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4 de agosto de 2026

El punto ciego (Javier Cercas)

 


¿Qué hace que una novela sea verdaderamente buena? Javier Cercas responde a esta pregunta con una propuesta tan sencilla como reveladora. Las buenas novelas no responden, sino que preguntan. Plantean una cuestión central, un dilema moral, una incertidumbre ontológica, un abismo ético, que permanece sin resolver. La respuesta es la misma pregunta, el viaje por descubrirla y pensarla, la duda final. Ese núcleo oscuro, ese lugar inaccesible al lector, es lo que Cercas llama el punto ciego. Un espacio de sentido que se deja intuir, pero no se revela del todo. Y es ahí donde, paradójicamente, la novela ilumina más.

El punto ciego (Random House) reúne una serie de conferencias que Javier Cercas impartió en la Universidad de Oxford, bajo el auspicio de las prestigiosas Weidenfeld Lectures. El resultado es una meditación lúcida, incisiva y llena de referencias que no solo repasa su propia obra (Soldados de Salamina, Anatomía de un instante), sino que traza una historia de la novela desde El Quijote hasta La ciudad y los perros, pasando por Kafka, Melville, Flaubert, Borges o Foster Wallace.

Para Cercas, la novela nace como un arte menor y bastardo. A diferencia de la épica, la lírica o el drama, la novela se permite la digresión, el mestizaje, la ironía. Es un arte que, desde El Quijote, busca simular la realidad más que explicarla. Pero esa simulación no es una simple imitación, sino un espejo roto: una forma de cuestionar el mundo desde dentro. Las novelas nacen como un trampantojo, un de la realidad, como el manuscrito de Cide Hamete Benengeli que da inicio al Quijote, o, incluso, en un predecesor claro como El Lazarillo de Tormes, que adopta la forma de una carta autobiográfica dirigida a “Vuestra Merced”, es decir, un alegato de justificación. La primera parte del Quijote inaugura ese juego y la segunda parte anticipa ya la forma que tomará la novela posmoderna.

A través de esas novelas los literatos se permiten tomar elementos de la realidad y formular una pregunta, porque esta es la tesis de Cercas: que las mejores novelas se articulan en torno a una pregunta, de índole moral, profunda, eterna. Pero esta tesis tiene un corolario, y es que las más grandes novelas de todas las buenas novelas, las verdaderas obras maestras, son aquellas que tras la lectura no nos han ofrecido una respuesta, tan solo dejan oscilante en el cerebro del lector el vértigo de lo no resuelto o, mejor aún, lo colocan en la tesitura de tener que decidir, trasladando la responsabilidad moral a ese lector que se las creía tan felices al iniciar la lectura.

Por eso es tan importante destacar que hay tantos buenos escritores en tanto haya buenos lectores capaces de seguir ese desafío. Y el reto consiste precisamente en hallar la pregunta, no siempre evidente, en las novelas, ese punto ciego que no todos ven, al igual que todos hemos hecho de niños el experimento de acercar una moneda al ojo hasta que esta desaparece de nuestra vista, descubriendo así el punto ciego. Lo mismo ocurre con estas novelas, que tienen una quiebra, un punto por el que un buen lector puede colarse y abrirse a una nueva dimensión.

Y esas preguntas obligan al lector a determinar si don Quijote es loco o si locos son los demás, siendo él el único cuerdo. O a dilucidar si Moby Dick encarna el Mal o el Bien, si Joseph K. es culpable (aunque no sepamos de qué) o inocente, como creemos todos que lo somos, o si Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, merece el castigo que parece buscar o si sus actos son dignos de elogio. Y son estas novelas, las mejores, las que no nos dan la respuesta, las que nos dejan anhelantes de certezas, al pie de los caballos de nuestra propia decisión o indecisión, las que justifican la grandeza de la Literatura.

Pero la novela del siglo XVII evolucionó hasta convertirse en esos grandes libros que forman la novelística factual del siglo XIX, un tiempo en el que, en gran medida, se narraba una historia con hechos constatables, con pocas preguntas en apariencia, con tal vez un texto fosilizado que pierde parte de la versatilidad de que gozó el género hasta entonces. La novela ganó en estructura, en lenguaje, en psicología, pero perdió algo de su fuerza indómita.



A fines del siglo XIX y, principalmente, a comienzos del XX, la novela moderna y la posmoderna, desde Proust hasta Coetzee, retoman ese impulso originario. Frente a la novela decimonónica, más cerrada en su estructura y resolución, la gran Literatura contemporánea se construye desde la ambigüedad, la autorreflexión y la paradoja.

