I
Annie Ernaux ha desarrollado una carrera literaria extensa tomando como referencia principal hechos de su propia biografía, no porque ésta cuente con elementos que la hagan especialmente relevante, epítome de su tiempo, sino precisamente por todo lo contrario, porque pueden ser hechos parejos a los que afronta cualquier persona en sus mismas circunstancias.
Este género, la autoficción, que ha venido ganando adeptos en las últimas décadas y que cuenta con notables autores, especialmente en Francia, se revela como un terreno abonado para la mala literatura. Lo que puede resultar relevante para el autor, los hechos que dotan de sentido a sus experiencias, se tornan en gran parte de las ocasiones fríos e irrelevantes para quien no logre conectar con ellos. Esa distancia entre la percepción de lo vivido en primera o tercera persona suele resultar en la intrascendencia de las obras. Por otro lado, tampoco ayuda mucho la tópica recomendación de que uno ha de vivir primero y luego escribir, que se suele confundir con contar “lo vivido”, no contar “desde lo vivido”, que no es lo mismo.
Pero, formulado este desahogo, en manos de un escritor capaz, el género puede convertirse en un excelente modo de reflexionar y narrar, de conectar con un lector ávido de identificarse con lo que lee, de extraer su propio análisis. Ernaux ha recibido el reconocimiento del Premio Nobel de Literatura en el año 2022, precisamente por su habilidad para implicar al lector en esas narraciones, mezcla de biografía y literatura, un estilo muy personal y definitorio, inimitable sin caer en el puro plagio.
Para lograr este resultado, la autora francesa parte de una integridad y un respeto absoluto a la premisa que se ha marcado, que no es otra que escribir para desnudarse totalmente, a ella y a su entorno, sin condescendencia ni piedad, casi una autopsia con olor a formol y antisépticos.
En Una mujer (editorial Cabaret Voltaire con traducción de Lydia Vázquez) publicada en el año 1987, Ernaux nos cuenta la vida de su madre, esa mujer a la que se refiere el título. Ya desde las primeras páginas traza su objetivo claro. Blanche Duchesne ha fallecido apenas semanas antes de que comience a escribir el manuscrito tras unos dos años enferma de Alzheimer y de haber pasado por varias residencias, concluyendo así un periodo de enfermedad e idas y venidas, un tiempo en el que la madre ha ido a vivir con la hija para facilitar su cuidado dado que los nietos la alegran y que Annie se ha divorciado, por lo que se pueden hacer compañía mutua.
La imagen dolorosa de estos últimos años rompe con la que tiene de su madre en los tiempos en que ella era una niña, cuando la veía como un ser portentoso, alegre, un dios para ella, omnipotente y ubicua. También la ve diferente de aquella mujer que juzgaba sus ansias de libertad ya en la adolescencia, que cuestionaba sus gustos, ropa y novios cuando ya estaba en la Universidad, sus amoríos, nada que no ocurra a cada hijo e hija.
La conciencia individual nos permite crear una imagen propia, un relato autobiográfico, que no tiene por qué ser único ni estable en el tiempo, pero de hecho parece que estamos preparados para crear una idea de continuidad de nuestras vidas. Pero en lo que hace a las ajenas, lo único que tenemos son imágenes, anécdotas, confesiones, pero nunca una imagen completa engarzada en un hilo narrativo. Tratar de recrear la vida de su madre desde un punto de vista orgánico y completo es el intento de unir todas esas imágenes y recuerdos, de conciliar sus sentimientos encontrados con todas aquellas mujeres que se rebelaron diferentes a lo largo de la vida que compartieron madre e hija. También es, seguro, un modo de equilibrar los tristes recuerdos de los últimos años, que siempre pesan con mayor crudeza, y que son los más dolorosos cuando se ha pasado por trances complicados al final de la vida, como bien sabe quién haya pasado por una experiencia pareja.
La reconstrucción se remonta al nacimiento de su madre, en una familia de un entorno rural en el que las duras condiciones de vida solo tienen una posible vía de escape, pasar a convertirse en proletarios. Así, la madre dejará de bregar pronto con animales y cultivos para entrar a trabajar en una fábrica de mantequilla, un ambiente aún muy ligado a lo rural, un trabajo no muy agradable del que sale cuando una gran factoría dedicada a la cordelería se instala en la zona. Su madre se convierte así, al fin, en una orgullosa trabajadora fabril, un salto de clase, un inicio de relaciones más allá de los rudos campesinos con los que conviven sus padres y, el lugar en el que conocerá a su marido, de una clase social ya más asentada pero que, pese a ello, o precisamente por ello, carece de la ambición de ascenso social de su esposa.
