28 de julio de 2026

Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

 


Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección. 

 

 

20 de julio de 2026

Un verano con Homero (Sylvain Tesson)



 

Nadie sabe a ciencia cierta si Homero existió como un individuo de carne y hueso o si las obras que se le atribuyen son una creación colectiva fruto de la decantación de los años en manos de los rapsodas de la época. Lo que sí sabemos es que los dos poemas homéricos, Ilíada y Odisea , se concibieron más o menos en su forma actual en torno a cuatrocientos años después de los hechos relatados, la destrucción de Ilión y el regreso, real o mítico, de uno de los héroes aqueos, Odiseo.

Con estos poemas se abre la página de la literatura occidental y, a decir de muchos, también se cierra, pues desde entonces nadie ha hecho otra cosa que reescribir sobre las mismas ideas. Pese a lo ingenioso de esta borgiana boutade, atribuible también al Quijote, las tragedias griegas o incluso los textos bíblicos, lo cierto es que estamos ante unos poemas que han encendido la imaginación de cuantos los han leído en los últimos dos mil quinientos años. Esa permanencia es la mejor prueba de su vigencia: como los héroes y dioses que retratan, siguen vivos mientras alguien los lea.

A esta convicción parece entregarse Sylvain Tesson en su libro Un verano con Homero (Taurus), traducido por Mauro Armiño. El proyecto nació como una serie de emisiones radiofónicas en France Inter y desembocó en un libro escrito durante su estancia en la isla de Sifnos, en las Cícladas. Rodeado por la misma luz, el mismo viento y el mismo mar que moldearon la imaginación griega, Tesson se propuso releer a Homero no como una reliquia escolar, sino como un espejo del presente, una guía de lectura para tiempos modernos.

xºxEl libro no sigue el orden narrativo de los poemas ni pretende resumirlos, sino que avanza por temas: la cólera, la gloria, el paisaje, el azar, la palabra, el poder, la guerra o la nostalgia del hogar. Esa fragmentación le permite saltar de la Ilíada a la Odisea, como hacía el propio Homero con la Ilíada, que comienza diez años después del inicio de la guerra, o con los modernos flashbacks de la Odisea.

Uno de los hilos más potentes es el de la guerra. Tesson recuerda que la Ilíada no relata el origen del conflicto, sino su desmesura: comienza con la cólera de Aquiles y muestra cómo la violencia es un elemento que, una vez desencadenado, se alimenta a sí mismo y ni siquiera los dioses logran contenerla. El héroe arrastra en su furia a los hombres, a los ríos, a las tormentas. Esa visión sirve al autor para pensar nuestro tiempo: hoy también la guerra, militar, ideológica o económica, adquiere vida propia y los gobernantes, como los dioses homéricos, muchas veces solo contemplan el desastre que contribuyeron a provocar. Zeus trata de encarnizar el odio de los hombres para sembrar la destrucción y aplacar sus propios conflictos internos, igual que hoy la geoestrategia nos convierte en meros peones propicios para el sacrificio.

 


Otro eje clave es la relación entre humanidad y naturaleza. La luz abrasadora, los vientos, las tempestades y la niebla no son meros decorados: son fuerzas divinas o advertencias del destino. Cuando Aquiles desata su ira, el mundo mismo se convulsiona; cuando Ulises ofende a Poseidón en la figura de uno de sus hijos, el cíclope, el mar lo castiga durante años. Tesson ve en ello una intuición antigua de lo que hoy llamamos crisis ecológica: el planeta responde cuando se hiere su equilibrio, y la soberbia humana tiene consecuencias que llegan más lejos que el deseo que las provoca.

La contraposición con el cristianismo aparece también como una clave de lectura. El héroe homérico no aspira a salvar su alma ni a resistir con mansedumbre, sino a actuar, combatir, explorar, enfrentarse a lo imposible y conquistar una memoria que sobreviva al cuerpo. El cristianismo invirtió esos valores, situando la humildad donde antes había orgullo, el perdón donde hubo venganza, la salvación en el más allá frente al fulgor del presente. Tesson no juzga, pero se pregunta qué hemos ganado y qué hemos perdido en esa mutación.

