13 de agosto de 2026

Duelo de alfiles (Vicente Valero)

 


Vicente Valero tiene prosa limpia y recta, en pocas líneas define el estilo de todo un libro y logra arrastrar al lector en un viaje que da saltos en el espacio y el tiempo, jugando con él, como los ajedrecistas lo hacen con sus piezas. Porque de esto va Duelo de alfiles (Periférica), de una partida de ajedrez jugada por el autor con personajes que forman parte de su particular panteón.



Y el hilo conductor es el viaje, pero en especial el viaje dentro del viaje, la escapada imprevista, la unión de casualidad y accidente con un infinito conocimiento sobre la cultura de la Europa Central de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX. 



Comenzamos en Suecia, a donde Valero ha acudido para escribir sobre el proceso de creación del pintor Jorge Castillo. Pero una gran tormenta les mantiene encerrados en la casa, no se pueden pintar los paisajes nevados y gélidos ansiados. Así que el tiempo pasa con largas partidas de ajedrez escuchando música y hablando de libros. Valero viene de una tradición de ajedrecistas que se remonta a su abuelo y a su padre. De niño formó parte del Club de los Alfiles, llegando a obsesionarse por este juego hasta el punto de que su padre terminó por sacarle para evitar esa monomanía tan propia de los niños que se obcecan por una película, un cuento que repita palabra por palabra cada línea sin que quepa desvío. Una personalidad mono obsesiva que heredan los ajedrecistas, los matemáticos y los poetas según Valero


Y es a través de estas partidas cuando recuerda otras celebradas no muy lejos de donde se encuentran ahora, entre Walter Benjamin y Bertolt Brecht, en la casa de éste en la isla de Fionia. Y cuando el temporal remite, abandonando su misión junto a Castillo, alquila un coche y visita la isla, la casa de Brecht, el entorno en el que convivieron durante unas pocas semanas ambos hombres. 


Benjamin, proveniente de una tradición humanista inmemorial, Brecht ansiando la revolución comunista que trajera un nuevo mundo, no una evolución, una ruptura absoluta con el pasado. Y allí oyen el discurso de Hitler justificando los crímenes de la noche de los cuchillos largos. Y allí también discutieron sobre el manuscrito del ensayo de Benjamin sobre Kafka, ensayo que Brecht no valoraba en demasía por considerar al autor checo como un burgués acomodaticio, una expresión de una sociedad decadente. 


Los árboles es el relato de Kafka favorito de Castillo. Pero Valero prefiere La partida, la expresión de que la meta es salir del lugar. Cómo Valero ha huido de la casa del pintor y como huye de tanto en tanto de su Ibiza, de esa isla que se convierte en presidio puntualmente y de la que trata de evadirse repentinamente con un impulso como el del protagonista del relato de Kafka, y así una mañana se levanta con esa ansia invencible y pocas horas después se encuentra paseando por las calles de Turín, una ciudad que en agosto queda abandonada por sus habitantes, anhelantes de un mar que suavice la dureza de sus inviernos. 


Y es en Turín donde descubre la casa que habitó Nietzsche y donde escribió su último gran texto, Ecce Homo, una gran traca final sobre el advenimiento de un hombre que supera las restricciones del pasado. Nietzsche no pudo anticipar que su obra llegaría a convertirse en el símbolo para muchos que querían un hombre nuevo, pero no en el sentido puro y superior que él había soñado, sino en uno cruel y depravado, inventor de Dachau y Auschwitz.


Y paseando por estas calles también encuentra a una pareja de profesores que se sienta a jugar al ajedrez en las terrazas del centro de Turín y con ellos intima. Ese matrimonio le lleva de excursión a Génova, una ciudad contrapuesta en su ductilidad mediterránea a la más austríaca y cuadriculada Turín, y en ella le muestran un Ecce Homo de Caravaggio, porque creen que el filósofo pudo inspirarse de algún modo en esa obra. 

 


 Pero hay veces en que los viajes son más previsibles, como cuando viaja a la Universidad de Augsburgo para dar una pequeña charla sobre su poesía. La organización le facilita una guía que le acompaña por la ciudad para mostrarle la casa en la que vivió Bretch, otro reencuentro con la historia ya contada. Y durante la charla un asistente le interpela sobre el motivo ppr el que no haya escrito ningún poema sobre el Holocausto. Valero recurre al tópico de Adorno según el cual tras el horrendo crimen ya no podría volver a escribir poesía, pero el inquisidor le espeta que, precisamente tras el Holocausto, cada poeta debería escribir algo sobre aquellos hechos. Algo confuso y violento, nuestro autor se retira. Pero poco después, paseando por las calles de Augsburgo encuentra un pequeño café con un tablero de ajedrez dibujado en su cartel como reclamo y entra con curiosidad. 


