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24 de diciembre de 2025

El tranvía de Navidad (Giosuè Calaciura)


 

 

La enfermera lo descubrió levantando la toquilla. Todos contemplaron la plenitud de su cuerpecito y empezaron a fantasear pensando cómo sería de chaval y luego de adulto, qué milagros llevaría a cabo en los barrios olvidados de la periferia, cuántos serían redimidos y salvados, cuántos cazados y castigados, y pensaron también cómo podrían librarlo del martirio al que seguramente ya estaba abocado.


Se sentían partícipes de la evidente santidad de aquel niño abandonado en un tranvía parecido a una cueva, testimonios improvisados y casuales de aquel nuevo Nacimiento que una vez más anunciaba bendiciones para los últimos y los más pobres, pues de ellos sería el reino de los cielos.



Giosuè Calaciura ha escrito en El tranvía de Navidad (editorial Periférica) no una versión actualizada de Canción de Navidad, de Charles Dickens, pese a las varias referencias que a esta obra se deslizan por sus páginas. Más bien ha querido trascender el mensaje de optimismo navideño para regalarnos los primeros capítulos de un nuevo evangelio apócrifo, una versión acorde a unos tiempos en los que la trata de personas, la migración, el racismo, la persecución del diferente o la desolación de los que quedan orillados a un lado del refulgente mundo de las redes sociales y el mainstream insultante se convierten en una realidad que, sin duda, puede no resultar muy diferente de los tiempos de la Judea ocupada por los romanos, ansiosa por encontrar un Mesías que reestableciera un orden, más imaginario que real, construido sobre una esperanza ciega, la que nace de la desesperación.


Precisamente para esta labor Calaciura está extraordinariamente dotado. No solo combina una habilidad para desarrollar una historia emotiva que no eluda la crudeza, sino que muestra un talento desbordante en el dominio de la lengua, de las alusiones simbólicas, de la capacidad para evocar en el lector impresiones duraderas o para combinar una imaginación desbordante que no contradice el realismo riguroso. No se puede obviar el mérito de la traducción de Natalia Zarco que dota de una belleza especial al texto.   


En este tranvía aparece un recién nacido, envuelto en harapos, sin un llanto perceptible. En las últimas filas, colocado de manera que ni un frenazo ni una curva tomada de manera brusca puedan arrastrarle, golpear contra el respaldo del asiento delantero o arrojarle al suelo. Y esas precauciones no son vanas puesto que el vehículo tiene una larga ruta que va del centro de la ciudad, del centro de todas las cosas, del calor de lo vivido, de la familiaridad y el cuidado, al extrarradio, la periferia de todo, de la Vida, del amor y el cariño, lo más lejano del centro, allá donde apenas nadie se atreve a adentrarse sabiendo que es un espacio vacío de Dios.



De día reflexionaba sobre la injusticia de la vida y de la muerte, sobre la indiferencia de Dios y sobre la incapacidad de los hombres para gobernar su soledad.


No, aquel recién nacido no era fruto de un milagro de Navidad, dijo a los demás. También ellos tenían que estar seguros para no confundir su deseo de Dios con la injusticia de los hombres.



Una historia sin milagros y con la sola santidad del niño abandonado que, según la enfermera, debería haber arrancado a todos del éxtasis del falso pesebre tranviario, convenciéndolos de una vez por todas de la eterna ausencia de Dios, sin más promesas de salvación que las pequeñas ilusiones que nos ayudan a salir adelante, la mentira que nos distrae y nos condena a aceptar nuestra condición.




Ni siquiera el conductor, el uniformado representante del orden en su pequeño reino eléctrico es capaz de soportar la triste carga que porta. Y, por ello, se encierra con cerrojo en su cabina protectora, tapando los cristales con papel de periódico, para no ser visto, para no ver, como un Dios egoísta, que dirige los destinos de quienes se sientan a sus espaldas pero que nada le importan, que no quiere ser importunado por esos seres inferiores, esos malditos objetos de su trabajo consistente en transportarlos al fin del mundo.


Y a ese tranvía, el 14, número que coincide con la ruta de autobús que tantas veces yo he tomado en otra ciudad, no Palermo, más grande, más salvaje tal vez, van subiendo diversos personajes, lo más granado de la sociedad humana, arrojados a su interior por la necesidad o el agotamiento, camino de vuelta a sus lejanos y vacíos hogares, si es que tal nombre se puede aplicar a lo que está vacío, hueco. Lo más granado de la sociedad humana va subiendo en las diversas paradas de este viaje.


Una chica de color, enferma, agotada, que busca en su cuerpo, en su venta, el sustento que no puede lograr de otro modo. Y apenas le sirve para un intercambio de cuerpo por comida, su cliente, un local que se precia de no pagar por los servicios, por solo invitar a comer, creyendo que esto le redime de alguna manera, que no le rebaja a mero comprador de carne, pero que en su miseria tampoco tendría opción de buscar mejor oferente de lacer que la pobre muchacha con toda su belleza marchita y postulante. Unas vidas unidas por el pegamento de la desesperación, la necesidad mutua de quien se sabe ante la última oportunidad en una noche, la previa a la Navidad, en la que todo debería de ser diferente, pero que a todas luces no lo es.



