8 de julio de 2007

Auschwitz. Los nazis y la “solución final” (Laurence Rees)


Se suele decir que aquellos pueblos que desconocen la Historia están condenados a repetirla. Se trata de una idea en la que subyace un fondo optimista, una visión de la Historia como posibilidad de progreso y mejora. La lectura del texto de Laurence Rees echa por tierra cualquier visión positiva que se pudiera albergar al respecto. Ni el proceso por el que se llegó a adoptar la “solución final”, ni la falta de consecuencias para la mayoría de los SS implicados en la administración de la fábrica de muertos en que se convirtió Auschwitz, ni el trato recibido en muchos países por los supervivientes del Holocausto, ni prácticamente ningún otro asunto tratado por Rees ofrecen esperanza para poder extraer un pequeño consuelo moral de entre tanta barbarie.

Rees sabe combinar los acontecimientos históricos con las pequeñas historias individuales, fruto en su mayor parte del trabajo de investigación para la realización de un documental para la BBC cuyo epílogo es precisamente este libro. De las entrevistas realizadas a antiguos miembros de las SS (así como de las declaraciones de otros ya fallecidos) se puede concluir que el arrepentimiento no figura en el vocabulario de los entrevistados. La opinión habitual de que obraron en cumplimiento de órdenes superiores y de que el contexto de manipulación propagandística y envenenamiento ideológico explican su conducta, queda contradicha. La actitud general es la de que la “solución final” fue un error de los jerarcas nazis fundamentalmente porque atrajo las antipatías y el rechazo internacional impidiendo la coalición de Alemania con los Aliados frente a Rusia, en definitiva, no se discute el fondo moral de la decisión, sino su oportunidad política.

El propio autor destaca en el prólogo del libro lo que le sorprendió el antisemitismo latente que percibió en Europa oriental, pese a la presencia testimonial de la población judía. Este hecho podría explicarse en parte por la propaganda comunista que trató de reducir el componente antisemita de la política nazi para englobar a todos los fallecidos en los campos de exterminio como antifascistas, olvidando que la mayoría de ellos fueron judíos. Entre el resto se cuentan colectivos tan variados como católicos, homosexuales, testigos de Jehová, gitanos, prisioneros políticos, miembros de la Resistencia, prisioneros de guerra, y un largo etcétera.

Precisamente en Europa Oriental los judíos supervivientes del Holocausto que trataron de volver a sus hogares vieron cómo sus casas y negocios habían sido expropiados y entregados a otros en su ausencia sin posibilidad legal de reclamar sus propiedades. En la mayoría de los casos optaron por emigrar al recién fundado estado israelí. Acogidos entre los “suyos” sufrieron un sordo reproche dado que quienes no habían vivido la experiencia de los campos consideraban que los supervivientes habían colaborado en gran medida en la matanza (de hecho, la mayor parte del proceso de muerte en las cámaras de gas, incineración, etc., no se realizaba directamente por los alemanes sino por otros prisioneros seleccionados para estas ingratas labores, reduciendo así el “coste psicológico” que implicaba el estar expuesto a aquellas escenas de horror). También había cierto rechazo debido a que se suponía que los judíos europeos no se habían opuesto con toda sus fuerzas al exterminio (“como ovejas conducidas al matadero”). De ahí que muchos de ellos emigraron finalmente a los Estados Unidos en busca de un sosiego imposible.

Al margen de los relatos individuales, todos ellos de brutal intensidad, la mayor aportación del autor es la exposición de su teoría sobre el proceso que llevó a la adopción de la “solución final” y que consistía en la eliminación sistemática y podríamos decir, científica, de toda una raza.

Si bien es cierto que Hitler culpó a los judíos de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y sostuvo la necesidad de erradicarlos de la sociedad alemana, la eliminación física de todos los judíos, se descartaba como antigermánica dado que los dirigentes nazis se consideraban el epígono de la civilización occidental. En los primeros años de la guerra se plantearon incluso la concentración de todos los judíos en alguna de la colonias ultramarinas de Francia como forma de solucionar el problema de la germanización de parte de los territorios ocupados.

Sin embargo, diversos acontecimientos y decisiones adoptadas por los nazis creaban las condiciones para nuevas decisiones. Las medidas sobre los judíos creaban problemas para cuya solución era preciso adoptar nuevas medidas que, a su vez, engendraban nuevos problemas para cuya solución se tomaban nuevas decisiones en un proceso endiablado en el que se terminó por asumir la necesidad de la eliminación física total de la presencia judía en la Europa ocupada. Lo más aterrador de esta decisión es que, por primera vez en la Historia, no sólo se decide la eliminación “total” de un pueblo, sino que se hace de manera fría, planificada, sistemática y prolongada en el tiempo, con una eficacia que sólo el siglo XX con sus avances técnicos, habría permitido.

La política de germanización de las tierras ocupadas adyacentes a Alemania forzó la expulsión de, entre otros, un gran número de judíos que residían en dichas zonas. La concentración en guetos y la prohibición de trabajar a los judíos (para preservar esos puestos para trabajadores arios) trajo consigo nuevos problemas. La invasión de la Unión Soviética –cuyos habitantes eran considerados subhumanos, más aún los judíos rusos- llevó a la creación de brigadas especializadas en la eliminación física de judíos, comisarios políticos, etc, de manera indiscriminada, como no se había hecho anteriormente en el frente occidental. Estas matanzas, cuyo “coste psicológico” era enorme para los miembros de las SS (ni siquiera a ellos les resultaba soportable matar diariamente a mujeres, ancianos y niños, a sangre fría) forzó la búsqueda de alternativas. Una de ellas fue la de utilizar gases letales, siendo las primera cámaras de gas, camiones adaptados a tal fin.

Todo ello posibilitó un medio de exterminación masivo que no precisaba la implicación de un gran número de alemanes en el proceso (como he comentado, otros prisioneros se encargaban de cortar el pelo a los que iban a ser llevados a las cámaras de gas, de buscaban entre sus ropas objetos de valor, de sacar los cuerpos con destino a los crematorios, etc.)

La necesidad de fuerza de trabajo llevó a la creación de campos y subcampos con fines de explotación de mano de obra esclava para lo que era necesario movilizar a los trabajadores aptos de los guetos. Dejar en ellos sólo a mujeres, niños e incapaces era condenarlos a una muerte segura y a los problemas de salubridad subsiguientes, con un alto coste para los ocupantes nazis; de ahí que fuera preferido transportar en trenes a las familias completas y luego, una vez llegados al campo, se realizaba la “selección” separando a los trabajadores aptos del resto que eran llevados directamente a las cámaras de gas.

Mientras se iba poniendo de manifiesto la dificultad de ganar la guerra, el problema judío se convertía en un asunto de venganza. El propio Hitler aseguró que no quería que los judíos obtuvieran beneficio de la guerra. La venganza y el odio se convirtieron finalmente en la razón última del exterminio y la única capaz de explicar el gasto de recursos que suponía la persecución y exterminio de los judíos cuando se tenía a los rusos camino de Berlín.

