24 de diciembre de 2025

El tranvía de Navidad (Giosuè Calaciura)


 

 

La enfermera lo descubrió levantando la toquilla. Todos contemplaron la plenitud de su cuerpecito y empezaron a fantasear pensando cómo sería de chaval y luego de adulto, qué milagros llevaría a cabo en los barrios olvidados de la periferia, cuántos serían redimidos y salvados, cuántos cazados y castigados, y pensaron también cómo podrían librarlo del martirio al que seguramente ya estaba abocado.


Se sentían partícipes de la evidente santidad de aquel niño abandonado en un tranvía parecido a una cueva, testimonios improvisados y casuales de aquel nuevo Nacimiento que una vez más anunciaba bendiciones para los últimos y los más pobres, pues de ellos sería el reino de los cielos.



Giosuè Calaciura ha escrito en El tranvía de Navidad (editorial Periférica) no una versión actualizada de Canción de Navidad, de Charles Dickens, pese a las varias referencias que a esta obra se deslizan por sus páginas. Más bien ha querido trascender el mensaje de optimismo navideño para regalarnos los primeros capítulos de un nuevo evangelio apócrifo, una versión acorde a unos tiempos en los que la trata de personas, la migración, el racismo, la persecución del diferente o la desolación de los que quedan orillados a un lado del refulgente mundo de las redes sociales y el mainstream insultante se convierten en una realidad que, sin duda, puede no resultar muy diferente de los tiempos de la Judea ocupada por los romanos, ansiosa por encontrar un Mesías que reestableciera un orden, más imaginario que real, construido sobre una esperanza ciega, la que nace de la desesperación.


Precisamente para esta labor Calaciura está extraordinariamente dotado. No solo combina una habilidad para desarrollar una historia emotiva que no eluda la crudeza, sino que muestra un talento desbordante en el dominio de la lengua, de las alusiones simbólicas, de la capacidad para evocar en el lector impresiones duraderas o para combinar una imaginación desbordante que no contradice el realismo riguroso. No se puede obviar el mérito de la traducción de Natalia Zarco que dota de una belleza especial al texto.   


En este tranvía aparece un recién nacido, envuelto en harapos, sin un llanto perceptible. En las últimas filas, colocado de manera que ni un frenazo ni una curva tomada de manera brusca puedan arrastrarle, golpear contra el respaldo del asiento delantero o arrojarle al suelo. Y esas precauciones no son vanas puesto que el vehículo tiene una larga ruta que va del centro de la ciudad, del centro de todas las cosas, del calor de lo vivido, de la familiaridad y el cuidado, al extrarradio, la periferia de todo, de la Vida, del amor y el cariño, lo más lejano del centro, allá donde apenas nadie se atreve a adentrarse sabiendo que es un espacio vacío de Dios.



De día reflexionaba sobre la injusticia de la vida y de la muerte, sobre la indiferencia de Dios y sobre la incapacidad de los hombres para gobernar su soledad.


No, aquel recién nacido no era fruto de un milagro de Navidad, dijo a los demás. También ellos tenían que estar seguros para no confundir su deseo de Dios con la injusticia de los hombres.



Una historia sin milagros y con la sola santidad del niño abandonado que, según la enfermera, debería haber arrancado a todos del éxtasis del falso pesebre tranviario, convenciéndolos de una vez por todas de la eterna ausencia de Dios, sin más promesas de salvación que las pequeñas ilusiones que nos ayudan a salir adelante, la mentira que nos distrae y nos condena a aceptar nuestra condición.




Ni siquiera el conductor, el uniformado representante del orden en su pequeño reino eléctrico es capaz de soportar la triste carga que porta. Y, por ello, se encierra con cerrojo en su cabina protectora, tapando los cristales con papel de periódico, para no ser visto, para no ver, como un Dios egoísta, que dirige los destinos de quienes se sientan a sus espaldas pero que nada le importan, que no quiere ser importunado por esos seres inferiores, esos malditos objetos de su trabajo consistente en transportarlos al fin del mundo.


Y a ese tranvía, el 14, número que coincide con la ruta de autobús que tantas veces yo he tomado en otra ciudad, no Palermo, más grande, más salvaje tal vez, van subiendo diversos personajes, lo más granado de la sociedad humana, arrojados a su interior por la necesidad o el agotamiento, camino de vuelta a sus lejanos y vacíos hogares, si es que tal nombre se puede aplicar a lo que está vacío, hueco. Lo más granado de la sociedad humana va subiendo en las diversas paradas de este viaje.