De hecho, a ellos aquel niño les parecía de verdad el Redentor, con los adornos y los signos del mandato trascendente en clara evidencia. Incluso más que el Niño Jesús, porque este recién nacido no tenía ni siquiera la protección de la Sagrada Fami­lia. Viajaba sin compañía, en la miseria de un tranvía más oscuro, frío e incluso peligroso que una cueva en Palestina.


Lo veían auténtico por su estado de abandono y soledad. Compartían el mismo destino de viaje, idéntico el viacrucis asfixiante del transporte público: no podía ser sólo una casualidad que a aquel niño tan perfecto y perfumado de naranja lo hubieran abandonado en aquel vagón en Nochebuena.


A menudo, también ellos habían sentido en su propia carne los síntomas de la santidad, el culmen del sufrimiento cotidiano, del agotamiento, de la intimidación, de la condena de ser pobre cuando los echaban como a unos mendigos de las terrazas de los restaurantes para librarse de la molestia de sus miserables comercios; en el momento en que les negaban el alquiler de una chabola por ser negros o extranjeros; cuando les recortaban el jornal porque habían dispuesto también de comida y alojamiento; cada vez que oían susurros con intolerables ofensas racistas que eran como puntas de lanza en el costado; cuando se vendían al mejor postor en los mercados de la prostitución o en los caminos de los sembrados en tiempo de cosecha; cuando por la noche, exhaustos, volvían a casa y miraban a sus hijos con tristeza y sin esperanza. En aquellos momentos, también ellos habían advertido en la palma de las manos la quemazón de los estigmas, el peso de la aureola en la cabeza, el destino de mártir de sus vidas.




Y también se sube al tranvía un mago perdido en las nieblas del Alzheimer, perdido en la vida, perdido en sus recuerdos, creyendo que todo cuanto ocurre a su alrededor es el fruto de sus actos mágicos, de su voluntad hoy ya perdida. Como perdida está también la voluntad del criado oriental de una mansión, que solo se siente mejor que el resto por su uniforme de gala, que en esta noche podrá llevar a su casa para que sus hijos le vean luciendo con orgullo la botonadura dorada. Pero solo él guarda el recuerdo de la terrible mancha de café que emborrona su blanca camisa, el símbolo de dónde viene, de su origen sucio, bajo, de que no hay forma de redención válida para su condición.

 

 



Tampoco parece haberla para el joven muchacho que ha pasado por el infierno de los desiertos africanos, del paso por el Mediterráneo, solo para llegar a otro desierto, una ciudad en la que la compañía de quienes le rodean solo sirve para inspirarle miedo, buscando siempre la soledad puesto que ni de los blancos ni de los compatriotas de dolor puede esperar algo que no sea violencia y desprecio. Y no es otra cosa lo que le ocurre al vendedor ambulante de paraguas, un anciano que aún ha de hacerse la vida por las calles del centro con su exigua mercancía, que siente un tremendo dolor por los zapatos nuevos que su hijo le ha regalado, sin tener el valor para mentirle y decirle que para su vida de caballero andante son mejores los zapatos bando y ya hechos a su pie, que los lustrosos y pequeños que le ha entregado.



La vieja, por caridad, por improvisación, por locura, decidió confiar al niño a los brazos del mundo.



Y cada uno que sube es llamado al fondo del tranvía, y la muchacha negra avisa con un susurro que hay un niño y todos se arremolinan a su lado, como para protegerlo, apenas se atreven a mirarlo pero se conciertan en su defensa cuando unos jóvenes fascistas suben en una parada y pretenden amedrentarles con sus insultos. Y el niño, o tal vez su propia dignidad repentinamente recobrada, les infunde fuerzas para hacerles huir en la siguiente parada, una victoria de la determinación, de la unión de los pobres y desunidos, de quienes no sabían que tenían a su alcance un arma tan poderosa.


El lector se sentirá invitado a subir a este tranvía, personificándose en cualquiera de estos personajes y otros tantos que irán subiendo, contando su historia, viviéndola con sus esperanzas puestas en el niño que ha aparecido como una epifanía en sus vidas, en esa noche mágica, en el momento más bajo de sus vidas abisales. Una lectura que no por breve resulta menos intensa, que arrastra con su inusitada belleza a un terreno en el que las letras actuales no acostumbran a moverse, no con tanta libertad al menos. Pero que nadie espere un final redentor, un Scrooge ganado por el espíritu de la Navidad, un triunfo de los fantasmas de las navidades pasadas, Giosuè Calaciura tiene un talento acorde a estos días  que ya no son los del folletín del siglo XIX, y, desde luego, sabe estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.



