I
Memoria de chica, editada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez, fue publicada en 2016 y nos coloca nuevamente en el terreno de la biografía de Annie Ernaux, retomando capítulos de su vida a fin de indagar en quién fue, qué le ha llevado a ser quien hoy es.
Como ya vimos en Una mujer, esta retrospección tiene por fin rehacer un relato y conciliar la imagen de la chica que fue en el periodo crucial que abarca el verano del 58 y los años posteriores, el apogeo de su adolescencia, con la mujer que hoy es.
Y este esfuerzo es tan notable que precisamente a aquella chica la llamará la chica del 58, en oposición a la que luego será la chica del 59 y, definitivamente, la autora actual. Esta difícil conjugación le lleva a preguntarse si cuando habla de ella ha de hacerlo como si fuera un personaje de ficción,refiriéndose a ella en tercera persona como si nada de aquel ser tuviera que ver con la actual Annie Ernaux, tan ajena a la chica que vivió en aquel periodo su despertar sexual.
Porque Annie Dúchense había vivido hasta los dieciocho años en un entorno protegido. Era la lista de la clase, la más refinada, con aspiraciones culturales, pero cuando llega al campamento de verano como monitora, con apenas contactos previos con chicos y solo con chicas toscas, comprende que ha llegado a un lugar que no le pertenece, ese sentimiento que no le abandonará el resto de su vida, una cierta impresión de desclasamiento, de errónea ubicación. Con el ansia de la conversa se lanza a recuperar el tiempo perdido, a mostrarse más desinhibida de lo que es, a comprender que la cárcel de sus padres es el mayor lastre que arrastra. A los tres días, ella y varias monitoras bajan a una fiesta de chicos y Annie se enamora de H., un atractivo monitor de 22 años que la mira como nunca nadie lo ha hecho y termina acostándose con él. No logra penetrarla, la tengo muy gorda es la explicación que él le da, pero se corre en su boca y ella lo acepta todo, asume que el único placer que importa es el del hombre. Y vuelve a su habitación envuelta en un mundo imaginario de romance y amor, un sentimiento de renacer que queda destrozado al día siguiente. H. no le presta apenas atención, ahora parece fijarse en la jefa de las monitoras, una rubia imponente. Pero su aventura ha trascendido, todos se burlan, la miran, murmuran a sus espaldas o a la cara, en el cristal de su cuarto de baño descubre pintado con pasta de dientes un insulto. Y así transcurre el verano en el campamento, un lugar que ha vuelto a visitar durante el proceso de escritura, un escenario que le cuesta reconocer pero que le causa impresiones contradictorias mientras continúa recordando.
En otra fiesta, cuando la monitora jefa ha regresado por unos días a su casa, vuelven a acostarse, aquí ya hay penetración plena, sus bragas manchadas de sangre son la prueba, el galardón del que ella se sentirá tan orgullosa. Pero él le reconoce que ni ella ni la rubia cañón son el amor de su vida, le señala la foto de su novia, una joven que no parece destacar por nada en particular.
El campamento acaba y Annie tiene que estudiar, abandona el pueblo, se instala en Rouen, en una residencia de monjas, con compañeras que apenas pueden soñar con lo que ella ha hecho, pero no sabe permanecer discreta. Nuevamente vuelve a causar malestar a su alrededor. No logra estar nunca en el lugar correcto con la actitud correcta.
Entretanto traza un plan para conquistar a H. que trabaja en la misma ciudad, como profesor de gimnasia. Pretende teñirse el pelo, parecerse más a la rubia, comenzar clases de natación, sacar el carnet de conducir, un programa completo que acompaña de su deseo de estudiar filosofía. Ésta es ya la chica del 59, abandona los deseos sexuales, la regla se le retira durante dos años. Pero tampoco con esta muchacha logrará la Annie autora establecer un vínculo. El destino que parece tener reservado, estudiar Magisterio, no le genera interés. Entrará en el curso correspondiente con gran orgullo de su padre pero disgusto de la madre que prefiere que estudie en la Universidad, siempre más ambiciosa que el resto de la familia. Y, finalmente, tendrá razón. Abandona el curso de Magisterio y para no volver al pueblo, no avergonzar a los padres ante los vecinos por un paso en falso, decide irse con una compañera como Au-Pair a Inglaterra. A su regreso, las clases de filosofía le hacen comprender una nueva realidad.
