Con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias de las Artes a Patti Smith casi vengo a descubrir que, además de grabar discos y recoger premios Nobel de Literatura en nombre de terceros, la ya anciana artista tiene una muy extensa obra literaria.
Y tal vez acicateado por mi repentinamente descubierta ignorancia, me lanzo a leer Pan de ángeles, publicado en España por Lumen, su último libro y que viene a ser una estupenda puerta de entrada a su obra, ya que estamos ante un libro de memorias que recorre su vida haciendo especial hincapié en sus aspectos creativos y en la importancia de la imaginación como asidero para los golpes de la vida, como forma de esperanza, de creación y de crecimiento. El título remite al antiguo motivo cristiano del pan de los ángeles, el alimento celestial del que habla el salmo 78 y que la tradición identificó con el maná y, posteriormente, con la Eucaristía. La pintura religiosa representó con frecuencia esa idea mediante ángeles que alimentan milagrosamente a santos o eremitas.
Este recorrido biográfico, que casi suena a despedida, ya que Patti Smith tiene 79 años, recorre los primeros años de la niña Patti, su vida nómada, con una precariedad que llevaba a su familia de una casa a otra, casi con un niño más en cada mudanza, con un padre que regresó de la guerra del Pacífico con secuelas por la malaria y una tendencia melancólica, y una madre que había sido camarera y cantante de night club y que debía trabajar para poder afrontar las deudas que les acosaban mientras la familia, como los problemas, crecía.
Sin embargo, como suele ocurrir, las dificultades vitales tan solo se aprecian de manera retrospectiva, puesto que la Patti niña vivía feliz sin sentir gran parte de las carencias, y aún añora el sofá verde desvencijado o los juguetes que ella misma construía, pero, por encima de todo, el libro que su madre le regaló, un ejemplar de Pennies from Fairyland, una colección de cuentos de hadas, cada uno un penique de sabiduría, que antes había pertenecido a su madre y que la introdujo en un mundo de sueños y fantasía del que no quiso volver a salir en toda su vida.
Porque la lectura se convirtió pronto en un anclaje al que poder volver a refugiarse cada vez que la vida golpeaba fuerte, y lo haría a menudo, una forma de poder conocerse mejor a sí misma y a cuantos la rodeaban, porque ese es el don de la lectura, que nos acerca más a cómo son y sienten los demás al tiempo que marca una distancia, levanta un muro que nos distingue y separa inevitablemente. Y así fue creciendo la joven Patti, avanzando en el colegio, escribiendo sus pequeñas historias, queriendo parecerse a Wendy o a Peter Pan, pero cayendo finalmente en las venenosas palabras de Rimbaud y del resto de poetas que marcarían su futuro literario.
La joven va creciendo y la poesía no la alejaba de los círculos rockeros en los que poco a poco se fue desenvolviendo, una combinación que muy pocos lograron sostener. Ejemplos como los de Dylan o Cohen, en menor medida, le dieron fuerza para poder subirse a un escenario y hacer sus jams de poesía, principalmente improvisadas, que terminarían por germinar en sus trabajos musicales, partiendo por el deslumbrante Horses de 1975, pero que, según voy avanzando en su discografía en paralelo a la lectura de este libro, dan sentido a una obra artística en la que música y poesía se combinan.
Pero la fama tiene un peso que a veces nos rompe y así Smith, a finales de los setenta, decidió tomarse un respiro y casarse con Fred Sonic Smith, uno de los miembros fundadores del grupo MC5, otro gran revolucionario que decidió bajarse del tiovivo y formar una familia en una pequeña casita junto a un canal en el que plantaron un barco en el jardín, en cuya pequeña cabina se refugiaban para escribir o escuchar música. Y los hijos llegaron, absorbiendo parte de la vida del matrimonio, tal vez alejándolos temporalmente de esa creatividad que, no obstante, afloraba de vez en cuando en algún que otro disco o en pequeños textos.
Pero la vida devuelve los golpes y tres muertes sacuden a Patti durante los años ochenta. Las tres tal vez igual de duras. Su hermano Todd Smith, por un ictus tras una dura existencia en la que tuvo que luchar y lidiar con sus problemas de identidad de género, pero que siempre acompañó y apoyó a Patti en su carrera. La de Robert Mapplethorpe, protagonista de lo que se considera la obra maestra de Patti Smith, Éramos unos niños, el fotógrafo responsable no solo de gran parte de las portadas de los discos de Smith, sino también de muchas de las inspiraciones artísticas de su vida. Pero, sin duda, la más grave de todas, la de su marido, por una enfermedad repentina.