Lo buscaron también mirando por las ventanillas, en los balcones decorados de las fiestas, en las porterías vacías y oscuras como los ojos de los muertos, a lo largo de las persianas de las tiendas cerradas, en la intermitencia de los semáforos nocturnos, aliviados ya del cansancio de indicar el paso, en el espejismo del reflejo de las venta­nillas de los coches aparcados. Lo buscaron en su propia desilusión cuando la estación final estaba próxima y se preguntaron qué harían a continuación, cómo afrontarían el resto de la noche, de la vida.

 

9 de julio de 2024

El ángel de Múnich (Fabiano Massimi)



En septiembre de 1931 aparece muerta Geli Hitler, la sobrina de Adolf, en los apartamentos que ambos ocupan en Múnich. La muchacha tiene una herida de bala próxima al corazón que le ha perforado un pulmón provocando su asfixia. Ha caído de bruces golpeándose la cara, rompiendo su nariz y dejando un notable charco de sangre. Una escena estremecedora incluso para Sauer y Foster, los dos detectives a los que se encarga la investigación y que aparecen por la casa pocas horas después de la muerte.

 

Aunque son avezados investigadores, de lo mejor de la policía de Múnich, lo cierto es que la empresa de averiguar lo sucedido no es fácil, en especial porque su responsable les exige alcanzar una conclusión en apenas ocho horas. La relevancia pública de Hitler ha crecido desde su fallido intento de golpe de estado y su encarcelamiento. La publicación del Mein Kampf le ha permitido expresar sus ideas ganando adeptos dentro de la extrema derecha, orillando a las organizaciones de veteranos y otros grupúsculos, haciendo creer a la derecha industrial alemana que su candidatura puede no ser un mal antídoto contra el bolchevismo y la radicalización de los obreros sometidos a una crisis económica sin precedentes.


De hecho, Múnich se ha convertido en el feudo nazi, una ciudad en la que el partido ha logrado infiltrarse en todas las capas del poder, sea económico, periodístico o policial. Así que el mensaje que los detectives reciben es sencillo. Hay que aclarar lo sucedido, ser discreto y no dar tiempo a que la prensa o los políticos, del signo que sea, comiencen a tratar de utilizar la muerte a su favor.

 

Sauer y Foster son unos grandes profesionales y en ese breve plazo llegan a una conclusión compartida también por el médico forense que aparece pocos minutos después. Estamos ante un suicidio. Tenemos el qué y el cómo, tan solo queda averiguar el móvil, qué ha podido impulsar a una joven alegre, vital, hermosa, una supuesta promesa del canto, la sobrina de una figura política ascendente que la adora, a quitarse la vida.


Pero es que el suicidio parece la única explicación. Geli ha tomado la pistola de su tío, se ha encerrado en su habitación y se ha disparado tras una discusión con Hitler antes de que éste parta de viaje hacia Hamburgo para dar un mitin. La discusión parece girar en torno al deseo de Geli de dedicarse de manera profesional a la música tras recibir clases de canto y manifestar su voluntad de instalarse en Viena. Pero ni siquiera todos los testigos parecen corroborar esta supuesta pequeña trifulca doméstica.


Y cuanto más se trata de profundizar en la vida de Geli, más contradicciones surgen en la versión oficial. Las entrevistas al personal de la casa o a los encargados por el partido de ofrecer su versión, señalan diversas causas, amores varios, un supuesto embarazo, una vida opresiva en compañía de un tío que la adora y está obsesionado por ella hasta el punto de no dejarla salir sola de casa sino es en su compañía o en la de algún acólito de confianza. Un suicidio fruto de un conjunto de razones, ninguna de ellas suficiente por sí misma, todas ellas juntas concluyentes y letales para una joven llena de vida, hasta que deja de estarlo.


El ángel de Múnich, escrita por Fabiano Massimi y editada por Alfaguara y traducida del italiano por Francisco Javier González Rovira, es una novela que conjuga el género negro y el histórico en sabias proporciones. La mezcla de personajes reales y ficticios se revela perfecta e indistinguible. Su retrato de los futuros jerarcas nazis es certero pero no trata de dibujar en ellos rasgos que solo se acentuaron e hicieron evidentes en el futuro. Ahora los muestra como lo que son ese año, en 1931, una cuadrilla de medrosos políticos, cocidos en las propias intrigas del Partido, ansiosos por alcanzar el poder a cualquier precio pero tan preocupados por sus enemigos políticos como por los del propio partido. Miserables y mezquinos, traicioneros y mentirosos, solo temibles por su coqueteo con la violencia a través de los esbirros ideologizados de las SA y las SS, quienes les sirven con ciega lealtad.

 

Los verdaderos héroes de esta tragedia son, a parte de la bella y alegre Geli Hitler, Sauer y Foster, reflejo de esa pareja clásica de investigadores, perfecto complemento mutuo. Sauer, soltero y melancólico, Foster, alegre y borrachín, pero ambos comprometidos desde hace años en la lucha por la verdad. Unos profesionales que no cejan en el empeño de averiguar el motivo del suicidio creyendo ver en él la clave de algo que no termina de encajar. Especialmente les escama el interés de los miembros del partido por sembrar algunas pistas falsas, en apariencia innecesarias, injustificables, pero que levantan las sospechas de estos profesionales.

