La gran gripe o gripe española ha sido la pandemia más mortal que ha sufrido la Humanidad, al menos en términos relativos. La peste negra pudo ser más letal en cuanto al porcentaje de población fallecida, pero, en cifras absolutas, los cálculos llegan a cifrar las muertes de la pandemia de gripe en unos cien millones, muchos más que todos los fallecidos ocasionados por las dos guerras mundiales y también más que los causados por el reciente Covid-19, del que se estiman, aunque las variaciones en las cifras pueden resultar muy abultadas, unos quince millones de fallecimientos.
La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia, de John M. Barry, publicado por Nórdica Libros, es un intento por narrar los hechos de aquella primera gran pandemia, especialmente desde el punto de vista de las personas que lucharon contra ella, así como las posibles lecciones aprendidas. Y aquí debemos poner el primer matiz, porque el autor no pone el foco tanto en los hechos, la evolución de la gripe y sus terribles consecuencias, como en las historias humanas tras el contagio. Si bien aborda estos temas, sin renunciar a ejemplos tomados de periódicos, cartas y otras fuentes, lo cierto es que el principal interés se centra en el cuerpo médico americano.
Y, para ello, nada mejor que un amplio capítulo introductorio en el que se describe la evolución de la maltrecha ciencia médica en los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX. En resumen, los médicos obtenían una titulación tan básica y teórica que apenas estaban más capacitados que los mercachifles y charlatanes que se ven en las películas del Oeste, con escasas excepciones. Ni se exigía un nivel mínimo para acceder a las universidades en la materia, ni se llevaban a cabo prácticas, ni se examinaban pacientes hasta que uno se adentraba en la vida real. Antes bien, se entendía que la ciencia médica era más teórica que práctica, que operar era interferir en los procesos físicos, en una especie de equilibrio natural.
Lo mismo puede decirse del resto de profesiones sanitarias, por no hablar del lamentable estado de los laboratorios y del estudio científico de la medicina. Solo unos pocos pioneros comenzaron a tomarse en serio el asunto, viajando a Europa, donde, especialmente, los alemanes podían acreditar una gran experiencia, un verdadero saber científico, con métodos avanzados, microscopios, probetas y placas de Petri.
Instituciones como la Escuela de Medicina de la Universidad Hopkins o el Instituto Rockefeller fueron pioneras en esta puesta a punto, de manera que, a comienzos del siglo XX, la medicina americana estaba a la altura de la europea, al menos en su vertiente investigadora.
Seguidamente, Barry nos expone los mecanismos del contagio de un virus, el funcionamiento de las diversas cepas de la gripe, el modo en que se combina con otras afecciones, la simbiosis con la neumonía y las mecánicas de la transmisión.
Y, con esta base, ya podemos asistir a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, con unos Estados Unidos ya conocedores de que su intervención sería cuestión de tiempo y decididos a evitar lo que había sido la norma en conflictos previos, como la Guerra de Secesión o la guerra con España, en las que el número de bajas por enfermedades había superado ampliamente al de las producidas en combate. Para ello, se estipularon diversas normativas sobre la construcción de campamentos de entrenamiento, se reforzó el cuerpo de médicos militares y se consolidó la Cruz Roja como un organismo clave para reforzar cualquier fallo del sistema.
Sin embargo, en las fechas previas a la entrada en guerra, el sistema adolecía de diversos problemas que tendrían funestas consecuencias. En primer lugar, las necesidades de soldados eran tan enormes que las previsiones para los campamentos de entrenamiento quedaron claramente desbordadas. Muchos fueron llamados a filas sin que el Ejército tuviera construidos los barracones, sin que hubiera mantas para todos. Dormir en pleno invierno en una tienda de campaña junto a otros dieciocho hombres no figuraba en ningún manual de prevención de pandemias. Es decir, los oficiales médicos tenían voz, pero escaso voto a la hora de tomar decisiones que afectaban directamente al esfuerzo bélico.
Por otro lado, la dotación de enfermeras era totalmente insuficiente. Las peticiones para que se crease un cuerpo de auxiliares de enfermería, con menor formación, fueron totalmente rechazadas por las organizaciones de enfermería. La pérdida de privilegios actuó como un cortafuegos y ni tan siquiera el curso de la guerra y la evidencia de la necesidad de un refuerzo hicieron que las asociaciones de enfermeras apoyasen de manera sincera los esfuerzos de formación y capacitación del nuevo personal.
El resultado fue que, en muchas ocasiones, hubo personas que enfermaron por la gripe y murieron sin recibir la visita de un médico o una enfermera. Otros tantos morían porque, habiendo enfermado toda la familia, nadie les acercaba comida y acababan falleciendo por una mezcla de gripe, debilidad y hambre.
El origen concreto del paciente cero es dudoso. Desde quienes lo sitúan en China hasta otros que lo ubican más bien en Francia, pero el candidato más probable es Texas, alguna explotación de la que salieron unos enfermos que extendieron la epidemia al llegar a un centro de reclutamiento, y de allí pasó en pocas semanas a prácticamente todo el globo.
