26 de agosto de 2026

Amazing Grace

 



Hace algunos años participé con este relato en un volumen colectivo dedicado a Elvis Presley. Lo recupero ahora con motivo de la reseña de Being Elvis, de Ray Connolly, que acabo de publicar en el blog. Si aquella reseña intenta acercarse al hombre que hubo detrás del mito, este relato imagina qué pudo pasar por la cabeza de Elvis en los últimos instantes de su vida. 


El baño es amplio y está tapizado en dorados y rojo. Desde la taza del retrete, sus ojos vidriosos apenas se sorprenden al ver cómo se va llenando la habitación. En una esquina se contonea Big Mama Thornton agarrada a un micrófono de pie aullando Hound Dog mientras desde la otra esquina Leiber y Stoller aguardan para mostrarle una gran hoja de partituras. Un nuevo éxito, seguro. Pero pronto lo que llama su atención es la figura de Gladys acunando a un niño y siente una punzada de dolor que le desgarra por dentro, por alguna razón cree saber que se trata de Jesse, su gemelo, fallecido durante el parto.

Las lágrimas corren por su cara, pero no le importa. Una figura con traje de presidiario se acerca y abraza a la madre y al hijo. Pero, ¿dónde está él? Él está solo. Sí, he estado solo todas y cada una de mis noches. Sosteniendo con esfuerzo su cabeza, por su cara baja el sudor que todo lo cubre. La tía Delta se le acerca con un bote de pastillas, saca unas cuantas y se las ofrece, pero él las rechaza con violencia. No más, nunca más, al menos no más por hoy, y sonríe mientras observa al presidente Nixon asentir con la cabeza, buen muchacho parece decir.

Su corazón se desboca con furia animal mientras Marion cuchichea en el oído de Sam Phillips y él juguetea con la guitarra al ritmo de una antigua canción de Big Boy Crudup en un descanso de la primera sesión en Sun Records. Por encima de sus hombros aparece la funesta sombra del coronel, empujando con desdén a Marion, a Sam y a Bill Black, susurrándole mentiras al oído. Él le aparta a manotazos, le esquiva, trata de zafarse del abrazo hasta caer de rodillas. La posición es indigna de un monarca, pero ¿quién se acuerda ahora de las actuaciones en televisión o de los conciertos con miles de chicas gritando?, ¿quién se acuerda de todas ellas?, ¿quién quiso acostarse con todas ellas?

Y el llanto se torna en incontrolado, trata de estirar las rodillas, de enderezarse y salir a gatas de ese círculo melancólico, pero solo logra caer sobre su pecho y vomitar violentamente. El sabor agrio le recuerda que no siempre todo fue fácil, que a menudo oía las burlas a sus espaldas.

Trata de incorporarse pero su cabeza da vueltas enloquecidamente. Priscilla, susurra él mientras ve a la novia acercarse al altar tomándole de la mano. Jura que le será fiel, cree haberle sido fiel toda su vida, no importa con cuántas mujeres se acostara, no importa que muchas de ellas se recuesten ahora contra el lavabo con movimientos obscenos y burlándose de la esposa legítima, no las escuches, siempre estuviste en mi alma, le recita conmovido.

El aire se agota en sus pulmones. Su voz ya no brota. Él, que siempre estuvo orgulloso de ella, que temió que el ejercicio físico en el ejército pudiera arruinarla, ve cómo su voz le falla. Pero, al fin, ¿quién no lo ha hecho?, ¿quién ha permanecido a su lado? Ni siquiera él mismo se ha sido fiel, ni siquiera él podría reconocerse en un espejo. Solo los niños pobres de la calle Beale le saludan con respeto, mientras admiran el teléfono descolgado en la pared, tan pobres como lo fue él, tan pobre como lo es hoy, despojado de todo.

Tirado en el suelo, ya rendido, a merced del tiempo que tarden en encontrarle para devolverle a la vida como otras veces, saluda a los Jordanaires que comienzan a entonar Danny Boy y la congregación se agolpa para cantar mientras el predicador baila y alza sus brazos, reza al Señor.

