18 de octubre de 2026

La peor parte: memorias de amor (Fernando Savater)

 



La muerte no se lleva a nuestros seres queridos del todo; es solo un comienzo, porque la auténtica muerte ocurre cuando ya nadie los recuerda. Los romanos lo sabían bien cuando aplicaban una de las penas más crueles de su Derecho, la damnatio memoriae, la condena a la desaparición de cualquier recuerdo o mención sobre la persona. Lo mismo puede decirse de lo que ocurría en la URSS de Stalin, donde no solo se rehacía la Historia, tal y como gustan de hacer todos los dictadores de cualquier tendencia, sino que se retiraban las imágenes del perseguido de cualquier fotografía, documento o elemento visual, por ridículo que pudiera parecer el recurso.
Por contraste, no hay mayor prueba de amor que hacer todo lo contrario: recordar al ser amado o admirado. También es un modo de mantener viva a la persona, porque en el momento en que nadie rememore sus virtudes, su modo de levantarse, sus dichos o travesuras, sus buenas obras o desvaríos, dejará de existir de manera definitiva. Peor aún, esa vida parecerá haber perdido su sentido, esos actos se evaporarán para siempre. ¿Y para qué se hicieron? Tal vez la respuesta es que actuamos en este teatro de la vida para poder ser recordados por alguien, aunque no nos hayamos ido aún tras el telón.
Pero este acto de amor puede tornarse una condena, porque parece que no recordar lo suficiente equivale a una traición. Olvidar, o lo que comúnmente denominamos superar el duelo, puede considerarse la mayor vileza, algo a evitar por parecer una traición última, una perfidia imperdonable. En ocasiones, puede creerse que quien sobrevive debe penar por ello, anhelar la muerte para unirse con el ya desaparecido, si es que las creencias de ambos así lo estipulan, o para fundirse con el vacío negro si no hay fe en la resurrección.
Es en este devenir, en esta contradicción continua, en la que se mueve Fernando Savater tras la muerte de Sara Torres, Pelo Cohete, como la llamaba cariñosamente, su esposa, fallecida pese a ser más joven que él, precediéndole y alterando el curso ordinario de la vida debido a un cáncer cerebral. Este libro resulta de ambos impulsos: es un texto personal hasta el dolor, casi insoportable en cuanto expone un sufrimiento desnudo y universal, tan próximo al lector que no puede evitar estremecerse ante el esfuerzo titánico que ha debido suponer para Savater escribir estas páginas.
La peor parte: Memorias de amor (Ariel) es el texto publicado por su autor rememorando su vida junto a su mujer, fallecida poco antes. El libro nace del deseo de dejar constancia de lo vivido, bajo esa convicción de que lo no contado se perderá para siempre, causando una auténtica muerte civil. Ese recuerdo es particularmente duro cuando el amor ha sido grande, no necesariamente exento de las dificultades propias de la vida, riñas y roces inevitables cuando las personalidades son fuertes, pero basado en un respeto profundo, una admiración recíproca y un reparto equilibrado de papeles.
Porque Pelo Cohete era el perfecto contrapunto para el teórico Savater: una mujer de especial pragmatismo y fuerte personalidad, no exenta de brusquedad frente a cierto idealismo del filósofo. Savater la describe como una persona de inteligencia singular, no para la erudición o la disertación prolija, sino para abordar las cuestiones con una intuición inmediata y certera. Apasionada por el cine, los muñecos y las reproducciones de héroes del cómic y la literatura, fue la mejor lectora de Savater, hasta el punto de asegurar él que todo cuanto escribía lo hacía únicamente para recibir sus elogios o, en ocasiones, sus reconvenciones.
En este libro, Savater no duda en mostrar su vulnerabilidad. Reconoce que la unión de dos personas genera una energía mayor que la simple suma de sus individualidades, y que la falta de uno destruye gran parte de esa fuerza. El deseo de agradar, de hacer sentir orgullosa a la persona amada, se desvanece con su ausencia, llevándonos inevitablemente a la autohumillación, a la pérdida de la estima y al desaliento más profundo.
Savater sabe que la vida no se recupera tras un trance así, pero también que no se puede renunciar a ella. El cuerpo sigue adelante, aunque la mente haya perdido las ganas de luchar. Ésa es la mayor paradoja de esta situación: desear la muerte, pero entender que hacerlo sería la mayor traición al ser amado. Este libro, por tanto, se convierte en un homenaje a Pelo Cohete, un lacerante y tortuoso recuerdo para que no sea olvidada, el reconocimiento que muchas veces no supimos dar en vida, el intento supremo de reconciliar nuestra conciencia con el abismo de la ausencia.
Savater repasa aquí su vida en relación con Pelo Cohete. Rememora el modo en que le abordó en la cafetería de la Universidad, ella era su alumna, o sus paseos románticos, sin apenas connotaciones sexuales, los viajes por el mundo. Pero no todos son momentos felices, No puede faltar su implicación en la lucha contra ETA, en la que su mujer se mostró como un adalid, precisamente por conocer el mundo euskaldún sin ambajes ni subterfugios, por hablar euskera con fluidez, leer de primera mano sus escritos y enfrentarse a la discriminación larvada frente al diferente, por su amistad con asesinados, perseguidos y exiliados, como lo tuvo que ser ella cuando finalmente hubo de renunciar a dar clases en la Universidad del País Vasco, sin tener la suerte de su marido de poder recalar en Madrid.
También narra la infinidad de anécdotas vividas en sus viajes, como la búsqueda de viviendas de literatos para un libro que preparaban juntos, o su caza y captura de maniquíes, cabezas, maquetas y artefactos relacionados con Frankenstein, Sherlock Holmes, Tintín y otros héroes que ambos admiraban. Lo mismo que su interés por el cine, por todo tipo de películas que veían sin descanso cada noche. También pasan por estas páginas los deseos de no tener hijos, Savater ya tenía uno de su anterior matrimonio, Amador, y la voluntad de Pelo Cohete de abortar, sin que el filósofo se atreviera siquiera a indagar por las razones últimas de esta decisión. Su vida en el apartamento de Mallorca, cuando se les recomendó no residir en verano en el País Vasco debido a su exposición pública y la paz que allí encontraron, con su luminosa terraza.
 
