2 de junio de 2026

Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple)


 

Este comentario podría llevar por título tras los pasos de William Dalrymple. La historia se remonta a mayo de 1998, fecha de publicación del primer ejemplar de la revista Siete Leguas, una iniciativa que unía el viaje con la literatura de una manera magistral, con firmas de primera categoría, siempre tratando de ofrecer un relato alejado del habitual en este tipo de revistas, más centrado en los hoteles, restaurantes y sitios que se han de ver necesariamente, reportajes promocionales antes que auténticos artículos de largo aliento que aún hoy pueden ser leídos y disfrutados como entonces.

 

Los primeros títulos de la revista, como era frecuente en la época, venían acompañados de un gancho en forma de libro viajero, diversos títulos de la colección Viajes, de Ediciones B. Y en este número inaugural la obra escogida era Tras los pasos de Marco Polo (William Dalrymple).

 

El autor decide replicar, en la medida de lo posible, la ruta seguida por Marco Polo al conocer la noticia de que la carretera que unía Pakistán y China había sido abierta para los extranjeros por primera vez desde su construcción. El viaje es un desafío, pero más aun teniendo en cuenta que el autor tenía apenas veintiún años y que lo hizo provisto con unos fondos de unas setecientas libras que logró de su college como financiación para un supuesto estudio histórico. Precisamente las edades del autor y del viajero veneciano vienen a ser la misma al iniciar la ruta, lo que no deja de trazar una conexión peculiar.

 

Pero Dalrymple no era un trotamundos aficionado. Ya el año anterior había replicado el viaje de los participantes ingleses en la Primera Cruzada, desde Edimburgo a Acre. Y es precisamente en Tierra Santa donde comienza su viaje para llegar a Xanadú, la mítica ciudad en la que Kublai Kan había construido su residencia de verano, una forma de recrear los paisajes y pureza de su Mongolia natal evadiéndole del chinismo de la capital de su Imperio. Y, como digo, el viaje comienza en Jerusalén cuando Dalrymple acude a la Basílica del Santo Sepulcro para obtener de un franciscano una pequeña muestra del Santo Óleo que arde en el templo, sin que el verdadero origen industrial que le revela el monje, un supermercado por más señas, le cause el más mínimo desaliento. No es de extrañar que esta nota de realidad no le afecte especialmente porque tiene mayores preocupaciones. Alguna de ellas está relacionada con la tensión política en los países por los que ha de transitar, pero también porque parte de su viaje, hasta Lahore, lo hará acompañado por Laura, una joven de su misma facultad, un portento de voluntad y fuerza, un desafío constante para su caótica y disipada cadencia, una inglesa de la cabeza a los pies con sus sandalias y calcetines blancos incluidos. Pero el resto del viaje no será mejor ya que deberá hacerlo con Luisa con quien ha roto poco antes y con la que preparó inicialmente las etapas del viaje. Pero ahora Luisa ha encontrado otro novio y tal vez no sea la mejor de las compañías, añadiendo a la tribulación del viaje la confusión emocional e incluso sexual. 

 

La narración de este viaje me resultó tan cautivadora que, todavía muchos años después, recordaba el libro con cariño, aunque no era capaz de acordarme ni del título ni del autor. El libro había quedado sepultado en alguna caja de un trastero por alguna mudanza, entre otros tantos libros ya leídos. Ocasionalmente recordaba la historia y sentía ganas de volver a leerla, aunque nunca me ponía a ello ni trataba de buscar en internet algún dato para consultar o releer el libro. Pero recientemente, leyendo la sinopsis de El último mogol, un libro que solo por su título ya me resulta irresistible, y mirando qué más obras había escrito ese tal Dalrymple, descubrí que era precisamente el añorado autor de Tras los pasos de Marco Polo

 


Así que, unos veinticinco años después he vuelto a leer este libro. El ejercicio me ha servido, de paso, para comprobar lo que merma la memoria con el tiempo. Ni la más remota idea de que el autor siempre hubiera estado acompañado en el viaje. Mi impresión era que nunca había llegado a China realmente, fracasando en su empeño, y que había pasado gran parte del tiempo por las llanuras persas visitando las diversas mezquitas y madrazas construidas por los mongoles en los siglos en los que fueron los amos de un imperio más grande que el romano o cualquier otro que en el mundo haya sido. Así que he ido sustituyendo mis recuerdos dispersos y erróneos por unos más auténticos (a saber cuánto durarán) sin que el placer de la lectura se haya visto afectado en lo más mínimo. 


