Alicia en el país de las maravillas es una obra que alimenta la imaginación de cuantos la leen (incluso de quienes no la han leído) desde su publicación. Forma parte de una pequeña tradición victoriana en la que los cuentos dirigidos a niños tenían una vertiente que también los hacía atractivos a los adultos. No muy diferente a lo que ocurre hoy en día con muchas películas de animación, que siempre están llenas de guiños para los padres que acompañan a sus hijos al cine.
La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas fue en su versión original, en una colección inglesa de las obras completas de Lewis Carroll, con los grabados victorianos que hoy consideramos canónicos. Aunque tampoco tenía el suficiente nivel de inglés para entenderla completamente, lo cierto es que me resultó más fácil que su continuación, Alicia a través del espejo, o cualquiera de los otros libros que recogía el volumen, en el que había larguísimas poesías o juegos matemáticos que ya me resultaron totalmente inaccesibles.
Lo que sí pude apreciar en esa primera lectura fue la importancia del idioma original, la infinidad de juegos de palabras, de ironías que difícilmente podían ser trasladadas, al menos en su sentido completo, al idioma nativo de cada lector. Pero es precisamente ese gusto por los juegos de palabras lo que ha permitido la pervivencia y vigencia de la obra hasta nuestros días, más allá de los fantásticos personajes que la pueblan.
Posteriormente, volví a leer el libro en la versión de Alianza Editorial, con la que pude completar algunas lagunas, y cuyas notas del traductor, Jaime de Ojeda, fueron realmente útiles.
Pero recientemente encontré varios artículos en los que se abordaba la problemática de la traducción de esta obra y, en concreto, me gustó la perspectiva que tomaba Juan Gabriel López Guix en su artículo Alicia en el país de las palabras. Todo esto llamó nuevamente mi atención sobre la obra, así que adquirí el texto traducido por López Guix en la edición publicada por Austral en 2016. En este caso, la lectura tiene dos notas personales. El libro realmente me lo regaló mi hijo mayor rascándose el bolsillo, probablemente su primer regalo. La lectura la he hecho con mi hija de 6 años. Así pertrechado he vuelto a leer, no sé cuántas van ya, esta obra que a lo largo del tiempo he leído una y otra vez por diversas razones y que siempre me deja hueco para una futura lectura.
Sobre Alicia en el país de las maravillas hay miles de páginas escritas, por lo que poco se puede añadir. Se ha tratado la posible perversión sexual de Lewis Carroll, la tendencia política de la Alicia real, las posibles tramas y mensajes ocultos del reverendo aficionado a la literatura, la fotografía, etc. Pero poco podría añadir. Por eso, solo me centraré en aquellas cuestiones que en esta lectura me han llamado la atención, aquéllas en las que he caído por primera vez o las que, de alguna manera, me parecen relevantes, obviando todas aquellas que, siendo más importantes, presumo conocidas o de fácil acceso. Por lo general, cualquier edición del libro cuenta con una buena introducción suficiente para dar entrada a un mundo en el que es preferible adentrarse sin demasiados conocimientos previos para no romper la magia de la sorpresa, de la vuelta de tuerca, gran parte del encanto del libro.
Pero empecemos. Lo bueno de leer el libro con una niña de seis años es que puedes ver la diferencia entre lo que tú entiendes y lo que ella interpreta.
Solemos creer que los niños están dotados de una imaginación desbordante, que vamos perdiendo con la edad, y creemos que las historias fantásticas son de su gusto porque se corresponden con su capacidad imaginativa y la alientan, incluso alargándola un poco más allá, prolongando ese tiempo que nosotros, ya adultos, querríamos no haber abandonado nunca.
María no cree que los conejos hablen, lleven levitas y sombrero y se preocupen por llegar tarde a los sitios. La diferencia conmigo es que para mí es un claro invento, una fabulación que, inevitablemente, debe responder a alguna intención del autor que me esforzaré por desentrañar, y para ella solo es algo que se le puede ocurrir a cualquiera, como cuando piensa que sus gatos van a la escuela o que las nubes se peinan con peinecillos invisibles. No implica confundir ficción y realidad, solo es una forma de expandir su realidad en la medida de sus posibilidades. No cree que los gatos la entiendan, ni que sus muñecas sean sus hijas, solo es un juego con lo que tiene a mano.
Así, Alicia le resulta amena, se ríe con las extravagancias, como se reiría de cualquier otra cosa, pero no puedes tratar de explicarle que cuando Alicia bebe de la botella para hacerse más pequeña, para así poder pasar por la diminuta puerta que la saca de la habitación en la que ha caído tras precipitarse por la madriguera, es la metáfora de que para entrar en el País de las Maravillas todos debemos hacernos pequeños, volver a la infancia, renunciar al orgullo y a la suficiencia de adultos y despojarnos de todo lo racional para acceder a ese mundo mágico. Si le explicase todo esto, el relato perdería interés, la moraleja sería el detonante del aburrimiento.
Primera lección: si Lewis Carroll es uno de los maestros del absurdo, dejemos que todo sea absurdo, sin sentido, no lo busquemos. Hagámonos pequeños de verdad, sin necesidad de buscar tres pies al conejo. Que sean los expertos los que pierdan el gusto por esta loca historia tratando de devanarse los sesos buscando un sentido a lo que nunca pretendió tenerlo.