Una chica de color, enferma, agotada, que busca en su cuerpo, en su venta, el sustento que no puede lograr de otro modo. Y apenas le sirve para un intercambio de cuerpo por comida, su cliente, un local que se precia de no pagar por los servicios, por solo invitar a comer, creyendo que esto le redime de alguna manera, que no le rebaja a mero comprador de carne, pero que en su miseria tampoco tendría opción de buscar mejor oferente de lacer que la pobre muchacha con toda su belleza marchita y postulante. Unas vidas unidas por el pegamento de la desesperación, la necesidad mutua de quien se sabe ante la última oportunidad en una noche, la previa a la Navidad, en la que todo debería de ser diferente, pero que a todas luces no lo es.



De hecho, a ellos aquel niño les parecía de verdad el Redentor, con los adornos y los signos del mandato trascendente en clara evidencia. Incluso más que el Niño Jesús, porque este recién nacido no tenía ni siquiera la protección de la Sagrada Fami­lia. Viajaba sin compañía, en la miseria de un tranvía más oscuro, frío e incluso peligroso que una cueva en Palestina.


Lo veían auténtico por su estado de abandono y soledad. Compartían el mismo destino de viaje, idéntico el viacrucis asfixiante del transporte público: no podía ser sólo una casualidad que a aquel niño tan perfecto y perfumado de naranja lo hubieran abandonado en aquel vagón en Nochebuena.


A menudo, también ellos habían sentido en su propia carne los síntomas de la santidad, el culmen del sufrimiento cotidiano, del agotamiento, de la intimidación, de la condena de ser pobre cuando los echaban como a unos mendigos de las terrazas de los restaurantes para librarse de la molestia de sus miserables comercios; en el momento en que les negaban el alquiler de una chabola por ser negros o extranjeros; cuando les recortaban el jornal porque habían dispuesto también de comida y alojamiento; cada vez que oían susurros con intolerables ofensas racistas que eran como puntas de lanza en el costado; cuando se vendían al mejor postor en los mercados de la prostitución o en los caminos de los sembrados en tiempo de cosecha; cuando por la noche, exhaustos, volvían a casa y miraban a sus hijos con tristeza y sin esperanza. En aquellos momentos, también ellos habían advertido en la palma de las manos la quemazón de los estigmas, el peso de la aureola en la cabeza, el destino de mártir de sus vidas.




Y también se sube al tranvía un mago perdido en las nieblas del Alzheimer, perdido en la vida, perdido en sus recuerdos, creyendo que todo cuanto ocurre a su alrededor es el fruto de sus actos mágicos, de su voluntad hoy ya perdida. Como perdida está también la voluntad del criado oriental de una mansión, que solo se siente mejor que el resto por su uniforme de gala, que en esta noche podrá llevar a su casa para que sus hijos le vean luciendo con orgullo la botonadura dorada. Pero solo él guarda el recuerdo de la terrible mancha de café que emborrona su blanca camisa, el símbolo de dónde viene, de su origen sucio, bajo, de que no hay forma de redención válida para su condición.

 

 



Tampoco parece haberla para el joven muchacho que ha pasado por el infierno de los desiertos africanos, del paso por el Mediterráneo, solo para llegar a otro desierto, una ciudad en la que la compañía de quienes le rodean solo sirve para inspirarle miedo, buscando siempre la soledad puesto que ni de los blancos ni de los compatriotas de dolor puede esperar algo que no sea violencia y desprecio. Y no es otra cosa lo que le ocurre al vendedor ambulante de paraguas, un anciano que aún ha de hacerse la vida por las calles del centro con su exigua mercancía, que siente un tremendo dolor por los zapatos nuevos que su hijo le ha regalado, sin tener el valor para mentirle y decirle que para su vida de caballero andante son mejores los zapatos bando y ya hechos a su pie, que los lustrosos y pequeños que le ha entregado.



La vieja, por caridad, por improvisación, por locura, decidió confiar al niño a los brazos del mundo.



Y cada uno que sube es llamado al fondo del tranvía, y la muchacha negra avisa con un susurro que hay un niño y todos se arremolinan a su lado, como para protegerlo, apenas se atreven a mirarlo pero se conciertan en su defensa cuando unos jóvenes fascistas suben en una parada y pretenden amedrentarles con sus insultos. Y el niño, o tal vez su propia dignidad repentinamente recobrada, les infunde fuerzas para hacerles huir en la siguiente parada, una victoria de la determinación, de la unión de los pobres y desunidos, de quienes no sabían que tenían a su alcance un arma tan poderosa.


El lector se sentirá invitado a subir a este tranvía, personificándose en cualquiera de estos personajes y otros tantos que irán subiendo, contando su historia, viviéndola con sus esperanzas puestas en el niño que ha aparecido como una epifanía en sus vidas, en esa noche mágica, en el momento más bajo de sus vidas abisales. Una lectura que no por breve resulta menos intensa, que arrastra con su inusitada belleza a un terreno en el que las letras actuales no acostumbran a moverse, no con tanta libertad al menos. Pero que nadie espere un final redentor, un Scrooge ganado por el espíritu de la Navidad, un triunfo de los fantasmas de las navidades pasadas, Giosuè Calaciura tiene un talento acorde a estos días  que ya no son los del folletín del siglo XIX, y, desde luego, sabe estar a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.



