17 de enero de 2010

Faulkner y Nabokov: dos maestros (Javier Marías)



No es fácil seleccionar a los mejores escritores de una época y especialmente difícil sería la elección si ésta viniera referida al siglo XX. Como en ninguna otra época, el pasado siglo ofrece una vertiginosa sucesión de estilos y corrientes. En esa centuria se entremezclan autores que se centran en revolucionar las formas literarias con aquellos que ven en la Literatura el medio para cambiar el mundo sobre el que escriben; aquellos que buscan en la pureza literaria huir del torbellino histórico de su tiempo y esos otros que buscan actualizar géneros de otras épocas.

En este contexto tan rico, la elección parece describir mejor al árbitro que confecciona la lista que el mérito de los elegidos. En la hipotética selección de Javier Marías se encontrarían sin duda dos autores fundamentales por su talento narrativo y la soterrada influencia que han ejercido en otros escritores, influencia que sin lugar a dudas continuará fluyendo libremente por encima de modas, críticos afanosos por allanar su propio espacio con ideas supuestamente novedosas (la terrible tentación de todo arribista) y lectores perezosos más preocupados por la docilidad de los textos que adornan sus mesillas de noche.

Como muestra de la pasión que por ambos siente, Marías compuso diversos textos, tradujo poemas inéditos en nuestra lengua y seleccionó algunas notas biográficas que fueron publicadas de forma dispersa y que finalmente vieron la luz en sendos libritos, más bien con intención lúdica e íntima. Tiempo después, ambos libros han sido editados por Debolsillo en un único volumen (aún así bastante breve) bajo el esclarecedor título de Faulkner y Nabokov: dos maestros.

Como se puede deducir, el material aquí recogido es más bien heterogéneo, de orígenes diversos e incluye, para cada autor una colaboración ajena al propio Javier Marías. Comienza por Faulkner, de quien se señala en la introducción que cometió la imperdonable torpeza de incurrir en cinco grandes pecados, a saber: ser hombre, blanco, anglosajón, machista y estar muerto. Toda una declaración de intenciones puesto que como denuncia Marías, su obra ha venido a pasar a un segundo y discreto plano, para ganar relevancia su vida o mejor, determinados aspectos de su vida, como su misoginia o tacañería para rebajar su estatura de escritor.






Y nada más injusto en el caso de Faulkner ya que, según nos describe Marías, en otro de los artículos aquí recogido, se trataba de un tímido prototípico que rehuía cualquier clase de acto social (entiéndase por social cualquier reunión con más de un desconocido) o que ante las preguntas vacías y repetitivas de los periodistas optaba por la invención pura, mezcla de juego infantil y de necesidad de preservar su intimidad sin resultar descortés con el inquisidor.

Pocos sabrán que el propio Faulkner se definía a sí mismo como un poeta fracasado. Quizá para dar fe de ello (o para desmentirlo) Marías publicó en la revista Poesía una versión bilingüe del primer libro de poemas de Faulkner (Si yo amaneciera después). Baste decir que parece que la Literatura perdió a un poeta a secas a cambio de ganar a un Novelista con mayúsculas.

Por último, se recoge un breve artículo escrito por Manuel Rodríguez Rivero que bajo la forma de un viaje a la tierra de Faulkner, trata de acercarnos al misterio y extrañeza que aún perdura en las tierras del Mississippi y al que tanto debe el pequeño condado de Yoknapatawpha, con sus villas sureñas, su calor pegajoso, sus magnolios y sus pobres habitantes, blancos y negros, observándose desde detrás de la baranda.

Nabokov es el otro homenajeado y, al igual que Faulkner, no concita especiales simpatías, en este caso debido a sus supuestas excentricidades, cierta misantropía, sospechas de pervertido y, en última instancia, por tratarse de un extranjero en cualquier parte.

Para el propio Nabokov, esta última circunstancia era consustancial a su idea del artista, que debía vivir en un cierto exilio. En su caso, este exilio vino más bien impuesto por razones políticas y familiares que por opción personal. En 1919 huyó de Rusia junto con sus padres y hermanos para no volver jamás. Ni Berlín, ni París, ni los Estados Unidos o Suiza representaron un verdadero hogar para él, que vivió siempre inmerso en una provisionalidad, en una espera hasta la siguiente etapa, con las maletas a medio hacer o deshacer, según se mire.


Nabokov fue educado en tres lenguas –rusa, inglesa y francesa- escribiendo fundamentalmente en las dos primeras. Quizá ello le llevó a interesarse por la traducción (él mismo tradujo algunos de sus primeros libros en ruso al inglés) aplicando sus conocimientos e ideas al respecto a la obra de Pushkin vertiéndola al inglés.

Javier Marías asume el reto de traducir al traductor e incluye en este volumen su versión al castellano de 1979 de algunos poemas recogidos bajo el sugerente título Desde que te vi morir.

Una de las principales críticas que se suelen formular contra la obra de Nabokov es la de responder a un esteticismo vacío de contenido, frío y academicista. Sin embargo, en su labor como profesor de Literatura en diferentes universidades, así como en los diversos textos publicados sobre Literatura europea y rusa, sus atenciones parecen caer más bien lejos de ese denostado esteticismo. A sus alumnos les recomendaba leer el Ulises de Joyce con un mapa de Dublín en la mano; les exigía conocimientos sobre la clase de insecto en que se metamorfoseaba Gregor Samsa, sobre el horario de trenes de San Petersburgo y así sucesivamente, causando el estupor entre sus oyentes.

No olvida Javier Marías la obra cuentística de Nabokov, bastante olvidada en nuestros días, y tampoco pasa por alto su pasión por la entomología, campo en el que era toda una autoridad, o su afición por el ajedrez. Así, se incluyen varios problemas ajedrecísticos creados por Nabokov con sus soluciones correspondientes, publicados con texto de Félix de Azúa quien señala que en muchos de ellos la clave de su solución es el retroceso de una pieza para volver a ocupar la posición de partida, el viaje a ninguna parte en que se resume su exilio.

Por último, se recoge un breve homenaje a la más célebre de sus novelas que lleva por título Lolita recontada en el que se repasa de manera novelesca el argumento de esta extraordinaria historia que tantos disgustos le trajo a Nabokov, tanto en su redacción (estuvo a punto de quemar el manuscrito) como tras su publicación, por las críticas simples de una sociedad que no veía con buenos ojos las posibles tendencias sexuales de un extranjero que, para colmo, había sido profesor de la Universidad Wellesley College, institución prácticamente única en el mundo dado que sus alumnos son exclusivamente féminas de buenas familias.

Javier Marías incluye en este libro una breve colección de fotografías de ambos autores (en muchos casos se trata de retratos poco conocidos) que complementan los textos de los artículos enriqueciéndolos. La cuidada edición incluye un índice con la procedencia variopinta de cada una de estas ilustraciones y de los artículos que forman el volumen.

Que nadie busque en las páginas de este libro las claves de las obras de estos dos grandes escritores, ni tan siquiera un esbozo biográfico que pueda permitir adentrarse en sus trabajos literarios con algo de luz. Quizá tampoco estén pensados para quienes hayan leído algunas de sus obras pero no hayan sentido el vértigo de la pasión por cualquiera de ellos, que no hayan sentido con justeza que sus palabras escritas, lo fueron para ellos y que a ellos llegaron después de un largo y complicado viaje. Sí quizá para quienes deseen mirar a través de un caleidoscopio que les devuelva retazos con los que cubrir algunos huecos o limar aristas en la imagen que ya han creado de estos autores. Para ellos ha sido escrito y publicado Faulkner y Nabokov: dos maestros.


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