24 de febrero de 2013

Shakespeare (Bill Bryson)



Shakespeare es un personaje que se resiste a cualquier tipo de simplificación. Comenzando por su imagen física, todo un misterio ya que no hay ningún retrato del que podamos asegurar sin temor a error que guarde parecido con el personaje histórico retratado. De hecho, el que se considera más próximo a la realidad, el conocido como retrato Chandos, y del que ni siquiera tenemos certeza de su autor, nos ofrece una imagen algo extravagante de un Shakespeare con pendiente, más moreno de piel que lo esperado y una melena algo desbocada, todo ello más propio de un compañero de correrías de Sir Francis Drake que de un poeta venerado e inmortal.


Tampoco el nombre del autor está a salvo de polémicas. Shakespeare mostró cierta renuencia a firmar dos veces consecutivas con el mismo nombre, y otro tanto hicieron sus contemporáneos. Shakespeare, pero también Shakspere, Shakspeare, Shakespere, Shakespear, Shackspeare, Shakspere por poner solo algunos ejemplos. Hasta hoy, el prestigioso Oxford English Dictionary mantiene su entrada referida al ilustre dramaturgo bajo el nombre de Shakspere.


Como ya vimos, las incertidumbres entre las que se mueve la biografía de Shakespeare abrieron la puerta a la especulación, la fábula y el pábulo. Pero los tiempos han cambiado. Nuestro empirismo lleva a no admitir elucubraciones con la alegría de otros tiempos, por lo que durante el siglo XX una caterva de investigadores se abalanzaron sobre todo tipo de archivos y registros de la época isabelina con el fin de echarle el lazo al escurridizo Shakespeare.


Al tiempo, nuestro conocimiento sobre la época ha mejorado notablemente, ayudándonos a deshacer múltiples equívocos y, sin llegar a desentrañar todos los misterios, sí se ha logrado reducir el número de “deberías”, “habría que suponer”, etc. a que hacía mención Mark Twain.




Retrato Chandos

 
Bill Bryson, periodista y autor de innumerables libros de viajes, históricos y de divulgación científica, pretende en esta obra recopilar de manera amena una serie de certezas sobre la vida de Shakespeare y dibujar un contexto histórico en el que encuadrar y mejor entender tanto su obra como su vida.


Sirviendo a este fin, dirige parte de sus esfuerzos a desmontar algunos de los mitos más frecuentes sobre la vida de Shakespeare. Por ejemplo, nos aclara que la mención en su testamento a que dejaba para su mujer su “segunda mejor cama” no era sino una cláusula que podría significar que le cedía el lecho conyugal ya que la “mejor cama” era usualmente la reservada a las visitas y, por tanto, la que se legaba al primogénito. Que esta cama sea la única mención en los legados testamentarios a su viuda tampoco implica necesariamente desprecio ya que, como viuda, era destinataria de su correspondiente legítima.

Igualmente, la falta de mención a libros o manuscritos en el testamento era algo frecuente en las últimas voluntades de otros literatos de la época ya que estos preciados bienes se repartían extratestamentariamente, muy posiblemente para evitar pagos de impuestos o para destinarlos a colegas del gremio que podrían obtener mejor provecho de ellos que los herederos legítimos.


Bryson también presta especial interés a la variedad de las firmas de Shakespeare para aclararnos que era muy habitual en la época que los nombres, de hecho prácticamente todas las palabras, fueran escritos de muy diversas maneras ya que la época isabelina es el punto de inflexión entre el inglés antiguo y el moderno por lo que convivían muchas y diversas grafías, pudiendo emplearse indistintamente por la misma persona en función de sus preferencias o de las necesidades de un texto concreto.


