11 de marzo de 2026

Una mujer / No he salido de mi noche (Annie Ernaux)


 

 I


Annie Ernaux ha desarrollado una carrera literaria extensa tomando como referencia principal hechos de su propia biografía, no porque ésta cuente con elementos que la hagan especialmente relevante, epítome de su tiempo, sino precisamente por todo lo contrario, porque pueden ser hechos parejos a los que afronta cualquier persona en sus mismas circunstancias.


Este género, la autoficción, que ha venido ganando adeptos en las últimas décadas y que cuenta con notables autores, especialmente en Francia, se revela como un terreno abonado para la mala literatura. Lo que puede resultar relevante para el autor, los hechos que dotan de sentido a sus experiencias, se tornan en gran parte de las ocasiones fríos e irrelevantes para quien no logre conectar con ellos. Esa distancia entre la percepción de lo vivido en primera o tercera persona suele resultar en la intrascendencia de las obras. Por otro lado, tampoco ayuda mucho la tópica recomendación de que uno ha de vivir primero y luego escribir, que se suele confundir con contar “lo vivido”, no contar “desde lo vivido”, que no es lo mismo.

 

Pero, formulado este desahogo, en manos de un escritor capaz, el género puede convertirse en un excelente modo de reflexionar y narrar, de conectar con un lector ávido de identificarse con lo que lee, de extraer su propio análisis. Ernaux ha recibido el reconocimiento del Premio Nobel de Literatura en el año 2022, precisamente por su habilidad para implicar al lector en esas narraciones, mezcla de biografía y literatura, un estilo muy personal y definitorio, inimitable sin caer en el puro plagio.  

 

Para lograr este resultado, la autora francesa parte de una integridad y un respeto absoluto a la premisa que se ha marcado, que no es otra que escribir para desnudarse totalmente, a ella y a su entorno, sin condescendencia ni piedad, casi una autopsia con olor a formol y antisépticos.  

 

En Una mujer (editorial Cabaret Voltaire con traducción de Lydia Vázquez) publicada en el año 1987, Ernaux nos cuenta la vida de su madre, esa mujer a la que se refiere el título. Ya desde las primeras páginas traza su objetivo claro. Blanche Duchesne ha fallecido apenas semanas antes de que comience a escribir el manuscrito tras unos dos años enferma de Alzheimer y de haber pasado por varias residencias, concluyendo así un periodo de enfermedad e idas y venidas, un tiempo en el que la madre ha ido a vivir con la hija para facilitar su cuidado dado que los nietos la alegran y que Annie se ha divorciado, por lo que se pueden hacer compañía mutua.

 

La imagen dolorosa de estos últimos años rompe con la que tiene de su madre en los tiempos en que ella era una niña, cuando la veía como un ser portentoso, alegre, un dios para ella, omnipotente y ubicua. También la ve diferente de aquella mujer que juzgaba sus ansias de libertad ya en la adolescencia, que cuestionaba sus gustos, ropa y novios cuando ya estaba en la Universidad, sus amoríos, nada que no ocurra a cada hijo e hija.

 

La conciencia individual nos permite crear una imagen propia, un relato autobiográfico, que no tiene por qué ser único ni estable en el tiempo, pero de hecho parece que estamos preparados para crear una idea de continuidad de nuestras vidas. Pero en lo que hace a las ajenas, lo único que tenemos son imágenes, anécdotas, confesiones, pero nunca una imagen completa engarzada en un hilo narrativo. Tratar de recrear la vida de su madre desde un punto de vista orgánico y completo es el intento de unir todas esas imágenes y recuerdos, de conciliar sus sentimientos encontrados con todas aquellas mujeres que se rebelaron diferentes a lo largo de la vida que compartieron madre e hija. También es, seguro, un modo de equilibrar los tristes recuerdos de los últimos años, que siempre pesan con mayor crudeza, y que son los más dolorosos cuando se ha pasado por trances complicados al final de la vida, como bien sabe quién haya pasado por una experiencia pareja.

 

La reconstrucción se remonta al nacimiento de su madre, en una familia de un entorno rural en el que las duras condiciones de vida solo tienen una posible vía de escape, pasar a convertirse en proletarios. Así, la madre dejará de bregar pronto con animales y cultivos para entrar a trabajar en una fábrica de mantequilla, un ambiente aún muy ligado a lo rural, un trabajo no muy agradable del que sale cuando una gran factoría dedicada a la cordelería se instala en la zona. Su madre se convierte así, al fin, en una orgullosa trabajadora fabril, un salto de clase, un inicio de relaciones más allá de los rudos campesinos con los que conviven sus padres y, el lugar en el que conocerá a su marido, de una clase social ya más asentada pero que, pese a ello, o precisamente por ello, carece de la ambición de ascenso social de su esposa.