 
Por último, el libro aborda los momentos postreros, los dolorosos tratamientos, las esperanzas en avances científicos, la fortaleza del enfermo frente a la fragilidad del acompañante. Y en este relato desgarrador, Savater nos recuerda que el amor verdadero no acaba con la muerte, sino que persiste, transformándose en memoria y en lucha contra el olvido. Pero qué dura es la vida tras la marcha del ser amado. Aunque los psicólogos hablen de la necesidad de pasar por el periodo de duelo, lo cierto es que el filósofo se pregunta por la duración del mismo, que inevitablemente viene unido a cada persona. Recuerda, no sin saña, los consejos fútiles de quienes han pasado por el mismo trance y hacen una genérica referencia a que el tiempo todo lo cura o, incluso, los más osados, que le guiñan el ojo mientras se congratulan de su recién adquirida condición de soltero.
La actitud que aprende pronto a tomar es la de contestar a todos para que le dejen en paz, decir que mejor, que cada día un poco mejor, y conservar el lamento por dentro, las lágrimas a buen recaudo donde no causen incomodidad a nadie. Y así, este libro también se convierte en una parte terapéutica, un ejercicio de memoria, pero también de sanación.
Su lectura no es fácil, en ocasiones se torna dolorosa y no lo recomendaría para quien acabe de pasar por un trance similar, pero contiene innumerables reflexiones a las que todos, antes o después, habremos de enfrentarnos. Hacerlo con la sabiduría y sinceridad de Savater es un buen ejemplo a seguir.
 

11 de octubre de 2026

Cláuscos sin filtros (Mary Beard)

 


 

Mary Beard se ha jubilado. Esto puede parecer una mala noticia, pero lo cierto es que le va a permitir acrecentar su labor de divulgación pública sobre el mundo antiguo.

Así, no hace mucho lanzó su podcast Instant Classics y, recientemente, publicó el libro Clásicos sin filtros (Editorial Crítica, traducido por Silvia Furió). En este caso, la obra resulta interesante porque, a diferencia de otros títulos previos de la autora, no trata de explicar algún aspecto concreto de la vida de los antiguos, sino que constituye una reflexión desde nuestros días sobre el papel que juegan aún hoy, sin tamices, como indica el título, y desde una posición heterodoxa y bastante crítica.

¿Tiene sentido aún preguntarse por aquellas personas que vivieron hace más de dos mil años, por lo que pensaron y por cómo habitaron, o se trata sin más de una añoranza del pasado que, al igual que los renacentistas vivían con el encanto del redescubrimiento, nosotros mantenemos artificialmente porque creemos que, al dejar de darles un peso relevante en nuestro pensamiento, estaríamos perdiendo algo que nos pertenece, como si fuera una especie de traición a nosotros mismos? Así, este volumen se abre como una puerta para valorar precisamente esas cuestiones tras su experiencia como divulgadora, profesora, conferenciante y otras tantas facetas que a lo largo de su vida ha ejercido.