Pero donde mejor destaca el talento de Bryson es a la hora de describir el contexto histórico de la época isabelina. Su vívido retrato de la vida teatral del Londres de finales del siglo XVI es el contrapunto perfecto a la pretendida seriedad y formalidad del Shakespeare canónico. En aquellos años la escena teatral inglesa experimentó un tremendo auge con gran profusión de compañías, nuevos teatros y estrenos continuos de obras que apenas duraban en cartel unas pocas representaciones. El mundillo teatral, como por otro lado ha ocurrido casi siempre, se movía en las lindes de la buena sociedad. Los teatros se instalaban fuera de la muralla de la ciudad y los actores y autores no desdeñaban las pendencias, muy conocido en este sentido es el caso de Christopher Marlowe quien acabó sus días sin llegar a cumplir treinta años por culpa de una reyerta tabernaria

De la mayoría de las obras estrenadas no tenemos conocimiento. De otras muchas tan solo podemos tener conocimiento por referencias y citas habiéndose perdido los textos. Tan solo se han conservado doscientas treinta obras de las que, según informa Bryson, el quince por ciento corresponden a Shakespeare. Por un lado se trata de una estupenda noticia ya que se han conservado la mayor parte de sus obras, pero por otro lado, la escasez de material con que confrontar los textos de nuestro autor impiden conocer cuánto debió a otros o cómo les influyó.

Bill Bryson

Bryson hace notar con un noto irónico que Shakespeare era un gran narrador de historias, siempre y cuando alguien la hubiera contado con anterioridad. Esto solo quiere decir que en aquella época, ajena a derechos de autor y similares artificios, las ideas expresadas en una obra eran tomadas libremente por otros autores para desarrollar y completar el argumento, rebatirlo o adaptarlo sin empacho alguno. Así, no es de extrañar que pocas obras de Shakespeare escapen a ese penoso delito actual que consiste en atribuirle múltiples fuentes, antecedentes y orígenes.

Pero no echemos las campanas al vuelo y proclamar que el mérito de Shakespeare se limitó a sacar partido del trabajo ajeno. Para empezar, en el ambiente germinal del Londres renacentista, Shakespeare se abre paso componiendo sus obras, actuando en ellas y en otras muchas, siendo copropietario de dos teatros y teniendo aún tiempo para sus pequeños negocios e inversiones que le aseguraran un retiro digno. Y todo ello parece que lo hizo con bastante buen tino.

Shakespeare ya era un autor célebre en su tiempo, objeto de algún elogio y de varios ataques virulentos de algún colega envidioso de su éxito y de los que se ha conservado noticia a través de diversos libelos. Algo debían tener sus palabras que atrajeran la atención de sus contemporáneos.

Y si de palabras se trata, nuestro dramaturgo se reveló como un verdadero revolucionario. Hay estudiosos para todo y alguno de ellos se ha tomado la molestia de contar todas las palabras que aparecen escritas por primera vez en lengua inglesa en obras de Shakespeare, hasta sumar la friolera de dos mil treinta y cinco palabras. Claro es que el hecho de que la primera referencia escrita de una palabra figure en un texto escrito no quiere decir que su autor sea al tiempo su creador.


Otro campo en el que la admiración está justificada es el de acuñar expresiones que han pervivido hasta el inglés de nuestros tiempos (“hacerse humo”, “llevar al huerto” o “ser un veleta” por citar algunos ejemplos traducidos).

En aquellos tiempos la lengua inglesa trataba de reivindicar su papel frente al latín, idioma empleado por los doctos y juristas. Los esfuerzos de hombres como Shakespeare consolidaron un idioma ayudándole a alcanzar su madurez. Bryson registra la clarificadora observación de Stanley Wells que señaló cómo la partida de nacimiento de Shakespeare fue escrita en latín, pero su partida de defunción se registró en inglés, todo un signo del cambio de los tiempos al que el poeta no fue ajeno.