 

La inquieta joven empuja a su marido a mudarse a otro pueblo, una pequeña localidad en la que compran un negocio, mezcla de tienda de todo y cafetería, un negocio que terminará por esclavizar a la madre pero que siempre será el símbolo de haber vuelto a dar un salto social, de ser propietaria, la dueña de un negocio, sin jefes a los que servir, aunque haya de humillarse y someterse de continuo a los caprichos de sus clientes, al miedo de que se establezca una tienda que les haga la competencia, de que cualquier mal gesto la torne antipática y se genere una reacción que haga huir a sus clientes.

 

Y Ernaux nos va desvelando la vida de esa joven animosa, bella según se desprende de las fotografías, pero conservando un cierto aire de tosquedad, autenticidad podríamos decir piadosamente, una mujer que ha traído al mundo a Annie y para quien se convertirá en la referencia absoluta. De ella aprenderá lo que debe y no debe hacerse, a vestir con poco dinero pero mucha dignidad, a reutilizar todo lo que deba y pueda ser reutilizado, a comer de manera sencilla, frugal pero reconfortante, a leer los folletines románticos de la época, a no olvidar a la hermana muerta, una ausencia que Annie siempre creerá que no será capaz de hacer olvidar, una culpa original, maldita.

 


Pero según Annie crece, la lozanía de su madre se va ajando. Cuando le llegue la menstruación parecerá suscitar el rencor de la madre a la que pronto se le retirará, o tal vez sea la propia Annie la que comienza a ver en su madre ya no la figura superior, el referente diario, sino que empezará a sufrir sus frenos, la obligación de estar en casa pronto, de no armar alboroto, la que juzga con una mirada severa, sin palabras, cuanto parezca alegrar a la joven. Un cambio de sentimientos, anticipo del choque que pronto llegará, de ese momento en el que un hijo ha de enfrentarse al orden de sus padres, creer peor todo lo que se le proponga, cuestionar y juzgar.

 

Y Annie va sintiendo mientras escribe este libro la ligazón con su madre, aquella que no pudo percibir en su momento, reconciliándose de alguna manera con ella, porque tal vez solo la muerte permite cerrar una etapa y hacer balance, o mejor aún, porque para la autora poner por escrito estos sentimientos, exponerse al lector y a sí misma, explorar las escenas que puede recuperar a través de fotografías, cartas o recuerdos, muchas veces alterados por el tiempo, permite ese ejercicio de introspección. El estilo de la autora se muestra directo e implacable, lacónico en ocasiones, duro. Sus palabras no buscan el consuelo, el perdón o la comprensión, parecen tan solo dirigidas a un jurado imparcial que aguarda impaciente para emitir un veredicto que nunca será benévolo con la autora, porque el libro es una reflexión tanto sobre la madre como sobre la propia hija, a fin de cuentas, es a través de sus ojos como la ve. No recurre a cómo pudo percibirla el resto de la familia, sus amigas, qué pudo significar para su padre, qué atributos habría destacado éste de aquella. El único punto de vista es el de Ernaux, el de la hija convertida en el narrador y explorador de su propia vida a través de los puntos de contacto con su madre. Una experiencia sobrecogedora en ocasiones, tierna y dolorosa en otras. Como señala la autora, durante el proceso de escritura logra distanciarse del dolor de las primeras semanas tras su muerte, convirtiendo a su madre de alguna manera en un arquetipo que puede contemplar con cierta equidistancia, para juzgarla, hacerla humana en suma.

Y como tantas veces ocurre, la hija odia a la madre por verse reflejada en ella, por comprender en su madre lo que odia en sí misma, una experiencia dolorosa porque los dardos realmente van dirigidos contra Ernaux, no contra su madre. El relato va adentrándose en los últimos años de la mujer, en su deterioro físico y mental, en los despistes premonitorios y en las grandes lagunas en un tiempo en el que los recuerdos lejanos están más presentes que el lugar en el que se acaban de olvidar las gafas, en el que las entradas y salidas del hospital comienzan a convertirse en rutina, y la última visita en la residencia, saliendo, como siempre, con prisa, agobiada por el dolor, por la presencia de tanto olor a muerte, de tantos ancianos, una realidad que no quiere ver pero que añorará cuando la llamen al día siguiente, lunes por la mañana, para informarle de que su madre ha fallecido. La prefería loca que muerta, asegura ahora.