Tres personas que desaparecen de su vida durante su cuarentena, en momentos que se suponen de plenitud, pero que la dejan varada en la orilla, forzándola de alguna forma a tener que volver a hacerse a la mar, a recuperar contactos y que finalmente la devuelven a la escritura como forma de sanación, de refugio y de amparo en un mundo paralelo que le da fuerzas y le sirve para su reconstrucción.
El libro es un canto a la poesía, a la creación como mecanismo de liberación y de unión entre las personas, y es una bellísima forma de recuerdo. No deja de sorprender cómo la voz de Patti Smith, lejos de resultar airada, de denunciar nuestro mundo actual, tal vez tan alejado de las premisas que pudieron mover a la generación contracultural de finales de los años sesenta o setenta, se muestra enormemente optimista, comprensiva con un mundo que sigue viviendo preso de injusticias terribles, que la autora no niega, pero en las que tampoco se recrea. Lejos de un cierto ansia de revancha que suele verse en personas ya mayores, lo que aquí predomina es esa capacidad de asombro de la que la autora hace gala, ese sorprenderse aún por cuanto hay en el mundo. A ello contribuye la excelente traducción de Ana Mata Buil, así como la cuidada edición de este libro.
En Tejiendo sueños nos encontramos a una Patti Smith más lírica que la de Pan de ángeles, en un libro publicado también por Lumen, con traducción de Aurora Echevarría Pérez, y que debe mucho al formato para el que fue concebido inicialmente. La editorial encargada del libro publicaba volúmenes de pequeño tamaño, como los libros de rezo hindúes, según señala la autora en la introducción. Y a ese formato mínimo responde este volumen de apenas poco más de cien páginas en el que volvemos a encontrarnos algunos recuerdos de infancia, como el de la muerte de Bambi, el perro de la familia, el nacimiento de su hermana Linda o el incendio del granero negro que se alzaba solitario en las tierras traseras de su primera vivienda estable, junto a un cementerio cuáquero.
Este libro combina algunos de esos recuerdos junto a breves ensoñaciones casi oníricas en las que Patti Smith da rienda suelta a su vena más surrealista y poética, en la que las palabras sobre una hoja se convierten en postes, las figuras que mueven la hierba sacudida por el viento son recolectores de lana, entre otras muchas imágenes.
En esta breve obra vemos otra faceta diferente de Patti Smith, quizá una que tiene más que ver con sus canciones en el sentido de un esfuerzo más centrado en la emoción que en la narración estructurada, en la que apenas unas ideas van tejiendo esos sueños o, reformulando el título de otro modo, en el que los sueños se van entrelazando para ofrecer una visión de conjunto de ese mundo creativo y lírico de la autora.
Con ambos libros podemos hacernos una idea de los méritos literarios de Patti Smith, que invitan a leer otras obras de su extenso catálogo, confiando en que conservarán la capacidad de seguir sorprendiéndonos con ese tono optimista y hermoso que derrocha por todas sus páginas.
En "Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal", Hannah Arendt no solo narra uno de los juicios más impactantes del siglo XX, sino que nos obliga a enfrentar la incómoda verdad de cómo la maldad puede adoptar la forma de una rutina burocrática. Este libro no trata solo de un criminal nazi, sino de un sistema que convirtió la obediencia en un acto mortal, y a un hombre común en un engranaje letal. ¿Cómo es posible que alguien tan "normal" sea capaz de cometer actos tan atroces? Arendt nos invita a reflexionar sobre esta cuestión.
Adolf Eichmann fue el encargado, entre otras diversas tareas relacionadas con la solución final de la logística de todas las deportaciones de judíos y gitanos a las cámaras de gas. Por sus manos pasaban las órdenes de requisa de material ferroviario, la perfecta sincronización de los transportes, la priorización incluso por encima de los convoyes militares.
Al concluir la guerra, Eichmann pudo huir de un campo de internamiento americano en que, en todo caso, no había sido identificado correctamente valiéndole una falsa identidad que había conseguido a través de la organización de las SS encargada de facilitar la huida de los altos jerarcas y mandos inferiores.
