Todo buen lector y todo escritor (malo o bueno) suele mostrar predilección por las vidas y anécdotas de autores famosos. En el caso de los lectores el interés se debe a la necesidad de comunión con el genio que alienta su imaginación a través de sus obras. En el de los escritores, es más probable que exista una cierta mezcla de interés sincero, una rendida admiración, con una dosis de envidia o de un intento de hallar paralelismos o disparidades. No en vano, las trifulcas y disputas entre escritores a cuenta de sus rencillas son legendarias.
Pero el interés de Javier Marías es más bien el de un sincero admirador. A lo largo de veinte números de la revista Claves de la Razón Práctica había ido publicando estos textos aquí compilados. Se acompaña un último capítulo con reflexiones al hilo de imágenes y retratos de artistas que también había visto la luz en otra revista, El paseante. Y en la edición actual y definitiva de Vidas escritas (Alfaguara) se añaden siete semblanzas bajo la rúbrica, Mujeres fugitivas, que siguen el mismo patrón estético y que vieron la luz en la revista Woman.
Estamos, por tanto, ante una recopilación de semblanzas de autores seleccionados por Marías conforme un criterio totalmente subjetivo en el que la preferencia personal juega un importante papel pero que se atiene a unas pautas estrictas por las que excluyó a autores vivos y a cualquier conciudadano suyo, toda vez que reconoce cierta inhibición ante los mismos dado que tantas veces la crítica ha cuestionado su vinculación con nuestras letras viéndole como un extranjerizante injertado a la fuerza en nuestra tradición.
A la hora de hablarnos de estas vidas, Marías opta por una mezcla de afecto y sorna como él mismo indica en el prólogo, puesto que no de otro modo se puede abordar la vida de estos próceres de las letras, tan notables en sus obras como ridículos resultan la mayor parte de las veces en sus pequeñas miserias cotidianas, sus fobias, sus erráticas conductas.
Esta mezcla de ironía y cierto distanciamiento no carente de cariño en casi todos los casos, hace que estas vidas se lean casi como obras de ficción, otro efecto buscado intencionadamente por Marías quien cree que no de otro modo habrían querido ser recordados estos escritores que dedicaron a la ficción toda su vida.
Este efecto semificcionado que aleja estas viñetas de la mera labor de un biógrafo al uso se ve acentuado por la técnica empleada por Javier Marías. No se trata de ofrecer un fiel relato cronológico, todo lo contrario. El autor selecciona determinados aspectos concretos de la biografía o del carácter del escritor en cuestión y, sobre esos leves elementos, narra anécdotas, insinúa relaciones con otros escritores, sugiere rasgos de personalidad, en suma, construye una biografía coherente pero no enciclopédica, desnuda de fechas y hechos con la única excepción del fallecimiento, elemento capital que se data y describe en todas y cada una de las vidas aquí escritas.
Marías trata por tanto a estos famosos escritores como lo haría con los personajes de una novela, y como a estos, no los describe sino con los rasgos imprescindibles para que la acción pueda resultar comprensible. Así, actúa con un minimalismo que no desmerece del conjunto que ofrece y muestra su talento a la hora de construir personajes sobre unos pocos rasgos.
En cuanto al estilo del autor, éste no se muestra tan alambicado como es habitual en su obra de ficción. Predomina la frase breve, la claridad, sin que ello excluya la precisión y las paradojas, las construcciones gramaticales ingeniosas y certeras. En suma, un Marías algo distinto al conocido, pero igual de magistral.
Y así, por aquí desfilan un avaro Faulkner y un antipático Henry James, dispuesto a la bronca por nimiedades. Un Joyce pagado de sí mismo y ya confiando en el mérito de su propia obra aún antes de escribirla. Vemos a Lampedusa hablando a cada uno de sus perros en una lengua distinta y dictando sus clases a Orlando, casi apenas la única de sus relaciones estables.
Nos habla también del rigorismo de Conan Doyle que llegó a presentar y tratar como esposa (salvo en la cama) a su amante mientras su esposa agonizaba de una larga enfermedad terminal. Pero rigorista, al fin y al cabo, aceptó resucitar a su Holmes solo para volver a matarlo de manera definitiva, desdichado por el escaso eco del resto de su obra. Claro es que dilapidó todo su prestigio echándose en brazos del espiritismo. Pero si de espíritus hablamos, nadie mejor que Rimbaud, entregado a una orgía creativa que se consumió en un breve periodo para pasar el resto de la vida como si no hubiera escrito jamás un verso. Por el contrario, Lowry prefería el alcohol a cualquier otra cosa, incluso el sexo, y Mishima revoloteaba sin saber en qué pensaba cuando decidió aplicarse el bushido.
Y así, nos reímos y nos burlamos de estos histriónicos personajes capaces de causar admiración pero que en sus miserias se nos tornan casi amigables, como el vecino del quinto, al que poder criticar aunque le vaya mejor que a nosotros.
R. L. Stevenson, Karen Blixen, Nabokov, Madame du Desfan, la corresponsal de Voltarire y Walpole, Thomas Mann, Rilke o Wilde desfilan con sus pesadumbres y sus manías, también con las señas de su genialidad.
Y tras las veintisiete viñetas, llegamos al último capítulo, la reflexión del autor sobre las imágenes que atesora en su colección personal de todos estos escritores famosos. Aquí nos cuenta qué puede discernir en ellos, de sus miradas o su modo de sentarse, de sus ropas o del ceño que muestran, otro ejercicio de vivaz ingenio con el que despedirse del volumen.
Tras el fallecimiento del autor, no sería descabellado desear que en futuras ediciones de estas vidas apareciese como colofón una semblanza del propio Marías, hecha al estilo de las restantes. Al fin, no se incumpliría su deseo de limitarse a autores muertos o españoles puesto que, ya está dicho, nunca ha sido considerado como representación de nuestras letras, vaya usted a saber si pocos hay que le superen.
