18 de julio de 2021

El infinito en un junco (Irene Vallejo)



 
La pasión por los libros es un largo hilo que teje la Historia y a través del que se puede reconstruir los movimientos filosóficos, artísticos o las luchas de poder que nos han dado el mundo que hoy conocemos y habitamos.
Y lo es porque los libros son el depósito en el que volcamos nuestro conocimiento, las cápsulas que resguardan nuestros mitos y leyendas, lo que somos o creemos que somos, la imagen que queremos ceder a los que están por venir. También nos sirven de peldaños para atisbar el pasado y alzarnos sobre hombros de gigantes que hagan más fáciles nuestros siguientes pasos.  
Y, sin embargo, los libros no son más que el medio por el que se preserva el conocimiento, y a estos efectos, tanto nos vale un incunable, un fajo de pergaminos o un ebook. Pero en el caso de los libros, la confusión entre el continente y el contenido alcanza una equivalencia casi mística. El libro es un material sagrado sobre el que se alzan pasiones y odios. La quema de libros, sea por herejía como en la Edad Media, por mala literatura como en el Quijote, o por simple desviación ideológica como en Bebelplatz representan la cima de la barbarie. Empezamos quemando libros y terminamos quemando personas como reza con mucha razón la sabiduría que nos ha legado el pasado siglo con sus hechos contumaces.
Esta confusión también alcanza a la lectura en sí misma. Todos hemos oído el tópico de que leer es fundamental, que hay que leer lo que sea, que da igual lo que se lea, lo importante es leer. Somos tan generosos que nos da lo mismo que se lean las instrucciones de un secador, que El cuarteto de Alejandría. Curioso porque no aplicamos el mismo criterio a la escritura: escribe lo que quieras y donde quieras, pero escribe. No nos gustan las abreviaturas, los emoticonos, eso destruye nuestra civilización.
No nos engañemos, los lectores confesos somos una secta universal que se complace en un cierto sentimiento de superioridad bienintencionada. La absoluta fe en los libros, como Verdad revelada nos convierte en fanáticos proselitistas que reclaman apoyo gubernamental a unos planes de lectura que parecen más bien una forma de sacrificio presupuestario ritual para reconfortarnos, que una inversión eficiente. También somos despóticos con cualquier competencia a nuestra religión, especialmente aquella que aleja a los más jóvenes de nuestro camino. La televisión, los videojuegos, internet, redes sociales, un mercado muy complejo en el que la competencia es cruel y muestra resultados desiguales para los bibliófilos.
Tal vez la decepción se haya extendido en nuestras filas en este año de pandemia en el que todas las voces auguraban un tiempo de recogimiento y lectura sin igual. Mayor espacio disponible, menos relaciones sociales, menos salidas y una infinita oferta física y, principalmente, a través de libros electrónicos que se podían obtener y leer en apenas segundos, sin contacto con el exterior. Porque lo cierto es que las series se han impuesto definitivamente a la lectura por mucha palabrería que gastemos en agarrarnos a algún dato fuera de contexto que nos permita albergar esperanzas. Somos como los amantes del vinilo, aferrados a su formato, glosando sus cualidades sonoras frente al grosero CD con la diferencia de que ahora estos parecen vivir una segunda juventud, sin duda, otra prueba de que su mundo ha pasado y se conforman con su reducto de ventas frente al CD que vive sus horas bajas, olvidando que el pasado nunca vuelve, al menos nunca como lo habíamos recordado.  
Y por ello, no es de extrañar que, precisamente en este tiempo, los devotos lectores se hayan arremolinado en torno a un texto que glosa la gloria de nuestro objeto de deseo y veneración. Un libro que nos habla de un tiempo en el que cada libro era una creación única, no industrial, sino artesanal. Un tiempo en el que el conocimiento era patrimonio de unos pocos y se traspasaba de generación en generación a través de unos textos que se copiaban en conventos madrazas y se acumulaban en bibliotecas cuya destrucción suponía un salto hacia el pasado de cientos de años hasta que se podía recuperar parte del conocimiento perdido.
El infinito en un junco, publicado por Siruela, es el resultado de la pasión e investigación de Irene Vallejo sobre la creación de un mundo que sabe evocar con maestría contagiosa como bien ha puesto de manifiesto la legión de lectores entusiasmados que han devorado la obra o la concesión del merecido Premio Nacional de Ensayo 2020.
Vallejo recorre los caminos de la Ruta de la Seda acompañando a los recolectores de libros enviados por Ptolomeo, el fiel general de Alejandro Magno, en busca de cada libro que contuviera una mínima brizna del conocimiento de su época, de la poesía o la épica que el hombre había creado. Nadie conoce la verdadera razón de ese afán precursor de los de Diderot y d'Alembert pero lo cierto es que los ecos de ese fervor y de la obra en que se materializó han llegado a nuestros días. La Biblioteca de Alejandría es la referencia mítica en la que se vertebra el relato de Irene Vallejo.  
Y no es difícil dar el salto entre la biblioteca de Alejandría y la borgiana biblioteca de Babel, esa colección infinita de textos, en su mayoría irrelevantes o imperfectos, pero que atesora un libro que refleja, punto por punto el relato de cada una de nuestras vidas y el día y modo de nuestra muerte. Porque El infinito en un junco, pese a hablarnos de la creación de los libros en la Antigüedad viaja de continuo entre ese pasado mítico y el presente de un modo vertiginoso estableciendo un hilo conector entre las experiencias de la autora, sus visitas a grandes bibliotecas o sus recuerdos de niñez en el primer acercamiento a las letras y aquellos tiempos remotos. En los que se forjaba lo que hoy nos parece tan evidente y simple.  
Y de ese pasado nos llegan nombres evocadores que cobran todo su sentido en las páginas de este libro. De Alejandría pasamos a Biblos, nombre que no precisa de más aclaraciones para justificar su presencia en este ensayo, o Pérgamo, la capital del material que amenazó la industria egipcia del papiro como soporte predilecto de las letras. Conoceremos a los pueblos primitivos que, en lugar de grabar sus signos en barro cocido, lo hicieron en cortezas de árbol, material que, por sorprendente que pueda parecer, terminó imponiéndose siglos después a través del tratamiento de la celulosa.
También acompañamos a los anónimos creadores del alfabeto griego, la perfecta creación para servir de signos que dibujen nuestras palabras, superando así todos los intentos previos a través de pictogramas, jeroglíficos o protoalfabetos como el fenicio.
Pero también nos retrotrae al tiempo en el que la literatura, igual que todo tipo de conocimiento, se transmitía por vía oral, formulándose en muchos casos en forma de canciones o gestas que se enriquecían con el tiempo, mezclando tradiciones locales y el genio de cada bardo. Esta tradición se puede seguir en forma de las mitologías escandinavas germánicas, pero también en los romances y cantares de gesta del medievo o en recientes épocas en los relatos orales de los Balcanes, una larga tradición que vive en la actualidad sus últimos días tristemente.
 