 

El libro se cierra de manera conmovedora y certera cuando la autora asegura que He perdido el último vínculo con el mundo del que he salido, y por ello pasamos y pasaremos todos. 



 

 

II


 Pero Annie Ernaux no se detiene en este empeño, retomando diez años después, en 1997 los últimos años de su madre en No he salido de mi noche (publicado por Cabaret Voltaire y nuevamente traducida por Lydia Vázquez).

 

En esta obra, que no llega a cien páginas, Ernaux retoma las notas, breves y esquemáticas en ocasiones, que fue tomando durante los dos años en que su madre habitó esa noche a que se había referido en la última carta que escribió para una amiga y que nunca llegó a enviar.

  

Esa noche es el Alzheimer, que la fue desposeyendo de la vida tal y como la conocía y forzando a su hija a un proceso doloroso para tratar de casar esos horribles años con la imagen plena y vital que había conocido hasta entonces. Ernaux va recorriendo el proceso paulatino, no siempre lineal de esta enfermedad. Un proceso en el que parece haber ocasiones en las que la lucidez se impone, para luego caer en una absoluta falta de sentido. Donde su madre puede hablar con personas fallecidas hace años o confundir a su propia hija con una compañera de habitación o en la que encontrar una defecación en el cajón de la mesilla de noche resulta habitual. Ernaux siente el dolor al abandonar la residencia tras unas breves horas de visita rutinaria, dejando allí a su madre, con una mirada perdida, deseando volver a la seguridad del hogar, un alivio que trae consigo la culpa, el reproche. Y con la lectura de estas anotaciones el lector acompaña a la autora por las fases de la enfermedad, la que padece la madre y la que se contagia a la hija, pues nadie sale indemne de semejante trance.


Como en una cinta de Moebius, los papeles comienzan a intercambiarse en algún punto y la madre pasa a ocupar el papel de la niña y ésta la de aquella. Hay momentos en que la madre grita a voz en cuello cuando la ve entrar en el comedor para que todas sus compañeras la oigan que ahí llega su hija, un orgullo que parece nacer de algún recoveco aún vivo de su mente, un momento escalofriante y conmovedor que se desvanece a los pocos segundos cuando le pregunta con indiferencia que cuando se pone la comida y le recrimina que no le paga bien, confundiéndola con el capataz de la cordelería en la que trabajó de joven.

 

Aunque en este libro la elaboración es menor que en Una mujer, al responder a la colección de notas, apenas sin edición, el relato retoma la dureza del juicio sobre ella misma, su inasequible voluntad de llegar al fondo, a costa de lo que sea, de su sufrimiento y dolor. Por sus páginas aparecen imágenes tiernas, como la de los ancianos caminando por los pasillos, aferrados a las barandillas de apoyo, esperando en el comedor horas antes de que se sirva la comida, doblando una y otra vez las servilletas, los gritos que llegan desde cualquier habitación, el intenso olor a orines, los suelos pegajosos, la ausencia de una vecina de habitación que desaparece y en apenas unas horas es sustituida por otra. Escenas sin consuelo, sin tregua para el espíritu, una realidad que hay que tocar aunque no nos guste.

 

Y Ernaux lo hace, la palpa y la toca, la mira a los ojos aunque se le nublen, de dolor o de culpa, de resentimiento o de rabia. Pero esas notas que escribe agotada por las noches se convierten en el modo de aferrarse a lo poco que va quedando de su madre, a ese cascarón que se vacía a raudales, y que ella trata de preservar, de acaparar casi con avaricia en cada pequeño detalle que atesora para el futuro, para cuando ella no esté.  

 

Pocas lecciones pueden aprenderse de esta obra. El final es conocido y cada uno que pase por esta situación la enfrentará de un modo diferente. Sin embargo, el principal motivo para sugerir la lectura es ahondar en la profundidad del compromiso de su autora con la Literatura, con sus convicciones firmes en torno a la vida, la coherencia, la autoexigencia y la verdad. Tal vez por estas cosas y otras tantas le concedieron en 2022 el Premio Nobel de Literatura y tal vez por ello la lectura de estos libros será imprescindible para conocer quiénes somos.



 

 




28 de febrero de 2026

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales)

 


El 3 de septiembre de 1939 Francia declaró la guerra a Alemania en cumplimiento de los tratados de la alianza con Polonia tras la invasión de la Wehrmacht, dos días antes. En ese momento comienza lo que los ingleses denominaron la “guerra de broma”, un periodo de varios meses en los que en el frente occidental apenas hubo combate ni conflicto, un lapso tan limitado que hizo creer a muchos que la guerra se desharía progresivamente. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 los alemanes lanzaron una ofensiva que desbarató totalmente los planes defensivos aliados, forzando la firma de un armisticio en apenas seis semanas, el 22 de junio.