Borges y sus relatos sobre Examen de la obra de Herbert Quain y Pierre Menard, autor del Quijote son citados en abundancia, pero también la autorreferencia se pasea por estas páginas con la reflexión sobre el juego entre ficción y realidad que Cercas abordó en Anatomía de un instante, la muy particular obra que el escritor dedicó al golpe de estado del 23-F, o en Soldados de Salamina, en la que plantea la duda última de qué puede llevar a un miliciano republicano a perdonar la vida de un enemigo flagrante y cualificado como Mazas, en qué consiste la frontera entre el poder y el perdón, la capacidad de matar y la de salvar, como si nos encarnáramos en la figura de un César imperial en el Coliseo.

Y llega también a Vargas Llosa, de quien asevera que sabe aunar esos impulsos decimonónicos, ese interés por desarrollar una historia completa y autónoma por sí misma con un interés por plantear esas preguntas, como en el caso de su primera obra, La ciudad y los perros, donde el lector habrá de decidir si el Jaguar ha cometido o no el crimen del que se autoinculpa y las razones para tal conducta, sin que el autor nos deje en ningún momento claras las respuestas.

Pero Vargas Llosa también le sirve para hablar sobre el compromiso del autor, esa figura del intelectual comprometido, que esconde su mediocridad literaria tras una barrera de suficiencia moral. Camus representa este tipo de autor, denostado por el joven Cercas, una figura de la que siempre quiso huir. Y, sin embargo, tras su éxito con Soldados de Salamina, se encontró casualmente con Vargas Llosa, a quien no conocía, y este le dijo que lo consideraba un escritor comprometido, ante el horror de Cercas.

Tuvo que pedir explicaciones. Para Vargas Llosa, el único compromiso posible para un escritor es el de describir bien, el de hacer buenas novelas, el tomarse esa actividad tan en serio como el militar que da un golpe de Estado, como el cirujano que abre en canal o el asesino que comete sus crímenes, con total y pleno convencimiento, con una seriedad que nace de la conciencia de su papel, de la influencia que tienen sus obras en otros.

Así Cercas reflexionará sobre esa forma de compromiso que no nace del panfletarismo, y reflexiona sobre su propio caso, como columnista semanal de un diario, hasta reconciliarse con la frase de Camus según la cual el intelectual es quien dice “no” cuando todos dicen “sí”.

El escritor puede y debe equivocarse, tomar partido, participar del debate político, pero siempre desde la lealtad a la literatura. El verdadero compromiso, sugiere, es con la ambigüedad, con la complejidad, con la verdad parcial y contradictoria de la experiencia humana.

El punto ciego concluye con una mirada sobre el canon literario español. ¿Por qué España no desarrolló una tradición novelística relevante a partir del Quijote, siendo en puridad su nación creadora? Cercas sugiere que España no ha asumido del todo el Quijote, precisamente porque no ha abrazado el vértigo de sus ambigüedades. Nuestra tradición, más dogmática, imperial y religiosa, no supo hacer espacio a la modernidad que Cervantes anticipaba. Y asegura que España no entra en la modernidad hasta que no redescubre el Quijote a través de los escritores que cierran el siglo XIX.

La recuperación de las complejidades de la novela, de ese regreso contemporáneo al punto ciego, es también una posibilidad de renacimiento. Una forma de releer nuestra historia literaria desde la duda, la complejidad y la pregunta abierta, porque ya sabemos que la Literatura se lee diferente según vamos añadiendo nuevas capas, y que Moby Dick no se interpreta igual desde que hemos leído a Kafka, porque hay autores que reescriben nuestro pasado literario.

También se muestra esperanzado en cuanto al gusto del lector, que parece estar transitando en los últimos años hacia un gusto que va dejando a un lado las tramas más sencillas y menos comprometidas, por una Literatura que toma elementos de toda nuestra tradición, actualizándola con sus juegos de espejos, el difuminado entre realidad y ficción, la metaliteratura tan en boga hoy en día, y tantos otros aspectos que nos alejan definitivamente de aquella tradición monolítica. Nos despedimos de estas conferencias con esta nota de optimismo vibrante, en la confianza de que si todo buen autor precisa de buenos lectores, todos contribuimos a este hermoso viaje.

