15 de abril de 2026

La roja insignia del valor (Stephen Crane)

 


Leí por primera vez La roja insignia del valor con unos 10 años por el único motivo de que me encantó la portada de la edición de Tus libros de Anaya, motivo más que suficiente a esa edad. Unos soldados yanquis con sus uniformes azules contra un fondo rojo fueron suficiente. No entendí nada. Tiempo después, ya adolescente volví a leer el libro y apenas tengo recuerdo. Sí que lo entendí de mejor manera pero algo de la historia me quedó vedado.


Pero después de haber estado sumergido durante dos semanas en la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster, no he tenido más remedio que volver a este título, sin duda el más recordado de este autor que se terminará precipitando en el olvido a salvo de que el intento de Auster tenga éxito.


Es en esta tercera lectura cuando he logrado sacar el mayor partido al libro, sin duda por el magno empeño de Auster que ha sabido poner contexto y destacar los méritos literarios de este escritor que alcanzó el éxito con veinticuatro años y que poco después moriría sin haber logrado revalidarlo.


La roja insignia del valor, título también traducido en ocasiones como El rojo emblema del valor, nos narra la historia de una refriega de un par de días dentro del conflicto de la Guerra de Secesión americana, conflicto que había tenido lugar antes del nacimiento de Stephen Crane pero del que pudo tener noticias directas gracias a conversaciones con familiares y amigos veteranos.


El protagonista es un joven al que solo ocasionalmente  veremos citado por su nombre (Henry Flemming), igual que ocurre con la mayoría del resto de personajes, como el soldado alto, el vocinglero o el andrajoso. Este joven, henchido de ideales e imágenes de gestas heróicas, se ha alistado en contra de la voluntad de su madre, que debe mantener la granja por sí misma al haber fallecido su marido tiempo atrás. Pero el joven descubre que el ejército es, en gran medida, marchar, practicar tiro, dormitar, acampar y poco más, nada a la altura de sus expectativas. El tiempo libre es su mayor problema, el de todos los novatos del regimiento. Las dudas sobre el valor que mostrarán al iniciarse el combate consumen al joven. Por momentos cree poder arrastrar a sus compañeros a gestas gloriosas, pero en ocasiones, duda sobre si huirá como un conejo.


Y el combate llega; apenas una refriega, un mero intercambio de disparos, y el joven aguanta el tipo, más por curiosidad que por valor, pero cuando el choque se recrudece, termina por huir junto a otros tantos. El joven reformula su relato, en realidad no ha huido por cobardía sino por la estupidez de los mandos, ha sido prudente, los que han aguantado no han sido valientes sino cretinos. En su pasear por los campos, escondiéndose de enemigos y amigos, se encuentra con una columna de heridos entre la que camina el soldado alto que ha sido gravemente herido. Su muerte horroriza al joven que se consume por los remordimientos, la culpa y la vergüenza ante todos los hombres que llevan con orgullo la prueba de su valor, sus heridas sangrantes, ese rojo emblema del valor, esa insignia más meritoria que los kilos de medallas que lucen los generales a caballo.

 


 Cae en otra refriega y es herido pese a todo, en la confusión retorna al regimiento donde ese acogido y su herida cubre la vergüenza. En la jornada siguiente deberá dar prueba de si está a la altura de esa enseña del valor o si ha de ser cubierta por el oprobio y la burla.


En esta novela, breve por demás, la economía de palabras es una marca de distinción. Apenas hay pasajes prescindibles, incluso las escasas descripciones del paisaje sirven para acompañarnos en el descubrimiento del espíritu tan cambiante del joven soldado. Pero hay muchas más cosas loables en la novela.


Como ya dijimos, apenas hay nombres, solo apelativos descriptivos, alto, andrajoso, lo que aplica también a nuestro protagonista. Pero es que es un recurso que sirve para despersonalizar a los personajes. El regimiento en ocasiones se muestra como un todo orgánico. Nadie puede sobrevivir fuera de él, de la comunión de los hombres, una solidaridad que en ocasiones es más fuerte que la lealtad a la patria o a las soflamas de los oficiales. El regimiento sufre, aúlla, corre, suda y teme, como un ente propio que subsume a todos sus componentes. Pero, en otras ocasiones, Crane sabe romper este hechizo y posar la vista en el joven, en sus diatribas mentales, sus contradicciones e idas y venidas, en el individuo como un peón dentro de un enorme juego del que no es sino una ínforme porción. Sin embargo, en ese regimiento, el joven no logra hallar el eco de sus propios temores. Indaga si otros temen no mostrarse valientes en el combate, pero nadie habla directamente sobre este tema, tal vez todos lo tengan en mientes, pero el temor es un fantasma de soledad que te abraza incluso rodeado de otros hombres.  


