5 de febrero de 2012

Aprenda optimismo (Martin Seligman)



Martin Seligman es una referencia frecuente en libros de Punset o José Antonio Marina. Eminente psicólogo, ha centrado su carrera no en el estudio de aquellas enfermedades o patologías que destrozan la mente de tantos individuos, sino en el estudio de la mente de quienes, pese a tener un estado mental saludable, pueden mejorar sus vidas, aspirar a una mayor felicidad, mejor comprensión de sí mismas o a sentirse plenamente realizadas.

Todo empezó cuando tras concluir sus estudios, inició sus primeros experimentos en el laboratorio de la Universidad de Pensilvania, junto a Richard L. Solomon, un reputado teórico del aprendizaje que sostenía que cualquier comportamiento podía explicarse en clave de recompensa o castigo. El trabajo fundamental en el laboratorio se centraba en condicionar la conducta de perros mediante pequeñas descargas eléctricas precedidas por un sonido agudo. Posteriormente, se introducía a los perros dentro de unos cajones, una de cuyas paredes podía ser fácilmente saltada por el animal. Lo sorprendente, y lo que Solomon no alcanzaba a explicarse, era el motivo por el que alguno de los perros, cuando escuchaba el sonido de la bocina, en lugar de saltar y escapar de la descarga (dinámica castigo-premio) se tumbaba en el cajón gimiendo y lamentándose a la espera de la que consideraba inevitable descarga eléctrica.

Maetin Seligman
Seligman discurrió sobre este asunto y formuló una posible explicación: Algunos perros habían llegado a la comprensión de que, hicieran lo que hicieran, carecían de control sobre la descarga, por lo que se rendían. Habían desarrollado una pauta de impotencia aprendida que les impedía escapar cuando se daba la oportunidad aunque ésta fuera tan evidente como dar un pequeño salto.

Para demostrar su teoría preparó un experimento en el que un grupo de perros tras el sonido de advertencia recibía una descarga eléctrica que, sin embargo, podían evitar si apretaban una de las paredes con el hocico. El segundo grupo de perros, recibía descargas tras el sonido sin que pudieran hacer nada para evitar la descarga. El último grupo oiría el sonido pero no recibiría la descarga.

Cuando los perros pasaron al cajón con la pared baja, los resultados fueron dispares. Los del primer grupo, aquellos que habían aprendido que en sus manos estaba el poder controlar las descargas, saltaron de inmediato escapando al dolor. Igual hicieron los perros del tercer grupo cuando comenzaron a recibir las primeras descargas. Sin embargo, los del segundo grupo, los perros que habían aprendido que nada podían hacer para evitar el dolor de las descargas, se tumbaron en el cajón asumiendo como inevitable un destino que no lo era. Seligman había demostrado que el sentimiento de impotencia podía ser aprendido.

A este experimento siguieron otros tantos que apuntalaron la teoría de Seligman hasta el punto de dar el salto y realizar pruebas similares (menos crueles, todo hay que decirlo) con personas. El resultado fue idéntico y permitió definir correctamente la teoría de la impotencia aprendida. La conclusión a la que llegó Seligman fue que el modo en que interpretamos (y en el que nos explicamos) lo que nos sucede, determina cómo nos enfrentamos a tales acontecimientos. Tres son los aspectos que definen estas pautas aprendidas: la generalidad, la personalización y el alcance.


Cuando uno recibe la notificación de un despido puede pensar: “Nunca he tenido suerte, no valgo para la vida laboral y no encontraré fácilmente otro empleo”. Es decir, su pensamiento es permanente (no encontrará otro trabajo), universal (no vale para el trabajo en general) y personalizado (se culpa a sí mismo de lo sucedido). Otro, sin embargo, puede pensar: “No necesitaban a un profesional como yo en este momento” lo que implica un pensamiento circunstancial, específico y externo.

Resumiendo. Quienes tienden a creer que un acontecimiento negativo puede explicarse por causas ajenas a uno mismo y generales tendrá más capacidad para sobreponerse y encarar el desafío mejor que aquel que ofrezca una explicación en la que se atribuye a sí mismo la responsabilidad de lo ocurrido y lo considera como algo permanente, contra lo que no se puede luchar.

Esta intuición puede parecer natural y lógica en nuestros días, pero en los años sesenta resultaba novedosa. En aquel momento, las investigaciones iban dirigidas a determinar los condicionantes del comportamiento en causas ajenas al individuo, más específicamente, en el medio. Ya se sabe, la sociedad era la explicación de cualquier desviación. El crimen, la violencia, el declive de la solidaridad, todo era reflejo del ambiente social y nada era, por tanto, responsabilidad del individuo. En este contexto, la teoría de Seligman, defensora de la capacidad del individuo para superar los obstáculos y tomar las riendas en muchos aspectos de la vida, resultaba fuera de lugar.

Obtenida la prueba científica, Seligman se centró en estudiar el reverso de la impotencia aprendida, la pauta explicativa optimista y se lanzó a contrastar su teoría con la realidad en diversos campos. Comenzó a requerimiento de Metropolitan Life, una compañía de seguros que invertía grandes sumas de dinero en los procesos de selección de su personal comercial pero que veía cómo una gran parte de ellos no concluía su primer año en la empresa debido al fuerte desgaste que supone la venta de seguros. Seligman propuso sustituir los test de selección habituales por otros en los que se detectara a los candidatos más optimistas, aquellos a los que las negativas continuas, las malas contestaciones y los días sin lograr una sola venta, no lograran desanimarles hasta el extremo de hacerles creer que no valían para ese trabajo. Los resultados reforzaron la teoría de la pauta explicativa. Los vendedores así seleccionados tuvieron un menor índice de abandono y mayores ventas que los seleccionados por los procedimientos habituales.