El libro se detiene asimismo en la palabra como herramienta de poder, persuasión y memoria. Frente al ruido digital contemporáneo, los discursos de los héroes, los consejos de Néstor o los lamentos de Andrómaca revelan un mundo donde hablar era casi un acto sagrado. Que hoy apenas sepamos escuchar ni pronunciar algo que merezca ser recordado le sirve a Tesson para subrayar la erosión del lenguaje público.

A lo largo del libro aparece también la cuestión del orgullo, tanto en su grandeza como en su ruina. Ulises logra salvarse llamándose Nadie, pero lo pierde todo cuando revela su nombre al cíclope: el deseo de reconocimiento abre la puerta al castigo. Esa hybris, ese exceso, es el mismo que hoy impulsa guerras, hunde economías o devora bosques. Homero, sugiere Tesson, ya lo había comprendido. Pero la inmortalidad por la gloria del combate o de la astucia tampoco son valores absolutos. En su viaje al Hades, Ulises escucha la confesión de Aquiles, quien asegura que habría preferido mantener la vida como pastor que vivir en el inframundo por su orgullo malentendido.

Que el libro naciera de un programa de radio explica su tono ágil, fragmentario y a ratos sentencioso. Sin embargo, lo que podría quedarse en divulgación ligera gana hondura por la mirada de Tesson y por la fidelidad con la que vincula paisaje, mito y pensamiento. Quien lee acaba viendo que sin la luz del Egeo, sin la aspereza de las costas ni el fragor del viento, quizá estos poemas no hubieran existido. Y que trasladarlos a otro lugar, a otra latitud o a otra sensibilidad, sería despojarlos de su alma.

Un verano con Homero no se limita a presentar unos textos antiguos, sino que los convierte en preguntas todavía vivas: quién gobierna nuestras vidas, qué precio tiene la gloria, cómo se construye el destino, qué hacemos cuando la furia o el deseo se desbocan y qué lugar ocupa hoy la palabra, tan central para los griegos y tan debilitada por la dispersión digital.

Es cierto que algunas referencias al mundo contemporáneo suenan algo impostadas, las pantallas, el ruido tecnológico, la queja sobre la modernidad, como si rebajar al presente la altura de Homero fuera una forma de perderlo de vista. Sin embargo, el tono general del libro compensa esos desajustes y ofrece reflexiones sugerentes sobre lo poco que hemos cambiado, pese a creernos más lúcidos que nuestros antepasados. Mirar lo que vieron ellos, reconocer los retos que afrontaron y aceptar que sus pasiones no nos son ajenas sitúa nuestra época en un marco de humildad y aprendizaje. Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de Homero: no la antigüedad de sus versos, sino su persistencia en lo humano.

 

 

13 de julio de 2026

Arsenio Luipin contra Herlock Sholmes (Maurice Leblanc)

 


En 1908, Maurice Leblanc publicó el segundo título en el que recopilaba historias de su ladrón y mago del disfraz, Arsenio Lupin. El volumen, titulado Lupin contra Herlock Sholmes, continuaba de alguna forma la senda abierta por el último relato de la colección anterior, en el que aparecía por primera vez esta lucha de egos entre el elegante e inteligente ladrón francés y el astuto pero algo tosco detective británico. Herlock Sholmes es el nombre bajo el que Leblanc se refería al famoso personaje de Conan Doyle y cuyo nombre alteró por motivos de derechos legales de un modo tan simple como desafiante, para desesperación de los abogados del escritor británico.

En este caso, el libro se circunscribe a la lucha entre estos dos portentos del ingenio. Recordemos que Lupin es un mago del disfraz, un ingenioso ladrón, simpático, elegante, caballeroso, que le gusta robar muebles antiguos, joyas con valor artístico, nunca dinero vulgar. Le gusta el buen comer y el buen beber, es generoso en sus propinas y en el pago de sus servicios, es digno de confianza, se presume que buen amante y mejor amigo de sus amigos.

