21 de septiembre de 2026

La aguja hueca (Maurice Leblanc)

 


En 1908 Maurice Leblanc disfruta del éxito de su personaje, Arsenio Lupín, cuyas aventuras habían venido publicándose periódicamente en la revista Je sais tout, que dirigía el editor Pierre Lafitte, y que se habían recopilado en dos libros: Arsenio Lupín, caballero ladrón (1907) y Arsenio Lupín,contra Herlock Sholmes (1908).

En sus vacaciones disfrutaba de largos paseos por la costa normanda y se maravillaba con los acantilados de Étretat, con su escarpada geografía, su retiro y una soledad que invitaba a soñar con asaltos vikingos, tesoros escondidos y rutas secretas para huir de revueltas constantes.

En concreto, una especie de accidente geológico, las Aiguilles d’Étretat, formaciones naturales de roca caliza con forma de aguja creadas por la erosión marina, comenzaron a obsesionar la fértil imaginación de Leblanc, que pronto empezó a urdir una nueva trama para su personaje.

Conviene recordar que las aventuras de Arsenio Lupín, a diferencia de muchos libros de Sherlock Holmes, no son meras colecciones de historias. En el primero de ellos ya existe una cierta hilazón y una voluntad de construir la biografía del personaje poco a poco, sin necesidad de presentarlo ya como un héroe consolidado. También las historias pueden hacer mención a otras previas y hay personajes recurrentes. Esta tendencia es aún mayor en Lupín contra Herlock Sholmes, ya que en puridad estamos realmente ante dos tramas relacionadas.

Pero en el caso de La aguja hueca (publicada por entregas en 1909 y en libro en 1910) Leblanc se propone escribir propiamente una novela, un único episodio con continuidad y sentido, con toda la fuerza y coherencia que el género puede ofrecer.

Es, por tanto, un paso que diferencia al escritor francés de lo sucedido con la obra detectivesca de Conan Doyle, desgranada en gran medida en libros que recopilaban historias sueltas, mostrando una ambición literaria propia, no una mera copia o pastiche.

La historia se desarrolla de manera inteligente, comenzando por lo que parece una forma indirecta de llegar al centro principal de la trama. Lupín tarda varios capítulos en hacer presencia, y ni siquiera lo hace físicamente, sino en forma de sospechas por parte de los investigadores de un crimen en un remoto castillo próximo a Dieppe.

Pero esta historia va revelando poco a poco, de manera calculada y muy bien medida, muchos aspectos de Lupín que desconocíamos y que sirven para ir completando su biografía: explicar sus orígenes, su personalidad. Cuestiones como la riqueza que parece poseer y que le permite mantener un elevado tren de vida, gastos caros y selectos, una cohorte de ayudantes y colaboradores siempre dispuestos a asistirle, pero también su interés por los robos como una forma de arte, no tanto por la riqueza que le puedan proporcionar sino por el divertimento y el juego intelectual que cada plan despierta en él. También se revela el origen de su pasión por el objeto robado: nunca bancos ni joyas sin más, siempre obras de arte, objetos de anticuario, una mezcla de gusto por la belleza estética y por objetos con pasado. Es en La aguja hueca donde encontramos la razón de ser de esta obsesión.

 


La novela pasa por ser la más apreciada por público y crítica, aunque no responde a los patrones clásicos del género detectivesco. Es decir, Leblanc continúa avanzando por un camino propio y ya totalmente diferenciado de los estereotipos del género. Aquí se conjugan elementos que van más allá de la investigación lógica: desafío intelectual, elementos históricos e incluso una mínima trama amorosa.

También en esta obra tiene su lugar Sherlock Holmes, en su forma lupiniana, Herlock Sholmes, aunque de un modo accesorio, apenas en los últimos compases del libro, como un ser envenenado por las derrotas previas sufridas a manos del ladrón francés, como un ángel vengador incapaz de igualar al mago del disfraz y sometido, por tanto, a una venganza cruel y carente de elegancia.

Pero por encima de todo, en esta novela se presenta un rival inesperado: un joven estudiante que parece estar casi a la altura del talento de Lupín. Su nombre es Isidore Beautrelet, un brillante estudiante aficionado a la investigación racional. Él será quien vaya desentrañando el misterio, movido tanto por el deseo de acreditar sus talentos como por la fascinación y respeto que siente por Lupín. Una relación extraña que, espero no equivocarme, volverá a hacerse presente en las dos novelas restantes que aún me quedan por leer del personaje.

En La aguja hueca disminuyen los aspectos cómicos y los golpes de efecto que abundaban en historias previas. Por contra, las cuestiones más sombrías e incluso la amargura y el amor pasan a ocupar un papel preeminente y tal vez por ello podamos considerar que el personaje comenzaba a dejar de ser un divertimento para su autor. Nuevamente podemos trazar un paralelismo divergente con Conan Doyle, a quien el éxito de su detective terminó por desagradarle profundamente. Por contra, es evidente que Leblanc pretende crear un personaje cada vez más complejo y con más aristas, del que desconocemos plenamente si tiene inclinaciones morales que nos hagan simpatizar con él, o si éstas conviven con aspectos más siniestros. 

