Las coéforas es la segunda parte de la trilogía La Orestíada de Esquilo, representada por primera vez en el año 458 a. C. Recordemos que en la primera parte, Agamenón ha sido asesinado por Clitemestra a su llegada a Micenas, tras la victoria en Troya, para vengar la muerte de la hija de ambos, Ifigenia. Esta fue sacrificada por decisión de su padre, siguiendo las indicaciones del oráculo de Ártemis, para que la diosa fuera propicia y desatara vientos que permitieran a la flota aquea zarpar hacia Troya.
La última escena de Agamenón dejaba al coro condenando el asesinato del rey, anunciando que los dioses llevarían a cabo la venganza a través de Orestes, el hijo de Agamenón.
Y así da comienzo Las coéforas, con Orestes postrado ante el túmulo en el que ha sido enterrado su padre. Allí aparece también su hermana Electra, quien descubre un mechón de pelo de su hermano y lo interpreta como una señal de su regreso. Poco después, Orestes se le revela, y ambos dialogan sobre lo sucedido y la necesidad de cumplir la venganza.
El coro, formado en esta ocasión por mujeres esclavas del palacio —las coéforas— ha sido enviado por Clitemestra para verter libaciones en la tumba de Agamenón, no tanto para honrarlo como para calmar su espíritu y apaciguar la posible venganza divina.
Orestes urde un plan para entrar en el palacio, disfrazado de extranjero, de modo semejante a como lo hará Ulises en su regreso a Ítaca. Planea anunciar que, en su peregrinar, se ha cruzado con un viajero procedente de Focea que afirma que Orestes ha muerto, y que le ha encargado comunicarlo a sus deudos para que decidan si desean trasladar sus restos a la mansión familiar o dejarlos en la tierra donde habría fallecido.
Esta noticia deja a Clitemestra envuelta en llantos simulados, pues en su interior parece sentir alegría, ya que cree que la maldición que pesa sobre ella no podrá cumplirse. Electra, que la acompaña al recibir la noticia, sigue el plan trazado por su hermano y simula aflicción por su supuesta muerte. No olvidemos que ha perdido ya a su hermana y a su padre, y que ahora debe fingir creer en el fallecimiento de Orestes.
Clitemestra ordena que sea Egisto quien se entreviste con el extranjero para verificar los hechos, y así envía a su amante a la muerte. Ante sus gritos, aparece Clitemestra, y entonces Orestes se descubre ante ella. Clitemestra pide un hacha para defenderse, al tiempo que suplica piedad a su hijo. El diálogo entre ambos constituye uno de los momentos más dramáticos de esta tragedia. Orestes asegura que no es él quien la mata, sino que es ella misma quien se ha condenado por no respetar las leyes divinas que obligan a honrar al esposo. Clitemestra, por su parte, apela al vínculo materno y suplica a su hijo que no asesine a quien lo llevó en su vientre y lo amamantó.
Orestes se debate en un dilema desgarrador. Si mata a su madre, incurre en una mancha sagrada y rompe la ley que prohíbe el matricidio. Pero si no lo hace, desobedece la orden directa de Apolo, quien, a través del oráculo de Delfos, le ha encomendado vengar la muerte de su padre. Entre estas dos leyes opuestas, la fidelidad a la madre y la obediencia al mandato divino, Orestes opta finalmente por cumplir la venganza y mata a Clitemestra.
La tensión dramática no solo alcanza al espectador o lector, sino también al propio Orestes, quien comienza a experimentar visiones aterradoras de las Erinias, las diosas primigenias de la venganza, conocidas también como Furias en la mitología romana. Ellas lo persiguen por el crimen cometido, exigiendo castigo por el matricidio. Orestes huye, enloquecido, para intentar escapar de su acoso.
Aunque suele considerarse una obra menos imponente formalmente que Agamenón, Las coéforas mantiene una fuerza lírica y temática de gran intensidad. Esquilo, en su doble condición de poeta y moralista, enfrenta al protagonista con un conflicto ético profundo: el enfrentamiento entre dos fidelidades irreconciliables. Al mismo tiempo, pone en evidencia la lógica interminable de la venganza, que solo podrá superarse, como se anunciará en la tercera parte de la trilogía, Las Euménides, con la instauración de una justicia pública y racional, capaz de romper el encadenamiento de la sangre.
En esta segunda obra, el coro parece ocupar un lugar menos protagónico que en otras tragedias de Esquilo, pero no por ello carece de importancia. Es testigo de los dilemas, voz del temor colectivo y transmisor de la sabiduría ancestral. Sin embargo, son los parlamentos de Orestes los que acumulan los mayores méritos literarios, hallándose en ellos un eco de lo que siglos más tarde desarrollaría Shakespeare a través de la técnica del monólogo en sus grandes tragedias.
Las coéforas continúa el gran relato del destino de los Atridas con una intensidad profundamente humana. El conflicto de Orestes, atrapado entre el mandato divino y la piedad filial, representa uno de los momentos más complejos y desgarradores de la tragedia griega. La obra deja entrever la necesidad de superar el ciclo de la venganza mediante nuevas formas de justicia, más racionales y colectivas. Aunque formalmente menos compleja que su antecesora, encierra una hondura ética y psicológica que prepara el terreno para la resolución final en Las Euménides, cerrando así una de las trilogías más poderosas del teatro universal.
Para la época en que esta obra ganó el concurso de las Grandes Dionisias, Sófocles,un autor de una generación posterior a la de Esquilo, ya había obtenido prestigio y triunfos, como el conseguido en 468 a. C. Es probable que el estilo más moderno y psicológico de Sófocles sirviera de estímulo a Esquilo para ofrecer una trilogía más arriesgada, que renuncia en parte a la majestuosidad grandilocuente de sus primeras obras.
Pero ¿sigue teniendo vigencia esta obra para un lector actual, ya no tan influido por la mitología? Aunque el trasfondo religioso pueda parecer lejano, lo cierto es que seguimos sometidos a infinidad de cruces de caminos, momentos en los que debemos decidir qué priorizar: la vida familiar o la laboral, el bien público o el privado, la lealtad a una familia, una religión o un partido frente a la realidad que contradice lo que estos expresan. A través de Esquilo vemos que hay ocasiones en que no existen decisiones inequívocas. Orestes es un personaje aquejado por la duda; también él vacila, zozobra en la indecisión y, aunque toma finalmente una decisión, parece enloquecer por sus actos. Los héroes se tornan humanos, se acercan a nosotros, se empequeñecen o nos engrandecen, según queramos verlo, y esa es, sin duda, una enseñanza que tiene mucho que decir en estos tiempos de polarización y escasos matices. Sumarse a la venganza no siempre es la solución, porque a veces simplemente nos enfrentamos a dilemas que nos superan pero que, precisamente por eso, nos hacen humanos: nos hacen sentir, crecer, respirar.
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Odisea (Homero)
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El coloso de Marusi (Henry Miller)


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