Dalrymple escribe de manera amena, sabiendo guardar el perfecto equilibrio entre sus historias y peripecias personales con el relato histórico. Ni éste parece sacado de una enciclopedia, ni aquél se resuelve en una serie de encuentros y anécdotas inverosímiles que puedan poner de manifiesto las dotes imaginativas antes que la verdadera experiencia del viajero. 

 

Todo lo contrario. Dalrymple combina ambos mundos, siempre con una gran sorna, en especial tomándose a sí mismo muy poco en serio y compartiendo la jocosidad de su torpeza o las bromas y burlas de que es objeto por cuantos se le cruzan por el camino. De este modo, la lectura avanza a buen ritmo, sin perder el interés ni tan siquiera en aquellos episodios que se mueven por las zonas mas áridas, menos interesantes. De todas ellas sabe sacar el partido adecuado. Le seguimos con interés cuando trata de buscar si quedan restos de la floreciente industria telar en una remota región siria a que alude Marco Polo, para encontrar una casucha semiabandonada con un único telar que una anciana le muestra con orgullo, y así afirma poder justificar la inversión que el Trinity College ha hecho en este viaje. Verifica si es real la idea anglosajona de que para que un extranjero comprenda el inglés basta con gritarlo a voces o que su piel pase del blanco al rosa como la de todo perfecto británico. 

 

Sin embargo, no estamos tampoco ante un texto carente de profundidad. Si bien el autor se apoya en la descripción de los viajes de Marco Polo, reconoce que se trata de un libro aburrido, una verdadera guía de la época para comerciantes; por tanto, un libro que no pretende entretener ni ser un relato completo. También hace interesantes reflexiones como la comparación entre el reino de los cruzados y el actual estado de Israel, rodeado por naciones hostiles, apoyado por Occidente sin el que no podría resistir y con una limitación de recursos por su ubicación geográfica de la que saca fuerzas de flaqueza, al igual que los cruzados fueron capaces de construir sus castillos y fortalezas sin apenas medios, pero a costa de la población árabe de la zona.  


Pese a lo temprano de la fecha del viaje (1988), el autor vislumbra los cambios en la China comunista donde además de la persecución a los ligures, la minoría islámica china, tan publicitada hoy en día, asiste a la proyección de una película de James Bond.


La riqueza de los diálogos, su verosimilitud y gracia es mérito de la traducción de María Faidella Martín en la edición de Edhasa que es la que ahora he leído, que sabe trasladar el tono de parodia de algunos de ellos, de determinados juegos de palabras y confusiones entre el inglés precario con el que debe lidiar el autor, típico anglosajón que parece no plantearse la posibilidad de tener que aprender a manejarse con los rudimentos del idioma local, ¡que aprendan ellos! 


Y llegamos al fin de ese viaje, al apurado y lírico momento en que Dalrymple derrama el aceite consagrado sobre lo que interpreta de manera indubitada que es el altar en el que tomaba asiento el Kan en Xanadú, cerrando de manera perfecta el círculo de un viaje inolvidable para su autor, pero también para el lector o al menos para mí. 


 


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18 de mayo de 2026

Anatomía de un instante (Javier Cercas)

 


  

El 23-F es una fecha simbólica para todo aquel que tenga más de 40 años. Sin duda, todos hemos visto en infinidad de ocasiones cómo un guardia civil con tricornio bien plantado y pistola en mano sube por las escaleras de la tribuna del Congreso de los Diputados, interrumpiendo la votación para la investidura del presidente más efímero de nuestra democracia: Leopoldo Calvo-Sotelo.


Gracias a la valentía de los operadores de cámara, que simularon cesar la grabación ante las amenazas directas de los golpistas, podemos revivir un golpe de Estado desde el propio epicentro de la acción. Allí vemos cómo se pronunciaban palabras malsonantes, cómo se tiroteaba el techo del hemiciclo y cómo el presidente saliente, Adolfo Suárez y su vicepresidente, Gutiérrez Mellado, eran zarandeados cuando trataban de llamar al orden a los militares rebeldes.