La idea general es que Francia se vio asaltada por un ejército más moderno, mejor preparado, más motivado y que sus anticuadas estrategias y equipamientos le hicieron caer de manera sorprendente e inesperada.

Manuel Chaves Nogales vivió en París aquellos meses. Había salido de España en 1937, abandonando la dirección del diario Ahora, temiendo por su propia vida al no sentirse ya debidamente protegido por las autoridades republicanas en un contexto político cada vez más violento. Él que había sido un firme partidario de la República había visto con desconfianza la radicalización progresiva de los bandos, dejando huérfana de paladines la idea de una república burguesa, liberal y democrática. En su tiempo de periodista en la época convulsa que le tocó vivir, pudo trabar conocimiento de primera mano de los efectos del comunismo gracias a diversos viajes por la URSS de los que dejó cuenta en varios libros, así como del auge del totalitarismo fascista, incluyendo una entrevista muy reveladora con Goebbels. Atenazado por ambos extremos, convencido de que ni fascistas ni comunistas querían un verdadero ciudadano libre y cultivado que pudiera rechazar sus simplistas recetas, comprendió tras la huida del gobierno de la República a Valencia en 1937 que su aportación debía ser otra y que ya no tenía cabida en el marco político español.

Su primer destino fue París, donde colaboró en diversos medios franceses e iberoamericanos, dando publicidad a las noticias que se recibían de la guerra española, tratando siempre de no dejarse engañar por la propaganda de los bandos en conflicto. Pero también en París pudo asistir a un proceso de radicalización que le recordó vagamente el vivido en España. Y su traumática experiencia le marcó de manera definitiva a la hora de juzgar los hechos, de valorar los papeles de unos y otros y de llegar a la conclusión de que la caída de Francia era inevitable y no se debía tanto a razones militares sino a la propia pérdida del sentido republicano, al desgaste de las instituciones, a las malas decisiones en materia de política interna, económica e internacional.

Porque precisamente esta es la tesis de Chaves Nogales. Francia no cae bajo el empuje del ejército alemán; de hecho, este apenas es mencionado. No se habla de la ofensiva ni del avance de las columnas acorazadas; los alemanes son, como en el poema de Kavafis, unos bárbaros que solo le sirven para poner de manifiesto las contradicciones interiores de Francia. Para Chaves Nogales, Francia cae víctima de una guerra civil, de un conflicto larvado desde hace tiempo y que venía minando las bases de la República.

Y así, al modo de Zola, nuestro periodista lanza sus acusaciones contra todos aquellos a quienes considera que han abandonado a la República. En primer lugar, todos aquellos que, en ambos extremos, reniegan de los principios de la democracia liberal, comunistas y fascistas o ultrarreaccionarios. Para todos ellos, la República es un cadáver cuya defunción solo ha de ser certificada mediante una reacción, armada o no. Los disturbios del 34 convencen a los reaccionarios de que la caída es posible mediante la manipulación de las masas. El Frente Popular del 36, al dictado de la III Internacional, prueba para los comunistas que se puede asaltar el poder desde las urnas, en eso también tienen el ejemplo de Hitler, y hacerse con el control tal y como lo hizo pocos años atrás el bolchevismo soviético.

Pero también y por encima de todo, la acusación de Nogales se dirige a la clase media, temerosa de ambos extremos pero convencida de que la fortaleza del espíritu republicano no bastará para protegerlos. Y en una dejación de funciones y de responsabilidades abandonan la fe en la democracia, en el poder transformador de esta. No han aprendido las lecciones que el propio Nogales encarna en su reciente trayectoria: el proceso de deterioro de una democracia que parece carecer de auténticos demócratas, dentro de un aparato estatal del que todos parecen querer sacar partido.

Nogales clama contra el egoísmo, el sálvese quien pueda. Nos narra cómo, una vez declarado el conflicto, todos quienes tenían posibles huyeron de París, creyendo que los nazis bombardearían la capital en pocos días, arrasándola por completo, dejando así a la ciudad del Sena desierta a su suerte, habitada por los menesterosos que no podían huir, los empleados que no podían abandonar sus puestos de trabajo. Se crea así un sentimiento de desprecio hacia unas clases dirigentes que parecen buscar tan solo su propia salvación, similar a lo que pudo ocurrir con la desbandada republicana de Madrid a Valencia cuando se creyó erróneamente que la capital española no tardaría en ser ocupada.