 

Pero el tiempo apremia y las conclusiones se presentan en el plazo estipulado: suicidio. Publicado el informe, la prensa se echa encima de la policía, del ministro de interior de Baviera, escandalizada, oliendo la carnaza que la joven sobrina de Hitler ofrece. Y la investigación se reabre para volverse a cerrar poco después. Entre tanto, el mismísimo Hitler se ha entrevistado con Sauer y le ha confiado sus miedos, su deseo de que se esclarezcan los motivos que han podido llevar a su sobrina a tan trágica decisión. De alguna manera, abre a Sauer la puerta del Partido para que pueda investigar libremente y bajo su supuesta protección lo que ha sucedido realmente. La investigación continúa de manera oculta, discreta.

 

Y es que ni el mismísimo Hitler es más poderoso que el partido, porque las entidades impersonales, las grandes corporaciones, los partidos, el pueblo, todos esos conceptos jurídicos indeterminados son el escudo perfecto tras el que se esconden los timoratos y cobardes, los criminales y pacatos, con el único fin de dar rienda a sus más bajos instintos. En esta novela Hitler casi parece un pelele, un muñeco en manos de una camarilla desastrada y patética que solo trata de ganarse su favor al tiempo que recopila pruebas en su contra para poderlas emplear llegado el caso.

 

Y así, Sauer nos lleva de paseo por todo Múnich, visitando la sede del partido, el despacho de Goebbels, los campos de aviación en los que practica Göering, la casa en la que se recluye a Hitler para que se recupere tras la noticia de la muerte de Geli, tal vez para mantenerlo protegido de quienes le puedan amenazar, tal vez para secuestrar su voluntad en un momento de tanta incertidumbre. Porque la camarilla que rodea al líder se muestra como lo que es, una pandilla de meros cobradores, manipuladores, sembradores de pruebas falsas, ávidos de riqueza y poder, pero faltos de carisma y valor, escudados tras la vehemencia del líder, aguardando su momento.

 


El ángel de Múnich es una novela perfecta y detallada, extensa en la justa medida para ir desvelando poco a poco las pistas, jugando como en todas estas novelas a engañar al lector, a hacerle seguir rastros engañosos para, de golpe, devolverle a una senda antes descartada. Pero también es lo bastante exigente como para poder dibujar con seguridad a los protagonistas, a los dos detectives y a Geli, para dotarles de una vida y un aliento que en el caso de Sauer y Foster es pura ficción y en el de Geli perfecta recreación de su vida truncada, sus sueños y anhelos perdidos.

 

Massimi es un excelente narrador. No tiene prisa a la hora de desentrañar los misterios que van desvelando sus personajes. Se toma su tiempo para describir el ambiente de los años treinta, la crisis de la República de Weimar o la convulsa política local. No le importa desviar la atención con saltos a la vida pasada de Sauer, auténtico epicentro del relato, ni a retomar hilos dejados a la deriva decenas de páginas atrás. Tampoco le tiembla el pulso a la hora de dejar entrever la verdad del crimen antes de concluir la novela, lo que es una arriesgada apuesta para un género en el que se pretende guardar la intriga hasta la última página. Pero en El ángel de Múnich los personajes de ficción tienen tanta fuerza y veracidad que nos resultan más vívidos que el patán Hoffmann o el orondo Görimg.


La verdad histórica está cuidada hasta un cierto punto puesto que Massimi nos ofrece su propia respuesta a un enigma que aún sigue oculto en nuestros días. Pero como conocedor de los hechos ha tratado de unir los cabos más débiles del supuesto suicidio y ha esbozado su propia respuesta, su quién, cómo y porqué, y tal vez ésta sea la parte que menos me ha gustado ya que el despejar el aire de indefinición que tienen estos hechos para todos aquellos que ya conocíamos la historia no parecía necesario, tal vez sí desde un punto de vista novelístico, pero creo que quizá sea la parte menos conseguida, si bien, será la que más guste a los fanáticos del género. Buena prueba de ello es el éxito y reconocimiento obtenido habiendo sido merecedora del Premio Asti d’Appello y del Premio de Lectores de Novela Negra de Livre de Poche 2012.


Y llegados a este punto, hemos de volvernos hacia Geli, ese ángel de Múnich cuya tragedia puede reducirse al adagio tan manido de que se encontraba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Como hija de la medio hermana de Hitler, logró un grado de intimidad que le trajo la desgracia. La perversa personalidad de su tío la arrojó a un callejón sin salida. Adolf quería mantenerse soltero puesto que creía que debía reservar todas sus energías para el pueblo alemán. Sin embargo, su atracción sexual por Geli era tan evidente que saboteaba cualquier intento de la joven por salir, relacionarse con hombres o entablar noviazgos. Atados por una relación imposible, la muchacha pareció optar por la única salida factible, o tal vez otros decidieron que su influencia sobre Hitler era demasiado intensa, que le desviaba de su futuro, que tal vez podían encontrarle otra muchacha, como Eva Braun, la secretaria de Hoffmann, quien podía resultar más maleable, menos casquivana y llamativa, menos independiente y vivaz. Ésta fue la tragedia de Geli, la desgracia que, de un modo u otro, acabó con su vida.