Javier Cercas trata de acercarse a este momento histórico. Según narra en el prólogo, la lectura del libro de Jesús Palacios y otras teorías sobre el golpe le llevaron a tratar de novelar la historia. Sin embargo, tras varios intentos que no lograron satisfacerle, comprendió que la historia del periodista no dejaba de ser una ficción, un uso de datos ciertos para construir un relato prefijado. Por tanto, una forma de ficción sobre la que no podía ficcionarse nuevamente.


Así que, poco a poco reorientó su esfuerzo creativo en una dirección distinta, la de procurar escribir el relato de lo que ocurrió sobre los hechos ciertos, y lo que podría deducirse con un cierto nivel de certeza sobre los hechos menos comprobados.


Pero, además, trató de centrarse, de desenmarañar la compleja trama a partir de un único instante: el gesto de Suárez, sentado impertérrito en su escaño, mientras los diputados se tiran cobardemente al suelo al ruido de los disparos. En ese momento pretende centrar un viaje con idas y venidas al pasado y al futuro.


En ese gesto de Suárez, mezcla de orgullo y chulería, de dignidad democrática, pleno de simbolismo, Cercas ve el reflejo de la historia del fin del franquismo a manos de unas Cortes que hicieron el viaje "de la ley a la ley" a través de la Ley para la Reforma Política de 1976 y las elecciones para Cortes Constituyentes, el viaje relámpago desde la muerte del dictador a la derogación de todo el aparato legislativo franquista y la legalización del Partido Comunista.


En ese viaje, el Rey y Torcuato Fernández-Miranda pretendían impulsar la figura de un presidente del Gobierno capaz de amansar a los partidarios de la continuidad al tiempo que insuflara garantías a la oposición democrática y tranquilizara a las potencias aliadas, en especial a los Estados Unidos, preocupados por un posible giro antiamericano si triunfaba una democracia verdadera.


Y, para ello, nadie mejor que un político joven, ambicioso, sin apenas ideología propia, capaz de asumir el programa que se le fuera indicado, pero con la suficiente personalidad como para convencer a la opinión pública y forjar los acuerdos necesarios en ese complicado equilibrio que fue la Transición.


Pero ese período de transformación y cambio en el que Suárez brilló de manera especial, en el que se logró la conversión de una dictadura en una democracia homologable a cualquier otra occidental, terminó por confundirle. Suárez comenzó a creerse su papel. Y así como Fernández-Miranda se retiró una vez cumplido su misión desde la presidencia de las Cortes, él dio un paso más, asumiendo el liderazgo de un pequeño partido que estaba creando un adversario político, el diplomático Areilza, y se presentó a las elecciones democráticas de 1979 logrando un resultado excepcional gracias a su indudable carisma.


Pero ahí terminó el tiempo de gloria de Suárez. Cercas cataloga su ejecutoria política a partir de ese momento como mediocre. Un falangista que había militado en Acción Católica y había sido ministro del Movimiento pretendía ganarse el carnet de demócrata, la aprobación de los medios más poderosos, radicalizando sus posturas, queriendo ser más de izquierdas de lo que sus votantes y compañeros de coalición deseaban. Su capacidad para tejer pactos comenzó a demostrarse insuficiente para los instantes de gestión diaria. Su épica estaba más bien pensada para los grandes momentos, los saltos al vacío, las decisiones drásticas, no para la gestión cotidiana y sin brillo.



Así, su gobierno comenzó a estar acosado por todos los frentes. El Rey quedó decepcionado por su decisión de continuar en la política y no retirarse a tiempo, por su deriva personalista. La oposición de derechas comenzó a verle como un peligroso ególatra que pretendía convertirse a la socialdemocracia; la izquierda lo veía como un posible ladrón de sus votos más moderados, percepción que se confirmó tras la pérdida electoral del PSOE en las elecciones de 1979. La prensa también comenzó a criticar inmisericordemente su gestión. Parecía que criticar a Suárez mejoraba las credenciales democráticas de cualquier periodista o grupo mediático. El Ejército le consideraba el mayor traidor, nadie olvidaba la legalización del Partido Comunista, una jugada que había prometido que jamás sucedería. Su propio partido estaba convencido de que era necesario apartarle del poder o la coalición se rompería, como finalmente ocurrió.