Y su cuerpo ya inerte, queda en el suelo, pero él se eleva como el superhéroe de infancia que quería liberar a su padre de la prisión. Y por encima de la Tierra de la Gracia, bajo el reflejo azul de la luna, vestido con su traje de cuero negro, se bambolea y sonríe mientras comprende que el mundo se moverá siempre al ritmo de sus caderas, y sus trajes dorados vuelven a hacerle sentir la fuerza de la música. Todo está bien mamá, le dice con un guiño a Gladys, estoy tratando de llegar a ti, solo es que hace tiempo que olvidé recordar a olvidar.

Y al fin está en el escenario del International Hotel de Las Vegas, con su traje blanco lleno de lentejuelas y flecos, con su gran banda, y la ovación del público le acaricia, llena sus oídos hasta hacerle olvidar los gritos de Ginger, las carreras por las escaleras, las llamadas telefónicas y la sirena de la ambulancia, porque ya nada importa.  El Rey ha muerto, ¡viva el Rey!

 

 

Being Elvis. Una vida solitaria (Ray Connolly) 

Elvis (Generación Bibliocafé)

Otros relatos en Confieso que he leído 

 

23 de agosto de 2026

Being Elvis. Una vida solitaria (Ray Connolly)

 


Soy de aquellos que creen que el auténtico rey del rock and roll es Chuck Berry, que los mejores discos de Elvis son los que grabó en Sun Records, que Elvis realmente murió cuando fue al Ejército, que se convirtió en un muñeco en manos de Hollywood, del falso coronel Parker, que era un inmaduro sobrepasado por las circunstancias de su repentina fama y que su aportación a la música está sobrevalorada en exceso.

Pero, antes de nada, vayamos al prólogo de Being Elvis (Alianza Editorial) en el que Ray Connolly cuenta cómo durante una entrevista con Bob Dylan previa al famoso concierto de la Isla de Wight, la conversación languidecía ante la falta de habilidades sociales del bueno de Bob y, casualmente, Connolly comentó que había estado semanas antes en el retorno de Elvis en Las Vegas. La conversación floreció y, como un fan cualquiera, Dylan se entusiasmó con preguntas continuas sobre el repertorio o el grupo acompañante y la entrevista se convirtió en dos fanáticos charlando con entusiasmo de un héroe de su adolescencia. Otro tanto le ocurrió poco después durante una conversación con John Lennon. Para ambos genios de una generación posterior a la de Elvis, este aún representaba el germen de una vocación, una actitud que les había llevado a la música, un empuje que fue tan rompedor en su momento que abrió unas compuertas por las que se coló en sus radios y televisiones toda la magia de una música que hasta entonces solo había estado al alcance de quienes tenían acceso a las emisoras de música racial, como se decía en la época, o a disposición de un reducido círculo de estudiosos universitarios que podían permitirse los caros discos de la Smithsonian Folkways Recordings. Y fue esa música, con un sonido más moderno, unida a una imagen rompedora, lo que definió el cambio radical respecto de cualquier otro movimiento musical anterior.

Estas reacciones pueden resultar difíciles de comprender hoy en día porque hemos escuchado la música que había antes, la que trajo Elvis, todo lo que vino después. Cuando no nos perturba ver a un Bowie disfrazado de mujer o a los Kiss siendo los Kiss. Pero, a cambio de esta infinita información, hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar de quienes vieron la actuación de Elvis por primera vez en el programa de los Dorsey Brothers o en el Ed Sullivan Show. Y esta infinita sorpresa y la consiguiente reacción nos será ajena por siempre.

Por eso, Connolly no pretende en este libro cubrir ese vacío imposible. Si bien esta biografía sigue los pasos cronológicos y musicales inevitables en toda obra similar, lo cierto es que pone un empeño singular en hacer honor al título del libro, ese being Elvis, ese esfuerzo por explicarnos cómo era ser Elvis, qué pasaba por su cabeza, cómo percibía lo que ocurría a su alrededor cuando actuaba.

