20 de febrero de 2026

El hombre en busca de sentido / Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Víctor Frankl)

   

I


Víctor Frankl era un reconocido psicólogo en la Viena de entreguerras que se estaba labrando una pequeña reputación gracias a sus estudios e investigaciones en lo que, más adelante, se conocería como la tercera escuela psicológica de Viena. En ese contexto llegó el Anschluss y la política antisemita le arrojó al ostracismo. Aunque obtuvo un visado para emigrar a los Estados Unidos, finalmente no huyó, prefiriendo quedarse en Austria para cuidar de sus padres, en especial de su madre, con una salud cardiaca delicada. 


Poco después da comienzo la guerra y todo se va torciendo. Pese a ello, en 1941 se casa con Tilly y, poco después, termina siendo recluido en el campo checo de Terezin. Allí pierde la pista del resto de su familia y pierde también, en su traslado a un campo satélite de Auschwitz el manuscrito de la obra que había estado escribiendo durante los años previos, con los fundamentos de su pensamiento, la obra de su vida. 


Al final de la guerra es liberado del campo y trata de retornar a su pasado. Para ello, sin duda, establecer el relato de los años de sufrimiento ilimitado y tratar de dar sentido al mismo, empeño al que se había aferrado durante la cautividad, le llevó a la publicación de diversas obras en las que ratifica sus teorías reforzandose con lo vivido en los campos.  


El hombre en busca de sentido (Herder) es el resultado de este trabajo, un libro que ha sido alabado por infinidad de lectores, tratado como obra de autoayuda, como guía espiritual, en un sentido no tanto religioso sino ético, y que se alza como referencia de la psicología que plantó cara al psicoanálisis. 


El libro se articula en dos grandes partes. Una primera en la que se describe la dura vida en los campos y otra en la que se teoriza sobre la logoterapia, la teoría de Frankl


Si para Freud la causa de los desórdenes mentales puede hallarse en determinados traumas y contradicciones entre el ego, el to y el superyó, para Frankl la causa del desasosiego se encuentra en la dificultad para determinar el sentido de nuestras vidas. 


La vida es sufrimiento, pero éste puede alcanzar sentido en la medida en que seamos capaces de darle un sentido. Frankl es, por tanto, un existencialista optimista, una rareza intelectual que sabe combinar ambos mundos de una manera original y trascendente. De ahí que el relato de la vida en el campo no se centre en la muerte sino en la vida, en los supervivientes. 


Él es sabedor de que, desde el momento en el que se entraba en un campo, cada esfuerzo que se hacía por sobrevivir, por mejorar el aspecto físico y evitar las selecciones para el exterminio implicaban la muerte de otro compañero. Había de elegir entre uno mismo o el otro. De ahí su terrible frase de que los mejores de entre todos jamás regresaron. Porque aferrarse a la vida era un esfuerzo sobrehumano en un entorno en el que la muerte era tan aleatoria y presente que prácticamente eliminó cualquier modo de suicidio, éste carecía de sentido. 


Al tiempo, la muerte se acercaba más rápido en el momento en el que el prisionero perdía la esperanza. Una persona que creyera que la liberación llegaría, por ejemplo, el 30 de marzo de 1945 y que viera cómo se acercaba la fecha sin cambios, iría perdiendo la fe y la esperanza de modo que pocos días después, finalmente, fallecía. Lo mismo ocurría con todos aquellos prisioneros que cambiaban sus vales de cigarrillos por una pequeña ración de comida. El día en que un prisionero tomaba directamente los cigarrillos era señal de que había arrojado la toalla y moría poco después. 


Pero estar rodeado por la muerte llega a anestesiar los sentidos y tan solo se siente aprecio por uno mismo y un reducido grupo de amigos íntimos, si es que la intimidad es un concepto aplicable. Cuando alguien muere, aún caliente su cuerpo, sobre él se arrojan sus antiguos compañeros para quitarle el abrigo, los zapatos o incluso los restos de comida mordida de los bolsillos, pero este caparazón es el único modo de protección y defensa, el distanciamiento imprescindible para no desmoronarse de manera definitiva. 


La violencia física no llega a ser la peor, los insultos, el desprecio, más aún el de otros judíos, los kapos del campo, quienes muestran habitualmente mayor animosidad que los oficiales de las SS y con quienes, en todo caso, se ha de mantener buena relación puesto que los favores o leves miradas hacia otro lado podían significar un día más de vida. 