¿Acaso alguna figura histórica ha sido más controvertida que Isabel la Católica? Sobre ella se cuentan historias como que se negó a mudar de camisa en tanto no cayera el reino nazarí de Granada, lo que teniendo en cuenta la duración de esa guerra, supone todo un halago a los textiles de la época. Una camiseta de Primark no habría resistido esta prueba de fuerza. También se le acusa de ser la creadora de la Inquisición, la expulsión de los judíos y el intento de aplastar cualquier religión que no fuera la católica, como si esto no fuera la norma en la época o como si sus antecesores hubieran actuado de otro modo. También es la responsable de haber concluido lo que hoy se ha convertido en otro concepto histórico bastante controvertido como es el de la Reconquista. Por supuesto, también es culpable del exterminio indígena, si bien, murió cuando apenas había comenzado la exploración en tierra firme ya que, en vida, apenas se había descubierto poco más que islas y llevado a cabo alguna exploración en tierra firme.
Manuel Fernández Álvarez publicó en 2003 Isabel la Católica, un impresionante volumen de 552 páginas (editorial Espasa) que ha contado con diversas reediciones y versiones en varios formatos. Fernández fue un historiador especializado en el periodo comprendido entre finales del siglo XV y el siglo XVI, uno de los mayores expertos e investigadores en esta materia. Tras su jubilación inició una tarea divulgadora con títulos sobre Juana la Loca, Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II entre otras obras relevantes, incluyendo incluso un volumen sobre la historia de España para niños, de gran éxito de ventas.
Sin duda, la fecha de publicación de este estudio nos aleja de cualquier veleidad de estar ante un libro polémico, un intento de posicionarse a favor o en contra de esta figura, de tomar algunos hechos obviando otros en función de la posición adoptada de antemano por el escritor. Tanto ha cambiado en estos pocos años el papel de la Historia en nuestras guerras culturales. Por el mismo motivo nos ahorra caer en grandes conceptos que resuenen novedosos y rupturistas. Muy al contrario, estamos ante un estudio riguroso, una descripción demorada sobre las vicisitudes del reinado en su contexto histórico y social, sin olvidar la geopolítica de la época como hoy nos gusta decir.
El libro nos adentra de lleno en las complejidades del reinado de Juan II con sus dos matrimonios, el primero del que resultó el primogénito, futuro Enrique IV, y el segundo, con Isabel de Portugal, que le daría dos hijos más, Alfonso y la futura Isabel I. El blando carácter de Enrique, ya como monarca, y sus dificultades para engendrar descendencia, socavaron a la monarquía castellana, dividida entre los señores partidarios de un rey débil, incapaz de imponerse a sus demandas y desmanes, a los señoríos basados en la rapiña y a los conflictos de banderías, con quienes aspiraban a un trono recto que impusiera la ley y el orden. Estos últimos depositaban sus esperanzas en Alfonso.
Estas luchas se vieron reavivadas con el nacimiento de una heredera, Juana, la que llevaría el ultrajante apodo de la Beltraneja por suponerse que el verdadero padre biológico era Beltrán de la Cueva, el valido real. Este hecho fue, de alguna manera, implícitamente reconocido por el propio rey cuando alcanzó un acuerdo para que su sucesor fuera Alfonso. Éste fue proclamado rey por sus partidarios sin esperar a la muerte de Enrique, aunque la debilidad de éste y su pausado carácter impidieron un conflicto abierto entre ambos bandos. Pero la muerte de Alfonso por unas fiebres repentinas trajo al primer plano a Isabel quien, tal vez con sorpresa de todos, demostró una fortaleza de carácter y unas ideas propias que le llevaron a reclamar su derecho al trono frente a Juana y a tomar su propia decisión respecto a su casamiento con Fernando de Aragón desechando todas las alternativas que Enrique prefería, con monarcas de Portugal, Inglaterra o Francia, a fin de alejarla de Castilla y poder así garantizar la corona para su hija, legítima o no.
Pero Isabel tenía claro que su destino era Castilla y que de este reino no quería alejarse. Más aún, también le placía el enlace con Fernando por representar la unión de los dos principales reinos de la antigua Hispania o de la corona visigoda, los reinos de España o como lo queramos definir. Porque esta idea es clave y aquí Fernández no tiene dudas, la reina tenía una visión completa de la Península. Deseaba el enlace con Fernando para asegurar que su común descendencia pudiera aunar ambos reinos. Pero también deseaba, y esto desde muchos años antes de que estuviera en disposición de llevar a cabo la empresa, concluir el esfuerzo de conquista de los territorios bajo dominio de la fe islámica.
A la muerte de Enrique IV se inicia la guerra civil en la que el bando de la Beltraneja está apoyado por la corona de Portugal, pero los isabelinos terminan por imponerse, gracias en parte a la implicación del rey Fernando, quien demuestra su ardor guerrero, su parte del contrato matrimonial, esto es, que en ambos reinos él sería el portador de la guerra. Sin embargo, este pacto también contemplaba que la Justicia se impartiría por ambos monarcas de común acuerdo y, en ausencia de Fernando, por la propia Isabel sin más. Porque este matrimonio pasó por diversas tribulaciones, no las menores los celos que infundía en Isabel la vida extramatrimonial de su esposo, de la que resultaron diversos hijos naturales que ocuparían también un papel relevante en la historia. Pero es que, además, Fernando tuvo que asumir que el casamiento no le convirtiera en monarca pleno sobre Castilla sino que la responsabilidad sería compartida con la reina, quien no se limitaría a un papel ceremonial.
Así, Fernández nos da cuenta de los diversos conflictos y acuerdos y componendas alcanzados por ambos. Sin duda, en los primeros tiempos, el ardor amoroso del que sí parece que disfrutaron de manera sincera pudo tener un importante peso a la hora de orillar conflictos pero, sin duda, nos asegura el autor, el peso de la idea que ambos tenían del papel que debían desempeñar en la Historia también les forzaba a no romper la cuerda en ningún momento.