Connolly no se va a interesar tanto por contarnos qué sentían las fans que gritaban ante los contoneos del cantante, las cifras de ventas o sus infinitos noviazgos, sino por qué era lo que le convertía en único y singular, qué le empujaba a comportarse de aquella manera. Por qué sentía la continua necesidad de rodearse de la llamada mafia de Memphis, un conglomerado de amigos de infancia, familiares y advenedizos que, a todas luces, solo estaba para vivir a costa de su dinero a cambio de someterse a los caprichos y excentricidades del Rey, que podían ser despertados a las tres de la mañana para jugar un partido de tenis, que salían disparados a la farmacia portando una receta médica para comprar los cientos de pastillas que podía consumir a la semana durante sus últimos años de vida.

En este sentido, el texto es minucioso y presta equilibrada atención a las diversas épocas del cantante, tanto los episodios previos a su entrada en el negocio de la música como sus primeros éxitos, la etapa cinematográfica, el retiro de los escenarios, el Comeback del 68, Las Vegas o las giras posteriores. Y en todas ellas se trata de hacer ese relato introspectivo a que se hace mención desde el propio título, una vida solitaria.

Connolly aborda cómo es posible que un niño claramente enmadrado y tímido podía tener un inquebrantable afán por diferenciarse del resto, por destacar, al tiempo que también deseaba confundirse con el resto. Cómo podía combinar su atención a los oficios dominicales y la música góspel con lo que oía por las calles de Memphis o en la radio, uniendo así tradiciones musicales muy diferentes. Un Elvis que apenas sabía reaccionar a una escueta pregunta de un periodista local en sus primeros días y que en sus citas amorosas siempre sabía aguardar el momento de la consumación para citas posteriores.


 

Elvis nunca pretendió ser rompedor o convertirse en portavoz de una generación, no ofreció nunca un mensaje social, pese a que sus fans sí sintieron que el aire fresco que trajo simbolizaba muchas de esas cuestiones en las que el propio Elvis no creía. Su pasión por las placas y la policía, la triste historia de su visita a Nixon y su discurso sobre las drogas mientras casi babeaba por el efecto de los narcóticos. Quería ser el hijo perfecto, el novio perfecto, el chico de la puerta de al lado al tiempo que se compraba un rancho inmenso y lo llenaba de carísimos caballos, aún sabiendo que estaba siendo engañado por todos los vendedores.

Porque Elvis en todo momento creyó que su riqueza era algo que debía compartir, no es que fuera engañado por su séquito, es que compartía su suerte con ellos. Sus propinas, sus gastos superfluos, todo ello le llevaba a una dependencia continua de nuevos ingresos y, por tanto, de las maquinaciones del coronel Parker.

Pero la vida de Elvis siempre discurría entre lo que íntimamente deseaba y lo que le convenía. Quería producir buena música, pero el tipo de contrato para los compositores que exigía el coronel, claramente fuera de mercado, expulsaba a los mejores talentos, como terminó ocurriendo con Leiber y Stoller. Su desentendimiento de las condiciones de sus músicos terminó provocando el abandono de viejos acompañantes de los primeros tiempos como Scotty Moore o Bill Black o el del grupo de acompañamiento vocal, The Jordanaires.

Su amor por el góspel quedó sepultado durante gran parte de su carrera por la interpretación peculiar del coronel Parker sobre lo que creía que los fans esperaban de él. Su odio por unas películas que le condenaban a una repetición continua de estereotipos alejados de los papeles que había soñado de niño, cuando trabajaba de acomodador, tampoco le llevó a tratar de enmendar la errática y triste carrera cinematográfica hasta que los papeles cesaron de llegar.

Y es que Elvis tenía auténtico pavor a tomar decisiones que afectasen a su carrera. Las pocas veces que lo hizo acertó, pero por lo general, dejaba las decisiones en manos del coronel y apartaba la mirada de los platos rotos.

Una continua sucesión de contradicciones que Elvis arrastró hasta su muerte, una muerte también solitaria. El amor que sentía por su madre y su anhelo por satisfacerla no impidieron que Gladys terminase en una muerte prematura fruto del alcohol. Tampoco su amor sincero por Priscilla sirvió para apartarle de las malas compañías y las píldoras, ni su repentina afición por la espiritualidad logró ofrecerle un asidero seguro.

