8 de julio de 2007

Auschwitz. Los nazis y la “solución final” (Laurence Rees)


Se suele decir que aquellos pueblos que desconocen la Historia están condenados a repetirla. Se trata de una idea en la que subyace un fondo optimista, una visión de la Historia como posibilidad de progreso y mejora. La lectura del texto de Laurence Rees echa por tierra cualquier visión positiva que se pudiera albergar al respecto. Ni el proceso por el que se llegó a adoptar la “solución final”, ni la falta de consecuencias para la mayoría de los SS implicados en la administración de la fábrica de muertos en que se convirtió Auschwitz, ni el trato recibido en muchos países por los supervivientes del Holocausto, ni prácticamente ningún otro asunto tratado por Rees ofrecen esperanza para poder extraer un pequeño consuelo moral de entre tanta barbarie.

Rees sabe combinar los acontecimientos históricos con las pequeñas historias individuales, fruto en su mayor parte del trabajo de investigación para la realización de un documental para la BBC cuyo epílogo es precisamente este libro. De las entrevistas realizadas a antiguos miembros de las SS (así como de las declaraciones de otros ya fallecidos) se puede concluir que el arrepentimiento no figura en el vocabulario de los entrevistados. La opinión habitual de que obraron en cumplimiento de órdenes superiores y de que el contexto de manipulación propagandística y envenenamiento ideológico explican su conducta, queda contradicha. La actitud general es la de que la “solución final” fue un error de los jerarcas nazis fundamentalmente porque atrajo las antipatías y el rechazo internacional impidiendo la coalición de Alemania con los Aliados frente a Rusia, en definitiva, no se discute el fondo moral de la decisión, sino su oportunidad política.

El propio autor destaca en el prólogo del libro lo que le sorprendió el antisemitismo latente que percibió en Europa oriental, pese a la presencia testimonial de la población judía. Este hecho podría explicarse en parte por la propaganda comunista que trató de reducir el componente antisemita de la política nazi para englobar a todos los fallecidos en los campos de exterminio como antifascistas, olvidando que la mayoría de ellos fueron judíos. Entre el resto se cuentan colectivos tan variados como católicos, homosexuales, testigos de Jehová, gitanos, prisioneros políticos, miembros de la Resistencia, prisioneros de guerra, y un largo etcétera.

Precisamente en Europa Oriental los judíos supervivientes del Holocausto que trataron de volver a sus hogares vieron cómo sus casas y negocios habían sido expropiados y entregados a otros en su ausencia sin posibilidad legal de reclamar sus propiedades. En la mayoría de los casos optaron por emigrar al recién fundado estado israelí. Acogidos entre los “suyos” sufrieron un sordo reproche dado que quienes no habían vivido la experiencia de los campos consideraban que los supervivientes habían colaborado en gran medida en la matanza (de hecho, la mayor parte del proceso de muerte en las cámaras de gas, incineración, etc., no se realizaba directamente por los alemanes sino por otros prisioneros seleccionados para estas ingratas labores, reduciendo así el “coste psicológico” que implicaba el estar expuesto a aquellas escenas de horror). También había cierto rechazo debido a que se suponía que los judíos europeos no se habían opuesto con toda sus fuerzas al exterminio (“como ovejas conducidas al matadero”). De ahí que muchos de ellos emigraron finalmente a los Estados Unidos en busca de un sosiego imposible.

Al margen de los relatos individuales, todos ellos de brutal intensidad, la mayor aportación del autor es la exposición de su teoría sobre el proceso que llevó a la adopción de la “solución final” y que consistía en la eliminación sistemática y podríamos decir, científica, de toda una raza.

Si bien es cierto que Hitler culpó a los judíos de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y sostuvo la necesidad de erradicarlos de la sociedad alemana, la eliminación física de todos los judíos, se descartaba como antigermánica dado que los dirigentes nazis se consideraban el epígono de la civilización occidental. En los primeros años de la guerra se plantearon incluso la concentración de todos los judíos en alguna de la colonias ultramarinas de Francia como forma de solucionar el problema de la germanización de parte de los territorios ocupados.