  

 

16 de julio de 2022

Nuestros antepasados (Italo Calvino)

 

 

Italo Calvino es un autor muy apreciado en España. Siruela emprendió hace muchos años el loable esfuerzo de traducir sus obras y éstas siempre han tenido un nutrido público de iniciados que se deleitan con la morosa prosa poética del escritor italiano. Sin duda, su obra más celebrada es Las ciudades invisibles, sin embargo, en esta ocasión reseñamos Nuestros antepasados.

Este título realmente responde al deseo del autor por compilar en 1960 tres obras previas en las que creyó ver cierta conexión, hasta el punto de dotarlas de una intencionalidad y sentido que, tal vez, no le fueron tan obvios en un primer momento. Sea como fuere, lo cierto es que los tres libros aquí compilados suponen los primeros éxitos literarios del escritor  y sientan unas bases sobre las que construirá el estilo que le caracteriza.

Inicialmente, el orden de estas obras dentro de Nuestros antepasados respondía a un criterio cronológico, en función del momento histórico en el que cada uno de los relatos se desarrollaba. Finalmente, en ediciones posteriores, Italo Calvino prefirió ordenarlos en el mismo orden en el que fueron escritos, por entenderlo más coherente para la construcción de esa idea de unidad que, como decía, responde más a un cierto voluntarismo más que a una auténtica coherencia temática.

Así, comenzamos por El vizconde demediado (1951), un hermoso cuento en el más amplio sentido de la palabra, que sin duda debió hacer las delicias de Ana María Matute y que nos relata la vida del vizconde de Terralba, un pequeño noble italiano que acude a batallar contra los turcos y es, literalmente, partido por la mitad por un cañonazo enemigo. Esta demediación, no solo es física sino que también afecta a la personalidad del noble que queda dramáticamente reducida a algunas de sus inclinaciones y limitaciones morales.

Pese a que la lectura obvia podría llevarnos a la idea de la doble naturaleza que habita en todos nosotros, la importancia del equilibrio, la concordia entre cuerpo y espíritu y otras tantas ideas, lo cierto es que el simbolismo del relato permite tantas lecturas como uno quiera. A ello ayudan sin duda los numerosos elementos fantasiosos, los animales míticos que lo pueblan, una cierta irrealidad que abarca el espacio físico pero también al resto de personajes más allá del propio vizconde.

Pasamos al siguiente relato, El barón rampante (1957), tal vez el más conocido de esta trilogía, en el que el hijo de una familia de la pequeña nobleza local italiana decide, fruto de una rabieta algo estúpida, subir a un árbol y basar su vida en tan arbórea circunstancia. De árbol en árbol, seto a arbusto, toda su vida, incluyendo su ejercicio como barón al fallecimiento de su padre, tiene lugar en las alturas, tal vez porque en tan alejada esfera puede elevarse por encima de miserias terrenales, escaparse a la jurisdicción de los terráqueos y posar una mirada más limpia, distante y certera en sus súbditos.

El relato se desarrolla en el periodo comprendido entre la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, un tiempo en el que el espíritu del hombre también pretendía emanciparse de leyes morales y políticas que le eran impuestas y en las que las más célebres mentes de la época buscaban cambiar su perspectiva. Así, también el barón se dejará cautivar por ese siglo de las luces, por sus avances y tratará de traerlos a sus dominios convirtiéndose en impulsor del cambio y colaborador de las tropas napoleónicas que invaden su patria, causándole no pocas incertidumbres morales.

La esencia del relato, en opinión del propio Calvino y de los estudiosos de su obra, que ven este elemento como una constante de sus trabajos posteriores, es la autoimposición de una norma, una conducta, una regla que, por absurda que nos parezca, es asumida y llevada hasta el final, hasta sus últimas consecuencias. Pero también aquí podemos dejarnos guiar por nuestras propias intuiciones y preferencias pudiendo resultar que el relato nos es más próximo si lo entendemos como una reflexión sobre el papel de un escritor, un intelectual tal y como hoy consideramos a Italo Calvino, que debe apartarse hasta cierto punto del mundo para poder señalarnos lo que está por venir, ayudarnos a dar curso a nuestros deseos y acciones, tal y como Cosimo Piovasco ayuda a los campesinos a acabar con los incendios forestales, los saqueadores de granos o a mejorar la irrigación de sus campos.  

Pero también puede ser una reflexión sobre el desengaño de la razón, cuando el barón contempla cómo Napoleón rompe las ilusiones de libertad que, sin embargo, hace ondear en sus banderas y discursos. Ya sabemos por otros intelectuales del mismo periodo, esta vez reales como la vida misma, que la razón a veces engendra monstruos, malos sueños, por eso, no siempre es maldito quien se toma cierta distancia con el mundo que le ha tocado habitar.