Y allí está sentado su discutidor oyente jugando unas partidas con un grupo de amigos. Esta vez se muestra cordial y le invita a unirse a su grupo de amigos. Le cuenta que su afición al ajedrez la heredó de su padre, un médico de las SS que trabajó en la cercana Dachau y que terminó condenado a muerte tras la guerra. Sorprendentemente, a su padre quien le dio las primeras clases de ajedrez fue Brecht…

 


Al día siguiente la guía le lleva al aeropuerto más cercano, el de Múnich. Y mientras espera pacientemente la llamada de su vuelo, recuerda que precisamente en esa ciudad Kafka hizo su única lectura pública en 1917. Y, nuevamente, poseído por el espíritu de La partida, sale corriendo del aeropuerto y toma un taxi para visitar la ciudad bávara. La lectura de Kafka fue un desastre. El título era Fantasía en los trópicos y nada hacía presagiar el horror de lo que el escritor leería. La crónica periodística de la época habla de desmayos y personas perdiendo la compostura, sin duda, todo ello exagerado, sin embargo el impacto no debió ser muy positivo. El público refinado de Múnich no estaba preparado para un horror sádico como el desplegado por Kafka. Y allí, en la sala se encontraba Rilke, que residía en la ciudad a la espera de lograr algún tipo de salvoconducto para poder salir del país. Y, al término del evento, Kafka acudió a una cafetería con su editor y Felice, la misma a la que solía acudir Benjamin con el que, sin embargo, no llegó a coincidir, tan ocupado debía estar buscando el medio de librarse de una llamada al frente. 


Kafka tal vez  pudo visitar las obras que se exhibían en la ciudad, tal vez las del gran pintor Marc, con sus óleos sobre caballos. Un pintor obsesionado por esos animales, libres e indomables, con sus cuadros hermosos. Aunque el autor tenía su vena antisemita, pronto formaría parte de la exposición del 37 con la que el régimen nazi tildó a este pintor y otros tantos como un colectivo degenerado, una burla manejada por Goebbels al servicio de su jefe, un pintor mediocre. Precisamente tres semanas después de la lectura de Kafka, Hitler llegaría a Múnich para recuperarse del frente y Kafka, ya en Praga, escribiría su breve relato sobre Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno.


Pero volvamos a Rilke, el autor de las Elegías de Duino, a través de otro viaje en el que Valero logra una acreditación para asistir como periodista especialista en ajedrez a un campeonato que tiene lugar en Zúrich. En el hotel encuentra de pasada un documental sobre Rilke y el retiro que halló en Berg am Irchel, una ciudad próxima a Zúrich donde se acogió para tratar de concluir sus elegías, un empeño que resultó totalmente fracasado. Agobiado por problemas intestinales, por un amor del que se quería separar, por la incapacidad para alcanzar la inspiración. Cuando, ya en 1921, cree poder llegar a lograrlo, pierde la concentración al instalarse una serrería cerca de su casa acabando la posible escritura de su ciclo elegíaco. A cambio escribe El testamento, un libro sobre la imposibilidad de alcanzar la cumbre artística, cubierto de ambigüedades, retazos, ficción, no exento de ironía y auto parodia. Un libro extraño.


Pero es que la Gran Guerra lo había cambiado todo. Cuando Kafka muere en 1924, Hitler escribe el comienzo del Mein Kampf, Benjamin traduce a Baudelaire y Thomas Mann publica La montaña mágica, en la que un personaje, un doctor tenebroso toma coincidentemente el nombre de Dr. Kafka. También en esa fecha nace el padre de Valero.


Y el libro va así dando saltos, no tanto como un alfil, más bien como un caballo, de ciudad en ciudad, pero con un claro nexo de unión entre las historias que va desgranando. Porque, como en el ajedrez, este libro va empalmando escenas, situaciones que tal vez estén armadas de manera precisa en un primer momento, como la apertura siciliana, o la no tan conocida apertura catalana, cuyo origen relata Valero, pero en el desarrollo el autor abandona los manuales teóricos y la partida se abre por veredas insinuadas unas veces, desarrolladas en otras, dejando un amplio espacio para que el lector pueda soñar las suyas propias.


Pero el libro no es solo un esfuerzo ingenioso por amalgamar historias desconexas o por mostrar el gran conocimiento de su autor, experto por otro lado en Walter Benjamín, sino que resulta totalmente natural y hermoso, lleno de reflexiones sobre el arte y la vida.


Al igual que en la Ciencia, donde cada científico se alza a hombros de gigantes al decir de Newton, en el Arte no hay avance, solo insistencias. Duelo de alfiles pone de manifiesto estas conexiones temporales y geográficas. Un tiempo en el que las turbulencias sociales y políticas se trasladaban a la cultura y la filosofía. Un tiempo en el que se aspiraba a un nuevo modelo, que unos veían a través del nuevo hombre soviético, otros a través de la consagración de un ideal patriótico nacionalista excluyente, otros simplemente como continuación de una tradición finisecular.