 

 

10 de mayo de 2026

Blanco (Han Kang)

 


Antes de que la crítica internacional descubriera su escritura tras la publicación de La vegetariana, Han Kang ya había consolidado una trayectoria literaria relevante en su país natal, Corea del Sur. Desde su debut en 1994 con el relato El fruto de mi mujer, su obra ha explorado con persistencia las fronteras entre el cuerpo y la violencia, la identidad y el silencio, el perdón y el olvido. Con títulos como Tu frío y mi frío o Breve historia del amor, la autora mostró ya una sensibilidad aguda para narrar lo íntimo y personal desde una estética muy particular en la que lo carnal y sensitivo conforman una seña de identidad que se desarrollará en el resto de su obra.

En Actos humanos, quizá su obra más brutal hasta ese momento, Han Kang abordaba la masacre de Gwangju desde una perspectiva coral y fragmentaria que la alejaba de lo histórico para adentrarse en lo emocional. Era un libro de duelo colectivo, donde el dolor se dispersaba por distintos cuerpos y voces. Frente a ese lamento plural, esta obra que aquí reseñamos representa un giro hacia lo íntimo, hacia una pérdida más pequeña, pero no por ello menos abismal: la muerte de una hermana que no llegó a vivir, y cuya ausencia ha acompañado a la autora como una presencia silenciosa desde la infancia.

Blanco fue publicado por la Premio Nobel originalmente en su país en 2016 y en España en 2018. Lo he leído en la edición de Literatura Random House, con traducción de Sunme Yoon. La autora coreana vuelve a deslumbrar con un texto breve pero hipnótico, un desafío para la sensibilidad del lector y la propia autenticidad de la autora.

En efecto, con Blanco, Han Kang trata de revisitar la herida dejada por la muerte de su hermana en un parto prematuro, una muerte que, junto con la posterior de su hermano, la convirtió en la primogénita. Sin esas muertes, ella no habría nacido. La muerte de otros trajo su vida, y ese peso y sentimiento contradictorio es con el que trata de lidiar en estas páginas.

Como es sabido, el blanco simboliza en muchas civilizaciones orientales el luto y la muerte, y por ello el libro comienza con una lista de palabras que evocan esa blancura: desde el azúcar y la sal, el arroz, la mortaja de un niño, una garza blanca, un perro blanco, una ola, una cortina de raso blanca o la nieve, otra presencia lacerante en la obra de Han Kang.

A través de breves capítulos, cada uno dedicado a una de estas palabras, la escritora despliega una colección de pequeñas historias, de recuerdos de su niñez o adultez, de meros sentimientos expresados en apenas unas líneas, unos trazos simples pero que dibujan esa evocación.

Han Kang busca la fusión entre el relato en prosa y la poesía sin renunciar a su peculiar estilo, desprovisto en apariencia de pretensiones estéticas. Su lenguaje se mantiene directo y descriptivo, pero gana en profundidad y simbolismo, en impulso evocador y en ternura desmedida al revelarnos las propias flaquezas de la autora.

En Blanco, la escritura se convierte en un acto de duelo y redención. Es un ejercicio de contención, en el que cada palabra ha sido cuidadosamente elegida para sostener una emoción sin desbordarla. El blanco es vacío, pero también es totalidad; es muerte, pero también inicio. Así, el libro se convierte en un espacio íntimo donde el lector se acerca al dolor sin voyeurismo, invitado con delicadeza a sentir con la autora.

 

 Estamos ante un retrato tan sutil como profundo del vínculo entre la pérdida y la memoria. No hay grandes gestos, escenas grandilocuentes, pero sí una honestidad extrema que conmueve por su aparente fragilidad y su expresión poética y reflexiva. Blanco no ha de leerse desde la prisa. Es un libro para detenerse, para releer, para quedarse en silencio después de cada página. Una meditación sobre la muerte y la escritura, el modo en que esta puede atrapar y conjurar a aquella. Una obra breve, sí, pero de una intensidad que perdura mucho después de haberla terminado.

En el propio libro se nos revela el origen plástico y meditativo de Blanco. Durante una estancia en Varsovia, comenzó a pintar en un cuaderno completamente blanco unos trazos en los que expresar sin palabras sus sentimientos y emociones, como un ejercicio visual y poético. No pretendía hacer literatura, sino elaborar una forma de duelo a través de lo mínimo. En la edición española se incluyen varias fotografías de estas obras. A partir de esa práctica, nació el texto, no como proyecto narrativo, sino como necesidad vital.