Otro tema interesante planteado en este libro es la diferencia entre las obras representadas y las obras que ahora leemos. Hay casos patentes en que ambas no coinciden, como Hamlet, ya que la duración del texto escrito llevaría a una representación cercana a las cinco horas. Esto implica que Shakespeare se preocupó por desarrollar sus guiones teatrales con vistas a una lectura sosegada y ajena a su representación, permitiéndole dar una profundidad a sus diálogos que la escena no permitía. Esto le convierte, sin duda, en un autor adelantado varios siglos a su tiempo.

Edición del Primer Folio

Bryson nos detalla las diversas fuentes para el conocimiento de las obras de Shakespeare que abarca reproducciones poco fiables de los diálogos copiados por memoristas, otras más fiables, probablemente copia de libretos para actores y los textos que podemos tomar como más fiables, recogidos por compañeros de la compañía de Shakespeare pocos años después de su muerte. Del conjunto y encaje de todas ellos resulta el complicado (aunque ignorado por nosotros, apacibles lectores) fruto que manejamos como un texto acabado y canónico.


La ironía de Bryson da un repaso a las teorías que atribuyen a sus obras conocimientos enciclopédicos o dotes proféticas. Tal vez otorguemos carta de naturaleza a meras figuras poéticas y, en todo caso, quienes se sirven de estos supuestos conocimientos para denunciar al verdadero autor pasan por alto errores garrafales como hacer a los egipcios jugar al billar, a los romanos emplear relojes (no solares, por supuesto) o convertir a Milán o Verona en ciudades costeras de renombre pese a estar bien asentadas en el interior de la península itálica.


Este libro tampoco olvida un breve repaso a gran parte de las candidaturas presentadas para reivindicar al “verdadero” autor detrás de las obras de Shakespeare, rechazándolas por fantasiosas, improbables o, en algunos casos, totalmente imposibles.



En definitiva, Bryson nos presenta un Shakespeare carnal, con luces y sombras, humano hasta el punto de disgustar a quienes crean que su obra merece un mejor creador. No estamos ante un héroe, una personalidad histórica portentosa, consciente de su genialidad y preocupado por su paso a la posterioridad. Esta figura sólo llegará con el devenir de los siglos. Pero no podemos pasar por alto que sólo un Shakespeare humano pudo describir los padecimientos, la pasión, el dolor o la furia de modo que el espectador (el lector actual) fuera capaz de identificarse con ellos. No se ha visto que los dioses escriban para los hombres, ni los hombres para los dioses. Una lección más del bardo de Avon.



19 de enero de 2013

Al este de Occidente (Miroslav Penkov)


Miroslav Penkov supo sacar partido a sus clases de inglés coincidiendo con la caída del régimen comunista en Bulgaria y emigró a los Estados Unidos para estudiar Psicología aunque fue la literatura lo que realmente le atrapó gracias a un Máster de Escritura. Desde entonces, sus relatos han sido publicados en diversas revistas recibiendo críticas elogiosas y el prestigioso premio Eudora Welty.

Al este de Occidente es el inteligente título de su primer y único libro hasta la fecha que recoge diversas narraciones con un punto en común: la Bulgaria en el recuerdo de un joven expatriado. Ocho relatos que siguen un itinerario lógico desde el pasado remoto de su país, en los tiempos de lucha contra el Imperio Otomano, hasta la caída del gobierno de Todor Zhivkov y la posterior inestabilidad social de los años noventa.

La calidad de una obra literaria debe medirse al margen de las peripecias vitales de su autor lo que no obsta para que el conocimiento de ésta explique parte de lo escrito y ayude a su mejor comprensión. Y es que estos relatos tienen también un persuasivo enfoque personal que lleva a reflexionar sobre la emigración y los sentimientos de permanencia y pérdida.

Miroslav Penkov
Comprar a Lenin es la historia de un joven que se gana la enemistad de su abuelo desdeñando las Obras Completas de Lenin que éste le recomienda y dedicando su tiempo al estudio del inglés, el idioma maldito, la lengua del enemigo. Las relaciones se rompen formalmente cuando el joven decide viajar a los Estados Unidos a través de un programa de intercambio de estudiantes. Pero, al igual que no existen paraísos en la tierra, el país de las oportunidades no impide que germine el vacío en su vida y, sin saber exactamente el motivo, comienza a telefonear a su abuelo, primero para burlarse de él pero, en definitiva, porque necesita una conexión con su pasado remoto para entender qué espera de su nuevo hogar, de su vida.