Esta sucesión de hechos, el crear la situación que fuerza la adopción de ulteriores decisiones de manera que se está ante un proceso de dar un paso adelanto en la locura, tomar tiempo para asumir dicha decisión y prepararse para el siguiente paso, son la única explicación coherente que puede dar cuenta de este proceso, pero al tiempo, es la mayor prueba de que caer en dicha espiral de locura no es tan imposible como pudiera parecer si nos limitamos a analizar la “solución final” como un designio nazi que las circunstancias de la guerra permitieron que se llevara a cabo. Lo terrible es que, analizando los periódicos podemos asistir a procesos de este tipo. Por ejemplo, la propia ocupación de territorios palestinos, la creación de asentamientos, el levantamiento de un muro de separación, parecen llevar una lógica perversa similar. Dónde se ponga el límite a esta carrera depende de la capacidad de analizar la realidad de manera objetiva parece el único antídoto posible.

Para contradecir a Rees, y lograr un final hermoso del que su historia necesariamente carece, concluiremos con el ejemplo de Dinamarca y el trato que durante la ocupación se dispensó, con carácter general, a los judíos. Sus autoridades se opusieron a la adopción de medidas antisemitas (al contrario de lo que hicieron las de otros países occidentales ocupados, como Francia o Eslovenia) y apoyaron de manera activa la evacuación de la población judía a Suecia cuando los nazis decidieron la deportación de los judíos daneses. Igualmente, la mayoría de los judíos que regresó a sus hogares tras la guerra no tuvo que enfrentarse a los odios, prejuicios y problemas legales que tuvieron que padecer la mayoría de los supervivientes en la Europa Oriental. La elección es siempre posible.

6 de julio de 2007

De praderas y bosques (Robert Louis Stevenson)


Por motivos de salud, Stevenson tuvo que abandonar la fría y húmeda Gran Bretaña camino de los mares del sur donde disfrutó de los últimos años de su vida y nos regaló alguno de sus mejores cuentos y la inolvidable narración de su estancia en dicho paraíso (En los Mares del Sur).

Camino del Pacífico, atravesó los Estados Unidos y recogió sus impresiones en dos breves escritos que reflejan las luces y las sombras que Stevenson vislumbró en este incipiente país.

El primero de estos escritos (A través de las praderas) narra el viaje en tren desde Nueva York a California rodeado de inmigrantes y sufriendo las penosas condiciones de un viaje largo e incómodo.

El viaje se realiza en pesados trenes atestados de emigrantes camino de la costa Oeste. Sufren las penurias de los días soleados cruzando tierras desérticas, las tormentas y el frío nocturno, el trato rudo, y a veces violento, de los empleados del ferrocarril e incluso la escasez de agua y comida dado que en las escasas y breves paradas de estos trenes, el alimento solía agotarse antes de que todos los pasajeros hubieran hecho acopio de provisiones suficientes hasta la próxima parada.

Esta convivencia arranca diversas observaciones de Stevenson. Así, por ejemplo, destaca el odio que se tiene a los asiáticos (sólo superado por el que se tiene a los indios nativos) a los que se reprocha su falta de modales e higiene. Paradójicamente, señala que son los orientales los únicos que se asean diariamente en condiciones. Es el miedo al desconocido, a lo ajeno, el que paraliza y divide, el que crea barreras y engendra odios. La normativa del ferrocarril ayuda a la segregación: el convoy se forma de tres vagones, uno para familias y mujeres, otro para hombres solos y otro para orientales.

La migración es un fenómeno histórico. Stevenson observa cómo la hambruna de Europa y de Asia empujan a sus habitantes convergiendo sobre América, una tierra virgen, con nuevas costumbres y nuevos modos. El carácter del pueblo americano sorprende al autor escocés, acostumbrado a la ceremoniosidad y la distancia en el trato, a las diferencias de clase. Un americano, sea un dependiente o un sirviente, se consideran al mismo nivel que la persona a quien atiende o sirve. Esta relación de igual se sostiene en el precio del servicio que se ofrece o demanda y en la libertad para prestarlo o no.

También sorprende a Stevenson la primera relación que mantiene con un afroamericano (por seguir la terminología actual) basada también en la desenvoltura y casi, el paternalismo que le muestra al autor. Cierto es que en las palabras de Stevenson no hay racismo, al contrario, pero se deduce una clara conciencia de superioridad basada en la diferencia de clase, lo que nos coloca prácticamente en el mismo punto que el de cualquier persona con prejuicios raciales.

A su llegada a California, el autor nos deja sus impresiones de Monterrey, antigua capital del estado, venida a menos tras la pérdida de la capitalidad con el fin de alejar el recuerdo del origen mejicano de esas tierras. Recogidas bajo el título de La antigua capital del Pacífico.

Basten dos comentarios para poner de manifiesto su fina capacidad de análisis.

De una parte señala, con visión profética, el peligro que los grandes incendios forestales pueden suponer para la zona (como cien años después se pone de manifiesto cada verano).

De otra parta destaca el carácter de los mejicanos, y busca explicaciones a la pérdida de su poder e influencia en una tierra en la que son mayoría y de la que detentaban la mayor parte de la tierra y los recursos tras la anexión. Lejos de considerar la indolencia como la causa principal, en línea con los prejuicios habituales sobre la materia, pone el énfasis en la bonhomía y desinterés por la posesión material. Así explica la confianza en la palabra dada antes que en las cláusulas firmadas en un contrato como un ejemplo de esa confrontación entre dos culturas, una ávida y mercantilista, otra fundada en otros valores que lleva, ineludiblemente, a la expoliación de unos por otros.

En tan pocas páginas no se pueden contener más y mejores reflexiones sobre esa América que descubría con sus propio ojos el autor, muchas de las cuáles pueden ser tan válidas hoy como lo eran entonces. Nos queda la pregunta de si los descendientes de aquellos que acompañaron a Stevenson en su viaje siguen siendo hoy descendientes de inmigrantes o americanos en igualdad de condiciones.

14 de junio de 2007

Viajes por el Scriptorium (Paul Auster)


Reconozco que disfruto leyendo a Paul Auster. Su estilo y su temática me atraen y siempre espero su última obra con interés, sabiendo que éste no se verá defraudado. Sin embargo, ese terrible momento ha llegado. Viajes por el Scriptorium es una obra inacabada, apenas esbozada, sin interés evidente para cualquier lector objetivo (excluyo a fanáticos del autor que tendrán cierto interés de coleccionista por ella). Tras su lectura, sólo puedo decir que su mayor virtud es su brevedad.

Evidentemente, no todas las novelas de un autor pueden brillar al mismo nivel. García Márquez nunca ha vuelto a escribir Cien años de soledad y, con toda seguridad, ha renunciado a hacerlo. Sin embargo, de todo gran autor se espera un mínimo rescoldo de respeto a sus lectores. Arrojar al mercado unas páginas como las que nos regala Auster es una afrenta para quienes conocen de lo que es capaz. Y pese a esta inmensa decepción, no albergo duda, nos volverá a sorprender con brillantes historias y personajes inolvidables. De ahí la irritación que asalta mientras se leen sus páginas, ¿por qué?, ¿con qué fin? Quizá una forma de cerrar un ciclo, quizá un divertimento del autor (no del lector, por supuesto).

En una habitación (se desconoce en qué época y lugar) un anciano envuelto en las brumas del olvido trata de recordar quién es, quiénes son los personajes que le rodean y visitan, al tiempo que ojea unas fotografías y un manuscrito dejado con alguna intención en el escritorio de su habitación y que parecen guardar una remota relación con su pasado y con su actual situación.

La figura de un hombre asaltado en su habitación por desconocidos que parecen conocer más de su vida que él mismo, y la asunción de la situación por parte del protagonista, nos remite directamente a las primeras páginas de El Proceso. Sin embargo, lo que en Kafka se convierte en una pesadilla y una reflexión sobre el sentido de la vida (o lo que cada uno prefiera en virtud de las múltiples interpretaciones a las que este libro se presta), en Viajes por el Scriptorium se convierte en una vaciedad al no plantear ninguna cuestión relevante al lector, que asiste impávido a los acontecimientos.

El tema de la novela puede ser una reflexión sobre la escritura, a modo de novela dentro de la novela, en la que el autor pasa a convertirse en un personaje literario más. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurría a los personajes de la célebre obra de Pirandello, en esta ocasión parece ser el autor el que busca desesperadamente actores de su repertorio pasado que justifiquen este viaje.

No basta el guiño a la propia obra (¿egolatría o paradoja humorística?) o tratar de establecer conexiones con obras ya publicadas por el autor. Tampoco sirve remedar el propio estilo. La fórmula debe renovarse en cada libro para no perder el interés.

Para reconciliarme con Auster, releo el pequeño volumen que publicó Anagrama con motivo de la entrega del Premio Príncipe de Asturias al autor en 2006. Este pequeño libro recoge un artículo de Justo Navarro sobre diversos aspectos de la vida de Paul Auster que han influido en su modo de ver el mundo y de transmitirlo o convertirlo en palabras. Así, la muerte de su padre, sus estancias en Europa o la muerte fortuita de un compañero en un campamento de verano, entre otras, van conformando un mapa de sucesos que nos lleva a entender algo mejor la obra de Auster.

Le sigue una entrevista realizada por Eduardo Lago con motivo de la publicación en España de la obra Brooklyn Follies en la que se plantean igualmente diversas cuestiones referentes a la concepción de la novela. Asimismo, el propio Auster anuncia el contenido de su próxima novela (Viajes por el Scriptorium) de la que dice que, a diferencia del resto de sus obras que son de elaboración lenta y sosegada, ésta surgió de su pluma con una facilidad sorprendente (sorpresa que, como ya he indicado, se desvanece al leerla y encuentra una lógica explicación, su escaso interés). En la entrevista Paul Auster hace referencia a la importancia del Quijote como obra fundamental de la literatura moderna (algunos comparan a los protagonistas de Tombuctú con don Quijote y Sancho).

A continuación Jorge Herralde incluye dos textos que recogen la presentación que éste hizo del autor americano en el Círculo de Bellas Artes tras la publicación en España de El libro de las ilusiones con alguna reflexión sobre la obra del autor. También se recoge la presentación de Herralde en un diálogo abierto entre Paul Auster, Pedro Almodóvar y el público tras la entrega de los premios Príncipe de Asturias.

A renglón seguido se recoge el discurso de Paul Auster en la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias. En este discurso, trata de explicar por qué escribe y cuál es la utilidad de la escritura. La respuesta es que todo Arte es útil por su inutilidad. La actividad carente de utilidad inmediata es la que nos separa de los demás animales. La narración responde a una necesidad humana y los escritores no hacen sino responder a dicha llamada.

Finalmente se recoge una cronología/bibliografía comentada del autor que permite comprobar cómo el éxito le llega tras innumerables tentativas, en el teatro, los guiones mudos, la traducción, la poesía, etc.

De este pequeño homenaje obtengo el consuelo de que podremos ver en breve nuevamente al mejor Auster, el que bebe en las fuentes de la cotidianeidad y nos la explica de manera amena y elegante.

10 de junio de 2007

Viajes con Heródoto (Ryszard Kapuscinski)


Una sabia mezcla de historia y actualidad permite amenizar cualquier texto viajero que se precie. En ocasiones, el peso de la obra se apoya más en la Historia en la medida en que el viajero se limita a rememorar mediante la visita de los lugares correspondientes, los hecho o personajes que los han situado en el mapa geográfico, iconográfico o sentimental del lector. En otras ocasiones, el recurso a la Historia es un simple aderezo para centrar al lector en las peripecias de quien escribe. Por último, cuando éstas carecen de interés (o el autor no es capaz de transmitirlo) el texto únicamente tiene de interés su faceta rememorativa.

Creo que es esta última categoría en la que puede ubicarse la obra de Kapuscinski, Viajes con Heródoto. No diré que la vida del célebre periodista y escritor polaco carezca de interés, sólo que éste brilla por su ausencia en la obra. Kapuscinski visita la India, China, Egipto, Irán o el Congo, en momentos clave de su historia, pero nada de ello aflora en las líneas que leemos. Es cierto que el autor ya nos ha dejado espléndidos textos sobre estos países con anterioridad, pero uno no puede dejar de pensar que algo le ha sido negado.

A cambio, Kapuscinski se centra en la obra de Heródoto, cuya lectura le acompañó en la solitaria vida de corresponsal extranjero. Como él mismo afirma, el personaje del historiador griego se le hizo tan familiar como el de muchas personas a las que había tratado en vida, llegando a identificarse con su forma de pensar y sentir el mundo. De ahí, que gran parte de su interés se centre, no sólo en las narraciones recogidas en la Historia sino en la propia vida y persona del hombre que la alumbró.

Quién era, cómo vivía, si viajaba solo o acompañado, si tomaba notas o poseía una extraordinaria memoria, son las preguntas que, perdido en la selva en medio de una guerra tribal o en la desvencijada habitación de un hotel chino, se hace Kapuscinski. También se interesa por los silencios del griego, por ejemplo se toma su tiempo para dilucidar cómo pudieron los babilonios matar a la mayoría de sus mujeres e hijos para reducir el número de bocas a alimentar antes del asedio de la ciudad por el rey persa Darío, o qué se sufre cuando se es empalado o cuando se pierde el favor de los dioses.

Y es que Heródoto, pese a la monumentalidad de su obra, es un narrador brillante y conciso. No se detiene en detalles, salvo aquellos que resulten imprescindibles para la comprensión del texto. Tampoco le importan los sentimientos, no escribe para una sociedad que desconoce el significado del dolor físico o del hambre o de la muerte violenta. Para los lectores (u oyentes) contemporáneos, no era información relevante la brutalidad de la guerra o los sentimientos de un padre que debe ver morir a sus hijos. Sólo aquellos comportamientos propios de los bárbaros merecen una cierta atención por parte de Heródoto, sobre el resto: silencio.