Cada uno a su modo trazó referencias para los que vendrían después, pero se dejaron influir recíprocamente, tejieron complicidades y desacuerdos y, al menos, en el mundo del arte, fue una partida que quedó en tablas, como siempre ocurre en esta disciplina.



 




4 de agosto de 2026

El punto ciego (Javier Cercas)

 


¿Qué hace que una novela sea verdaderamente buena? Javier Cercas responde a esta pregunta con una propuesta tan sencilla como reveladora. Las buenas novelas no responden, sino que preguntan. Plantean una cuestión central, un dilema moral, una incertidumbre ontológica, un abismo ético, que permanece sin resolver. La respuesta es la misma pregunta, el viaje por descubrirla y pensarla, la duda final. Ese núcleo oscuro, ese lugar inaccesible al lector, es lo que Cercas llama el punto ciego. Un espacio de sentido que se deja intuir, pero no se revela del todo. Y es ahí donde, paradójicamente, la novela ilumina más.

El punto ciego (Random House) reúne una serie de conferencias que Javier Cercas impartió en la Universidad de Oxford, bajo el auspicio de las prestigiosas Weidenfeld Lectures. El resultado es una meditación lúcida, incisiva y llena de referencias que no solo repasa su propia obra (Soldados de Salamina, Anatomía de un instante), sino que traza una historia de la novela desde El Quijote hasta La ciudad y los perros, pasando por Kafka, Melville, Flaubert, Borges o Foster Wallace.

Para Cercas, la novela nace como un arte menor y bastardo. A diferencia de la épica, la lírica o el drama, la novela se permite la digresión, el mestizaje, la ironía. Es un arte que, desde El Quijote, busca simular la realidad más que explicarla. Pero esa simulación no es una simple imitación, sino un espejo roto: una forma de cuestionar el mundo desde dentro. Las novelas nacen como un trampantojo, un de la realidad, como el manuscrito de Cide Hamete Benengeli que da inicio al Quijote, o, incluso, en un predecesor claro como El Lazarillo de Tormes, que adopta la forma de una carta autobiográfica dirigida a “Vuestra Merced”, es decir, un alegato de justificación. La primera parte del Quijote inaugura ese juego y la segunda parte anticipa ya la forma que tomará la novela posmoderna.

A través de esas novelas los literatos se permiten tomar elementos de la realidad y formular una pregunta, porque esta es la tesis de Cercas: que las mejores novelas se articulan en torno a una pregunta, de índole moral, profunda, eterna. Pero esta tesis tiene un corolario, y es que las más grandes novelas de todas las buenas novelas, las verdaderas obras maestras, son aquellas que tras la lectura no nos han ofrecido una respuesta, tan solo dejan oscilante en el cerebro del lector el vértigo de lo no resuelto o, mejor aún, lo colocan en la tesitura de tener que decidir, trasladando la responsabilidad moral a ese lector que se las creía tan felices al iniciar la lectura.

Por eso es tan importante destacar que hay tantos buenos escritores en tanto haya buenos lectores capaces de seguir ese desafío. Y el reto consiste precisamente en hallar la pregunta, no siempre evidente, en las novelas, ese punto ciego que no todos ven, al igual que todos hemos hecho de niños el experimento de acercar una moneda al ojo hasta que esta desaparece de nuestra vista, descubriendo así el punto ciego. Lo mismo ocurre con estas novelas, que tienen una quiebra, un punto por el que un buen lector puede colarse y abrirse a una nueva dimensión.

Y esas preguntas obligan al lector a determinar si don Quijote es loco o si locos son los demás, siendo él el único cuerdo. O a dilucidar si Moby Dick encarna el Mal o el Bien, si Joseph K. es culpable (aunque no sepamos de qué) o inocente, como creemos todos que lo somos, o si Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, merece el castigo que parece buscar o si sus actos son dignos de elogio. Y son estas novelas, las mejores, las que no nos dan la respuesta, las que nos dejan anhelantes de certezas, al pie de los caballos de nuestra propia decisión o indecisión, las que justifican la grandeza de la Literatura.

Pero la novela del siglo XVII evolucionó hasta convertirse en esos grandes libros que forman la novelística factual del siglo XIX, un tiempo en el que, en gran medida, se narraba una historia con hechos constatables, con pocas preguntas en apariencia, con tal vez un texto fosilizado que pierde parte de la versatilidad de que gozó el género hasta entonces. La novela ganó en estructura, en lenguaje, en psicología, pero perdió algo de su fuerza indómita.



