24 de diciembre de 2025

El tranvía de Navidad (Giosuè Calaciura)


 

 

La enfermera lo descubrió levantando la toquilla. Todos contemplaron la plenitud de su cuerpecito y empezaron a fantasear pensando cómo sería de chaval y luego de adulto, qué milagros llevaría a cabo en los barrios olvidados de la periferia, cuántos serían redimidos y salvados, cuántos cazados y castigados, y pensaron también cómo podrían librarlo del martirio al que seguramente ya estaba abocado.


Se sentían partícipes de la evidente santidad de aquel niño abandonado en un tranvía parecido a una cueva, testimonios improvisados y casuales de aquel nuevo Nacimiento que una vez más anunciaba bendiciones para los últimos y los más pobres, pues de ellos sería el reino de los cielos.



Giosuè Calaciura ha escrito en El tranvía de Navidad (editorial Periférica) no una versión actualizada de Canción de Navidad, de Charles Dickens, pese a las varias referencias que a esta obra se deslizan por sus páginas. Más bien ha querido trascender el mensaje de optimismo navideño para regalarnos los primeros capítulos de un nuevo evangelio apócrifo, una versión acorde a unos tiempos en los que la trata de personas, la migración, el racismo, la persecución del diferente o la desolación de los que quedan orillados a un lado del refulgente mundo de las redes sociales y el mainstream insultante se convierten en una realidad que, sin duda, puede no resultar muy diferente de los tiempos de la Judea ocupada por los romanos, ansiosa por encontrar un Mesías que reestableciera un orden, más imaginario que real, construido sobre una esperanza ciega, la que nace de la desesperación.


Precisamente para esta labor Calaciura está extraordinariamente dotado. No solo combina una habilidad para desarrollar una historia emotiva que no eluda la crudeza, sino que muestra un talento desbordante en el dominio de la lengua, de las alusiones simbólicas, de la capacidad para evocar en el lector impresiones duraderas o para combinar una imaginación desbordante que no contradice el realismo riguroso. No se puede obviar el mérito de la traducción de Natalia Zarco que dota de una belleza especial al texto.   


En este tranvía aparece un recién nacido, envuelto en harapos, sin un llanto perceptible. En las últimas filas, colocado de manera que ni un frenazo ni una curva tomada de manera brusca puedan arrastrarle, golpear contra el respaldo del asiento delantero o arrojarle al suelo. Y esas precauciones no son vanas puesto que el vehículo tiene una larga ruta que va del centro de la ciudad, del centro de todas las cosas, del calor de lo vivido, de la familiaridad y el cuidado, al extrarradio, la periferia de todo, de la Vida, del amor y el cariño, lo más lejano del centro, allá donde apenas nadie se atreve a adentrarse sabiendo que es un espacio vacío de Dios.



De día reflexionaba sobre la injusticia de la vida y de la muerte, sobre la indiferencia de Dios y sobre la incapacidad de los hombres para gobernar su soledad.


No, aquel recién nacido no era fruto de un milagro de Navidad, dijo a los demás. También ellos tenían que estar seguros para no confundir su deseo de Dios con la injusticia de los hombres.



Una historia sin milagros y con la sola santidad del niño abandonado que, según la enfermera, debería haber arrancado a todos del éxtasis del falso pesebre tranviario, convenciéndolos de una vez por todas de la eterna ausencia de Dios, sin más promesas de salvación que las pequeñas ilusiones que nos ayudan a salir adelante, la mentira que nos distrae y nos condena a aceptar nuestra condición.




Ni siquiera el conductor, el uniformado representante del orden en su pequeño reino eléctrico es capaz de soportar la triste carga que porta. Y, por ello, se encierra con cerrojo en su cabina protectora, tapando los cristales con papel de periódico, para no ser visto, para no ver, como un Dios egoísta, que dirige los destinos de quienes se sientan a sus espaldas pero que nada le importan, que no quiere ser importunado por esos seres inferiores, esos malditos objetos de su trabajo consistente en transportarlos al fin del mundo.