Segunda lección. Por mucho que nos esforcemos por trasladar nuestro gusto por la lectura, nada podemos hacer contra las versiones en dibujos animados o con actores de carne y hueso. En estos tiempos, la imaginación no nace en una página tomando como disparador un texto. Nace de las imágenes que vemos y que adaptamos a nuestras necesidades y circunstancias. No podemos ni debemos creer superior un tipo de imaginación a otro. La imaginación es la misma; lo que cambia es su origen.
Tercera lección. Como cualquier clásico, su lectura cambia con el paso del tiempo. La interpretación que los victorianos hacían de este libro no es la misma que la de los grupos lisérgicos de los años 60, como Jefferson Airplane, The Beatles y tantos otros que tomaron este texto como referencia. También nosotros, según crecemos, vamos cambiando el modo en que vemos e interpretamos a Alicia y sus aventuras.
Y es precisamente esta fortaleza la mejor prueba del clasicismo de una obra: su perdurabilidad en el tiempo, su capacidad para seguir emocionando, divirtiendo y haciéndonos pensar, para acompañarnos en esta vida tan poco dada a las maravillas.
Tras terminar Alicia en el país de las maravillas, decidí continuar la lectura con Alicia a través del espejo, publicada también por Austral en la cuidada traducción de Juan Gabriel López Guix. Elegir la misma editorial y el mismo traductor no fue casualidad. La coherencia en el estilo, el tono y las notas de traducción me parecía fundamental para mantener la unidad del viaje lector. Porque si en el primer libro nos adentrábamos en el mundo del absurdo desde la lógica caótica de una partida de cartas, ahora lo hacemos desde la lógica rigurosa de un tablero de ajedrez, que paradójicamente da pie a uno de los universos más extravagantes que jamás se hayan imaginado.
En 1871, Lewis Carroll publicó la segunda parte de Alicia en el país de las maravillas con un título igualmente evocador: Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró (Through the Looking-Glass, and What Alice Found There). Con el primer libro, Carroll había inventado una nueva forma de narrar, entre el absurdo y el juego lógico, y en esta segunda entrega lleva ese estilo hasta sus últimas consecuencias. Alicia, nuevamente sumida en un sueño, esta vez inducido por las travesuras de su gata Snowdrop, desea atravesar el espejo del salón de su casa. Al otro lado, todo parece regirse por reglas contrarias: los libros tienen las letras invertidas, hay una niña que se le asemeja y que afirma ser su reflejo, y el espacio responde a una lógica invertida. Mientras se aproxima, Alicia termina por cruzar ese umbral.
En ese nuevo mundo, tan familiar como extraño, la protagonista se embarca en una aventura estructurada como una partida de ajedrez. Alicia debe avanzar, como un peón, a través de las ocho casillas del tablero hasta alcanzar la última fila y convertirse también en reina. Cada capítulo es una casilla, una fase del recorrido, una aventura distinta, y la narrativa sigue ese trazado con precisión matemática.
Este paso de la lógica caprichosa del naipe a la planificación estratégica del ajedrez marca una diferencia esencial entre ambas novelas. Si el País de las Maravillas simbolizaba el caos, la arbitrariedad y la fantasía desbordada, el mundo del Espejo representa una forma de orden oculto, de lógica retorcida, pero lógica al fin y al cabo. Aquí se debe correr mucho para permanecer en el mismo sitio, como le explica la Reina Roja, y las palabras son tan enigmáticas como precisas. Uno de los grandes logros de Carroll en esta obra es la invención de las palabras maleta (portmanteau words), en las que dos palabras se funden para generar un nuevo significado, como en el poema Jabberwocky, que abre el libro y es quizá el poema sin sentido más célebre de la lengua inglesa.
Vuelven personajes como Humpty Dumpty, que discute con Alicia sobre el significado de las palabras y afirma que “cuando yo uso una palabra significa exactamente lo que quiero que signifique, ni más ni menos”. Se incorporan nuevos personajes memorables como Tweedledum y Tweedledee, que discuten una eterna pelea mientras recitan sin ironía alguna versos cargados de absurdo.
Es cierto que Alicia a través del espejo no incluye escenas tan populares como la merienda de locos o los juicios grotescos de la Reina de Corazones, pero en muchos sentidos sus diálogos resultan más agudos, su humor más refinado, y la causticidad de Carroll alcanza un nivel más alto. Si Alicia en el país de las maravillas surgió en gran parte como una narración improvisada, esta segunda parte fue elaborada con más tiempo, reflexión y ambición literaria. Los poemas como La morsa y el carpintero muestran una estructura más cuidada y una intención más sutil que los incluidos en la primera obra.
Releer las dos Alicias en esta magnífica edición de Austral, y sus ilustraciones cláuiscas, es un viaje doble: hacia la infancia y hacia la profundidad del lenguaje. Cada libro ofrece una lógica propia, una gramática del sueño, y al alternarlas se entiende mejor la riqueza del universo creado por Lewis Carroll. Quizá no se trate tanto de elegir una como de dejar que ambas dialoguen entre sí, como si fueran las dos caras de un espejo. Porque en el fondo, Alicia no deja nunca de enseñarnos que todo depende de desde dónde se mire.Ésta es la cuarta y última lección.