Las nuevas corrientes internacionales tampoco jugaban a su favor. Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos marcaban el giro hacia un conservadurismo férreo, con una oposición frontal frente a la Unión Soviética.


Pero el gesto de Suárez tiene también un compañero de viaje: la presencia del general Gutiérrez-Mellado, que ante la irrupción de unos militares en el Congreso pretende hacer valer su rango y sale de su escaño para ordenar que abandonen la sala. El anciano es zarandeado, insultado, zancadilleado; Suárez le coge del brazo tratando de calmarle y devolverle a una posición más segura. También el general permanecerá erguido en su escaño mientras el resto de diputados se tiran al suelo.


Y Cercas especula con el gesto de ambos, con lo que significa como trayectoria vital. Porque, en el caso del general, su evolución es aún mayor que la del falangista Suárez. El general se alzó contra la República en el 36, derrocó un gobierno democrático y, cuarenta y cinco años después, se yergue para defender un sistema democrático frente a un golpe militar. Pasa de un extremo a otro, tal vez sabiendo que sus reproches al teniente coronel Tejero significan realmente un reproche al joven Gutiérrez-Mellado, que ha completado el círculo y trata de lavar ese pasado inmolándose por una democracia que, de algún modo, hereda los valores de la República del 31 que él ayudó a derrocar.


Pero las cámaras también recogen la figura de otro parlamentario, el tercero y último que resistió sin tirarse al suelo, sin perder la dignidad, el secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Otra figura que, como el vicepresidente, tuvo un papel importante en el Madrid sitiado del 36, que ha liderado al Partido Comunista, que ha hecho la transición desde el comunismo internacionalista al eurocomunismo, que ha llevado a su partido a aceptar la propuesta de Suárez, a aceptar la monarquía, la bandera nacional franquista… todo para lograr una concordia que permitiera restablecer un régimen democrático. Un liderazgo que ha estado tan cuestionado en su partido como el de Suárez en la UCD, hasta hace pocas semanas, cuando presentó su dimisión y renuncia al puesto de presidente del Gobierno.


El partido no sólo reprocha a Carrillo su renuncia a señas de identidad propias de los últimos cuarenta años de lucha antifranquista; le reprocha, sobre todo, que ninguna de esas renuncias se haya traducido en un reflejo electoral evidente. Que tras ser el único partido en liderar la lucha contra el franquismo, con un PSOE desaparecido durante años, ha obtenido en todas las consultas electorales un resultado raquítico.


Así que él también permanece erguido en ese momento en el que no duda que va a ser pasado por las armas, porque simboliza todo lo que aquellos militares montaraces odian: el comunismo, la anti-España, Paracuellos, el internacionalismo, el demonio mismo.


Y son esos tres hombres, sentados con orgullo, insolencia, los que miran de frente a la muerte que creen próxima pero que no dejan de representar un papel al que se creen llamados. Y Cercas disecciona ese gesto con detalle, rico en paradojas y anécdotas, en momentos luminosos y otros más oscuros, tal vez menos confesables. Es precisamente esa anatomía de un instante, el desmenuzamiento de unos pocos segundos, lo que permite dar cuenta de sus biografías, pero también de las de un país entero.


Y en esa tarea de mirar los años y meses previos al golpe, va describiendo lo que denomina "la placenta del golpe", ese conjunto de circunstancias que resultaron imprescindibles para que éste se alimentara y creciera.


Y así llegamos a las tres figuras opuestas a las de Suárez, Gutiérrez-Mellado y Carrillo: Tejero, Milans del Bosch y Armada, cada uno pretendiendo un golpe distinto. El de Armada buscaba poner coto a una democracia que muchos consideraban desbocada y excesiva, amenazando con el desmembramiento nacional en unas autonomías que emulaban a los separatistas. Quería formar un gobierno de unidad nacional, incorporando a personalidades de diferentes partidos bajo una presidencia en manos de un militar de reconocido prestigio, es decir, él mismo, tomando como pasaporte su posición de antiguo secretario de la Casa Real y su ascendencia con el Rey. Su referencia era el paso al frente del general De Gaulle en Francia, con la creación de la V República. Pero, por contra, Milans del Bosch, otro monárquico convencido, otro franquista camisa vieja, participante en la División Azul como Armada, prefería un gobierno militar, algo parecido a la dictadura de Primo de Rivera.


