20 de julio de 2013

La civilización del espectáculo (Mario Vargas Llosa)

 

Cuenta el célebre crítico británico Cyril Connolly que, años después del cierre de su revista Horizon, muchos amigos le abordaban pidiéndole la reapertura de la misma y lamentando que ya no se hiciera Literatura ni crítica como la de antaño. La aguda conclusión de Connolly era que estos suplicantes no echaban en falta aquellos libros y poemas de otra época sino la edad que tenían cuando los leían, años de formación e iniciación en los que todo deja una marca como no vuelve a ocurrir con el paso a la madurez.

He tenido muy presente esta anécdota durante la lectura de La civilización del espectáculo, la última obra hasta la fecha de Mario Vargas Llosa, un ensayo que plantea la provocadora idea de que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer.

Pero, ¿qué es exactamente lo que va a desaparecer? Cultura es un término excesivamente vago y amplio. Ciñéndonos a la definición del Diccionario de la Real Academia, entendemos por tal el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” Imposible que desaparezca puesto que la cultura es consustancial a la vida social.

Sin embargo, la cultura a la que se refiere Vargas Llosa en su ensayo es otra cosa. Para clarificar los conceptos, comienza por hacer un repaso a la idea que al respecto tenían algunos pensadores del pasado siglo.

T.S. Eliot liga la cultura a las élites (no necesariamente a las clases altas, aunque en muchos casos venga a ser lo mismo), a una minoría selecta que garantice la alta calidad de esa cultura. Pero el espejismo de una cultura elevada, de unos principios en que se sustenta, queda en entredicho ante la barbarie que esa misma cultura ensalza o encubre. La destrucción y el asesinato colectivo y en masa que conforman gran parte del siglo XX en Europa revelan que la cultura ha cedido su papel, va quedando arrinconada al mundo de los especialistas batiéndose en retirada en su afán de explicar el mundo, según señala Steiner. 

"Cualquier tiempo pasado fue mejor..."
La técnica despliega su influencia en los más variados ámbitos y también en el de la cultura. La difusión de ésta durante la segunda mitad del siglo XX nos lleva a un concepto revelador del nuevo tiempo: la masificación. Cualquier manifestación cultural está al alcance del público general. Y junto a ello, llega también la banalización de la cultura. Todo parece ser cultura, desde un concierto a un cómic, desde una fotografía a una película. Para nuestro autor, vivimos en la civilización del espectáculo, un tiempo en el que el primer valor es el entretenimiento, el escapismo expuesto a las masas gracias a los nuevos medios de comunicación. El espectáculo en el que vivimos requiere de una inmediatez y de una simpleza capaz de igualar a todos sus destinatarios por su nivel más bajo. La frivolidad ha tomado el relevo a la reflexión y a la decantación del pensamiento.

Las más altas expresiones de la cultura (alguno de los ejemplos empleados por el autor son Kant, Proust o Rembrandt) quedan totalmente al margen del nuevo orden cultural en el que sólo es visible lo que se televisa o aparece en las redes sociales, quedando el resto arrumbado en un oscuro silencio ominoso.

Unido a ello, se suma la desaparición del intelectual como pieza clave de las sociedades occidentales, poseedor de un pensamiento por el que se gana el respeto de sus conciudadanos que le otorgan el papel de referente, auctoritas. Opina Vargas Llosa que, junto al desprestigio que la figura del intelectual sufrió al apoyar los diversos totalitarismos del siglo XX, el principal motivo del deterioro de su posición es la falta de vigencia del pensamiento en nuestras sociedades. Si su papel es elaborar reflexiones en discursos articulados y coherentes, nada tienen que hacer en un tiempo en el que solo se atiende a la imagen y en el que todo parece caer en el olvido al poco tiempo. 

Sin creadores capaces de ofrecer obras fruto de la experiencia y herederas de una larga tradición, sin intelectuales capaces de denunciar con sentido la frivolidad de la realidad en que vivimos, el ciudadano sólo puede volverse a lo que los medios le ofrecen, carente de más referencias que las ya extintas de tiempos pasados. En suma, la cultura, tal y como la entiende Vargas Llosa, no será capaz de sobrevivir al no poder cumplir con su papel vivificante.

Hasta aquí lo que podríamos definir como núcleo esencial de La civilización del espectáculo. Los capítulos siguientes dan fe de la extensión del mismo fenómeno a mundos tan dispares como la política, la moral, la educación o la religión.

¿Arte? moderno
Sin duda, La civilización del espectáculo es un texto provocador. En él se recoge una tesis general (la frivolidad y predominio del entretenimiento y goce personal) con la que la mayoría estará de acuerdo pero cuya concreción puede no resultar tan pacífica.