 

 


 Pero llegamos al tercer y último relato, El caballero inexistente (1959), una pieza en la que un caballero, solo espíritu, cubierto por una armadura que le dota de corporeidad, se bate en las huestes de Carlomagno y vive sus aventuras como si de un mortal cuerpo se tratara. Porque el ansia de ser que empuja a Agilulfo es más fuerte que los músculos de otros paladines, y por ello, recibirá el reconocimiento del sacro emperador pero también el amor, platónico sin duda, de la bella guerrera Bradamante.

Nuevamente, las vías de reflexión que nos ofrece el texto son casi infinitas, pudiendo ir desde la importancia del ser, la fuerza de voluntad (lo que la enlaza con El barón rampante), o, por cerrar el círculo, la problemática de la demediación, el ser incompleto, sea por quedar partido en dos, sea por la disociación entre cuerpo y espíritu.

Los tres relatos van seguidos de una exposición de Italo Calvino, acertadamente ubicada tras los textos y no como prólogo, tal y como habría sido lo habitual, para evitar que el lector quede condicionado por las interpretaciones y manifestaciones del autor. Queda claro que Calvino entendía su obra como un mapa abierto a un mundo de imaginación y reflexión propio de cada lector, hecho que consigue con sobrada maestría.

Las notas de la editorial, ponen el acento en la poética del texto y en la brillante labor de su traductora, Esther Benítez, a la hora de conservar ese ritmo, la riqueza simbólica, las palabras que evocan al tiempo diferentes conceptos, los vocablos invención del autor, y otras tantas maravillas propias de un talento que pronto se decantaría por el estudio de la semiótica.

Por último, lo más importante, al margen de las interpretaciones que cada lector les quiera dar, incluso si no pretende indagar en ninguna de ellas, las tres historias se disfrutan como pequeños cuentos, completos en sí mismos, pese a la disociación de sus protagonistas. Su estilo es ágil, pleno de humor, ternura  y referencias históricas y literarias, que hacen que se lean recuperando el gusto por antiguos relatos, sencillos pero hermosos, alejados de retórica y petulancia. Nada mejor, por tanto, para conocer a este autor y adentrarse en su peculiar mundo y en su modo de entender la literatura, que no es otra cosa que el modo en que cada uno entiende la vida y la manera en la que la transitamos.

 

 

 

23 de agosto de 2015

Número Cero (Umberto Eco)


Número Cero (Ed. Lumen 2015, traducida del italiano por Helena Lozano) es la última novela publicada por Umberto Eco. Aunque no está llamada a copar el interés del público del modo en que lo hizo su primera incursión en el género, la célebre El nombre de la rosa, sin duda puede tener más interés para el lector actual por la temática que trata.

Partamos de un breve resumen del argumento de la novela. Colonna, un perdedor según él mismo se define, es contratado como adjunto del director de un periódico no nato, financiado por un importante empresario italiano, interesado no tanto en que el diario se publique, como en que se tema la posibilidad de que eso suceda.

La plantilla reclutada para este descabellado proyecto está repleta de personajes a la altura de su empleo. Antiguos periodistas deportivos, cronistas del corazón, escritores frustrados, en suma, una panoplia de marginados marginales que servirán para justificar una empresa de dudosa ética.

El trabajo al que Colonna se dedicará con ahínco las primeras semanas es preparar lo que se denomina un “número cero”, esto es, un ejemplar no destinado al público, pero que se presente como prueba de lo que quiere que el periódico llegue a ser.

Aquí tenemos planteado el primer tema que aborda Umberto Eco sin demasiados tapujos ni sutilidades: el modo en que la prensa deja de rendir tributo a la verdad para servir a los intereses de quien la financia. Porque el interés por lograr una noticia relevante siempre topa con la negativa del Director.

Sea la mafia, la corrupción policial o los negocios turbios de algún sector de la economía, el financiero oculto siempre puede tener algún interés secreto que se vería perjudicado o, en todo caso, podría enemistarse con otros poderes ocasionándole problemas.


Otra cosa es trabajar en noticias que sirvan para desacreditar a competidores o enemigos. Para esto sí que se espolea a los periodistas. Eso sí, con el fin de que la sacrosanta independencia de la prensa no quede en entredicho, claramente se exponen las normas a seguir:  por cada testimonio se presentará una declaración opuesta. En la mano del periodista experto queda el saber cómo desacreditar indirectamente una y favorecer otra.

Dado que el fin último de un periódico ya no es informar y sacudir al público de sus sillones con impactantes revelaciones, lo que se tratará será de adocenar, tranquilizar y ratificar a cada conciencia con su propio credo. Mucho deporte, grandes dosis de vida social, y lugares comunes. En eso debe consistir la prensa, o en eso se ha convertido en la realidad.

Esa manipulación de que somos objeto es el segundo gran tema abordado por Umberto Eco. El lector, el público en general o el votante en particular, no merecen conocer la verdad, ésta les haría daño. Es preferible inducir sus pensamientos como se induce un sueño, de manera tranquila pero eficaz, controlada y dirigida. Fabricar un mundo irreal en el que las malas noticias siempre ocurran lejos (o cerca, según interese), en el que la corrupción lo cope todo (o no exista, según el color del partido de quien hable), y en el que no se pueda conocer a ciencia cierta quién miente y quién no, en el tácito convencimiento de que todos lo hacen y de que, por hartazgo, la realidad nos ha sido hurtada y no debemos molestarnos en buscarla.