Y llegamos al icono pop en que Cercas dice que se ha convertido Tejero, el rostro visible y televisado de un golpe que realmente buscaba una asonada como las de antaño, como el golpe de Pavía, de quien se decía que había entrado a caballo en el Congreso en el siglo XIX para poner fin a la I República. Que no tenía intención alguna de que el Rey fuera parte del nuevo orden al que aspiraban y que, en el fondo, había sufrido una involución a raíz de la violencia etarra que había vivido de cerca tras su paso por Guipúzcoa y que aspiraba a que el país se guiase bajo los mismos criterios que una casa cuartel, como las del cuerpo al que pertenecía, un lugar de comunión y ayuda mutua, un recinto sagrado y seguro, lleno de orden y disciplina.


Algo de intriga tenemos que dejar al lector. Cómo se coordinan estos tres golpes, cómo fracasan uno tras otro, cómo la trama se va desgajando de los planes originales, comenzando por la violenta irrupción de los guardias civiles en el Congreso y el tiroteo, que contravenía las instrucciones de Tejero de una entrada discreta y que dificultaba que los diputados o la propia opinión pública aceptasen un pacto para la formación de ese gobierno que aglutinase todas las ideologías para reconducir a la joven democracia.


Dejamos también de lado las reflexiones de Cercas sobre el juicio a los golpistas, la especie de epílogo sobre sus indultos, posteriores reincorporaciones al ejército, en muchos casos con desempeños y reconocimientos de méritos. Y nos volvemos a centrar en Suárez, ya que Cercas, que vivió en su juventud aquellos años, siempre tomó al personaje como eso: un personaje, una especie de chulo de provincias, de poco talento, que estuvo a punto de arrastrar al país a un cataclismo, pero que, al tiempo, era una figura a la que su madre y, especialmente, su padre admiraban. Así que se pregunta si su rechazo a Suárez no es sino una forma de reafirmarse frente a su padre, de marcar esa imprescindible frontera generacional.


Es ya en los últimos años del Cercas padre, cuando su hijo sabe que no va a ser mejor que su progenitor, que no sabe más que él de la vida y que nunca lo hará, que todo empeño por esa especie de competición carece de sentido, le pregunta por qué él era tan suarista, y su padre le contesta que porque, en el fondo, Suárez era como él, como todos los de su generación, sin grandes estudios, con mucha simpatía y algo de sinvergonzonería, audaz y valiente para abrirse camino en una España en la que formar parte de una de las grandes familias era necesario para llegar lejos; porque era de pueblo, porque de joven se le habían dado mejor los bailes en las verbenas que los estudios, porque supo ilusionar a un país con unas promesas de futuro que tal vez quedaron defraudadas pero que hicieron posibles muchos cambios, para empezar el cambio personal, desde la posición de falangista de Acción Católica a la de un demócrata convencido, aunque moderado, otro viaje que su padre hizo de la mano de Suárez, como lo hicieron otros tantos españoles.


Y se pregunta, finalmente, si este libro, Anatomía de un instante (editorial Mondadori), no será otra cosa que un ajuste de cuentas con el pasado, una forma de decirle a su padre que al fin lo comprendía, que aunque no todo lo que él defendió lo comparte, sí era capaz de reconocerlo, de ver sus méritos.


Y, para ir concluyendo, habrá que explicar las razones que deben llevar al lector a este texto con preferencia a otros tantos que hay sobre el periodo en cuestión. Y la razón es simple pero suficiente: su impecable factura literaria. El tono de todo el libro se aleja de la mera crónica periodística, del relato de hechos cronológico. No solo las tramas se entrecruzan al modo novelesco sino que el estilo del autor imprime un tono literario, una fuerza expresiva que actúa como hilo conductor por las diferentes partes del libro. Desde las repeticiones de conceptos como el del "pequeño Madrid del poder" o "la placenta del golpe", hasta expresiones como "lo que sabía Suárez, o lo que creía que sabía, o lo que se creía que sabía", y así sucesivamente. Es de este modo como la lectura se torna placer para quien no solo busca una versión afinada de los hechos.