Como en tantas ocasiones, el estado vital del lector le hará más o menos propicio para recibir este libro, pero sin duda todos pasaremos por un momento en el que sus palabras nos traigan pesar y alivio al tiempo, nos hagan reflexionar o rememorar, nos demuestren que leer es algo más que entretenerse y pasar páginas para dejar pasar el tiempo.

 

 

5 de abril de 2026

Imposible decir adiós (Han Kang)


 

Imposible decir adiós es la cuarta novela de Han Kang publicada en España. La obra ha sido traducida, como las anteriores, por Sunme Yoon y editada por Random House, siguiendo la estela de La vegetariana, Actos humanos y La clase de griego.

La autora coreana ha alcanzado un punto en su trayectoria en el que la autorreferencia ya no es sólo posible, sino necesaria. Así, en las primeras páginas de esta novela, Han Kang se presenta a sí misma como protagonista y narradora, bajo el nombre de Gyeongha, en pleno proceso de recomposición tras la escritura de Actos humanos, su estremecedora obra sobre la masacre de Gwangju, ocurrida en mayo de 1980. Un episodio silenciado durante décadas por el gobierno surcoreano, en el que miles de civiles fueron asesinados por las fuerzas militares del gobierno y que denunció en dicha novela.

En Imposible decir adiós, la escritora relata las pesadillas que la persiguieron durante la investigación y redacción de ese libro, y su creencia ingenua de que con la publicación, retrasada por motivos editoriales para hacerla coincidir con el aniversario de la matanza, llegaría también la calma. Pero el duelo no obedece a calendarios, y el dolor, lejos de ceder, muta en nuevas formas.

Ese malestar toma cuerpo cuando la narradora recibe un correo repentino de Inseon, una vieja amiga: una fotógrafa con la que había compartido coberturas periodísticas y viajes de juventud. Tras algunos éxitos como documentalista, esta mujer había abandonado Seúl para regresar a su isla natal, donde comenzó a trabajar como carpintera. Así, puede cuidar de su madre, con quien ha mantenido una relación ambigua y algo confusa. Tras la muerte de ésta, Inseon sigue en la isla.

Pero el correo urge a la protagonista a acudir a un hospital de Seúl especializado en amputaciones y reinjertos, en el que su amiga ha sido ingresada tras un accidente con una de las sierras que emplea en su taller. En ese reencuentro, Inseon urge a su amiga a que viaje a la isla con el único fin de tratar de evitar que la cotorra que ha dejado en casa muera de hambre y sed.

Este es el pretexto, a la vez simple y urgente, que abre la segunda parte de la novela, ya más ficcional, y que nos sumerge en un espacio que camina entre el sueño y la vigilia, entre historia personal y colectiva.

La protagonista se embarca hacia la isla en medio de una intensa nevada, toma el último avión, el último autobús y, al llegar, se pierde en la oscuridad, cae por un terraplén y se adentra en una suerte de umbral en el que la lógica y la linealidad desaparecen. La narración entra así en un plano de desdoblamientos, de conversaciones imposibles, de presencias que no se sabe si son reales o fruto del delirio.

El dolor físico, la carne abierta, la sangre, lo que se pudre, se corta o se congela, constantes en la obra de Kang, vuelven aquí con fuerza. Pero en esta ocasión, el simbolismo natural adquiere una carga especial: la nieve, omnipresente, lo cubre todo. Y no es sólo paisaje: es memoria, es luto, es silencio. Como es sabido, en muchas culturas orientales el blanco es el color del duelo. La nieve, entonces, refleja la pérdida, la congelación de un tiempo que no avanza.

La isla no es un lugar neutro e idílico. Fue escenario de una masacre durante la guerra contra el enemigo del Norte en la que murieron miles de personas. La amiga de la narradora trabajaba en un documental sobre esos hechos antes de su accidente. Su madre también participó en tareas de memoria: recogía testimonios, escribía notas, organizaba visitas al lugar. El padre, en cambio, quedó marcado por los traumas de aquel tiempo. El trabajo documental que descubre la protagonista se enlaza de algún modo con su propia experiencia con la matanza de Gwangju y los sueños recurrentes sobre ella.

Así, la historia del sufrimiento hermana la experiencia de la familia propia y la de su amiga, la de un país en diversos momentos de su historia que quedan unidos por un hilo invisible pero en apariencia indestructible: el intento por ocultarlo, por olvidarlo. Pero, frente al intento oficialista, hay personas que se empeñan en levantar un hondo homenaje basado en la memoria y el recuerdo, el tributo y la lección moral. De ahí esa imposibilidad que sienten por decir adiós, por pasar página sin leerla entera y plenamente, con conciencia social.