No sé si, siendo como parece, la más redonda de las novelas de Lupín, es el mejor camino para introducirse en su obra. Por el momento, mi recomendación es seguir el hilo cronológico de los libros publicados por Leblanc. De este modo, el lector puede ir perfilando con calma y claridad los rasgos de este peculiar personaje literario. Un personaje que, pese a su posicionamiento en el lado del crimen, suscita la admiración y aprecio de quienes leen sus historias: ese perverso sentimiento de desafío a lo establecido, desde una perspectiva impoluta, educada, racional y elegante, pero no por ello menos criminal. Un placer culpable con el que Leblanc supo envenenarnos.

 

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  • 15 de septiembre de 2026

    Vidas Escritas (Javier Marías)


    Todo buen lector y todo escritor (malo o bueno) suele mostrar predilección por las vidas y anécdotas de autores famosos. En el caso de los lectores el interés se debe a la necesidad de comunión con el genio que alienta su imaginación a través de sus obras. En el de los escritores, es más probable que exista una cierta mezcla de interés sincero, una rendida admiración, con una dosis de envidia o de un intento de hallar paralelismos o disparidades. No en vano, las trifulcas y disputas entre escritores a cuenta de sus rencillas son legendarias. 


    Pero el interés de Javier Marías es más bien el de un sincero admirador. A lo largo de veinte números de la revista Claves de la Razón Práctica había ido publicando estos textos aquí compilados. Se acompaña un último capítulo con reflexiones al hilo de imágenes y retratos de artistas que también había visto la luz en otra revista, El paseante. Y en la edición actual y definitiva de Vidas escritas (Alfaguara) se añaden siete semblanzas bajo la rúbrica, Mujeres fugitivas, que siguen el mismo patrón estético y que vieron la luz en la revista Woman


    Estamos, por tanto, ante una recopilación de semblanzas de autores seleccionados por Marías conforme un criterio totalmente subjetivo en el que la preferencia personal juega un importante papel pero que se atiene a unas pautas estrictas por las que excluyó a autores vivos y a cualquier conciudadano suyo, toda vez que reconoce cierta inhibición ante los mismos dado que tantas veces la crítica ha cuestionado su vinculación con nuestras letras viéndole como un extranjerizante injertado a la fuerza en nuestra tradición. 


    A la hora de hablarnos de estas vidas, Marías opta por una mezcla de afecto y sorna como él mismo indica en el prólogo, puesto que no de otro modo se puede abordar la vida de estos próceres de las letras, tan notables en sus obras como ridículos resultan la mayor parte de las veces en sus pequeñas miserias cotidianas, sus fobias, sus erráticas conductas. 


    Esta mezcla de ironía y cierto distanciamiento no carente de cariño en casi todos los casos, hace que estas vidas se lean casi como obras de ficción, otro efecto buscado intencionadamente por Marías quien cree que no de otro modo habrían querido ser recordados estos escritores que dedicaron a la ficción toda su vida. 


    Este efecto semificcionado que aleja estas viñetas de la mera labor de un biógrafo al uso se ve acentuado por la técnica empleada por Javier Marías. No se trata de ofrecer un fiel relato cronológico, todo lo contrario. El autor selecciona determinados aspectos concretos de la biografía o del carácter del escritor en cuestión y, sobre esos leves elementos, narra anécdotas, insinúa relaciones con otros escritores, sugiere rasgos de personalidad, en suma, construye una biografía coherente pero no enciclopédica, desnuda de fechas y hechos con la única excepción del fallecimiento, elemento capital que se data y describe en todas y cada una de las vidas aquí escritas. 


    Marías trata por tanto a estos famosos escritores como lo haría con los personajes de una novela, y como a estos, no los describe sino con los rasgos imprescindibles para que la acción pueda resultar comprensible. Así, actúa con un minimalismo que no desmerece del conjunto que ofrece y muestra su talento a la hora de construir personajes sobre unos pocos rasgos. 


    En cuanto al estilo del autor, éste no se muestra tan alambicado como es habitual en su obra de ficción. Predomina la frase breve, la claridad, sin que ello excluya la precisión y las paradojas, las construcciones gramaticales ingeniosas y certeras. En suma, un Marías algo distinto al conocido, pero igual de magistral. 

    Y así, por aquí desfilan un avaro Faulkner y un antipático Henry James, dispuesto a la bronca por nimiedades. Un Joyce pagado de sí mismo y ya confiando en el mérito de su propia obra aún antes de escribirla. Vemos a Lampedusa hablando a cada uno de sus perros en una lengua distinta y dictando sus clases a Orlando, casi apenas la única de sus relaciones estables. 


    Nos habla también del rigorismo de Conan Doyle que llegó a presentar y tratar como esposa (salvo en la cama) a su amante mientras su esposa agonizaba de una larga enfermedad terminal. Pero rigorista, al fin y al cabo, aceptó resucitar a su Holmes solo para volver a matarlo de manera definitiva, desdichado por el escaso eco del resto de su obra. Claro es que dilapidó todo su prestigio echándose en brazos del espiritismo. Pero si de espíritus hablamos, nadie mejor que Rimbaud, entregado a una orgía creativa que se consumió en un breve periodo para pasar el resto de la vida como si no hubiera escrito jamás un verso. Por el contrario, Lowry prefería el alcohol a cualquier otra cosa, incluso el sexo, y Mishima revoloteaba sin saber en qué pensaba cuando decidió aplicarse el bushido.