La inquieta joven empuja a su marido a mudarse a otro pueblo, una pequeña localidad en la que compran un negocio, mezcla de tienda de todo y cafetería, un negocio que terminará por esclavizar a la madre pero que siempre será el símbolo de haber vuelto a dar un salto social, de ser propietaria, la dueña de un negocio, sin jefes a los que servir, aunque haya de humillarse y someterse de continuo a los caprichos de sus clientes, al miedo de que se establezca una tienda que les haga la competencia, de que cualquier mal gesto la torne antipática y se genere una reacción que haga huir a sus clientes.
Y Ernaux nos va desvelando la vida de esa joven animosa, bella según se desprende de las fotografías, pero conservando un cierto aire de tosquedad, autenticidad podríamos decir piadosamente, una mujer que ha traído al mundo a Annie y para quien se convertirá en la referencia absoluta. De ella aprenderá lo que debe y no debe hacerse, a vestir con poco dinero pero mucha dignidad, a reutilizar todo lo que deba y pueda ser reutilizado, a comer de manera sencilla, frugal pero reconfortante, a leer los folletines románticos de la época, a no olvidar a la hermana muerta, una ausencia que Annie siempre creerá que no será capaz de hacer olvidar, una culpa original, maldita.
Pero según Annie crece, la lozanía de su madre se va ajando. Cuando le llegue la menstruación parecerá suscitar el rencor de la madre a la que pronto se le retirará, o tal vez sea la propia Annie la que comienza a ver en su madre ya no la figura superior, el referente diario, sino que empezará a sufrir sus frenos, la obligación de estar en casa pronto, de no armar alboroto, la que juzga con una mirada severa, sin palabras, cuanto parezca alegrar a la joven. Un cambio de sentimientos, anticipo del choque que pronto llegará, de ese momento en el que un hijo ha de enfrentarse al orden de sus padres, creer peor todo lo que se le proponga, cuestionar y juzgar.
Y Annie va sintiendo mientras escribe este libro la ligazón con su madre, aquella que no pudo percibir en su momento, reconciliándose de alguna manera con ella, porque tal vez solo la muerte permite cerrar una etapa y hacer balance, o mejor aún, porque para la autora poner por escrito estos sentimientos, exponerse al lector y a sí misma, explorar las escenas que puede recuperar a través de fotografías, cartas o recuerdos, muchas veces alterados por el tiempo, permite ese ejercicio de introspección. El estilo de la autora se muestra directo e implacable, lacónico en ocasiones, duro. Sus palabras no buscan el consuelo, el perdón o la comprensión, parecen tan solo dirigidas a un jurado imparcial que aguarda impaciente para emitir un veredicto que nunca será benévolo con la autora, porque el libro es una reflexión tanto sobre la madre como sobre la propia hija, a fin de cuentas, es a través de sus ojos como la ve. No recurre a cómo pudo percibirla el resto de la familia, sus amigas, qué pudo significar para su padre, qué atributos habría destacado éste de aquella. El único punto de vista es el de Ernaux, el de la hija convertida en el narrador y explorador de su propia vida a través de los puntos de contacto con su madre. Una experiencia sobrecogedora en ocasiones, tierna y dolorosa en otras. Como señala la autora, durante el proceso de escritura logra distanciarse del dolor de las primeras semanas tras su muerte, convirtiendo a su madre de alguna manera en un arquetipo que puede contemplar con cierta equidistancia, para juzgarla, hacerla humana en suma.
Y como tantas veces ocurre, la hija odia a la madre por verse reflejada en ella, por comprender en su madre lo que odia en sí misma, una experiencia dolorosa porque los dardos realmente van dirigidos contra Ernaux, no contra su madre. El relato va adentrándose en los últimos años de la mujer, en su deterioro físico y mental, en los despistes premonitorios y en las grandes lagunas en un tiempo en el que los recuerdos lejanos están más presentes que el lugar en el que se acaban de olvidar las gafas, en el que las entradas y salidas del hospital comienzan a convertirse en rutina, y la última visita en la residencia, saliendo, como siempre, con prisa, agobiada por el dolor, por la presencia de tanto olor a muerte, de tantos ancianos, una realidad que no quiere ver pero que añorará cuando la llamen al día siguiente, lunes por la mañana, para informarle de que su madre ha fallecido. La prefería loca que muerta, asegura ahora.