Por el contrario, Herlock Sholmes se muestra algo taciturno, con escaso don de gentes a pesar de su inteligencia. Apenas se interesa por Wilson (el trasunto de Watson), tiene modales algo secos, por no decir groseros, y escaso gusto en los placeres de la vida. En suma, una presentación tópica y cariñosa que Leblanc creía asumible para sus lectores franceses, aunque explica parcialmente el poco éxito que sus libros hallaron en las islas vecinas. Como en el caso del primer volumen, el ingenio del francés aparece como símbolo de las virtudes nacionales y, por tanto, la lucha de ingenios se revela también como la de dos modos de entender la vida, el empirismo práctico inglés y la galantería pícara y mediterránea del francés. Y, sin embargo, esta tensión es llevada a buen puerto sin que resulte tan explícita que moleste a un lector ajeno a ambos egos nacionales.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que los diversos capítulos del libro realmente responden a dos historias separadas. En el primer caso (Arsène Lupin contra Herlock Sholmes, 1906–1907), la narración se subdivide en varias intrigas que mantienen al lector atrapado durante seis capítulos que están enlazados en una historia mayor que narra pequeños enfrentamientos entre ambos personajes relacionados con una misma trama. En el segundo (La lámpara judía, 1907), el argumento se concentra en un misterio resuelto en dos episodios. Por tanto, estamos ante solo dos historias propiamente dichas y no ante relatos separados, lo que diferencia este libro de muchos de los volúmenes de Conan Doyle donde cada aventura puede ser leída de manera independiente.

 


Resulta interesante comprobar cómo, a diferencia de Conan Doyle, Leblanc apuesta por relatos de más largo aliento, con tramas que se expanden durante capítulos y que permiten al lector seguir un juego de persecuciones, trampas y disfraces que encajan mejor con la teatralidad de Lupin. En este sentido, el libro funciona más como una novela corta dividida en episodios que como una mera colección de relatos.

Como es de esperar, Arsenio Lupin sale victorioso en ambas historias, dejando a Herlock Sholmes algo mal parado, aunque no hasta el punto del ridículo, puesto que para que las hazañas propias sean dignas de alabanza, los enemigos han de estar a la altura. Así, abundan los momentos en que el detective parece estar a punto de desentrañar los misterios con que le envuelve el ladrón, pero este siempre termina por dar una vuelta de tuerca, anticipando los planes metódicos y deductivos del inglés.

Hoy, la crítica ve en este volumen no solo una curiosidad literaria, sino un momento clave en la evolución de la novela popular europea. Supuso la fusión de dos tradiciones, la del folletín francés y la del relato detectivesco inglés, en una obra que, sin dejar de ser puro entretenimiento, revela hasta qué punto la literatura popular puede identificarse con la identidad cultural de un país.

En este viaje por los relatos completos de Lupin, desconozco aún si Herlock Sholmes volverá a aparecer en estas historias o cómo mantendrá Leblanc el interés del lector si renuncia a esa lucha de egos en la que el papel del detective francés que también persigue a Lupin, Ganimard, no tiene el mismo atractivo, o cómo resolverá su gusto por enlazar las historias para que su personaje disfrute de una continuidad que le permita una mayor complejidad. Iremos viendo.

 

5 de julio de 2026

Memoria de chica / El acontecimiento (Annie Ernaux)

 


 

Memoria de chica, editada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez, fue publicada en 2016 y nos coloca nuevamente en el terreno de la biografía de Annie Ernaux, retomando capítulos de su vida a fin de indagar en quién fue, qué le ha llevado a ser quien hoy es.

 

Como ya vimos en Una mujer, esta retrospección tiene por fin rehacer un relato y conciliar la imagen de la chica que fue en el periodo crucial que abarca el verano del 58 y los años posteriores, el apogeo de su adolescencia, con la mujer que hoy es.

 

Y este esfuerzo es tan notable que precisamente a aquella chica la llamará la chica del 58, en oposición a la que luego será la chica del 59 y, definitivamente, la autora actual. Esta difícil conjugación le lleva a preguntarse si cuando habla de ella ha de hacerlo como si fuera un personaje de ficción,refiriéndose a ella en tercera persona como si nada de aquel ser tuviera que ver con la actual Annie Ernaux, tan ajena a la chica que vivió en aquel periodo su despertar sexual.