Eichmann vivió un tiempo en Alemania como leñador huyendo así al destino de los condenados en Núremberg. Sin embargo, con el correr de los años su nombre terminó por aflorar a la luz pública al haber ido cayendo otros criminales nazis más famosos. En todas las declaraciones de estos parecía aparecer el enigmático Eichmann como nudo gordiano de la logística precisa para los masivos desplazamientos y las deportaciones.
Eichmann creyó llegada la hora de huir y lo hizo a Argentina, gracias a una nueva falsa identidad y la ayuda de antiguos nazis y de un misterioso franciscano.
Ya en Argentina se empleó en diversas ocupaciones hasta que finalmente alcanzó ‘un puesto intermedio en la Mercedes, una empresa que sirvió para acoger a otros exiliados nazis. Allí casi perdió el miedo a su detención, tal vez confiando en la política comprensiva del gobierno argentino, tal vez creyendo que el tiempo había borrado parte de su culpa o simplemente por un deseo de dejarse llevar por los acontecimientos. Esto último quedaría corroborado cuando, en 1960, se enteró que unos desconocidos rondaban su barrio haciendo preguntas con disculpas inverosímiles. Sin duda, debía saber que su hora llegaba, pero dejó que los acontecimientos siguieran su curso sin tratar de huir.
Y los acontecimientos fueron que los desconocidos eran miembros del Mosad que una mañana le secuestraron, escondieron en una casa y, finalmente, le llevaron a Israel detenido para ser juzgado.
El juicio fue un acontecimiento mundial. Primero por las circunstancias de la detención en un estado extranjero, el secuestro, que finalmente fue aceptado como un hecho consumado por Argentina. También por el hecho de que se trataba del primer juicio relevante que el reciente estado israelí llevaba a cabo contra un criminal nazi, recordemos que Israel no existía como tal cuando los delitos juzgados fueron cometidos.
También se planteaban cuestiones tales como si los jueces judíos podrían ser imparciales o si los derechos de la defensa de Eichmann serían convenientemente respetados. Si Alemania debería reclamar la extradición del detenido. Si el objeto del juicio alcanzaría también a los crímenes cometidos contra otros pueblos no judíos.
Toda una serie de cuestiones relevantes que atrajeron la atención de numerosos periodistas, polemistas, juristas e incluso de filósofos, como Hannah Arendt quien recibió el encargo de seguir el proceso penal y escribir varios artículos para The New Yorker. Estos artículos serían la base del futuro libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (publicado en 1963, editorial Lumen). En este libro la pensadora se plantea todas las cuestiones arriba mencionadas y otras tantas. Conserva en todo momento un juicio severo sobre los aspectos más polémicos y discute sobre las irregularidades que observó en el procedimiento. Se plantea la virtual imposibilidad de que el defensor de Eichmann obrase en igualdad de condiciones que el fiscal, apoyado por toda la maquinaria del estado judío.
Se cuestiona la procedencia de gran parte de los testigos llamados a declarar puesto que, en su inmensa mayoría, ni tan siquiera conocieron al acusado y su única finalidad era dar cuenta del contexto, del ambiente de una época, relatar los horrores sufridos con el único fin de tener ocasión de llevar a cabo un ejercicio de exorcización para el propio pueblo judío que había visto cómo los crímenes sufridos apenas representaron un papel relevante en los procesos de Núremberg.
Hannah Arendt también hace un acertado relato de la personalidad de Eichmann, de sus propias confesiones, sus afirmaciones y contradicciones. Tratándose de un libro escrito poco más de quince años tras el fin de la guerra, avanza algunos temas que aún hoy no son excesivamente discutidos. Así, la cuestión de porqué los judíos no se rebelaron, no ofrecieron resistencia teniendo en cuenta el escaso número de soldados y carceleros, argumento desmentido por las pocas veces en que esto ocurrió con lamentables consecuencias.