No olvidemos, como destaca Cercas, que lo que conocemos sobre el 23-F es más un relato ya instalado en nuestro subconsciente que una realidad constatable. Todos creemos haber visto el golpe en directo por televisión, cuando la realidad es que las imágenes icónicas tantas veces vistas solo se retransmitieron a posteriori, nunca en directo. Podemos ficcionar sobre estos hechos sin renunciar a la verdad, o a gran parte de ella, en especial en cuanto a los hechos, menos en cuanto a las voluntades que quedaron en el fuero interno de aquellos protagonistas y sobre las que solo podemos especular torpemente, pero es así como ocurre siempre con la Historia, que muchas veces no es sino una forma especial de ficción y, por tanto, si de ficción hablamos y si ficción hemos de leer, al menos que sea de calidad, como en este caso.




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10 de mayo de 2026

Blanco (Han Kang)

 


Antes de que la crítica internacional descubriera su escritura tras la publicación de La vegetariana, Han Kang ya había consolidado una trayectoria literaria relevante en su país natal, Corea del Sur. Desde su debut en 1994 con el relato El fruto de mi mujer, su obra ha explorado con persistencia las fronteras entre el cuerpo y la violencia, la identidad y el silencio, el perdón y el olvido. Con títulos como Tu frío y mi frío o Breve historia del amor, la autora mostró ya una sensibilidad aguda para narrar lo íntimo y personal desde una estética muy particular en la que lo carnal y sensitivo conforman una seña de identidad que se desarrollará en el resto de su obra.

En Actos humanos, quizá su obra más brutal hasta ese momento, Han Kang abordaba la masacre de Gwangju desde una perspectiva coral y fragmentaria que la alejaba de lo histórico para adentrarse en lo emocional. Era un libro de duelo colectivo, donde el dolor se dispersaba por distintos cuerpos y voces. Frente a ese lamento plural, esta obra que aquí reseñamos representa un giro hacia lo íntimo, hacia una pérdida más pequeña, pero no por ello menos abismal: la muerte de una hermana que no llegó a vivir, y cuya ausencia ha acompañado a la autora como una presencia silenciosa desde la infancia.

Blanco fue publicado por la Premio Nobel originalmente en su país en 2016 y en España en 2018. Lo he leído en la edición de Literatura Random House, con traducción de Sunme Yoon. La autora coreana vuelve a deslumbrar con un texto breve pero hipnótico, un desafío para la sensibilidad del lector y la propia autenticidad de la autora.

En efecto, con Blanco, Han Kang trata de revisitar la herida dejada por la muerte de su hermana en un parto prematuro, una muerte que, junto con la posterior de su hermano, la convirtió en la primogénita. Sin esas muertes, ella no habría nacido. La muerte de otros trajo su vida, y ese peso y sentimiento contradictorio es con el que trata de lidiar en estas páginas.

Como es sabido, el blanco simboliza en muchas civilizaciones orientales el luto y la muerte, y por ello el libro comienza con una lista de palabras que evocan esa blancura: desde el azúcar y la sal, el arroz, la mortaja de un niño, una garza blanca, un perro blanco, una ola, una cortina de raso blanca o la nieve, otra presencia lacerante en la obra de Han Kang.

A través de breves capítulos, cada uno dedicado a una de estas palabras, la escritora despliega una colección de pequeñas historias, de recuerdos de su niñez o adultez, de meros sentimientos expresados en apenas unas líneas, unos trazos simples pero que dibujan esa evocación.

Han Kang busca la fusión entre el relato en prosa y la poesía sin renunciar a su peculiar estilo, desprovisto en apariencia de pretensiones estéticas. Su lenguaje se mantiene directo y descriptivo, pero gana en profundidad y simbolismo, en impulso evocador y en ternura desmedida al revelarnos las propias flaquezas de la autora.

En Blanco, la escritura se convierte en un acto de duelo y redención. Es un ejercicio de contención, en el que cada palabra ha sido cuidadosamente elegida para sostener una emoción sin desbordarla. El blanco es vacío, pero también es totalidad; es muerte, pero también inicio. Así, el libro se convierte en un espacio íntimo donde el lector se acerca al dolor sin voyeurismo, invitado con delicadeza a sentir con la autora.