Tal y como señala el autor, una de las raíces, tal vez la más profunda y definitiva, de sus comportamientos incomprensibles desde nuestro punto de vista, fue el temor a la pobreza. Porque Elvis siempre tuvo muy claro que no quería volver a ser pobre. Como Scarlett O’Hara se conjuró para no volver a pasar hambre. Su familia pasó enormes dificultades, su padre estuvo en la cárcel (en el mítico penal de Parchman) por falsificación de cheques y siempre tuvo un enorme pavor a perder su dinero. Cuantas veces quiso rebelarse contra el coronel Parker, este siempre tenía clara la amenaza. Si haces esto, perderás dinero. Habrá que vender Graceland, la casa en la tierra de la Gracia que le ataba a una vida de desgracia, una paradoja más.

Por ello, Elvis nunca vistió vaqueros, esa prenda tan icónica para la juventud de su tiempo pero que para él representaba la carestía de su infancia, cuando apenas podía vestir otra cosa. De ahí su extravagancia en el vestir, sus trajes dorados, sus capas y sus cinturones horteras, su exceso en todo, la construcción de un personaje ajeno al origen que encarnaba. Porque tal vez, la mejor baza de Elvis con los jóvenes una vez pasado el inicial alboroto de los bailes y meneos, podría haber sido ese origen humilde, algo que otros músicos supieron jugar con menos motivos, como los burgueses Stones. Pero según Elvis se iba escondiendo más tras su personaje endiosado, más se alejaba de quienes podían seguir creyendo en él. Si esto llegó a vislumbrarlo en algún momento, el coronel Parker debió encargarse de sepultarlo en lo más profundo de su conciencia.

Y una vez llegado al final del libro, al término de esta triste historia, uno tiene que corregir de alguna manera su inicial idea expuesta en el primer párrafo de este comentario. Y es que, efectivamente, antes de Elvis estaba casi todo, pero solo cuando él llegó comenzó todo.

 

13 de agosto de 2026

Duelo de alfiles (Vicente Valero)

 


Vicente Valero tiene prosa limpia y recta, en pocas líneas define el estilo de todo un libro y logra arrastrar al lector en un viaje que da saltos en el espacio y el tiempo, jugando con él, como los ajedrecistas lo hacen con sus piezas. Porque de esto va Duelo de alfiles (Periférica), de una partida de ajedrez jugada por el autor con personajes que forman parte de su particular panteón.



Y el hilo conductor es el viaje, pero en especial el viaje dentro del viaje, la escapada imprevista, la unión de casualidad y accidente con un infinito conocimiento sobre la cultura de la Europa Central de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX. 



Comenzamos en Suecia, a donde Valero ha acudido para escribir sobre el proceso de creación del pintor Jorge Castillo. Pero una gran tormenta les mantiene encerrados en la casa, no se pueden pintar los paisajes nevados y gélidos ansiados. Así que el tiempo pasa con largas partidas de ajedrez escuchando música y hablando de libros. Valero viene de una tradición de ajedrecistas que se remonta a su abuelo y a su padre. De niño formó parte del Club de los Alfiles, llegando a obsesionarse por este juego hasta el punto de que su padre terminó por sacarle para evitar esa monomanía tan propia de los niños que se obcecan por una película, un cuento que repita palabra por palabra cada línea sin que quepa desvío. Una personalidad mono obsesiva que heredan los ajedrecistas, los matemáticos y los poetas según Valero


Y es a través de estas partidas cuando recuerda otras celebradas no muy lejos de donde se encuentran ahora, entre Walter Benjamin y Bertolt Brecht, en la casa de éste en la isla de Fionia. Y cuando el temporal remite, abandonando su misión junto a Castillo, alquila un coche y visita la isla, la casa de Brecht, el entorno en el que convivieron durante unas pocas semanas ambos hombres. 


Benjamin, proveniente de una tradición humanista inmemorial, Brecht ansiando la revolución comunista que trajera un nuevo mundo, no una evolución, una ruptura absoluta con el pasado. Y allí oyen el discurso de Hitler justificando los crímenes de la noche de los cuchillos largos. Y allí también discutieron sobre el manuscrito del ensayo de Benjamin sobre Kafka, ensayo que Brecht no valoraba en demasía por considerar al autor checo como un burgués acomodaticio, una expresión de una sociedad decadente. 