Papel importante en esta historia es el de la política matrimonial llevada a cabo a costa de los hijos de los reyes con el fin de aislar a Francia. Y de aquí llegaron gran parte de los pesares que apenaron a la reina en sus últimos años. En primer lugar Juan, el príncipe heredero que falleció por tuberculosis tras su boda con Margarita de Austria y al que la reina amaba llamándole cariñosamente "ángel". Juan dejó a Margarita embarazada pero la niña nació ya muerta. En todo caso, Margarita pasaría a ocupar un lugar relevante en la futura vida de su sobrino, Carlos I.
La sucesión dinástica pasó a Isabel, la primera hija de los reyes. Casó con el infante de Portugal y tras la muerte de éste casó con el tío de aquél, Manuel I, monarca portugués. De este modo, también parecía posible la reunión del tercer gran reino hispano bajo un descendiente de los católicos reyes. Sin embargo, Isabel murió en el parto de su hijo Miguel, que pasó a ser el legítimo heredero de las coronas de Castilla y Aragón así como de Portugal. Por desgracia, Miguel fallecería poco después con gran tristeza de la reina.
Así, nuevamente la legitimidad dinástica pasaba a Juana, la tercera hija de los reyes, que había casado con Felipe el Hermoso, heredero del reino de Borgoña. Juana causaba honda preocupación en la reina. De un lado, marchó muy joven a casar con su prometido, a un país lejano, de costumbres muy distintas a las castellanas. Por otro lado, los celos por la vida amorosa de Felipe eran continuos, llegando a descuidar la vida espiritual de la princesa. Los reyes enviaron diversos confesores y personas de confianza con el fin de tratar de averiguar el estado de Juana dado que dudaban de su estabilidad emocional. Los informes que recibían no parecían ser muy tranquilizadores y los reyes lo pudieron corroborar con la llegada del matrimonio por las prisas de Felipe por hacerse dueño de su futuro reino. Las diferentes costumbres entre los nobles flamencos y los recios castellanos o la francofilia de Felipe causaron grave preocupación en los reyes. Pero la muerte nuevamente jugó su turno y Felipe fallece dejando a Juana como única titular de la corona de Castilla y Aragón.
Isabel I morirá con el miedo de haberse esforzado por unir ambas coronas, concluir la conquista de Granada, haber dado a la Cristiandad nuevas tierras para la fe y, sin embargo, no estar segura de que todo pudiera quedar desbaratado por esa hija que, de alguna manera, tristemente podía recordarla a su madre, Isabel de Portugal, recluida de por vida en Arévalo, como lo estaría Juana en Tordesillas.
Pero Isabel no pudo ver cómo su marido, ya ausente ella, tramaba para alejar a Juana del gobierno mediante su regencia y la del cardenal Cisneros hasta asegurar la mayoría de edad del primogénito de Juana y Felipe, el infante Carlos. Tampoco vería cómo su marido incorporó Navarra a sus reinos, un paso más en la unión de las coronas de la península. Tampoco pudo ver cómo sus intenciones sobre la cristianización de los indígenas americanos pasarían por diversos altibajos, entre las intenciones de la escuela de Salamanca y la realidad de unos conquistadores que, lejos de la metrópoli podían dar rienda suelta a su crueldad y a su explotación. Tampoco pudo ver cómo su santa Inquisición era incapaz de garantizar la conversión de los moriscos con notables levantamientos que su marido luchó por aplacar y que culminarían con su expulsión muchos años después, igual medida que ella había adoptado con los judíos, sin tenerse clara idea del motivo concreto de la decisión, más allá de la vaga unión religiosa, en unos reinos tan acostumbrados a convivir mal que bien con diferentes credos.
El volumen concluye con un extenso estudio de la sociedad de la época, su organización, los medios de vida de cada sector, el peso del clero, de la industria, la organización de la Justicia, la economía de la época y los conflictos entre ganaderos e industriales, la importancia creciente del ejército en el que la tropa profesional pasó a tener un peso más relevante que el de las mesnadas de los nobles, tradicional columna de los ejércitos medievales. También nos habla del arte, ese breve periodo en el que el Renacimiento llegó a España, con retraso respecto de Italia pero con cierto florecimiento en las letras y la arquitectura.
Por otro lado, y pese a lo detallado del estudio y lo extenso del mismo, lo cierto es que Manuel Fernández logra que la lectura sea sencilla y accesible, que, como en las mejores novelas, pues ésta lo es, uno no pueda dejar de leer y desee continuar aunque ya conozca los hechos principales. A ello ayuda la abundante remisión a escritos de la época, bien de cronistas reales o de las propias cartas y documentos firmados por los reyes. Es de sorprender la cantidad de misivas reales que Isabel y Fernando remitían a ciudades de su reino para dar cuenta de nacimientos, casamientos, victorias o incluso para disfrazar derrotas; se ve que tenían un buen community manager y que la opinión pública siempre ha tenido un importante peso aunque creamos haberlo descubierto ayer.
El lenguaje empleado por el autor es rico y en ocasiones uno tiene dudas de cuándo cita literalmente textos de la época o cuándo es el historiador el que retoma el texto, lo que resulta de agradecer en un tiempo de escritura algo ramplona y simple. La claridad de la exposición es de agradecer y en todo momento se logra mantener una imagen correcta del conjunto de la labor de la reina pese a entrar en diversos detalles concretos.
Para concluir, la valoración que Fernández hace del reinado de Isabel es bastante positiva. Logró poner coto a los abusos y atropellos de la nobleza. Convirtió a la monarquía en un gobierno autoritario, lejos de la imagen de un primus inter pares que parecía el destino de la monarquía castellana. Su visión sobre la unidad de los reinos peninsulares o el deseo de concluir la tarea iniciada por sus antepasados acabando con el reino nazarí fue también determinante.