Convivir con dioses brutales, arbitrarios y caprichosos es habitual, el sentido de Justicia no se basa en la equidad, la explotación del trabajo humano mediante la esclavitud es el motor de la sociedad. Nada de ello sorprende a Heródoto y por nada de ello se explaya. A su público le importan más las grandes gestas, la heroicidad de los reyes y la vida de sus antepasados, las miserias cotidianas las encuentran de continuo y no necesitan de pregonero.

Para Heródoto, lo fundamental resulta conocer al vecino, entenderlo. Nunca juzga ni enjuicia los comportamientos ajenos; sólo investiga y trata de dilucidad lo que es real de lo que no lo es de entre las innumerables informaciones que le llegan. Precisamente, este afán por la verdad es una de las mayores lecciones que Kapuscinski extrae de la Historia. Heródoto trata de comprobar y contrastar todas sus fuentes. Cuando puede, realiza comprobaciones personales, cuando no, lo indica en su texto (“según dicen, así he oído, al decir de muchos”). Esta actitud le lleva a emparentar su tarea con la del periodista moderno que debe mantenerse objetivo y describir lo que ve sin juicios añadidos.

Otra de las enseñanzas de Heródoto es el concepto de otredad. El extranjero, el bárbaro, el otro, lo es en contraposición a nosotros. Sólo existe el otro porque existe el nosotros. Nos definimos en relación a otros. Tal tribu come a sus muertos, tal pueblo los entierra, tal otro los quema. Nada es mejor ni peor, sólo diferente en relación a lo que nosotros hacemos. El mundo mediterráneo, diminuto y cerrado hoy en día, encapsulado en el tiempo, era en tiempo de Heródoto, una aldea global como pueda serlo hoy nuestro planeta. Internet no existía pero las comunicaciones marítimas a través de cretenses, fenicios o egipcios hacían las veces. La inmigración era una realidad más contundente que en nuestros tiempos, los inmigrantes fundaban ciudades en territorios extranjeros, regidas por las mismas leyes del país del que provenían sus habitantes.

Ante esta realidad, el anciano historiador griego muestra el camino del respeto y la aceptación del otro como único modo para evitar una lucha fraticida como la que enfrentaba a griegos y persas o a atenienses y espartanos. Kapuscinski no responde a la cuestión de si Heródoto era un relativista moral, aunque con toda seguridad, admitiría límites a la tolerancia.

Tras pasar la última página, se llega a la convicción de que Kapuscinski leía a Heródoto porque al plantearse cuestiones que siguen siendo de actualidad, obtenía enseñanzas duraderas. Un escritor polaco del siglo XX y un historiador griego anterior a Cristo se encuentran en la misma encrucijada y ante las mismas cuestiones, con más de dos mil años de diferencia. De sus reflexiones no obtendremos la respuesta definitiva (¿existe acaso?) a muchas de ellas, pero sí que avanzaremos en nuestra comprensión de los problemas.

20 de mayo de 2007

En Maremma (David Leavitt y Mark Mitchell)

 


 

La literatura de viajes siempre resulta interesante en cualquiera de sus variaciones. Podemos conocer de primera mano regiones que nos eran desconocidas o tener una visión alternativa de alguna que ya conocemos. Experiencias sorprendentes, retazos de historia y geografía se combinan para hacer de la lectura un entretenimiento instructivo al tiempo.

Pero, en ocasiones, podemos disfrutar de la narraciones de viajes por el propio país y conocer cómo nos ven los extraños. Como se suele afirmar en sicología, la visión de uno mismo no es completa hasta que no se confronta con la de otros. De ahí que la conocer la experiencia de personas ajenas a nuestra cultura y tradición aporta un punto de vista alternativo enriquecedor y, sin duda, un cierto componente morboso.

También hay narraciones en las que se nos ofrece más información sobre el propio autor que sobre lo que describe. Vemos sus prejuicios, su forma de entender la vida y de actuar, contrapuesta a la que describe. Esta lectura en negativo resulta especialmente frecuente cuando el lugar descrito es conocido por el lector. Sin ir más lejos, las narraciones de los viajeros del siglo XIX por la España romántica que soñaban y que se adaptaba a sus tópicos preconcebidos.

Todas estas características se dan cita en este pequeño libro escrito mano a mano por . Dos atolondrados escritores americanos deciden emular a los personajes de su adorado Foster y abandonan su país para instalarse en Italia. Una vez saciada su ansia de historia y arte, de experiencias variopintas y de conocimiento de sus nuevos vecinos, acaban por comprar una casa en un rincón olvidado de la Toscana, en busca de una vida relajada y tranquila que les permita escribir y leer al calor de una chimenea.

Reformar la destartalada "villa", comprar los muebles, elegir las cortinas y los suelos, los árboles, flores y hierbas para el pequeño jardín se convierten en una lucha entre la idea que ambos tienen de lo que debe ser una casa toscana y la idea que los italianos tienen de lo que debe ser una casa cómoda y confortable. Unos italianos interesados en huir de su absorbente patrimonio artístico sustituyendo la madera y el mármol por el metacrilato o las baldosas de terrazo por la tarima flotante, por no hablar de una buena calefacción de gas en vez de la inútil, costosa y dificil de encender chimenea.

Ese contraste entre el sueño de Italia y la Italia real es una de las columnas que vertebran En Maremma. Sin embargo, la tendencia contraria se pone igualmente de manifiesto a cada página. Para la mentalidad práctica americana, ni las costumbres de consumo de los italianos, ni su sistema burocrático resultan comprensibles. Baste para ello seguir las peripecias de los autores para obtener un permiso de conducir italiano.

Donde parece no haber lugar a disputa alguna es en materia gastronómica dada la afición de ambos a la cocina italiana de la que son grandes conocedores, teóricos y prácticos. Amantes de la buena mesa y de la comida reposada seguida de su sobremesa pertinente. El ritmo lento de vida (quizá más propio de esta región rural apartada de las grandes ciudades) sea lo que resulta más difícil de asumir para la pareja, y al mismo tiempo lo que más acaban por valorar.

Muchas pueden ser las coincidencias entre esta Italia rural algo anclada en el pasado, y una España que aún retiene parte de su inercia agazapada en el recuerdo. Por ello, no es infrecuente interrumpir la lectura para reflexionar sobre qué habrían pensado Mark y David de este nuestro país o sorprendernos de las numerosas conexiones entre dos pueblos mediterráneos, conun pasado que en lugar de ser trampolín hacia un futuro parece ser una losa de la que no saben cómo escapar. Lean, lean y saquen su propia conclusión.

6 de mayo de 2007

Redobles de Tambor y Diarios de Guerra (Walt Whitman)


 
 
Walt Whitman cimenta su fama en la exaltación del Hombre y la Vida. La pasión y el gozo se combinan a lo largo de sus versos, la Naturaleza forma un marco perfecto en el que dar cabida a su panteísmo laico. Si el hombre es, por encima de todo, un animal político, capaz de relacionarse y resolver sus problemas mediante el compromiso, la guerra es la negación de dicha idea. Una guerra supone la incapacidad de superar las diferencias por medios no violentos. La guerra engendra muerte, destrucción, pobreza, hambre y, a cambio, no acostumbra a beneficiar a los pueblos que las ganan (quizá sí a sus dirigentes). En definitiva, la guerra parece la antítesis de la temática propia de Whitman. Precisamente Redobles de Tambor permite apreciar cómo el espíritu del autor emerge entre el desastre de la Guerra de Secesión enfrentándose a la realidad y adecuándola a su visión de Literatura. Durante los años de la guerra Whitman dedicó parte de su tiempo a acompañar a los heridos en los hospitales de campaña que rodeaban Nueva York y, en ocasiones, en algunos hospitales próximos a campos de batalla. Trató de consolar a soldados que sólo aguardaban la muerte y de confortar a quienes veían sus cuerpos mutilados. Incluso se planteó alistarse como voluntario en la primera etapa de la contienda pero, su edad y el ser el sostén económico de parte de su familia, le disuadieron Precisamente los primeros poemas de Redobles de Tambor presentan el conflicto como algo heroico y digno de admiración. Es la nobleza de alma la que se muestra en los jóvenes combatientes y Whitman sucumbe a los brillos de los desfiles y las banderas.

Según avanza la guerra, las visiones gloriosas se sustituyen por los cuerpos muertos, heridos o mutilados que regresan en carretas desde los campos de batalla. Este golpe de realidad reorienta los poemas de Whitman hacia el Hombre, personificado en la figura del soldado, sin que importen sus colores o banderas. Es el ser humano, maltratado y torturado por la guerra, un ente abstracto que aparece ajeno al mundo y que, como los dioses griegos parece golpear con arbitrario capricho.

En este contexto donde la vida parece carecer de valor es donde, nuevamente, Whitman canta la grandeza de los hombres, en su pequeñez y su vulnerabilidad encuentra nuevos motivos para identificarse con todos y cada uno de los soldados que combaten enconadamente entre sí.

El volumen se acompaña de un breve diario de guerra en el que Whitman detalla sus labores de enfermero, sus viajes en tal cometido y sus experiencias directas del conflicto, siendo un complemento perfecto para la lectura y comprensión del poemario.

Por último, esta obra muestra un ejemplo de cómo, en líneas generales, un pueblo salido de una guerra civil terrible, supera sus divisiones enfrentándose unido al futuro. En ninguna de los versos de Whitman (ni los escritos durante la guerra, ni los escritos al concluir el conflicto) muestran odio por el Sur. La guerra no es una lucha de ideas o sistemas económicos contrapuestos, sino una escenario de destrucción irracional que trata de destruir al hombre pero que, al tiempo, revela su grandeza. Sea del Norte o del Sur, cada hombre encierra un milagro. No hay buenos y malos, sólo hombres, superándose de este modo la tremenda contradicción entre el tiempo que le tocó vivir y los ideales que siempre alentaron la obra del viejo hermoso Walt Whitman.

5 de mayo de 2007

Suite francesa (Irène Némirovsky)


La obra póstuma de Irène Némirovsky no puede disociarse de su trágico final. Hija de una aristocrática familia de judíos rusos cuyas riquezas se perdieron durante la Revolución de Octubre y que tuvo que optar por la huida de Rusia a través de Finlandia, acabó muriendo en un campo de concentración nazi por su doble condición de judía y rusa.

Ni la riqueza de su familia (que logró recuperar parte de su esplendor en la Francia de los años 20), ni sus contactos con la intelectualidad francesa o la pequeña notoriedad por el éxito de sus primeras novelas, le ayudaron a escapar del terrible destino que corrieron millones de europeos.

La casi certeza de ese destino en una fecha temprana (1942) no podía sino estremecer a Irene Némirovsky que veía cómo la mayor preocupación de la sociedad francesa era restañar su autoestima tras la vergonzosa derrota ante los alemanes en 1940. La ocupación de parte de una parte de su país y la instauración de un régimen títere se escondían bajo una capa de desinterés e indiferencia. Esa indiferencia y la consiguiente negación de la realidad son el eje impulsor de “Suite francesa”.

La propia escritora reconoce su deuda para con “Guerra y Paz” de Tolstoi, una obra monumental reflejo de otro periodo histórico crucial. Al igual que el autor ruso, Irène Némirovsky se apoya en una obra coral con multitud de personajes cuyas vidas se entrelazan ocasionalmente pudiendo así dejar constancia de cómo los mismos hechos afectan de distinta manera a las personas. Desde el orgullo de los poderosos, hasta la mezquindad de los pobres, desde el refugio de la familia, hasta el despecho y el recelo del vecino, la mayoría de los sentimientos humanos tienen cabida en estas páginas.

Al estilo de la novela del siglo XIX, el retrato psicológico prima sobre las descripciones. La autora pretende que su obra trascienda del momento histórico que la origina por lo que los personajes, aún basados en muchas ocasiones en conocidos suyos, representan arquetipos bien definidos.

“Suite francesa” debía componerse de 5 movimientos de los cuáles sólo dos se concluyeron. El primero de ellos (“Tormenta”) narra la huída del París asediado por los alemanes, en una loca carrera en la que se confunde el orden y privilegios establecidos dejando a la luz la verdadera naturaleza de cada cuál. El segundo movimiento (“Dolce”) describe, en esencia, los sentimientos contrapuestos que despiertan los ocupantes alemanes de un pequeño pueblo del interior. Frente al enemigo odioso y abstracto, los franceses se topan con personas concretas, muchachos que, al igual que sus hijos, han sido enviados a una guerra que no desean. Esta contradicción y tensión entre lo particular y lo colectivo es uno de los principales temas de toda la novela según su propia autora.

Las ideas sobre cómo proseguiría la novela se recogen en un pequeño apartado que resumen las notas de la autora sobre le proceso de creación de “Suite francesa”. Sin embargo, las tres partes restantes estaban sólo esbozadas en la cabeza de la escritora (“Cautividad” era la tercera – tremendo presagio-, “Batallas” la segunda y “La paz” la tercera).

El texto se estructura de manera muy ágil mediante sucesivas escenas (quizá deudora del incipiente arte cinematográfico) que van perfilando a los numerosos personajes, enfrentándoles a las vicisitudes de la derrota. De este modo la lectura resulta rápida y amena, deteniéndose tan sólo en aquellos aspectos que la autora desea destacar por encima de otros.

La vida de Irène Némirovsky venía de otro tiempo, de un mundo que vio su final tras la II Guerra Mundial. Ni el esteticismo de las clases altas europeas ni la división en clases bien definidas resistirían el embate del conflicto que llevaría a Europa a una nueva era basada en el igualitarismo y la democracia. Por ello, tanto el estilo de la novela como los valores en que se sustenta, serán vistos como fruto de un pasado remoto por el lector contemporáneo.

La tragedia de aquel conflicto, sin lugar a dudas en mayor medida que el precedente, imposibilitaron una forma de entender el arte y de contemplar la vida con tremendas repercusiones en la psique colectiva occidental; sirva esta novela para comprender mejor este cambio, sus ventajas y sus inconvenientes.