Pero la biblioteca de Alejandría no solo es un almacén de libros. La conservación y reparación de los volúmenes juega un papel muy importante en aquella época, al igual que la localización del libro deseado entre una monumental colección que requirió de las primeras clasificaciones, no solo temáticas como la épica, la lírica o la ciencia sino, por encima de todo, el nacimiento de los primeros métodos de ordenación bibliotecaria de la Historia.
Y retirado un libro de su estante, comienza el tiempo de la lectura, ese complejo y laborioso proceso que tanto se diferencia del que hoy conocemos. Hasta la Edad Media no comenzó a implantarse la lectura en silencio, mejorando la comprensión del texto y la rapidez de nuestro avance por las páginas y dando a las bibliotecas su actual halo de silencio tan incómodo en ocasiones para los más nerviosos. Pero si complicada era la lectura, el aprendizaje de la escritura solo era posible para los más afortunados, que podían ahorrarse el trabajo manual y dedicar su tiempo a largas jornadas de apreturas junto a otros aspirantes a escribas, con sus espaldas encorvadas y marcadas por los latigazos de unos profesores algo apegados al aforismo de que la letra con sangre entra. Las tablillas con los ejercicios caligráficos que han llegado a nuestros días no ahorran las bromas de estos jóvenes sobre la crudeza de sus maestros.
En un principio la escritura no era sino el modo en el que los gobiernos mesopotámicos controlaban sus enormes imperios, fundamentalmente, los impuestos recaudados. Solo con el tiempo, esta técnica comenzó a utilizarse para fines menos pragmáticos y más útiles para el progreso humano. Los escribas oficiales dejaban constancia de la gloria de sus monarcas en guerras no siempre ganadas en los campos de batalla pero sí en columnas o frisos conmemorativos. Los sacerdotes pudieron recoger los mandamientos de sus dioses y anónimos héroes dieron cuenta de las condiciones de vida de su época en obras satíricas o de otro tipo dando así comienzo a la enorme variedad de géneros literarios que, en mayor o menor medida, se han mantenido intactos hasta nuestros días.  
Junto a estos ilustres antecesores, la autora da cuenta de las primeras letras leídas bajo la mirada de su madre, sus miedos en el colegio por no parecer la niña rara que odiaba el tiempo del recreo prefiriendo la soledad de la lectura al bullicio público, sentimiento tan cercano a todos quienes no hemos sido vacunados contra el virus lector. También da cuenta de sus visitas a las librerías, esos negocios en los que apenas vemos la parte empresarial, tan solo el olor característico, la acumulación insoportable de lecturas que sabemos que no podremos llevarnos al salir, ese sueño húmedo de que todos querríamos ser libreros si nos toca un pequeño premio de lotería, en suma, todas esas sensaciones que nos hacen salivar mientras revisamos la sección de novedades de Amazon.
En suma, El infinito en un junco, está compuesto por una colección de preciosas teselas, recopiladas por la autora en un trabajo sin duda ímprobo y documentadísimo. Sin embargo, hay ocasiones en que la belleza de las piezas no siempre garantiza un cuadro final coherente y ordenado. Podemos pasar varias veces por el mismo escenario o evocar al mismo autor en diferentes contextos, los temas se entremezclan para aparecer y desaparecer sin tregua, al igual que los episodios personales no siempre parecen traídos de un modo espontáneo.
Pero en esto muchos encontrarán una virtud. La erudición quedará satisfecha, también la curiosidad por la vida de otros como nosotros. Los misterios que hoy veneramos se desvelarán haciéndose presentes y revelando la fuerza que aún conservan. Así como el papiro se forma entremezclando juncos, esta historia se trenza en infinidad de hilos que aparecen y desaparecen, algunos para siempre, otros para retornar a mayor gloria de nuestro objeto de pasión. El viaje desbocado de Irene Vallejo nos dejará sin aliento, fortalecida nuestra fe y confiando en que un pasado de miles de años no acabará tan pronto como los agoreros presagian. Así sea.
 