El libro comienza con una anécdota familiar que define muy bien el punto de contacto que forzó la inclinación de Beard a favor de estos clásicos. Mary, siendo pequeña, con apenas cinco años, visitó con su madre el Museo Británico, ya que estaba muy interesada por las momias, como es natural en la infancia. Pero su progenitora, profesora de la escuela local del pequeño villorrio en el que vivían, en la frontera entre Inglaterra y Gales, la llevó igualmente a la galería en la que se recogían objetos de la vida cotidiana de los antiguos egipcios. Allí se hallaba el resto semifosilizado de un panecillo, probablemente una ofrenda o parte del banquete dejado en la tumba de algún rey para su vida futura. La Mary niña se ponía de puntillas para poder ver el objeto cuando un conservador del museo se acercó, sacó sus llaves y, abriendo la vitrina, puso el panecillo en su mano, a escasos centímetros de sus ojos. Esta conexión desató dos pasiones, una por esa antigüedad, que se mostró como algo tangible y real, como si hubiera dado un salto en el tiempo de más de tres mil años, pero también otra idea crucial en el pensamiento de Beard, esa necesidad de comprender, a través de los objetos cotidianos y menos glamurosos, cómo vivían, qué pensaban y tratar de entender cómo era ser un romano o un griego en aquellos días.

Y quizá ahí esté también una de las grandes paradojas de nuestro conocimiento de la Antigüedad. Hemos recibido como clásicos algunos textos que sobrevivieron casi por azar, gracias al trabajo de generaciones de copistas cuyo criterio y cuyas circunstancias desconocemos, mientras que una parte inmensa de lo que escribieron aquellos hombres se ha perdido para siempre. Sin embargo, entre lo que ha sobrevivido no encontramos únicamente grandes poemas, tratados filosóficos o discursos políticos, sino también una notable cantidad de materiales mucho más prosaicos, desde grafitis hasta facturas, listas, quejas de soldados, libros sobre los sueños o relatos como el Satiricón. Es precisamente en esos restos aparentemente menores donde Beard encuentra una posibilidad de acercarse a una Antigüedad menos solemne y más humana, una Antigüedad hecha también de cotilleos, chistes, preocupaciones domésticas y pequeñas miserias, y quizá por eso mismo mucho más difícil de convertir en esa imagen ordenada y monumental que hemos heredado.

Porque, por mucho que podamos imaginar, por mucho que hablemos de que la poesía o las tragedias clásicas interpelan a seres no muy lejanos a nosotros, con pasiones similares a las nuestras, y que precisamente eso es lo que hace de esas obras clásicos, que sus preguntas sigan en el aire aún hoy en día, lo cierto es que no podemos evitar ser conscientes de que es muy difícil ponernos en la cabeza de aquellas personas, si no imposible.

Desconocemos qué era sentirse borracho en la Antigüedad, cuánto vino era demasiado, si los que visitaban las tabernas eran personas de baja estofa o si se entremezclaban las distintas clases sociales, o qué ocurría cuando irrumpía una mujer, qué temores tenían realmente ante sus dioses, qué creían que estaba bien y qué estaba mal, qué imposiciones tenía el poder frente a nuestras libertades, y de qué libertades internas disfrutaban ellos con las que hoy no podemos apenas siquiera soñar.

Para esto nos ofrece un buen ejemplo. Tomemos un texto clásico en el que un padre escribe a su esposa para decirle que, si el bebé que está por venir es un hijo, lo cuide, pero si es hija, que la arroje al agua. Una brutalidad absoluta, pero que, de alguna manera, nos hace pensar también en cómo nosotros hemos establecido nuestras propias fronteras respecto al comienzo de la vida, puesto que hemos adelantado el momento en el que damos por vivo a un ser humano, protegemos al feto, pero también podemos saber su sexo, si tiene enfermedades congénitas, etc., y también hemos decidido que podemos disponer de su vida en determinados plazos, tal vez en lo que hemos fijado esa frontera entre lo que aún no está sujeto al derecho a la vida y lo que sí. Así que no podemos exigir a un romano que carecía de radiografías y de conocimientos médicos que tomara las mismas decisiones que podemos estar tomando nosotros hoy en día, solo que en fases distintas del embarazo, con base en nuestras capacidades técnicas.

Esta imposibilidad para saber qué pensaban los habitantes del pasado nos ha llevado en muchas ocasiones a rellenar ese inmenso vacío con nuestras propias ideas y prejuicios. Beard hace un repaso a cómo Mussolini moldeó gran parte de la imagen de la Roma que hoy conocemos, dando forma a cómo la interpretamos. Esta Roma constituía la imagen de lo que él veía como un pasado glorioso con el que se quería identificar, pero también había muchos autores de izquierdas que creían, por muy diversas razones, que los clásicos tenían mucho que decir. No solo nos permitían pensar al margen de lo que nos dictan los gobiernos del momento, sino que su estudio nos ayudaba a mejorar nuestra posición social.

Porque durante muchos años el estudio de los clásicos o el dominio del latín y el griego actuaron como barrera de entrada a los estudios superiores, también para las mujeres. Pocos podían dedicar tanto tiempo como era necesario para poder aprender a deleitarse con la lírica de Horacio.



 El estudio del griego fue un requisito imprescindible durante muchos siglos para acceder a la Universidad, y tanto Oxford como Cambridge se especializaron en formar expertos en temas clásicos que luego ocupaban puestos, en muchos casos, en la Administración y en las colonias, como forma de fomentar esa idea de que el Imperio británico era la continuación de aquel otro Imperio romano.