    Y así, nos reímos y nos burlamos de estos histriónicos personajes capaces de causar admiración pero que en sus miserias se nos tornan casi amigables, como el vecino del quinto, al que poder criticar aunque le vaya mejor que a nosotros. 


    R. L. Stevenson, Karen Blixen, Nabokov, Madame du Desfan, la corresponsal de Voltarire y Walpole, Thomas Mann, Rilke o Wilde desfilan con sus pesadumbres y sus manías, también con las señas de su genialidad. 


    Y tras las veintisiete viñetas, llegamos al último capítulo, la reflexión del autor sobre las imágenes que atesora en su colección personal de todos estos escritores famosos. Aquí nos cuenta qué puede discernir en ellos, de sus miradas o su modo de sentarse, de sus ropas o del ceño que muestran, otro ejercicio de vivaz ingenio con el que despedirse del volumen. 


    Tras el fallecimiento del autor, no sería descabellado desear que en futuras ediciones de estas vidas apareciese como colofón una semblanza del propio Marías, hecha al estilo de las restantes. Al fin, no se incumpliría su deseo de limitarse a autores muertos o españoles puesto que, ya está dicho, nunca ha sido considerado como representación de nuestras letras, vaya usted a saber si pocos hay que le superen.

     

     

    7 de septiembre de 2026

    Isabel la católica (Manuel Fernández Álvarez)

     


    ¿Acaso alguna figura histórica ha sido más controvertida que Isabel la Católica? Sobre ella se cuentan historias como que se negó a mudar de camisa en tanto no cayera el reino nazarí de Granada, lo que teniendo en cuenta la duración de esa guerra, supone todo un halago a los textiles de la época. Una camiseta de Primark no habría resistido esta prueba de fuerza. También se le acusa de ser la creadora de la Inquisición, la expulsión de los judíos y el intento de aplastar cualquier religión que no fuera la católica, como si esto no fuera la norma en la época o como si sus antecesores hubieran actuado de otro modo. También es la responsable de haber concluido lo que hoy se ha convertido en otro concepto histórico bastante controvertido como es el de la Reconquista. Por supuesto, también es culpable del exterminio indígena, si bien, murió cuando apenas había comenzado la exploración en tierra firme ya que, en vida, apenas se había descubierto poco más que islas y llevado a cabo alguna exploración en tierra firme.

    Manuel Fernández Álvarez publicó en 2003 Isabel la Católica, un impresionante volumen de 552 páginas (editorial Espasa) que ha contado con diversas reediciones y versiones en varios formatos. Fernández fue un historiador especializado en el periodo comprendido entre finales del siglo XV y el siglo XVI, uno de los mayores expertos e investigadores en esta materia. Tras su jubilación inició una tarea divulgadora con títulos sobre Juana la Loca, Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II entre otras obras relevantes, incluyendo incluso un volumen sobre la historia de España para niños, de gran éxito de ventas.

    Sin duda, la fecha de publicación de este estudio nos aleja de cualquier veleidad de estar ante un libro polémico, un intento de posicionarse a favor o en contra de esta figura, de tomar algunos hechos obviando otros en función de la posición adoptada de antemano por el escritor. Tanto ha cambiado en estos pocos años el papel de la Historia en nuestras guerras culturales. Por el mismo motivo nos ahorra caer en grandes conceptos que resuenen novedosos y rupturistas. Muy al contrario, estamos ante un estudio riguroso, una descripción demorada sobre las vicisitudes del reinado en su contexto histórico y social, sin olvidar la geopolítica de la época como hoy nos gusta decir.

    El libro nos adentra de lleno en las complejidades del reinado de Juan II con sus dos matrimonios, el primero del que resultó el primogénito, futuro Enrique IV, y el segundo, con Isabel de Portugal, que le daría dos hijos más, Alfonso y la futura Isabel I. El blando carácter de Enrique, ya como monarca, y sus dificultades para engendrar descendencia, socavaron a la monarquía castellana, dividida entre los señores partidarios de un rey débil, incapaz de imponerse a sus demandas y desmanes, a los señoríos basados en la rapiña y a los conflictos de banderías, con quienes aspiraban a un trono recto que impusiera la ley y el orden. Estos últimos depositaban sus esperanzas en Alfonso.

    Estas luchas se vieron reavivadas con el nacimiento de una heredera, Juana, la que llevaría el ultrajante apodo de la Beltraneja por suponerse que el verdadero padre biológico era Beltrán de la Cueva, el valido real. Este hecho fue, de alguna manera, implícitamente reconocido por el propio rey cuando alcanzó un acuerdo para que su sucesor fuera Alfonso. Éste fue proclamado rey por sus partidarios sin esperar a la muerte de Enrique, aunque la debilidad de éste y su pausado carácter impidieron un conflicto abierto entre ambos bandos. Pero la muerte de Alfonso por unas fiebres repentinas trajo al primer plano a Isabel quien, tal vez con sorpresa de todos, demostró una fortaleza de carácter y unas ideas propias que le llevaron a reclamar su derecho al trono frente a Juana y a tomar su propia decisión respecto a su casamiento con Fernando de Aragón desechando todas las alternativas que Enrique prefería, con monarcas de Portugal, Inglaterra o Francia, a fin de alejarla de Castilla y poder así garantizar la corona para su hija, legítima o no.