Lo buscaron también mirando por las ventanillas, en los balcones decorados de las fiestas, en las porterías vacías y oscuras como los ojos de los muertos, a lo largo de las persianas de las tiendas cerradas, en la intermitencia de los semáforos nocturnos, aliviados ya del cansancio de indicar el paso, en el espejismo del reflejo de las venta­nillas de los coches aparcados. Lo buscaron en su propia desilusión cuando la estación final estaba próxima y se preguntaron qué harían a continuación, cómo afrontarían el resto de la noche, de la vida.

 

17 de diciembre de 2025

Ángeles sin alas (Generación Bibliocafé)



El 22 de noviembre de 2024 una terrible tragedia sacudió la provincia de Valencia. Aunque el temporal afectó también a territorios vecinos, fue en la Huerta Valenciana donde el agua pareció ensañarse con mayor crueldad. El resultado fueron muertos, desaparecidos, heridos y destrozos materiales de toda clase. Las inundaciones arrasaron colegios, ayuntamientos, polideportivos, centros de salud, comercios y viviendas particulares. La tragedia arrancó de su rutina a decenas de miles de personas que, en apenas unos minutos, vieron cómo las escenas que solían contemplar en los telediarios se abrían paso ante sus propios ojos con una ferocidad que costaba creer real.

Parece que las tragedias florecen allí donde las personas solo pueden contar consigo mismas. En cambio, en los lugares donde el progreso ha institucionalizado la solidaridad, donde los derechos y las obligaciones compartidas sustituyen al heroísmo individual, todo parecería más seguro. Pero aquellos días todo falló. Fallaron las tareas de limpieza de los cauces y la planificación urbanística, cegada por la codicia de construir donde no debía. Fallaron las advertencias, la prevención y la respuesta inmediata. Y cuando todo eso se derrumba, el peso recae sobre la gente común.

Entonces la sociedad valenciana se levantó. Allí donde el Estado no alcanzaba, llegaron los brazos de los vecinos. Donde no había maquinaria, aparecieron manos. Y donde no había esperanza, surgió la voluntad de ayudar. Muy pronto los telediarios dejaron de hablar solo del desastre para mostrar una marea humana que ya no era de barro, sino de jóvenes que trataban de limpiar con sus propias manos, con lo poco que tenían. Gente que despejaba calles, repartía comida, rescataba animales, acompañaba a enfermos o simplemente escuchaba a quien lo había perdido todo.

También llegaron las historias de vecinos que salvaron vidas y ofrecieron sus casas a desconocidos; de pueblos que se unieron para recuperar líneas de comunicación y volver a ser parte del mundo. Historias pequeñas y heroicas que recordaban que la humanidad, incluso embarrada, seguía latiendo.

En esos días apareció un ejército silencioso de voluntarios. Eran los llamados “ángeles del barro”. Jóvenes y mayores que no esperaron órdenes ni cámaras y que simbolizan lo mejor de nosotros. Son ellos los protagonistas de Ángeles voluntarios, el último libro de la Generación Bibliocafé, un grupo de escritores, valencianos en gran número, que lleva más de una década construyendo una literatura comprometida y colectiva.

El volumen reúne relatos inspirados en la solidaridad real. En sus páginas encontramos desde la ayuda urgente de universitarios que caminaron kilómetros para llevar palas, hasta la labor de bomberos, médicos y miembros de diversas asociaciones de toda clase y género. 

He tenido el orgullo de volver a ser convocado para este libro por Mauro Guillén, al que doy las gracias por ello. En mi caso, algo alejado de los hechos vividos, traté de buscar una perspectiva algo menos tópica, un pequeño esfuerzo que podía tener un gran impacto emocional en muchas de las víctimas. El relato (El hilo de la memoria) se centra en el proyecto de Recuperación Fotográfica de la Huerta Valenciana. Gracias a ese esfuerzo se rescataron miles de fotografías que el barro había devorado. Aquellas imágenes, muchas de ellas pertenecientes a personas mayores, se limpiaron, restauraron y devolvieron a sus dueños. Recuperar esas fotos fue también recuperar la memoria de una vida: un gesto silencioso que demuestra que la solidaridad puede manifestarse en formas tan delicadas como el cuidado de una imagen antigua.