En suma, la guerra es retratada como lo que es, un batiburrillo en el que el individuo no es sino parte de un gigante tablero, en el que apenas puede concebir cuál es su función. Cree estar ganando la batalla cuando el frente se hunde a su alrededor, ve la muerte de sus compañeros mientras el éxito ciega a los superiores, avanza, se embosca, retrocede, ve pasar a los francotiradores a su lado mientras caen balas de cañón sin saber si son amigas o enemigas. Un caos que la novela refleja perfectamente en las idas y venidas del joven que tan pronto está en la retaguardia huyendo de las posiciones avanzadas, como se encuentra en primera línea nuevamente, sacudido por la refriega más violenta.


Y este caos es acompañado por la actitud de los protagonistas. Ninguno parece dotado para la grandeza y el heroísmo. Los gritos y la sangre todo lo manchan, los insultos entre veteranos y novatos, las malas formas y violencia de los mandos, las palabras más soeces y los juicios más ramplones se entremezclan con la muerte y el sufrimiento, también con la entrega desinteresada, el ánimo al compañero en dificultades, el odio al enemigo.  


Este lenguaje naturalista sorprende en una época en la que todavía la guerra mantenía su halo de mística épica. No olvidemos que aún en la Primera Guerra Mundial los civiles se alistaban creyendo que acudían a su cita con la Historia y no a un matadero. Por contra, Crane, que aún no había visto ninguna batalla, tuvo la suficiente clarividencia para ver el fin del individuo en esa máquina de picar carne que eran los ejércitos modernos.


Por otro lado, centrar la acción no tanto en los grandes hechos bélicos como la batalla de Gettysburg, es otro gran acierto, un pequeño escenario para desplegar el verdadero nudo de la trama, el incesante discurrir del joven Henry, sobre su valor, el sentido de la lucha, la cobardía, el probarse a sí mismo, la lealtad, el sentido del amor filial, cuestiones todas ellas sobre las que debate consigo mismo de manera larga y creíble.


En esta ocasión he recurrido a la edición de Austral con la maravillosa traducción de Jesús Zulaika y creo que finalmente he logrado diseccionar el alma del joven soldado, compartido sus dudas y temores de los que todos podemos hacernos partícipes en algún momento de nuestras vidas aunque no esté en juego el recibir una bala del enemigo, pero sí los lances de la vida y las pruebas a que nos somete. A ello ayuda el que el enemigo no sea nunca claramente identificado. Henry solo puede visualizarlo como la mancha gris que se mueve ante sus ojos confundido entre el humo de los rifles. Solo un soldado muerto o unos pocos prisioneros al final del libro toman realidad corpórea, por tanto, ese enemigo es tan irreal como los castillos de La Mancha y a todos nos aplican.    


Uno entiende ahora mejor el sentido del dolor de la madre contrariada por la decisión de su hijo y el desafío que le lanza al llamarle "pequeño" y asegurarle que nunca le faltaran unos buenos calcetines zurcidos adecuadamente. También sentimos el oprobio de los novatos cuando son objeto de la burla de los veteranos, ya se sabe, nosotros sí que nos hemos tenido que esforzar, esta nueva generación con la que las levas llenan el ejército no son más que una pandilla de haraganes incompetentes, cómo ganar así una guerra, cómo levantar una empresa, un país, si estos jóvenes no valen para nada. Y estos desprecios tal vez hacen mella en la moral del regimiento, pero también le sirven de acicate para sobreponerse, para mostrarse a sí mismo y a los demás su valía y valor. Por desgracia, para todos, el regimiento y nosotros, este valor se acostumbra a acreditar mediante esa roja insignia, los golpes y baqueteos que recibimos por doquier, que nos hacen tambalear hasta encontrar nuestro momento y sentido. Un largo camino del despertar, similar al que recorre el joven.

 

Similar también al que tuvo que recorrer Stephen Crane, siempre al borde de la bancarrota, siempre presuroso en la escritura para pagar deudas sin por ello renunciar a una gran calidad literaria. Porque La roja insignia del valor nació tras el fracaso comercial de su primera novela, Maggie, una chica de la calle, libro que tuvo que autopublicar. Tras su fracaso, optó por lo que hoy llamamos trabajo alimenticio y que, en el caso de Crane, realmente tuvo esa función literalmente. Por fortuna, la inspiración y un enorme talento le alejaron de los caminos hollados por otros muchos y nos regaló un texto, éste sí, como diría Auster, inmortal.



5 de abril de 2026

Imposible decir adiós (Han Kang)


 

Imposible decir adiós es la cuarta novela de Han Kang publicada en España. La obra ha sido traducida, como las anteriores, por Sunme Yoon y editada por Random House, siguiendo la estela de La vegetariana, Actos humanos y La clase de griego.

La autora coreana ha alcanzado un punto en su trayectoria en el que la autorreferencia ya no es sólo posible, sino necesaria. Así, en las primeras páginas de esta novela, Han Kang se presenta a sí misma como protagonista y narradora, bajo el nombre de Gyeongha, en pleno proceso de recomposición tras la escritura de Actos humanos, su estremecedora obra sobre la masacre de Gwangju, ocurrida en mayo de 1980. Un episodio silenciado durante décadas por el gobierno surcoreano, en el que miles de civiles fueron asesinados por las fuerzas militares del gobierno y que denunció en dicha novela.

En Imposible decir adiós, la escritora relata las pesadillas que la persiguieron durante la investigación y redacción de ese libro, y su creencia ingenua de que con la publicación, retrasada por motivos editoriales para hacerla coincidir con el aniversario de la matanza, llegaría también la calma. Pero el duelo no obedece a calendarios, y el dolor, lejos de ceder, muta en nuevas formas.

Ese malestar toma cuerpo cuando la narradora recibe un correo repentino de Inseon, una vieja amiga: una fotógrafa con la que había compartido coberturas periodísticas y viajes de juventud. Tras algunos éxitos como documentalista, esta mujer había abandonado Seúl para regresar a su isla natal, donde comenzó a trabajar como carpintera. Así, puede cuidar de su madre, con quien ha mantenido una relación ambigua y algo confusa. Tras la muerte de ésta, Inseon sigue en la isla.

Pero el correo urge a la protagonista a acudir a un hospital de Seúl especializado en amputaciones y reinjertos, en el que su amiga ha sido ingresada tras un accidente con una de las sierras que emplea en su taller. En ese reencuentro, Inseon urge a su amiga a que viaje a la isla con el único fin de tratar de evitar que la cotorra que ha dejado en casa muera de hambre y sed.

Este es el pretexto, a la vez simple y urgente, que abre la segunda parte de la novela, ya más ficcional, y que nos sumerge en un espacio que camina entre el sueño y la vigilia, entre historia personal y colectiva.

La protagonista se embarca hacia la isla en medio de una intensa nevada, toma el último avión, el último autobús y, al llegar, se pierde en la oscuridad, cae por un terraplén y se adentra en una suerte de umbral en el que la lógica y la linealidad desaparecen. La narración entra así en un plano de desdoblamientos, de conversaciones imposibles, de presencias que no se sabe si son reales o fruto del delirio.

El dolor físico, la carne abierta, la sangre, lo que se pudre, se corta o se congela, constantes en la obra de Kang, vuelven aquí con fuerza. Pero en esta ocasión, el simbolismo natural adquiere una carga especial: la nieve, omnipresente, lo cubre todo. Y no es sólo paisaje: es memoria, es luto, es silencio. Como es sabido, en muchas culturas orientales el blanco es el color del duelo. La nieve, entonces, refleja la pérdida, la congelación de un tiempo que no avanza.

La isla no es un lugar neutro e idílico. Fue escenario de una masacre durante la guerra contra el enemigo del Norte en la que murieron miles de personas. La amiga de la narradora trabajaba en un documental sobre esos hechos antes de su accidente. Su madre también participó en tareas de memoria: recogía testimonios, escribía notas, organizaba visitas al lugar. El padre, en cambio, quedó marcado por los traumas de aquel tiempo. El trabajo documental que descubre la protagonista se enlaza de algún modo con su propia experiencia con la matanza de Gwangju y los sueños recurrentes sobre ella.

Así, la historia del sufrimiento hermana la experiencia de la familia propia y la de su amiga, la de un país en diversos momentos de su historia que quedan unidos por un hilo invisible pero en apariencia indestructible: el intento por ocultarlo, por olvidarlo. Pero, frente al intento oficialista, hay personas que se empeñan en levantar un hondo homenaje basado en la memoria y el recuerdo, el tributo y la lección moral. De ahí esa imposibilidad que sienten por decir adiós, por pasar página sin leerla entera y plenamente, con conciencia social.

 


La mezcla entre realidad y ficción no es una trampa narrativa: es una propuesta estética. Lo importante no es establecer la frontera entre ambas, sino aceptar que lo vivido y lo imaginado, lo que duele en carne propia y lo que se hereda de los otros, forman parte de la misma sustancia


Como en Actos humanos, Imposible decir adiós reivindica la Memoria. Porque la llegada de una democracia formal a Corea del Sur no ha implicado el reconocimiento de los crímenes del pasado. La retórica del enemigo exterior, el Norte, ha sido utilizada para evitar mirar al propio reflejo. Y esa ceguera institucional no es ajena a lo que ocurre en otros países, en otros contextos, en otras heridas.

Han Kang, con esta novela, no sólo vuelve sobre sus propios pasos: vuelve sobre las cicatrices de su tierra. Y al hacerlo, nos recuerda que a veces, casi siempre, no se trata de decir adiós, sino de aprender a convivir con aquello que no se ha ido del todo mientras no sea debidamente honrado.

El mérito de la novela es describir este horrendo escenario desde la lucidez estética, la paciencia narrativa simbólica, la sensibilidad que presumimos en esos escritores orientales, capaces de describir la verdad del mundo en tres breves versos. Así avanza la propuesta narrativa de la galardonada con el premio Nobel, con paso seguro, pero llegando de algún modo a los límites de una temática que no debería convertirse en su único horizonte creativo y que debería aspirar a ampliar desde la ética y la conciencia social que la impulsa. Sin duda, su talento sabrá guiarla en tan complejo viaje.



19 de marzo de 2026

Arsenio Lupín, caballero ladrón (Maurice Leblanc)

 


El éxito de Sherlock Holmes trascendió las fronteras británicas y pronto comenzaron a surgir imitaciones que buscaban no solo replicar el triunfo económico de los periódicos y revistas que difundían aquellas historias, sino también alcanzar su prestigio literario.

En Francia, los directores de la revista Je sais tout encargaron a Maurice Leblanc, un escritor ya prometedor en el panorama literario del país, la creación de un personaje capaz de rivalizar con el flemático detective inglés. La primera historia, El arresto de Arsenio Lupin, se publicó en esa revista en 1905, logrando un éxito inmediato que dio lugar a numerosas entregas adicionales.

Sin embargo, Leblanc no se limitó a seguir la intención inicial. Decidió dar vida a un protagonista cuyas aventuras reflejaban un eco lejano de las de Holmes, pero desde la perspectiva del malhechor, del ladrón audaz. Esta elección revela la diferencia entre la filosofía británica, marcada por una moral protestante rígida, y el espíritu francés, que supo capitalizar la simpatía que el ladrón despierta en la imaginación popular, especialmente cuando se muestra más sagaz que la policía, ridiculiza a los magnates, desprecia la parafernalia de la alta burguesía o realiza golpes que recuerdan a Robin Hood, otro mito de la tradición británica.

Arsenio Lupin es una magistral creación de Leblanc, en la que un ladrón de cuello blanco, maestro del disfraz y de la astucia, conquista la admiración de los lectores gracias a la audacia de sus golpes y a la ironía con que los ejecuta. En muchas de sus aventuras, el robo no responde tanto a la ambición económica como a un desafío intelectual, un arte en sí mismo. Lo que motiva a Lupin es la complejidad del delito, la brillantez de la estrategia y la elegancia de ejecutar un golpe a plena luz del día, con la complicidad de la víctima o incluso con la colaboración involuntaria de la policía, si es posible.

