En 1908 Maurice Leblanc disfruta del éxito de su personaje, Arsenio Lupín, cuyas aventuras habían venido publicándose periódicamente en la revista Je sais tout, que dirigía el editor Pierre Lafitte, y que se habían recopilado en dos libros: Arsenio Lupín, caballero ladrón (1907) y Arsenio Lupín,contra Herlock Sholmes (1908).
En sus vacaciones disfrutaba de largos paseos por la costa normanda y se maravillaba con los acantilados de Étretat, con su escarpada geografía, su retiro y una soledad que invitaba a soñar con asaltos vikingos, tesoros escondidos y rutas secretas para huir de revueltas constantes.
En concreto, una especie de accidente geológico, las Aiguilles d’Étretat, formaciones naturales de roca caliza con forma de aguja creadas por la erosión marina, comenzaron a obsesionar la fértil imaginación de Leblanc, que pronto empezó a urdir una nueva trama para su personaje.
Conviene recordar que las aventuras de Arsenio Lupín, a diferencia de muchos libros de Sherlock Holmes, no son meras colecciones de historias. En el primero de ellos ya existe una cierta hilazón y una voluntad de construir la biografía del personaje poco a poco, sin necesidad de presentarlo ya como un héroe consolidado. También las historias pueden hacer mención a otras previas y hay personajes recurrentes. Esta tendencia es aún mayor en Lupín contra Herlock Sholmes, ya que en puridad estamos realmente ante dos tramas relacionadas.
Pero en el caso de La aguja hueca (publicada por entregas en 1909 y en libro en 1910) Leblanc se propone escribir propiamente una novela, un único episodio con continuidad y sentido, con toda la fuerza y coherencia que el género puede ofrecer.
Es, por tanto, un paso que diferencia al escritor francés de lo sucedido con la obra detectivesca de Conan Doyle, desgranada en gran medida en libros que recopilaban historias sueltas, mostrando una ambición literaria propia, no una mera copia o pastiche.
La historia se desarrolla de manera inteligente, comenzando por lo que parece una forma indirecta de llegar al centro principal de la trama. Lupín tarda varios capítulos en hacer presencia, y ni siquiera lo hace físicamente, sino en forma de sospechas por parte de los investigadores de un crimen en un remoto castillo próximo a Dieppe.
Pero esta historia va revelando poco a poco, de manera calculada y muy bien medida, muchos aspectos de Lupín que desconocíamos y que sirven para ir completando su biografía: explicar sus orígenes, su personalidad. Cuestiones como la riqueza que parece poseer y que le permite mantener un elevado tren de vida, gastos caros y selectos, una cohorte de ayudantes y colaboradores siempre dispuestos a asistirle, pero también su interés por los robos como una forma de arte, no tanto por la riqueza que le puedan proporcionar sino por el divertimento y el juego intelectual que cada plan despierta en él. También se revela el origen de su pasión por el objeto robado: nunca bancos ni joyas sin más, siempre obras de arte, objetos de anticuario, una mezcla de gusto por la belleza estética y por objetos con pasado. Es en La aguja hueca donde encontramos la razón de ser de esta obsesión.
La novela pasa por ser la más apreciada por público y crítica, aunque no responde a los patrones clásicos del género detectivesco. Es decir, Leblanc continúa avanzando por un camino propio y ya totalmente diferenciado de los estereotipos del género. Aquí se conjugan elementos que van más allá de la investigación lógica: desafío intelectual, elementos históricos e incluso una mínima trama amorosa.
También en esta obra tiene su lugar Sherlock Holmes, en su forma lupiniana, Herlock Sholmes, aunque de un modo accesorio, apenas en los últimos compases del libro, como un ser envenenado por las derrotas previas sufridas a manos del ladrón francés, como un ángel vengador incapaz de igualar al mago del disfraz y sometido, por tanto, a una venganza cruel y carente de elegancia.
Pero por encima de todo, en esta novela se presenta un rival inesperado: un joven estudiante que parece estar casi a la altura del talento de Lupín. Su nombre es Isidore Beautrelet, un brillante estudiante aficionado a la investigación racional. Él será quien vaya desentrañando el misterio, movido tanto por el deseo de acreditar sus talentos como por la fascinación y respeto que siente por Lupín. Una relación extraña que, espero no equivocarme, volverá a hacerse presente en las dos novelas restantes que aún me quedan por leer del personaje.
En La aguja hueca disminuyen los aspectos cómicos y los golpes de efecto que abundaban en historias previas. Por contra, las cuestiones más sombrías e incluso la amargura y el amor pasan a ocupar un papel preeminente y tal vez por ello podamos considerar que el personaje comenzaba a dejar de ser un divertimento para su autor. Nuevamente podemos trazar un paralelismo divergente con Conan Doyle, a quien el éxito de su detective terminó por desagradarle profundamente. Por contra, es evidente que Leblanc pretende crear un personaje cada vez más complejo y con más aristas, del que desconocemos plenamente si tiene inclinaciones morales que nos hagan simpatizar con él, o si éstas conviven con aspectos más siniestros.
No sé si, siendo como parece, la más redonda de las novelas de Lupín, es el mejor camino para introducirse en su obra. Por el momento, mi recomendación es seguir el hilo cronológico de los libros publicados por Leblanc. De este modo, el lector puede ir perfilando con calma y claridad los rasgos de este peculiar personaje literario. Un personaje que, pese a su posicionamiento en el lado del crimen, suscita la admiración y aprecio de quienes leen sus historias: ese perverso sentimiento de desafío a lo establecido, desde una perspectiva impoluta, educada, racional y elegante, pero no por ello menos criminal. Un placer culpable con el que Leblanc supo envenenarnos.


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