Pero otras muchas asociaciones, colectivos y organizaciones aparecen en estas páginas, algunas tan conocidas como Cruz Roja, Cáritas, la ONCE, la Asociación de enfermos y trasplantados hepáticos, Save the Children y muchos otros héroes anónimos que se pusieron a disposición de quien más les necesitara, con su tiempo y su esfuerzo personal. 

El libro, además de documentar una catástrofe, ofrece una lección de humanidad. Nos recuerda que hay héroes porque hay tragedias y que, cuando las instituciones fallan, solo el compromiso individual puede sostener el mundo. Pero también nos advierte que la reparación y la justicia son deberes del Estado. No basta con aplaudir a quienes ayudaron. Hay que garantizar que nadie vuelva a necesitar héroes.

Entre los autores de Ángeles voluntarios encontramos nombres ya conocidos en la Generación Bibliocafé, como Mauro Guillén, Inmaculada López Arce, Felicidad Batista, Franz Kelle, María Tordera, Susana Gisbert, José Luis Rodríguez-Núñez o Susi Bonilla entre otros muchos viejos conocidos de esta aventura literaria. Todos ellos logran transformar el dolor colectivo en palabra, el barro en memoria y la catástrofe en literatura.

Al cerrar el libro queda una certeza: las lluvias cesaron, pero la catástrofe continúa en las casas que aún huelen a humedad, en los recuerdos que no pudieron rescatarse, en las vidas interrumpidas. Sin embargo, también persiste algo más fuerte: la certeza de que, cuando todo parece perdido, siempre hay alguien que se agacha, toma una pala y empieza a limpiar.

La labor editorial de la Generación Bibliocafé con este volumen se siente como un acto de compromiso social tan potente como literario, porque no solo reúne voces para contar lo sucedido, sino que configura un espacio donde la palabra sirve para dignificar la experiencia del otro, dar visibilidad a lo invisible y recordarnos que, cuando el barro lo invade todo, lo que queda es lo que hacemos los unos por los otros.



24 de noviembre de 2025

Hamnet (Maggie O'Farrell)

 


¿Qué se puede decir de una novela que toma como inspiración un hecho tan silencioso como la muerte de un hijo y lo convierte en un retrato deslumbrante del amor, el dolor y la resiliencia? Con Hamnet, Maggie O’Farrell nos ofrece una visión profundamente humana de los vacíos que deja la pérdida, mientras reimagina con maestría la vida familiar de Shakespeare. Es una historia que late, tan vívida y apasionante como los textos que dieron forma al mito del dramaturgo.


El mercado está saturado de obras en las que se toma a un personaje histórico y, con apenas tres apuntes biográficos, se construye una historia de ficción, normalmente pobremente documentada, malamente escrita, en torno a cualquier misterio que ronde lo conspiranoico a ser posible, y ya tenemos la receta de la mayoría de las novelas que actualmente pueblan las secciones de la llamada novela histórica de nuestras librerías. 

 

No se trata de reivindicar una fidelidad histórica a prueba de catedráticos de abolengo, un rigorismo que sepulte la ficción, pero cuando se lee una novela que sabe combinar a la perfección el equilibrio entre la reconstrucción histórica rigurosa con una escritura virtuosa, uno puede reconciliarse con el género.

 

Y éste es el caso de Hamnet, la novela escrita por Maggie O'Farrell y publicada en España por Libros del Asteroide, con traducción de Concha Cardeñoso.

 

Este libro toma como punto de partida la vida familiar de Shakespeare, mejor dicho, la vida de la familia que dejó atrás el escritor, en Stratford-upon-Avon. Si poco se sabe del autor teatral, menos aún se puede certificar sobre su familia. Es conocido que su esposa era ocho años mayor que él, que tenía una buena dote pues su padre era un granjero rico que falleció cuando aún ella era una niña y que debieron casarse como consecuencia del embarazo de Anne Hathaway, éste era su nombre, puesto que la primera hija del matrimonio, Susanna, nació apenas a los seis meses de la boda.

 

Otros dos hijos llegarían poco después, Hamnet y Judith, gemelos, que nacieron cuando ya el padre había viajado a Londres para labrarse un porvenir. Las visitas al hogar familiar eran escasas, bien porque las obligaciones cada vez mayores del autor y empresario retenían cerca de la Corte, bien porque la relación entre ambos cónyuges no era el mejor reclamo para un hombre que comenzaba a gozar de gran reconocimiento y prestigio.

 

Pero Hamnet moriría pronto, con apenas once años y por razones desconocidas. Poco podemos aventurar sobre el sufrimiento que esta pérdida pudo traer a la familia. En aquella época la mortalidad infantil podría hacer que la muerte de un hijo se asumiera como una desgracia altamente probable, pero este dato frío nada nos dice sobre el dolor de los padres.

