¿Acaso alguna figura histórica ha sido más controvertida que Isabel la Católica? Sobre ella se cuentan historias como que se negó a mudar de camisa en tanto no cayera el reino nazarí de Granada, lo que teniendo en cuenta la duración de esa guerra, supone todo un halago a los textiles de la época. Una camiseta de Primark no habría resistido esta prueba de fuerza. También se le acusa de ser la creadora de la Inquisición, la expulsión de los judíos y el intento de aplastar cualquier religión que no fuera la católica, como si esto no fuera la norma en la época o como si sus antecesores hubieran actuado de otro modo. También es la responsable de haber concluido lo que hoy se ha convertido en otro concepto histórico bastante controvertido como es el de la Reconquista. Por supuesto, también es culpable del exterminio indígena, si bien, murió cuando apenas había comenzado la exploración en tierra firme ya que, en vida, apenas se había descubierto poco más que islas y llevado a cabo alguna exploración en tierra firme.
Manuel Fernández Álvarez publicó en 2003 Isabel la Católica, un impresionante volumen de 552 páginas (editorial Espasa) que ha contado con diversas reediciones y versiones en varios formatos. Fernández fue un historiador especializado en el periodo comprendido entre finales del siglo XV y el siglo XVI, uno de los mayores expertos e investigadores en esta materia. Tras su jubilación inició una tarea divulgadora con títulos sobre Juana la Loca, Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II entre otras obras relevantes, incluyendo incluso un volumen sobre la historia de España para niños, de gran éxito de ventas.
Sin duda, la fecha de publicación de este estudio nos aleja de cualquier veleidad de estar ante un libro polémico, un intento de posicionarse a favor o en contra de esta figura, de tomar algunos hechos obviando otros en función de la posición adoptada de antemano por el escritor. Tanto ha cambiado en estos pocos años el papel de la Historia en nuestras guerras culturales. Por el mismo motivo nos ahorra caer en grandes conceptos que resuenen novedosos y rupturistas. Muy al contrario, estamos ante un estudio riguroso, una descripción demorada sobre las vicisitudes del reinado en su contexto histórico y social, sin olvidar la geopolítica de la época como hoy nos gusta decir.
El libro nos adentra de lleno en las complejidades del reinado de Juan II con sus dos matrimonios, el primero del que resultó el primogénito, futuro Enrique IV, y el segundo, con Isabel de Portugal, que le daría dos hijos más, Alfonso y la futura Isabel I. El blando carácter de Enrique, ya como monarca, y sus dificultades para engendrar descendencia, socavaron a la monarquía castellana, dividida entre los señores partidarios de un rey débil, incapaz de imponerse a sus demandas y desmanes, a los señoríos basados en la rapiña y a los conflictos de banderías, con quienes aspiraban a un trono recto que impusiera la ley y el orden. Estos últimos depositaban sus esperanzas en Alfonso.
Estas luchas se vieron reavivadas con el nacimiento de una heredera, Juana, la que llevaría el ultrajante apodo de la Beltraneja por suponerse que el verdadero padre biológico era Beltrán de la Cueva, el valido real. Este hecho fue, de alguna manera, implícitamente reconocido por el propio rey cuando alcanzó un acuerdo para que su sucesor fuera Alfonso. Éste fue proclamado rey por sus partidarios sin esperar a la muerte de Enrique, aunque la debilidad de éste y su pausado carácter impidieron un conflicto abierto entre ambos bandos. Pero la muerte de Alfonso por unas fiebres repentinas trajo al primer plano a Isabel quien, tal vez con sorpresa de todos, demostró una fortaleza de carácter y unas ideas propias que le llevaron a reclamar su derecho al trono frente a Juana y a tomar su propia decisión respecto a su casamiento con Fernando de Aragón desechando todas las alternativas que Enrique prefería, con monarcas de Portugal, Inglaterra o Francia, a fin de alejarla de Castilla y poder así garantizar la corona para su hija, legítima o no.
Pero Isabel tenía claro que su destino era Castilla y que de este reino no quería alejarse. Más aún, también le placía el enlace con Fernando por representar la unión de los dos principales reinos de la antigua Hispania o de la corona visigoda, los reinos de España o como lo queramos definir. Porque esta idea es clave y aquí Fernández no tiene dudas, la reina tenía una visión completa de la Península. Deseaba el enlace con Fernando para asegurar que su común descendencia pudiera aunar ambos reinos. Pero también deseaba, y esto desde muchos años antes de que estuviera en disposición de llevar a cabo la empresa, concluir el esfuerzo de conquista de los territorios bajo dominio de la fe islámica.
