfecto, una narración que pervive como referencia absoluta de los libros que leímos siendo jóvenes. Por ello, no está de más revisitarla para descubrir que el Stevenson que la escribió ya tenía algunos años encima y que, como Long John Silver, su huida hacia adelante que le llevaría a los Mares del Sur no era otra cosa que la búsqueda de la libertad, de su inspiración, y de todo eso que le está vedado comprender a un joven. Así que la voz de un maduro Stevenson se nos abrirá con facilidad desde una lectura algo más madura, no mejor, solo diferente.

 


 

 

 

9 de agosto de 2021

La aventura formidable del hombrecillo indomable (Hans Traxler)


 Para Maitane y David



Estamos sentados tomando el aperitivo y David me reprocha no haber publicado ninguna reseña sobre La aventura formidable del hombrecillo indomable. Trata de retar a su hija para ver quién recuerda mejor el comienzo del libro, y así abren el reto de ver quién de los dos es capaz de recordar más líneas del libro, y aunque no se ponen de acuerdo en si las frases que dice el otro son las correctas o no, lo cierto es que no tengo dudas, Maitane, ha superado a su padre con total seguridad. En los cincuenta años que cumple hoy David,  la memoria ha pagado algunas facturas aunque no para olvidar a sus buenos amigos y las mejores historias vividas con ellos. 


Y yo también trato de recordar cómo, hará unos tres años, David me enseñó el libro en su casa y le hice una foto para no olvidarlo porque, según me aseguró, era el mejor libro del mundo. Y al verlo, creí que sería una buena opción para Pablo, poco amigo de la lectura. Claro es que en estos tiempos de virus, mi hijo parece vacunado contra ese tipo de vicios, espero que también lo esté contra otros que pronto le llegarán en su casi preadolescencia. Y, pese al poco éxito de la recomendación, sigo pensando que La aventura formidable del hombrecillo indomable es el libro perfecto para él.  



Porque nada mejor para su imaginación desbordante que la historia de un hombrecillo que un verano encontró una esponja a mano y cuando nadie lo miraba, la estrujó a ver qué pasaba. Y lo que pasó es que, como toda esponja, soltó agua, agua y más agua, hasta inundar todo cuanto se ve. Y el hombrecillo después de haberla liado, debe pasar por infinidad de calamidades y emprender un viaje, una huida, un sálvame la vida. Para ello  pasará de un tonel a una cama, volará colgado de un hidroavión o de una bandada de gallinas, dormirá con un castor y visitará la China, lejana pero no tanto como la luna por la que también se asomará. Bajará a la profundidad del mar agarrado a un delfín y conocerá a un ratón gigante o entrará en el interior de un cráter a punto de reventar, y así hasta volver a empezar.

 

Porque, para el hombrecillo indomable, la vida es una aventura formidable, una sucesión de hechos que asume con la plena consciencia de que todo puede suceder y de que su papel es vivir contra todo y pese a todos, disfrutar de cada hermoso momento mientras dure y por eso, deberá saltar de un bote con un cocinero tan gordo que amenaza con hundirlo, a una cama flotante en la que, sin más preámbulos, sin preguntarse qué hace allí, aprovechará para echar un sueñecito reparador.



El autor de esta joya es Hans Traxler que, como no podía ser de otra manera, nació en  la República Checa en 1929, esa tierra en la que los autores que gozan de presentar lo absurdo como verídico forman un género aparte en la Literatura. Las tribulaciones del hombrecillo indomable recuerdan a las peripecias centrípetas de K, (otro personaje sin aparente bautizo nominal) en torno al alcaide del castillo. Pero también, el hombrecillo nos remite al soldado Svejk, otro personaje aparentemente invisible, solo preocupado por frecuentar a las camareras del Ú Kalicha y su formidable cerveza, dispuesto a dejar pasar la vida por delante de sus narices pero, por ello mismo, sorbiéndola a borbotones. Y podríamos seguir con Hrabal y los protagonistas secundarios, tan poca cosa, tan alejados del arquetipo heroico, pero tan heroicos como un Hércules o un Odiseo del siglo XX.


Y esta obra se enmarca dentro de esa tradición de irreverencia y sátira, de hombrecillos enfrentados a un mundo que les desborda y supera, pero al que se enfrentan con su simpleza o su grandeza, de manera indomable. Porque en este mundo de grandes dramas y desastres que cruzaron el mapa europeo del siglo XX, solo esos hombrecillos pudieron poner cordura y hacer valer esa dignidad que algunos quieren hacer perder a todo John Doe que se preste.

 

 


 

Traxler  tuvo que abandonar la República Checa al poco de concluir la Segunda Guerra Mundial, en parte por pertenecer a la minoría germana y, en parte, por las mejores oportunidades laborales para un dibujante satírico como él. En Alemania colaboró con diversos medios publicando tiras cómicas, sátira política e ilustraciones para libros infantiles. Incluso en este último campo mantuvo su irreverencia y la fina ironía de sus trabajos para adultos. Para este libro acompañó las ilustraciones con una breve línea por página, en rimas pareadas, logrando así un tono más cómico y ganándose la admiración de los pequeños para quienes fue destinada la obra inicialmente.


No caeré en la tentación de asegurar que este pequeño libro con ilustraciones y escasos sesenta versos es realmente el epítome de la crítica social a un mundo absurdo que nos oprime. Tampoco que es una lectura apta para adultos, que podrán regodearse en los dibujos y descifrar secretos  escondidos a los ojos de los niños. No, La aventura formidable del hombrecillo indomable es solo un libro para niños, que cualquiera puede disfrutar en la medida en que se ponga en el papel de quien fue niño en su día, de quien lo leyera y de adulto lo rememore. Y, visto así, es un libro espléndido, una historia admirable y formidable, lleno de pequeños detalles que fuerzan la sonrisa y de un texto amable que nos hace simpatizar con ese hombrecillo. Tampoco nadie se atrevería a decir que Hamlet sea una mala obra por no ser apta para niños. 



Este libro ha sido publicado en España por Anaya con traducción de Miguel Azaola, sin duda en un esfuerzo más que meritorio puesto que lograr mantener el ritmo de las frases sin caer en el ripio más básico puede no resultar fácil.      


Y sí, volvemos a Pablo ya que en su carácter se encierra la inagotable fuerza de la imaginación y la creatividad, pero también esa indomabilidad que acompaña a quienes no quieren seguir el surco de quién va por delante, y que tantos problemas nos traerá a sus padres en breve. Pero en ambas características se esconde la semilla de lo que, sin duda, terminará germinando en forma de un gran lector que encontrará su propio camino alejado de las recomendaciones paternas, libre de ellas. En fin, yo también tengo unas esperanzas indomables...


Y volvamos también a Maitane y David. Sin duda dos grandes lectores y, por tanto, espléndidos  recomendadores de lecturas. De Maitane espero su próxima sugerencia, una vez cumplida mi promesa de reseñar este libro. De su padre ya me llegaron en su día obras como Narración de Arthur Gordon Pym o más recientemente las de Terry Pratchett, además de aventuras vividas juntos, alguna de ellas casi tan formidable como la de nuestro hombrecillo.