Los ataques al arte moderno, su postura respecto a la prohibición del velo (y la correlativa defensa del crucifijo en las aulas en sendos artículos de imprescindible lectura), el rechazo a la actual literatura (que denomina light, en el mejor de los casos) son tal vez las partes más visibles, pero no las únicas, objeto de polémica.

En efecto, Vargas Llosa sostiene que la Literatura de otros tiempos era mejor. Nadie duda de que Víctor Hugo (un ídolo para el autor) fue un titán, pero el siglo XIX sólo dio unos pocos como él. No olvidemos que junto a Stendhal o Goethe, escribieron cientos de autores hoy ya olvidados por el escaso mérito de su obra. ¿No daremos esa oportunidad a nuestro tiempo? Creo que el futuro nos verá como coetáneos de Philip Roth o Cormac Mcarthy y que dentro de cien años nadie sabrá quién fue Dan Brown.

No comparto la idea de Vargas Llosa de que ahora se puede leer más que hace cien años pero lo que se lee es peor. Sin duda, muchos leerán obras de escaso mérito (igual que ocurría antes) pero hoy se venden en un año más ejemplares de cualquier obra de Dostoievski que los que pudo vender en vida.

No creo que los visitantes de museos sean exclusivamente autómatas que hacen un circuito de aquello que se supone que se debe ver y contemplar para luego contarlo de regreso al hogar. ¿Acaso todos los visitantes de museos de otros tiempos eran amantes y conocedores del arte?¿No había entre ellos snobs, aburridos viajeros e ignorantes adinerados?

Colas en el Museo del Prado
Las páginas webs de algunos museos ocupan posiciones muy importantes en los ranking de visitas y proyectos como Google Art Project evidencian que en la soledad de nuestros hogares también demandamos y consumimos cultura tal y como la entiende Vargas Llosa.

Las nuevas tecnologías han cambiado nuestro modo de ver y entender lo que nos rodea. Asociar el e-book con el fin de un mundo libresco de amantes de la buena literatura es como pretender que Gutenberg acabó con toda forma de arte por llevar sus libros a un mayor público y a un menor precio que el de la época del pergamino.

El tiempo nos trae perspectiva y permitirá saber cuánto de cierto tiene el vaticinio de Vargas Llosa. Pero como a nadie le gusta perder su juventud (la mucha o poca que nos quede) para satisfacer su curiosidad, entre tanto. la lectura de La civilización del espectáculo nos ofrecerá una buena dosis de argumentos inteligentes que defender o desafiar.

30 de junio de 2013

Cine o sardina (Guillermo Cabrera Infante)

 

 Cine o sardina es la alternativa que recibía Cabrera Infante cada noche en su pobre infancia cubana. El dinero era escaso y sólo daba para un vicio: cine o alimento. No hay duda de qué es lo que el futuro premio Cervantes consideraba más necesario y su amor por el cine impregnó tanto su vida como gran parte de su obra.

Pese a ser más conocido como novelista, sus artículos de crítica cinematográfica pueden considerarse parte de su legado literario puesto que no estamos solo ante reflexiones más o menos valiosas en cuanto a su contenido, sino ante una vocación estética expresa que todo lo impregna y que convierte estos textos en verdaderas joyas que hacen de su lectura todo un placer.

Desde muy joven escribió en diversos diarios vibrantes críticas cinéfilas e impulsó en La Habana la difusión de los mejores títulos extranjeros. Se granjeó así un reconocimiento que, unido a su militancia comunista, le llevaron tras la toma del poder de Castro, a dirigir el Consejo Nacional de Cultura, entre cuyas responsabilidades se encontraba la de presidir el Instituto del Cine. Pero la vida bajo una dictadura puede tornarse dura incluso para sus afines cuando uno trata de expresar lo que realmente piensa y así, varias polémicas con el gobierno de Fidel le llevaron a la segunda fila de la política cubana como agregado cultural de la embajada de su país en Bruselas. Sus posiciones, cada vez más alejadas de las oficiales, le llevarían definitivamente al exilio en España y, posteriormente, en Inglaterra.



Durante todos estos años cultivó su amor por el cine, no sólo a través del vicioso goce del voyeur y la rijosidad del crítico, sino asumiendo los riesgos de encarnar lo que juzga y dedicando parte de su talento, tiempo y dinero, a la elaboración de guiones cinematográficos con resultados variopintos.

Particularmente sorprendente me ha resultado su colaboración en la redacción del guión de la psicodélica Wonderwall, película de 1968 cuya banda sonora fue compuesta por el mismísimo beatle George. Interesante también es su participación en el guión de una versión de la novela de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, a cargo de John Huston. Literatura y cine otra vez de la mano.