 

 Estamos ante un retrato tan sutil como profundo del vínculo entre la pérdida y la memoria. No hay grandes gestos, escenas grandilocuentes, pero sí una honestidad extrema que conmueve por su aparente fragilidad y su expresión poética y reflexiva. Blanco no ha de leerse desde la prisa. Es un libro para detenerse, para releer, para quedarse en silencio después de cada página. Una meditación sobre la muerte y la escritura, el modo en que esta puede atrapar y conjurar a aquella. Una obra breve, sí, pero de una intensidad que perdura mucho después de haberla terminado.

En el propio libro se nos revela el origen plástico y meditativo de Blanco. Durante una estancia en Varsovia, comenzó a pintar en un cuaderno completamente blanco unos trazos en los que expresar sin palabras sus sentimientos y emociones, como un ejercicio visual y poético. No pretendía hacer literatura, sino elaborar una forma de duelo a través de lo mínimo. En la edición española se incluyen varias fotografías de estas obras. A partir de esa práctica, nació el texto, no como proyecto narrativo, sino como necesidad vital.

Como en tantas ocasiones, el estado vital del lector le hará más o menos propicio para recibir este libro, pero sin duda todos pasaremos por un momento en el que sus palabras nos traigan pesar y alivio al tiempo, nos hagan reflexionar o rememorar, nos demuestren que leer es algo más que entretenerse y pasar páginas para dejar pasar el tiempo.

 

 

27 de abril de 2026

Los senderos del mar: un viaje a pie (María Belmonte)

 


Hay actividades que el tiempo se encarga de recolocar. Así, el peregrinar, las largas y agotadoras jornadas eran una fuente de sinsabores y dolores. Caminaba quien no podía permitirse cabalgar a lomos de mula vieja, quien se veía enfrentado a la necesidad de moverse, normalmente a su pesar.


Nadie en su sano juicio habría evitado un suave galopar a caballo o el traqueteo de un carro, de haber tenido la oportunidad. El andar era cosa de pobres y campesinos. Ni tan siquiera los caballeros andantes hacían honor a este adjetivo y todo lo fiaban a ser caballeros, esto es, a caminar erguidos sobre sus equinas monturas.


Y qué contradictorio es nuestro tiempo en el que todo lo que antaño resultaba laborioso y bajo, se convierte en objeto de veneración. Proliferan los cursos de alfarería o telar, los talleres que muestran los secretos del arte de la encuadernación o del cuajado del queso.


Y lo mismo ocurre con el aburrido y pesaroso caminar que, lejos de ser odioso por obligar a soportar las inclemencias del tiempo sin tener próximo cobijo o hacer nacer llagas y ampollas con facilidad pasmosa, se ha convertido en práctica terapéutica, cura para la ansiedad y la depresión, ejercicio de reconexión con nuestro interior o con la Naturaleza con mayúsculas, germen de la creatividad e inspiración, motor de eficiencias, palanca para pensar mejor, ejercitar nuestras sedentarias posaderas y admirarnos del paisaje, incluso sentir en primera persona los avatares del clima, y todo ello, por encima de todo, para poder contarlo, porque pocos se expondrían a tantos inconvenientes si no es para contarlo, fotografiarlo, exponerlo o compartirlo con una impudicia que desmiente todos esos supuestos beneficios.


Pero, tras esta diatriba contra el arte del paseo, ¿qué se me ha perdido en un libro publicado por Acantilado, a cargo de la escritora María Belmonte, y que lleva por título Los senderos del mar: Un viaje a pie? Digamos tan solo que al libro llegué como se llega a los sitios a pie, es decir, atisbándolo desde lejos y sabiendo que antes o después terminaría por tomarlo entre las manos y leerlo, pero demorando el momento, confiando en que el libro esperaría paciente.


Estamos ante un libro que no es otra cosa que lo que se anuncia desde su título, una ruta a pie desde Bayona, al sur de Las Landas, la larga línea de arena formada por una mezcla de erosión de los Pirineos y la acción del Océano, bajando por toda la costa vasca hasta Ciérvana, casi haciendo frontera con Cantabria. Una ruta a pie, llevada a cabo en diversas etapas, aprovechando los tiempos disponibles de la autora, sola o acompañada por amigos. Un recorrido que, a la par que experiencia vital, es una rememoración de su pasado sentimental puesto que María Belmonte nació en Bilbao, de cuya provincia es originaria su familia, teniendo lazos con la milenaria Guernica gracias a su abuela materna que vivió el terrible bombardeo, a la playa de Plencia y a los veranos pasados en un colegio de Bayona.