    Pero Isabel tenía claro que su destino era Castilla y que de este reino no quería alejarse. Más aún, también le placía el enlace con Fernando por representar la unión de los dos principales reinos de la antigua Hispania o de la corona visigoda, los reinos de España o como lo queramos definir. Porque esta idea es clave y aquí Fernández no tiene dudas, la reina tenía una visión completa de la Península. Deseaba el enlace con Fernando para asegurar que su común descendencia pudiera aunar ambos reinos. Pero también deseaba, y esto desde muchos años antes de que estuviera en disposición de llevar a cabo la empresa, concluir el esfuerzo de conquista de los territorios bajo dominio de la fe islámica.

    A la muerte de Enrique IV se inicia la guerra civil en la que el bando de la Beltraneja está apoyado por la corona de Portugal, pero los isabelinos terminan por imponerse, gracias en parte a la implicación del rey Fernando, quien demuestra su ardor guerrero, su parte del contrato matrimonial, esto es, que en ambos reinos él sería el portador de la guerra. Sin embargo, este pacto también contemplaba que la Justicia se impartiría por ambos monarcas de común acuerdo y, en ausencia de Fernando, por la propia Isabel sin más. Porque este matrimonio pasó por diversas tribulaciones, no las menores los celos que infundía en Isabel la vida extramatrimonial de su esposo, de la que resultaron diversos hijos naturales que ocuparían también un papel relevante en la historia. Pero es que, además, Fernando tuvo que asumir que el casamiento no le convirtiera en monarca pleno sobre Castilla sino que la responsabilidad sería compartida con la reina, quien no se limitaría a un papel ceremonial.

    Así, Fernández nos da cuenta de los diversos conflictos y acuerdos y componendas alcanzados por ambos. Sin duda, en los primeros tiempos, el ardor amoroso del que sí parece que disfrutaron de manera sincera pudo tener un importante peso a la hora de orillar conflictos pero, sin duda, nos asegura el autor, el peso de la idea que ambos tenían del papel que debían desempeñar en la Historia también les forzaba a no romper la cuerda en ningún momento.

    Papel importante en esta historia es el de la política matrimonial llevada a cabo a costa de los hijos de los reyes con el fin de aislar a Francia. Y de aquí llegaron gran parte de los pesares que apenaron a la reina en sus últimos años. En primer lugar Juan, el príncipe heredero que falleció por tuberculosis tras su boda con Margarita de Austria y al que la reina amaba llamándole cariñosamente "ángel". Juan dejó a Margarita embarazada pero la niña nació ya muerta. En todo caso, Margarita pasaría a ocupar un lugar relevante en la futura vida de su sobrino, Carlos I.


    La sucesión dinástica pasó a Isabel, la primera hija de los reyes. Casó con el infante de Portugal y tras la muerte de éste casó con el tío de aquél, Manuel I, monarca portugués. De este modo, también parecía posible la reunión del tercer gran reino hispano bajo un descendiente de los católicos reyes. Sin embargo, Isabel murió en el parto de su hijo Miguel, que pasó a ser el legítimo heredero de las coronas de Castilla y Aragón así como de Portugal. Por desgracia, Miguel fallecería poco después con gran tristeza de la reina.

    Así, nuevamente la legitimidad dinástica pasaba a Juana, la tercera hija de los reyes, que había casado con Felipe el Hermoso, heredero del reino de Borgoña. Juana causaba honda preocupación en la reina. De un lado, marchó muy joven a casar con su prometido, a un país lejano, de costumbres muy distintas a las castellanas. Por otro lado, los celos por la vida amorosa de Felipe eran continuos, llegando a descuidar la vida espiritual de la princesa. Los reyes enviaron diversos confesores y personas de confianza con el fin de tratar de averiguar el estado de Juana dado que dudaban de su estabilidad emocional. Los informes que recibían no parecían ser muy tranquilizadores y los reyes lo pudieron corroborar con la llegada del matrimonio por las prisas de Felipe por hacerse dueño de su futuro reino. Las diferentes costumbres entre los nobles flamencos y los recios castellanos o la francofilia de Felipe causaron grave preocupación en los reyes. Pero la muerte nuevamente jugó su turno y Felipe fallece dejando a Juana como única titular de la corona de Castilla y Aragón.

    Isabel I morirá con el miedo de haberse esforzado por unir ambas coronas, concluir la conquista de Granada, haber dado a la Cristiandad nuevas tierras para la fe y, sin embargo, no estar segura de que todo pudiera quedar desbaratado por esa hija que, de alguna manera, tristemente podía recordarla a su madre, Isabel de Portugal, recluida de por vida en Arévalo, como lo estaría Juana en Tordesillas.