Y a ese tranvía, el 14, número que coincide con la ruta de autobús que tantas veces yo he tomado en otra ciudad, no Palermo, más grande, más salvaje tal vez, van subiendo diversos personajes, lo más granado de la sociedad humana, arrojados a su interior por la necesidad o el agotamiento, camino de vuelta a sus lejanos y vacíos hogares, si es que tal nombre se puede aplicar a lo que está vacío, hueco. Lo más granado de la sociedad humana va subiendo en las diversas paradas de este viaje.


Una chica de color, enferma, agotada, que busca en su cuerpo, en su venta, el sustento que no puede lograr de otro modo. Y apenas le sirve para un intercambio de cuerpo por comida, su cliente, un local que se precia de no pagar por los servicios, por solo invitar a comer, creyendo que esto le redime de alguna manera, que no le rebaja a mero comprador de carne, pero que en su miseria tampoco tendría opción de buscar mejor oferente de lacer que la pobre muchacha con toda su belleza marchita y postulante. Unas vidas unidas por el pegamento de la desesperación, la necesidad mutua de quien se sabe ante la última oportunidad en una noche, la previa a la Navidad, en la que todo debería de ser diferente, pero que a todas luces no lo es.



De hecho, a ellos aquel niño les parecía de verdad el Redentor, con los adornos y los signos del mandato trascendente en clara evidencia. Incluso más que el Niño Jesús, porque este recién nacido no tenía ni siquiera la protección de la Sagrada Fami­lia. Viajaba sin compañía, en la miseria de un tranvía más oscuro, frío e incluso peligroso que una cueva en Palestina.


Lo veían auténtico por su estado de abandono y soledad. Compartían el mismo destino de viaje, idéntico el viacrucis asfixiante del transporte público: no podía ser sólo una casualidad que a aquel niño tan perfecto y perfumado de naranja lo hubieran abandonado en aquel vagón en Nochebuena.


A menudo, también ellos habían sentido en su propia carne los síntomas de la santidad, el culmen del sufrimiento cotidiano, del agotamiento, de la intimidación, de la condena de ser pobre cuando los echaban como a unos mendigos de las terrazas de los restaurantes para librarse de la molestia de sus miserables comercios; en el momento en que les negaban el alquiler de una chabola por ser negros o extranjeros; cuando les recortaban el jornal porque habían dispuesto también de comida y alojamiento; cada vez que oían susurros con intolerables ofensas racistas que eran como puntas de lanza en el costado; cuando se vendían al mejor postor en los mercados de la prostitución o en los caminos de los sembrados en tiempo de cosecha; cuando por la noche, exhaustos, volvían a casa y miraban a sus hijos con tristeza y sin esperanza. En aquellos momentos, también ellos habían advertido en la palma de las manos la quemazón de los estigmas, el peso de la aureola en la cabeza, el destino de mártir de sus vidas.




Y también se sube al tranvía un mago perdido en las nieblas del Alzheimer, perdido en la vida, perdido en sus recuerdos, creyendo que todo cuanto ocurre a su alrededor es el fruto de sus actos mágicos, de su voluntad hoy ya perdida. Como perdida está también la voluntad del criado oriental de una mansión, que solo se siente mejor que el resto por su uniforme de gala, que en esta noche podrá llevar a su casa para que sus hijos le vean luciendo con orgullo la botonadura dorada. Pero solo él guarda el recuerdo de la terrible mancha de café que emborrona su blanca camisa, el símbolo de dónde viene, de su origen sucio, bajo, de que no hay forma de redención válida para su condición.

 

 



Tampoco parece haberla para el joven muchacho que ha pasado por el infierno de los desiertos africanos, del paso por el Mediterráneo, solo para llegar a otro desierto, una ciudad en la que la compañía de quienes le rodean solo sirve para inspirarle miedo, buscando siempre la soledad puesto que ni de los blancos ni de los compatriotas de dolor puede esperar algo que no sea violencia y desprecio. Y no es otra cosa lo que le ocurre al vendedor ambulante de paraguas, un anciano que aún ha de hacerse la vida por las calles del centro con su exigua mercancía, que siente un tremendo dolor por los zapatos nuevos que su hijo le ha regalado, sin tener el valor para mentirle y decirle que para su vida de caballero andante son mejores los zapatos bando y ya hechos a su pie, que los lustrosos y pequeños que le ha entregado.