Tanto los sueños como la vida interior eran un refugio al abrigo de cualquier intromisión. Un reducto de intimidad en el que Frankl logró hallar su sentido. Así, el deseo de mantenerse vivo para conocer el paradero de sus padres y su esposa, el esfuerzo por reescribir su libro perdido, las conferencias que ensayaba mientras trabajaba bajo la nieve creyendo que realmente algún día podría ofrecerlas a un público elegante y bien alimentado. 


De ahí la importancia que todas las manifestaciones artísticas tenían para los prisioneros y lo malentendidas que han sido éstas, pareciendo que realmente la vida en el campo era un refugio en el que se podían interpretar obras de teatro, componer sonatas o escribir poemas que se escondían bajo tierra para dejar testimonio al futuro incierto. 


Pero llegado ese día, el fin del infierno asalta la pregunta. ¿Qué sentido tiene toda esa muerte? Si las muertes no tienen sentido, no merece la pena ser vivida la vida y el sentido último de este sacrificio no es sino la propia voluntad del individuo por mantener su sentido. 


Cada uno, en cualquier momento y situación es capaz de decidir si mantiene su dignidad, si quiere dotar o no de sentido a su vida. Y en esto enlaza con dos extremos sorprendentes para su tiempo y su condición de judío. Por un lado, conecta con el individualismo, lo que explica en gran medida su gran impacto en los Estados unidos y en la sociedad capitalista de la posguerra. Pero también conecta con el pensamiento tradicional del catolicismo que defiende el sentido del sufrimiento y el dolor, de ofrecer éste a Dios como último sacrificio. Pero, también podemos encontrar una evidente conexión con el pensamiento ilustrado, más en concreto, con Kant y su imperativo categórico porque los factores externos no son los únicos determinantes, tampoco los genéticos ha de entenderse.


La libertad individual e interior es el último reducto al que nadie puede acceder, lo que nadie nos puede robar ni se puede llegar a socavar si así lo deseamos. 


Cuando un hombre está condenado a sufrir ha de asumir esa cruz con dignidad pues ese es su destino, su libertad espiritual debe llevarle a sobrellevar ese sufrimiento con dignidad, como tarea.



Tras la liberación, existe riesgo de caer en la depresión, en especial al ver la magnitud de la destrucción, la pérdida de familiares, o de dejarse llevar por el odio y la ira, por lo que es imprescindible rehacer y reorientar los objetivos vitales, establecer una férrea decisión en cuanto al sentido de la vida de un liberado y por ello, la logoterapia mira al futuro, no al pasado.


El sentido de la vida es individual y subjetivo, para uno puede ser su obra, para otro el compartir momentos con sus seres queridos, no hay sentidos superiores a otros porque todos son subjetivos y el que importa es el que sirva para cada uno de nosotros. La ley que enmarca esa búsqueda del sentido es la que viene a definirse por la idea de que ha de vivirse como si ya se hubiera vivido previamente y como si las decisiones tomadas en el pasado hubieran sido las peores posibles.

 

 

 II




Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Herder) es el perfecto complemento a El hombre en busca de sentido. Tras la liberación, Frankl trata de averiguar qué ha sido de sus familiares y amigos y de regresar a Viena. Nada es sencillo en los tiempos del fin de la guerra. Las comunicaciones no son fluidas, nadie vive donde vivía, nadie conoce el paradero de sus allegados y la realidad solo se va abriendo paso a retazos inconexos, con noticias falsas que tardan en desmentirse o con terribles informaciones que terminan por confirmar que su madre falleció al poco de ingresar en el campo de Terezin y que su esposa, con la que apenas llevaba casado unos meses, falleció en Auschwitz. Tampoco retornar a Viena parece fácil. El ambiente antisemita resulta igualmente opresivo y no cree poder obtener una plaza en la Universidad. 


Sus ingresos son escasos, apenas sostenido por los paquetes de ayuda humanitaria y los trabajos en una clínica privada. La depresión le acecha poniendo a prueba sus propias teorías. El deseo de emigrar a Estados Unidos vuelve, pero el desánimo y la pérdida de confianza le hunden. 


Sin embargo, encuentra el sentido que dar a su vida a través de su obra, la publicación de diversos libros y la buena acogida que van encontrando le hacen resurgir. Inicia una nueva relación con una enfermera de la clínica en la que e trabaja malogra acceder a la Universidad y es llamado a numerosos programas de radio, a impartir conferencias, escribir artículos. 