Pero también estos emigrantes sobrevenidos, estos pudientes que huyen de París y ocupan el espacio rural o de medianas ciudades alejadas del frente, tensan las relaciones con las poblaciones a las que llegan provocando subidas de precios, desabastecimiento, irritando con su soberbia capitalina y generando, en suma, una desmoralización en quienes veían cómo sus élites solo buscaban su propio resguardo.



Nos narra episodios sorprendentes y poco conocidos, como el de que los alquileres del mes de septiembre, al declararse la guerra, dejaron de pagarse creyendo todos que el conflicto traería la destrucción de las viviendas, sin que el gobierno atajase con prontitud esta subversión del orden habitual de la vida económica.

Otro tanto ocurrió con la acumulación de provisiones, ese mal tan endémico que llega a nuestros días con las tristes imágenes de los supermercados sin existencias de papel higiénico al comienzo de la reciente pandemia. Y allí en Francia otro tanto: quienes podían acumulaban provisiones que, en poco tiempo, se perdían ante un desabastecimiento que, como cualquier profecía autocumplida, desgastaba la confianza de la sociedad en su gobierno.

Tampoco el ejército recibe mejor opinión. Nogales considera que Francia va a la batalla convencida de su derrota, esperando poder resistir lo justo para firmar un acuerdo de paz razonable que vuelva todo a la normalidad. La actitud derrotista se traslada a los soldados. Nogales destaca cómo apenas existen fotografías de soldados franceses sonrientes en estos primeros días de campaña, en contraste con la alegría y juventud que derrochan los ingleses del cuerpo expedicionario británico.

Y estos forman parte también del cuadro dibujado en La agonía de Francia (Libros del Asteroide). Los británicos llegan a territorio francés para ocupar sus posiciones en la frontera con Bélgica, al norte, y su alegría y desparpajo suscita un resentimiento profundo en los locales. No es que haya problemas de carestía o que se crea que los alemanes atacarán más ferozmente y bombardearán de manera más intensiva la línea del frente protegida por los británicos, arrasando así con las casas, cultivos y vidas de los habitantes de la zona. Es que se mezcla la desconfianza con los celos que inspiran estos hombres en sus ocasionales escarceos con mozas francesas, hecho ampliamente utilizado por la propaganda alemana, algunos de cuyos desternillantes ejemplos nos describe Nogales con gracia y detalle. Es que además los franceses creen que esta guerra ha sido impuesta por Reino Unido, que son ellos los que han empujado a Francia al conflicto y que la verdadera posición correcta para la República habría sido la de forzar un eje con Mussolini para moderar el belicismo alemán, compensando así los extremismos. Pero el progresivo endurecimiento de la postura británica ha llevado a Italia a arrojarse en brazos alemanes, no dejando a Francia otra opción que la de alinearse con el gobierno británico.

A los reaccionarios la lucha por la República les resulta indiferente; creen que una transacción con Alemania permitirá la creación de un nuevo modelo de Estado francés, más próximo a sus ideas, con algo de la firmeza anticomunista alemana, de su orden y disciplina, pero al modo más latino. Es decir, ninguno de los partidarios de esta posición siente un verdadero impulso ardoroso por la defensa de la República.

En el otro extremo, los comunistas creen que el conflicto con Alemania se resolverá con la entrada de la URSS en la guerra desatando al fin todas las contradicciones burguesas. El pacto Ribbentrop-Mólotov les deja algo desconcertados por un tiempo, como a todo el mundo, pero esto solo sirve para que su implicación en un conflicto que sienten como totalmente ajeno sea aún menor.

Es notable que Chaves Nogales, en el mismo momento en el que se están desarrollando los acontecimientos, sea capaz de desarrollar un análisis tan certero. En aquellos años gozaba de mayor predicamento la idea de que Francia cayó colapsada por una superioridad armada y tecnológica alemana. Sin duda, esta tesis es más comprensiva con el orgullo francés, pero no sirve para engañar a nuestro reportero.

La agonía de Francia (Libros del Asteroide) está compuesta por capítulos muy breves en los que Chaves Nogales va dando cuenta de pequeñas facetas de este conflicto interno, de esta guerra civil nunca declarada a la que hace mención. Y de una manera ágil y amena, siempre certera y obligándonos a reconsiderar muchas de las lecciones tópicas aprendidas en los libros sobre la época, lo que siempre resulta reconfortante para un lector crítico.