    Pero Isabel no pudo ver cómo su marido, ya ausente ella, tramaba para alejar a Juana del gobierno mediante su regencia y la del cardenal Cisneros hasta asegurar la mayoría de edad del primogénito de Juana y Felipe, el infante Carlos. Tampoco vería cómo su marido incorporó Navarra a sus reinos, un paso más en la unión de las coronas de la península. Tampoco pudo ver cómo sus intenciones sobre la cristianización de los indígenas americanos pasarían por diversos altibajos, entre las intenciones de la escuela de Salamanca y la realidad de unos conquistadores que, lejos de la metrópoli podían dar rienda suelta a su crueldad y a su explotación. Tampoco pudo ver cómo su santa Inquisición era incapaz de garantizar la conversión de los moriscos con notables levantamientos que su marido luchó por aplacar y que culminarían con su expulsión muchos años después, igual medida que ella había adoptado con los judíos, sin tenerse clara idea del motivo concreto de la decisión, más allá de la vaga unión religiosa, en unos reinos tan acostumbrados a convivir mal que bien con diferentes credos.

    El volumen concluye con un extenso estudio de la sociedad de la época, su organización, los medios de vida de cada sector, el peso del clero, de la industria, la organización de la Justicia, la economía de la época y los conflictos entre ganaderos e industriales, la importancia creciente del ejército en el que la tropa profesional pasó a tener un peso más relevante que el de las mesnadas de los nobles, tradicional columna de los ejércitos medievales. También nos habla del arte, ese breve periodo en el que el Renacimiento llegó a España, con retraso respecto de Italia pero con cierto florecimiento en las letras y la arquitectura.

    Por otro lado, y pese a lo detallado del estudio y lo extenso del mismo, lo cierto es que Manuel Fernández logra que la lectura sea sencilla y accesible, que, como en las mejores novelas, pues ésta lo es, uno no pueda dejar de leer y desee continuar aunque ya conozca los hechos principales. A ello ayuda la abundante remisión a escritos de la época, bien de cronistas reales o de las propias cartas y documentos firmados por los reyes. Es de sorprender la cantidad de misivas reales que Isabel y Fernando remitían a ciudades de su reino para dar cuenta de nacimientos, casamientos, victorias o incluso para disfrazar derrotas; se ve que tenían un buen community manager y que la opinión pública siempre ha tenido un importante peso aunque creamos haberlo descubierto ayer.

    El lenguaje empleado por el autor es rico y en ocasiones uno tiene dudas de cuándo cita literalmente textos de la época o cuándo es el historiador el que retoma el texto, lo que resulta de agradecer en un tiempo de escritura algo ramplona y simple. La claridad de la exposición es de agradecer y en todo momento se logra mantener una imagen correcta del conjunto de la labor de la reina pese a entrar en diversos detalles concretos.

    Para concluir, la valoración que Fernández hace del reinado de Isabel es bastante positiva. Logró poner coto a los abusos y atropellos de la nobleza. Convirtió a la monarquía en un gobierno autoritario, lejos de la imagen de un primus inter pares que parecía el destino de la monarquía castellana. Su visión sobre la unidad de los reinos peninsulares o el deseo de concluir la tarea iniciada por sus antepasados acabando con el reino nazarí fue también determinante.

    Dejó un grato recuerdo en el pueblo castellano que comentaba las osadías de la reina con orgullo, como cuando se enfrentó casi en solitario a un motín en Segovia o cuando reprendió duramente a Fernando por su primera derrota en la guerra civil a la muerte de Enrique IV. Supo adaptar la Administración para convertirla en un cuerpo más profesional en el que órganos como el Consejo Real fueron engrosados con jurisconsultos y expertos universitarios en detrimento de la nobleza. Dio nueva vida a la Santa Hermandad con el fin de garantizar la seguridad de los caminos con el consiguiente restablecimiento del comercio.

    En suma, el libro nos acerca a una figura histórica de la que solemos tener más tópicos que información, un personaje que, como todos, tiene muchas luces y también sombras, no puede ser de otra manera. Pero de un modo u otro, conforme su ideología, trató siempre de comportarse de modo recto y justo para su reino, para sus leales. Mostró virtudes como el ahorro y la clemencia con quienes abandonaban a sus enemigos y se ponían a su disposición, y también la crueldad con quienes se le resistían. Tuvo, sin duda, una clarividente visión del mundo que se avecinaba en el que los despojos de la Edad Media caían a pedazos y en el que los estados nacionales desplegarían todo su poder.

    La reina también creía que su derecho provenía de Dios y que, tan alta era la dignidad y poder que ello suponía, que también muy alta era la exigencia que le sería reclamada en el momento de su muerte. Y aunque desconocemos cuál será el juicio de Dios a estos efectos, es cierto que el de la Historia ha sido duro con ella, pero a decir de Fernández, puesto en su justo contexto, puede confiar allí donde esté en que supo estar a la altura del reto al menos con mejor nota que muchos de sus sucesores y antecesores. Y eso no es poco.

     

     

     

    31 de agosto de 2026

    La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia (John M. Barry)

     


    La gran gripe o gripe española ha sido la pandemia más mortal que ha sufrido la Humanidad, al menos en términos relativos. La peste negra pudo ser más letal en cuanto al porcentaje de población fallecida, pero, en cifras absolutas, los cálculos llegan a cifrar las muertes de la pandemia de gripe en unos cien millones, muchos más que todos los fallecidos ocasionados por las dos guerras mundiales y también más que los causados por el reciente Covid-19, del que se estiman, aunque las variaciones en las cifras pueden resultar muy abultadas, unos quince millones de fallecimientos.