A fines del siglo XIX y, principalmente, a comienzos del XX, la novela moderna y la posmoderna, desde Proust hasta Coetzee, retoman ese impulso originario. Frente a la novela decimonónica, más cerrada en su estructura y resolución, la gran Literatura contemporánea se construye desde la ambigüedad, la autorreflexión y la paradoja.

Borges y sus relatos sobre Examen de la obra de Herbert Quain y Pierre Menard, autor del Quijote son citados en abundancia, pero también la autorreferencia se pasea por estas páginas con la reflexión sobre el juego entre ficción y realidad que Cercas abordó en Anatomía de un instante, la muy particular obra que el escritor dedicó al golpe de estado del 23-F, o en Soldados de Salamina, en la que plantea la duda última de qué puede llevar a un miliciano republicano a perdonar la vida de un enemigo flagrante y cualificado como Mazas, en qué consiste la frontera entre el poder y el perdón, la capacidad de matar y la de salvar, como si nos encarnáramos en la figura de un César imperial en el Coliseo.

Y llega también a Vargas Llosa, de quien asevera que sabe aunar esos impulsos decimonónicos, ese interés por desarrollar una historia completa y autónoma por sí misma con un interés por plantear esas preguntas, como en el caso de su primera obra, La ciudad y los perros, donde el lector habrá de decidir si el Jaguar ha cometido o no el crimen del que se autoinculpa y las razones para tal conducta, sin que el autor nos deje en ningún momento claras las respuestas.

Pero Vargas Llosa también le sirve para hablar sobre el compromiso del autor, esa figura del intelectual comprometido, que esconde su mediocridad literaria tras una barrera de suficiencia moral. Camus representa este tipo de autor, denostado por el joven Cercas, una figura de la que siempre quiso huir. Y, sin embargo, tras su éxito con Soldados de Salamina, se encontró casualmente con Vargas Llosa, a quien no conocía, y este le dijo que lo consideraba un escritor comprometido, ante el horror de Cercas.

Tuvo que pedir explicaciones. Para Vargas Llosa, el único compromiso posible para un escritor es el de describir bien, el de hacer buenas novelas, el tomarse esa actividad tan en serio como el militar que da un golpe de Estado, como el cirujano que abre en canal o el asesino que comete sus crímenes, con total y pleno convencimiento, con una seriedad que nace de la conciencia de su papel, de la influencia que tienen sus obras en otros.

Así Cercas reflexionará sobre esa forma de compromiso que no nace del panfletarismo, y reflexiona sobre su propio caso, como columnista semanal de un diario, hasta reconciliarse con la frase de Camus según la cual el intelectual es quien dice “no” cuando todos dicen “sí”.

El escritor puede y debe equivocarse, tomar partido, participar del debate político, pero siempre desde la lealtad a la literatura. El verdadero compromiso, sugiere, es con la ambigüedad, con la complejidad, con la verdad parcial y contradictoria de la experiencia humana.

El punto ciego concluye con una mirada sobre el canon literario español. ¿Por qué España no desarrolló una tradición novelística relevante a partir del Quijote, siendo en puridad su nación creadora? Cercas sugiere que España no ha asumido del todo el Quijote, precisamente porque no ha abrazado el vértigo de sus ambigüedades. Nuestra tradición, más dogmática, imperial y religiosa, no supo hacer espacio a la modernidad que Cervantes anticipaba. Y asegura que España no entra en la modernidad hasta que no redescubre el Quijote a través de los escritores que cierran el siglo XIX.

La recuperación de las complejidades de la novela, de ese regreso contemporáneo al punto ciego, es también una posibilidad de renacimiento. Una forma de releer nuestra historia literaria desde la duda, la complejidad y la pregunta abierta, porque ya sabemos que la Literatura se lee diferente según vamos añadiendo nuevas capas, y que Moby Dick no se interpreta igual desde que hemos leído a Kafka, porque hay autores que reescriben nuestro pasado literario.

También se muestra esperanzado en cuanto al gusto del lector, que parece estar transitando en los últimos años hacia un gusto que va dejando a un lado las tramas más sencillas y menos comprometidas, por una Literatura que toma elementos de toda nuestra tradición, actualizándola con sus juegos de espejos, el difuminado entre realidad y ficción, la metaliteratura tan en boga hoy en día, y tantos otros aspectos que nos alejan definitivamente de aquella tradición monolítica. Nos despedimos de estas conferencias con esta nota de optimismo vibrante, en la confianza de que si todo buen autor precisa de buenos lectores, todos contribuimos a este hermoso viaje.

 

 

28 de julio de 2026

Alicia en el País de las Maravillas / A través del espejo y lo que Alicia encontró (Lewis Carrol)

 


Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.

Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.

Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.

Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.

Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.

Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.

Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.

María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.

Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.

Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.

Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.

Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.

Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.


Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.

En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.

En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.

Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.

Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.

Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.

Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección.