28 de febrero de 2026

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales)

 


El 3 de septiembre de 1939 Francia declaró la guerra a Alemania en cumplimiento de los tratados de la alianza con Polonia tras la invasión de la Wehrmacht, dos días antes. En ese momento comienza lo que los ingleses denominaron la “guerra de broma”, un periodo de varios meses en los que en el frente occidental apenas hubo combate ni conflicto, un lapso tan limitado que hizo creer a muchos que la guerra se desharía progresivamente. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 los alemanes lanzaron una ofensiva que desbarató totalmente los planes defensivos aliados, forzando la firma de un armisticio en apenas seis semanas, el 22 de junio.

La idea general es que Francia se vio asaltada por un ejército más moderno, mejor preparado, más motivado y que sus anticuadas estrategias y equipamientos le hicieron caer de manera sorprendente e inesperada.

Manuel Chaves Nogales vivió en París aquellos meses. Había salido de España en 1937, abandonando la dirección del diario y ahora, temiendo por su propia vida al no sentirse ya debidamente protegido por las autoridades republicanas en un contexto político cada vez más violento. Él que había sido un firme partidario de la República había visto con desconfianza la radicalización progresiva de los bandos, dejando huérfana de paladines la idea de una república burguesa, liberal y democrática. En su tiempo de periodista en la época convulsa que le tocó vivir, pudo trabar conocimiento de primera mano de los efectos del comunismo gracias a diversos viajes por la URSS de los que dejó cuenta en varios libros, así como del auge del totalitarismo fascista, incluyendo una entrevista muy reveladora con Goebbels. Atenazado por ambos extremos, convencido de que ni fascistas ni comunistas querían un verdadero ciudadano libre y cultivado que pudiera rechazar sus simplistas recetas, comprendió tras la huida del gobierno de la República a Valencia en 1937 que su aportación debía ser otra y que ya no tenía cabida en el marco político español.

Su primer destino fue París, donde colaboró en diversos medios franceses e iberoamericanos, dando publicidad a las noticias que se recibían de la guerra española, tratando siempre de no dejarse engañar por la propaganda de los bandos en conflicto. Pero también en París pudo asistir a un proceso de radicalización que le recordó vagamente el vivido en España. Y su traumática experiencia le marcó de manera definitiva a la hora de juzgar los hechos, de valorar los papeles de unos y otros y de llegar a la conclusión de que la caída de Francia era inevitable y no se debía tanto a razones militares sino a la propia pérdida del sentido republicano, al desgaste de las instituciones, a las malas decisiones en materia de política interna, económica e internacional.

Porque precisamente esta es la tesis de Chaves Nogales. Francia no cae bajo el empuje del ejército alemán; de hecho, este apenas es mencionado. No se habla de la ofensiva ni del avance de las columnas acorazadas; los alemanes son, como en el poema de Kavafis, unos bárbaros que solo le sirven para poner de manifiesto las contradicciones interiores de Francia. Para Chaves Nogales, Francia cae víctima de una guerra civil, de un conflicto larvado desde hace tiempo y que venía minando las bases de la República.

Y así, al modo de Zola, nuestro periodista lanza sus acusaciones contra todos aquellos a quienes considera que han abandonado a la República. En primer lugar, todos aquellos que, en ambos extremos, reniegan de los principios de la democracia liberal, comunistas y fascistas o ultrarreaccionarios. Para todos ellos, la República es un cadáver cuya defunción solo ha de ser certificada mediante una reacción, armada o no. Los disturbios del 34 convencen a los reaccionarios de que la caída es posible mediante la manipulación de las masas. El Frente Popular del 36, al dictado de la III Internacional, prueba para los comunistas que se puede asaltar el poder desde las urnas, en eso también tienen el ejemplo de Hitler, y hacerse con el control tal y como lo hizo pocos años atrás el bolchevismo soviético.

Pero también y por encima de todo, la acusación de Nogales se dirige a la clase media, temerosa de ambos extremos pero convencida de que la fortaleza del espíritu republicano no bastará para protegerlos. Y en una dejación de funciones y de responsabilidades abandonan la fe en la democracia, en el poder transformador de esta. No han aprendido las lecciones que el propio Nogales encarna en su reciente trayectoria: el proceso de deterioro de una democracia que parece carecer de auténticos demócratas, dentro de un aparato estatal del que todos parecen querer sacar partido.

Nogales clama contra el egoísmo, el sálvese quien pueda. Nos narra cómo, una vez declarado el conflicto, todos quienes tenían posibles huyeron de París, creyendo que los nazis bombardearían la capital en pocos días, arrasándola por completo, dejando así a la ciudad del Sena desierta a su suerte, habitada por los menesterosos que no podían huir, los empleados que no podían abandonar sus puestos de trabajo. Se crea así un sentimiento de desprecio hacia unas clases dirigentes que parecen buscar tan solo su propia salvación, similar a lo que pudo ocurrir con la desbandada republicana de Madrid a Valencia cuando se creyó erróneamente que la capital española no tardaría en ser ocupada.

Pero también estos emigrantes sobrevenidos, estos pudientes que huyen de París y ocupan el espacio rural o de medianas ciudades alejadas del frente, tensan las relaciones con las poblaciones a las que llegan provocando subidas de precios, desabastecimiento, irritando con su soberbia capitalina y generando, en suma, una desmoralización en quienes veían cómo sus élites solo buscaban su propio resguardo.



Nos narra episodios sorprendentes y poco conocidos, como el de que los alquileres del mes de septiembre, al declararse la guerra, dejaron de pagarse creyendo todos que el conflicto traería la destrucción de las viviendas, sin que el gobierno atajase con prontitud esta subversión del orden habitual de la vida económica.

Otro tanto ocurrió con la acumulación de provisiones, ese mal tan endémico que llega a nuestros días con las tristes imágenes de los supermercados sin existencias de papel higiénico al comienzo de la reciente pandemia. Y allí en Francia otro tanto: quienes podían acumulaban provisiones que, en poco tiempo, se perdían ante un desabastecimiento que, como cualquier profecía autocumplida, desgastaba la confianza de la sociedad en su gobierno.

Tampoco el ejército recibe mejor opinión. Nogales considera que Francia va a la batalla convencida de su derrota, esperando poder resistir lo justo para firmar un acuerdo de paz razonable que vuelva todo a la normalidad. La actitud derrotista se traslada a los soldados. Nogales destaca cómo apenas existen fotografías de soldados franceses sonrientes en estos primeros días de campaña, en contraste con la alegría y juventud que derrochan los ingleses del cuerpo expedicionario británico.

Y estos forman parte también del cuadro dibujado en La agonía de Francia (Libros del Asteroide). Los británicos llegan a territorio francés para ocupar sus posiciones en la frontera con Bélgica, al norte, y su alegría y desparpajo suscita un resentimiento profundo en los locales. No es que haya problemas de carestía o que se crea que los alemanes atacarán más ferozmente y bombardearán de manera más intensiva la línea del frente protegida por los británicos, arrasando así con las casas, cultivos y vidas de los habitantes de la zona. Es que se mezcla la desconfianza con los celos que inspiran estos hombres en sus ocasionales escarceos con mozas francesas, hecho ampliamente utilizado por la propaganda alemana, algunos de cuyos desternillantes ejemplos nos describe Nogales con gracia y detalle. Es que además los franceses creen que esta guerra ha sido impuesta por Reino Unido, que son ellos los que han empujado a Francia al conflicto y que la verdadera posición correcta para la República habría sido la de forzar un eje con Mussolini para moderar el belicismo alemán, compensando así los extremismos. Pero el progresivo endurecimiento de la postura británica ha llevado a Italia a arrojarse en brazos alemanes, no dejando a Francia otra opción que la de alinearse con el gobierno británico.

A los reaccionarios la lucha por la República les resulta indiferente; creen que una transacción con Alemania permitirá la creación de un nuevo modelo de Estado francés, más próximo a sus ideas, con algo de la firmeza anticomunista alemana, de su orden y disciplina, pero al modo más latino. Es decir, ninguno de los partidarios de esta posición siente un verdadero impulso ardoroso por la defensa de la República.

En el otro extremo, los comunistas creen que el conflicto con Alemania se resolverá con la entrada de la URSS en la guerra desatando al fin todas las contradicciones burguesas. El pacto Ribbentrop-Mólotov les deja algo desconcertados por un tiempo, como a todo el mundo, pero esto solo sirve para que su implicación en un conflicto que sienten como totalmente ajeno sea aún menor.

Es notable que Chaves Nogales, en el mismo momento en el que se están desarrollando los acontecimientos, sea capaz de desarrollar un análisis tan certero. En aquellos años gozaba de mayor predicamento la idea de que Francia cayó colapsada por una superioridad armada y tecnológica alemana. Sin duda, esta tesis es más comprensiva con el orgullo francés, pero no sirve para engañar a nuestro reportero.

La agonía de Francia (Libros del Asteroide) está compuesta por capítulos muy breves en los que Chaves Nogales va dando cuenta de pequeñas facetas de este conflicto interno, de esta guerra civil nunca declarada a la que hace mención. Y de una manera ágil y amena, siempre certera y obligándonos a reconsiderar muchas de las lecciones tópicas aprendidas en los libros sobre la época, lo que siempre resulta reconfortante para un lector crítico.

Sin embargo, el volumen no está exento de contradicciones. Chaves Nogales se pregunta en algún momento si, al inicio justo de la guerra, no podría haberse lanzado un ataque devastador sobre Alemania, aprovechando lo que describe con bastante detalle. A saber, una momentánea superación de la fractura social, un entusiasmo belicista que unió a las clases sociales y a los extremos políticos, contradiciendo así su propia tesis de que, desde un primer momento, cada ciudadano francés optó por la mejor defensa de sus propios intereses en detrimento de los del régimen republicano o, como mucho, en la defensa de los intereses de su particular ideología.

También se ha de poner de manifiesto que Chaves Nogales recrimina, por encima de todo, a los ciudadanos en su dejación de funciones, llegando a sostener que el nivel de traición a la República va creciendo según se baja por la escalera social. Que el presidente de la República es el mejor protector de esta, que los responsables políticos son peores que aquel pero mejores que los servidores públicos y así sucesivamente. Pero esto no deja de resultar contradictorio con otros capítulos en los que se ponen de manifiesto los innumerables errores en la gestión política, económica o bélica de los primeros meses, tal y como ya se ha señalado más arriba.

Y es que, pese a la clarividencia de su juicio, Chaves Nogales era hijo de su tiempo y fundamentalmente de sus circunstancias vitales, y no podía dejar de establecer paralelismos entre lo ocurrido en España y lo que veía a su alrededor. Su creencia en esa democracia liberal, sostenida por unas élites responsables, cultivadas y que defendían el progreso para todos, había dejado de ser el paradigma aceptable, estrechada por los extremismos de variado signo y el progresivo desentendimiento de los ciudadanos menos ideologizados. La democracia liberal perdía fuelle y solo un conflicto terrible la haría renacer, cambiando parte de sus ideales, renovando un pacto social que curase viejas heridas. Desgraciadamente, Chaves Nogales no pudo ver ese renacer al fallecer en Londres en 1944 como consecuencia de una peritonitis fatal.

Su muerte nos impide conocer qué habría opinado de temas como la caída del nazismo, la consolidación del Estado del Bienestar, la Guerra Fría o el pacto tácito entre los aliados y el franquismo en los años cincuenta. Pero esta desgracia no nos puede llevar a pasar por alto los libros publicados por este autor que vienen recibiendo un reconocimiento general desde la recuperación de su obra hace ya un par de décadas. Conformémonos con ello, ya que nada más tenemos, y comprendamos que, en medio del fragor del conflicto, siempre hay mentes preclaras capaces de distinguir lo correcto, de mantener sus posiciones de manera firme y coherente, y de que todos ellos debieran ser ejemplo de cada día para quienes los leemos. Así que guardemos un pequeño resto de esperanza para confiar en que también hoy en día, en nuestros periódicos, podcast, vídeos y demás medios que la tecnología pone a nuestra disposición, podamos tener a los Chaves Nogales de nuestros días.



20 de febrero de 2026

El hombre en busca de sentido / Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Víctor Frankl)

   

I


Víctor Frankl era un reconocido psicólogo en la Viena de entreguerras que se estaba labrando una pequeña reputación gracias a sus estudios e investigaciones en lo que, más adelante, se conocería como la tercera escuela psicológica de Viena. En ese contexto llegó el Anschluss y la política antisemita le arrojó al ostracismo. Aunque obtuvo un visado para emigrar a los Estados Unidos, finalmente no huyó, prefiriendo quedarse en Austria para cuidar de sus padres, en especial de su madre, con una salud cardiaca delicada. 


Poco después da comienzo la guerra y todo se va torciendo. Pese a ello, en 1941 se casa con Tilly y, poco después, termina siendo recluido en el campo checo de Terezin. Allí pierde la pista del resto de su familia y pierde también, en su traslado a un campo satélite de Auschwitz el manuscrito de la obra que había estado escribiendo durante los años previos, con los fundamentos de su pensamiento, la obra de su vida. 


Al final de la guerra es liberado del campo y trata de retornar a su pasado. Para ello, sin duda, establecer el relato de los años de sufrimiento ilimitado y tratar de dar sentido al mismo, empeño al que se había aferrado durante la cautividad, le llevó a la publicación de diversas obras en las que ratifica sus teorías reforzandose con lo vivido en los campos.  


El hombre en busca de sentido (Herder) es el resultado de este trabajo, un libro que ha sido alabado por infinidad de lectores, tratado como obra de autoayuda, como guía espiritual, en un sentido no tanto religioso sino ético, y que se alza como referencia de la psicología que plantó cara al psicoanálisis. 


El libro se articula en dos grandes partes. Una primera en la que se describe la dura vida en los campos y otra en la que se teoriza sobre la logoterapia, la teoría de Frankl


Si para Freud la causa de los desórdenes mentales puede hallarse en determinados traumas y contradicciones entre el ego, el to y el superyó, para Frankl la causa del desasosiego se encuentra en la dificultad para determinar el sentido de nuestras vidas. 


La vida es sufrimiento, pero éste puede alcanzar sentido en la medida en que seamos capaces de darle un sentido. Frankl es, por tanto, un existencialista optimista, una rareza intelectual que sabe combinar ambos mundos de una manera original y trascendente. De ahí que el relato de la vida en el campo no se centre en la muerte sino en la vida, en los supervivientes. 


Él es sabedor de que, desde el momento en el que se entraba en un campo, cada esfuerzo que se hacía por sobrevivir, por mejorar el aspecto físico y evitar las selecciones para el exterminio implicaban la muerte de otro compañero. Había de elegir entre uno mismo o el otro. De ahí su terrible frase de que los mejores de entre todos jamás regresaron. Porque aferrarse a la vida era un esfuerzo sobrehumano en un entorno en el que la muerte era tan aleatoria y presente que prácticamente eliminó cualquier modo de suicidio, éste carecía de sentido. 


Al tiempo, la muerte se acercaba más rápido en el momento en el que el prisionero perdía la esperanza. Una persona que creyera que la liberación llegaría, por ejemplo, el 30 de marzo de 1945 y que viera cómo se acercaba la fecha sin cambios, iría perdiendo la fe y la esperanza de modo que pocos días después, finalmente, fallecía. Lo mismo ocurría con todos aquellos prisioneros que cambiaban sus vales de cigarrillos por una pequeña ración de comida. El día en que un prisionero tomaba directamente los cigarrillos era señal de que había arrojado la toalla y moría poco después. 


Pero estar rodeado por la muerte llega a anestesiar los sentidos y tan solo se siente aprecio por uno mismo y un reducido grupo de amigos íntimos, si es que la intimidad es un concepto aplicable. Cuando alguien muere, aún caliente su cuerpo, sobre él se arrojan sus antiguos compañeros para quitarle el abrigo, los zapatos o incluso los restos de comida mordida de los bolsillos, pero este caparazón es el único modo de protección y defensa, el distanciamiento imprescindible para no desmoronarse de manera definitiva. 


La violencia física no llega a ser la peor, los insultos, el desprecio, más aún el de otros judíos, los kapos del campo, quienes muestran habitualmente mayor animosidad que los oficiales de las SS y con quienes, en todo caso, se ha de mantener buena relación puesto que los favores o leves miradas hacia otro lado podían significar un día más de vida. 


Tanto los sueños como la vida interior eran un refugio al abrigo de cualquier intromisión. Un reducto de intimidad en el que Frankl logró hallar su sentido. Así, el deseo de mantenerse vivo para conocer el paradero de sus padres y su esposa, el esfuerzo por reescribir su libro perdido, las conferencias que ensayaba mientras trabajaba bajo la nieve creyendo que realmente algún día podría ofrecerlas a un público elegante y bien alimentado. 


De ahí la importancia que todas las manifestaciones artísticas tenían para los prisioneros y lo malentendidas que han sido éstas, pareciendo que realmente la vida en el campo era un refugio en el que se podían interpretar obras de teatro, componer sonatas o escribir poemas que se escondían bajo tierra para dejar testimonio al futuro incierto. 


Pero llegado ese día, el fin del infierno asalta la pregunta. ¿Qué sentido tiene toda esa muerte? Si las muertes no tienen sentido, no merece la pena ser vivida la vida y el sentido último de este sacrificio no es sino la propia voluntad del individuo por mantener su sentido. 


Cada uno, en cualquier momento y situación es capaz de decidir si mantiene su dignidad, si quiere dotar o no de sentido a su vida. Y en esto enlaza con dos extremos sorprendentes para su tiempo y su condición de judío. Por un lado, conecta con el individualismo, lo que explica en gran medida su gran impacto en los Estados unidos y en la sociedad capitalista de la posguerra. Pero también conecta con el pensamiento tradicional del catolicismo que defiende el sentido del sufrimiento y el dolor, de ofrecer éste a Dios como último sacrificio. Pero, también podemos encontrar una evidente conexión con el pensamiento ilustrado, más en concreto, con Kant y su imperativo categórico porque los factores externos no son los únicos determinantes, tampoco los genéticos ha de entenderse.


La libertad individual e interior es el último reducto al que nadie puede acceder, lo que nadie nos puede robar ni se puede llegar a socavar si así lo deseamos. 


Cuando un hombre está condenado a sufrir ha de asumir esa cruz con dignidad pues ese es su destino, su libertad espiritual debe llevarle a sobrellevar ese sufrimiento con dignidad, como tarea.



Tras la liberación, existe riesgo de caer en la depresión, en especial al ver la magnitud de la destrucción, la pérdida de familiares, o de dejarse llevar por el odio y la ira, por lo que es imprescindible rehacer y reorientar los objetivos vitales, establecer una férrea decisión en cuanto al sentido de la vida de un liberado y por ello, la logoterapia mira al futuro, no al pasado.


El sentido de la vida es individual y subjetivo, para uno puede ser su obra, para otro el compartir momentos con sus seres queridos, no hay sentidos superiores a otros porque todos son subjetivos y el que importa es el que sirva para cada uno de nosotros. La ley que enmarca esa búsqueda del sentido es la que viene a definirse por la idea de que ha de vivirse como si ya se hubiera vivido previamente y como si las decisiones tomadas en el pasado hubieran sido las peores posibles.

 

 

 II




Llegará un día en el que serás libre: Cartas, textos y discursos inéditos (Herder) es el perfecto complemento a El hombre en busca de sentido. Tras la liberación, Frankl trata de averiguar qué ha sido de sus familiares y amigos y de regresar a Viena. Nada es sencillo en los tiempos del fin de la guerra. Las comunicaciones no son fluidas, nadie vive donde vivía, nadie conoce el paradero de sus allegados y la realidad solo se va abriendo paso a retazos inconexos, con noticias falsas que tardan en desmentirse o con terribles informaciones que terminan por confirmar que su madre falleció al poco de ingresar en el campo de Terezin y que su esposa, con la que apenas llevaba casado unos meses, falleció en Auschwitz. Tampoco retornar a Viena parece fácil. El ambiente antisemita resulta igualmente opresivo y no cree poder obtener una plaza en la Universidad. 


Sus ingresos son escasos, apenas sostenido por los paquetes de ayuda humanitaria y los trabajos en una clínica privada. La depresión le acecha poniendo a prueba sus propias teorías. El deseo de emigrar a Estados Unidos vuelve, pero el desánimo y la pérdida de confianza le hunden. 


Sin embargo, encuentra el sentido que dar a su vida a través de su obra, la publicación de diversos libros y la buena acogida que van encontrando le hacen resurgir. Inicia una nueva relación con una enfermera de la clínica en la que e trabaja malogra acceder a la Universidad y es llamado a numerosos programas de radio, a impartir conferencias, escribir artículos. 


Y asistimos a todo ello a través de las cartas en las que se nos desvela una enriquecedora faceta humana. Desde la carta que envía a un párroco católico para que oficie unas misas en recuerdo de una joven que perdió la vida en el campo y que fue enterrada en el camposanto de la iglesia de la que es ahora titular, a las misivas a su familia emigrada para que aguarden su llegada mientras les narra sus breves vacaciones montañeras con su prometida o su progresivo éxito como conferenciante. 


También los discursos y charlas aquí recogidos ofrecen una síntesis sustancial de su pensamiento, en ocasiones repitiendo literalmente párrafos de su más famosa obra, prueba de que tal vez fueron escritos al tiempo, o reflexionando sobre el modo en que el catolicismo abraza su obra. 


Uno de los temas más interesantes que aborda en alguna de estas charlas o cartas es precisamente el de si los austríacos son culpables del Holocausto o tan solo responsables. Para Frankl la diferencia es notable. Culpable es quien ha sido parte de una labor directa de eliminación de los judíos o de otro tipo de enemigos de la patria. Responsable es quien no dijo nada, quien no se opuso aunque no tomara parte, quien de modo indirecto pudo beneficiarse de ello. Y, en este sentido, considera que los alemanes, los austríacos son responsables y en virtud de ello, deben asumir ciertas consecuencias igual que los judíos o los gitanos sufrieron años antes. Por ello han de abandonar las casas de antiguos judíos que les fueron entregadas, granjas o propiedades.



Con este volumen se logra cerrar un círculo perfecto tanto en torno a la figura humana del autor como a su obra teórica. No uy puesto en estos temas psicológicos, desconozco si sus teorías ya han sido ampliamente superadas o no, si son erróneas o si la moderna ciencia las ha corroborado. Nada de eso me importa realmente puesto que las enseñanzas y reflexiones que me ha suscitado su lectura son más que suficientes para que haya merecido la pena.

 

11 de febrero de 2026

Tragesrias de Esquilo (7): Prometeo encadenado


Concluimos la lectura de las siete tragedias de Esquilo que se conservan en la actualidad. Prometeo encadenado no es considerada ni la mejor ni la última cronológicamente, sin embargo, por temática la he dejado en última posición.

Se cree que pudo ser escrita en torno al año 460 a. C. y que formaba parte de una trilogía basada en el mito de Prometeo, el titán que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Como siempre, comenzaremos por narrar brevemente el mito tal y como se cuenta en la obra, recordando que la mitología griega presenta diferentes versiones para un mismo relato.

Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, ocultándolo en un tallo de hinojo. Zeus, irritado y preocupado porque con ello los mortales adquirirán conocimientos que podrían alterar el orden divino, decide castigarlo. Lo encadena en una roca para que purgue su pecado y sirva de escarmiento a futuros rebeldes. En las dos obras siguientes, perdidas como se ha indicado, se relata la continuación de su historia. En Prometeo liberado, Hefesto libera a Prometeo bajo las instrucciones de Zeus, y se resuelve la tensión entre el titán y el dios, mientras que en Prometeo portador de fuego se narran sus esfuerzos por beneficiar a la humanidad otorgando diversos conocimientos y técnicas, consolidando su rol como protector de los hombres.

Las cualidades literarias de esta tragedia tal vez no superen la comparación con otras de las leídas anteriormente. La figura del coro de las oceánidas no es tan llamativa como la que aparece en la Orestíada, pero la sucesión de visitantes que acuden a interesarse por los hechos de Prometeo ofrece un retrato admirable de este. Cada una de estas visitas, las oceánidas, el propio Océano, a quien Prometeo anuncia que uno de sus hijos por engendrar será quien lo libere de su martirio, o Hermes, deseoso de imponer la voluntad de Zeus, querrán conocer las razones de sus actos. Prometeo explica cómo ha entregado a los hombres no solo el fuego sino también los rudimentos de la medicina, la adivinación, la cerámica y diversas artes e industrias que los harán progresar y, eventualmente, prescindir de los dioses. Esta amenaza final alarma profundamente a Zeus, que envía una tormenta devastadora que precipita la roca a la que está encadenado Prometeo hasta el fondo de los abismos.

Esta obra, como ocurre en la práctica totalidad de las tragedias de Esquilo, contiene escasa acción directa, privilegiando la presentación de distintas escenas y situaciones mediante las cuales los personajes exponen sus opiniones y caracteres. Esquilo buscaba con ello instruir y educar a sus conciudadanos. La tragedia griega era algo más que un mero espectáculo, era una escuela cívica, un espacio de debate, crítica y reflexión, una especie de ágora donde el orador era también el autor de la obra.

¿Qué quería transmitir Esquilo a los ciudadanos atenienses del siglo V a. C? Sin duda, en un tiempo en que la democracia intentaba consolidarse y la amenaza de déspotas o tiranos que asumían el poder, aunque temporalmente, estaba siempre presente, las acciones de Prometeo defendiendo a los hombres y resistiendo la injusticia de Zeus podían resonar con gran fuerza. Se comprende así que esta obra, como tantas otras de Esquilo, se representara más allá de la muerte del autor, especialmente cuando la democracia comenzó su declive y surgieron tiranías que debilitaban el espíritu cívico griego.

Viniendo de un autor tan respetuoso con la polis y con el orden ciudadano, sorprende la profundidad de la enseñanza que transmite a sus conciudadanos, reafirmando su reputación como el más apreciado por sus contemporáneos, quizás más que sus sucesores Sófocles y Eurípides, quizá más sobresalientes literariamente pero menos influyentes para su público original.

Llegando a nuestros días, ¿qué nos puede decir aún Esquilo? ¿La lectura política que tuvo para los atenienses puede seguir siendo relevante? Vivimos tiempos en que la imposición del poder es brutal y los más desfavorecidos, los hombres protegidos por Prometeo encadenado, precisan de líderes dispuestos a arriesgarse. La heroicidad reside en no doblegarse ante la adversidad y en saber que uno repetiría sus acciones porque existen hechos y circunstancias frente a los cuales es necesario rebelarse. Debemos reconocer que los dioses, incluso aquellos que representamos mediante nuestras decisiones y votaciones, no siempre actúan con justicia, que a veces oprimen a quienes no lo merecen y que, por tanto, conviene estar atentos a quienes muestran compasión por los débiles y desamparados, aquellos que han quedado rezagados en el reparto de los dones divinos.

Es posible que los ciudadanos griegos fueran más valientes y heroicos que nosotros, que tuvieran menos que perder y pudieran tomar decisiones más firmes, como se aprecia en Los persas, también de Esquilo. Pero también es posible que en cada uno de nosotros resida un Prometeo a la espera de encontrar un desafío a su altura, cada cual el suyo, para ocupar su lugar en la historia.

 


 

Cierre 

Leer las siete tragedias de Esquilo hoy nos permite comprender cómo los antiguos griegos reflexionaban sobre la justicia, el poder, la responsabilidad y la condición humana. Aunque sus escenarios y personajes pertenezcan a un mundo mítico, los conflictos que plantean, la lucha entre autoridad y rebeldía, el deber frente al deseo, la ética individual frente al bien común, siguen siendo universales. Estas obras nos enseñan a cuestionar la autoridad, a valorar la libertad y a asumir con coraje nuestras decisiones, recordándonos que la heroicidad no reside solo en la fuerza sino en la integridad y la resistencia frente a la adversidad. Leer a Esquilo es, por tanto, mirar al pasado para entender el presente y encontrar modelos de reflexión, acción y compromiso que todavía pueden guiar nuestra vida y nuestra sociedad.

Muchos otros tratarán estos mismos temas en el futuro, pero la forma directa y simple, casi esquemática, en la que Esquilo los plantea, valiéndose de los mitos, tan del gusto de aquella época, nos hace llegar más rápidamente y de una manera más directa al núcleo reflexivo de cada obra, acercándonos a unos hombres, a una afinidad estilística y de valores que no deja de sorprendernos. Vivimos tiempos en los que nos gusta creernos en el vórtice de la Historia: nunca antes hubo inteligencia artificial, nunca antes hubo tantos avances, nunca el hombre estuvo tan cerca de todo, pero tal vez nunca antes fuimos tan engreídos y vacíos. Pensar en qué podría haber hecho un ingeniero romano con nuestras técnicas y materiales, qué un arquitecto de nuestros días con unos sillares, qué un filósofo griego con la realidad tan rica actual y qué hacen los tertulianos con su ignorancia, nos lleva a preguntarnos si no es oportuno girar la vista en ocasiones hacia lo que tienen que enseñarnos quienes vinieron antes de nosotros.

 

 

2 de febrero de 2026

Tragedias de Esquilo (6): La Orestiada: Las euménides



Las Euménides es la tercera y última obra que forma la trilogía de la Orestíada, la historia trágica en la que se narra la muerte de Agamenón a manos de su esposa Clitemestra y la posterior venganza ejecutada por su hijo Orestes.

Así, en Las Coéforas, dejamos a Orestes tras haber asesinado a su madre y a Egisto, el amante de esta. En esta tercera parte, Orestes huye al templo de Apolo en Delfos para implorar su protección. No debemos olvidar que es este dios quien le ha ordenado llevar a cabo la venganza por el asesinato de Agamenón.

Hasta allí llegan tras él las Erinias, aunque el dios las ha sumido en un letargo para permitir que Orestes llegue a salvo. A diferencia de Las Coéforas, donde las Furias solo aparecían en la imaginación de Orestes, en esta obra se las representa de forma tangible. La pitonisa del templo las describe como criaturas ponzoñosas, de hedor infecto, sangrando podredumbre a su paso, seres ancestrales venidos del mundo subterráneo.

Para sacarlas de su letargo, se presenta la sombra de Clitemestra. Este recurso, ya empleado por Esquilo en Los Persas, anticipa la naturalidad con la que los fantasmas intervienen en la tragedia griega y que siglos después encontraremos también en el teatro isabelino. La sombra de Clitemestra incita a las Erinias a cumplir con su deber y castigar el parricidio, recordando la antigua ley que exige condena para quien mate a su madre, padre o hermano.

Una vez despertadas, reanudan la persecución de Orestes. Apolo le indica que huya a Atenas, donde podrá encontrar amparo bajo la protección de Palas Atenea.

El escenario cambia entonces de forma sorpresiva. Vemos a Orestes en la Acrópolis, abrazado a la estatua de Atenea como un suplicante más. Hasta allí llegan también las Erinias, y ante el alboroto, Atenea se presenta y exige explicaciones. Las diosas alegan la necesidad de mantener viva la justicia ancestral. Orestes replica que actuó cumpliendo los designios de Apolo, quien le exigía vengar la muerte de su padre.

Atenea, reconociendo la complejidad del caso, decide instaurar el tribunal del Areópago, formado por los ciudadanos más sabios y respetados de Atenas. Se suceden los argumentos de las Erinias, de Apolo y del propio Orestes. Finalmente, la votación termina en empate. Es entonces cuando Atenea, que no ha nacido de vientre materno, por lo que se inclina hacia lo masculino, concede su voto a favor de la absolución de Orestes. El joven, liberado ya de la maldición familiar, puede al fin marcharse en paz.

 

Sin embargo, las Erinias, indignadas por lo que consideran una pérdida de su derecho a juzgar los delitos de sangre, amenazan con verter su maldición sobre la ciudad. Atenea, con dulzura y sabiduría, logra aplacarlas. Les ofrece un lugar de honor en la ciudad, un culto permanente y un papel en el mantenimiento de su prosperidad futura. Las Erinias, apaciguadas y convertidas ahora en Euménides, las benévolas, aceptan su nuevo rol. Descienden al antro que será su nueva morada y reciben un cortejo solemne, con el que los ciudadanos atenienses celebran su integración en el orden cívico.

Por primera y única vez, podemos ver en las tres obras que conforman la Orestíada una evolución completa del mito. Partiendo de un conflicto familiar y ancestral, la trilogía culmina con un mensaje político, ético y filosófico. Esquilo toma el dilema entre el respeto a la vida materna y la necesidad de vengar al padre asesinado como punto de partida para explicar la creación del tribunal del Areópago en Atenas, una institución que simboliza el paso de la venganza privada a una justicia regulada por el Estado.

La justicia, en esta tragedia, deja de ser una prerrogativa del agraviado y pasa a ser una función pública. Es el triunfo del orden cívico sobre la ley del talión. La creación del tribunal es presentada como una forma superior de justicia, una justicia que no se basa únicamente en el castigo, sino en la búsqueda de la armonía y la reconciliación.

Este mensaje tenía una clara resonancia política en el momento en que fue representada la obra. Apenas unos años antes, las atribuciones del Areópago habían sido limitadas por reformas democráticas impulsadas por Efialtes y Pericles. La trilogía podía ser vista, por tanto, como una defensa de las instituciones tradicionales o como una llamada a integrar la justicia arcaica en el nuevo orden democrático. Sea como fuere, para los griegos, la Orestíada tenía un profundo significado simbólico que sus ropajes mitológicos no lograban disimular.

Esquilo, azuzado ya por la genialidad de Sófocles, y deseoso de imponerse en los concursos de las Grandes Dionisias, no duda en agradar a los ciudadanos atenienses haciéndoles sentirse orgullosos de cómo su ciudad es representada. Un lugar capaz incluso de acoger a las temibles Erinias, garantizando con ello su prosperidad y paz futura.

En cuanto a su estilo poético, Esquilo alcanza aquí una de sus mayores cotas. Las Erinias, que hacen las veces de coro, rompen con la norma de representar la voz colectiva del pueblo y se convierten en entidades con presencia física, discurso autónomo y una carga simbólica abrumadora. La poesía de Esquilo es solemne, ritual, cargada de imágenes arcaicas y potentes metáforas. El lenguaje elevado y oscuro y la alternancia entre lo terrenal y lo divino hacen de esta tragedia una cumbre estética y una proeza formal.

Y en cuanto a nuestra época, ¿queda aún alguna enseñanza que podamos extraer de esta obra? Sin duda, permanece vigente la idea de que incluso la peor justicia institucional es preferible a perpetuar un ciclo de venganza. Aunque hoy podamos dar esto por sentado, aún es valiosa la reflexión sobre cómo resolver los grandes dilemas éticos sin caer en la violencia. La tragedia nos recuerda que la verdadera civilización consiste en transformar la furia en palabra y la sangre en ley. En Las Euménides, Esquilo no solo concluye un ciclo mítico, sino que da forma a una nueva visión del mundo, donde la ciudad se impone al clan y la razón al instinto. Y esto aún es una lección que deberíamos tener muy presente.