 

 

4 de julio de 2021

Derrota a Tiflos

 

18 de septiembre de 2016

Los renglones torcidos de Dios (Torcuato Luca de Tena)

 



Al igual que Torcuato Luca de Tena, el lector de Los renglones torcidos de Dios, se adentra en un mundo del que apenas atisba sus sombras desde la verja de entrada del hospital psiquiátrico de La Fuentecilla, el escenario de esta novela, al tiempo fascinante y aterradora.

Porque aterradora es la realidad que nos es vedada tras esa tapia que protege nuestra conciencia y nuestra cordura, a costa de ignorar los trastornos que sacuden a esos renglones torcidos de Dios, esos pequeños dislates en vida que nos complace recluir para fijar una clara frontera física entre ellos y nosotros.

Entremos en materia. Estamos en los años de la Transición y Alice Gould entra en el manicomio de La Fuentecilla por indicación médica y a instancias de su marido, tras varios presuntos intentos frustados de envenenamiento. El diagnóstico provisional: paranoia.

Con ella cruzaremos la puerta de entrada, seremos recibidos por la psicóloga del centro, Montserrat Castell, se nos informará de los pasos a seguir en el ingreso y sabremos de todos los trámites burocráticos precisos. Desde los humillantes registros físicos, a la entrega de enseres a cambio de un recibo, como una promesa incierta de una dudosa e improbable sanación y regreso al mundo de los cuerdos.

Y sí, al fin, cruzaremos la frontera, esa línea que separa el aún seguro mundo de los médicos y personal sanitario, del centro de gravedad del hospital, el lugar en el que Alicia conocerá de primera mano las infinitas dolencias del alma y del espíritu que afligen a los que, en lo sucesivo, compartirán protagonismo con ella en la novela.

Pronto conoceremos los diversos tipos de pruebas diseñadas para tratar de sacar a flote la personalidad de cada interno, sus taras y los posibles tratamientos. Pero lo que en ningún momento dejará de advertir el lector, al igual que el resto de personajes de la obra, sean locos o cuerdos doctores, es que Alicia no es un enfermo al uso. Su inteligencia la aleja de cuantos la rodean. Su procedencia social y el elitismo que manifiesta, sus intereses refinados y su discurrir brillante marcan una diferencia que la hacen aún más extraña en este mundo extraño, hasta el punto de que los propios médicos comienzan a simpatizar con ella y a poner en duda su supuesta enfermedad.