Así tiene noticia de que su abuelo ha convertido a su pueblo en un museo sobre la vida bajo el comunismo recuperando viejos objetos, bustos de mártires de la patria y demás parafernalia que adquiere en mercadillos y de chatarreros ambulantes. Pasado y presente se dan la mano cuando recibe una momia embalsamada (y ciertamente fraudulenta) del mismísimo Lenin adquirida en una subasta de e-Bay por su nieto. Finalmente, hay un terreno de juego común para la reconciliación.


Pero, ¿qué habría sido de Penkov de no haber estudiado inglés y emigrado? Una posible visión de este futuro hipotético es Ladrones de cruces, la historia de un muchacho con una memoria a prueba de borrado pero que es incapaz de sacarla partido terminando por convertirse en un pequeño gamberro que roba cuando puede contra el telón de fondo de las manifestaciones populares en Sofía.

Una foto con Yuki refleja el contraste entre el mundo 2.0 de una pareja residente en los Estados Unidos, armados de sentimientos de paz y tecnología, que viaja a la casa paterna de él en Bulgaria para un tratamiento de fertilidad dados los problemas de Yuki, su pareja japonesa, para concebir. Allí descubrirán la cruda realidad de la muerte, una contrariedad a la que nuestro mundo hedonista no está acostumbrado y que nos enfrenta con un tiempo bárbaro en el que no creemos estar viviendo.

Esa ligazón con nuestro pasado es similar a la que sufre Narices, apodo del protagonista de Al este de Occidente, un joven enamorado de su prima, de nacionalidad serbia por una decisión política que separa un pueblo en dos, trazando la frontera sobre el río que lo atraviesa. El azar de la historia, el manejo de las lejanas esferas, separa a las familias en dos grupos, los salvados y los excluidos. Narices, conservará la llama de ese amor azuzado por diversos encuentros fugaces en la iglesia sumergida en el río y en las escasas celebraciones comunes que permiten las autoridades. Pero finalmente el pasado no nos hace inmunes ni nos redime. Narices vivirá el rechazo y deberá aprender a sobrellevarlo.

En Makedonija asistimos a una doble celebración, la del recuerdo y el olvido. En una residencia de ancianos, un hombre encuentra entre los objetos de su mujer, perdida en las brumas de la memoria por el Alzheimer, las cartas de amor que un guerrillero le escribía en los tiempos de la lucha por la independencia de Bulgaria antes de que ellos se conocieran. El anciano lee las cartas entre el dolor de haber vivido ignorante de la historia de amor de su mujer y el recuerdo de sus propias experiencias en aquellos duros tiempos. Es también una historia sobre el compromiso de unos y la lucha por la supervivencia de otros.

Guerra de liberación búlgara 1877-1878
Devshirmeh es otro relato en el que Penkov ha sabido inspirarse en su propia experiencia migratoria. Un joven búlgaro emigra a Nueva York con su esposa Maya y Elli, su hija recién nacida, para buscar un mejor futuro. Pero la relación se rompe cuando su mujer se enamora de un médico, también búlgaro, que le puede ofrecer la tan ansiada estabilidad en un país extranjero.

El divorcio convierte al protagonista en un despojo que sigue a su ex mujer hasta Texas sólo para poder seguir visitando a Elli y conservar la ilusión de que todo terminará por resolverse. Tan patético como el protagonista es John Martin que le ha alquilado una habitación y que es consciente de que el amor sólo tiene una oportunidad, según la tradición americana a que su nombre alude tan simbólicamente. Pero pese a su patetismo, el protagonista del relato retiene algo de dignidad en los momentos en los que narra a su hija las viejas historias búlgaras que él aprendió de sus padres y que le entroncan con una tradición y un sentido de la existencia del que carece John Smith.