Los árboles es el relato de Kafka favorito de Castillo. Pero Valero prefiere La partida, la expresión de que la meta es salir del lugar. Cómo Valero ha huido de la casa del pintor y como huye de tanto en tanto de su Ibiza, de esa isla que se convierte en presidio puntualmente y de la que trata de evadirse repentinamente con un impulso como el del protagonista del relato de Kafka, y así una mañana se levanta con esa ansia invencible y pocas horas después se encuentra paseando por las calles de Turín, una ciudad que en agosto queda abandonada por sus habitantes, anhelantes de un mar que suavice la dureza de sus inviernos. 


Y es en Turín donde descubre la casa que habitó Nietzsche y donde escribió su último gran texto, Ecce Homo, una gran traca final sobre el advenimiento de un hombre que supera las restricciones del pasado. Nietzsche no pudo anticipar que su obra llegaría a convertirse en el símbolo para muchos que querían un hombre nuevo, pero no en el sentido puro y superior que él había soñado, sino en uno cruel y depravado, inventor de Dachau y Auschwitz.


Y paseando por estas calles también encuentra a una pareja de profesores que se sienta a jugar al ajedrez en las terrazas del centro de Turín y con ellos intima. Ese matrimonio le lleva de excursión a Génova, una ciudad contrapuesta en su ductilidad mediterránea a la más austríaca y cuadriculada Turín, y en ella le muestran un Ecce Homo de Caravaggio, porque creen que el filósofo pudo inspirarse de algún modo en esa obra. 

 


 Pero hay veces en que los viajes son más previsibles, como cuando viaja a la Universidad de Augsburgo para dar una pequeña charla sobre su poesía. La organización le facilita una guía que le acompaña por la ciudad para mostrarle la casa en la que vivió Bretch, otro reencuentro con la historia ya contada. Y durante la charla un asistente le interpela sobre el motivo ppr el que no haya escrito ningún poema sobre el Holocausto. Valero recurre al tópico de Adorno según el cual tras el horrendo crimen ya no podría volver a escribir poesía, pero el inquisidor le espeta que, precisamente tras el Holocausto, cada poeta debería escribir algo sobre aquellos hechos. Algo confuso y violento, nuestro autor se retira. Pero poco después, paseando por las calles de Augsburgo encuentra un pequeño café con un tablero de ajedrez dibujado en su cartel como reclamo y entra con curiosidad. 


Y allí está sentado su discutidor oyente jugando unas partidas con un grupo de amigos. Esta vez se muestra cordial y le invita a unirse a su grupo de amigos. Le cuenta que su afición al ajedrez la heredó de su padre, un médico de las SS que trabajó en la cercana Dachau y que terminó condenado a muerte tras la guerra. Sorprendentemente, a su padre quien le dio las primeras clases de ajedrez fue Brecht…

 


Al día siguiente la guía le lleva al aeropuerto más cercano, el de Múnich. Y mientras espera pacientemente la llamada de su vuelo, recuerda que precisamente en esa ciudad Kafka hizo su única lectura pública en 1917. Y, nuevamente, poseído por el espíritu de La partida, sale corriendo del aeropuerto y toma un taxi para visitar la ciudad bávara. La lectura de Kafka fue un desastre. El título era Fantasía en los trópicos y nada hacía presagiar el horror de lo que el escritor leería. La crónica periodística de la época habla de desmayos y personas perdiendo la compostura, sin duda, todo ello exagerado, sin embargo el impacto no debió ser muy positivo. El público refinado de Múnich no estaba preparado para un horror sádico como el desplegado por Kafka. Y allí, en la sala se encontraba Rilke, que residía en la ciudad a la espera de lograr algún tipo de salvoconducto para poder salir del país. Y, al término del evento, Kafka acudió a una cafetería con su editor y Felice, la misma a la que solía acudir Benjamin con el que, sin embargo, no llegó a coincidir, tan ocupado debía estar buscando el medio de librarse de una llamada al frente. 