Dejó un grato recuerdo en el pueblo castellano que comentaba las osadías de la reina con orgullo, como cuando se enfrentó casi en solitario a un motín en Segovia o cuando reprendió duramente a Fernando por su primera derrota en la guerra civil a la muerte de Enrique IV. Supo adaptar la Administración para convertirla en un cuerpo más profesional en el que órganos como el Consejo Real fueron engrosados con jurisconsultos y expertos universitarios en detrimento de la nobleza. Dio nueva vida a la Santa Hermandad con el fin de garantizar la seguridad de los caminos con el consiguiente restablecimiento del comercio.
En suma, el libro nos acerca a una figura histórica de la que solemos tener más tópicos que información, un personaje que, como todos, tiene muchas luces y también sombras, no puede ser de otra manera. Pero de un modo u otro, conforme su ideología, trató siempre de comportarse de modo recto y justo para su reino, para sus leales. Mostró virtudes como el ahorro y la clemencia con quienes abandonaban a sus enemigos y se ponían a su disposición, y también la crueldad con quienes se le resistían. Tuvo, sin duda, una clarividente visión del mundo que se avecinaba en el que los despojos de la Edad Media caían a pedazos y en el que los estados nacionales desplegarían todo su poder.
La reina también creía que su derecho provenía de Dios y que, tan alta era la dignidad y poder que ello suponía, que también muy alta era la exigencia que le sería reclamada en el momento de su muerte. Y aunque desconocemos cuál será el juicio de Dios a estos efectos, es cierto que el de la Historia ha sido duro con ella, pero a decir de Fernández, puesto en su justo contexto, puede confiar allí donde esté en que supo estar a la altura del reto al menos con mejor nota que muchos de sus sucesores y antecesores. Y eso no es poco.
La gran gripe o gripe española ha sido la pandemia más mortal que ha sufrido la Humanidad, al menos en términos relativos. La peste negra pudo ser más letal en cuanto al porcentaje de población fallecida, pero, en cifras absolutas, los cálculos llegan a cifrar las muertes de la pandemia de gripe en unos cien millones, muchos más que todos los fallecidos ocasionados por las dos guerras mundiales y también más que los causados por el reciente Covid-19, del que se estiman, aunque las variaciones en las cifras pueden resultar muy abultadas, unos quince millones de fallecimientos.
La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia, de John M. Barry, publicado por Nórdica Libros, es un intento por narrar los hechos de aquella primera gran pandemia, especialmente desde el punto de vista de las personas que lucharon contra ella, así como las posibles lecciones aprendidas. Y aquí debemos poner el primer matiz, porque el autor no pone el foco tanto en los hechos, la evolución de la gripe y sus terribles consecuencias, como en las historias humanas tras el contagio. Si bien aborda estos temas, sin renunciar a ejemplos tomados de periódicos, cartas y otras fuentes, lo cierto es que el principal interés se centra en el cuerpo médico americano.
Y, para ello, nada mejor que un amplio capítulo introductorio en el que se describe la evolución de la maltrecha ciencia médica en los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX. En resumen, los médicos obtenían una titulación tan básica y teórica que apenas estaban más capacitados que los mercachifles y charlatanes que se ven en las películas del Oeste, con escasas excepciones. Ni se exigía un nivel mínimo para acceder a las universidades en la materia, ni se llevaban a cabo prácticas, ni se examinaban pacientes hasta que uno se adentraba en la vida real. Antes bien, se entendía que la ciencia médica era más teórica que práctica, que operar era interferir en los procesos físicos, en una especie de equilibrio natural.
Lo mismo puede decirse del resto de profesiones sanitarias, por no hablar del lamentable estado de los laboratorios y del estudio científico de la medicina. Solo unos pocos pioneros comenzaron a tomarse en serio el asunto, viajando a Europa, donde, especialmente, los alemanes podían acreditar una gran experiencia, un verdadero saber científico, con métodos avanzados, microscopios, probetas y placas de Petri.
Instituciones como la Escuela de Medicina de la Universidad Hopkins o el Instituto Rockefeller fueron pioneras en esta puesta a punto, de manera que, a comienzos del siglo XX, la medicina americana estaba a la altura de la europea, al menos en su vertiente investigadora.
Seguidamente, Barry nos expone los mecanismos del contagio de un virus, el funcionamiento de las diversas cepas de la gripe, el modo en que se combina con otras afecciones, la simbiosis con la neumonía y las mecánicas de la transmisión.
Y, con esta base, ya podemos asistir a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, con unos Estados Unidos ya conocedores de que su intervención sería cuestión de tiempo y decididos a evitar lo que había sido la norma en conflictos previos, como la Guerra de Secesión o la guerra con España, en las que el número de bajas por enfermedades había superado ampliamente al de las producidas en combate. Para ello, se estipularon diversas normativas sobre la construcción de campamentos de entrenamiento, se reforzó el cuerpo de médicos militares y se consolidó la Cruz Roja como un organismo clave para reforzar cualquier fallo del sistema.
Sin embargo, en las fechas previas a la entrada en guerra, el sistema adolecía de diversos problemas que tendrían funestas consecuencias. En primer lugar, las necesidades de soldados eran tan enormes que las previsiones para los campamentos de entrenamiento quedaron claramente desbordadas. Muchos fueron llamados a filas sin que el Ejército tuviera construidos los barracones, sin que hubiera mantas para todos. Dormir en pleno invierno en una tienda de campaña junto a otros dieciocho hombres no figuraba en ningún manual de prevención de pandemias. Es decir, los oficiales médicos tenían voz, pero escaso voto a la hora de tomar decisiones que afectaban directamente al esfuerzo bélico.
Por otro lado, la dotación de enfermeras era totalmente insuficiente. Las peticiones para que se crease un cuerpo de auxiliares de enfermería, con menor formación, fueron totalmente rechazadas por las organizaciones de enfermería. La pérdida de privilegios actuó como un cortafuegos y ni tan siquiera el curso de la guerra y la evidencia de la necesidad de un refuerzo hicieron que las asociaciones de enfermeras apoyasen de manera sincera los esfuerzos de formación y capacitación del nuevo personal.