Otros dos relatos completan el volumen iluminando otros aspectos de la historia búlgara, como la compleja convivencia entre religiones o la miseria que para muchos supuso la caída del comunismo y el modo en que se salía adelante.

Como se aprecia en estos relatos, la mirada de Penkov sabe unir dos mundos y confrontarlos para obtener lo mejor de ambos. Al igual que su escritura, que pese a tener notables influencias anglosajonas (no en vano el idioma original en que están todas ellas escritas es el inglés) ha sabido respetar un modo de narrar más próximo a la tradición oral y a las viejas narraciones que pudo conocer en su infancia y adolescencia búlgara.

También es admirable el modo en que un joven de apenas veintiocho años es capaz de escribir de manera tan equilibrada sobre cuestiones tan complejas sin que por ello el aspecto literario quede resentido, todo lo contrario. Es la evidencia de que para escribir no se precisa el acopio de experiencias sino que éstas pueden tener origen en las de una familia, un tiempo o un pueblo y que, bien armadas con la experiencia personal, se convierten en obras que trascienden sus propias circunstancias.

Éste es sin duda el caso de este volumen, alguna de cuyas narraciones ha recibido el reconocimiento público de autores tan notables como Salman Rushdie, otro escritor que conoce bien las implicaciones de abrazar una cultura cuando se proviene de otra y los peligros que acechan tras este choque.

Seix Barral ha publicado esta obra en España, con traducción del inglés a cargo de Daniel Gascón, quedando a la espera de próximos trabajos que confirmen la vitalidad creativa de su autor. 

7 de enero de 2013

De Prometeo a Frankenstein (VV.AA.)


De Prometeo a Frankenstein es el sugerente título bajo el que se presenta una colección de textos (compilados por Fernando Broncano y David Hernández) que recogen las ponencias presentadas por diversos académicos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el pasado 2009, publicados recientemente por la editorial Evohé que ha tenido el acierto de recalar en este tema que, como veremos, justifica la atención de cualquier observador de nuestros días que no quiera perder de vista de dónde venimos y hacia dónde (creemos que) encaminamos nuestros pasos.

Comencemos resumiendo brevemente el mito de Prometeo como pórtico de entrada al contenido de este volumen tomando un poco de cada una de las variadas fuentes que sobre el mismo ha ofrecido la Antigüedad. Prometeo y su hermano, Epimeteo, reciben el encargo de repartir las virtudes y capacidades entre todos los seres vivos recién creados. Epimeteo asume el papel activo en el reparto y, dada su escasa inteligencia, inicia la tarea con tal alegría que deja al hombre en último lugar, agotada ya la lista de dones. Prometeo comprende la desgracia que su torpe hermano ha hecho recaer sobre el hombre, desnudo, sin fuerza para enfrentarse a animales feroces, sin habilidad para cazar animales que le alimenten, expuesto en definitiva a una naturaleza en cuyas manos perecerá sin remedio. Por ello, en un acto de rebeldía, roba el fuego de los dioses y lo entrega al hombre que, desde ese momento y gracias a este elemento, goza de una superioridad sobre el resto de animales que el tiempo se asegurará de consolidar. Este regalo de la técnica (prolongación de la habilidad más allá de nuestras habilidades originales) conforma la verdadera naturaleza del hombre, el ser vivo gracias a la técnica y fusionado con ella hasta el punto de ser indisociables.

Pero Prometeo también hace algo más, reparte sobre el humano aquellas escasas virtudes que su hermano olvidó: la justicia y la convivencia como herramientas que permiten la unión y la colaboración, el esfuerzo conjunto, la creación de la polis, como proyecto ideal de convivencia. Técnica y socialización son la base del futuro del hombre. La una apoyada en la otra han hecho de nuestra historia un fascinante viaje cuyo futuro es impredecible de puro sorprendente. De ahí la vigencia del mito de Prometeo como imagen de la modernidad, del progreso. 


