Concluimos la lectura de las siete tragedias de Esquilo que se conservan en la actualidad. Prometeo encadenado no es considerada ni la mejor ni la última cronológicamente, sin embargo, por temática la he dejado en última posición.
Se cree que pudo ser escrita en torno al año 460 a. C. y que formaba parte de una trilogía basada en el mito de Prometeo, el titán que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Como siempre, comenzaremos por narrar brevemente el mito tal y como se cuenta en la obra, recordando que la mitología griega presenta diferentes versiones para un mismo relato.
Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, ocultándolo en un tallo de hinojo. Zeus, irritado y preocupado porque con ello los mortales adquirirán conocimientos que podrían alterar el orden divino, decide castigarlo. Lo encadena en una roca para que purgue su pecado y sirva de escarmiento a futuros rebeldes. En las dos obras siguientes, perdidas como se ha indicado, se relata la continuación de su historia. En Prometeo liberado, Hefesto libera a Prometeo bajo las instrucciones de Zeus, y se resuelve la tensión entre el titán y el dios, mientras que en Prometeo portador de fuego se narran sus esfuerzos por beneficiar a la humanidad otorgando diversos conocimientos y técnicas, consolidando su rol como protector de los hombres.
Las cualidades literarias de esta tragedia tal vez no superen la comparación con otras de las leídas anteriormente. La figura del coro de las oceánidas no es tan llamativa como la que aparece en la Orestíada, pero la sucesión de visitantes que acuden a interesarse por los hechos de Prometeo ofrece un retrato admirable de este. Cada una de estas visitas, las oceánidas, el propio Océano, a quien Prometeo anuncia que uno de sus hijos por engendrar será quien lo libere de su martirio, o Hermes, deseoso de imponer la voluntad de Zeus, querrán conocer las razones de sus actos. Prometeo explica cómo ha entregado a los hombres no solo el fuego sino también los rudimentos de la medicina, la adivinación, la cerámica y diversas artes e industrias que los harán progresar y, eventualmente, prescindir de los dioses. Esta amenaza final alarma profundamente a Zeus, que envía una tormenta devastadora que precipita la roca a la que está encadenado Prometeo hasta el fondo de los abismos.
Esta obra, como ocurre en la práctica totalidad de las tragedias de Esquilo, contiene escasa acción directa, privilegiando la presentación de distintas escenas y situaciones mediante las cuales los personajes exponen sus opiniones y caracteres. Esquilo buscaba con ello instruir y educar a sus conciudadanos. La tragedia griega era algo más que un mero espectáculo, era una escuela cívica, un espacio de debate, crítica y reflexión, una especie de ágora donde el orador era también el autor de la obra.
¿Qué quería transmitir Esquilo a los ciudadanos atenienses del siglo V a. C? Sin duda, en un tiempo en que la democracia intentaba consolidarse y la amenaza de déspotas o tiranos que asumían el poder, aunque temporalmente, estaba siempre presente, las acciones de Prometeo defendiendo a los hombres y resistiendo la injusticia de Zeus podían resonar con gran fuerza. Se comprende así que esta obra, como tantas otras de Esquilo, se representara más allá de la muerte del autor, especialmente cuando la democracia comenzó su declive y surgieron tiranías que debilitaban el espíritu cívico griego.
Viniendo de un autor tan respetuoso con la polis y con el orden ciudadano, sorprende la profundidad de la enseñanza que transmite a sus conciudadanos, reafirmando su reputación como el más apreciado por sus contemporáneos, quizás más que sus sucesores Sófocles y Eurípides, quizá más sobresalientes literariamente pero menos influyentes para su público original.
Llegando a nuestros días, ¿qué nos puede decir aún Esquilo? ¿La lectura política que tuvo para los atenienses puede seguir siendo relevante? Vivimos tiempos en que la imposición del poder es brutal y los más desfavorecidos, los hombres protegidos por Prometeo encadenado, precisan de líderes dispuestos a arriesgarse. La heroicidad reside en no doblegarse ante la adversidad y en saber que uno repetiría sus acciones porque existen hechos y circunstancias frente a los cuales es necesario rebelarse. Debemos reconocer que los dioses, incluso aquellos que representamos mediante nuestras decisiones y votaciones, no siempre actúan con justicia, que a veces oprimen a quienes no lo merecen y que, por tanto, conviene estar atentos a quienes muestran compasión por los débiles y desamparados, aquellos que han quedado rezagados en el reparto de los dones divinos.
Es posible que los ciudadanos griegos fueran más valientes y heroicos que nosotros, que tuvieran menos que perder y pudieran tomar decisiones más firmes, como se aprecia en Los persas, también de Esquilo. Pero también es posible que en cada uno de nosotros resida un Prometeo a la espera de encontrar un desafío a su altura, cada cual el suyo, para ocupar su lugar en la historia.
Cierre
Leer las siete tragedias de Esquilo hoy nos permite comprender cómo los antiguos griegos reflexionaban sobre la justicia, el poder, la responsabilidad y la condición humana. Aunque sus escenarios y personajes pertenezcan a un mundo mítico, los conflictos que plantean, la lucha entre autoridad y rebeldía, el deber frente al deseo, la ética individual frente al bien común, siguen siendo universales. Estas obras nos enseñan a cuestionar la autoridad, a valorar la libertad y a asumir con coraje nuestras decisiones, recordándonos que la heroicidad no reside solo en la fuerza sino en la integridad y la resistencia frente a la adversidad. Leer a Esquilo es, por tanto, mirar al pasado para entender el presente y encontrar modelos de reflexión, acción y compromiso que todavía pueden guiar nuestra vida y nuestra sociedad.
Muchos otros tratarán estos mismos temas en el futuro, pero la forma directa y simple, casi esquemática, en la que Esquilo los plantea, valiéndose de los mitos, tan del gusto de aquella época, nos hace llegar más rápidamente y de una manera más directa al núcleo reflexivo de cada obra, acercándonos a unos hombres, a una afinidad estilística y de valores que no deja de sorprendernos. Vivimos tiempos en los que nos gusta creernos en el vórtice de la Historia: nunca antes hubo inteligencia artificial, nunca antes hubo tantos avances, nunca el hombre estuvo tan cerca de todo, pero tal vez nunca antes fuimos tan engreídos y vacíos. Pensar en qué podría haber hecho un ingeniero romano con nuestras técnicas y materiales, qué un arquitecto de nuestros días con unos sillares, qué un filósofo griego con la realidad tan rica actual y qué hacen los tertulianos con su ignorancia, nos lleva a preguntarnos si no es oportuno girar la vista en ocasiones hacia lo que tienen que enseñarnos quienes vinieron antes de nosotros.
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Odisea (Homero)
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El coloso de Marusi (Henry Miller)


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