Este ingenioso protagonista despierta simpatía tanto en los personajes con los que interactúa como en los lectores, que avanzan por las páginas con asombro y deleite. La narración recurre a recursos sofisticados: a veces un narrador que asegura ser amigo o conocedor de Lupin transmite lo que este le confía, al modo de Watson; en otras ocasiones, la historia se narra en primera persona, como si el propio Lupin compartiera directamente sus impresiones, para luego revelar que el narrador era en realidad destinatario de una confesión del ladrón.

Su habilidad para el disfraz se convierte en uno de los rasgos más distintivos del personaje, pues en muchos de sus golpes la clave radica en hacerse pasar por otra persona y acercarse a la víctima hasta dejarla indefensa. Por eso, Leblanc lo denomina con justicia maestro del disfraz.

Aunque cada relato es independiente, se perciben elementos de continuidad: la aparición de una misteriosa señorita en varios cuentos, la narración de su encarcelamiento y posterior fuga, o las alusiones a golpes previos que remiten a aventuras anteriores.



Como guiño a una “revancha” con sabor nacional, en la última historia surge un trasunto de Sherlock Holmes, rebautizado como Herlock Sholmes para evitar litigios legales. A pesar de conservar su agudeza deductiva, el detective inglés es humillado por la sagacidad francesa, quedando relegado a un papel secundario frente al vivaz y risueño Lupin. Años después, Leblanc dedicaría un volumen entero a este curioso duelo literario: Arsène Lupin contra Herlock Sholmes (1908).

El juego de espejos y referencias alcanza gran ingenio, con relatos en los que Lupin debe competir con otros expertos en el arte del hurto, desenmascarar impostores que intentan usurpar su identidad o asumir el papel de detective al presenciar un crimen, aunque su objetivo no sea entregar al culpable a la justicia sino apropiarse del botín.

Estas historias se leen con soltura y frescura, sin la sensación que a veces provocan Conan Doyle o Agatha Christie de ocultar información decisiva o forzar la lógica deductiva. En Leblanc, la verosimilitud es más plausible, el tono más humano y el universo de Lupin tan novelesco como ingenioso, reflejando la sofisticación, el glamour y la elegancia de la Belle Époque.

Además, Arsenio Lupin no solo representa un ladrón ingenioso, sino que encarna también los ideales de la Belle Époque: la fascinación por el refinamiento, la modernidad, la cultura y el entretenimiento, todo ello envuelto en un aura de elegancia y juego. Las historias permiten apreciar la sociedad de la época a través de los pequeños detalles, los modales, la arquitectura, la moda y la interacción entre clases sociales, lo que convierte a los relatos no solo en aventuras, sino en un fresco cultural que complementa la astucia y el ingenio del protagonista.

Con este primer libro de aventuras, Arsenio Lupin, caballero ladrón, Leblanc recopiló sus primeros relatos y aseguró una larga carrera para su personaje que, como su inspiración británica, pronto llegaría al cine con adaptaciones de distinta calidad. Creado el gusto por Lupin, solo nos queda disfrutar de sus aventuras y prepararnos para continuar con la saga en los otros cuatro títulos restantes que se nos presentan cómodamente en este volumen que recoge los cinco libros de Leblanc sobre este curioso personaje.

En sus páginas, el lector seguirá maravillándose ante las infinitas posibilidades de un género que, aunque inicialmente pudiera parecer prosaico, ha aportado a la literatura un reflejo de nuestra diversidad, ingenio, doble moral social y ese íntimo y perverso deseo de ver cómo a veces el mal triunfa sin necesidad de sentirnos culpables.

 



11 de marzo de 2026

Una mujer / No he salido de mi noche (Annie Ernaux)


 

 I


Annie Ernaux ha desarrollado una carrera literaria extensa tomando como referencia principal hechos de su propia biografía, no porque ésta cuente con elementos que la hagan especialmente relevante, epítome de su tiempo, sino precisamente por todo lo contrario, porque pueden ser hechos parejos a los que afronta cualquier persona en sus mismas circunstancias.