Sin embargo, diversos acontecimientos y decisiones adoptadas por los nazis creaban las condiciones para nuevas decisiones. Las medidas sobre los judíos creaban problemas para cuya solución era preciso adoptar nuevas medidas que, a su vez, engendraban nuevos problemas para cuya solución se tomaban nuevas decisiones en un proceso endiablado en el que se terminó por asumir la necesidad de la eliminación física total de la presencia judía en la Europa ocupada. Lo más aterrador de esta decisión es que, por primera vez en la Historia, no sólo se decide la eliminación “total” de un pueblo, sino que se hace de manera fría, planificada, sistemática y prolongada en el tiempo, con una eficacia que sólo el siglo XX con sus avances técnicos, habría permitido.

La política de germanización de las tierras ocupadas adyacentes a Alemania forzó la expulsión de, entre otros, un gran número de judíos que residían en dichas zonas. La concentración en guetos y la prohibición de trabajar a los judíos (para preservar esos puestos para trabajadores arios) trajo consigo nuevos problemas. La invasión de la Unión Soviética –cuyos habitantes eran considerados subhumanos, más aún los judíos rusos- llevó a la creación de brigadas especializadas en la eliminación física de judíos, comisarios políticos, etc, de manera indiscriminada, como no se había hecho anteriormente en el frente occidental. Estas matanzas, cuyo “coste psicológico” era enorme para los miembros de las SS (ni siquiera a ellos les resultaba soportable matar diariamente a mujeres, ancianos y niños, a sangre fría) forzó la búsqueda de alternativas. Una de ellas fue la de utilizar gases letales, siendo las primera cámaras de gas, camiones adaptados a tal fin.

Todo ello posibilitó un medio de exterminación masivo que no precisaba la implicación de un gran número de alemanes en el proceso (como he comentado, otros prisioneros se encargaban de cortar el pelo a los que iban a ser llevados a las cámaras de gas, de buscaban entre sus ropas objetos de valor, de sacar los cuerpos con destino a los crematorios, etc.)

La necesidad de fuerza de trabajo llevó a la creación de campos y subcampos con fines de explotación de mano de obra esclava para lo que era necesario movilizar a los trabajadores aptos de los guetos. Dejar en ellos sólo a mujeres, niños e incapaces era condenarlos a una muerte segura y a los problemas de salubridad subsiguientes, con un alto coste para los ocupantes nazis; de ahí que fuera preferido transportar en trenes a las familias completas y luego, una vez llegados al campo, se realizaba la “selección” separando a los trabajadores aptos del resto que eran llevados directamente a las cámaras de gas.

Mientras se iba poniendo de manifiesto la dificultad de ganar la guerra, el problema judío se convertía en un asunto de venganza. El propio Hitler aseguró que no quería que los judíos obtuvieran beneficio de la guerra. La venganza y el odio se convirtieron finalmente en la razón última del exterminio y la única capaz de explicar el gasto de recursos que suponía la persecución y exterminio de los judíos cuando se tenía a los rusos camino de Berlín.

Esta sucesión de hechos, el crear la situación que fuerza la adopción de ulteriores decisiones de manera que se está ante un proceso de dar un paso adelanto en la locura, tomar tiempo para asumir dicha decisión y prepararse para el siguiente paso, son la única explicación coherente que puede dar cuenta de este proceso, pero al tiempo, es la mayor prueba de que caer en dicha espiral de locura no es tan imposible como pudiera parecer si nos limitamos a analizar la “solución final” como un designio nazi que las circunstancias de la guerra permitieron que se llevara a cabo. Lo terrible es que, analizando los periódicos podemos asistir a procesos de este tipo. Por ejemplo, la propia ocupación de territorios palestinos, la creación de asentamientos, el levantamiento de un muro de separación, parecen llevar una lógica perversa similar. Dónde se ponga el límite a esta carrera depende de la capacidad de analizar la realidad de manera objetiva parece el único antídoto posible.

Para contradecir a Rees, y lograr un final hermoso del que su historia necesariamente carece, concluiremos con el ejemplo de Dinamarca y el trato que durante la ocupación se dispensó, con carácter general, a los judíos. Sus autoridades se opusieron a la adopción de medidas antisemitas (al contrario de lo que hicieron las de otros países occidentales ocupados, como Francia o Eslovenia) y apoyaron de manera activa la evacuación de la población judía a Suecia cuando los nazis decidieron la deportación de los judíos daneses. Igualmente, la mayoría de los judíos que regresó a sus hogares tras la guerra no tuvo que enfrentarse a los odios, prejuicios y problemas legales que tuvieron que padecer la mayoría de los supervivientes en la Europa Oriental. La elección es siempre posible.

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