Kafka tal vez  pudo visitar las obras que se exhibían en la ciudad, tal vez las del gran pintor Marc, con sus óleos sobre caballos. Un pintor obsesionado por esos animales, libres e indomables, con sus cuadros hermosos. Aunque el autor tenía su vena antisemita, pronto formaría parte de la exposición del 37 con la que el régimen nazi tildó a este pintor y otros tantos como un colectivo degenerado, una burla manejada por Goebbels al servicio de su jefe, un pintor mediocre. Precisamente tres semanas después de la lectura de Kafka, Hitler llegaría a Múnich para recuperarse del frente y Kafka, ya en Praga, escribiría su breve relato sobre Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno.


Pero volvamos a Rilke, el autor de las Elegías de Duino, a través de otro viaje en el que Valero logra una acreditación para asistir como periodista especialista en ajedrez a un campeonato que tiene lugar en Zúrich. En el hotel encuentra de pasada un documental sobre Rilke y el retiro que halló en Berg am Irchel, una ciudad próxima a Zúrich donde se acogió para tratar de concluir sus elegías, un empeño que resultó totalmente fracasado. Agobiado por problemas intestinales, por un amor del que se quería separar, por la incapacidad para alcanzar la inspiración. Cuando, ya en 1921, cree poder llegar a lograrlo, pierde la concentración al instalarse una serrería cerca de su casa acabando la posible escritura de su ciclo elegíaco. A cambio escribe El testamento, un libro sobre la imposibilidad de alcanzar la cumbre artística, cubierto de ambigüedades, retazos, ficción, no exento de ironía y auto parodia. Un libro extraño.


Pero es que la Gran Guerra lo había cambiado todo. Cuando Kafka muere en 1924, Hitler escribe el comienzo del Mein Kampf, Benjamin traduce a Baudelaire y Thomas Mann publica La montaña mágica, en la que un personaje, un doctor tenebroso toma coincidentemente el nombre de Dr. Kafka. También en esa fecha nace el padre de Valero.


Y el libro va así dando saltos, no tanto como un alfil, más bien como un caballo, de ciudad en ciudad, pero con un claro nexo de unión entre las historias que va desgranando. Porque, como en el ajedrez, este libro va empalmando escenas, situaciones que tal vez estén armadas de manera precisa en un primer momento, como la apertura siciliana, o la no tan conocida apertura catalana, cuyo origen relata Valero, pero en el desarrollo el autor abandona los manuales teóricos y la partida se abre por veredas insinuadas unas veces, desarrolladas en otras, dejando un amplio espacio para que el lector pueda soñar las suyas propias.


Pero el libro no es solo un esfuerzo ingenioso por amalgamar historias desconexas o por mostrar el gran conocimiento de su autor, experto por otro lado en Walter Benjamín, sino que resulta totalmente natural y hermoso, lleno de reflexiones sobre el arte y la vida.


Al igual que en la Ciencia, donde cada científico se alza a hombros de gigantes al decir de Newton, en el Arte no hay avance, solo insistencias. Duelo de alfiles pone de manifiesto estas conexiones temporales y geográficas. Un tiempo en el que las turbulencias sociales y políticas se trasladaban a la cultura y la filosofía. Un tiempo en el que se aspiraba a un nuevo modelo, que unos veían a través del nuevo hombre soviético, otros a través de la consagración de un ideal patriótico nacionalista excluyente, otros simplemente como continuación de una tradición finisecular.


Cada uno a su modo trazó referencias para los que vendrían después, pero se dejaron influir recíprocamente, tejieron complicidades y desacuerdos y, al menos, en el mundo del arte, fue una partida que quedó en tablas, como siempre ocurre en esta disciplina.



 




4 de agosto de 2026

El punto ciego (Javier Cercas)

 


¿Qué hace que una novela sea verdaderamente buena? Javier Cercas responde a esta pregunta con una propuesta tan sencilla como reveladora. Las buenas novelas no responden, sino que preguntan. Plantean una cuestión central, un dilema moral, una incertidumbre ontológica, un abismo ético, que permanece sin resolver. La respuesta es la misma pregunta, el viaje por descubrirla y pensarla, la duda final. Ese núcleo oscuro, ese lugar inaccesible al lector, es lo que Cercas llama el punto ciego. Un espacio de sentido que se deja intuir, pero no se revela del todo. Y es ahí donde, paradójicamente, la novela ilumina más.

