17 de septiembre de 2010

Superfreakonomics (Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner)


No hay nada como añadir la mención "Ciencia" delante de cualquier disciplina para que ésta gane reconocimiento y prestigio. El efecto que se consigue es doble: de una parte se legitima la disciplina, y de otra, se crea un lenguaje restringido que actúa como barrera de acceso para los no iniciados.

En el caso de la "Ciencia" Económica, el papel del laboratorio lo suplen las estadísticas. Dado que no podemos hacer pruebas que permitan acreditar nuestras verdades "científicas", al menos, buscaremos respaldo en estadísticas que acrediten que estas verdades se han cumplido en el pasado. En otras palabras, a los estudios económicos habría que aplicarles la misma leyenda que a los fondos de inversión: "experiencias pasados no garantizan similares resultados futuros".

En el grupo de los elegidos nunca han gozado de predicamento aquellos que, desde dentro, tratan de desacralizar el mito y acercarlo a los profanos. Decía el economista John Kenneth Galbraith que no hay verdad que no pueda ser expresada de manera que cualquiera pueda comprender. Por este motivo sus libros tienen una desafiante falta de ecuaciones, gráficos y expresiones jergales y por esa misma razón, muchos economistas despreciaban su obra que no pretendía otra cosa que abrir a un público más amplio un mundo vedado.

En la misma senda, el economista Steven D. Levitt y el periodista Stephen J. Dubner se han conjurado para husmear en multitud de encuestas y estudios de colegas algo extravagantes, combinado con un excelente sexto sentido para la observación y detección de esas pequeñas disonancias que ponen de manifiesto que aún queda mucho por aprender.

Partamos de un ejemplo básico: a la vista de las estadísticas sobre mortalidad en accidentes de tráfico por causa del alcohol y las correspondientes a las de atropellos mortales de peatones ebrios, llegamos a la conclusión de que resulta notablemente más peligroso caminar borracho que conducir en el mismo estado. Sorprendente, ¿verdad? Realmente se trata tan solo de un divertimento que no se puede trasladar a la realidad pero que tiene el sustento de la sagrada estadística. ¿Cuántas decisiones se habrán tomado en base a analogías semejantes?

Menos divertida, y más terrible, es otra estadística que revela que en determinados países y ciudades las huelgas de médicos coinciden con un descenso en la tasa de mortalidad. No lo olvidemos en nuestra próxima visita a Urgencias. Peor aún, de todo el personal sanitario de los hospitales americanos estudiados en otra estadística, el colectivo menos higiénico, el que menos se lava las manos y peor lo hace es precisamente el de los médicos. En un hospital australiano se hizo el experimento de pedir a los médicos que anotasen cada vez que se lavaban las manos según las reglas del hospital obteniéndose como resultado un cumplimiento del 73% según esta autoevaluación. Lo que los médicos ignoraban era que sus auxiliares tenían el cometido de controlar el mismo dato. Resultado: en realidad, los médicos sólo cumplían correctamente el protocolo de higiene en un 9% de los casos.



El caso no es baladí. Hasta la mitad del siglo XIX no se descubrió que la principal causa de muerte en parturientas (y bebés) era la fiebre puerperal ocasionada por los propios médicos que tras realizar prácticas con cadáveres pasaban a atender a las parturientas tras un breve lavado de manos. ¿Cuántas muertes actuales no serán fruto de negligencias e ignorancias de este tipo?

Siguiendo por los mismos derroteros y estudiando la seguridad de las sillas de niño para coche, se ha acreditado que a partir de los dos años de edad no hay diferencia significativa a la hora de evitar un desenlace fatal entre dichas sillitas y el clásico cinturón de seguridad. Y ello pese a que las autoridades de todos los países occidentales han regulado la obligatoriedad de este tipo de protección hasta edades muy avanzadas (en Europa hasta los doce años). ¿A quién beneficia esta medida? ¿A los niños?

Y es que con demasiada frecuencia la regulación gubernamental opta por la medida más ineficaz y cara. Según diversos estudios, la normativa estadounidense en defensa de los trabajadores discapacitados ha favorecido la caída del empleo en este colectivo. La legislación protectora de determinadas especies ha contribuido a su práctica extinción en no pocas ocasiones dado que los agricultores tratan de hacer sus terrenos poco atractivos para que pájaros carpinteros de cresta roja u otras especies en peligro de extinción no decidan establecerse en sus propiedades. Resultado: deforestación y pérdida de hábitat naturales para estas especies.