 

Porque Annie Dúchense había vivido hasta los dieciocho años en un entorno protegido. Era la lista de la clase, la más refinada, con aspiraciones culturales, pero cuando llega al campamento de verano como monitora, con apenas contactos previos con chicos y solo con chicas toscas, comprende que ha llegado a un lugar que no le pertenece, ese sentimiento que no le abandonará el resto de su vida, una cierta impresión de desclasamiento, de errónea ubicación. Con el ansia de la conversa se lanza a recuperar el tiempo perdido, a mostrarse más desinhibida de lo que es, a comprender que la cárcel de sus padres es el mayor lastre que arrastra. A los tres días, ella y varias monitoras bajan a una fiesta de chicos y Annie se enamora de H., un atractivo monitor de 22 años que la mira como nunca nadie lo ha hecho y termina acostándose con él. No logra penetrarla, la tengo muy gorda es la explicación que él le da, pero se corre en su boca y ella lo acepta todo, asume que el único placer que importa es el del hombre. Y vuelve a su habitación envuelta en un mundo imaginario de romance y amor, un sentimiento de renacer que queda destrozado al día siguiente. H. no le presta apenas atención, ahora parece fijarse en la jefa de las monitoras, una rubia imponente. Pero su aventura ha trascendido, todos se burlan, la miran, murmuran a sus espaldas o a la cara, en el cristal de su cuarto de baño descubre pintado con pasta de dientes un insulto. Y así transcurre el verano en el campamento, un lugar que ha vuelto a visitar durante el proceso de escritura, un escenario que le cuesta reconocer pero que le causa impresiones contradictorias mientras continúa recordando.

 

En otra fiesta, cuando la monitora jefa ha regresado por unos días a su casa, vuelven a acostarse, aquí ya hay penetración plena, sus bragas manchadas de sangre son la prueba, el galardón del que ella se sentirá tan orgullosa. Pero él le reconoce que ni ella ni la rubia cañón son el amor de su vida, le señala la foto de su novia, una joven que no parece destacar por nada en particular.

 

El campamento acaba y Annie tiene que estudiar, abandona el pueblo, se instala en Rouen, en una residencia de monjas, con compañeras que apenas pueden soñar con lo que ella ha hecho, pero no sabe permanecer discreta. Nuevamente vuelve a causar malestar a su alrededor. No logra estar nunca en el lugar correcto con la actitud correcta. 

 

Entretanto traza un plan para conquistar a H. que trabaja en la misma ciudad, como profesor de gimnasia. Pretende teñirse el pelo, parecerse más a la rubia, comenzar clases de natación, sacar el carnet de conducir, un programa completo que acompaña de su deseo de estudiar filosofía. Ésta es ya la chica del 59, abandona los deseos sexuales, la regla se le retira durante dos años. Pero tampoco con esta muchacha logrará la Annie autora establecer un vínculo. El destino que parece tener reservado, estudiar Magisterio, no le genera interés. Entrará en el curso correspondiente con gran orgullo de su padre pero disgusto de la madre que prefiere que estudie en la Universidad, siempre más ambiciosa que el resto de la familia. Y, finalmente, tendrá razón. Abandona el curso de Magisterio y para no volver al pueblo, no avergonzar a los padres ante los vecinos por un paso en falso, decide irse con una compañera como Au-Pair a Inglaterra. A su regreso, las clases de filosofía le hacen comprender una nueva realidad.

 

Estudiando a los grandes filósofos comprende que su vida ha carecido de sentido, que no ha sido más que una pequeña estúpida. La lectura de El segundo sexo de Simone de Beauvoir se convierte en una pequeña epifanía, la certeza de que la primera penetración siempre es una violación, que todo el sistema gira en torno a la opresión de los hombres, de su continuo abuso.        

 

Ernaux se pregunta cómo ha de escribir sobre esta chica, desde el conocimiento y valores que hoy mantiene o conforme lo que ella era entonces, tan despreocupada por su entorno social, por la guerra de Argelia, por todo cuanto no fuera ella misma. Con qué ojos mirarla, con qué lengua describirla, con la facilona retórica de aquellos años jóvenes o con la profundidad y posó alcanzado por los años. La autora recurre a fotografías, carpetas escolares, cartas enviadas a una amiga del pueblo que ésta le ha devuelto como regalo hace unos años y sobre esos materiales y el recuerdo va construyendo esa memoria de aquella chica.