 

Sin embargo, en el caso de Hamnet podemos tener un cierto atisbo del impacto que su muerte tuvo en el padre ya que, apenas unos años después, escribió su tragedia Hamlet, variación del nombre de su hijo, basada precisamente en la idea de un muerto, un fantasma que  atormenta al protagonista, una variación invertida sobre lo que pudo sufrir William en su condición de padre.

 

Se ha discutido mucho sobre el tipo de relación del matrimonio. Hay quien sostiene que el no haber seguido al pater familias a Londres cuando su fortuna parecía permitirle acoger a su parentela es una señal inequívoca de que no había afecto real, que el exitoso escritor prefería tener las manos libres en un ambiente que hemos de suponer libertino y licencioso. Pero si hay quien discute incluso la autoría de sus obras, qué no ocurrirá con cada uno de los pocos datos que de su biografía se tienen.

 

Y aquí es donde aparece Maggie O'Farrell, para elaborar una ficción sobre esos mimbres, un relato totalmente plausible, perfectamente coherente y estructurado, combinando unos pocos hechos reales y aportando otros muchos para conformar un todo hermoso y sorprendente.

 

En las páginas de Hamnet no se menciona ni una sola vez el apellido del dramaturgo, e incluso se cambian algunos nombres, como el de la propia esposa, Anne por Agnes, que es el nombre por el que el padre de ésta la designó en su voluntad testamentaria, tal vez como signo de que este libro no pretende ser una reconstrucción histórica como tal, sino que los hechos se toman como mero apoyo, soportes en los que atar una historia mayor, la de un matrimonio con sus alegrías y dificultades, desde la ilusión inicial del enamoramiento, al dolor por la separación y la posterior muerte del pequeño, un foso que tal vez separaría para siempre a los progenitores, atados a unas sensibilidades muy diferentes y que encontraron vías de expresarse diversas.

 

Para lograrlo, Maggie O'Farrell hace posar el peso de la trama en la esposa, Agnes, dotándolo de un perfil algo misterioso, venida del bosque casi como un ser mitológico. Sin duda, debió ser una mujer con fuerte personalidad para sacar adelante a su familia en ausencia del padre, pero aquí la autora va un paso más allá y la convierte en una especie de augur, capaz de sentir acontecimientos futuros con tan solo tocar la mano de una persona. Así, sabrá que la cabeza de su marido tiene un mundo completo en su interior, aunque no sea capaz de expresar en qué puede traducirse tamaña excentricidad. Agnes se convierte en una protagonista portentosa, con una personalidad muy definida y atractiva. Con apenas algunos rasgos introductorios, el personaje se nos va revelando con todos sus matices, desde la sensibilidad, el amor por sus hijos, su compasión por el resto de familiares, pero también una profunda cabezonería, un cierto carácter montaraz y rebelde, una combinación de difícil manejo para los miembros de la familia política. También veremos cómo se retuerce de dolor y se recoge interiormente a la muerte de su hijo, convencida de no haber sabido leer adecuadamente las señales.

 

 

Pero más aún, podemos compartir su angustia al no comprender el modo en que su marido asume la muerte de Hamnet, que vuelva a abandonar a la familia apenas el niño yace bajo tierra. Qué será necesario para que Shakespeare vuelva a ellos, qué calamidad habrá de caer sobre la familia. Esta pequeña mujer de su tiempo, con una formación limitada pero una intuición inmensa se debate interiormente entre el dolor y el odio según las cartas del marido se van espaciando hasta que alguien le muestra un papel con el anuncio de la nueva obra de su marido, Hamlet. Cómo habrá podido usar el nombre de su hijo, ese sagrado y bendito nombre, para sus negocios, para exhibirlo ante quienes no llegaron nunca a conocerlo.

 

El texto está repleto de olores y sabores, de descripciones sutiles que nos ayudan a dar forma a los personajes. En ocasiones, el punto de vista narrativo pasa de la madre a los hijos, al marido, definiendo cada voz con una personalidad definida y completa. Los momentos más duros, los referidos a la muerte de Hamnet, resultan angustiosos por el dramatismo que sabe trasladar Maggie O'Farrell  sin caer en el patetismo del que huye con firmeza.

 

Sin duda, el éxito comercial y de crítica de la novela es más que merecido, y empuja a leer otros títulos de la ya más que respetable colección de libros publicados por la autora. Su habilidad y talento parecen casi naturales, una garantía que habrá que confirmar en futuras lecturas.



4 de noviembre de 2025

Tragedias de Esquilo (3): Las suplicantes


Las suplicantes de Esquilo fue representada aproximadamente en el año 463 antes de nuestra era, formando parte de una trilogía integrada por otras dos tragedias (Los egipcios y Las Danaides) y un drama satírico (Amimone), obras todas ellas perdidas que completaban la historia de las danaides. Como en el caso de Los siete contra Tebas, que desarrollaba la historia de un mito previo, el de Edipo, Esquilo toma aquí el motivo de las hijas de Dánao, las danaides, una leyenda transmitida por autores como Apolodoro o Píndaro.