Como cualquier viaje pausado, la reflexión parece venir de serie, pero en este caso la autora no se deja llevar por una sensiblería fácil ni por la añoranza de un tiempo pasado que nunca existió. Antes bien, rememora sus propias vivencias reales o reflexiona sobre el paisaje, pero desde un punto de vista realista. Así, dedica un largo capítulo a la Geología, aprovechando su paso por la placa geológica entre Zumaya y Mutriku, acompañada por un experto geólogo que le explica cuanto es preciso para entender la génesis de estas impresionantes formaciones geológicas que solo recientemente han merecido la atención e interés del público.

 


Pero, si de piedras hablamos, también nos lleva a visitar el museo organizado en torno a la figura de Perurena, el famoso campeón vasco de levantamiento de piedras, un deporte popular en la zona. El propio levantador acompaña a las visitas para contarles las historias detrás de cada piedra, su vinculación íntima con esas moles que todos menos él, creemos naturaleza muerta.


También tiene otro amplio apartado sobre los árboles a cuenta de su visita al legendario roble de Guernica, símbolo de los fueros vascos. Pero que le permite elucubrar sobre la importancia de estas robustas plantas que, de tan complejas y delicadas que resultan, apenas podemos creer lo que Belmonte nos cuenta.


El detalle con el que mira cada planta e insecto está libre de afectación. No nos encontraremos la noticia de haber divisado la última rapaz de los cielos vascos o la remota florecilla apenas admirada desde hace siglos. Antes bien, la propia autora reconoce que muchas partes del camino resultan algo anodinas, incluso llega a saltarse algún tramo tomando un autobús. Porque caminar no siempre es placentero. Desde la lluvia con la que comienza su primer tramo de recorrido en la costa vasco francesa, hasta las penurias para encontrar habitación en un Lequeitio en fiestas.


En ocasiones, la ruta de la autora corre en paralelo al Camino de Santiago, su variante costera, y aquí se encuentra con una multitud de caminantes jacobeos, pero en cuanto su ruta se separa, la soledad reclama la posesión de los senderos. Tan solo encuentra ocasionales paseantes, normalmente lugareños, perros que la acompañan varios centenares de metros o un profesor de matemáticas jubilado anticipadamente por una afección cardíaca al que se le ha prescrito el paseo diario.


Como es habitual en estas latitudes, la lluvia no es un extraño compañero de viaje, pero su llegada no causa perjuicio en el andar, antes bien, es bienvenida puesto que gracias a ella se logra ese hermoso verdor que los vascos consideran casi una enseña nacional.  


Pero el libro no solo habla de esos senderos. Como el título señala, estamos ante una ruta costera y el mar también tiene su propio espacio de honor. Así, María Belmonte nos habla de los primeros surferos de Bayona y Mundaca, venidos de los Estados Unidos en busca de esa gran ola perfecta. Nos cuenta las leyendas de los balleneros de Ondárroa o Bermeo, su gesta inconmensurable y su valor heroico o las historias de los corsarios que surcaron estas aguas. Y, más dulcemente, nos hace de guía del Acuario de San Sebastián y de cómo esta ciudad se convirtió en retiro estival para la aristocracia de la época, en franca rivalidad con Santander.


El libro no renuncia al arrebato ecologista, en especial en lo relativo a la limpieza de los océanos, plagados de plásticos, vertidos y demás porquerías que pueden terminar con gran parte de la forma de vida que cobijan. Y esto no es incompatible con las grandes infraestructuras como el puerto de Bilbao, esa inmensa mole al final de la ría del Nervión o la triste despedida desde las lomas de Ciérvana y su petroquímica espeluznante.


El estilo de Belmonte es como su pasear, tratando de no desentonar, de pasar algo desapercibido dejando que cobre protagonismo el paisaje o las historias que cuenta, aunque tome su propia experiencia como pretexto. Rehúye en todo momento ese protagonismo tan afín a este tipo de literatura en la que muchos autores se esfuerzan por escribir sobre sí mismos no tanto sobre lo que visitan.  


Y tal cual comenzó, María Belmonte se despide de este peregrinar, sin aspavientos ni impostadas reflexiones, con gusto de continuar leyendo, con agradecimiento por lo leído, como ocurre siempre con todos los libros bellos.


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