 


La mezcla entre realidad y ficción no es una trampa narrativa: es una propuesta estética. Lo importante no es establecer la frontera entre ambas, sino aceptar que lo vivido y lo imaginado, lo que duele en carne propia y lo que se hereda de los otros, forman parte de la misma sustancia


Como en Actos humanos, Imposible decir adiós reivindica la Memoria. Porque la llegada de una democracia formal a Corea del Sur no ha implicado el reconocimiento de los crímenes del pasado. La retórica del enemigo exterior, el Norte, ha sido utilizada para evitar mirar al propio reflejo. Y esa ceguera institucional no es ajena a lo que ocurre en otros países, en otros contextos, en otras heridas.

Han Kang, con esta novela, no sólo vuelve sobre sus propios pasos: vuelve sobre las cicatrices de su tierra. Y al hacerlo, nos recuerda que a veces, casi siempre, no se trata de decir adiós, sino de aprender a convivir con aquello que no se ha ido del todo mientras no sea debidamente honrado.

El mérito de la novela es describir este horrendo escenario desde la lucidez estética, la paciencia narrativa simbólica, la sensibilidad que presumimos en esos escritores orientales, capaces de describir la verdad del mundo en tres breves versos. Así avanza la propuesta narrativa de la galardonada con el premio Nobel, con paso seguro, pero llegando de algún modo a los límites de una temática que no debería convertirse en su único horizonte creativo y que debería aspirar a ampliar desde la ética y la conciencia social que la impulsa. Sin duda, su talento sabrá guiarla en tan complejo viaje.



7 de septiembre de 2025

La clase de griego (Han Kang)

 


La clase de griego de Han Kang nos transporta a un mundo donde el lenguaje se convierte en una trinchera frente a las pérdidas irreparables de la vida. Dos personajes, un profesor al borde de la ceguera y una alumna que ha perdido el habla, trazan un relato de lucha y redención, en el que las palabras, aun las más antiguas y olvidadas, como el griego clásico, se erigen como puentes hacia la conexión humana y consigo mismos. Una obra que combina la crudeza de lo cotidiano con la poesía de lo trascendental.


En La clase de griego (Editorial Random House, con traducción de Sunme Yoon), Han Kang narra una historia a dos voces. Por un lado, una profesora que ha perdido el habla, no se conoce bien el motivo, tampoco ella es capaz de ofrecer una explicación, ni su terapeuta acierta a descifrar las causas del impedimento, que claramente no tiene origen físico.  


Es cierto que ha pasado por una mala racha. Su madre ha fallecido recientemente, se ha divorciado y un juez ha concedido la custodia de su hijo al padre, más estable y con mejores posibilidades económicas. También es cierto que ya en la adolescencia pasó por un episodio semejante durante varios años, pero el habla se le escurre sin motivo aparente. Las palabras siempre han tenido un papel fundamental para ella, representan una especial conexión con la realidad. Pero, tal vez por ello, una conexión que tiende a quebrarse con gran facilidad a cada embate de la vida que rompe esa fina hilazón.  


Ella comienza a ser consciente del tremendo esfuerzo que le supone el habla, que nos supone a todos. La cantidad de órganos y funciones que implica. La respiración, el movimiento del pecho, la boca, tragar saliva, el esfuerzo mental, la imaginación, todo lo que se esconde detrás de una palabra, un concepto que surgió en algún momento de nuestra evolución hasta convertirnos en una especie social, en una comunidad de objetivos expresados a través de figuraciones imaginarias alumbradas por el lenguaje. Por ello, renunciar al mismo, o perderlo, supone una forma de exilio de la tribu, arrojarse a una vida solitaria y apartada, no importa cuán acompañado esté uno físicamente por millones de personas en una urbe asiática.  


Y es que ella se retira conscientemente de todo ello. No es una renuncia voluntaria como tal, porque No se rinde ante el mundo ni se resigna a su situación. La mujer lucha, planta cara e, igual que recuperó el habla durante una clase de francés en el instituto, cree que puede volver a ocurrir lo mismo. Y opta, no ya por una lengua viva, una que presente un sentido y una utilidad. Todo lo contrario, sorprendentemente, elige el griego clásico, una lengua muerta, una lengua que alcanzó un esplendor hace dos mil quinientos años y que pronto derivó en una vulgarización que la alejó de la pureza conceptual pero que la abrió para un uso cotidiano y diario, apto para todos.