Y esta situación, este convencimiento de que todos actúan por mero interés engendra sus propios fantasmas. En el caso de Número Cero, se trata de  Braggadocio , compañero de Colonna, que vive convencido de que la versión oficial sobre la muerte del Duce es falsa, que quien fue fusilado era realmente un doble y que Mussolini realmente escapó a la muerte.

Para Braggadocio todos mienten y a nadie le interesa que la verdad se conozca. Ni las potencias aliadas, ni los comunistas italianos, ni los soviéticos, ni los propios fascistas tenían verdaderos motivos para desvelar  la realidad y a todos convenía la espera de acontecimientos. Pero él está empeñado en indagar más allá de los documentos oficiales. Y hurgando encontrará otra pista que, ésta sí, parece conectar con una realidad más actual pero también más peligrosa para él.

Milán, ciudad donde transcurre la novela
Pero no todo en Número Cero  resulta tan sombrío. Por primera vez en su vida, Colonna, que se creyó nacido para vivir entregado al placer de las letras pero que ha pasado sus largos años vagando entre trabajos como traductor, articulista para diarios locales, reseñista de encargo, negro literario o revisor de enciclopedias, ve llegada la hora del amor.

 Su relación con una de las periodistas de la redacción le sacudirá de la tristeza que le causa su trabajo. Él, que no es capaz de engañarse respecto de los verdaderos fines del periódico, se aferra a Maia como última vía de escape. Y es gracias a ella, tan perdedora pero aún más inestable emocionalmente que él, dotada de una sensibilidad tan frágil que la coloca al margen de cualquier relación personal estable.

Es en este punto cuando la novela alcanza verdadera altura literaria, en la que la ficción gana el pulso al discurso de Eco, en la que el lector puede al fin sentir que está leyendo una novela como tal. Y es también en este punto cuando, ya planteada la temática central, Eco se relaja y deja que una trama de misterio y enredo envuelva a sus personajes y permite que su libro vuele con más libertad, sin que la reflexión se pierda de vista pero sin que ahogue el texto. Porque, si algo cabe reprochar a Umberto Eco respecto de Número Cero, es precisamente ese peso desigual entre discurso  y literatura, cierta falta de engarzamiento entre ambas.

 Pero todo ello no quita para que en el libro haya numerosos puntos de interés para todo amante de la literatura. Si bien los personajes se esbozan de un modo sencillo, el protagonista y narrador, Colonna, es tratado con mimo y perfilado a la perfección como un perdedor, un ser vulgar en el que todas las promesas de un futuro han quedado defraudadas. Como él mismo dice, “cuando vives cultivando esperanzas imposibles, ya eres un perdedor. Y cuando te das cuenta, te hundes”.  Nunca hay nada escrito hasta que se pone el punto y final. Ésta es la última gran idea del libro de Eco. Quién esperaría que el gris Colonna renaciera cuando la muerte le ronde, quién creería reconocerlo en su nueva vida, no necesariamente la que había soñado pero sí aquella en la que puede creer y respetarse a sí mismo. Ése es, sin duda, el mensaje de esperanza de Umberto Eco en esta obra en la que la sordidez de algunos no puede asfixiar la vida de los muchos. Y así ha de ser.
 

15 de enero de 2012

Emaús (Alessandro Baricco)


Emaús es una pequeña aldea de Palestina a la que se dirigen unos peregrinos, de vuelta a su hogar, tras pasar la Pascua en Jerusalén. En el camino comentan las últimas noticias y rumores sobre la resurrección de Jesús. En su andar se cruzan con otro caminante al que se unen y al que dan cuenta de estas nuevas que el desconocido parece ignorar. Llegados a Emaús, invitan al forastero a su casa a cenar y, en ese momento, en el simple acto de partir el pan, descubren que su invitado es el mismo Jesucristo resucitado, que se desvanece ante sus ojos. La estupefacción les lleva a preguntarse con asombro "le tuvimos entre nosotros, ¿cómo no le supimos reconocer?"

El mismo estupor parece sorprender a los protagonistas de la última novela de Alessandro Baricco. Cuatro adolescentes (uno de ellos actuando como narrador) se adentran en la vida desde sus confortables y anodinas existencias propias de una clase media que ha perdido la fe en los ideales que propugna pero que insiste en transmitir a sus hijos.

Estos amigos viven en una pequeña ciudad de provincias, en el seno de familias convencionales con todo lo que ello supone en la Italia de la época: fuertes sentimientos religiosos, una ética del esfuerzo y del sentido de la vida, de lo que es decente y de lo que no lo es. Baricco hace una perfecta descripción del ambiente asfixiante de estos cuatro amigos, arropados por unas ideas muy claras sobre las conveniencias y lo adecuado, la necesidad de reprimir los anhelos propios, la supeditación de goces estéticos o físicos a fines más elevados. En definitiva, hace un espléndido retrato de estas pequeñas vidas, pequeñas no por tratarse de jóvenes, sino pequeñas por su horizonte.