Las danaides constituyen en esta obra el coro propiamente dicho, lo que convierte a este no ya en una voz secundaria o de acompañamiento como en otras tragedias, sino en el protagonista colectivo de la acción. No son solo la conciencia de la ciudad ni el eco de los sentimientos del autor. Son el personaje principal, las portadoras del conflicto y de la emoción. Las cincuenta hijas de Dánao, aconsejadas por su padre para que huyan de Egipto y así evitar casarse con sus cincuenta primos, hijos de su hermano Egipto, llegan a las costas de Argos en busca de asilo. Dánao las acompaña como guía y protector. Según la mitología, son descendientes de Ío, una mujer mortal amada por Zeus, lo que les otorga una vinculación genealógica con la tierra de los argivos.

Así, las jóvenes y su anciano padre arriban a las costas de Argos, donde son recibidos por el rey Pelasgo, quien se muestra desconcertado por su llegada repentina, sin heraldo ni aviso previo. El coro explica el motivo de la huida. No se trata de una persecución por crimen o culpa, sino del rechazo a un matrimonio forzado, a lo que llaman con expresión arcaica del traductor “himeneo no deseado”. Las danaides reclaman asilo apelando a los dioses tutelares del lugar, especialmente a Zeus, protector de los suplicantes.

El rey se debate entre el temor a protegerlas, lo que podría desencadenar la represalia de Egipto, un pueblo poderoso, y el miedo aún mayor a desoír a los dioses, comprometiendo así la prosperidad de la ciudad, atrayendo las desgracias que aquellos dioses caprichosos eran tan dados a repartir entre los humanos. Pelasgo opta por consultar al pueblo de Argos, que respalda la decisión de acoger a las suplicantes. La ciudad, por tanto, asume el compromiso moral y político de protegerlas tras esa especie de plebiscito, de expresión democrática que refuerza la autoridad de Pelasgo.

La tensión se incrementa cuando llega un heraldo egipcio, altivo y amenazante, reclamando la entrega de las mujeres. Pelasgo lo rechaza con firmeza y confirma su decisión de dar asilo a las refugiadas. La obra concluye con los improperios del heraldo y los lamentos y temores del coro. Las otras dos tragedias completaban sin duda esta historia, narrando los intentos de los egipcios por apoderarse de las mujeres, su posible integración en Argos y, más adelante, el terrible desenlace de su historia.

Tras leer ya tres tragedias de Esquilo, no se puede pasar por alto el importante papel que juegan las mujeres. Desde la madre de Jerjes en Los persas, sobre quien recae el peso dramático al lamentar la derrota de su hijo, hasta las figuras del coro femenino en Los siete contra Tebas o las hermanas Antígona e Ismene, la presencia femenina está cargada de fuerza simbólica. En Las suplicantes, son precisamente las mujeres quienes ocupan todo el protagonismo, quienes fuerzan la voluntad del rey Pelasgo y se convierten en el centro del conflicto entre la ciudad de Argos y el heraldo egipcio. Su dignidad, su miedo y su firmeza se imponen como motor del drama. Pese a lo remoto del contexto, la voz de estas mujeres resuena con vigor y humanidad, recordándonos que la tragedia griega también daba voz a la otra mitad de la población, siempre tan silenciada, tan oculta.

Desde el punto de vista estilístico, Las suplicantes es una tragedia atípica dentro de la obra de Esquilo. Su estructura es más cercana al canto ritual que a la acción dramática propiamente dicha. El coro, como ya se ha puesto de manifiesto, no es solo predominante, sino el protagonista. Sus lamentos están cargados de invocaciones a los dioses, imágenes del mar, del exilio y de la impureza del matrimonio impuesto. El ritmo es pausado, el lenguaje deliberadamente arcaico, las fórmulas repetitivas. Esto, lejos de entorpecer la tensión, la refuerza. El estatismo de la obra es dramáticamente eficaz. No hay grandes escenas de acción, pero hay un conflicto moral profundo que se transmite con intensidad a través de la súplica coral. Frente al dinamismo guerrero de Los siete contra Tebas, aquí encontramos una intensidad contenida, una fuerza nacida del miedo, la palabra y la dignidad colectiva.

No se trata precisamente de la tragedia más celebrada de Esquilo y, pese a ello, es una de las que más resonancia encuentra en nuestros días. Nos conecta con la sensibilidad de un pueblo que pudo emocionarse con la representación de este drama. Porque, si lo hizo, es porque sentía como propia la necesidad de proteger al forastero, al que huye, al que pide ayuda. Eso sí, con matices. Las danaides no son completamente extranjeras, al menos no tanto como los egipcios que las persiguen. Se presentan como descendientes de una heroína local, lo que les permite apelar no solo a la piedad, sino también al parentesco mítico.