También resulta interesante que Beard obligue a ampliar las fronteras de aquello que entendemos por clásico. Durante mucho tiempo hemos tendido a identificar la Antigüedad clásica con una geografía bastante precisa, pero basta mirar con algo más de atención para descubrir un mundo mucho más mezclado, en el que Siria, Judea y otros territorios forman parte también de esa historia que hemos decidido llamar clásica. Las propias fronteras entre lo griego, lo romano y aquello que queda fuera de ambos conceptos son mucho menos claras de lo que acostumbramos a pensar, como tampoco lo fueron las fronteras entre la Antigüedad y las tradiciones religiosas que vinieron después. Lo clásico, así entendido, deja de ser un territorio perfectamente delimitado para convertirse en una construcción que hemos ido haciendo nosotros mismos a lo largo del tiempo.

El modo en que hemos visto a los clásicos nos habla de cómo sentimos el poder, por ejemplo, en las estatuas de Augusto o en las columnas, símbolos que hoy seguimos respetando como muestra de autoridad, de estabilidad y del Estado. Y, sin embargo, no somos del todo conscientes de que estas figuras tan aceptadas hoy fueron realmente disonantes en su día. La estatua de Augusto suponía una ruptura con el pasado, con la figura del anciano togado como elemento de tradición y respeto. Las columnas también suponían una fuerte ruptura en el tipo de arquitectura de la época. La Venus de Milo tampoco fue recibida simplemente como el canon de belleza que hoy aceptamos, sino que su representación provocó controversia y pudo resultar transgresora en su época, y lo mismo ocurrió cuando Fidias se retrató en el escudo que portaba la estatua de Atenea en el Partenón, causando acusaciones graves contra el escultor. Lo que hoy veneramos como casto y puro blanco marmóreo, en otro tiempo no fue otra cosa que un recubrimiento de pinturas brillantes, escandalosas y probablemente horribles a nuestros ojos actuales.

Pero, para ir concluyendo, Beard sostiene que los clásicos siguen siendo relevantes. Aunque hoy el porcentaje de estudiantes que accede a su conocimiento es mucho menor que hace décadas, lo cierto es que probablemente en cifras absolutas sea un colectivo mayor. Y, en todo caso, lo que estudiamos es muchas veces una creación más reciente de lo que creemos, como los acentos que hoy ponemos sobre las palabras griegas pero que Sófocles nunca empleó. Y si seguimos pensando en los clásicos es porque, aunque quizá su mundo no sea muy parecido al nuestro, sus problemas y sus preguntas sí pueden serlo. Quizá sus textos políticos no nos hablen sobre cómo solucionar nuestros problemas de representación, corrupción o totalitarismo, pero sí nos permiten discutir sobre ello. Es más, nos permiten debatir en un terreno neutral por el tiempo transcurrido, en el que podemos dialogar sin necesidad de ocultar nuestros pensamientos reales por miedo a la corrección política. Como le explicó una profesora de clásicas sudafricana, la enseñanza de los clásicos le permitió discutir con sus alumnos sobre el apartheid y la opresión racial de una manera que habría sido imposible si hubieran utilizado ejemplos contemporáneos. Ese espacio de libertad y ese desafío al pensamiento son una de las mayores joyas que aún nos ofrecen aquellos hombres.

Otra virtud que Mary Beard encuentra en ellos es precisamente que, por lo general, no constituyen un estudio fácil. No tenemos las fuentes completas, no somos capaces de interpretar todo lo que nos cuentan, pero precisamente que sea difícil nos permite esforzarnos más, no sacar conclusiones apresuradas y nos coloca en la posición de entender que tratar de comprender cómo vivían y pensaban implica hacerlo aun sabiendo que en ello proyectamos nuestras propias ideas. Y, por tanto, al tiempo que nos alejamos de nuestros días para entenderlos, volvemos a nuestros días con mejores ideas y más capacidad de entendernos y aceptarnos.

El libro continúa con infinidad de reflexiones, todas ellas del mismo estilo y en las que se mantiene el sentido del humor, el no tomarse en exceso en serio, ni a ella misma ni a su disciplina. Con infinidad de ejemplos, no solo de la época que domina, sino más recientes, sobre cómo se han ido interpretando y el papel que a lo largo de los siglos ha tenido el pensamiento sobre los clásicos. Incluso cómo ha ido evolucionando la propia autora al interpretar o reinterpretar obras como Antígona o al reflexionar sobre el papel de las traducciones.