Pero lo que parece evidente para el lector no lo es para los protagonistas que atisban una forma de heroísmo en su particular discurrir por la vida. Alejar cualquier pretensión de orgullo, acercarse a las miserias de los hombres (acuden como voluntarios a un hospital de enfermos terminales) o procurar, con una inocencia rayana en la ignorancia, que otros adopten su credo y visión.


Sin embargo, hay un mundo más allá de sus expectativas y de sus miras, un mundo que atisban lejanamente y que se materializa en la figura de Andre, una joven de clase alta cuyas costumbres, desinhibición y descaro desprecian. Su familia nos es como las suyas, sus nombres no son como los de ellos, sus creencias (si es que las tienen) les son ajenas ya que estos adinerados de toda la vida parecen tener sus propias normas de conducta, inmorales e incluso ofensivas.

Y aunque entre ellos mantienen la ficción de que la joven no les interesa, poco a poco, Andre comienza a convertirse en una figura relevante en sus vidas. Los protagonistas se aproximarán a ella de un modo diferente, cada uno en función de sus propias inclinaciones y personalidad (hasta ese momento oculta bajo un manto de uniformidad).

Y Andre les toca a todos, como un veneno, a cada cual con peor fortuna. Nada les había preparado en la vida para lo que se les muestra a través de la ventana abierta que representa la joven. Sus firmes creencias son puestas en cuestión coincidiendo con el gran ecuador de la adolescencia y ninguno parece quedar inmune. Pese a que se resisten, sus formas de rebelarse denotan que algo se ha roto. Los esfuerzos por recuperar la vida en el punto en que pareció torcerse, por acogerse a los ritos y ritmos cotidianos, lo que antaño parecía tener sentido, resultan deslucidos y entreverados con sentimientos de culpa y pecado. Atrapados entre su educación y el deseo de ruptura, terminarán por quebrarse ellos mismos.

Podría pensarse que estamos ante una novela de iniciación, del paso de la inocencia a la madurez o incluso una novela sobre la culpa o el pecado pero a mi juicio estamos realmente ante una novela de revelación. Entiendo por tal aquella que reflexiona sobre unas vivencias que apenas pueden ser interpretadas por sus protagonistas y que el autor ofrece a sus lectores para que estos puedan responder a la pregunta desesperada que planea sobre el texto, ¿cómo no lo supimos reconocer? El siguiente paso es preguntarse si el autor logra su objetivo, si consigue revelarnos (a nosotros, pero también a sí mismo) aquella verdad que se escapa a los protagonistas del relato. La respuesta es indudable, Baricco hace un impecable (e implacable) análisis de la realidad desmenuzando los sentimientos que se van apoderando de los jóvenes hasta sacudir por completo sus creencias y convicciones.


¿Qué vida era preferible? ¿La anterior a Andre, previsiblemente tranquilizadora y confortable? ¿La nueva vida en la que son dueños de su recién conquistada autonomía? El autor no se pronuncia, los protagonistas tampoco ya que nadie puede volver atrás en el tiempo y fingir que nada ha ocurrido. Para los lectores tampoco será tarea fácil responder, pero Baricco nos empuja a alcanzar nuestra propia “revelación”.

El gran logro de Baricco reside en su capacidad para encontrar el lirismo y la melancolía, los colores y las melodías en este ambiente opresivo, asfixiante. Más aún puesto que Emaús es una novela dura en la que no se ahorran detalles escabrosos, escenas de sexo o sórdidas; pero no por ello Baricco deja de lado su peculiar estilo narrativo. Al contrario, su estilo, aplicado a este argumento, resalta los aspectos más ásperos del texto. Pocos autores lograrían combinar la dureza del contenido, el juicio preciso, con la belleza (la misma que los protagonistas declinarían) que preside cada página. Por idénticos motivos es necesario alabar la labor de la traducción de Xavier González Rodríguez que ha sabido mantener ese lirismo y delicadeza en la edición en español.


Para Baricco este texto ha debido ser un duro ejercicio personal ya que, inevitablemente, se puede creer que encierra muchos elementos autobiográficos. Quizá no tanto en la trama como en los ambientes, en la descripción de los hogares sofocantes que tuvo que vivir en su infancia y juventud en Turín.

Lo cierto es que, como los peregrinos de Emaús, recorremos un mundo que apenas comprendemos (aunque finjamos hacerlo) y sólo acontecimientos excepcionales nos despiertan y sacuden. Para algunos es la pérdida de un familiar (o la venida al mundo de un recién nacido), es el deterioro de la salud, es cualquier acontecimiento que nos hace exclamar tópicamente, "ahora valoro las cosas que realmente importan". Esa reflexión es el signo claro de que también nosotros podemos preguntarnos ¿por qué no supimos verlo? Luego no nos quejemos de que nuestros anhelos se desvanezcan demasiado pronto.