    La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia, de John M. Barry, publicado por Nórdica Libros, es un intento por narrar los hechos de aquella primera gran pandemia, especialmente desde el punto de vista de las personas que lucharon contra ella, así como las posibles lecciones aprendidas. Y aquí debemos poner el primer matiz, porque el autor no pone el foco tanto en los hechos, la evolución de la gripe y sus terribles consecuencias, como en las historias humanas tras el contagio. Si bien aborda estos temas, sin renunciar a ejemplos tomados de periódicos, cartas y otras fuentes, lo cierto es que el principal interés se centra en el cuerpo médico americano.

    Y, para ello, nada mejor que un amplio capítulo introductorio en el que se describe la evolución de la maltrecha ciencia médica en los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX. En resumen, los médicos obtenían una titulación tan básica y teórica que apenas estaban más capacitados que los mercachifles y charlatanes que se ven en las películas del Oeste, con escasas excepciones. Ni se exigía un nivel mínimo para acceder a las universidades en la materia, ni se llevaban a cabo prácticas, ni se examinaban pacientes hasta que uno se adentraba en la vida real. Antes bien, se entendía que la ciencia médica era más teórica que práctica, que operar era interferir en los procesos físicos, en una especie de equilibrio natural.

    Lo mismo puede decirse del resto de profesiones sanitarias, por no hablar del lamentable estado de los laboratorios y del estudio científico de la medicina. Solo unos pocos pioneros comenzaron a tomarse en serio el asunto, viajando a Europa, donde, especialmente, los alemanes podían acreditar una gran experiencia, un verdadero saber científico, con métodos avanzados, microscopios, probetas y placas de Petri.

    Instituciones como la Escuela de Medicina de la Universidad Hopkins o el Instituto Rockefeller fueron pioneras en esta puesta a punto, de manera que, a comienzos del siglo XX, la medicina americana estaba a la altura de la europea, al menos en su vertiente investigadora.

    Seguidamente, Barry nos expone los mecanismos del contagio de un virus, el funcionamiento de las diversas cepas de la gripe, el modo en que se combina con otras afecciones, la simbiosis con la neumonía y las mecánicas de la transmisión.

    Y, con esta base, ya podemos asistir a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, con unos Estados Unidos ya conocedores de que su intervención sería cuestión de tiempo y decididos a evitar lo que había sido la norma en conflictos previos, como la Guerra de Secesión o la guerra con España, en las que el número de bajas por enfermedades había superado ampliamente al de las producidas en combate. Para ello, se estipularon diversas normativas sobre la construcción de campamentos de entrenamiento, se reforzó el cuerpo de médicos militares y se consolidó la Cruz Roja como un organismo clave para reforzar cualquier fallo del sistema.

    Sin embargo, en las fechas previas a la entrada en guerra, el sistema adolecía de diversos problemas que tendrían funestas consecuencias. En primer lugar, las necesidades de soldados eran tan enormes que las previsiones para los campamentos de entrenamiento quedaron claramente desbordadas. Muchos fueron llamados a filas sin que el Ejército tuviera construidos los barracones, sin que hubiera mantas para todos. Dormir en pleno invierno en una tienda de campaña junto a otros dieciocho hombres no figuraba en ningún manual de prevención de pandemias. Es decir, los oficiales médicos tenían voz, pero escaso voto a la hora de tomar decisiones que afectaban directamente al esfuerzo bélico.

    Por otro lado, la dotación de enfermeras era totalmente insuficiente. Las peticiones para que se crease un cuerpo de auxiliares de enfermería, con menor formación, fueron totalmente rechazadas por las organizaciones de enfermería. La pérdida de privilegios actuó como un cortafuegos y ni tan siquiera el curso de la guerra y la evidencia de la necesidad de un refuerzo hicieron que las asociaciones de enfermeras apoyasen de manera sincera los esfuerzos de formación y capacitación del nuevo personal.

    El resultado fue que, en muchas ocasiones, hubo personas que enfermaron por la gripe y murieron sin recibir la visita de un médico o una enfermera. Otros tantos morían porque, habiendo enfermado toda la familia, nadie les acercaba comida y acababan falleciendo por una mezcla de gripe, debilidad y hambre.

    El origen concreto del paciente cero es dudoso. Desde quienes lo sitúan en China hasta otros que lo ubican más bien en Francia, pero el candidato más probable es Texas, alguna explotación de la que salieron unos enfermos que extendieron la epidemia al llegar a un centro de reclutamiento, y de allí pasó en pocas semanas a prácticamente todo el globo.


     

     

    Las peticiones para que los traslados de tropas de un campamento a otro cayeron en el olvido y, en ocasiones, los transportes por ferrocarril llegaban a su destino para descargar a gran parte de los soldados muertos. Faltaban ataúdes y la mortalidad entre el personal sanitario era tremenda, pese a todas las precauciones. Y, sin embargo, de poco de esto se hablaba en la prensa de los países en conflicto. Nadie quería dar información al enemigo. Los aliados sospechaban, como así era, que los alemanes también la padecían, pero en los periódicos solo se hablaba de la gripe en relación con las noticias que sí se publicaban en países neutrales, España en especial, de ahí el nombre irónico que tomó esta enfermedad, gripe española.