Trata el papel oscuro de los Sonder Kommando judíos, pero más interesante aún, explica cómo funcionaba la aproximación nazi, tanto en Alemania como en los sucesivos países según eran ocupados. Se trataba de formar un pequeño núcleo de judíos influyentes, selectos, que colaborasen, fuera para retener a judíos relevantes que pudieran servir para eventuales canjes de prisioneros, fuera para favorecer la deportación por cuotas, procurando que los mismos consejos judíos hicieran la selección, se encargasen de la gestión de los bienes de los deportados, bajo la convicción de que era un mal menor. Siempre se podía aprovechar para hacer limpieza de los judíos refugiados de otros países para salvaguardar a los nacionales, a los más afectos al consejo, ….
También analiza el comportamiento de los gentiles en diversos países. Nos explica cómo las deportaciones de judíos en Francia no encontraron obstáculo en tanto se llevaron a cabo con judíos refugiados de otras naciones. El problema era cuando comenzaron a llevar a “nuestros judíos”. Con otra estrategia Italia asumió la política de discriminación y deportación posteriormente, con ánimo ligeramente fingido. En una actitud propiamente latina se decía una cosa y se hacia la contraria. Se excepcionaba a los judíos que fueran militantes del partido fascista, luego a cualquier familiar judío de un afiliado, hasta crear un enorme ámbito de exclusión de las leyes raciales.
Por el contrario, destaca el papel de Dinamarca cuyo gobierno se rebeló directamente contra las instrucciones de deportación, llegando a salvar a gran parte de sus judíos, procurando escondites, papeles falsos o directamente la huida a la neutral Suecia. También señala de manera perspicaz que el ambiente antisemita condicionaba la rudeza de los funcionarios nazis encargados de las deportaciones. En Dinamarca incluso los alemanes se mostraron contrariados por las órdenes de deportación y en ocasiones las sabotearon en la medida de sus posibilidades.
Es decir, la culpa de los pueblos también tiene su lugar y no todos se comportaron igual. Pero incluso los nazis no siempre y en todo lugar fueron las máquinas malvadas de matar, en ocasiones, pudieron tomar sus propias decisiones con un cierto margen.
¿Pero obró así Eichmann?. Gran parte de su defensa se apoyaba en que su actuación salvó la vida de numerosos judíos. Algunas deportaciones a países no tan antisemitas, las supuestas y benévolas condiciones del campo de Terezin o las negociaciones con diversos consejos judíos para salvar a miles de ellos a cambio de camiones, fueron alegaciones continuas. Otra base de la defensa fue también, cómo no, la cuestión de la obediencia debida, si realmente Eichmann tan solo fue un eficiente funcionario que cumplió las órdenes recibidas con la diligencia y eficiencia que, para desgracia de sus víctimas, le era propia, o si en él yacía una plena identificación con los fines de su criminal gobierno.
De todo esto nos habla Hannah Arendt por extenso. En ocasiones con detalles algo alejados de los hechos objeto del juicio, pero como ya se ha dicho, tampoco de esto se libró el propio procedimiento. También nos hace un retrato psicológico de Eichmann, de su supuesta eficiencia y su probable torpeza intelectual, de sus afirmaciones sobre su aprecio por los judíos y la incapacidad para regir su vida por sus propias normas y criterios, siempre necesitado de una autoridad superior que le dictara lo que había de decir o hacer, siempre con una frase hecha, tomada de un discurso, de un libro, para zanjar cuestiones complejas para las que no se encontraba muy capacitado.
Y éste es el meollo de la cuestión aquí tratada. El hecho de que los estados puedan desarrollar el aparato legal y burocrático para conseguir la adhesión ciega de seres anodinos y sin voluntad como Eichmann, que hasta el último momento de su muerte no creyó haber obrado realmente mal, tan solo quizá creyó encontrarse en el lugar y momento equivocado. Esta burocratización del mal, lo mismo que la industrialización de la muerte, fueron los instrumentos que sirvieron para extender el mal más allá de los fanáticos, para servir de exculpación para muchos que sobrevivieron a la guerra y volvieron a sus casas y sus familias sin sombra de culpa.
Y estos mecanismos siguen en pie a día de hoy. Esta banalización del mal, la capacidad para hacerlo llevadero, para separar las cuestiones dolorosas de las ideológicas, para resultar implacable con una cierta indiferencia, incluso con cierta lástima. Todo ello sigue siendo un riesgo posible frente al que solo el conocimiento y la firmeza moral puede levantar un muro de contención. Para esto sirve este libro, con todas sus virtudes y numerosos defectos.
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| Milán, ciudad donde transcurre la novela |
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| Eton |