El resultado fue que, en muchas ocasiones, hubo personas que enfermaron por la gripe y murieron sin recibir la visita de un médico o una enfermera. Otros tantos morían porque, habiendo enfermado toda la familia, nadie les acercaba comida y acababan falleciendo por una mezcla de gripe, debilidad y hambre.
El origen concreto del paciente cero es dudoso. Desde quienes lo sitúan en China hasta otros que lo ubican más bien en Francia, pero el candidato más probable es Texas, alguna explotación de la que salieron unos enfermos que extendieron la epidemia al llegar a un centro de reclutamiento, y de allí pasó en pocas semanas a prácticamente todo el globo.
Las peticiones para que los traslados de tropas de un campamento a otro cayeron en el olvido y, en ocasiones, los transportes por ferrocarril llegaban a su destino para descargar a gran parte de los soldados muertos. Faltaban ataúdes y la mortalidad entre el personal sanitario era tremenda, pese a todas las precauciones. Y, sin embargo, de poco de esto se hablaba en la prensa de los países en conflicto. Nadie quería dar información al enemigo. Los aliados sospechaban, como así era, que los alemanes también la padecían, pero en los periódicos solo se hablaba de la gripe en relación con las noticias que sí se publicaban en países neutrales, España en especial, de ahí el nombre irónico que tomó esta enfermedad, gripe española.
Las comunicaciones de las autoridades tampoco ayudaron demasiado. De una parte, se trataba de restar importancia a las muertes y al brote, se afirmaba estar en el pico máximo y se distribuían consignas y recomendaciones que en pocas ocasiones tenían valor científico probado, cuando no eran claramente contraproducentes. La desinformación, el bulo o el fango, diríamos hoy en día, campaba a sus anchas.
Todos los esfuerzos por desarrollar un antídoto, una vacuna, resultaron baldíos. Se recomendaba el uso de mascarillas y el aislamiento social, pero pocas de las medidas demostraron ser eficaces. Así que el virus fue realmente derrotado por su propia dinámica. La Naturaleza jugó sus cartas y lo mismo que había ayudado a crearlo, tal vez una mezcla en un mamífero, cerdo u hombre, nadie lo sabe, en el que se juntaron una bacteria de gripe aviar con otra de otro tipo, y ya está. Pero el proceso terminaba por consumirse, por generar los anticuerpos correspondientes, por ir desactivando la peligrosa espiral, a un coste increíble.
Barry nos detalla con esmero las vidas, tanto en lo personal como en lo profesional, de todos los investigadores, los médicos de campo y los políticos implicados en la gestión de la pandemia en los Estados Unidos. Y es esta perspectiva casi en exclusiva americana la que resta algo de interés o de perspectiva a la obra.
La atención suscitada por esta obra, pese a lo que pudiera parecer, no se debe a la explosión de la pandemia del Covid-19, sino a los cada vez más frecuentes casos de contagios peligrosos que venían teniendo lugar en los últimos años, el libro fue publicado originalmente en 2018, como la gripe aviar, la peste porcina, el SARS, el Covid-1 o el ébola. Todas ellas fueron superadas con gran éxito debido a que lograron ser contenidas gracias a todos los esfuerzos de aquellos pioneros que, poniendo sus vidas en juego, lograron crear un completo sistema de protección.
Los sistemas de comunicación entre países, la OMS, los avances para la creación de vacunas cada vez más eficientes o las medidas tempranas, como el sacrificio de millones de vacas, pollos, cerdos… Todo ello pudo dar lugar a una falsa sensación de seguridad.
Sin embargo, en un espeluznante epílogo, Barry, sin conocer aún la existencia inminente de una pandemia que todo lo trastocaría, escribe sobre los altos riesgos de un contagio a nivel mundial en un entorno globalizado como el nuestro. Y señala los factores en los que estamos mejor que nuestros predecesores, como los ya citados. Pero señala otros tantos en los que aún quedaba mucho por hacer, tal y como se vería, por desgracia, poco después de la publicación del libro.
Y comencemos por lo más elemental. El papel de la comunicación de los gobiernos. La necesidad de una transparencia absoluta, tanto para con otros países, a fin de poder adoptar las medidas necesarias, como respecto de los propios ciudadanos. Barry habla de la nueva ciencia de la comunicación de riesgos, es decir, del modo en que se debe comunicar a la ciudadanía una situación de excepcional riesgo. Y, sin duda, acierta cuando señala que la verdad o se cuenta de manera clara y completa o no es verdad. Y así, desgraciadamente, volvimos a ver cómo se restaba importancia al contagio, cómo se anunciaba haberse doblado la curva de contagios a cada poco o cómo, directamente, se negaba la existencia real de la pandemia misma.
Pero también plantea la utilidad de las mascarillas, la conveniencia de cerrar las escuelas y en qué circunstancias, o incluso, paradójico en aquel momento, de confinar un edificio completo. Nos habla de lo inadecuado del cierre de fronteras por la porosidad de las economías. De la necesidad de adoptar medidas con el debido asesoramiento ético, como, por ejemplo, si se debe vacunar en primer lugar a los sanitarios o a la población de mayor riesgo.
También se insiste en la necesidad de incrementar las dotaciones de personal sanitario o de instalaciones hospitalarias. Si en una campaña gripal normal el sistema se satura, qué no habría de pasar cuando llegue una pandemia. Proféticamente, Barry habla del escaso número de respiradores, del riesgo de que los países luchen entre sí para hacerse con los escasos antibióticos o con las posibles vacunas. En suma, un libro digno de un Nostradamus de nuestra era.
Es triste pensar que nada de lo que señalaba pareció servir de manera efectiva, pese a que, como autor, intervino en diversos comités sobre la materia cuando se declaró la pandemia, y que solo el inmenso logro de unas vacunas en tiempo récord pudo frenar, esta vez sí, la pandemia, con un elevadísimo coste de todo tipo. Y aún hoy podemos seguir teniendo dudas de cómo se reaccionará ante la inevitable próxima pandemia.