Pero dejemos la biografía y volvamos a Cine o sardina, una compilación de escritos cinéfilos que abarca todas las épocas de este arte, todos sus géneros y a gran parte de sus protagonistas sin que, por ello, Cabrera Infante deje de revelar sus predilecciones y fobias personales, sin dejarse llevar por un seguidismo fácil y convencional. No todo el cine es bueno, y ni aún el bueno debe de gustarnos a todos.

Para el lector español resulta destacable su pasión por la versión original y el desdén por los doblajes. Así, recuerda con pesar su etapa en España ante la dificultad de visionar películas en las que las voces de los actores no contradijeran sus actos o su apariencia física. En varios artículos trata de desmontar los diversos argumentos de todo tipo que se emplean para justificar este atentado al arte y, ante quienes alegan que la supresión del doblaje supondría el desempleo para muchos actores, afirma jocosamente: ¿por qué el vegetariano debe preocuparse por el carnicero?



Relata a este respecto la anécdota de lo sucedido tras la muerte de un doblador especializado en poner voz a un célebre actor que, aún vivo, tuvo la desfachatez de continuar rodando filmes. Tras el pánico inicial, la distribuidora española logró encontrar un nuevo doblador que imitaba, no ya al actor original de carne y hueso, sino al actor de doblaje fallecido.

Pero no todo es muestra de esnobismo de gran experto. Cabrera Infante no siente demasiado aprecio por el cine silente (él preferiría llamarlo, como la mayoría, mudo pues poco o nada le dice). Tal vez su parte literaria hace que le resulte incomprensible el cine desgajado de la palabra, su otra gran pasión. Y aunque sí que es devoto admirador de la época clásica de los grandes estudios, apenas deja género o estilo en los que no encuentre elementos de sustancia aprovechables.

Así nos encontramos referencias a cineastas recientes como Tarantino, Almodóvar, Kiarostami o Lynch. Del mismo modo, aunque sus retratos de las grandes actrices del periodo clásico denotan su predilección (Gloria Swanson, Gloria Grahame), también se dejan caer estrellas más recientes como Melanie Griffith o Sharon Stone.

Pero, con todo, si por algo debiera destacarse Cine o sardina es por su vocación estética, por su uso (en ocasiones abuso) del retruécano, las dobles referencias, ocasionalmente jugando con dos idiomas a un tiempo. Cada uno de los artículos es una fascinante aventura para un lector ávido de los artificios que adivina inevitables en cada párrafo.

Hago el ejercicio de abrir el libro por tres páginas al azar y dejo constancia de algún ejemplo que de ello encuentro:

"Billy Wilder, ya viejo pero todavía tratando de ser más Wilde que Oscar, de hecho Wilder."


"Hamlet encarnado por un hastiado, astado marido.... su ser o no ser significa contar las astas de la testa."


"David O. Selznick, ésa O del medio, apropiada, no significaba nada: era mero ruido de asombro."


Otro tanto podemos decir de los títulos de cada artículo, entre los que se encuentran joyas como El cine negro en blanco y negro, La otra cara de “Caracortada”, Latinos y ladinos en Hollywood o Travestidos tras vestidos.



Cine o sardina es por tanto, una oportunidad excelente para acercarse al cine desde la literatura, una invitación para el visionado (y revisionado) de innumerables películas, para el descubrimiento de actores, actrices, directores o incluso compositores de bandas sonoras hoy un tanto olvidados. Pero la pasión de Cabrera Infante invita a adoptar una postura crítica, militante, a definir la postura del espectador. Su acerado sentido crítico nos enseña a ver con ojos indóciles, no aborregados. En suma, a no volver a consumir películas sino a disfrutarlas, igual que hará el lector de Cine o sardina. Y todo ello, como diría Sergio Leone, sólo por un puñado de dólares o de euros, según el caso. ¿Alguien ofrece más por menos?

27 de mayo de 2013

Una maleta llena de relatos (Generación Bibliocafé)



Un viaje representa la oportunidad de cambiar momentáneamente el lugar de residencia, las costumbres, tal vez el idioma. Es el momento de sacudirse rutinas y escapar a lo que somos el resto de nuestros días. En suma, es o puede llegar a ser, un modo de simular que no somos quienes somos, de crear una ficción y comenzar a reescribirnos desde cero.
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En paralelo, la Literatura es otro modo de inventar, de fabricar una apariencia de realidad a través de la ficción, de rebatir los hechos permitiendo una breve revancha de la imaginación.

Por ello, Literatura y Viajes forman una pareja bien avenida que, desde un inicio nos ha dejado buena prueba de ello y aún en nuestros días se conserva como uno de los géneros más frescos.