10 de abril de 2007

Esta historia (Alessandro Baricco)



Doy gracias por haber descubierto la obra de Baricco, y doy gracias por cada nuevo libro que publica. Doy gracias porque tras la decepción de volver la última página de su último libro, tengo la certeza de que las primeras líneas de su próxima novela me devolverán a un mundo creativo que ya me resulta próximo y familiar.

Baricco posee una voz propia que le distingue del resto de autores de su generación. Alejado de la prosa fría de muchos de sus coetáneos, las narraciones del autor italiano parecen surgidas de un delirio onírico. Nacidos de entre las brumas de la irrealidad, sus personajes se nos muestran como totalmente verosímiles y creíbles. Esta fuerza y viveza de sus personajes también lo aleja de la literatura que busca refugio en el realismo mágico o en sus múltiples sucedáneos.

Como muy bien se preocupa en poner de manifiesto el propio autor, sus obras están salpicadas de detalles históricos reales que, dentro del marco de sus novelas, parecen sacados más bien de la imaginación más desbordante. Así, la introducción de Esta historia (sin duda el pasaje más hermoso e imaginativo de toda la obra, con su magistral descripción de todo lo que rodeaba a una carrera automovilística de principios del siglo XX, está tomada casi literalmente de las páginas de un periódico de la época.

Baricco debiera hacer palidecer a los que opinan que la novela ha muerto como género. Más bien, pone de manifiesto que la repetición de fórmulas manidas, repetidas hasta la extenuación, han vaciado de contenido determinada forma de ver la novela, pero dejando el campo abierto a otras formas de entenderla, menos previsibles y más frescas.

Entrando ya en el meollo de este libro, diremos que narra la historia de Último, el hijo de un pequeño ganadero del norte de Italia, que decide vender sus vacas para montar un pequeño taller de reparación de vehículos en un tiempo en el que estos no eran otra cosa que un juguete en mano de nobles y ricos excéntricos. El hijo hereda una parte de la afición de su padre ya que, lo que realmente dará sentido a la vida de Último no serán los coches sino las carreteras y su afán por narrar su vida a través de curvas, peraltes, cambios de rasante y rectas imposibles.

El libro se estructura en diversos episodios cada uno de ellos con un estilo literario diferente (memorial, prosa poética, diario íntimo, etc), lo que dota a la novela de gran agilidad por los cambios de estilo, de voz narradora o de tiempo histórico.

Podemos seguir la vida de Último a través de diversos episodios narrados, tanto en primera persona como a través de otras personas, como Elizaveta, una refinada refugiada rusa que acompaña a Último durante un tiempo por los Estados Unidos y que será la única persona que, al final de sus días, podrá ver el sueño cumplido de Último.

Precisamente el empeño en hacer realidad un sueño es lo que da sentido a la vida de los protagonistas de Esta historia. Su difícil empeño no queda perturbado por las dificultades o el paso del tiempo. El tema no es original en la literatura contemporánea, reflejo quizá de una carencia de nuestros tiempos, tan mutables e interesados, tiempos en los que la adaptación y acomodo son la norma.


3 de abril de 2007

Cara a cara con la vida, la mente y el Universo (Eduardo Punset)



Los titulares de los periódicos nos asaltan frecuentemente con noticias referidas a cuestiones científicas en sus más diversas facetas (Medicina, Biología, Física, Matemáticas, etc), dando cuenta de las más recientes avances y descubrimientos. La lectura de las secciones de Ciencia puede convertirse en un atolladero para cualquiera que no siga estos temas con asiduidad. De este modo uno se queda con la sensación de no saber nada.

La investigación con células madre puede curar el cáncer y el Parkinson u ocasionar daños genéticos a futuro. El cambio climático es un fenómeno de nuestro tiempo o sólo es un aspecto de un ciclo mayor y más complejo. Los dinosaurios se extinguieron como consecuencia de la colisión de un meteorito contra la Tierra o como consecuencia del cambio climático. Por otro lado, muchos de los descubrimientos y hallazgos no son presentados de modo que se pueda vislumbrar la trascendencia cotidiana que suponen.

Por todo ello, la divulgación científica ocupa un lugar destacado dentro de la educación del ciudadano de a pie. Eduardo Punset nos facilita la labor mediante una selección de científicos con brillantes aportaciones y logros en sus correspondientes especialidades a los que interroga con el fin de tratar de conocer su pensamiento. Y es a través de estas conversaciones como se va creando un pequeño puzzle que permite ir descubriendo una fotografía de nuestro mundo actual (en muchos casos del mundo que está por venir).

Si hay quien defiendo que la gran literatura es aquélla que nos hace otros tras su lectura (más sabios, más humildes, mejores conocedores de nosotros mismos, .. .), no cabe duda de que este libro es un buen exponente. Conoceremos mejor qué es el Hombre, cómo vino a ser lo que es y en qué se diferencia del resto de seres vivos: más aún, conoceremos qué es estar vivo y en qué se diferencia la Vida de lo Inerte. Se nos ofrecerán explicaciones sobre el medio en que vivimos, a nivel planetario, pero también al microscópico nivel de las bacterias (ellas heredarán la Tierra según se nos explica).

Veremos cómo funciona nuestro cerebro y cómo se intenta replicar en máquinas (¿serán Vida o sólo marionetas conscientes?), cuál es la partícula más pequeña en que se puede descomponer un cuerpo o en qué se traduce el concepto Gaia.

Todas estas cuestiones se abordan en las entrevistas de Punset de manera que se hace comprensible la Ciencia, no ya como relación de los avances de nuestro tiempo sino, y en esto consiste una de las bondades del libro, desde la perspectiva de la aplicación a la vida diaria, de su trascendencia práctica. Así, se explica la posibilidad de realizar un viaje en el Tiempo, pero no desde la perspectiva de la Física, sino más bien desde un punto de vista más pragmático (¿cómo se evita la paradoja del abuelo?). Se nos explica cómo serán las ciudades del futuro, en estaciones espaciales, y qué efecto tendrá para aquellos que nazcan en esas colonias cuando vuelvan a la Tierra, etc.

También resulta de agradecer contemplar cómo estos grandes científicos lo son, no tan sólo porque sus investigaciones les coloquen en la vanguardia de la Ciencia en sus respectivos campos, sino porque, más allá de sus investigaciones, tienen una visión que orienta y da sentido a la materia que investigan. No nos hablan de moléculas y proteínas (que también) sino de Vida y Evolución, no nos describen las diferencias entre el hombre y una ameba, nos hablan del futuro del Hombre. Por ello, los concretos avances, las teorías específicas, se encuadran en un marco humanístico que les da sentido (incluso algún entrevistado sostienen que la idea de Humanismo no es muy correcta dado que olvida que el Hombre es una minúscula parte de la Vida).

En fin, multitud de ideas para ponerse al día en cuanto al presente y futuro de la Ciencia y para reflexionar sobre el Hombre, su entorno, su pasado y su porvenir.

27 de marzo de 2007

Mauricio o las elecciones primarias (Eduardo Mendoza)


Mauricio o las elecciones primarias es la última novela de Eduardo Mendoza, el autor que declaró la muerte del género a pesar de ser (o precisamente por serlo) uno de sus exponentes más lúcidos, y con una obra que se aproxima al género desde su perspectiva más clásica.