A la muerte de Enrique IV se inicia la guerra civil en la que el bando de la Beltraneja está apoyado por la corona de Portugal, pero los isabelinos terminan por imponerse, gracias en parte a la implicación del rey Fernando, quien demuestra su ardor guerrero, su parte del contrato matrimonial, esto es, que en ambos reinos él sería el portador de la guerra. Sin embargo, este pacto también contemplaba que la Justicia se impartiría por ambos monarcas de común acuerdo y, en ausencia de Fernando, por la propia Isabel sin más. Porque este matrimonio pasó por diversas tribulaciones, no las menores los celos que infundía en Isabel la vida extramatrimonial de su esposo, de la que resultaron diversos hijos naturales que ocuparían también un papel relevante en la historia. Pero es que, además, Fernando tuvo que asumir que el casamiento no le convirtiera en monarca pleno sobre Castilla sino que la responsabilidad sería compartida con la reina, quien no se limitaría a un papel ceremonial.
Así, Fernández nos da cuenta de los diversos conflictos y acuerdos y componendas alcanzados por ambos. Sin duda, en los primeros tiempos, el ardor amoroso del que sí parece que disfrutaron de manera sincera pudo tener un importante peso a la hora de orillar conflictos pero, sin duda, nos asegura el autor, el peso de la idea que ambos tenían del papel que debían desempeñar en la Historia también les forzaba a no romper la cuerda en ningún momento.
Papel importante en esta historia es el de la política matrimonial llevada a cabo a costa de los hijos de los reyes con el fin de aislar a Francia. Y de aquí llegaron gran parte de los pesares que apenaron a la reina en sus últimos años. En primer lugar Juan, el príncipe heredero que falleció por tuberculosis tras su boda con Margarita de Austria y al que la reina amaba llamándole cariñosamente "ángel". Juan dejó a Margarita embarazada pero la niña nació ya muerta. En todo caso, Margarita pasaría a ocupar un lugar relevante en la futura vida de su sobrino, Carlos I.
La sucesión dinástica pasó a Isabel, la primera hija de los reyes. Casó con el infante de Portugal y tras la muerte de éste casó con el tío de aquél, Manuel I, monarca portugués. De este modo, también parecía posible la reunión del tercer gran reino hispano bajo un descendiente de los católicos reyes. Sin embargo, Isabel murió en el parto de su hijo Miguel, que pasó a ser el legítimo heredero de las coronas de Castilla y Aragón así como de Portugal. Por desgracia, Miguel fallecería poco después con gran tristeza de la reina.
Así, nuevamente la legitimidad dinástica pasaba a Juana, la tercera hija de los reyes, que había casado con Felipe el Hermoso, heredero del reino de Borgoña. Juana causaba honda preocupación en la reina. De un lado, marchó muy joven a casar con su prometido, a un país lejano, de costumbres muy distintas a las castellanas. Por otro lado, los celos por la vida amorosa de Felipe eran continuos, llegando a descuidar la vida espiritual de la princesa. Los reyes enviaron diversos confesores y personas de confianza con el fin de tratar de averiguar el estado de Juana dado que dudaban de su estabilidad emocional. Los informes que recibían no parecían ser muy tranquilizadores y los reyes lo pudieron corroborar con la llegada del matrimonio por las prisas de Felipe por hacerse dueño de su futuro reino. Las diferentes costumbres entre los nobles flamencos y los recios castellanos o la francofilia de Felipe causaron grave preocupación en los reyes. Pero la muerte nuevamente jugó su turno y Felipe fallece dejando a Juana como única titular de la corona de Castilla y Aragón.
Isabel I morirá con el miedo de haberse esforzado por unir ambas coronas, concluir la conquista de Granada, haber dado a la Cristiandad nuevas tierras para la fe y, sin embargo, no estar segura de que todo pudiera quedar desbaratado por esa hija que, de alguna manera, tristemente podía recordarla a su madre, Isabel de Portugal, recluida de por vida en Arévalo, como lo estaría Juana en Tordesillas.