Tal vez esta sea, al final, la mayor razón para seguir leyendo a los clásicos. No porque fueran mejores que nosotros, ni porque sus obras escondan respuestas que podamos trasladar sin más a nuestro tiempo, sino precisamente porque nos obligan a enfrentarnos a preguntas para las que tampoco nosotros tenemos respuestas sencillas. Acercarnos a ellos supone aceptar que nunca podremos comprender del todo cómo pensaban aquellos hombres y mujeres, pero también descubrir que esa distancia, lejos de alejarnos, puede ayudarnos a mirar de otro modo aquello que creemos conocer demasiado bien. Los clásicos no son, por tanto, un refugio del pasado, sino una forma de regresar al presente con más preguntas, con menos certezas y quizá con una mayor capacidad para entender que también nuestro mundo, como el suyo, acabará siendo algún día materia de interpretación.

 

6 de octubre de 2026

 


Gracias a Pan de ángeles conocí la obra de Patti Smith, un cuadro autobiográfico que me abrió no solo a su vida, intensa y rica en creatividad, sino a su modo de narrar, mezcla de honestidad implacable y de reflexiones sobre los convulsos años que le tocó vivir, en especial el periodo de su primera carrera musical.
En este caso, remonto las aguas para leer el primer libro de memorias propiamente dicho escrito por Patti Smith, Éramos unos niños, publicado originalmente en 2010 con edición en España a cargo de Lumen, aunque la edición que he leído es la de Debolsillo, con traducción de Rosa Pérez Pérez, en el que narra un aspecto concreto de su vida, en concreto su relación con Robert Mapplethorpe, el reconocido artista que no solo fue el fotógrafo de algunas de sus más icónicas portadas, sino que le influyó de manera constante a lo largo de toda su vida, una influencia que puede decirse recíproca.
De este modo, y pese a que cronológicamente mi orden de lectura no haya sido el correcto, lo cierto es que lo veo como una importante ventaja. De la visión general y panorámica de Pan de ángeles es como si pasara a hacer un zoom y ampliación de un aspecto concreto de la vida de Patti Smith que, de otro modo, no me habría resultado comprensible totalmente.
Robert y Patti se conocieron en 1967 y su relación comenzó de manera extraña. Ella era dependienta en una tienda y el muchacho acudió a comprar un objeto que era el preferido de la vendedora. Por un lado, a ella le dolió alejarse de aquella pieza hermosa, pero de otro le consoló que fuera a manos de aquel joven. Días después, cuando creía estar a punto de ser seducida por parte de un escritor menor en un parque de Nueva York, vio acercarse al muchacho y se lanzó a sus brazos simulando que eran novios. Así, de este modo tan literario y original, comenzó una relación que pronto pasó a ser un idilio amoroso que duró un tiempo, si bien no necesariamente como pareja, ya que, con los años, trascendió a un amor más bien del tipo universal, en especial cuando Robert fue decantándose por su lado homosexual.
El libro va narrando el modo de vida caótico de la pareja, en apartamentos prestados, lofts semiabandonados o el famoso hotel Chelsea, que permitió a ambos comenzar a codearse con personajes tan singulares como Jim Morrison, Janis Joplin, miembros del entorno de la Factory de Andy Warhol, Sam Shepard, que tendría un importante futuro papel en la carrera de Smith, o Jimi Hendrix y Johnny Winter, entre otros muchísimos.
Así, al menos desde mi punto de vista, lo más relevante del libro no es tanto el devenir de los encuentros y desencuentros amorosos o artísticos entre la pareja, pese a su inquebrantable amor y respeto, sino el modo en que se construía el movimiento cultural de los setenta en un entorno depauperado como era el Nueva York de la época y en el que, según se avanzaba en la década, se iban creando las condiciones y el caldo de cultivo para el consumo desmesurado de drogas, mientras la epidemia de sida tendría después consecuencias terribles para toda una generación y, especialmente, para el entorno artístico en el que se movían Patti y Robert. De hecho, este falleció como consecuencia de complicaciones derivadas de la enfermedad.
La música no ocupa un importante papel en la obra, apenas hay referencias al notable éxito que tuvo Patti Smith en este campo, casi como quien llega por casualidades de la vida a ese mundo, sin proponérselo realmente. Antes bien, la artista sí se presenta en todo momento como poeta, alimentada por su pasión por la bohemia, por Whitman y, fundamentalmente, por los poetas franceses como Verlaine, Baudelaire y, por encima de todos, Rimbaud.
Este libro ha recibido numerosos elogios críticos, si bien me parece inferior en este sentido a Pan de ángeles. Sin duda, el tiempo transcurrido desde uno y otro libro ha permitido desarrollar más y mejor las habilidades literarias de Smith y, también seguramente, decantar más y mejor lo vivido.
Hay además un elemento que convierte el libro en algo más que una simple memoria de aquellos años. Antes de morir, Robert y Patti hicieron una promesa, que algún día ella escribiría su historia. Éramos unos niños es, por tanto, también la forma en que Patti Smith cumple aquella promesa, rindiendo homenaje a su amigo y a la relación que mantuvieron durante toda su vida. No es solo el relato de unos años compartidos, sino la respuesta a un compromiso adquirido con Robert cuando todavía estaba vivo.