Todas las épocas han contado con grandes obras viajeras, desde la Odisea o El libro de las Maravillas, a En la carretera, por poner solo tres ejemplos de variado estilo y diferentes momentos en los que el viaje es el vehículo del autor para indagar sobre el mundo externo, pero también sobre el propio, el interior remoto que todos guardamos con celo.

Con menores pretensiones pero el mismo entusiasmo, viene a sumarse a esta  tradición Una maleta llena de relatos, un libro de narraciones viajeras publicado bajo el nombre colectivo de Generación Bibliocafé que no es otra cosa que un colectivo de autores noveles junto a otros más conocidos y con diversas obras y premios a sus espaldas.


Mauro Guillén, editor y autor ocasional, como él mismo se define, explica en el prólogo a esta obra el germen de esta generación y los fines que la alientan. Todo da comienzo hace unos dos años, coincidiendo con un Taller de Autoedición para Autores cuyo proyecto final fue, precisamente, la autopublicación de un volumen colectivo (Nueve Relatos y un cadáver exquisito).

Visto que la cosa resultaba entretenida (esta palabra es clave en todo el proceso), los participantes se animaron con un segundo libro en el que se cuenta con la colaboración de algunos autores adicionales, buscando conjugar escritores sin obra publicada con otros que gozan de reconocimiento y permiten llegar a un público más amplio. El resultado, Relatos a fuego lento, combina relatos y recetas (otro maridaje afortunado) y se comercializa principalmente a través de Amazon. Las ventas, aunque modestas, resultan esperanzadoras; no sólo hay autores que quieren escribir y publicar, sino lectores interesados en lo que se les cuenta.


Llega otro Taller de Autoedición y un nuevo libro, Navidad, ¿dulce Navidad?, con nuevos autores dispuestos a colaborar en esta Generación Bibliocafé que toma su nombre del lugar de encuentro de muchos de estos creadores, el Bibliocafé, un local valenciano que se abre paso en el mundo de la hostelería ofreciendo a sus clientes una oferta más que suculenta de libros, charlas, exposiciones y cuantas propuestas culturales se tercien. 

Llegamos así a este cuarto libro, cuya edición impresa es de alta calidad, y que recoge un total de veintitrés relatos. Cada narración va acompañada de un texto del propio autor sobre la localización de su obra. Esta información tiene el valor, no solo de enriquecer la experiencia del relato-ficción con datos verídicos, sino aportar la visión personal, incluyendo incluso páginas web de hoteles, restaurantes y demás lugares de interés. Un buen punto de partida para planes de viaje del lector.

Los viajes de los autores nos llevan a rincones lejanos y exóticos como Cartagena de Indias, Kenia o el desierto de Mojave, pero también a destinos más convencionales como Sicilia, la Toscana, Berlín o Colonia. Pero el viajero no necesita desplazarse miles de kilómetros, también podemos perdernos a tiro de piedra, en la plaza de la Catedral de Oviedo, en el Oceanográfico de Valencia o en el Café Comercial de Madrid. 



Entre todos los relatos, los hay con finales abiertos y con finales que se ven venir desde la primera línea (lo que no es demérito si se logra mantener el aliento del lector hasta la última palabra); los hay realistas y plenamente fantasiosos. Unos se mueven entre lo onírico y evocador, otros entre la carnalidad y el deseo.

En suma, cada lector encontrará sus historias favoritas pues variedad no falta. Pese a que lo diverso de los autores y su heterogénea procedencia podría llevar a pensar que estamos ante un volumen de grandes altibajos en cuanto a estilo y mérito, lo cierto es que el libro muestra una más que digna calidad.

Sólo cabe esperar que el respaldo que encuentre Una maleta llena de relatos sea suficiente para permitir consolidar esta iniciativa de la que pueden beneficiarse todos sus integrantes, consagrados o no. Que futuras propuestas permitan mejorar el resultado final asegurando que se cumplen los dos principios inspiradores de la Generación: disfrutar con la literatura y promocionar a sus miembros.

Debo agradecer a Fuensanta Niñirola que propusiera mi nombre para engrosar la Generación Bibliocafé desde Relatos a fuego lento. Cita a ciegas, su contribución a este volumen, da buena prueba de su pasión por todo cuanto hace y su inagotable energía. También Mauro Guillén (autor de Caro amore mio) debe figurar aquí nombrado. En su papel de alma mater del proyecto, desde la dirección del Taller de Autoedición, ha logrado cohesionar  un proyecto con mucho esfuerzo y dedicación.

La estación de Zúrich es el relato con el que he participado en este proyecto, poniéndome en la incómoda situación de pasar de reseñar la obra ajena a tener que escribir la propia. Sin duda, ambas labores se complementan, ayudando a que la una mejore a la otra o, al menos, ésta es la esperanza que uno guarda. 

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