Un libro, por tanto, agridulce, no tanto por su contenido como por nuestra reciente experiencia vivida, lo que sin duda ha propiciado su publicación en España en 2020 y lo que ha llamado la atención del público.
Soy de aquellos que creen que el auténtico rey del rock and roll es Chuck Berry, que los mejores discos de Elvis son los que grabó en Sun Records, que Elvis realmente murió cuando fue al Ejército, que se convirtió en un muñeco en manos de Hollywood, del falso coronel Parker, que era un inmaduro sobrepasado por las circunstancias de su repentina fama y que su aportación a la música está sobrevalorada en exceso.
Pero, antes de nada, vayamos al prólogo de Being Elvis (Alianza Editorial) en el que Ray Connolly cuenta cómo durante una entrevista con Bob Dylan previa al famoso concierto de la Isla de Wight, la conversación languidecía ante la falta de habilidades sociales del bueno de Bob y, casualmente, Connolly comentó que había estado semanas antes en el retorno de Elvis en Las Vegas. La conversación floreció y, como un fan cualquiera, Dylan se entusiasmó con preguntas continuas sobre el repertorio o el grupo acompañante y la entrevista se convirtió en dos fanáticos charlando con entusiasmo de un héroe de su adolescencia. Otro tanto le ocurrió poco después durante una conversación con John Lennon. Para ambos genios de una generación posterior a la de Elvis, este aún representaba el germen de una vocación, una actitud que les había llevado a la música, un empuje que fue tan rompedor en su momento que abrió unas compuertas por las que se coló en sus radios y televisiones toda la magia de una música que hasta entonces solo había estado al alcance de quienes tenían acceso a las emisoras de música racial, como se decía en la época, o a disposición de un reducido círculo de estudiosos universitarios que podían permitirse los caros discos de la Smithsonian Folkways Recordings. Y fue esa música, con un sonido más moderno, unida a una imagen rompedora, lo que definió el cambio radical respecto de cualquier otro movimiento musical anterior.
Estas reacciones pueden resultar difíciles de comprender hoy en día porque hemos escuchado la música que había antes, la que trajo Elvis, todo lo que vino después. Cuando no nos perturba ver a un Bowie disfrazado de mujer o a los Kiss siendo los Kiss. Pero, a cambio de esta infinita información, hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar de quienes vieron la actuación de Elvis por primera vez en el programa de los Dorsey Brothers o en el Ed Sullivan Show. Y esta infinita sorpresa y la consiguiente reacción nos será ajena por siempre.
Por eso, Connolly no pretende en este libro cubrir ese vacío imposible. Si bien esta biografía sigue los pasos cronológicos y musicales inevitables en toda obra similar, lo cierto es que pone un empeño singular en hacer honor al título del libro, ese being Elvis, ese esfuerzo por explicarnos cómo era ser Elvis, qué pasaba por su cabeza, cómo percibía lo que ocurría a su alrededor cuando actuaba.
Connolly no se va a interesar tanto por contarnos qué sentían las fans que gritaban ante los contoneos del cantante, las cifras de ventas o sus infinitos noviazgos, sino por qué era lo que le convertía en único y singular, qué le empujaba a comportarse de aquella manera. Por qué sentía la continua necesidad de rodearse de la llamada mafia de Memphis, un conglomerado de amigos de infancia, familiares y advenedizos que, a todas luces, solo estaba para vivir a costa de su dinero a cambio de someterse a los caprichos y excentricidades del Rey, que podían ser despertados a las tres de la mañana para jugar un partido de tenis, que salían disparados a la farmacia portando una receta médica para comprar los cientos de pastillas que podía consumir a la semana durante sus últimos años de vida.
En este sentido, el texto es minucioso y presta equilibrada atención a las diversas épocas del cantante, tanto los episodios previos a su entrada en el negocio de la música como sus primeros éxitos, la etapa cinematográfica, el retiro de los escenarios, el Comeback del 68, Las Vegas o las giras posteriores. Y en todas ellas se trata de hacer ese relato introspectivo a que se hace mención desde el propio título, una vida solitaria.
Connolly aborda cómo es posible que un niño claramente enmadrado y tímido podía tener un inquebrantable afán por diferenciarse del resto, por destacar, al tiempo que también deseaba confundirse con el resto. Cómo podía combinar su atención a los oficios dominicales y la música góspel con lo que oía por las calles de Memphis o en la radio, uniendo así tradiciones musicales muy diferentes. Un Elvis que apenas sabía reaccionar a una escueta pregunta de un periodista local en sus primeros días y que en sus citas amorosas siempre sabía aguardar el momento de la consumación para citas posteriores.
Elvis nunca pretendió ser rompedor o convertirse en portavoz de una generación, no ofreció nunca un mensaje social, pese a que sus fans sí sintieron que el aire fresco que trajo simbolizaba muchas de esas cuestiones en las que el propio Elvis no creía. Su pasión por las placas y la policía, la triste historia de su visita a Nixon y su discurso sobre las drogas mientras casi babeaba por el efecto de los narcóticos. Quería ser el hijo perfecto, el novio perfecto, el chico de la puerta de al lado al tiempo que se compraba un rancho inmenso y lo llenaba de carísimos caballos, aún sabiendo que estaba siendo engañado por todos los vendedores.
Porque Elvis en todo momento creyó que su riqueza era algo que debía compartir, no es que fuera engañado por su séquito, es que compartía su suerte con ellos. Sus propinas, sus gastos superfluos, todo ello le llevaba a una dependencia continua de nuevos ingresos y, por tanto, de las maquinaciones del coronel Parker.
Pero la vida de Elvis siempre discurría entre lo que íntimamente deseaba y lo que le convenía. Quería producir buena música, pero el tipo de contrato para los compositores que exigía el coronel, claramente fuera de mercado, expulsaba a los mejores talentos, como terminó ocurriendo con Leiber y Stoller. Su desentendimiento de las condiciones de sus músicos terminó provocando el abandono de viejos acompañantes de los primeros tiempos como Scotty Moore o Bill Black o el del grupo de acompañamiento vocal, The Jordanaires.