Y es en la belleza de esa lengua pura y abstracta, restringida a la lectura de textos clásicos como los Diálogos de Platón, en la que busca a tientas recuperar el habla o, al menos, una conexión con ella misma. Y en este escenario, el profesor de griego juega un rol importante puesto que se convierte en el contrapunto de la silente alumna.


El profesor ha sufrido varias pérdidas. En primer lugar, su vida se trunca en dos cuando su familia se muda desde Corea a Europa, siguiendo al padre que ha sido trasladado a la sede alemana de un banco de su país. La mitad de su vida la pasa en Corea, la otra mitad en Alemania, obteniendo una licenciatura en Filosofía clásica, algo muy útil tal vez en Occidente pero que de algún modo carece de relevancia en su país natal. Así que, cuando decide regresar a Corea, entrado en los cuarenta, dejar a su familia, sorprende con su decisión. Y sobre todo, sorprende y atemoriza a su madre y su hermana por otra pérdida que acecha al joven profesor, la pérdida de la visión por una enfermedad degenerativa heredada de su abuelo y su padre.


La neblina va cercando su vida y, aunque él trata de aferrarse a los restos de visión, de luz, lo cierto es que conoce el final inexorable y cree que ha de tomar el rumbo de su existencia, sobreponerse de algún modo a esa pérdida. De ahí que decida regresar a Corea, a la fuente primigenia. Ya allí logra un trabajo dando clases en una academia. Clases de latín y griego, lenguas muertas, un poco como él, cansado de una vida que se le va alejando, preparándose para un futuro incierto en el que los recuerdos atesorados serán todo lo que tenga para alimentarse.

Y es en la conjunción de estas dos almas perdidas donde hallamos el núcleo central de La clase de griego. Un profesor camino de la ceguera, de la pérdida de conexión con la realidad, y una alumna que ha perdido el habla y se comunica mediante papelitos en los que escribe sus pocas conversaciones con otros, una relación llamada a desaparecer porque él ya no la verá ni podrá leer sus textos, porque ella no podrá expresarse ni llegar a él, una relación triste, desesperada pero, por lo mismo heroica y salvífica.


Porque aunque estamos ante un relato de gran tristeza, lo cierto es que la lucha desesperada de ambos protagonistas parece tener un papel redentor. No sé si el libro aborda el tema de la incomunicación en tiempos de hiperconectividad, no sé si habla de la soledad y nuestros pensamientos o el modo en que tratamos de protegernos de los mismos y de cómo hay que ser muy valiente para sentarse y dejarse rodear por ellos. Nada de eso sé porque el libro te embarga con una extraña y dura belleza que no deriva de pasajes líricos como sí ocurría en las dos obras anteriores de la autora coreana aquí reseñados anteriormente.


Fiel a su estilo, el lenguaje de Kang es directo y simple, desnudo, crudo y puramente descriptivo. Muchos pasajes son tan solo la descripción de lo que el protagonista ve, lo que se encuentra, lo que hace, pero de manera discursiva, estableciendo un relato, sino describiendo el mero movimiento manual, físico, mecánico, desnudando a sus protagonistas en ocasiones de una poética que, sin embargo, pronto recuperan al mostrar su fragilidad dolorosa.


En el caso del profesor, el relato se expande a través de varias cartas que escribe a su hermana que ha quedado en Alemania o a los relatos imaginarios que querría haber podido escribir para un amigo que quedó en aquella extraña y fría tierra, o a su primer amor, la hija sordomuda (otra vez) de su primer oftalmólogo. Pero la autora no abusa de este recurso ni lo emplea de manera tan amplia como en el caso de Actos humanos, que se aproximaba más a una novela coral.


La clase de griego es un paso más en la construcción de un mundo literario particular. Fiel a sí misma, tal y como contaba en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, para Kang, la escritura es un proceso físico, de experiencia sensitiva. Esto se refleja en su modo de narrar, pero también en el de entender el mundo. De ahí el impacto duradero que tienen sus obras, alejadas de la rutina repetitiva de muchos de los autores contemporáneos, separados del mundo, ajenos a cuanto nos rodea, indiferentes a cuanto se halle en el centro de todo. Por contra, Kang no renuncia a esa búsqueda y por el momento nos permite acompañarla en ese viaje. Afortunados somos.