Según afirma la solapa del libro, y las numerosas críticas y reseñas publicadas en el momento de la aparición de la obra, el texto se centra en la España de los años ochenta y en el papel de la política en aquellos años desde el punto de vista de un profesional que, desde su idealismo, participa en unas elecciones autonómicas en Cataluña

Tras la lectura de la novela, no puedo decir que su contenido se corresponda con dicha temática. Más bien, y desde mi punto de vista, el texto nos habla del compromiso. Mauricio es un dentista (hoy diríamos odontólogo) que disfruta de una relativa prosperidad económica y una vida notablemente aburrida. Carga con un pasado universitario activo políticamente pero del que ya se ha desentendido y su breve intervención en unas elecciones autonómicas catalanas como candidato socialista de relleno no hace otra cosa que confirmar y reforzar su decepción por la política.

Superado el trauma del fin de la Dictadura y del intento de golpe de estado de 1982, el logro de la tan ansiada libertad dejó en la cuneta las ilusiones e ideales de una generación que ansiaba un cambio social y que, una vez logrado superficialmente el cambio democrático, abandonó la gestión de la democracia a una nueva especie de políticos sin alma ni escrúpulos, pendientes tan sólo del juego de poder y de su propia supervivencia.

Una época que, en contraste con los años setenta, se refugió en el hedonismo y la autocomplacencia con el afán de engañar el vacío que la pérdida de los ideales había supuesto, dejando el campo abierto para los medrosos de siempre.

No obstante, Mauricio intenta construir un marco ético sobre el que sustentar su existencia. No sólo se compromete con su profesión, por la que siente una infinita pasión, sino que se hace responsable de sus propios errores, cuidando a una enferma terminal aún poniendo en riesgo la relación con la mujer que ama. Intenta actuar de acuerdo a sus convicciones y, aunque no lucha por ellas, trata de no quebrantarlas.

Por las páginas de la novela aparecen y desaparecen numerosos personajes que dotan de contenido y variedad a la trama. El abogado que emplea a la novia de Mauricio, un detective privado que trabaja para ese bufete, los padres y hermana de Mauricio, un primo de éste que vive en Israel y muchos más. Precisamente esta variedad logra amenizar la insípida vida de Mauricio y el argumento de la obra, a costa de perder coherencia dado que, en muchas ocasiones, la aparición de estos secundarios parece tomada por los pelos y no acaba de entenderse la aportación a la novela que suponen algunas derivaciones del argumento que no acaban por resolverse.

Por ejemplo, no parece excesivamente justificada la peripecia de la novia de Mauricio en Ginebra y sus ambiguos sentimientos hacia un joven abogado al que conoce en ese viaje. Este abogado vuelve a aparecer posteriormente como presunto traidor a la firma barcelonesa para la que supuestamente trabajaba. Y todo ello parece servir como vehículo para poner de manifiesto la contradicción entre los ideales de unos y la venalidad y miserias de otros.

Sin embargo, la maestría de Mendoza contribuye a hacer olvidar esos aspectos y empuja el interés del lector hacia una trama que, en manos de otros, resultaría perfectamente olvidable. La escritura de Mendoza es de apariencia sencilla pero sólo porque en el proceso de escritura depura el estilo y el lenguaje hasta hacer honor a la máxima de la Real Academia (“Limpia, brilla y da esplendor”).

Aunque la fama del autor no se cimentará en esta novela, se puede tener por bien leída dado que supera en concepción y estilo a la mayoría de obras que pueblan las estanterías de superventas en los grandes almacenes y, con mejor o peor fortuna, aborda temas que merecen una reflexión. La voz de Mauricio puede ser la de una parte de la sociedad que no está de acuerdo, ni con lo que hacen sus gobiernos, sus empresarios, sus intelectuales o sus medios de comunicación pero que, hastiados, abandonan la lucha permitiendo la supervivencia de los peores.

18 de marzo de 2007

Yo que he servido al Rey de Inglaterra (Bohumil Hrabal)



Este libro narra la vida de un joven camarero que descubre a una temprana edad el poder del dinero y aspira a su disfrute. Observando a los clientes de los diferentes hoteles por los que le lleva su ascendente carrera, comprende cómo el dinero brinda admiración, impunidad, mujeres, elegancia, ...

Pese a la aparente contradicción entre sus aspiraciones y su humilde trabajo, el pequeño protagonista, no cae en ningún momento en el desaliento sino que prospera, de hotel en hotel y de ciudad en ciudad, hasta llegar a uno de los más lujosos establecimientos de Praga. Sin embargo, su carrera no finaliza en este punto, sino que, en sucesivos avatares construye su propio hotel, envidia de todos los hoteleros de Checoslovaquia y media Europa.

El éxito ha llegado a su vida pero no todo parece encajar. Su condición de millonario no le abre las puertas de la gran clase, sus orígenes humildes y el modo en que logra la fortuna le acarrean odios y envidias. La soledad es lo único que el dinero le ha garantizado. Sus intentos por congraciarse con sus colegas durante el periodo comunista no logran el resultado querido y finalmente decide retirase al paisaje más remoto que haya en el país.

Como contexto histórico, se van sucediendo acontecimientos de la historia checa, desde la ocupación nazi y la consiguiente lucha de resistencia, al periodo comunista. Estos hechos tan desgraciados, son narrados por Hrabal con un total desenfado de modo que, sin ocultar los aspectos más trágicos, el tono de la narración nunca se torna pesaroso. Quizá una de las mejores imágenes de toda la novela sea la parábola de la ocupación comunista reflejada en el encarcelamiento de los millonarios y la vida que llevan en prisión, conviviendo con sus guardianes. Escenas como ésta, mezcla de ternura y surrealismo, son las que, a mi entender, dan la medida de la novela y de la riqueza literaria del autor.

Por ello, lo más destacable de la novela es el tono de la misma. El protagonista se ve envuelta en historias totalmente inverosímiles que asume con plena naturalidad. Sea una comida servida para el rey de Abisinia, un concierto a media noche en una aldea perdida o un niño cuya obsesión es martillear clavos, lo absurdo acaba por imponer su fuerza convirtiendo a los personajes en meros actores-títeres.

El protagonista de la novela es un personaje complejo que comienza como una persona de tremendas ambiciones y numerosas tretas para salvar su escasez de recursos, al modo de la tradición picaresca española, y acaba como una mezcla de Sancho Panza y don Quijote, mediando entre los sueños imposibles y el descubrimiento de la realidad velada. Esta tensión se va poniendo de manifiesto de manera gradual a lo largo de las páginas del libro de manera magistral, acabando por cerrar un círculo imposible.

Como no puede ser de otro modo, la escritura de Hrabal, al igual que la de todo autor checo del siglo XX, no escapa de las comparaciones con la obra de Kafka. Buscando paralelismos, es posible relacionar “Yo que he servido al Rey de Inglaterra” con “América”, en su dimensión dickensiana, si bien, ni el tono de ambas novelas es el mismo, ni la intención de los autores es coincidente. Quizá sea en los pequeños cuentos de Kafka, en los que lo imposible es asumido como real, donde podemos encontrar una escritura similar a la de Hrabal (o viceversa). Por ello, y para hacer justicia a ambos, es preferible no tratar de forzar comparaciones.