La vieja, por caridad, por improvisación, por locura, decidió confiar al niño a los brazos del mundo.



Y cada uno que sube es llamado al fondo del tranvía, y la muchacha negra avisa con un susurro que hay un niño y todos se arremolinan a su lado, como para protegerlo, apenas se atreven a mirarlo pero se conciertan en su defensa cuando unos jóvenes fascistas suben en una parada y pretenden amedrentarles con sus insultos. Y el niño, o tal vez su propia dignidad repentinamente recobrada, les infunde fuerzas para hacerles huir en la siguiente parada, una victoria de la determinación, de la unión de los pobres y desunidos, de quienes no sabían que tenían a su alcance un arma tan poderosa.


El lector se sentirá invitado a subir a este tranvía, personificándose en cualquiera de estos personajes y otros tantos que irán subiendo, contando su historia, viviéndola con sus esperanzas puestas en el niño que ha aparecido como una epifanía en sus vidas, en esa noche mágica, en el momento más bajo de sus vidas abisales. Una lectura que no por breve resulta menos intensa, que arrastra con su inusitada belleza a un terreno en el que las letras actuales no acostumbran a moverse, no con tanta libertad al menos. Pero que nadie espere un final redentor, un Scrooge ganado por el espíritu de la Navidad, un triunfo de los fantasmas de las navidades pasadas, Giosuè Calaciura tiene un talento acorde a estos días  que ya no son los del folletín del siglo XIX, y, desde luego, sabe estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.



Lo buscaron también mirando por las ventanillas, en los balcones decorados de las fiestas, en las porterías vacías y oscuras como los ojos de los muertos, a lo largo de las persianas de las tiendas cerradas, en la intermitencia de los semáforos nocturnos, aliviados ya del cansancio de indicar el paso, en el espejismo del reflejo de las venta­nillas de los coches aparcados. Lo buscaron en su propia desilusión cuando la estación final estaba próxima y se preguntaron qué harían a continuación, cómo afrontarían el resto de la noche, de la vida.

 

17 de diciembre de 2025

Ángeles sin alas (Generación Bibliocafé)



El 22 de noviembre de 2024 una terrible tragedia sacudió la provincia de Valencia. Aunque el temporal afectó también a territorios vecinos, fue en la Huerta Valenciana donde el agua pareció ensañarse con mayor crueldad. El resultado fueron muertos, desaparecidos, heridos y destrozos materiales de toda clase. Las inundaciones arrasaron colegios, ayuntamientos, polideportivos, centros de salud, comercios y viviendas particulares. La tragedia arrancó de su rutina a decenas de miles de personas que, en apenas unos minutos, vieron cómo las escenas que solían contemplar en los telediarios se abrían paso ante sus propios ojos con una ferocidad que costaba creer real.

Parece que las tragedias florecen allí donde las personas solo pueden contar consigo mismas. En cambio, en los lugares donde el progreso ha institucionalizado la solidaridad, donde los derechos y las obligaciones compartidas sustituyen al heroísmo individual, todo parecería más seguro. Pero aquellos días todo falló. Fallaron las tareas de limpieza de los cauces y la planificación urbanística, cegada por la codicia de construir donde no debía. Fallaron las advertencias, la prevención y la respuesta inmediata. Y cuando todo eso se derrumba, el peso recae sobre la gente común.

Entonces la sociedad valenciana se levantó. Allí donde el Estado no alcanzaba, llegaron los brazos de los vecinos. Donde no había maquinaria, aparecieron manos. Y donde no había esperanza, surgió la voluntad de ayudar. Muy pronto los telediarios dejaron de hablar solo del desastre para mostrar una marea humana que ya no era de barro, sino de jóvenes que trataban de limpiar con sus propias manos, con lo poco que tenían. Gente que despejaba calles, repartía comida, rescataba animales, acompañaba a enfermos o simplemente escuchaba a quien lo había perdido todo.