Pero para llegar a este punto, la novela nos mostrará el panorama desolador de un manicomio en tránsito de convertirse en un verdadero hospital psiquiátrico, en un momento en el que la ciencia médica trata de sacudirse formas casi medievales. Por ello, no dejará de sorprendernos que entre los internos figuren entremezclados, en un curioso rebaño, los demenciados junto a los oligofrénicos, sea cual sea su grado; los mutistas compartiendo espacio con autistas, fóbicos o incluso con algún homosexual y pederasta (a ojos de los médicos poca diferencia parece haber) o simples aquejados por depresión profunda o suicidas a secas.

 El joven director de La Fuentecilla,. Samuel Alvar, ha eliminado barrotes, tratamientos vejatorios, creado talleres ocupacionales, instaurado salidas periódicas y otro sinfín de medidas, no todas ellas aceptadas de buen grado por el resto de médicos.

Ajena por ahora a este conflicto, Alicia irá fijando su atención en los casos más singulares; su curiosidad insaciable y la buena relación que mantiene con los psiquiátras, servirán de disculpa al autor para explicar con detalle y amenidad numerosas dolencias desde un punto de vista científico, sin desmejorar la trama de la novela.

Gracias a los apodos que los internos, o la propia Alicia, ponen a sus compañeros, pronto nos resultarán familiares “la Niña Oscilante”, “el Hombre Elefante”, “el Gnomo”, “la Mujer Percha” o “la Duquesa de Pitiminí”, cualquiera de ellos digno de figurar en un libro de Oliver Sacks.


Torcuato Luca de Tena proviene de una familia dedicada al periodismo y su labor profesional se desarrolló en innumerables medios y circunstancias. Ser un periodista de estirpe queda reflejado de manera patente en obras como ésta, tal vez la más famosa de todas ellas. Su acierto es notable a la hora de mantener el ritmo de la novela, combinando información y suspense y haciendo avanzar la trama sin caer en la mera anécdota. Su estilo es directo y ágil, huyendo de las descripciones innecesarias y demorándose tan solo en los detalles psicológicos de sus personajes, cayendo en ocasiones en cierto reduccionismo en el tratamiento de alguno de ellos.

 La profesión de Luca de Tena también queda de manifiesto en la fase de documentación de la novela dado que su autor ingresó en un hospital psiquiátrico en similares condiciones a las de Alice Gould, esto es, no por petición propia, sino mediante engaño y falsedad, bajo un nombre falso que le hiciera pasar inadvertido para poder conocer de primera mano la experiencia a que se enfrentan los enfermos. De ahí en adelante se puede deducir que gran parte de lo aquí descrito forma parte de la realidad vivida por el autor durante su internamiento.

Pero Luca de Tena pretende escribir una novela y no un relato novelado de su propia peripecia personal. Por ello, la acción avanza y entramos en una segunda parte en la que, ya conocido el escenario y los personajes principales, al más puro estilo del género de suspense, asistiremos al esfuerzo por diagnosticar a Alicia, determinar la veracidad de sus sentimientos y, en suma, asumir la decisión de mantenerla ingresada junto a unos dementes con los que ningún parecido parece guardar, o liberarla y devolverla al mundo asumiendo el riesgo de que la brillantez de su inteligencia y su personalidad hayan jugado una mala pasada a sus médicos.


Nada más diremos de la peripecia de Alicia, la intriga detectivesca, en ocasiones casi rondando la comedia de enredo,y el desenlace que parece alejarse a cada vuelco que da la historia. Porque, en suma, el núcleo de la novela ya ha sido expuesto, y el desafío para el lector está lanzado: los interrogantes que los médicos trazan sobre la cordura de Alicia se vuelven hacia nosotros, que deberemos afrontar el  examen de nuestros  propios impulsos y deseos, nuestras obsesiones y recovecos y así determinar si, expuestos a la luz del día; son tan livianos como para devolvernos la tranquilidad sobre nuestra sanidad mental.