Sin embargo, el volumen no está exento de contradicciones. Chaves Nogales se pregunta en algún momento si, al inicio justo de la guerra, no podría haberse lanzado un ataque devastador sobre Alemania, aprovechando lo que describe con bastante detalle. A saber, una momentánea superación de la fractura social, un entusiasmo belicista que unió a las clases sociales y a los extremos políticos, contradiciendo así su propia tesis de que, desde un primer momento, cada ciudadano francés optó por la mejor defensa de sus propios intereses en detrimento de los del régimen republicano o, como mucho, en la defensa de los intereses de su particular ideología.

También se ha de poner de manifiesto que Chaves Nogales recrimina, por encima de todo, a los ciudadanos en su dejación de funciones, llegando a sostener que el nivel de traición a la República va creciendo según se baja por la escalera social. Que el presidente de la República es el mejor protector de esta, que los responsables políticos son peores que aquel pero mejores que los servidores públicos y así sucesivamente. Pero esto no deja de resultar contradictorio con otros capítulos en los que se ponen de manifiesto los innumerables errores en la gestión política, económica o bélica de los primeros meses, tal y como ya se ha señalado más arriba.

Y es que, pese a la clarividencia de su juicio, Chaves Nogales era hijo de su tiempo y fundamentalmente de sus circunstancias vitales, y no podía dejar de establecer paralelismos entre lo ocurrido en España y lo que veía a su alrededor. Su creencia en esa democracia liberal, sostenida por unas élites responsables, cultivadas y que defendían el progreso para todos, había dejado de ser el paradigma aceptable, estrechada por los extremismos de variado signo y el progresivo desentendimiento de los ciudadanos menos ideologizados. La democracia liberal perdía fuelle y solo un conflicto terrible la haría renacer, cambiando parte de sus ideales, renovando un pacto social que curase viejas heridas. Desgraciadamente, Chaves Nogales no pudo ver ese renacer al fallecer en Londres en 1944 como consecuencia de una peritonitis fatal.

Su muerte nos impide conocer qué habría opinado de temas como la caída del nazismo, la consolidación del Estado del Bienestar, la Guerra Fría o el pacto tácito entre los aliados y el franquismo en los años cincuenta. Pero esta desgracia no nos puede llevar a pasar por alto los libros publicados por este autor que vienen recibiendo un reconocimiento general desde la recuperación de su obra hace ya un par de décadas. Conformémonos con ello, ya que nada más tenemos, y comprendamos que, en medio del fragor del conflicto, siempre hay mentes preclaras capaces de distinguir lo correcto, de mantener sus posiciones de manera firme y coherente, y de que todos ellos debieran ser ejemplo de cada día para quienes los leemos. Así que guardemos un pequeño resto de esperanza para confiar en que también hoy en día, en nuestros periódicos, podcast, vídeos y demás medios que la tecnología pone a nuestra disposición, podamos tener a los Chaves Nogales de nuestros días.



20 de febrero de 2026

El hombre en busca de sentido / Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Víctor Frankl)

   

I


Víctor Frankl era un reconocido psicólogo en la Viena de entreguerras que se estaba labrando una pequeña reputación gracias a sus estudios e investigaciones en lo que, más adelante, se conocería como la tercera escuela psicológica de Viena. En ese contexto llegó el Anschluss y la política antisemita le arrojó al ostracismo. Aunque obtuvo un visado para emigrar a los Estados Unidos, finalmente no huyó, prefiriendo quedarse en Austria para cuidar de sus padres, en especial de su madre, con una salud cardiaca delicada. 


Poco después da comienzo la guerra y todo se va torciendo. Pese a ello, en 1941 se casa con Tilly y, poco después, termina siendo recluido en el campo checo de Terezin. Allí pierde la pista del resto de su familia y pierde también, en su traslado a un campo satélite de Auschwitz el manuscrito de la obra que había estado escribiendo durante los años previos, con los fundamentos de su pensamiento, la obra de su vida. 


Al final de la guerra es liberado del campo y trata de retornar a su pasado. Para ello, sin duda, establecer el relato de los años de sufrimiento ilimitado y tratar de dar sentido al mismo, empeño al que se había aferrado durante la cautividad, le llevó a la publicación de diversas obras en las que ratifica sus teorías reforzandose con lo vivido en los campos.  