Pero Isabel no pudo ver cómo su marido, ya ausente ella, tramaba para alejar a Juana del gobierno mediante su regencia y la del cardenal Cisneros hasta asegurar la mayoría de edad del primogénito de Juana y Felipe, el infante Carlos. Tampoco vería cómo su marido incorporó Navarra a sus reinos, un paso más en la unión de las coronas de la península. Tampoco pudo ver cómo sus intenciones sobre la cristianización de los indígenas americanos pasarían por diversos altibajos, entre las intenciones de la escuela de Salamanca y la realidad de unos conquistadores que, lejos de la metrópoli podían dar rienda suelta a su crueldad y a su explotación. Tampoco pudo ver cómo su santa Inquisición era incapaz de garantizar la conversión de los moriscos con notables levantamientos que su marido luchó por aplacar y que culminarían con su expulsión muchos años después, igual medida que ella había adoptado con los judíos, sin tenerse clara idea del motivo concreto de la decisión, más allá de la vaga unión religiosa, en unos reinos tan acostumbrados a convivir mal que bien con diferentes credos.
El volumen concluye con un extenso estudio de la sociedad de la época, su organización, los medios de vida de cada sector, el peso del clero, de la industria, la organización de la Justicia, la economía de la época y los conflictos entre ganaderos e industriales, la importancia creciente del ejército en el que la tropa profesional pasó a tener un peso más relevante que el de las mesnadas de los nobles, tradicional columna de los ejércitos medievales. También nos habla del arte, ese breve periodo en el que el Renacimiento llegó a España, con retraso respecto de Italia pero con cierto florecimiento en las letras y la arquitectura.
Por otro lado, y pese a lo detallado del estudio y lo extenso del mismo, lo cierto es que Manuel Fernández logra que la lectura sea sencilla y accesible, que, como en las mejores novelas, pues ésta lo es, uno no pueda dejar de leer y desee continuar aunque ya conozca los hechos principales. A ello ayuda la abundante remisión a escritos de la época, bien de cronistas reales o de las propias cartas y documentos firmados por los reyes. Es de sorprender la cantidad de misivas reales que Isabel y Fernando remitían a ciudades de su reino para dar cuenta de nacimientos, casamientos, victorias o incluso para disfrazar derrotas; se ve que tenían un buen community manager y que la opinión pública siempre ha tenido un importante peso aunque creamos haberlo descubierto ayer.
El lenguaje empleado por el autor es rico y en ocasiones uno tiene dudas de cuándo cita literalmente textos de la época o cuándo es el historiador el que retoma el texto, lo que resulta de agradecer en un tiempo de escritura algo ramplona y simple. La claridad de la exposición es de agradecer y en todo momento se logra mantener una imagen correcta del conjunto de la labor de la reina pese a entrar en diversos detalles concretos.
Para concluir, la valoración que Fernández hace del reinado de Isabel es bastante positiva. Logró poner coto a los abusos y atropellos de la nobleza. Convirtió a la monarquía en un gobierno autoritario, lejos de la imagen de un primus inter pares que parecía el destino de la monarquía castellana. Su visión sobre la unidad de los reinos peninsulares o el deseo de concluir la tarea iniciada por sus antepasados acabando con el reino nazarí fue también determinante.
Dejó un grato recuerdo en el pueblo castellano que comentaba las osadías de la reina con orgullo, como cuando se enfrentó casi en solitario a un motín en Segovia o cuando reprendió duramente a Fernando por su primera derrota en la guerra civil a la muerte de Enrique IV. Supo adaptar la Administración para convertirla en un cuerpo más profesional en el que órganos como el Consejo Real fueron engrosados con jurisconsultos y expertos universitarios en detrimento de la nobleza. Dio nueva vida a la Santa Hermandad con el fin de garantizar la seguridad de los caminos con el consiguiente restablecimiento del comercio.
En suma, el libro nos acerca a una figura histórica de la que solemos tener más tópicos que información, un personaje que, como todos, tiene muchas luces y también sombras, no puede ser de otra manera. Pero de un modo u otro, conforme su ideología, trató siempre de comportarse de modo recto y justo para su reino, para sus leales. Mostró virtudes como el ahorro y la clemencia con quienes abandonaban a sus enemigos y se ponían a su disposición, y también la crueldad con quienes se le resistían. Tuvo, sin duda, una clarividente visión del mundo que se avecinaba en el que los despojos de la Edad Media caían a pedazos y en el que los estados nacionales desplegarían todo su poder.
La reina también creía que su derecho provenía de Dios y que, tan alta era la dignidad y poder que ello suponía, que también muy alta era la exigencia que le sería reclamada en el momento de su muerte. Y aunque desconocemos cuál será el juicio de Dios a estos efectos, es cierto que el de la Historia ha sido duro con ella, pero a decir de Fernández, puesto en su justo contexto, puede confiar allí donde esté en que supo estar a la altura del reto al menos con mejor nota que muchos de sus sucesores y antecesores. Y eso no es poco.
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