    Las comunicaciones de las autoridades tampoco ayudaron demasiado. De una parte, se trataba de restar importancia a las muertes y al brote, se afirmaba estar en el pico máximo y se distribuían consignas y recomendaciones que en pocas ocasiones tenían valor científico probado, cuando no eran claramente contraproducentes. La desinformación, el bulo o el fango, diríamos hoy en día, campaba a sus anchas.

    Todos los esfuerzos por desarrollar un antídoto, una vacuna, resultaron baldíos. Se recomendaba el uso de mascarillas y el aislamiento social, pero pocas de las medidas demostraron ser eficaces. Así que el virus fue realmente derrotado por su propia dinámica. La Naturaleza jugó sus cartas y lo mismo que había ayudado a crearlo, tal vez una mezcla en un mamífero, cerdo u hombre, nadie lo sabe, en el que se juntaron una bacteria de gripe aviar con otra de otro tipo, y ya está. Pero el proceso terminaba por consumirse, por generar los anticuerpos correspondientes, por ir desactivando la peligrosa espiral, a un coste increíble.

    Barry nos detalla con esmero las vidas, tanto en lo personal como en lo profesional, de todos los investigadores, los médicos de campo y los políticos implicados en la gestión de la pandemia en los Estados Unidos. Y es esta perspectiva casi en exclusiva americana la que resta algo de interés o de perspectiva a la obra.

    La atención suscitada por esta obra, pese a lo que pudiera parecer, no se debe a la explosión de la pandemia del Covid-19, sino a los cada vez más frecuentes casos de contagios peligrosos que venían teniendo lugar en los últimos años, el libro fue publicado originalmente en 2018, como la gripe aviar, la peste porcina, el SARS, el Covid-1 o el ébola. Todas ellas fueron superadas con gran éxito debido a que lograron ser contenidas gracias a todos los esfuerzos de aquellos pioneros que, poniendo sus vidas en juego, lograron crear un completo sistema de protección.

    Los sistemas de comunicación entre países, la OMS, los avances para la creación de vacunas cada vez más eficientes o las medidas tempranas, como el sacrificio de millones de vacas, pollos, cerdos… Todo ello pudo dar lugar a una falsa sensación de seguridad.

    Sin embargo, en un espeluznante epílogo, Barry, sin conocer aún la existencia inminente de una pandemia que todo lo trastocaría, escribe sobre los altos riesgos de un contagio a nivel mundial en un entorno globalizado como el nuestro. Y señala los factores en los que estamos mejor que nuestros predecesores, como los ya citados. Pero señala otros tantos en los que aún quedaba mucho por hacer, tal y como se vería, por desgracia, poco después de la publicación del libro.

    Y comencemos por lo más elemental. El papel de la comunicación de los gobiernos. La necesidad de una transparencia absoluta, tanto para con otros países, a fin de poder adoptar las medidas necesarias, como respecto de los propios ciudadanos. Barry habla de la nueva ciencia de la comunicación de riesgos, es decir, del modo en que se debe comunicar a la ciudadanía una situación de excepcional riesgo. Y, sin duda, acierta cuando señala que la verdad o se cuenta de manera clara y completa o no es verdad. Y así, desgraciadamente, volvimos a ver cómo se restaba importancia al contagio, cómo se anunciaba haberse doblado la curva de contagios a cada poco o cómo, directamente, se negaba la existencia real de la pandemia misma.

    Pero también plantea la utilidad de las mascarillas, la conveniencia de cerrar las escuelas y en qué circunstancias, o incluso, paradójico en aquel momento, de confinar un edificio completo. Nos habla de lo inadecuado del cierre de fronteras por la porosidad de las economías. De la necesidad de adoptar medidas con el debido asesoramiento ético, como, por ejemplo, si se debe vacunar en primer lugar a los sanitarios o a la población de mayor riesgo.

    También se insiste en la necesidad de incrementar las dotaciones de personal sanitario o de instalaciones hospitalarias. Si en una campaña gripal normal el sistema se satura, qué no habría de pasar cuando llegue una pandemia. Proféticamente, Barry habla del escaso número de respiradores, del riesgo de que los países luchen entre sí para hacerse con los escasos antibióticos o con las posibles vacunas. En suma, un libro digno de un Nostradamus de nuestra era.

    Es triste pensar que nada de lo que señalaba pareció servir de manera efectiva, pese a que, como autor, intervino en diversos comités sobre la materia cuando se declaró la pandemia, y que solo el inmenso logro de unas vacunas en tiempo récord pudo frenar, esta vez sí, la pandemia, con un elevadísimo coste de todo tipo. Y aún hoy podemos seguir teniendo dudas de cómo se reaccionará ante la inevitable próxima pandemia.

    Un libro, por tanto, agridulce, no tanto por su contenido como por nuestra reciente experiencia vivida, lo que sin duda ha propiciado su publicación en España en 2020 y lo que ha llamado la atención del público.