Este género, la autoficción, que ha venido ganando adeptos en las últimas décadas y que cuenta con notables autores, especialmente en Francia, se revela como un terreno abonado para la mala literatura. Lo que puede resultar relevante para el autor, los hechos que dotan de sentido a sus experiencias, se tornan en gran parte de las ocasiones fríos e irrelevantes para quien no logre conectar con ellos. Esa distancia entre la percepción de lo vivido en primera o tercera persona suele resultar en la intrascendencia de las obras. Por otro lado, tampoco ayuda mucho la tópica recomendación de que uno ha de vivir primero y luego escribir, que se suele confundir con contar “lo vivido”, no contar “desde lo vivido”, que no es lo mismo.

 

Pero, formulado este desahogo, en manos de un escritor capaz, el género puede convertirse en un excelente modo de reflexionar y narrar, de conectar con un lector ávido de identificarse con lo que lee, de extraer su propio análisis. Ernaux ha recibido el reconocimiento del Premio Nobel de Literatura en el año 2022, precisamente por su habilidad para implicar al lector en esas narraciones, mezcla de biografía y literatura, un estilo muy personal y definitorio, inimitable sin caer en el puro plagio.  

 

Para lograr este resultado, la autora francesa parte de una integridad y un respeto absoluto a la premisa que se ha marcado, que no es otra que escribir para desnudarse totalmente, a ella y a su entorno, sin condescendencia ni piedad, casi una autopsia con olor a formol y antisépticos.  

 

En Una mujer (editorial Cabaret Voltaire con traducción de Lydia Vázquez) publicada en el año 1987, Ernaux nos cuenta la vida de su madre, esa mujer a la que se refiere el título. Ya desde las primeras páginas traza su objetivo claro. Blanche Duchesne ha fallecido apenas semanas antes de que comience a escribir el manuscrito tras unos dos años enferma de Alzheimer y de haber pasado por varias residencias, concluyendo así un periodo de enfermedad e idas y venidas, un tiempo en el que la madre ha ido a vivir con la hija para facilitar su cuidado dado que los nietos la alegran y que Annie se ha divorciado, por lo que se pueden hacer compañía mutua.

 

La imagen dolorosa de estos últimos años rompe con la que tiene de su madre en los tiempos en que ella era una niña, cuando la veía como un ser portentoso, alegre, un dios para ella, omnipotente y ubicua. También la ve diferente de aquella mujer que juzgaba sus ansias de libertad ya en la adolescencia, que cuestionaba sus gustos, ropa y novios cuando ya estaba en la Universidad, sus amoríos, nada que no ocurra a cada hijo e hija.

 

La conciencia individual nos permite crear una imagen propia, un relato autobiográfico, que no tiene por qué ser único ni estable en el tiempo, pero de hecho parece que estamos preparados para crear una idea de continuidad de nuestras vidas. Pero en lo que hace a las ajenas, lo único que tenemos son imágenes, anécdotas, confesiones, pero nunca una imagen completa engarzada en un hilo narrativo. Tratar de recrear la vida de su madre desde un punto de vista orgánico y completo es el intento de unir todas esas imágenes y recuerdos, de conciliar sus sentimientos encontrados con todas aquellas mujeres que se rebelaron diferentes a lo largo de la vida que compartieron madre e hija. También es, seguro, un modo de equilibrar los tristes recuerdos de los últimos años, que siempre pesan con mayor crudeza, y que son los más dolorosos cuando se ha pasado por trances complicados al final de la vida, como bien sabe quién haya pasado por una experiencia pareja.

 

La reconstrucción se remonta al nacimiento de su madre, en una familia de un entorno rural en el que las duras condiciones de vida solo tienen una posible vía de escape, pasar a convertirse en proletarios. Así, la madre dejará de bregar pronto con animales y cultivos para entrar a trabajar en una fábrica de mantequilla, un ambiente aún muy ligado a lo rural, un trabajo no muy agradable del que sale cuando una gran factoría dedicada a la cordelería se instala en la zona. Su madre se convierte así, al fin, en una orgullosa trabajadora fabril, un salto de clase, un inicio de relaciones más allá de los rudos campesinos con los que conviven sus padres y, el lugar en el que conocerá a su marido, de una clase social ya más asentada pero que, pese a ello, o precisamente por ello, carece de la ambición de ascenso social de su esposa.