Las peticiones para que los traslados de tropas de un campamento a otro cayeron en el olvido y, en ocasiones, los transportes por ferrocarril llegaban a su destino para descargar a gran parte de los soldados muertos. Faltaban ataúdes y la mortalidad entre el personal sanitario era tremenda, pese a todas las precauciones. Y, sin embargo, de poco de esto se hablaba en la prensa de los países en conflicto. Nadie quería dar información al enemigo. Los aliados sospechaban, como así era, que los alemanes también la padecían, pero en los periódicos solo se hablaba de la gripe en relación con las noticias que sí se publicaban en países neutrales, España en especial, de ahí el nombre irónico que tomó esta enfermedad, gripe española.
Las comunicaciones de las autoridades tampoco ayudaron demasiado. De una parte, se trataba de restar importancia a las muertes y al brote, se afirmaba estar en el pico máximo y se distribuían consignas y recomendaciones que en pocas ocasiones tenían valor científico probado, cuando no eran claramente contraproducentes. La desinformación, el bulo o el fango, diríamos hoy en día, campaba a sus anchas.
Todos los esfuerzos por desarrollar un antídoto, una vacuna, resultaron baldíos. Se recomendaba el uso de mascarillas y el aislamiento social, pero pocas de las medidas demostraron ser eficaces. Así que el virus fue realmente derrotado por su propia dinámica. La Naturaleza jugó sus cartas y lo mismo que había ayudado a crearlo, tal vez una mezcla en un mamífero, cerdo u hombre, nadie lo sabe, en el que se juntaron una bacteria de gripe aviar con otra de otro tipo, y ya está. Pero el proceso terminaba por consumirse, por generar los anticuerpos correspondientes, por ir desactivando la peligrosa espiral, a un coste increíble.
Barry nos detalla con esmero las vidas, tanto en lo personal como en lo profesional, de todos los investigadores, los médicos de campo y los políticos implicados en la gestión de la pandemia en los Estados Unidos. Y es esta perspectiva casi en exclusiva americana la que resta algo de interés o de perspectiva a la obra.
La atención suscitada por esta obra, pese a lo que pudiera parecer, no se debe a la explosión de la pandemia del Covid-19, sino a los cada vez más frecuentes casos de contagios peligrosos que venían teniendo lugar en los últimos años, el libro fue publicado originalmente en 2018, como la gripe aviar, la peste porcina, el SARS, el Covid-1 o el ébola. Todas ellas fueron superadas con gran éxito debido a que lograron ser contenidas gracias a todos los esfuerzos de aquellos pioneros que, poniendo sus vidas en juego, lograron crear un completo sistema de protección.
Los sistemas de comunicación entre países, la OMS, los avances para la creación de vacunas cada vez más eficientes o las medidas tempranas, como el sacrificio de millones de vacas, pollos, cerdos… Todo ello pudo dar lugar a una falsa sensación de seguridad.
Sin embargo, en un espeluznante epílogo, Barry, sin conocer aún la existencia inminente de una pandemia que todo lo trastocaría, escribe sobre los altos riesgos de un contagio a nivel mundial en un entorno globalizado como el nuestro. Y señala los factores en los que estamos mejor que nuestros predecesores, como los ya citados. Pero señala otros tantos en los que aún quedaba mucho por hacer, tal y como se vería, por desgracia, poco después de la publicación del libro.
Y comencemos por lo más elemental. El papel de la comunicación de los gobiernos. La necesidad de una transparencia absoluta, tanto para con otros países, a fin de poder adoptar las medidas necesarias, como respecto de los propios ciudadanos. Barry habla de la nueva ciencia de la comunicación de riesgos, es decir, del modo en que se debe comunicar a la ciudadanía una situación de excepcional riesgo. Y, sin duda, acierta cuando señala que la verdad o se cuenta de manera clara y completa o no es verdad. Y así, desgraciadamente, volvimos a ver cómo se restaba importancia al contagio, cómo se anunciaba haberse doblado la curva de contagios a cada poco o cómo, directamente, se negaba la existencia real de la pandemia misma.
Pero también plantea la utilidad de las mascarillas, la conveniencia de cerrar las escuelas y en qué circunstancias, o incluso, paradójico en aquel momento, de confinar un edificio completo. Nos habla de lo inadecuado del cierre de fronteras por la porosidad de las economías. De la necesidad de adoptar medidas con el debido asesoramiento ético, como, por ejemplo, si se debe vacunar en primer lugar a los sanitarios o a la población de mayor riesgo.
También se insiste en la necesidad de incrementar las dotaciones de personal sanitario o de instalaciones hospitalarias. Si en una campaña gripal normal el sistema se satura, qué no habría de pasar cuando llegue una pandemia. Proféticamente, Barry habla del escaso número de respiradores, del riesgo de que los países luchen entre sí para hacerse con los escasos antibióticos o con las posibles vacunas. En suma, un libro digno de un Nostradamus de nuestra era.
Es triste pensar que nada de lo que señalaba pareció servir de manera efectiva, pese a que, como autor, intervino en diversos comités sobre la materia cuando se declaró la pandemia, y que solo el inmenso logro de unas vacunas en tiempo récord pudo frenar, esta vez sí, la pandemia, con un elevadísimo coste de todo tipo. Y aún hoy podemos seguir teniendo dudas de cómo se reaccionará ante la inevitable próxima pandemia.
Un libro, por tanto, agridulce, no tanto por su contenido como por nuestra reciente experiencia vivida, lo que sin duda ha propiciado su publicación en España en 2020 y lo que ha llamado la atención del público.