También llegaron las historias de vecinos que salvaron vidas y ofrecieron sus casas a desconocidos; de pueblos que se unieron para recuperar líneas de comunicación y volver a ser parte del mundo. Historias pequeñas y heroicas que recordaban que la humanidad, incluso embarrada, seguía latiendo.

En esos días apareció un ejército silencioso de voluntarios. Eran los llamados “ángeles del barro”. Jóvenes y mayores que no esperaron órdenes ni cámaras y que simbolizan lo mejor de nosotros. Son ellos los protagonistas de Ángeles voluntarios, el último libro de la Generación Bibliocafé, un grupo de escritores, valencianos en gran número, que lleva más de una década construyendo una literatura comprometida y colectiva.

El volumen reúne relatos inspirados en la solidaridad real. En sus páginas encontramos desde la ayuda urgente de universitarios que caminaron kilómetros para llevar palas, hasta la labor de bomberos, médicos y miembros de diversas asociaciones de toda clase y género. 

He tenido el orgullo de volver a ser convocado para este libro por Mauro Guillén, al que doy las gracias por ello. En mi caso, algo alejado de los hechos vividos, traté de buscar una perspectiva algo menos tópica, un pequeño esfuerzo que podía tener un gran impacto emocional en muchas de las víctimas. El relato (El hilo de la memoria) se centra en el proyecto de Recuperación Fotográfica de la Huerta Valenciana. Gracias a ese esfuerzo se rescataron miles de fotografías que el barro había devorado. Aquellas imágenes, muchas de ellas pertenecientes a personas mayores, se limpiaron, restauraron y devolvieron a sus dueños. Recuperar esas fotos fue también recuperar la memoria de una vida: un gesto silencioso que demuestra que la solidaridad puede manifestarse en formas tan delicadas como el cuidado de una imagen antigua.

Pero otras muchas asociaciones, colectivos y organizaciones aparecen en estas páginas, algunas tan conocidas como Cruz Roja, Cáritas, la ONCE, la Asociación de enfermos y trasplantados hepáticos, Save the Children y muchos otros héroes anónimos que se pusieron a disposición de quien más les necesitara, con su tiempo y su esfuerzo personal. 

El libro, además de documentar una catástrofe, ofrece una lección de humanidad. Nos recuerda que hay héroes porque hay tragedias y que, cuando las instituciones fallan, solo el compromiso individual puede sostener el mundo. Pero también nos advierte que la reparación y la justicia son deberes del Estado. No basta con aplaudir a quienes ayudaron. Hay que garantizar que nadie vuelva a necesitar héroes.

Entre los autores de Ángeles voluntarios encontramos nombres ya conocidos en la Generación Bibliocafé, como Mauro Guillén, Inmaculada López Arce, Felicidad Batista, Franz Kelle, María Tordera, Susana Gisbert, José Luis Rodríguez-Núñez o Susi Bonilla entre otros muchos viejos conocidos de esta aventura literaria. Todos ellos logran transformar el dolor colectivo en palabra, el barro en memoria y la catástrofe en literatura.

Al cerrar el libro queda una certeza: las lluvias cesaron, pero la catástrofe continúa en las casas que aún huelen a humedad, en los recuerdos que no pudieron rescatarse, en las vidas interrumpidas. Sin embargo, también persiste algo más fuerte: la certeza de que, cuando todo parece perdido, siempre hay alguien que se agacha, toma una pala y empieza a limpiar.

La labor editorial de la Generación Bibliocafé con este volumen se siente como un acto de compromiso social tan potente como literario, porque no solo reúne voces para contar lo sucedido, sino que configura un espacio donde la palabra sirve para dignificar la experiencia del otro, dar visibilidad a lo invisible y recordarnos que, cuando el barro lo invade todo, lo que queda es lo que hacemos los unos por los otros.