 

Sea como fuere, por la fuerza de las historias aquí contadas, por conocer el ambiente artístico neoyorquino o por entender cómo funcionan mentes creativas tan relevantes como las de estos dos jóvenes, Éramos unos niños se convierte en una buena lectura, elegante, plagada de amor y lirismo, sin esconder los aspectos más sórdidos pero haciéndolos encajar con plena naturalidad en el curso de la narración.
Quizá por eso Éramos unos niños termine siendo mucho más que el relato de una amistad excepcional. Patti Smith no solo reconstruye aquí los años compartidos con Robert Mapplethorpe, sino que intenta devolver a aquel muchacho y a aquella muchacha que fueron el lugar desde el que ambos comenzaron a construir sus respectivas obras, en un Nueva York en el que la precariedad, la bohemia, la amistad y la creación parecían formar parte de una misma experiencia. El resultado es un libro hermoso y sincero, quizá menos complejo literariamente que Pan de ángeles, pero dotado de una fuerza emocional que procede precisamente de esa voluntad de preservar la memoria de una persona y de un tiempo que, de otro modo, habrían quedado reducidos a sus obras.

 

 

27 de septiembre de 2026

Pan de ángeles / Tejiendo sueños (Patti Smith)


Con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias de las Artes a Patti Smith casi vengo a descubrir que, además de grabar discos y recoger premios Nobel de Literatura en nombre de terceros, la ya anciana artista tiene una muy extensa obra literaria.

Y tal vez acicateado por mi repentinamente descubierta ignorancia, me lanzo a leer Pan de ángeles, publicado en España por Lumen, su último libro y que viene a ser una estupenda puerta de entrada a su obra, ya que estamos ante un libro de memorias que recorre su vida haciendo especial hincapié en sus aspectos creativos y en la importancia de la imaginación como asidero para los golpes de la vida, como forma de esperanza, de creación y de crecimiento. El título remite al antiguo motivo cristiano del pan de los ángeles, el alimento celestial del que habla el salmo 78 y que la tradición identificó con el maná y, posteriormente, con la Eucaristía. La pintura religiosa representó con frecuencia esa idea mediante ángeles que alimentan milagrosamente a santos o eremitas.

Este recorrido biográfico, que casi suena a despedida, ya que Patti Smith tiene 79 años, recorre los primeros años de la niña Patti, su vida nómada, con una precariedad que llevaba a su familia de una casa a otra, casi con un niño más en cada mudanza, con un padre que regresó de la guerra del Pacífico con secuelas por la malaria y una tendencia melancólica, y una madre que había sido camarera y cantante de night club y que debía trabajar para poder afrontar las deudas que les acosaban mientras la familia, como los problemas, crecía.

Sin embargo, como suele ocurrir, las dificultades vitales tan solo se aprecian de manera retrospectiva, puesto que la Patti niña vivía feliz sin sentir gran parte de las carencias, y aún añora el sofá verde desvencijado o los juguetes que ella misma construía, pero, por encima de todo, el libro que su madre le regaló, un ejemplar de Pennies from Fairyland, una colección de cuentos de hadas, cada uno un penique de sabiduría, que antes había pertenecido a su madre y que la introdujo en un mundo de sueños y fantasía del que no quiso volver a salir en toda su vida.

Porque la lectura se convirtió pronto en un anclaje al que poder volver a refugiarse cada vez que la vida golpeaba fuerte, y lo haría a menudo, una forma de poder conocerse mejor a sí misma y a cuantos la rodeaban, porque ese es el don de la lectura, que nos acerca más a cómo son y sienten los demás al tiempo que marca una distancia, levanta un muro que nos distingue y separa inevitablemente. Y así fue creciendo la joven Patti, avanzando en el colegio, escribiendo sus pequeñas historias, queriendo parecerse a Wendy o a Peter Pan, pero cayendo finalmente en las venenosas palabras de Rimbaud y del resto de poetas que marcarían su futuro literario.

La joven va creciendo y la poesía no la alejaba de los círculos rockeros en los que poco a poco se fue desenvolviendo, una combinación que muy pocos lograron sostener. Ejemplos como los de Dylan o Cohen, en menor medida, le dieron fuerza para poder subirse a un escenario y hacer sus jams de poesía, principalmente improvisadas, que terminarían por germinar en sus trabajos musicales, partiendo por el deslumbrante Horses de 1975, pero que, según voy avanzando en su discografía en paralelo a la lectura de este libro, dan sentido a una obra artística en la que música y poesía se combinan.

Pero la fama tiene un peso que a veces nos rompe y así Smith, a finales de los setenta, decidió tomarse un respiro y casarse con Fred Sonic Smith, uno de los miembros fundadores del grupo MC5, otro gran revolucionario que decidió bajarse del tiovivo y formar una familia en una pequeña casita junto a un canal en el que plantaron un barco en el jardín, en cuya pequeña cabina se refugiaban para escribir o escuchar música. Y los hijos llegaron, absorbiendo parte de la vida del matrimonio, tal vez alejándolos temporalmente de esa creatividad que, no obstante, afloraba de vez en cuando en algún que otro disco o en pequeños textos.