Pero tampoco creamos que el Estado todo lo hace mal. Hay factores que el mercado no puede corregir. Factores tan arbitrarios y desconcertantes que determinan nuestro éxito en la vida. Veamos. La mayoría de publicaciones científicas relaciona a los investigadores por riguroso orden alfabético; igual ocurre con los ponentes de un Congreso o los miembros de un claustro académico. Según los autores de Superfreakonomics el resultado es que los que aparecen en los primeros puestos de la lista tienen más probabilidades de reconocimiento. Y sí, hay una estadística que acredita que los mayores reconocimientos se los llevan aquellos cuyas letras coinciden con las primeras del alfabeto.

Otro tanto se puede decir respecto de los deportistas nacidos entre los meses de enero y marzo de cada año ya que sus probabilidades de llegar a ser figuras del deporte nacional parecen muy superiores a las del resto de jugadores. La explicación es razonable: las ligas infantiles toman como fecha de corte el 31 de diciembre. Por tanto, ¿quién se llevará más minutos de partido, más atención del entrenador y la afición? Evidentemente aquellos niños nacidos en los primeros meses del año ya que a esas edades una diferencia de pocos meses tiene una repercusión enorme. Aquellos niños que destacan en las ligas infantiles seguirán recibiendo más atención y recibirán las mejores ofertas mientras que los que no han generado tanta expectativa terminarán por desmotivarse abandonando el equipo o pasarán a ocupar una posición de menor relevancia.

Con idéntico afán, los autores de este libro repasan temas candentes de nuestros días como el cambio climático para poner de manifiesto que hay soluciones alternativas y baratas para rebajar la temperatura del Planeta o para paliar los efectos de los tornados. Propuestas más baratas e imaginativas que las de Al Gore pero que caen en el olvido intencionado de los medios; a fin de cuentas, sólo saldrían beneficiados los ciudadanos...

También se estudia el mercado de la prostitución en Chicago desde el punto de vista del precio como barrera de entrada para alcanzar un mercado más selecto o incluso la discriminación de precios en función de la raza del cliente; los beneficios económicos de los chulos o la correlación entre el precio de los servicios (frente al precio de idénticos servicios en los albores del siglo XX).

Se da cuenta de interesantes estudios como el realizado por un discreto inglés que ha determinado las pautas bancarias de los terroristas (tipo de operaciones realizadas, importes, productos contratados, etc.) para determinar con un alto grado de probabilidad qué clientes de su banco son o tienen muchas probabilidades de ser terroristas. Más pacífico es el estudio que realiza Keith Chen en la Facultad de Economía de Yale para aclarar si los animales pueden desarrollar el mismo concepto de dinero (como medida de valor, de intercambio, etc.) que el que tenemos los humanos. Los resultados son realmente sorprendentes: los monos han comenzado a emplear el dinero como elemento de intercambio para lograr favores sexuales. Alguno pensará que estando los monos (capuchinos en este experimento) interesados exclusivamente en la comida y el sexo y parecerse, por tanto, a la variante masculina de la raza humana, el resultado del experimento era totalmente previsible.

Superfreakonomics puede parecer una simple colección de anécdotas divertidas, datos curiosos, estadísticas contradictorias o sorprendentes. Y lo es. Puede parecer un libro para leer de manera relajada, sin cuestionarse demasiado lo que en él se dice. Y lo es. Puede parecer que los interrogantes que plantea, desde la propia portada, buscan atraer la atención y que no siempre la respuesta está a la altura de las expectativas. Y podemos pensar que en ocasiones la escritura es algo errática y los temas van y vuelven con cierto desorden. Y acertaremos. Pero lo que también es cierto es que este libro pone de manifiesto una gran verdad: la realidad es una, pero quizá nunca llegaremos a conocerla. Sólo tenemos como herramienta el modo en que nos aproximamos a ella y, por desgracia, el hombre es cómodo y tiene tendencia a seguir derroteros ya trazados. Los progresos siempre vienen de la mano de aquellos que pierden (intencionadamente o no) el camino de la manada y saben encontrar el suyo, de quienes pueden afrontar un problema clásico desde una perspectiva novedosa, de aquellos que cuestionaron lo que para otros era un hecho indubitado. Para recordarnos esto también sirve este libro. Y es verdad.
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