 



Desde la Grecia antigua vivimos en una historia de migraciones continuas. Pueblos del Egeo, micénicos, dorios, jonios, pueblos del mar. Pero también escitas, persas, árabes, eslavos. Gentes venidas de todas partes, mezclándose con otras. El mito de las danaides muy bien puede reflejar esa realidad migratoria que, en nuestro egocentrismo, creemos exclusiva de nuestro tiempo.

Sin recurrir a comparaciones forzadas, no resulta difícil pensar en las imágenes que nos muestran los telediarios desde Lesbos, no tan lejana de Argos, ni geográfica ni culturalmente, donde las playas son testigos de quienes no huyen para evitar un himeneo no deseado, sino para conservar la vida misma y la de sus hijos. Ni en Lampedusa, ni en Canarias, ni en Cádiz. Pero tampoco en la Europa del Este, la presión migratoria que se vivió durante la guerra de Siria o la situación en Gaza, que terminaría por ocasionar migraciones masivas si estas fueran posibles y no se hubiera convertido en un enorme campo de concentración de imposible escape. En cada caso hay historias de huida, de miedo, de dignidad quebrada. Como las danaides, esas personas buscan asilo y se aferran a nuestra tradición de valores, tan presente en nuestro discurso, pero tan débil cuando se le pone a prueba.

Y como el rey Pelasgo, nuestras sociedades se debaten entre el temor a abrir la puerta en nombre de unos principios que decimos defender y el miedo a las consecuencias de hacerlo. Las suplicantes de Esquilo, que amenazan con ahorcarse con los alfileres de sus túnicas en la estatua de Zeus, siguen hoy entre nosotros. Llegan con niños en brazos, con cuerpos maltratados por la travesía, y no siempre son escuchadas.

Pero ninguna decisión es sencilla. Y todas tienen consecuencias. Desde la Antigüedad resuenan estas preguntas, estas tensiones. Y es posible que en el futuro alguien mire atrás y se pregunte qué hicimos con los valores que decimos heredar de los griegos. Qué nos volvió más cobardes, más impermeables al sufrimiento. Si tuvimos más que perder. Si nos creímos propietarios del suelo donde nacimos sin mérito alguno. No sé si en ese futuro habrá un nuevo Esquilo que retrate nuestra mezquindad. Pero quizá las palabras de Pelasgo y el voto del pueblo de Argos puedan seguir sirviéndonos como guía.




24 de octubre de 2025

Tragedias de Esquilo (2): Los siete contra Tebas



Continuando con la lectura de las obras de Esquilo y tras Los persas, la primera y más antigua de las conservadas entre todas las escritas por el primer gran autor trágico, le llega el turno a Los siete contra Tebas, siguiente obra transmitida respetando el orden cronológico.

Esta tragedia fue representada en el año 467 antes de nuestra era durante las Grandes Dionisias de Atenas, junto con otras dos tragedias hoy perdidas y un drama satírico titulado Los esfígneos, también perdido. La edición en castellano puede encontrarse publicada por Gredos dentro de su colección de clásicos griegos.

Los siete contra Tebas pertenece al denominado ciclo tebano, es decir, al conjunto de obras que desarrollan la historia de Edipo y su descendencia. Como breve contexto conviene recordar que Layo, padre de Edipo, fue advertido por el oráculo de Delfos de que no debía engendrar descendencia, pues su hijo lo mataría y se casaría con su esposa. Layo desobedeció ese vaticinio y de su unión nació Edipo. Para evitar que se cumpliera la profecía, Layo entregó al recién nacido para que fuera abandonado en el monte, pero fue recogido y criado por pastores.

Años después, en un cruce de caminos, Edipo y Layo se enfrentan por una disputa menor. Sin saber que era su padre, Edipo lo mata. Poco después, resuelve el enigma de la Esfinge que aterrorizaba a Tebas y es recompensado con el trono y la mano de la reina Yocasta, su madre. Juntos tienen cuatro hijos: Polinices, Eteocles, Antígona e Ismene. Cuando Edipo descubre su crimen, se arranca los ojos y se exilia. La forma exacta de su muerte será contada en obras posteriores, pero aquí basta con saber que cede el poder a sus hijos con la condición de que se turnen en el gobierno de Tebas, cada uno durante un año.

Eteocles gobierna primero, pero cuando llega el momento de ceder el trono a Polinices, se niega. Polinices, humillado y desterrado, se refugia en Argos, donde se casa con la hija del rey Adrasto. Desde allí organiza una expedición militar para reclamar por la fuerza lo que cree que le corresponde. Así nace el mito de los siete contra Tebas.