El libro se cierra de manera conmovedora y certera cuando la autora asegura que He perdido el último vínculo con el mundo del que he salido, y por ello pasamos y pasaremos todos.
II
Pero Annie Ernaux no se detiene en este empeño, retomando diez años después, en 1997 los últimos años de su madre en No he salido de mi noche (publicado por Cabaret Voltaire y nuevamente traducida por Lydia Vázquez).
En esta obra, que no llega a cien páginas, Ernaux retoma las notas, breves y esquemáticas en ocasiones, que fue tomando durante los dos años en que su madre habitó esa noche a que se había referido en la última carta que escribió para una amiga y que nunca llegó a enviar.
Esa noche es el Alzheimer, que la fue desposeyendo de la vida tal y como la conocía y forzando a su hija a un proceso doloroso para tratar de casar esos horribles años con la imagen plena y vital que había conocido hasta entonces. Ernaux va recorriendo el proceso paulatino, no siempre lineal de esta enfermedad. Un proceso en el que parece haber ocasiones en las que la lucidez se impone, para luego caer en una absoluta falta de sentido. Donde su madre puede hablar con personas fallecidas hace años o confundir a su propia hija con una compañera de habitación o en la que encontrar una defecación en el cajón de la mesilla de noche resulta habitual. Ernaux siente el dolor al abandonar la residencia tras unas breves horas de visita rutinaria, dejando allí a su madre, con una mirada perdida, deseando volver a la seguridad del hogar, un alivio que trae consigo la culpa, el reproche. Y con la lectura de estas anotaciones el lector acompaña a la autora por las fases de la enfermedad, la que padece la madre y la que se contagia a la hija, pues nadie sale indemne de semejante trance.
Como en una cinta de Moebius, los papeles comienzan a intercambiarse en algún punto y la madre pasa a ocupar el papel de la niña y ésta la de aquella. Hay momentos en que la madre grita a voz en cuello cuando la ve entrar en el comedor para que todas sus compañeras la oigan que ahí llega su hija, un orgullo que parece nacer de algún recoveco aún vivo de su mente, un momento escalofriante y conmovedor que se desvanece a los pocos segundos cuando le pregunta con indiferencia que cuando se pone la comida y le recrimina que no le paga bien, confundiéndola con el capataz de la cordelería en la que trabajó de joven.
Aunque en este libro la elaboración es menor que en Una mujer, al responder a la colección de notas, apenas sin edición, el relato retoma la dureza del juicio sobre ella misma, su inasequible voluntad de llegar al fondo, a costa de lo que sea, de su sufrimiento y dolor. Por sus páginas aparecen imágenes tiernas, como la de los ancianos caminando por los pasillos, aferrados a las barandillas de apoyo, esperando en el comedor horas antes de que se sirva la comida, doblando una y otra vez las servilletas, los gritos que llegan desde cualquier habitación, el intenso olor a orines, los suelos pegajosos, la ausencia de una vecina de habitación que desaparece y en apenas unas horas es sustituida por otra. Escenas sin consuelo, sin tregua para el espíritu, una realidad que hay que tocar aunque no nos guste.
Y Ernaux lo hace, la palpa y la toca, la mira a los ojos aunque se le nublen, de dolor o de culpa, de resentimiento o de rabia. Pero esas notas que escribe agotada por las noches se convierten en el modo de aferrarse a lo poco que va quedando de su madre, a ese cascarón que se vacía a raudales, y que ella trata de preservar, de acaparar casi con avaricia en cada pequeño detalle que atesora para el futuro, para cuando ella no esté.
Pocas lecciones pueden aprenderse de esta obra. El final es conocido y cada uno que pase por esta situación la enfrentará de un modo diferente. Sin embargo, el principal motivo para sugerir la lectura es ahondar en la profundidad del compromiso de su autora con la Literatura, con sus convicciones firmes en torno a la vida, la coherencia, la autoexigencia y la verdad. Tal vez por estas cosas y otras tantas le concedieron en 2022 el Premio Nobel de Literatura y tal vez por ello la lectura de estos libros será imprescindible para conocer quiénes somos.