El hombre en busca de sentido (Herder) es el resultado de este trabajo, un libro que ha sido alabado por infinidad de lectores, tratado como obra de autoayuda, como guía espiritual, en un sentido no tanto religioso sino ético, y que se alza como referencia de la psicología que plantó cara al psicoanálisis


El libro se articula en dos grandes partes. Una primera en la que se describe la dura vida en los campos y otra en la que se teoriza sobre la logoterapia, la teoría de Frankl


Si para Freud la causa de los desórdenes mentales puede hallarse en determinados traumas y contradicciones entre el ego, el to y el superyó, para Frankl la causa del desasosiego se encuentra en la dificultad para determinar el sentido de nuestras vidas


La vida es sufrimiento, pero éste puede alcanzar sentido en la medida en que seamos capaces de darle un sentido. Frankl es, por tanto, un existencialista optimista, una rareza intelectual que sabe combinar ambos mundos de una manera original y trascendente. De ahí que el relato de la vida en el campo no se centre en la muerte sino en la vida, en los supervivientes. 


Él es sabedor de que, desde el momento en el que se entraba en un campo, cada esfuerzo que se hacía por sobrevivir, por mejorar el aspecto físico y evitar las selecciones para el exterminio implicaban la muerte de otro compañero. Había de elegir entre uno mismo o el otro. De ahí su terrible frase de que los mejores de entre todos jamás regresaron. Porque aferrarse a la vida era un esfuerzo sobrehumano en un entorno en el que la muerte era tan aleatoria y presente que prácticamente eliminó cualquier modo de suicidio, éste carecía de sentido. 


Al tiempo, la muerte se acercaba más rápido en el momento en el que el prisionero perdía la esperanza. Una persona que creyera que la liberación llegaría, por ejemplo, el 30 de marzo de 1945 y que viera cómo se acercaba la fecha sin cambios, iría perdiendo la fe y la esperanza de modo que pocos días después, finalmente, fallecía. Lo mismo ocurría con todos aquellos prisioneros que cambiaban sus vales de cigarrillos por una pequeña ración de comida. El día en que un prisionero tomaba directamente los cigarrillos era señal de que había arrojado la toalla y moría poco después. 


Pero estar rodeado por la muerte llega a anestesiar los sentidos y tan solo se siente aprecio por uno mismo y un reducido grupo de amigos íntimos, si es que la intimidad es un concepto aplicable. Cuando alguien muere, aún caliente su cuerpo, sobre él se arrojan sus antiguos compañeros para quitarle el abrigo, los zapatos o incluso los restos de comida mordida de los bolsillos, pero este caparazón es el único modo de protección y defensa, el distanciamiento imprescindible para no desmoronarse de manera definitiva. 


La violencia física no llega a ser la peor, los insultos, el desprecio, más aún el de otros judíos, los kapos del campo, quienes muestran habitualmente mayor animosidad que los oficiales de las SS y con quienes, en todo caso, se ha de mantener buena relación puesto que los favores o leves miradas hacia otro lado podían significar un día más de vida. 


Tanto los sueños como la vida interior eran un refugio al abrigo de cualquier intromisión. Un reducto de intimidad en el que Frankl logró hallar su sentido. Así, el deseo de mantenerse vivo para conocer el paradero de sus padres y su esposa, el esfuerzo por reescribir su libro perdido, las conferencias que ensayaba mientras trabajaba bajo la nieve creyendo que realmente algún día podría ofrecerlas a un público elegante y bien alimentado. 


De ahí la importancia que todas las manifestaciones artísticas tenían para los prisioneros y lo malentendidas que han sido éstas, pareciendo que realmente la vida en el campo era un refugio en el que se podían interpretar obras de teatro, componer sonatas o escribir poemas que se escondían bajo tierra para dejar testimonio al futuro incierto. 


Pero llegado ese día, el fin del infierno asalta la pregunta. ¿Qué sentido tiene toda esa muerte? Si las muertes no tienen sentido, no merece la pena ser vivida la vida y el sentido último de este sacrificio no es sino la propia voluntad del individuo por mantener su sentido. 


Cada uno, en cualquier momento y situación es capaz de decidir si mantiene su dignidad, si quiere dotar o no de sentido a su vida. Y en esto enlaza con dos extremos sorprendentes para su tiempo y su condición de judío. Por un lado, conecta con el individualismo, lo que explica en gran medida su gran impacto en los Estados unidos y en la sociedad capitalista de la posguerra. Pero también conecta con el pensamiento tradicional del catolicismo que defiende el sentido del sufrimiento y el dolor, de ofrecer éste a Dios como último sacrificio. Pero, también podemos encontrar una evidente conexión con el pensamiento ilustrado, más en concreto, con Kant y su imperativo categórico porque los factores externos no son los únicos determinantes, tampoco los genéticos ha de entenderse.