Bhoumil Hrabal es un autor clave en el mundo centroeuropeo surgido tras la Segunda Guerra Mundial y su modo de escribir nos enseña, desde una perspectiva diferente, cómo afronta el hombre estos nuevos cambios y, por tanto, qué hay de permanente en él, cuál es su esencia. Su humanismo se pone de manifiesto en el cuidado con que trata a sus personajes y el respeto que siente por los mismos. La elección en sus obras de un tono sencillo, humorísticos en algunos casos, no nos debe llevar a engaño sobre la trascendencia de los temas que plantea.

10 de marzo de 2007

Chicago Blues (Roddy Doyle)


Chicago Blues ("Oh Play That Thing!" en su versión original) es una historia trepidante a ritmo de jazz en la que se da continuidad a las peripecias de Henry Smart iniciadas en la primera parte de la trilogía iniciada con su novela “Una estrella llamada Henry”. En esta ocasión, Henry ha huido de Irlanda perseguido por sicarios enviados por sus antigüos compañeros (precisamente su papel en el conflicto irlandés fue el de sicario.

Así, Henry arriba a Nueva York decidido a escapar de su sentencia de muerte, pero también decidido a labrarse un porvenir en la tierra de promisión. Desde lo más bajo, Henry demuestra su talento para sacar partido a su encanto (Smart es su apellido) pero también su tendencia a unirse a personajes poco recomendables.

En esa continua tensión entre prosperidad y muerte nuestro protagonista huye de Nueva York para recalar después de diversas aventuras, en Chicago donde nuevamente se rehace de todos los golpes recibidos y acaba convertido en un ayudante de la estrella naciente del jazz, Louis Amstrong. Los conflictos raciales se entremezclan en la trama de la novela, pero, al igual que en Nueva York, la mafia marca el ritmo al que todos deben danzar, incluido Louis y su protegido. Nuevos problemas hacen renacer el espíritu errabundo del irlandés, que se enfrenta a su destino incierto.

Estos son los detalles generales del argumento, sin entrar en mayores precisiones para evitar desvelar en exceso la trama y restar interés al lector. En cuanto a las virtudes del texto, cabe citar su estilo tremendamente ágil, que remeda los locos años en que se desarrolla la historia, sujeta a tremendos cambios económicos y sociales. A crear este ritmo ayuda enormemente la proliferación del diálogo como gran impulsor de la novela. Igualmente, la estructura temporal de la novela rompe la linealidad mediante imágenes recurrentes que llevan al lector (a través de los vaivenes del subconsciente de Henry) a otros momentos de su pasado que le han dejado una profunda huella aún sin ser consciente de ello.

De todo ello resulta una obra de lectura no exenta de cierta exigencia para el lector, que deberá cubrir numerosas lagunas intencionadas. Así, al igual que el jazz crea una estructura sobre la que el artista desarrolla sus impulsos y creatividad, así el lector tiene la facultad de rellenar y completar una historia, tal y como el autor nos pide en el título original del libro, "Oh Play That Thing!".

6 de febrero de 2007

Travesuras de la niña mala (Mario Vargas Llosa)


Hay vidas que giran en torno a un hecho, una persona o una idea, sometidas en sus vaivenes a decisiones ajenas. La libertad, el libre albedrío parecen desaparecer y desvanecerse. En ocasiones se trata de un sacrificio heroico, el individuo se convierte en instrumento, en medio, pierde sus contornos en favor de una utopía, de su familia, de su patria, etc. En otras ocasiones, la renuncia es por motivos más íntimos, más personales; de dificil expresión, fuero interno del hombre.

"Travesuras de la niña mala" es el relato de la vida de uno de estos hombres, un peruano, del barrio de Miraflores, que de niño se enamora de una jovencita a cuyo destino quedará unido de por vida. Ricardo Somocurcio emigra a París, ciudad a la que siempre ha aspirado y consigue trabajo como traductor e intérprete de convenciones y organismos internacionales (su voz y sus palabras no son otra cosa que la voz y palabras de otros). Su vocación de escritor (nunca puesta de manifiesto expresamente por el protagonista, si bien es insinuada por algunos de los personajes que le rodean), queda anclada en la traducción al español de obras de la literatura rusa del siglo XIX (cediendo esta vez su pluma a la palabra escrita por otros).

En este contexto grisáceo, de pequeña felicidad burguesa, como el propio protagonista reconoce, irrumpe la niña mala para sacar a Ricardo de su acomodaticia vida y llevarlo a los goces de la pasión más exacerbada. Los momentos de dicha son breves pues la niña mala sólo recala en Ricardo como marinero entre escala y escala, de camino a un nuevo amante más rico, más poderoso y más alejado de esa medianía que representa para ella la vida del traductor. No hay pues, personalidades más opuestas que las de los dos protagonistas de esta obra, y esta oposición es la que permite, como en ocasiones ocurre en la vida, un romance encendido y apasionada con fecha de caducidad.

A cada desaparición de la niña mala, Ricardo se hace el firme propósito de no volver a caer en la próxima ocasión, sabiendo, a ciencia cierta, que volverá a ocurrir. Precisamente cada una de sus desapariciones impulsa la novela abriendo espacios para introducir diversos temas y personajes. Así se suceden el París de los años sesenta, el Swinging London, las casas de citas más elegantes de Tokyo o los cambios urbanísticos de Lima en los años 80. Los avatares políticos del Perú ocupan un lugar importante gracias a la correspondencia que Ricardo mantiene con un tío suyo, abogado liberal que representa las buenas intenciones de una clase siempre a la espera de unos cambios políticos y sociales que cada vez parecen más lejanos e improbables. Ricardo comparte experiencias con disidentes políticos peruanos, con un antiguo compañero de infancia reconvertido en artista hippy, conoce a un traductor sefardí apasionado por los idiomas e incluso comparte amor ocasional con una diseñadora de escenarios teatrales italiana.

Cualquier lector conocedor de la vida de Mario Vargas Llosa podrá descubrir pequeños (o grandes) detalles autobiográficos e incluso no faltará quien considere a la niña mala como una versión remozada de la tía Julia de la mocedad y juventud del autor. Estos rastros no son, sin embargo, lo que perdura tras la última página de la novela, cuya lectura se justifica por sí misma. Su texto, en apariencia sencillo y accesible, salpicada de peruanismos, evidencia que la literatura de calidad no precisa de oscuros circunloquios y artificios huecos para ganar altura. Asimismo es una prueba viva de que sencillez no es sinónimo de ramplonería o falta de calidad.

Aunque no estemos ante la mejor obra del autor, tal y como ocurre con las novelas de ciertos escritores de la misma generación de Vargas Llosa, el cuidado en las palabras, el mimo a los personajes y situaciones, la coherencia entre fondo y forma y, por encima de todo, el placer de narrar (que se traduce en el placer de escuchar la narración), son marcas distintivas que hacen de cualquiera de sus novelas una lectura imprescindible.