11 de noviembre de 2012

La librería (Penelope Fitzgerald)



Puede parecer una buena idea inaugurar una pequeña librería en Hardborough, un pueblo de la costa este inglesa, en la actividad cultural se reduce a un ciclo de conferencias anual sobre cuestiones locales que organiza el párroco.

Y puede que la idea aún resulte más atractiva cuando la emprendedora ha trabajado previamente en una gran librería de Londres y, por tanto, conoce el negocio.

Todo ello conforma un escenario idílico, pero La librería, de Penelope Fitzgerald es cualquier cosa menos bucólica y amable. Su lectura resulta inquietante desde las primeras páginas y parece que la humedad que todo lo corroe en Hardborough salta del texto al lector. Algo extraño e inaprensible flota sobre toda la novela sin que podamos ponerle nombre.

Comencemos por las fuerzas sobrenaturales. Old House, la casa que compra Florence Green para su librería está habitada por un rapper, nombre con el que los lugareños designan a pequeños espíritus algo juguetones que acostumbran a alterar la vida cotidiana en los hogares, y que con sus ruidos y movimientos de muebles atormentará a los clientes de la librería.

Sigamos con la climatología que hace de los inviernos un largo paréntesis en el que la vida del pueblo queda suspendida en medio de un vendaval que azota la costa y que amenaza con llevarse por delante las pocas infraestructuras que se han logrado mantener. Los breves meses de verano apenas parecen suficientes para que el gasto de los turistas que visitan la costa palíen los destrozos. Tampoco los rayos del sol logran ahuyentar las manchas de humedad y el olor a moho.


Pero sin duda, son los habitantes de Hardborough el mayor obstáculo que deberá superar Florence en su empeño librero. Y aquí es donde comienzan sus verdaderos problemas. Aunque la mayoría de sus vecinos muestran una frialdad y recelo difícilmente explicables, la oposición a Florence se articula en torno a Violet Gamart, verdadera referencia social en el pueblo. Ser invitado a las veladas en The Stead, su mansión, es la aspiración de quien pretenda ser alguien en el pueblo. Como todos quienes no tienen otro oficio conocido que el de gastar el tiempo que su posición económica les ofrece en exceso, pretende tener interés en mejorar la vida cultural de la comunidad. Pero Florence no encontrará un apoyo en ella, al contrario. Violet entablará una lucha sin cuartel contra la pequeña librería, dedicándole toda su inquina y capacidad de intriga para lograr sus fines.

Y es que el interés de Florence por el negocio literario hace despertar las ambiciones artísticas de la dama. Ni siquiera el edificio que compra mediante un costoso crédito logra esquivar la codicia de Violet. Old House es una casa antigua, en estado casi ruinoso, con mala fama por su activo rapper y con serios problemas de humedades. Pero Violet ha decidido que es la ubicación ideal para un centro cultural en el que dar pequeños conciertos y conferencias a su gusto.

La determinación de la librera por llevar a buen fin su negocio soñado tendrá un aliado en la persona de un anciano de porte aristocrático que se alza como contrapoder en el pueblo frente a The Stead. Aunque el anciano ha perdido gran parte de su influencia, tomará partido a favor de Florence, cuya librería se convertirá en el último capítulo de esta lucha casi eterna.


Y visto ya el escenario que nos describe la autora, podemos adentrarnos en algunas reflexiones sobre los temas que nos plantea esta espléndida novela.

Violet no recela de las librerías, de la literatura o del arte en general; sólo de aquello que escapa a su control. Lo que querría es organizar ella misma los programas y actos que verdaderamente merecen la pena. En pocas palabras, Violet cree que los habitantes de Hardborough precisan de su juicio y buen gusto, de verdadera cultura y se prepara para ofrecerla a través de su propuesta para crear un Centro Cultural.

No es de extrañar que la decisión de Florence de poner a la venta la última y controvertida novela de Vladimir Nabokov, Lolita, sea la disculpa que esperaba Violet para lanzar su ataque final, porque lo que no puede tolerar es que alguien ofrezca a los rudos habitantes de Hardborough la libertad de leer y formarse una opinión de un libro que le disgusta profundamente, aunque no lo haya leído.

Florence no actúa como una provocadora propagandista, siempre manifiesta que no es quien para valorar las obras que vende, tan solo es una comerciante que vende libros, no una crítica literaria. Y esto es lo que Violet denunciará, ya que envolverse en la moral y en los principios es lo que caracteriza a los inmorales y faltos de escrúpulos.

Al igual que los reyes españoles encerraban en salas reservadas determinadas pinturas que consideraban que podían ser perjudiciales para el común de los mortales, para así poder gozar tan solo ellos de su contemplación (se supone que sin menoscabo de su moralidad) hay quienes gustan de ejercer de policías de la moralidad e incluso del gusto ajeno, reduciendo al público general a una minoría de edad vergonzante.

Por ello no es de extrañar que, en su inmensa sabiduría literaria, Penelope Fitzgerald haya creado el personaje de Christine como ayudante a tiempo parcial de Florence. Pese a ser una niña, es plenamente consciente del papel que desempeña su jefa en el drama cotidiano de Hardborough. Solo ella asumirá conscientemente el riesgo que supone tomar partido por el bando equivocado y, al fin, pagar por ello.


Penelope Fitzgerald
No es el único ejemplo de talento literario que nos ofrece La librería. Gran parte del texto se construye sobre sutiles diálogos en los que las palabras y su verdadero sentido se disocia aumentando la impresión de sofocante asfixia, de claustrofobia que emana toda la obra. La hipocresía que impregna las relaciones de los habitantes del pueblo quedan magníficamente retratadas en el texto a través de silencios y evasivas que van dibujando el mapa real de Hardborough.

El ritmo de la narración es otro acierto ya que los episodios se suceden complicando progresivamente la trama hasta llevarnos a su final inevitable.

Impedimenta ha acertado nuevamente al recuperar a esta autora para el público español presentando la primera traducción a nuestro idioma (a cargo de Ana Bustelo) de este libro, finalista del Premio Booker.

Aunque Hardborough puede representar la resistencia al cambio y la imposición de unos criterios morales por parte de unos pocos, lo cierto es que no debemos juzgar con soberbia a sus habitantes sin antes examinar en cuantas ocasiones nos hemos creído mejores por nuestras opiniones y gustos, cuántas veces hemos jugado el papel de Violet Gamart.

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