 


La tragedia comienza con Eteocles en escena, asumiendo el mando de la ciudad ante el inminente ataque. Ha enviado espías para conocer los planes del enemigo y se prepara para la defensa. Un mensajero informa que el enemigo planea atacar cada una de las siete puertas de Tebas con un campeón distinto. Describe con admiración y temor la fuerza, el carácter y los emblemas simbólicos que decoran los escudos de los siete guerreros. Eteocles asigna a cada puerta un defensor tebano que pueda hacer frente a su rival.

El desarrollo de la obra se entrelaza con las intervenciones del coro, que representa a las mujeres de Tebas. Sus temores, súplicas y lamentos son censurados por Eteocles, quien les exige silencio y fortaleza. Considera que sus quejas minan la moral de la ciudad y dividen a la comunidad en un momento crucial.

La tensión crece hasta que se revela que el séptimo asaltante no es otro que Polinices. Eteocles, comprendiendo que el destino se impone, decide enfrentarse a su hermano a pesar de las advertencias del coro. Ambos mueren en combate, cumpliendo la maldición familiar.

La tragedia termina con el dolor del pueblo y del coro ante la muerte de los dos hermanos. Antígona e Ismene aparecen para rendir homenaje fúnebre. Pero llega un heraldo con la orden de Creonte, nuevo regente de Tebas. Eteocles será enterrado con todos los honores, mientras que Polinices, por haber atentado contra su propia ciudad, debe quedar insepulto, a merced de los animales. Antígona se rebela contra esa orden y anuncia que no la obedecerá. El coro, entonces, se divide entre quienes deciden seguir los mandatos de la ciudad y quienes apoyan a Antígona, en una de las escenas más modernas y valientes del teatro griego. Este final ha llevado a algunos estudiosos a pensar que pudo haber sido añadido más tarde para enlazar esta tragedia con Antígona de Sófocles.

Más allá de la maldición y la fatalidad que recorren toda la obra, Los siete contra Tebas fue vista desde la Antigüedad como una representación del conflicto civil, de los hermanos que se enfrentan y desgarran a su ciudad. Una advertencia sobre lo que ocurre cuando los intereses personales se anteponen a la unidad colectiva. En tiempos de Esquilo, Atenas trataba de afianzar su poder tras las guerras médicas. Era un momento de consolidación política y militar, en el que la unidad y la obediencia a la ciudad eran valores supremos. Esta obra encajaba con esa mentalidad cívica, exaltaba la cohesión por encima de la ambición personal.

Pero también está la voz del coro, que introduce una disonancia. La división del coro en la última parte de la obra anticipa un conflicto que se convertiría en tema central de la tragedia griega. La tensión entre el individuo y la polis, entre la moral íntima y la ley exterior, entre el deber personal y la obligación pública.

Esa misma tensión sigue resonando hoy. Vivimos en una época de polarización, en la que cualquier disenso parece sospechoso. Un tiempo en que el desacuerdo se percibe como traición y la diferencia como amenaza. Los siete contra Tebas nos recuerda que los enemigos más peligrosos no siempre vienen de fuera y que ninguna comunidad sobrevive mucho tiempo a la división interna.

Desde el punto de vista dramático, la obra supone un avance notable con respecto a Los persas. Es más dinámica, con una estructura más rica y descripciones especialmente vívidas en la caracterización de los campeones que asaltan las puertas de la ciudad. Esquilo convierte una historia aparentemente simple en una tragedia poderosa, simbólica y profundamente política.

La vigencia de esta obra radica en su capacidad para plantear preguntas que no han perdido actualidad. Qué papel tiene el individuo en la construcción colectiva y cómo debe someterse a la voluntad de la polis para que ésta no perezca. Qué fina línea es la que deslinda la crítica sana de la que corroe y desune. Como conjugar ambos elementos en un momento de crisis radical, como lo era el ataque sobre Tebas. 

Si Antígona se pregunta si las leyes humanas deben someterse a una ética más alta, Los siete contra Tebas afirma que incluso las reivindicaciones legítimas pueden llevar al desastre si se anteponen a la estabilidad común. Son dos visiones distintas. Dos perspectivas que no se niegan, sino que se completan. Esquilo habla desde una Atenas que aún se construye. Sófocles, desde una que ya se atreve a poner en cuestión sus fundamentos.

Y entre ambas tragedias se abre el espacio de nuestra propia reflexión. Porque los dilemas que sacuden a las ciudades y a los estados no han cambiado tanto en dos mil quinientos años. Lo difícil, como decía Sócrates, no es encontrar respuestas, sino saber formular las preguntas y, en esto, los griegos fueron maestros.