     

    26 de agosto de 2026

    Amazing Grace

     



    Hace algunos años participé con este relato en un volumen colectivo dedicado a Elvis Presley. Lo recupero ahora con motivo de la reseña de Being Elvis, de Ray Connolly, que acabo de publicar en el blog. Si aquella reseña intenta acercarse al hombre que hubo detrás del mito, este relato imagina qué pudo pasar por la cabeza de Elvis en los últimos instantes de su vida. 


    El baño es amplio y está tapizado en dorados y rojo. Desde la taza del retrete, sus ojos vidriosos apenas se sorprenden al ver cómo se va llenando la habitación. En una esquina se contonea Big Mama Thornton agarrada a un micrófono de pie aullando Hound Dog mientras desde la otra esquina Leiber y Stoller aguardan para mostrarle una gran hoja de partituras. Un nuevo éxito, seguro. Pero pronto lo que llama su atención es la figura de Gladys acunando a un niño y siente una punzada de dolor que le desgarra por dentro, por alguna razón cree saber que se trata de Jesse, su gemelo, fallecido durante el parto.

    Las lágrimas corren por su cara, pero no le importa. Una figura con traje de presidiario se acerca y abraza a la madre y al hijo. Pero, ¿dónde está él? Él está solo. Sí, he estado solo todas y cada una de mis noches. Sosteniendo con esfuerzo su cabeza, por su cara baja el sudor que todo lo cubre. La tía Delta se le acerca con un bote de pastillas, saca unas cuantas y se las ofrece, pero él las rechaza con violencia. No más, nunca más, al menos no más por hoy, y sonríe mientras observa al presidente Nixon asentir con la cabeza, buen muchacho parece decir.

    Su corazón se desboca con furia animal mientras Marion cuchichea en el oído de Sam Phillips y él juguetea con la guitarra al ritmo de una antigua canción de Big Boy Crudup en un descanso de la primera sesión en Sun Records. Por encima de sus hombros aparece la funesta sombra del coronel, empujando con desdén a Marion, a Sam y a Bill Black, susurrándole mentiras al oído. Él le aparta a manotazos, le esquiva, trata de zafarse del abrazo hasta caer de rodillas. La posición es indigna de un monarca, pero ¿quién se acuerda ahora de las actuaciones en televisión o de los conciertos con miles de chicas gritando?, ¿quién se acuerda de todas ellas?, ¿quién quiso acostarse con todas ellas?

    Y el llanto se torna en incontrolado, trata de estirar las rodillas, de enderezarse y salir a gatas de ese círculo melancólico, pero solo logra caer sobre su pecho y vomitar violentamente. El sabor agrio le recuerda que no siempre todo fue fácil, que a menudo oía las burlas a sus espaldas.

    Trata de incorporarse pero su cabeza da vueltas enloquecidamente. Priscilla, susurra él mientras ve a la novia acercarse al altar tomándole de la mano. Jura que le será fiel, cree haberle sido fiel toda su vida, no importa con cuántas mujeres se acostara, no importa que muchas de ellas se recuesten ahora contra el lavabo con movimientos obscenos y burlándose de la esposa legítima, no las escuches, siempre estuviste en mi alma, le recita conmovido.

    El aire se agota en sus pulmones. Su voz ya no brota. Él, que siempre estuvo orgulloso de ella, que temió que el ejercicio físico en el ejército pudiera arruinarla, ve cómo su voz le falla. Pero, al fin, ¿quién no lo ha hecho?, ¿quién ha permanecido a su lado? Ni siquiera él mismo se ha sido fiel, ni siquiera él podría reconocerse en un espejo. Solo los niños pobres de la calle Beale le saludan con respeto, mientras admiran el teléfono descolgado en la pared, tan pobres como lo fue él, tan pobre como lo es hoy, despojado de todo.

    Tirado en el suelo, ya rendido, a merced del tiempo que tarden en encontrarle para devolverle a la vida como otras veces, saluda a los Jordanaires que comienzan a entonar Danny Boy y la congregación se agolpa para cantar mientras el predicador baila y alza sus brazos, reza al Señor.

    Y su cuerpo ya inerte, queda en el suelo, pero él se eleva como el superhéroe de infancia que quería liberar a su padre de la prisión. Y por encima de la Tierra de la Gracia, bajo el reflejo azul de la luna, vestido con su traje de cuero negro, se bambolea y sonríe mientras comprende que el mundo se moverá siempre al ritmo de sus caderas, y sus trajes dorados vuelven a hacerle sentir la fuerza de la música. Todo está bien mamá, le dice con un guiño a Gladys, estoy tratando de llegar a ti, solo es que hace tiempo que olvidé recordar a olvidar.

    Y al fin está en el escenario del International Hotel de Las Vegas, con su traje blanco lleno de lentejuelas y flecos, con su gran banda, y la ovación del público le acaricia, llena sus oídos hasta hacerle olvidar los gritos de Ginger, las carreras por las escaleras, las llamadas telefónicas y la sirena de la ambulancia, porque ya nada importa.  El Rey ha muerto, ¡viva el Rey!

     

     

    Being Elvis. Una vida solitaria (Ray Connolly) 

    Elvis (Generación Bibliocafé)

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