Porque esa frontera tan sutil entre uno y otro mundo es a lo que se enfrentará, tanto la Junta de Médicos de La Fuentecilla, como el lector de Los renglones torcidos de Dios. Al primer interrogante se obtendrá (tal vez) respuesta al concluir la novela. La segunda cuestión deberá dictarminarla cada cuál consigo mismom, así de ingrata y exigente es la Literatura.


8 de agosto de 2016

Escuelas Creativas (Ken Robinson)




Ken Robinson es un reputado experto en Educación. No es tarea fácil ya que cada padre, madre, profesor o alumno, político de turno, y así hasta el infinito, creen serlo. Pero lo cierto es que su experiencia en la materia le avala. Ha asesorado desde los años setenta a numerosos gobiernos, asociaciones y agencias estatales. Ha colaborado con muy diversas instituciones educativas y ha sido (aún lo es) profesor en diversas universidades, tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos.

La fama, no obstante, le llegó gracias a una charla TED, titulada de una manera bastante provocadora “¿Matan las escuelas la creatividad?”. En los escasos minutos que dura la charla, plagada de sentido del humor, ironía e ideas brillantes, Robinson desarrolla una de las ideas centrales de su pensamiento: las escuelas actuales nacieron en el siglo XIX con el fin de formar el tipo de profesional y trabajador que era necesario para la Revolución Industrial que se estaba viviendo.

En aquellos años, cada trabajador era una pieza de un engranaje a la que no se podía exigir sino el cumplimiento diligente de tareas. La creatividad, las artes visuales, el pensamiento disruptivo o el cambio de paradigma no formaban parte de las necesidades de la época.

Los tiempos han cambiado pero no lo ha hecho la educación. Creemos que sigue siendo igual de importante aprender los rudimentos de las matemáticas o que adorna lo mismo que antaño una buena cita literaria, pero la realidad es que solo se trata de nuestra resistencia al cambio.


 Peor aún. Según Robinson, incluso si fuéramos capaces de encapsular en un programa educativo todas las habilidades y conocimientos que hoy son necesarios, de nada le servirían a un alumno que ingresase en el sistema educativo. Cuando acceda al mercado laboral, dentro de un mínimo de 12 años, probablemente 16 o 17, poco de lo que hoy consideramos necesario lo será ya. Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad, y si esto era válido en los tiempos de la zarzuela, cómo no lo será hoy en día.

Por ello, la escuela solo puede ayudar a sus alumnos a sacar el mayor provecho de sus habilidades, de sus mejores aptitudes, de sus talentos, sean cuales sean, porque en el futuro, tan útil podrá resultar saber expresarse por escrito con precisión, como la propia expresión corporal o el dominio de las artes. La escuela debe ayudar a potenciar lo innato de cada alumno y no tratar de encajar en un molde prefijado a todos sus sujetos pasivos, uniformando y matando todo atisbo de diferenciación.

Esta idea ha sido desarrollada en El elemento, obra en la que Robinson se explaya sobre aquella actividad que resulta tan placentera, vamos, que es como si no estuvieras trabajando, y que está relacionada con aquella habilidad, o habilidades que podemos desarrollar plenamente. En suma, es aquello que envidiamos en las personas que disfrutan totalmente de su trabajo. ¿Ayudan las escuelas a ello? No. Pero es cierto que la culpa no es de la institución como tal. Tampoco la sociedad parece dispuesta a fomentarlo cuando se está más pendiente de la posición en los informes PISA que en el número de buenos alumnos que son empujados al fracaso escolar.

Pero de todo esto ya hablamos en su día. Ahora nos toca dar cuenta del último libro publicado por Ken Robinson, Escuelas Creativas (Ed. Grijalbo, con traducción de Rosa Pérez). En este libro, el autor parte de la idea de que muchas personas se muestran interesadas en los cambios que propone pero el movimiento no termina de tomar forma, más aún, las principales corrientes impulsadas por los gobiernos buscan mejorar los resultados en los rankimg internacionales, lo que representa la antípoda de lo que él propone. Por ello, lo que busca en esta ocasión es dar cuenta de las experiencias positivas que muestran que otro tipo de escuela es posible, que no siempre se trata de un salto al vacío con resultados dudosos o de instituciones para niños problemáticos que solo pueden dedicarse al teatro o a otro tipo de actividades porque, en el fondo, no valen para otra cosa.


 Porque Robinson es consciente de que éste es el verdadero talón de Aquiles de todas las reformas educativas: el temor a que los cambios supongan la pérdida de un tren que realmente ya se nos ha escapado. De ahí la importancia de dar a conocer experiencias positivas, de demostrar que el cambio no solo es posible sino necesario.