 

Enaux no ahorra detalles íntimos sonrojantes, no guarda piedad para aquella muchacha desnortada, zarandeada por las convenciones sociales y un ímpetu que no sabía dominar, un despojo casi a sus ojos actuales, una vergüenza que comparte con el lector, casi invitándole a que también juzgue con dureza a aquella muchacha. Porque Ernaux no busca redención o suscitar compasión, al contrario, es fría y glacial como asegura que lo era con las niñas del campamento. Abundan los detalles sexuales, los muchos monitores con los que se acostó entre una cúpula y otra de H. aunque tal vez ningún episodio tan lamentable como el que nos revela al contar que no hace mucho ha buscado a H. en internet y lo ha localizado. Encuentra una fotografía suya celebrando un aniversario de boda en la que Ernaux cree reconocer a su novia original, rodeado de hijos, nietos y mucha más familia. Y descubre con vergüenza que él no la habría reconocido, que no lo haría aunque leyera este libro. Que él ha seguido siendo una parte crucial de su vida pero ella no es nada en la de H., nunca lo fue. No puede haber escena más desarmante y dolorosa que esta confesión de la Ernaux adulta, mostrando de manera lastimosa su estupidez y disloque.

 

El  libro, como todos los de la autora, está repleto de reflexiones, imágenes, recuerdos, con muchos de los cuales el lector podrá sentir cierta conexión, aunque con otros probablemente sienta incomodidad, algo de vergüenza ajena, de pudor. Pero de ahí proviene la fuerza del texto, de la performance que ejecuta la autora ante nuestros ojos, renunciando a toda protección, a una exposición absoluta ante ella y ante el mundo, ofreciendo como explicación a aquella chica que, en todo caso, tampoco lo niega, ha devenido en la actual Ernaux. 

 

 

 

 

 

 

II

 

Entre febrero y octubre de 1999, Annie Ernaux retoma otro acontecimiento personal extremo de aquella joven que fue. En este caso se trata de su aborto voluntario, en un tiempo en el que esta práctica estaba perseguida penal y moralmente. El recuerdo le llega cuando acude al hospital para hacerse una prueba de detección del SIDA y recuerda el mismo trance, la incertidumbre que vivió en 1964 cuando pasó por una sala similar tras su aborto. El padre es otro estudiante, residente en Burdeos, algo atolondrado y que no parece sentirse especialmente involucrado en las consecuencias de sus actos. 

 

El libro va recorriendo la angustia de la joven, sin saber a quién recurrir, confesando su embarazo a las personas menos apropiadas de quienes cree poder recibir comprensión y apoyo por sus ideas progresistas pero de quienes sólo alcanza a sentir desprecio. Incluso un joven ya casado al que conoce de la Facultad parece creer que el hecho de que esté embarazada es la señal de que es una golfa y trata de acostarse con ella. Sorprendentemente su mejor confidente será una compañera católica de la residencia. Recibe noticia de una periodista que parece haber abortado también hace unos años. Se planta ante la sede del periódico, tratando de reunir valor para abordarla, pedir consejo, ayuda, pero no lo logra. 

  

El acontecimiento (Tusquets, traducido por Berta Corral Corral y Mercedes Corral Corral) es el intento de poner orden a todos aquellos recuerdos y experiencias. Si bien en todos los libros de Ernaux el componente de clase tiene un importante papel, tal vez en este título se refleja con mayor fuerza esta cuestión. El feto, al que la joven se referirá en sus diarios como la "cosa", es lo que ha venido para castigarla por aspirar a una vida fuera de su círculo proletario, el bebé viene como castigo por su anterior vida pervertida, por dejarse llevar por el hedonismo de las clases superiores, por pretender subvertir el orden social.