También se relaciona a Prometeo con la creación del hombre en algunas otras versiones del mito. Prometeo habría creado al hombre y a la mujer a partir de barro, imagen que se repite en diversos mitos y religiones y que formará parte sustancial de la conexión entre el hombre y los dioses, hasta el punto de que pronto el “creado” querrá emular a su “creador” dando vida a seres a su imagen y semejanza. Este hombre que da vida a lo inanimado es una figura que se repite en todo tiempo y lugar, si bien no siempre con dignos resultados. El Golem de Praga duerme desde el siglo XVI en los desvanes de la Sinagoga Vieja para evitar su desmedido e incontrolado comportamiento. Frankenstein no es capaz de alcanzar las expectativas de su creador e incluso el Pinocho de Collodi tiene innumerables sombras.

Y es que, si durante un tiempo, la técnica y el progreso parecían fuerzas del progreso, sinónimo de la grandeza del hombre, el Romanticismo nos trae el presagio de que toda cara tiene su cruz y de que este progreso tiene su precio. El Frankenstein de Shelley es el ejemplo de que la sabiduría y el conocimiento del hombre no siempre llevan a felices resultados. La creación del doctor Frankenstein, lejos de ser el reflejo de la modernidad, del nuevo hombre al que su creador quiso dar vida, se convierte en un ser violento y destructor, el monstruo que rompe la sociedad y la convivencia con su violencia y el odio al hombre. La técnica se vuelve contra su creador (igual que el hombre al pecar se enfrenta a su dios) y manifiesta los riesgos que el orgullo desmedido acarrea. 


Claro que el progreso no siempre ha contado con devotos admiradores. Interesante es el texto dedicado al repaso de la visión que en El Quijote se ofrece de cualquier modernidad y técnica. El rechazo que el caballero andante siente por ellos es un triste presagio del atraso en el que pronto caeríamos y del que solo los más recientes años parecen habernos sacado ¿Reflejo de un sentir nacional en pleno siglo de Oro o mito al que un pueblo termina por amoldarse ante los desastres de su tiempo? Al hilo de esta reflexión algo más local también viene al caso el artículo sobre la obra de Calderón La estatua de Prometeo que describe las fuentes del conocimiento mítico al que podían acceder los ilustrados del Barroco español y el modo en que lo interpretaban.

Pero las evocaciones del mito de Prometeo como creador llevan a otras reflexiones sobre figuras que, en su ámbito, actúan como verdaderos “dioses-creadores”, cual es el caso del editor cinematográfico, quien decide qué se ve y desde qué perspectiva, en qué orden y, casi en gran medida, qué efecto tendrá su obra en el espectador. El arte se presta a dibujar este paralelismo entre el mito prometeico y el artista. Pero no sólo en cuanto creador sino en cuanto a la innovación que supone la técnica aplicada al arte en sus diversas disciplinas (especialmente la escultura) hasta poder llegar a hablar de un verdadero arte-robótico. 

Neil Harbisson, el primer ciborg
Otra de las ponencias nos ofrece un repaso de la cinematografía del mito de Prometeo, principalmente a través de la muy filmada epopeya de Frankenstein. En otras se discute sobre el mito de Prometeo desde la perspectiva femenina y la reinterpretación del mismo y sus variantes bajo esta nueva luz.

De Prometeo a Frankenstein es un libro cuya lectura se agota pronto (apenas 200 páginas) pero cuyo aliento va mucho más allá. En el apenas mes y medio transcurrido desde que lo leí, he tenido en numerosas ocasiones la oportunidad de comprobar la vigencia del mito en la televisión, la música y libros posteriores que he leído. Todo ello gracias a las perspectivas abiertas por estos ensayos. ¿Alguien le podría pedir mas a un libro?