Y asistimos a todo ello a través de las cartas en las que se nos desvela una enriquecedora faceta humana. Desde la carta que envía a un párroco católico para que oficie unas misas en recuerdo de una joven que perdió la vida en el campo y que fue enterrada en el camposanto de la iglesia de la que es ahora titular, a las misivas a su familia emigrada para que aguarden su llegada mientras les narra sus breves vacaciones montañeras con su prometida o su progresivo éxito como conferenciante. 


También los discursos y charlas aquí recogidos ofrecen una síntesis sustancial de su pensamiento, en ocasiones repitiendo literalmente párrafos de su más famosa obra, prueba de que tal vez fueron escritos al tiempo, o reflexionando sobre el modo en que el catolicismo abraza su obra. 


Uno de los temas más interesantes que aborda en alguna de estas charlas o cartas es precisamente el de si los austríacos son culpables del Holocausto o tan solo responsables. Para Frankl la diferencia es notable. Culpable es quien ha sido parte de una labor directa de eliminación de los judíos o de otro tipo de enemigos de la patria. Responsable es quien no dijo nada, quien no se opuso aunque no tomara parte, quien de modo indirecto pudo beneficiarse de ello. Y, en este sentido, considera que los alemanes, los austríacos son responsables y en virtud de ello, deben asumir ciertas consecuencias igual que los judíos o los gitanos sufrieron años antes. Por ello han de abandonar las casas de antiguos judíos que les fueron entregadas, granjas o propiedades.



Con este volumen se logra cerrar un círculo perfecto tanto en torno a la figura humana del autor como a su obra teórica. No uy puesto en estos temas psicológicos, desconozco si sus teorías ya han sido ampliamente superadas o no, si son erróneas o si la moderna ciencia las ha corroborado. Nada de eso me importa realmente puesto que las enseñanzas y reflexiones que me ha suscitado su lectura son más que suficientes para que haya merecido la pena.

 

11 de febrero de 2026

Tragesrias de Esquilo (7): Prometeo encadenado


Concluimos la lectura de las siete tragedias de Esquilo que se conservan en la actualidad. Prometeo encadenado no es considerada ni la mejor ni la última cronológicamente, sin embargo, por temática la he dejado en última posición.

Se cree que pudo ser escrita en torno al año 460 a. C. y que formaba parte de una trilogía basada en el mito de Prometeo, el titán que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Como siempre, comenzaremos por narrar brevemente el mito tal y como se cuenta en la obra, recordando que la mitología griega presenta diferentes versiones para un mismo relato.

Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, ocultándolo en un tallo de hinojo. Zeus, irritado y preocupado porque con ello los mortales adquirirán conocimientos que podrían alterar el orden divino, decide castigarlo. Lo encadena en una roca para que purgue su pecado y sirva de escarmiento a futuros rebeldes. En las dos obras siguientes, perdidas como se ha indicado, se relata la continuación de su historia. En Prometeo liberado, Hefesto libera a Prometeo bajo las instrucciones de Zeus, y se resuelve la tensión entre el titán y el dios, mientras que en Prometeo portador de fuego se narran sus esfuerzos por beneficiar a la humanidad otorgando diversos conocimientos y técnicas, consolidando su rol como protector de los hombres.

Las cualidades literarias de esta tragedia tal vez no superen la comparación con otras de las leídas anteriormente. La figura del coro de las oceánidas no es tan llamativa como la que aparece en la Orestíada, pero la sucesión de visitantes que acuden a interesarse por los hechos de Prometeo ofrece un retrato admirable de este. Cada una de estas visitas, las oceánidas, el propio Océano, a quien Prometeo anuncia que uno de sus hijos por engendrar será quien lo libere de su martirio, o Hermes, deseoso de imponer la voluntad de Zeus, querrán conocer las razones de sus actos. Prometeo explica cómo ha entregado a los hombres no solo el fuego sino también los rudimentos de la medicina, la adivinación, la cerámica y diversas artes e industrias que los harán progresar y, eventualmente, prescindir de los dioses. Esta amenaza final alarma profundamente a Zeus, que envía una tormenta devastadora que precipita la roca a la que está encadenado Prometeo hasta el fondo de los abismos.