La libertad individual e interior es el último reducto al que nadie puede acceder, lo que nadie nos puede robar ni se puede llegar a socavar si así lo deseamos. 


Cuando un hombre está condenado a sufrir ha de asumir esa cruz con dignidad pues ese es su destino, su libertad espiritual debe llevarle a sobrellevar ese sufrimiento con dignidad, como tarea.



Tras la liberación, existe riesgo de caer en la depresión, en especial al ver la magnitud de la destrucción, la pérdida de familiares, o de dejarse llevar por el odio y la ira, por lo que es imprescindible rehacer y reorientar los objetivos vitales, establecer una férrea decisión en cuanto al sentido de la vida de un liberado y por ello, la logoterapia mira al futuro, no al pasado.


El sentido de la vida es individual y subjetivo, para uno puede ser su obra, para otro el compartir momentos con sus seres queridos, no hay sentidos superiores a otros porque todos son subjetivos y el que importa es el que sirva para cada uno de nosotros. La ley que enmarca esa búsqueda del sentido es la que viene a definirse por la idea de que ha de vivirse como si ya se hubiera vivido previamente y como si las decisiones tomadas en el pasado hubieran sido las peores posibles.

 

 

 II




Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Herder) es el perfecto complemento a El hombre en busca de sentido. Tras la liberación, Frankl trata de averiguar qué ha sido de sus familiares y amigos y de regresar a Viena. Nada es sencillo en los tiempos del fin de la guerra. Las comunicaciones no son fluidas, nadie vive donde vivía, nadie conoce el paradero de sus allegados y la realidad solo se va abriendo paso a retazos inconexos, con noticias falsas que tardan en desmentirse o con terribles informaciones que terminan por confirmar que su madre falleció al poco de ingresar en el campo de Terezin y que su esposa, con la que apenas llevaba casado unos meses, falleció en Auschwitz. Tampoco retornar a Viena parece fácil. El ambiente antisemita resulta igualmente opresivo y no cree poder obtener una plaza en la Universidad. 


Sus ingresos son escasos, apenas sostenido por los paquetes de ayuda humanitaria y los trabajos en una clínica privada. La depresión le acecha poniendo a prueba sus propias teorías. El deseo de emigrar a Estados Unidos vuelve, pero el desánimo y la pérdida de confianza le hunden. 


Sin embargo, encuentra el sentido que dar a su vida a través de su obra, la publicación de diversos libros y la buena acogida que van encontrando le hacen resurgir. Inicia una nueva relación con una enfermera de la clínica en la que e trabaja malogra acceder a la Universidad y es llamado a numerosos programas de radio, a impartir conferencias, escribir artículos. 


Y asistimos a todo ello a través de las cartas en las que se nos desvela una enriquecedora faceta humana. Desde la carta que envía a un párroco católico para que oficie unas misas en recuerdo de una joven que perdió la vida en el campo y que fue enterrada en el camposanto de la iglesia de la que es ahora titular, a las misivas a su familia emigrada para que aguarden su llegada mientras les narra sus breves vacaciones montañeras con su prometida o su progresivo éxito como conferenciante. 


También los discursos y charlas aquí recogidos ofrecen una síntesis sustancial de su pensamiento, en ocasiones repitiendo literalmente párrafos de su más famosa obra, prueba de que tal vez fueron escritos al tiempo, o reflexionando sobre el modo en que el catolicismo abraza su obra. 


Uno de los temas más interesantes que aborda en alguna de estas charlas o cartas es precisamente el de si los austríacos son culpables del Holocausto o tan solo responsables. Para Frankl la diferencia es notable. Culpable es quien ha sido parte de una labor directa de eliminación de los judíos o de otro tipo de enemigos de la patria. Responsable es quien no dijo nada, quien no se opuso aunque no tomara parte, quien de modo indirecto pudo beneficiarse de ello. Y, en este sentido, considera que los alemanes, los austríacos son responsables y en virtud de ello, deben asumir ciertas consecuencias igual que los judíos o los gitanos sufrieron años antes. Por ello han de abandonar las casas de antiguos judíos que les fueron entregadas, granjas o propiedades.



Con este volumen se logra cerrar un círculo perfecto tanto en torno a la figura humana del autor como a su obra teórica. No uy puesto en estos temas psicológicos, desconozco si sus teorías ya han sido ampliamente superadas o no, si son erróneas o si la moderna ciencia las ha corroborado. Nada de eso me importa realmente puesto que las enseñanzas y reflexiones que me ha suscitado su lectura son más que suficientes para que haya merecido la pena.