Para ello, el autor saca provecho de todos sus años visitando escuelas, dando charlas, trabajando codo con codo con profesionales implicados en cambiar la realidad y pretende convertir a cada lector en un apóstol para la causa.

No trataré aquí de dar cuenta de los numerosos casos descritos, esta labor queda reservada para el lector curioso. Sí que me detendré en algunos de los puntos que tienen en común todos estos proyectos.

El primero, y sin duda, más importante de todos ellos, es la implicación del profesorado. En todos los centros descritos, la Dirección y. por extensión, el resto de personal, se toma su trabajo muy en serio no entendiendo por ello la diligencia en completar informes y currículos o en conocer al dedillo las materias impartidas o corregir los interminables exámenes en tiempo y forma. Se trata más bien de un compromiso con la educación, con la materia prima que es el alumno, tratando de hacer realidad esa intención de dar y exigir a cada uno según sus posibilidades.

Otro principio común a todas estos casos de éxito es el de estar entroncadas en su comunidad, adecuarse al entorno socioeconómico y ofrecer un verdadero servicio a la Comunidad. Esto puede significar que la escuela ofrece un refugio a chavales con problemas de integración en escuelas convencionales, escuelas que ofrecen programas de enseñanza adaptados a las necesidades reales del entorno o, simplemente, escuelas que ofrecen un abanico de actividades que implican a toda la sociedad, no solo a la comunidad educativa. Convertir una escuela en una institución sin la que la comunidad no se entienda como tal no es una tarea fácil, pero es una pieza clave del éxito.

Otro factor común en todas estas escuelas es la ausencia de presión por los resultados inmediatos. Esto quiere decir que, en la mayoría de los casos, los exámenes no son la herramienta principal de evaluación, en muchas de estas escuelas ni siquiera existen. Se trata de entender la educación como una carrera de fondo y confiar en el proyecto aún sabiendo que a corto plazo tendremos tal vez peores resultados que aplicando otros métodos.


Este tipo de escuelas no se centran necesariamente en la enseñanza académica, abstracta, en la mayoría de las ocasiones lanza a los chavales a retos como los que pueden encontrar los adultos en su día a día. Crean empresas, dirigen proyectos, fabrican robots y, a consecuencia de ello, aprenden. La relación que se crea así entre alumno y profesor es colaborativa, no le resta autoridad como propugnan algunas corrientes educativas que identifican al profesor con un tirano. No, estas escuelas creen que el profesor debe enseñar, forzar el aprendizaje y exigir. No es un colega, debe ser un líder que ejerza como tal.

Aunque las nuevas tecnologías parecen la solución a todos nuestros males, no todas estas escuelas se apoyan en ello como método de aprendizaje, algunas de hecho, las apartan de sus planes. Sin embargo, en todas ellas, estas tecnologías son una ayuda para el profesor, para elaborar sus propios materiales, para organizar los trabajos, como método de seguimiento de los alumnos. Es decir, la tecnología como herramienta, no como un fin en sí misma.  

Otra escuela es posible, lo que ocurre es que como este libro pone de manifiesto, los caminos son casi infinitos y ninguno es necesariamente mejor que el resto. Tal vez se trate precisamente de aprender que la escuela del futuro no será tan homogénea como hoy la conocemos, que debería ofrecer multitud de enfoques diferentes con los que tratar de hacer posible esa idea por la que Ken Robinson lucha, el que cada niño sea capaz de descubrir cuál o cuáles son sus dones, su elemento, y que la escuela sea lo que lo potencie y no lo que lo arruine.



29 de mayo de 2016

El cristiano mágico (Terry Southern)

 
Se suele decir que todos tenemos un precio y que solo se trata de encontrarlo. Esto es lo que viene a pensar Guy Grand, el protagonista de El cristiano mágico. Este excéntrico millonario está convencido de que, ricos y pobres por igual, están dispuestos a padecer humillación y escarnio a cambio de un puñado de dólares. Que por aparentar lo que no tenemos, somos capaces de hacer las mayores estupideces y que por el mero hecho de ser rico, uno debe serlo todavía más estúpidos que el resto.
 