El punto ciego (Random House) reúne una serie de conferencias que Javier Cercas impartió en la Universidad de Oxford, bajo el auspicio de las prestigiosas Weidenfeld Lectures. El resultado es una meditación lúcida, incisiva y llena de referencias que no solo repasa su propia obra (Soldados de Salamina, Anatomía de un instante), sino que traza una historia de la novela desde El Quijote hasta La ciudad y los perros, pasando por Kafka, Melville, Flaubert, Borges o Foster Wallace.

Para Cercas, la novela nace como un arte menor y bastardo. A diferencia de la épica, la lírica o el drama, la novela se permite la digresión, el mestizaje, la ironía. Es un arte que, desde El Quijote, busca simular la realidad más que explicarla. Pero esa simulación no es una simple imitación, sino un espejo roto: una forma de cuestionar el mundo desde dentro. Las novelas nacen como un trampantojo, un de la realidad, como el manuscrito de Cide Hamete Benengeli que da inicio al Quijote, o, incluso, en un predecesor claro como El Lazarillo de Tormes, que adopta la forma de una carta autobiográfica dirigida a “Vuestra Merced”, es decir, un alegato de justificación. La primera parte del Quijote inaugura ese juego y la segunda parte anticipa ya la forma que tomará la novela posmoderna.

A través de esas novelas los literatos se permiten tomar elementos de la realidad y formular una pregunta, porque esta es la tesis de Cercas: que las mejores novelas se articulan en torno a una pregunta, de índole moral, profunda, eterna. Pero esta tesis tiene un corolario, y es que las más grandes novelas de todas las buenas novelas, las verdaderas obras maestras, son aquellas que tras la lectura no nos han ofrecido una respuesta, tan solo dejan oscilante en el cerebro del lector el vértigo de lo no resuelto o, mejor aún, lo colocan en la tesitura de tener que decidir, trasladando la responsabilidad moral a ese lector que se las creía tan felices al iniciar la lectura.

Por eso es tan importante destacar que hay tantos buenos escritores en tanto haya buenos lectores capaces de seguir ese desafío. Y el reto consiste precisamente en hallar la pregunta, no siempre evidente, en las novelas, ese punto ciego que no todos ven, al igual que todos hemos hecho de niños el experimento de acercar una moneda al ojo hasta que esta desaparece de nuestra vista, descubriendo así el punto ciego. Lo mismo ocurre con estas novelas, que tienen una quiebra, un punto por el que un buen lector puede colarse y abrirse a una nueva dimensión.

Y esas preguntas obligan al lector a determinar si don Quijote es loco o si locos son los demás, siendo él el único cuerdo. O a dilucidar si Moby Dick encarna el Mal o el Bien, si Joseph K. es culpable (aunque no sepamos de qué) o inocente, como creemos todos que lo somos, o si Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, merece el castigo que parece buscar o si sus actos son dignos de elogio. Y son estas novelas, las mejores, las que no nos dan la respuesta, las que nos dejan anhelantes de certezas, al pie de los caballos de nuestra propia decisión o indecisión, las que justifican la grandeza de la Literatura.

Pero la novela del siglo XVII evolucionó hasta convertirse en esos grandes libros que forman la novelística factual del siglo XIX, un tiempo en el que, en gran medida, se narraba una historia con hechos constatables, con pocas preguntas en apariencia, con tal vez un texto fosilizado que pierde parte de la versatilidad de que gozó el género hasta entonces. La novela ganó en estructura, en lenguaje, en psicología, pero perdió algo de su fuerza indómita.



A fines del siglo XIX y, principalmente, a comienzos del XX, la novela moderna y la posmoderna, desde Proust hasta Coetzee, retoman ese impulso originario. Frente a la novela decimonónica, más cerrada en su estructura y resolución, la gran Literatura contemporánea se construye desde la ambigüedad, la autorreflexión y la paradoja.