Pero la vida devuelve los golpes y tres muertes sacuden a Patti durante los años ochenta. Las tres tal vez igual de duras. Su hermano Todd Smith, por un ictus tras una dura existencia en la que tuvo que luchar y lidiar con sus problemas de identidad de género, pero que siempre acompañó y apoyó a Patti en su carrera. La de Robert Mapplethorpe, protagonista de lo que se considera la obra maestra de Patti Smith, Éramos unos niños, el fotógrafo responsable no solo de gran parte de las portadas de los discos de Smith, sino también de muchas de las inspiraciones artísticas de su vida. Pero, sin duda, la más grave de todas, la de su marido, por una enfermedad repentina.

Tres personas que desaparecen de su vida durante su cuarentena, en momentos que se suponen de plenitud, pero que la dejan varada en la orilla, forzándola de alguna forma a tener que volver a hacerse a la mar, a recuperar contactos y que finalmente la devuelven a la escritura como forma de sanación, de refugio y de amparo en un mundo paralelo que le da fuerzas y le sirve para su reconstrucción.

El libro es un canto a la poesía, a la creación como mecanismo de liberación y de unión entre las personas, y es una bellísima forma de recuerdo. No deja de sorprender cómo la voz de Patti Smith, lejos de resultar airada, de denunciar nuestro mundo actual, tal vez tan alejado de las premisas que pudieron mover a la generación contracultural de finales de los años sesenta o setenta, se muestra enormemente optimista, comprensiva con un mundo que sigue viviendo preso de injusticias terribles, que la autora no niega, pero en las que tampoco se recrea. Lejos de un cierto ansia de revancha que suele verse en personas ya mayores, lo que aquí predomina es esa capacidad de asombro de la que la autora hace gala, ese sorprenderse aún por cuanto hay en el mundo. A ello contribuye la excelente traducción de Ana Mata Buil, así como la cuidada edición de este libro.




En Tejiendo sueños nos encontramos a una Patti Smith más lírica que la de Pan de ángeles, en un libro publicado también por Lumen, con traducción de Aurora Echevarría Pérez, y que debe mucho al formato para el que fue concebido inicialmente. La editorial encargada del libro publicaba volúmenes de pequeño tamaño, como los libros de rezo hindúes, según señala la autora en la introducción. Y a ese formato mínimo responde este volumen de apenas poco más de cien páginas en el que volvemos a encontrarnos algunos recuerdos de infancia, como el de la muerte de Bambi, el perro de la familia, el nacimiento de su hermana Linda o el incendio del granero negro que se alzaba solitario en las tierras traseras de su primera vivienda estable, junto a un cementerio cuáquero.

Este libro combina algunos de esos recuerdos junto a breves ensoñaciones casi oníricas en las que Patti Smith da rienda suelta a su vena más surrealista y poética, en la que las palabras sobre una hoja se convierten en postes, las figuras que mueven la hierba sacudida por el viento son recolectores de lana, entre otras muchas imágenes.

En esta breve obra vemos otra faceta diferente de Patti Smith, quizá una que tiene más que ver con sus canciones en el sentido de un esfuerzo más centrado en la emoción que en la narración estructurada, en la que apenas unas ideas van tejiendo esos sueños o, reformulando el título de otro modo, en el que los sueños se van entrelazando para ofrecer una visión de conjunto de ese mundo creativo y lírico de la autora.

Con ambos libros podemos hacernos una idea de los méritos literarios de Patti Smith, que invitan a leer otras obras de su extenso catálogo, confiando en que conservarán la capacidad de seguir sorprendiéndonos con ese tono optimista y hermoso que derrocha por todas sus páginas.


 

Vidas Escritas (Javier Marías)


Todo buen lector y todo escritor (malo o bueno) suele mostrar predilección por las vidas y anécdotas de autores famosos. En el caso de los lectores el interés se debe a la necesidad de comunión con el genio que alienta su imaginación a través de sus obras. En el de los escritores, es más probable que exista una cierta mezcla de interés sincero, una rendida admiración, con una dosis de envidia o de un intento de hallar paralelismos o disparidades. No en vano, las trifulcas y disputas entre escritores a cuenta de sus rencillas son legendarias. 


Pero el interés de Javier Marías es más bien el de un sincero admirador. A lo largo de veinte números de la revista Claves de la Razón Práctica había ido publicando estos textos aquí compilados. Se acompaña un último capítulo con reflexiones al hilo de imágenes y retratos de artistas que también había visto la luz en otra revista, El paseante. Y en la edición actual y definitiva de Vidas escritas (Alfaguara) se añaden siete semblanzas bajo la rúbrica, Mujeres fugitivas, que siguen el mismo patrón estético y que vieron la luz en la revista Woman. 