Estudiando a los grandes filósofos comprende que su vida ha carecido de sentido, que no ha sido más que una pequeña estúpida. La lectura de El segundo sexo de Simone de Beauvoir se convierte en una pequeña epifanía, la certeza de que la primera penetración siempre es una violación, que todo el sistema gira en torno a la opresión de los hombres, de su continuo abuso.
Ernaux se pregunta cómo ha de escribir sobre esta chica, desde el conocimiento y valores que hoy mantiene o conforme lo que ella era entonces, tan despreocupada por su entorno social, por la guerra de Argelia, por todo cuanto no fuera ella misma. Con qué ojos mirarla, con qué lengua describirla, con la facilona retórica de aquellos años jóvenes o con la profundidad y posó alcanzado por los años. La autora recurre a fotografías, carpetas escolares, cartas enviadas a una amiga del pueblo que ésta le ha devuelto como regalo hace unos años y sobre esos materiales y el recuerdo va construyendo esa memoria de aquella chica.
Enaux no ahorra detalles íntimos sonrojantes, no guarda piedad para aquella muchacha desnortada, zarandeada por las convenciones sociales y un ímpetu que no sabía dominar, un despojo casi a sus ojos actuales, una vergüenza que comparte con el lector, casi invitándole a que también juzgue con dureza a aquella muchacha. Porque Ernaux no busca redención o suscitar compasión, al contrario, es fría y glacial como asegura que lo era con las niñas del campamento. Abundan los detalles sexuales, los muchos monitores con los que se acostó entre una cúpula y otra de H. aunque tal vez ningún episodio tan lamentable como el que nos revela al contar que no hace mucho ha buscado a H. en internet y lo ha localizado. Encuentra una fotografía suya celebrando un aniversario de boda en la que Ernaux cree reconocer a su novia original, rodeado de hijos, nietos y mucha más familia. Y descubre con vergüenza que él no la habría reconocido, que no lo haría aunque leyera este libro. Que él ha seguido siendo una parte crucial de su vida pero ella no es nada en la de H., nunca lo fue. No puede haber escena más desarmante y dolorosa que esta confesión de la Ernaux adulta, mostrando de manera lastimosa su estupidez y disloque.
El libro, como todos los de la autora, está repleto de reflexiones, imágenes, recuerdos, con muchos de los cuales el lector podrá sentir cierta conexión, aunque con otros probablemente sienta incomodidad, algo de vergüenza ajena, de pudor. Pero de ahí proviene la fuerza del texto, de la performance que ejecuta la autora ante nuestros ojos, renunciando a toda protección, a una exposición absoluta ante ella y ante el mundo, ofreciendo como explicación a aquella chica que, en todo caso, tampoco lo niega, ha devenido en la actual Ernaux.
II
Entre febrero y octubre de 1999, Annie Ernaux retoma otro acontecimiento personal extremo de aquella joven que fue. En este caso se trata de su aborto voluntario, en un tiempo en el que esta práctica estaba perseguida penal y moralmente. El recuerdo le llega cuando acude al hospital para hacerse una prueba de detección del SIDA y recuerda el mismo trance, la incertidumbre que vivió en 1964 cuando pasó por una sala similar tras su aborto. El padre es otro estudiante, residente en Burdeos, algo atolondrado y que no parece sentirse especialmente involucrado en las consecuencias de sus actos.
El libro va recorriendo la angustia de la joven, sin saber a quién recurrir, confesando su embarazo a las personas menos apropiadas de quienes cree poder recibir comprensión y apoyo por sus ideas progresistas pero de quienes sólo alcanza a sentir desprecio. Incluso un joven ya casado al que conoce de la Facultad parece creer que el hecho de que esté embarazada es la señal de que es una golfa y trata de acostarse con ella. Sorprendentemente su mejor confidente será una compañera católica de la residencia. Recibe noticia de una periodista que parece haber abortado también hace unos años. Se planta ante la sede del periódico, tratando de reunir valor para abordarla, pedir consejo, ayuda, pero no lo logra.