Y a demostrar esta tesis se aplica con ansia y fervor de cruzado, emprendiendo una serie de locos experimentos en los que invierte una gran parte de su fortuna por el mero deleite de contemplar el lamentable espectáculo de sus congéneres cayendo en sus trampas y trucos.
Nada más es El cristiano mágico, una obra en la que Terry Southern volcó toda su acidez y sarcasmo contra casi todos los estamentos de la sociedad de su tiempo. El autor fue símbolo de la contracultura de finales de los años cincuenta, referencia en literatura breve y en novelas como ésta en la que demolía los mitos de una sociedad a punto de sufrir las convulsiones de los años sesenta, con su carga de optimismo y desesperación, cantos de paz y violencia en las calles.
 Pero poco de este entorno parece anticipar Guy Grand, Sus preocupaciones son más bien de otro tipo. Por ejemplo, se afanará en comprar la productora de un aburrido programa televisivo en el que se representan sesudas y soporíferas obras de teatro para luego sobornar al protagonista de cada una de ellas con el fin de que rompa el guión y abandone la representación en medio de la emisión en directo. Así hasta lograr convertir el programa en todo un éxito de público, ávido por ver el siguiente escándalo. Pero, captada la atención de los espectadores, todo vuelve a la normalidad, los acores cumplen su papel y las expectativas del canal quedan defraudadas. El programa vuelve a sus míseras cuotas de pantalla.
 
Igual hace con el mundo del cine, comprando una sala en la que proyectará películas en las que insertará subrepticiamente fotogramas que alteran el sentido de la obra, cambiando la percepción íntima de los espectadores. A partir de ese punto, aumentará su nivel de manipulación para luego desvanecerse.
 
Terry Southern
Y así, el interés de Guy Grand pasa de un sector a otro, del mundo de la prensa al de los viajes de lujo (para ello fletará el más lujoso barco conocido, de nombre El cristiano mágico a cuyo viaje inaugural querrá asistir toda la aristocracia, de cuna o hucha, y que terminará convertido en un viaje a los infiernos gracias a las artimañas del protagonista).
 Tampoco se librarán de su inquina las personas individuales. Tras descubrir una multa en el parabrisas de su coche, le pide a un desconocido que pasa por la calle que se la trague a cambio de dinero. El mensaje es claro, quiere saber por cuánto dinero está dispuesto a comerse la multa. Pese al rechazo inicial del desconocido, éste finalmente se traga el papel, y así lo haría con el propio Guy si éste le ofreciera el suficiente dinero.
 El libro está organizado en capítulos cada uno de ellos dedicado a alguna de las “investigaciones” de Guy, siendo el único hilo conductor la conversación a la hora del té entre Guy, sus dos ancianas tías y una amiga de éstas. A raíz de los triviales comentarios de sus contertulias, Guy rememora cada una de estas empresas descabelladas.
 
 Este libro disgustará a algunos que no le encontrarán demasiado sentido, falto de una trama que cohesione las anécdotas. Y en cierto modo puede parecer el esqueleto de una novela mayor, pendiente de los rellenos pertinentes que la saquen de la mera anécdota.
 Pero lo cierto es que Terry Southern logra mejor su propósito ofreciéndonos la descarnada imagen de un millonario tan aburrido que solo logra encontrar estímulo en esa estúpida sucesión de tomaduras de pelo y de burlas a una sociedad dispuesta a asumir ese papel.
Porque, aunque el libro es una crítica cierta a la sociedad americana y a su pérdida de referencias, las locuras de Guy también le dibujan a él, y a todos aquellos que pretenden criticar y mofarse de sus semejantes, que pretenden estar por encima del resto. En cierto modo, la obra puede verse como una autocrítica para quienes, como el autor, pretendían denunciar las contradicciones e hipocresías de su tiempo, sin lograr evitar crear las suyas propias.
Guy no es un protagonista simpático, pero a su lado, las “víctimas” de sus sainetadas parecen mejores. Lección para todos los moralistas.
La edición para esta obra, de la mano de Impedimenta, es tan impecable como resulta habitual en esta editorial, dedicada a traer a nuestras letras muchas obras que parecen haber pasado inadvertidas por estos lares. La traducción corre de cuenta de Enrique Gil-Delgado que logra un estilo ágil y desenfadado, que tan importante resulta para mantener la coherencia entre el fondo y la forma de esta sátira.
 
Si el lector busca una lectura entretenida y llena de imaginación, capaz de hurgar en algunos de nuestros pliegues más perversos, no se sentirá decepcionado. Si es un lector de ley y orden, busque otros derroteros.