Estamos, por tanto, ante una recopilación de semblanzas de autores seleccionados por Marías conforme un criterio totalmente subjetivo en el que la preferencia personal juega un importante papel pero que se atiene a unas pautas estrictas por las que excluyó a autores vivos y a cualquier conciudadano suyo, toda vez que reconoce cierta inhibición ante los mismos dado que tantas veces la crítica ha cuestionado su vinculación con nuestras letras viéndole como un extranjerizante injertado a la fuerza en nuestra tradición. 


A la hora de hablarnos de estas vidas, Marías opta por una mezcla de afecto y sorna como él mismo indica en el prólogo, puesto que no de otro modo se puede abordar la vida de estos próceres de las letras, tan notables en sus obras como ridículos resultan la mayor parte de las veces en sus pequeñas miserias cotidianas, sus fobias, sus erráticas conductas. 


Esta mezcla de ironía y cierto distanciamiento no carente de cariño en casi todos los casos, hace que estas vidas se lean casi como obras de ficción, otro efecto buscado intencionadamente por Marías quien cree que no de otro modo habrían querido ser recordados estos escritores que dedicaron a la ficción toda su vida. 


Este efecto semificcionado que aleja estas viñetas de la mera labor de un biógrafo al uso se ve acentuado por la técnica empleada por Javier Marías. No se trata de ofrecer un fiel relato cronológico, todo lo contrario. El autor selecciona determinados aspectos concretos de la biografía o del carácter del escritor en cuestión y, sobre esos leves elementos, narra anécdotas, insinúa relaciones con otros escritores, sugiere rasgos de personalidad, en suma, construye una biografía coherente pero no enciclopédica, desnuda de fechas y hechos con la única excepción del fallecimiento, elemento capital que se data y describe en todas y cada una de las vidas aquí escritas. 


Marías trata por tanto a estos famosos escritores como lo haría con los personajes de una novela, y como a estos, no los describe sino con los rasgos imprescindibles para que la acción pueda resultar comprensible. Así, actúa con un minimalismo que no desmerece del conjunto que ofrece y muestra su talento a la hora de construir personajes sobre unos pocos rasgos. 


En cuanto al estilo del autor, éste no se muestra tan alambicado como es habitual en su obra de ficción. Predomina la frase breve, la claridad, sin que ello excluya la precisión y las paradojas, las construcciones gramaticales ingeniosas y certeras. En suma, un Marías algo distinto al conocido, pero igual de magistral. 

Y así, por aquí desfilan un avaro Faulkner y un antipático Henry James, dispuesto a la bronca por nimiedades. Un Joyce pagado de sí mismo y ya confiando en el mérito de su propia obra aún antes de escribirla. Vemos a Lampedusa hablando a cada uno de sus perros en una lengua distinta y dictando sus clases a Orlando, casi apenas la única de sus relaciones estables. 


Nos habla también del rigorismo de Conan Doyle que llegó a presentar y tratar como esposa (salvo en la cama) a su amante mientras su esposa agonizaba de una larga enfermedad terminal. Pero rigorista, al fin y al cabo, aceptó resucitar a su Holmes solo para volver a matarlo de manera definitiva, desdichado por el escaso eco del resto de su obra. Claro es que dilapidó todo su prestigio echándose en brazos del espiritismo. Pero si de espíritus hablamos, nadie mejor que Rimbaud, entregado a una orgía creativa que se consumió en un breve periodo para pasar el resto de la vida como si no hubiera escrito jamás un verso. Por el contrario, Lowry prefería el alcohol a cualquier otra cosa, incluso el sexo, y Mishima revoloteaba sin saber en qué pensaba cuando decidió aplicarse el bushido.


Y así, nos reímos y nos burlamos de estos histriónicos personajes capaces de causar admiración pero que en sus miserias se nos tornan casi amigables, como el vecino del quinto, al que poder criticar aunque le vaya mejor que a nosotros. 


R. L. Stevenson, Karen Blixen, Nabokov, Madame du Desfan, la corresponsal de Voltarire y Walpole, Thomas Mann, Rilke o Wilde desfilan con sus pesadumbres y sus manías, también con las señas de su genialidad. 


Y tras las veintisiete viñetas, llegamos al último capítulo, la reflexión del autor sobre las imágenes que atesora en su colección personal de todos estos escritores famosos. Aquí nos cuenta qué puede discernir en ellos, de sus miradas o su modo de sentarse, de sus ropas o del ceño que muestran, otro ejercicio de vivaz ingenio con el que despedirse del volumen. 


Tras el fallecimiento del autor, no sería descabellado desear que en futuras ediciones de estas vidas apareciese como colofón una semblanza del propio Marías, hecha al estilo de las restantes. Al fin, no se incumpliría su deseo de limitarse a autores muertos o españoles puesto que, ya está dicho, nunca ha sido considerado como representación de nuestras letras, vaya usted a saber si pocos hay que le superen.