Esta obra, como ocurre en la práctica totalidad de las tragedias de Esquilo, contiene escasa acción directa, privilegiando la presentación de distintas escenas y situaciones mediante las cuales los personajes exponen sus opiniones y caracteres. Esquilo buscaba con ello instruir y educar a sus conciudadanos. La tragedia griega era algo más que un mero espectáculo, era una escuela cívica, un espacio de debate, crítica y reflexión, una especie de ágora donde el orador era también el autor de la obra.

¿Qué quería transmitir Esquilo a los ciudadanos atenienses del siglo V a. C? Sin duda, en un tiempo en que la democracia intentaba consolidarse y la amenaza de déspotas o tiranos que asumían el poder, aunque temporalmente, estaba siempre presente, las acciones de Prometeo defendiendo a los hombres y resistiendo la injusticia de Zeus podían resonar con gran fuerza. Se comprende así que esta obra, como tantas otras de Esquilo, se representara más allá de la muerte del autor, especialmente cuando la democracia comenzó su declive y surgieron tiranías que debilitaban el espíritu cívico griego.

Viniendo de un autor tan respetuoso con la polis y con el orden ciudadano, sorprende la profundidad de la enseñanza que transmite a sus conciudadanos, reafirmando su reputación como el más apreciado por sus contemporáneos, quizás más que sus sucesores Sófocles y Eurípides, quizá más sobresalientes literariamente pero menos influyentes para su público original.

Llegando a nuestros días, ¿qué nos puede decir aún Esquilo? ¿La lectura política que tuvo para los atenienses puede seguir siendo relevante? Vivimos tiempos en que la imposición del poder es brutal y los más desfavorecidos, los hombres protegidos por Prometeo encadenado, precisan de líderes dispuestos a arriesgarse. La heroicidad reside en no doblegarse ante la adversidad y en saber que uno repetiría sus acciones porque existen hechos y circunstancias frente a los cuales es necesario rebelarse. Debemos reconocer que los dioses, incluso aquellos que representamos mediante nuestras decisiones y votaciones, no siempre actúan con justicia, que a veces oprimen a quienes no lo merecen y que, por tanto, conviene estar atentos a quienes muestran compasión por los débiles y desamparados, aquellos que han quedado rezagados en el reparto de los dones divinos.

Es posible que los ciudadanos griegos fueran más valientes y heroicos que nosotros, que tuvieran menos que perder y pudieran tomar decisiones más firmes, como se aprecia en Los persas, también de Esquilo. Pero también es posible que en cada uno de nosotros resida un Prometeo a la espera de encontrar un desafío a su altura, cada cual el suyo, para ocupar su lugar en la historia.

 


 

Cierre 

Leer las siete tragedias de Esquilo hoy nos permite comprender cómo los antiguos griegos reflexionaban sobre la justicia, el poder, la responsabilidad y la condición humana. Aunque sus escenarios y personajes pertenezcan a un mundo mítico, los conflictos que plantean, la lucha entre autoridad y rebeldía, el deber frente al deseo, la ética individual frente al bien común, siguen siendo universales. Estas obras nos enseñan a cuestionar la autoridad, a valorar la libertad y a asumir con coraje nuestras decisiones, recordándonos que la heroicidad no reside solo en la fuerza sino en la integridad y la resistencia frente a la adversidad. Leer a Esquilo es, por tanto, mirar al pasado para entender el presente y encontrar modelos de reflexión, acción y compromiso que todavía pueden guiar nuestra vida y nuestra sociedad.

Muchos otros tratarán estos mismos temas en el futuro, pero la forma directa y simple, casi esquemática, en la que Esquilo los plantea, valiéndose de los mitos, tan del gusto de aquella época, nos hace llegar más rápidamente y de una manera más directa al núcleo reflexivo de cada obra, acercándonos a unos hombres, a una afinidad estilística y de valores que no deja de sorprendernos. Vivimos tiempos en los que nos gusta creernos en el vórtice de la Historia: nunca antes hubo inteligencia artificial, nunca antes hubo tantos avances, nunca el hombre estuvo tan cerca de todo, pero tal vez nunca antes fuimos tan engreídos y vacíos. Pensar en qué podría haber hecho un ingeniero romano con nuestras técnicas y materiales, qué un arquitecto de nuestros días con unos sillares, qué un filósofo griego con la realidad tan rica actual y qué hacen los tertulianos con su ignorancia, nos lleva a preguntarnos si no es oportuno girar la vista en ocasiones hacia lo que tienen que enseñarnos quienes vinieron antes de nosotros.