Su amor por el góspel quedó sepultado durante gran parte de su carrera por la interpretación peculiar del coronel Parker sobre lo que creía que los fans esperaban de él. Su odio por unas películas que le condenaban a una repetición continua de estereotipos alejados de los papeles que había soñado de niño, cuando trabajaba de acomodador, tampoco le llevó a tratar de enmendar la errática y triste carrera cinematográfica hasta que los papeles cesaron de llegar.
Y es que Elvis tenía auténtico pavor a tomar decisiones que afectasen a su carrera. Las pocas veces que lo hizo acertó, pero por lo general, dejaba las decisiones en manos del coronel y apartaba la mirada de los platos rotos.
Una continua sucesión de contradicciones que Elvis arrastró hasta su muerte, una muerte también solitaria. El amor que sentía por su madre y su anhelo por satisfacerla no impidieron que Gladys terminase en una muerte prematura fruto del alcohol. Tampoco su amor sincero por Priscilla sirvió para apartarle de las malas compañías y las píldoras, ni su repentina afición por la espiritualidad logró ofrecerle un asidero seguro.
Tal y como señala el autor, una de las raíces, tal vez la más profunda y definitiva, de sus comportamientos incomprensibles desde nuestro punto de vista, fue el temor a la pobreza. Porque Elvis siempre tuvo muy claro que no quería volver a ser pobre. Como Scarlett O’Hara se conjuró para no volver a pasar hambre. Su familia pasó enormes dificultades, su padre estuvo en la cárcel (en el mítico penal de Parchman) por falsificación de cheques y siempre tuvo un enorme pavor a perder su dinero. Cuantas veces quiso rebelarse contra el coronel Parker, este siempre tenía clara la amenaza. Si haces esto, perderás dinero. Habrá que vender Graceland, la casa en la tierra de la Gracia que le ataba a una vida de desgracia, una paradoja más.
Por ello, Elvis nunca vistió vaqueros, esa prenda tan icónica para la juventud de su tiempo pero que para él representaba la carestía de su infancia, cuando apenas podía vestir otra cosa. De ahí su extravagancia en el vestir, sus trajes dorados, sus capas y sus cinturones horteras, su exceso en todo, la construcción de un personaje ajeno al origen que encarnaba. Porque tal vez, la mejor baza de Elvis con los jóvenes una vez pasado el inicial alboroto de los bailes y meneos, podría haber sido ese origen humilde, algo que otros músicos supieron jugar con menos motivos, como los burgueses Stones. Pero según Elvis se iba escondiendo más tras su personaje endiosado, más se alejaba de quienes podían seguir creyendo en él. Si esto llegó a vislumbrarlo en algún momento, el coronel Parker debió encargarse de sepultarlo en lo más profundo de su conciencia.
Y una vez llegado al final del libro, al término de esta triste historia, uno tiene que corregir de alguna manera su inicial idea expuesta en el primer párrafo de este comentario. Y es que, efectivamente, antes de Elvis estaba casi todo, pero solo cuando él llegó comenzó todo.
¿Qué hace que una novela sea verdaderamente buena? Javier Cercas responde a esta pregunta con una propuesta tan sencilla como reveladora. Las buenas novelas no responden, sino que preguntan. Plantean una cuestión central, un dilema moral, una incertidumbre ontológica, un abismo ético, que permanece sin resolver. La respuesta es la misma pregunta, el viaje por descubrirla y pensarla, la duda final. Ese núcleo oscuro, ese lugar inaccesible al lector, es lo que Cercas llama el punto ciego. Un espacio de sentido que se deja intuir, pero no se revela del todo. Y es ahí donde, paradójicamente, la novela ilumina más.
El punto ciego (Random House) reúne una serie de conferencias que Javier Cercas impartió en la Universidad de Oxford, bajo el auspicio de las prestigiosas Weidenfeld Lectures. El resultado es una meditación lúcida, incisiva y llena de referencias que no solo repasa su propia obra (Soldados de Salamina, Anatomía de un instante), sino que traza una historia de la novela desde El Quijote hasta La ciudad y los perros, pasando por Kafka, Melville, Flaubert, Borges o Foster Wallace.
Para Cercas, la novela nace como un arte menor y bastardo. A diferencia de la épica, la lírica o el drama, la novela se permite la digresión, el mestizaje, la ironía. Es un arte que, desde El Quijote, busca simular la realidad más que explicarla. Pero esa simulación no es una simple imitación, sino un espejo roto: una forma de cuestionar el mundo desde dentro. Las novelas nacen como un trampantojo, un de la realidad, como el manuscrito de Cide Hamete Benengeli que da inicio al Quijote, o, incluso, en un predecesor claro como El Lazarillo de Tormes, que adopta la forma de una carta autobiográfica dirigida a “Vuestra Merced”, es decir, un alegato de justificación. La primera parte del Quijote inaugura ese juego y la segunda parte anticipa ya la forma que tomará la novela posmoderna.
A través de esas novelas los literatos se permiten tomar elementos de la realidad y formular una pregunta, porque esta es la tesis de Cercas: que las mejores novelas se articulan en torno a una pregunta, de índole moral, profunda, eterna. Pero esta tesis tiene un corolario, y es que las más grandes novelas de todas las buenas novelas, las verdaderas obras maestras, son aquellas que tras la lectura no nos han ofrecido una respuesta, tan solo dejan oscilante en el cerebro del lector el vértigo de lo no resuelto o, mejor aún, lo colocan en la tesitura de tener que decidir, trasladando la responsabilidad moral a ese lector que se las creía tan felices al iniciar la lectura.