Borges y sus relatos sobre Examen de la obra de Herbert Quain y Pierre Menard, autor del Quijote son citados en abundancia, pero también la autorreferencia se pasea por estas páginas con la reflexión sobre el juego entre ficción y realidad que Cercas abordó en Anatomía de un instante, la muy particular obra que el escritor dedicó al golpe de estado del 23-F, o en Soldados de Salamina, en la que plantea la duda última de qué puede llevar a un miliciano republicano a perdonar la vida de un enemigo flagrante y cualificado como Mazas, en qué consiste la frontera entre el poder y el perdón, la capacidad de matar y la de salvar, como si nos encarnáramos en la figura de un César imperial en el Coliseo.

Y llega también a Vargas Llosa, de quien asevera que sabe aunar esos impulsos decimonónicos, ese interés por desarrollar una historia completa y autónoma por sí misma con un interés por plantear esas preguntas, como en el caso de su primera obra, La ciudad y los perros, donde el lector habrá de decidir si el Jaguar ha cometido o no el crimen del que se autoinculpa y las razones para tal conducta, sin que el autor nos deje en ningún momento claras las respuestas.

Pero Vargas Llosa también le sirve para hablar sobre el compromiso del autor, esa figura del intelectual comprometido, que esconde su mediocridad literaria tras una barrera de suficiencia moral. Camus representa este tipo de autor, denostado por el joven Cercas, una figura de la que siempre quiso huir. Y, sin embargo, tras su éxito con Soldados de Salamina, se encontró casualmente con Vargas Llosa, a quien no conocía, y este le dijo que lo consideraba un escritor comprometido, ante el horror de Cercas.

Tuvo que pedir explicaciones. Para Vargas Llosa, el único compromiso posible para un escritor es el de describir bien, el de hacer buenas novelas, el tomarse esa actividad tan en serio como el militar que da un golpe de Estado, como el cirujano que abre en canal o el asesino que comete sus crímenes, con total y pleno convencimiento, con una seriedad que nace de la conciencia de su papel, de la influencia que tienen sus obras en otros.

Así Cercas reflexionará sobre esa forma de compromiso que no nace del panfletarismo, y reflexiona sobre su propio caso, como columnista semanal de un diario, hasta reconciliarse con la frase de Camus según la cual el intelectual es quien dice “no” cuando todos dicen “sí”.

El escritor puede y debe equivocarse, tomar partido, participar del debate político, pero siempre desde la lealtad a la literatura. El verdadero compromiso, sugiere, es con la ambigüedad, con la complejidad, con la verdad parcial y contradictoria de la experiencia humana.

El punto ciego concluye con una mirada sobre el canon literario español. ¿Por qué España no desarrolló una tradición novelística relevante a partir del Quijote, siendo en puridad su nación creadora? Cercas sugiere que España no ha asumido del todo el Quijote, precisamente porque no ha abrazado el vértigo de sus ambigüedades. Nuestra tradición, más dogmática, imperial y religiosa, no supo hacer espacio a la modernidad que Cervantes anticipaba. Y asegura que España no entra en la modernidad hasta que no redescubre el Quijote a través de los escritores que cierran el siglo XIX.

La recuperación de las complejidades de la novela, de ese regreso contemporáneo al punto ciego, es también una posibilidad de renacimiento. Una forma de releer nuestra historia literaria desde la duda, la complejidad y la pregunta abierta, porque ya sabemos que la Literatura se lee diferente según vamos añadiendo nuevas capas, y que Moby Dick no se interpreta igual desde que hemos leído a Kafka, porque hay autores que reescriben nuestro pasado literario.

También se muestra esperanzado en cuanto al gusto del lector, que parece estar transitando en los últimos años hacia un gusto que va dejando a un lado las tramas más sencillas y menos comprometidas, por una Literatura que toma elementos de toda nuestra tradición, actualizándola con sus juegos de espejos, el difuminado entre realidad y ficción, la metaliteratura tan en boga hoy en día, y tantos otros aspectos que nos alejan definitivamente de aquella tradición monolítica. Nos despedimos de estas conferencias con esta nota de optimismo vibrante, en la confianza de que si todo buen autor precisa de buenos lectores, todos contribuimos a este hermoso viaje.