 

La inquieta joven empuja a su marido a mudarse a otro pueblo, una pequeña localidad en la que compran un negocio, mezcla de tienda de todo y cafetería, un negocio que terminará por esclavizar a la madre pero que siempre será el símbolo de haber vuelto a dar un salto social, de ser propietaria, la dueña de un negocio, sin jefes a los que servir, aunque haya de humillarse y someterse de continuo a los caprichos de sus clientes, al miedo de que se establezca una tienda que les haga la competencia, de que cualquier mal gesto la torne antipática y se genere una reacción que haga huir a sus clientes.

 

Y Ernaux nos va desvelando la vida de esa joven animosa, bella según se desprende de las fotografías, pero conservando un cierto aire de tosquedad, autenticidad podríamos decir piadosamente, una mujer que ha traído al mundo a Annie y para quien se convertirá en la referencia absoluta. De ella aprenderá lo que debe y no debe hacerse, a vestir con poco dinero pero mucha dignidad, a reutilizar todo lo que deba y pueda ser reutilizado, a comer de manera sencilla, frugal pero reconfortante, a leer los folletines románticos de la época, a no olvidar a la hermana muerta, una ausencia que Annie siempre creerá que no será capaz de hacer olvidar, una culpa original, maldita.

 


Pero según Annie crece, la lozanía de su madre se va ajando. Cuando le llegue la menstruación parecerá suscitar el rencor de la madre a la que pronto se le retirará, o tal vez sea la propia Annie la que comienza a ver en su madre ya no la figura superior, el referente diario, sino que empezará a sufrir sus frenos, la obligación de estar en casa pronto, de no armar alboroto, la que juzga con una mirada severa, sin palabras, cuanto parezca alegrar a la joven. Un cambio de sentimientos, anticipo del choque que pronto llegará, de ese momento en el que un hijo ha de enfrentarse al orden de sus padres, creer peor todo lo que se le proponga, cuestionar y juzgar.

 

Y Annie va sintiendo mientras escribe este libro la ligazón con su madre, aquella que no pudo percibir en su momento, reconciliándose de alguna manera con ella, porque tal vez solo la muerte permite cerrar una etapa y hacer balance, o mejor aún, porque para la autora poner por escrito estos sentimientos, exponerse al lector y a sí misma, explorar las escenas que puede recuperar a través de fotografías, cartas o recuerdos, muchas veces alterados por el tiempo, permite ese ejercicio de introspección. El estilo de la autora se muestra directo e implacable, lacónico en ocasiones, duro. Sus palabras no buscan el consuelo, el perdón o la comprensión, parecen tan solo dirigidas a un jurado imparcial que aguarda impaciente para emitir un veredicto que nunca será benévolo con la autora, porque el libro es una reflexión tanto sobre la madre como sobre la propia hija, a fin de cuentas, es a través de sus ojos como la ve. No recurre a cómo pudo percibirla el resto de la familia, sus amigas, qué pudo significar para su padre, qué atributos habría destacado éste de aquella. El único punto de vista es el de Ernaux, el de la hija convertida en el narrador y explorador de su propia vida a través de los puntos de contacto con su madre. Una experiencia sobrecogedora en ocasiones, tierna y dolorosa en otras. Como señala la autora, durante el proceso de escritura logra distanciarse del dolor de las primeras semanas tras su muerte, convirtiendo a su madre de alguna manera en un arquetipo que puede contemplar con cierta equidistancia, para juzgarla, hacerla humana en suma.

Y como tantas veces ocurre, la hija odia a la madre por verse reflejada en ella, por comprender en su madre lo que odia en sí misma, una experiencia dolorosa porque los dardos realmente van dirigidos contra Ernaux, no contra su madre. El relato va adentrándose en los últimos años de la mujer, en su deterioro físico y mental, en los despistes premonitorios y en las grandes lagunas en un tiempo en el que los recuerdos lejanos están más presentes que el lugar en el que se acaban de olvidar las gafas, en el que las entradas y salidas del hospital comienzan a convertirse en rutina, y la última visita en la residencia, saliendo, como siempre, con prisa, agobiada por el dolor, por la presencia de tanto olor a muerte, de tantos ancianos, una realidad que no quiere ver pero que añorará cuando la llamen al día siguiente, lunes por la mañana, para informarle de que su madre ha fallecido. La prefería loca que muerta, asegura ahora.