 

 

2 de febrero de 2026

Tragedias de Esquilo (6): La Orestiada: Las euménides



Las Euménides es la tercera y última obra que forma la trilogía de la Orestíada, la historia trágica en la que se narra la muerte de Agamenón a manos de su esposa Clitemestra y la posterior venganza ejecutada por su hijo Orestes.

Así, en Las Coéforas, dejamos a Orestes tras haber asesinado a su madre y a Egisto, el amante de esta. En esta tercera parte, Orestes huye al templo de Apolo en Delfos para implorar su protección. No debemos olvidar que es este dios quien le ha ordenado llevar a cabo la venganza por el asesinato de Agamenón.

Hasta allí llegan tras él las Erinias, aunque el dios las ha sumido en un letargo para permitir que Orestes llegue a salvo. A diferencia de Las Coéforas, donde las Furias solo aparecían en la imaginación de Orestes, en esta obra se las representa de forma tangible. La pitonisa del templo las describe como criaturas ponzoñosas, de hedor infecto, sangrando podredumbre a su paso, seres ancestrales venidos del mundo subterráneo.

Para sacarlas de su letargo, se presenta la sombra de Clitemestra. Este recurso, ya empleado por Esquilo en Los Persas, anticipa la naturalidad con la que los fantasmas intervienen en la tragedia griega y que siglos después encontraremos también en el teatro isabelino. La sombra de Clitemestra incita a las Erinias a cumplir con su deber y castigar el parricidio, recordando la antigua ley que exige condena para quien mate a su madre, padre o hermano.

Una vez despertadas, reanudan la persecución de Orestes. Apolo le indica que huya a Atenas, donde podrá encontrar amparo bajo la protección de Palas Atenea.

El escenario cambia entonces de forma sorpresiva. Vemos a Orestes en la Acrópolis, abrazado a la estatua de Atenea como un suplicante más. Hasta allí llegan también las Erinias, y ante el alboroto, Atenea se presenta y exige explicaciones. Las diosas alegan la necesidad de mantener viva la justicia ancestral. Orestes replica que actuó cumpliendo los designios de Apolo, quien le exigía vengar la muerte de su padre.

Atenea, reconociendo la complejidad del caso, decide instaurar el tribunal del Areópago, formado por los ciudadanos más sabios y respetados de Atenas. Se suceden los argumentos de las Erinias, de Apolo y del propio Orestes. Finalmente, la votación termina en empate. Es entonces cuando Atenea, que no ha nacido de vientre materno, por lo que se inclina hacia lo masculino, concede su voto a favor de la absolución de Orestes. El joven, liberado ya de la maldición familiar, puede al fin marcharse en paz.

 

Sin embargo, las Erinias, indignadas por lo que consideran una pérdida de su derecho a juzgar los delitos de sangre, amenazan con verter su maldición sobre la ciudad. Atenea, con dulzura y sabiduría, logra aplacarlas. Les ofrece un lugar de honor en la ciudad, un culto permanente y un papel en el mantenimiento de su prosperidad futura. Las Erinias, apaciguadas y convertidas ahora en Euménides, las benévolas, aceptan su nuevo rol. Descienden al antro que será su nueva morada y reciben un cortejo solemne, con el que los ciudadanos atenienses celebran su integración en el orden cívico.

Por primera y única vez, podemos ver en las tres obras que conforman la Orestíada una evolución completa del mito. Partiendo de un conflicto familiar y ancestral, la trilogía culmina con un mensaje político, ético y filosófico. Esquilo toma el dilema entre el respeto a la vida materna y la necesidad de vengar al padre asesinado como punto de partida para explicar la creación del tribunal del Areópago en Atenas, una institución que simboliza el paso de la venganza privada a una justicia regulada por el Estado.

La justicia, en esta tragedia, deja de ser una prerrogativa del agraviado y pasa a ser una función pública. Es el triunfo del orden cívico sobre la ley del talión. La creación del tribunal es presentada como una forma superior de justicia, una justicia que no se basa únicamente en el castigo, sino en la búsqueda de la armonía y la reconciliación.

Este mensaje tenía una clara resonancia política en el momento en que fue representada la obra. Apenas unos años antes, las atribuciones del Areópago habían sido limitadas por reformas democráticas impulsadas por Efialtes y Pericles. La trilogía podía ser vista, por tanto, como una defensa de las instituciones tradicionales o como una llamada a integrar la justicia arcaica en el nuevo orden democrático. Sea como fuere, para los griegos, la Orestíada tenía un profundo significado simbólico que sus ropajes mitológicos no lograban disimular.