Como la autora pone de manifiesto, tenemos tendencia a juzgar por las consecuencias de las leyes y no a las propias leyes que generan esas consecuencias. Juzgamos a quienes recurren a métodos abortivos peligrosos igual que juzgamos a los inmigrantes que delinquen o tratan de llegar a nuestras fronteras por medios ilegales, a los traficantes de personas, pero no juzgamos las leyes que crean dichas condiciones. También enuncia un principio que justifica la dureza del relato aquí expuesto, a saber, que haber vivido una experiencia te da derecho a escribir sobre ella y, en todo caso, siempre quedará la libertad del lector de dejar a un lado el texto o apurarlo hasta sus últimas consecuencias. 

 

Acompañaremos a la Annie del 63 y el 64 por sus desvaríos y temores, sus miedos  e indagaciones. Cómo irá percibiendo poco a poco los cambios en su cuerpo, el ensanchamiento de las caderas, el crecimiento de los pechos, el ver cómo la vida sigue su curso habitual para todos sus compañeros menos para ella, cómo algunos cambian el modo en el que la tratan.

 

Siente toda la opresión social cuando desesperada trata de recurrir a unas agujas de coser que se ha traído de casa ante la imposibilidad de encontrar otra solución. Pero, al tiempo, trata de mantener la normalidad. En Navidades va de vacaciones con su novio y otra pareja, hacen el amor con tristeza, ni siquiera aprovechando que ya la anticoncepción no juega un papel limitador.

 

Pero la decisión está ya tomada y finalmente consigue el contacto de una abortera. Se lo facilita una joven de la que solo ofrece sus iniciales ya que, como asegura, ha de resguardar su identidad puesto que este libro es para exponerla a ella, no a quienes la ayudaron. La joven le facilita una dirección en París y le adelanta el dinero para el pago, cuatrocientos francos. Entre tanto, cuando hace las visitas de fin de semana a su casa, ha de mantener la ilusión de que todo sigue igual, que la regla no se le ha interrumpido, un engaño que sumar a todos los que ya arrastra. La "cosa" también le altera las facultades intelectuales, no se concentra en sus estudios, sus trabajos académicos se convierten en una tortura y confía en borrar esa carga, volver a retomar la vida en el punto exacto en que la dejó, en el que nada debió torcerse.

 

Hace una primera visita a la abortera, conoce la casa, el olor, la cara de la mujer que le va explicando con fría resignación los términos de la intervención, el pago. Y una semana después vuelve ya preparada. Acude a una iglesia próxima para rezar, no por su alma, sino para pedir que no haya dolor. Y mientras se tumba y se abre de piernas piensa en sus compañeras que están estudiando o en su madre, que planchará silbando con despreocupación. La abortera le asegura que en dos días perderá al niño, pero esto no ocurre. El tiempo pasa lento pero los días transcurren sin novedad. Vuelve a la casa y la abortera le introduce una sonda, es un material caro y le pide que cuando el feto salga se la devuelva, nunca lo hará.

 

El aborto se produce al fin en su habitación de la residencia, con la única compañía de su amiga católica practicante, que ha de cortar el cordón umbilical y con la que ya ha perdido el contacto y que probablemente vivirá acosada por la culpa de haber acompañado a una pecadora en ese trance. El feto sale como un pequeño muñeco ensangrentado que pronto meten en una bolsa de galletas y tiran por el baño. Pero ha perdido tanta sangre que tiene que ser ingresada en el hospital durante cinco días. Y regresa a casa para recuperarse. Ante la sospecha de la madre se llama al médico del pueblo que inventa un diagnóstico, tal vez apiadándose de Annie, tal vez queriendo evitar el oprobio en una población pequeña, quizá queriendo no involucrarse en una investigación judicial.

 

La vida poco a poco retoma su normalidad pero este acontecimiento dejará poso en la vida de la muchacha, ahondará la impresión de culpa original y determinará gran parte de su modo de comportarse en el futuro. La escritura del libro es un exorcismo de fantasmas del pasado, tal vez una aceptación y reencuentro. Porque aquí, a diferencia de  Memoria de chica, sí podemos advertir una profunda comprensión por parte de la Ernaux madura, una cierta simpatía que alivia un texto duro como pocos, lacerante e incisivo. Y así ponemos fin a otro par de libros de esta autora, peculiar y lúcida, tal vez no apta para todos los públicos, pero necesaria para todos ellos.