Por eso es tan importante destacar que hay tantos buenos escritores en tanto haya buenos lectores capaces de seguir ese desafío. Y el reto consiste precisamente en hallar la pregunta, no siempre evidente, en las novelas, ese punto ciego que no todos ven, al igual que todos hemos hecho de niños el experimento de acercar una moneda al ojo hasta que esta desaparece de nuestra vista, descubriendo así el punto ciego. Lo mismo ocurre con estas novelas, que tienen una quiebra, un punto por el que un buen lector puede colarse y abrirse a una nueva dimensión.
Y esas preguntas obligan al lector a determinar si don Quijote es loco o si locos son los demás, siendo él el único cuerdo. O a dilucidar si Moby Dick encarna el Mal o el Bien, si Joseph K. es culpable (aunque no sepamos de qué) o inocente, como creemos todos que lo somos, o si Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, merece el castigo que parece buscar o si sus actos son dignos de elogio. Y son estas novelas, las mejores, las que no nos dan la respuesta, las que nos dejan anhelantes de certezas, al pie de los caballos de nuestra propia decisión o indecisión, las que justifican la grandeza de la Literatura.
Pero la novela del siglo XVII evolucionó hasta convertirse en esos grandes libros que forman la novelística factual del siglo XIX, un tiempo en el que, en gran medida, se narraba una historia con hechos constatables, con pocas preguntas en apariencia, con tal vez un texto fosilizado que pierde parte de la versatilidad de que gozó el género hasta entonces. La novela ganó en estructura, en lenguaje, en psicología, pero perdió algo de su fuerza indómita.
A fines del siglo XIX y, principalmente, a comienzos del XX, la novela moderna y la posmoderna, desde Proust hasta Coetzee, retoman ese impulso originario. Frente a la novela decimonónica, más cerrada en su estructura y resolución, la gran Literatura contemporánea se construye desde la ambigüedad, la autorreflexión y la paradoja.
Borges y sus relatos sobre Examen de la obra de Herbert Quain y Pierre Menard, autor del Quijote son citados en abundancia, pero también la autorreferencia se pasea por estas páginas con la reflexión sobre el juego entre ficción y realidad que Cercas abordó en Anatomía de un instante, la muy particular obra que el escritor dedicó al golpe de estado del 23-F, o en Soldados de Salamina, en la que plantea la duda última de qué puede llevar a un miliciano republicano a perdonar la vida de un enemigo flagrante y cualificado como Mazas, en qué consiste la frontera entre el poder y el perdón, la capacidad de matar y la de salvar, como si nos encarnáramos en la figura de un César imperial en el Coliseo.
Y llega también a Vargas Llosa, de quien asevera que sabe aunar esos impulsos decimonónicos, ese interés por desarrollar una historia completa y autónoma por sí misma con un interés por plantear esas preguntas, como en el caso de su primera obra, La ciudad y los perros, donde el lector habrá de decidir si el Jaguar ha cometido o no el crimen del que se autoinculpa y las razones para tal conducta, sin que el autor nos deje en ningún momento claras las respuestas.
Pero Vargas Llosa también le sirve para hablar sobre el compromiso del autor, esa figura del intelectual comprometido, que esconde su mediocridad literaria tras una barrera de suficiencia moral. Camus representa este tipo de autor, denostado por el joven Cercas, una figura de la que siempre quiso huir. Y, sin embargo, tras su éxito con Soldados de Salamina, se encontró casualmente con Vargas Llosa, a quien no conocía, y este le dijo que lo consideraba un escritor comprometido, ante el horror de Cercas.
Tuvo que pedir explicaciones. Para Vargas Llosa, el único compromiso posible para un escritor es el de describir bien, el de hacer buenas novelas, el tomarse esa actividad tan en serio como el militar que da un golpe de Estado, como el cirujano que abre en canal o el asesino que comete sus crímenes, con total y pleno convencimiento, con una seriedad que nace de la conciencia de su papel, de la influencia que tienen sus obras en otros.
Así Cercas reflexionará sobre esa forma de compromiso que no nace del panfletarismo, y reflexiona sobre su propio caso, como columnista semanal de un diario, hasta reconciliarse con la frase de Camus según la cual el intelectual es quien dice “no” cuando todos dicen “sí”.
El escritor puede y debe equivocarse, tomar partido, participar del debate político, pero siempre desde la lealtad a la literatura. El verdadero compromiso, sugiere, es con la ambigüedad, con la complejidad, con la verdad parcial y contradictoria de la experiencia humana.
El punto ciego concluye con una mirada sobre el canon literario español. ¿Por qué España no desarrolló una tradición novelística relevante a partir del Quijote, siendo en puridad su nación creadora? Cercas sugiere que España no ha asumido del todo el Quijote, precisamente porque no ha abrazado el vértigo de sus ambigüedades. Nuestra tradición, más dogmática, imperial y religiosa, no supo hacer espacio a la modernidad que Cervantes anticipaba. Y asegura que España no entra en la modernidad hasta que no redescubre el Quijote a través de los escritores que cierran el siglo XIX.
La recuperación de las complejidades de la novela, de ese regreso contemporáneo al punto ciego, es también una posibilidad de renacimiento. Una forma de releer nuestra historia literaria desde la duda, la complejidad y la pregunta abierta, porque ya sabemos que la Literatura se lee diferente según vamos añadiendo nuevas capas, y que Moby Dick no se interpreta igual desde que hemos leído a Kafka, porque hay autores que reescriben nuestro pasado literario.
También se muestra esperanzado en cuanto al gusto del lector, que parece estar transitando en los últimos años hacia un gusto que va dejando a un lado las tramas más sencillas y menos comprometidas, por una Literatura que toma elementos de toda nuestra tradición, actualizándola con sus juegos de espejos, el difuminado entre realidad y ficción, la metaliteratura tan en boga hoy en día, y tantos otros aspectos que nos alejan definitivamente de aquella tradición monolítica. Nos despedimos de estas conferencias con esta nota de optimismo vibrante, en la confianza de que si todo buen autor precisa de buenos lectores, todos contribuimos a este hermoso viaje.