Como la autora pone de manifiesto, tenemos tendencia a juzgar por las consecuencias de las leyes y no a las propias leyes que generan esas consecuencias. Juzgamos a quienes recurren a métodos abortivos peligrosos igual que juzgamos a los inmigrantes que delinquen o tratan de llegar a nuestras fronteras por medios ilegales, a los traficantes de personas, pero no juzgamos las leyes que crean dichas condiciones. También enuncia un principio que justifica la dureza del relato aquí expuesto, a saber, que haber vivido una experiencia te da derecho a escribir sobre ella y, en todo caso, siempre quedará la libertad del lector de dejar a un lado el texto o apurarlo hasta sus últimas consecuencias.
Acompañaremos a la Annie del 63 y el 64 por sus desvaríos y temores, sus miedos e indagaciones. Cómo irá percibiendo poco a poco los cambios en su cuerpo, el ensanchamiento de las caderas, el crecimiento de los pechos, el ver cómo la vida sigue su curso habitual para todos sus compañeros menos para ella, cómo algunos cambian el modo en el que la tratan.
Siente toda la opresión social cuando desesperada trata de recurrir a unas agujas de coser que se ha traído de casa ante la imposibilidad de encontrar otra solución. Pero, al tiempo, trata de mantener la normalidad. En Navidades va de vacaciones con su novio y otra pareja, hacen el amor con tristeza, ni siquiera aprovechando que ya la anticoncepción no juega un papel limitador.
Pero la decisión está ya tomada y finalmente consigue el contacto de una abortera. Se lo facilita una joven de la que solo ofrece sus iniciales ya que, como asegura, ha de resguardar su identidad puesto que este libro es para exponerla a ella, no a quienes la ayudaron. La joven le facilita una dirección en París y le adelanta el dinero para el pago, cuatrocientos francos. Entre tanto, cuando hace las visitas de fin de semana a su casa, ha de mantener la ilusión de que todo sigue igual, que la regla no se le ha interrumpido, un engaño que sumar a todos los que ya arrastra. La "cosa" también le altera las facultades intelectuales, no se concentra en sus estudios, sus trabajos académicos se convierten en una tortura y confía en borrar esa carga, volver a retomar la vida en el punto exacto en que la dejó, en el que nada debió torcerse.
Hace una primera visita a la abortera, conoce la casa, el olor, la cara de la mujer que le va explicando con fría resignación los términos de la intervención, el pago. Y una semana después vuelve ya preparada. Acude a una iglesia próxima para rezar, no por su alma, sino para pedir que no haya dolor. Y mientras se tumba y se abre de piernas piensa en sus compañeras que están estudiando o en su madre, que planchará silbando con despreocupación. La abortera le asegura que en dos días perderá al niño, pero esto no ocurre. El tiempo pasa lento pero los días transcurren sin novedad. Vuelve a la casa y la abortera le introduce una sonda, es un material caro y le pide que cuando el feto salga se la devuelva, nunca lo hará.
El aborto se produce al fin en su habitación de la residencia, con la única compañía de su amiga católica practicante, que ha de cortar el cordón umbilical y con la que ya ha perdido el contacto y que probablemente vivirá acosada por la culpa de haber acompañado a una pecadora en ese trance. El feto sale como un pequeño muñeco ensangrentado que pronto meten en una bolsa de galletas y tiran por el baño. Pero ha perdido tanta sangre que tiene que ser ingresada en el hospital durante cinco días. Y regresa a casa para recuperarse. Ante la sospecha de la madre se llama al médico del pueblo que inventa un diagnóstico, tal vez apiadándose de Annie, tal vez queriendo evitar el oprobio en una población pequeña, quizá queriendo no involucrarse en una investigación judicial.
La vida poco a poco retoma su normalidad pero este acontecimiento dejará poso en la vida de la muchacha, ahondará la impresión de culpa original y determinará gran parte de su modo de comportarse en el futuro. La escritura del libro es un exorcismo de fantasmas del pasado, tal vez una aceptación y reencuentro. Porque aquí, a diferencia de Memoria de chica, sí podemos advertir una profunda comprensión por parte de la Ernaux madura, una cierta simpatía que alivia un texto duro como pocos, lacerante e incisivo. Y así ponemos fin a otro par de libros de esta autora, peculiar y lúcida, tal vez no apta para todos los públicos, pero necesaria para todos ellos.
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