Seligman colaboró con instituciones tan diversas como la academia militar de West Point o el departamento de admisiones de la Universidad de Pensilvania en cuyos procesos de selección pasaron a integrarse los test de optimismo diseñados para detectar a quienes mejor se reharían tras las adversidades que ambientes tan exigentes provocarían en los jóvenes seleccionados.



Pero no todo es rigor académico o ventas de seguros. Mucho más amena (pero igual de rigurosa y de rica en resultados) fue su investigación sobre la influencia del optimismo en los deportes de alta competición. Durante dos temporadas, su equipo se dedicó a recopilar y evaluar, según su teoría, todas las declaraciones de los jugadores y cuerpo técnico de los equipos de la liga de béisbol y baloncesto publicadas en los periódicos deportivos. De este modo, concluyeron que aquellos equipos cuyos jugadores achacaban sus derrotas a circunstancias concretas y ajenas (“esta noche el césped era demasiado rápido”) concluían la temporada por encima de aquellos otros equipos que interpretaban la derrota como algo personal y general (“últimamente jugamos fatal”).

Claro que podríamos pensar que aquellos que ganan más partidos tienen razones para ser más optimistas que aquellos equipos que acostumbran a perder sus encuentros. Es decir, que el optimismo no explica los buenos resultados sino que los buenos resultados podrían explicar el optimismo.

Puede ser, pero Seligman dio una nueva vuelta de tuerca a su teoría para demostrar que no sólo servía para explicar el pasado sino para adentrarse en el futuro. Veamos. Aplicando su técnica a los discursos de aceptación de la candidatura en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, su equipo fue capaz de certar en la mayoría de los casos qué candidato ganaría finalmente las elecciones. Pero, dado que eso tiene escaso mérito, se aplicaron a la tarea de vaticinar, tanto para el Partido Republicano como para el Demócrata, qué candidato obtendría la victoria en las primarias de 1988 tomando como referencia las declaraciones de cada aspirante. El acierto fue total y los dos candidatos ganadores (Dukakis y Bush) fueron los más optimistas según la escala aplicada por Seligman.

Dado que los resultados de este trabajo fueron publicados, los líderes de campaña de los partidos, decidieron “jugar” con la teoría y, trataron de forzar el discurso de aceptación de la candidatura, en particular el discurso de Dukakis, que arrojó una puntuación en la escala de Seligman desproporcionadamente alta en relación a su tónica habitual. Dado que el pronóstico del vencedor se basaba exclusivamente en este discurso, la derrota de Dukakis y el “error” de la teoría puede ser justificado fácilmente. La lección es que el optimismo no puede simularse si no responde a una verdadera pauta explicativa interna.


El libro ofrece muchos más ejemplos de esta teoría, así como abundantes reflexiones sobre el modo en el que los padres (especialmente las madres) transmiten a sus hijos su propia pauta explicativa, cómo el optimismo condiciona la salud de las personas o el modo en que se enfrentan a la enfermedad, si hay religiones más optimistas y con mejor pauta explicativa que otras o si hay sociedades más pesimistas y con peor aptitud para afrontar como colectivo los reveses de la historia.

También se plantea el tema de si es deseable un optimismo ilimitado, un pensamiento en el que todo lo que nos sucede pueda encontrar explicación en causas ajenas a uno mismo y, por tanto, fomentar el hedonismo y la pérdida de un mínimo sentimiento de responsabilidad. Seligman (que no es un optimista desbordado) defiende un equilibrio comedido que dosifique optimismo con pesimismo realista.

Pero la pregunta que surge de forma espontánea tras leer estos capítulos es la de si es posible modificar la pauta explicativa y salir de esa rueda que amenaza con aplastar a los pesimistas. La respuesta es que sí. De hecho, la promesa se plasma desde el propio título de libro: Aprenda optimismo. ¿Estamos, por tanto, ante un libro más de autoayuda que pretende ofrecernos una guía para resolver todos nuestros pesares?

No, aunque su título pudiera hacer pensar en ello, la verdad es que el libro permite conocer mejor la teoría de Seligman (la teoría de otros muchos psicólogos y pedagogos que han hecho un viaje similar en estos años) y en ello radica su interés. Es cierto que se ofrecen cuatro capítulos finales en los que se pone en práctica la teoría desarrollada previamente por el autor tomando como ejemplo casos reales. Pero no nos engañemos. El propio autor reconoce que son precisamente estos capítulos, llenos de ejemplos “reales” -fruto de aglutinar detalles de multitud de casos diferentes-, los que más le cuesta escribir, los que le empujan lejos de la mesa de trabajo.

En ellos se explica cómo rebatir los pensamientos negativos y cambiar los pensamientos personalistas y universales por otros más circunstanciales, cómo enfrentarnos a nuestro modo de pensar para crear una pauta explicativa más saludable. Tal vez para muchos resulte la parte más instructiva y, sobre todo, útil del libro, el motivo real de su lectura. No puedo juzgar su utilidad, pero si dar fe de que he aprendido con este libro bastante sobre el modo en que pensamos (en que pienso) y, sobre todo, en el modo en que deseo que piensen mis hijos. Y con eso me doy por satisfecho.

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