Esquilo, azuzado ya por la genialidad de Sófocles, y deseoso de imponerse en los concursos de las Grandes Dionisias, no duda en agradar a los ciudadanos atenienses haciéndoles sentirse orgullosos de cómo su ciudad es representada. Un lugar capaz incluso de acoger a las temibles Erinias, garantizando con ello su prosperidad y paz futura.

En cuanto a su estilo poético, Esquilo alcanza aquí una de sus mayores cotas. Las Erinias, que hacen las veces de coro, rompen con la norma de representar la voz colectiva del pueblo y se convierten en entidades con presencia física, discurso autónomo y una carga simbólica abrumadora. La poesía de Esquilo es solemne, ritual, cargada de imágenes arcaicas y potentes metáforas. El lenguaje elevado y oscuro y la alternancia entre lo terrenal y lo divino hacen de esta tragedia una cumbre estética y una proeza formal.

Y en cuanto a nuestra época, ¿queda aún alguna enseñanza que podamos extraer de esta obra? Sin duda, permanece vigente la idea de que incluso la peor justicia institucional es preferible a perpetuar un ciclo de venganza. Aunque hoy podamos dar esto por sentado, aún es valiosa la reflexión sobre cómo resolver los grandes dilemas éticos sin caer en la violencia. La tragedia nos recuerda que la verdadera civilización consiste en transformar la furia en palabra y la sangre en ley. En Las Euménides, Esquilo no solo concluye un ciclo mítico, sino que da forma a una nueva visión del mundo, donde la ciudad se impone al clan y la razón al instinto. Y esto aún es una lección que deberíamos tener muy presente.

 

 

 

22 de enero de 2026

Tragedias de Esquilo (5): La Orestiada: Las coéforas



Las coéforas es la segunda parte de la trilogía La Orestíada de Esquilo, representada por primera vez en el año 458 a. C. Recordemos que en la primera parte, Agamenón ha sido asesinado por Clitemestra a su llegada a Micenas, tras la victoria en Troya, para vengar la muerte de la hija de ambos, Ifigenia. Esta fue sacrificada por decisión de su padre, siguiendo las indicaciones del oráculo de Ártemis, para que la diosa fuera propicia y desatara vientos que permitieran a la flota aquea zarpar hacia Troya.

La última escena de Agamenón dejaba al coro condenando el asesinato del rey, anunciando que los dioses llevarían a cabo la venganza a través de Orestes, el hijo de Agamenón.

Y así da comienzo Las coéforas, con Orestes postrado ante el túmulo en el que ha sido enterrado su padre. Allí aparece también su hermana Electra, quien descubre un mechón de pelo de su hermano y lo interpreta como una señal de su regreso. Poco después, Orestes se le revela, y ambos dialogan sobre lo sucedido y la necesidad de cumplir la venganza.

El coro, formado en esta ocasión por mujeres esclavas del palacio —las coéforas— ha sido enviado por Clitemestra para verter libaciones en la tumba de Agamenón, no tanto para honrarlo como para calmar su espíritu y apaciguar la posible venganza divina.

Orestes urde un plan para entrar en el palacio, disfrazado de extranjero, de modo semejante a como lo hará Ulises en su regreso a Ítaca. Planea anunciar que, en su peregrinar, se ha cruzado con un viajero procedente de Focea que afirma que Orestes ha muerto, y que le ha encargado comunicarlo a sus deudos para que decidan si desean trasladar sus restos a la mansión familiar o dejarlos en la tierra donde habría fallecido.

Esta noticia deja a Clitemestra envuelta en llantos simulados, pues en su interior parece sentir alegría, ya que cree que la maldición que pesa sobre ella no podrá cumplirse. Electra, que la acompaña al recibir la noticia, sigue el plan trazado por su hermano y simula aflicción por su supuesta muerte. No olvidemos que ha perdido ya a su hermana y a su padre, y que ahora debe fingir creer en el fallecimiento de Orestes.