 

El libro se cierra de manera conmovedora y certera cuando la autora asegura que He perdido el último vínculo con el mundo del que he salido, y por ello pasamos y pasaremos todos. 



 

 

II


 Pero Annie Ernaux no se detiene en este empeño, retomando diez años después, en 1997 los últimos años de su madre en No he salido de mi noche (publicado por Cabaret Voltaire y nuevamente traducida por Lydia Vázquez).

 

En esta obra, que no llega a cien páginas, Ernaux retoma las notas, breves y esquemáticas en ocasiones, que fue tomando durante los dos años en que su madre habitó esa noche a que se había referido en la última carta que escribió para una amiga y que nunca llegó a enviar.

  

Esa noche es el Alzheimer, que la fue desposeyendo de la vida tal y como la conocía y forzando a su hija a un proceso doloroso para tratar de casar esos horribles años con la imagen plena y vital que había conocido hasta entonces. Ernaux va recorriendo el proceso paulatino, no siempre lineal de esta enfermedad. Un proceso en el que parece haber ocasiones en las que la lucidez se impone, para luego caer en una absoluta falta de sentido. Donde su madre puede hablar con personas fallecidas hace años o confundir a su propia hija con una compañera de habitación o en la que encontrar una defecación en el cajón de la mesilla de noche resulta habitual. Ernaux siente el dolor al abandonar la residencia tras unas breves horas de visita rutinaria, dejando allí a su madre, con una mirada perdida, deseando volver a la seguridad del hogar, un alivio que trae consigo la culpa, el reproche. Y con la lectura de estas anotaciones el lector acompaña a la autora por las fases de la enfermedad, la que padece la madre y la que se contagia a la hija, pues nadie sale indemne de semejante trance.


Como en una cinta de Moebius, los papeles comienzan a intercambiarse en algún punto y la madre pasa a ocupar el papel de la niña y ésta la de aquella. Hay momentos en que la madre grita a voz en cuello cuando la ve entrar en el comedor para que todas sus compañeras la oigan que ahí llega su hija, un orgullo que parece nacer de algún recoveco aún vivo de su mente, un momento escalofriante y conmovedor que se desvanece a los pocos segundos cuando le pregunta con indiferencia que cuando se pone la comida y le recrimina que no le paga bien, confundiéndola con el capataz de la cordelería en la que trabajó de joven.

 

Aunque en este libro la elaboración es menor que en Una mujer, al responder a la colección de notas, apenas sin edición, el relato retoma la dureza del juicio sobre ella misma, su inasequible voluntad de llegar al fondo, a costa de lo que sea, de su sufrimiento y dolor. Por sus páginas aparecen imágenes tiernas, como la de los ancianos caminando por los pasillos, aferrados a las barandillas de apoyo, esperando en el comedor horas antes de que se sirva la comida, doblando una y otra vez las servilletas, los gritos que llegan desde cualquier habitación, el intenso olor a orines, los suelos pegajosos, la ausencia de una vecina de habitación que desaparece y en apenas unas horas es sustituida por otra. Escenas sin consuelo, sin tregua para el espíritu, una realidad que hay que tocar aunque no nos guste.

 

Y Ernaux lo hace, la palpa y la toca, la mira a los ojos aunque se le nublen, de dolor o de culpa, de resentimiento o de rabia. Pero esas notas que escribe agotada por las noches se convierten en el modo de aferrarse a lo poco que va quedando de su madre, a ese cascarón que se vacía a raudales, y que ella trata de preservar, de acaparar casi con avaricia en cada pequeño detalle que atesora para el futuro, para cuando ella no esté.  

 

Pocas lecciones pueden aprenderse de esta obra. El final es conocido y cada uno que pase por esta situación la enfrentará de un modo diferente. Sin embargo, el principal motivo para sugerir la lectura es ahondar en la profundidad del compromiso de su autora con la Literatura, con sus convicciones firmes en torno a la vida, la coherencia, la autoexigencia y la verdad. Tal vez por estas cosas y otras tantas le concedieron en 2022 el Premio Nobel de Literatura y tal vez por ello la lectura de estos libros será imprescindible para conocer quiénes somos.