Clitemestra ordena que sea Egisto quien se entreviste con el extranjero para verificar los hechos, y así envía a su amante a la muerte. Ante sus gritos, aparece Clitemestra, y entonces Orestes se descubre ante ella. Clitemestra pide un hacha para defenderse, al tiempo que suplica piedad a su hijo. El diálogo entre ambos constituye uno de los momentos más dramáticos de esta tragedia. Orestes asegura que no es él quien la mata, sino que es ella misma quien se ha condenado por no respetar las leyes divinas que obligan a honrar al esposo. Clitemestra, por su parte, apela al vínculo materno y suplica a su hijo que no asesine a quien lo llevó en su vientre y lo amamantó.

Orestes se debate en un dilema desgarrador. Si mata a su madre, incurre en una mancha sagrada y rompe la ley que prohíbe el matricidio. Pero si no lo hace, desobedece la orden directa de Apolo, quien, a través del oráculo de Delfos, le ha encomendado vengar la muerte de su padre. Entre estas dos leyes opuestas, la fidelidad a la madre y la obediencia al mandato divino,  Orestes opta finalmente por cumplir la venganza y mata a Clitemestra.

La tensión dramática no solo alcanza al espectador o lector, sino también al propio Orestes, quien comienza a experimentar visiones aterradoras de las Erinias, las diosas primigenias de la venganza, conocidas también como Furias en la mitología romana. Ellas lo persiguen por el crimen cometido, exigiendo castigo por el matricidio. Orestes huye, enloquecido, para intentar escapar de su acoso.

Aunque suele considerarse una obra menos imponente formalmente que Agamenón, Las coéforas mantiene una fuerza lírica y temática de gran intensidad. Esquilo, en su doble condición de poeta y moralista, enfrenta al protagonista con un conflicto ético profundo: el enfrentamiento entre dos fidelidades irreconciliables. Al mismo tiempo, pone en evidencia la lógica interminable de la venganza, que solo podrá superarse, como se anunciará en la tercera parte de la trilogía, Las Euménides, con la instauración de una justicia pública y racional, capaz de romper el encadenamiento de la sangre.

En esta segunda obra, el coro parece ocupar un lugar menos protagónico que en otras tragedias de Esquilo, pero no por ello carece de importancia. Es testigo de los dilemas, voz del temor colectivo y transmisor de la sabiduría ancestral. Sin embargo, son los parlamentos de Orestes los que acumulan los mayores méritos literarios, hallándose en ellos un eco de lo que siglos más tarde desarrollaría Shakespeare a través de la técnica del monólogo en sus grandes tragedias.


 

Las coéforas continúa el gran relato del destino de los Atridas con una intensidad profundamente humana. El conflicto de Orestes, atrapado entre el mandato divino y la piedad filial, representa uno de los momentos más complejos y desgarradores de la tragedia griega. La obra deja entrever la necesidad de superar el ciclo de la venganza mediante nuevas formas de justicia, más racionales y colectivas. Aunque formalmente menos compleja que su antecesora, encierra una hondura ética y psicológica que prepara el terreno para la resolución final en Las Euménides, cerrando así una de las trilogías más poderosas del teatro universal.

Para la época en que esta obra ganó el concurso de las Grandes Dionisias, Sófocles,un autor de una generación posterior a la de Esquilo, ya había obtenido prestigio y triunfos, como el conseguido en 468 a. C. Es probable que el estilo más moderno y psicológico de Sófocles sirviera de estímulo a Esquilo para ofrecer una trilogía más arriesgada, que renuncia en parte a la majestuosidad grandilocuente de sus primeras obras.

Pero ¿sigue teniendo vigencia esta obra para un lector actual, ya no tan influido por la mitología? Aunque el trasfondo religioso pueda parecer lejano, lo cierto es que seguimos sometidos a infinidad de cruces de caminos, momentos en los que debemos decidir qué priorizar: la vida familiar o la laboral, el bien público o el privado, la lealtad a una familia, una religión o un partido frente a la realidad que contradice lo que estos expresan. A través de Esquilo vemos que hay ocasiones en que no existen decisiones inequívocas. Orestes es un personaje aquejado por la duda; también él vacila, zozobra en la indecisión y, aunque toma finalmente una decisión, parece enloquecer por sus actos. Los héroes se tornan humanos, se acercan a nosotros, se empequeñecen o nos engrandecen, según queramos verlo, y esa es, sin duda, una enseñanza que tiene mucho que decir en estos tiempos de polarización y escasos matices. Sumarse a la venganza no siempre es la solución, porque a veces simplemente nos enfrentamos a dilemas que nos superan pero que, precisamente por eso, nos hacen humanos: nos hacen sentir, crecer, respirar.