2 de abril de 2012

Vía Revolucionaria (Richard Yates)


Hay un proverbio que asegura que si no sabes a dónde te diriges, cualquier camino te llevará allí. Y podría muy bien aplicarse a Frank Wheeler, el protagonista de Vía Revolucionaria, la primera y mejor novela de Richard Yates, publicada por Punto de Lectura y traducida por Luis Murillo.

Frank es un joven al que sus compañeros del Ejército y colegas de correrías consideran brillante por su retórica e ingenio, por la claridad de ideas y la vehemencia con que las expone y defiende, alguien a quien se puede y se debe prestar atención. Todos coinciden en que tan solo necesita tiempo para aclarar qué quiere de la vida y poder conseguirlo.

Eso mismo parece pensar April, su esposa, a quien ha conocido en un bar de Nueva York y de la que se enamora al corresponderse con la imagen de mujer a cuyo lado se imagina. Las cosas tal vez se precipitan un poco cuando ella queda embarazada y, tras muchas discusiones, deciden dejar de lado los planes de April para abortar clandestinamente. Ahora Frank no tendrá tiempo para encontrase a sí mismo. La necesidad de buscar un trabajo le lleva a la empresa anodina y burocrática en la que su padre estuvo empleado durante toda la vida, confiando en que una ocupación de escaso interés le permitirá no sentirse atado para futuras decisiones. Algo temporal y transitorio.

Pero llega un segundo hijo y la mudanza a una casa del extrarradio, en Vía Revolucionaria, un nombre algo paradójico para un vecindario típico de la Norteamérica de los primeros años cincuenta, en el que la tranquila vida familiar trata de ser preservada a toda costa, donde las convenciones y la rutina son la base de la convivencia entre vecinos y en el que los brotes disonantes son sometidos con firmeza en defensa de la decencia y el decoro.


Y es en este punto en el que Richard Yates nos presenta al matrimonio Wheeler y a sus dos encantadores hijos, precisamente cuando April, que de joven asistió a una escuela para actores, va a actuar como protagonista en una representación de El bosque petrificado organizada por un grupo de aficionados de la zona. La obra es un verdadero fracaso y ni siquiera April es capaz de estar a la altura, disgustándola de un modo mucho más profundo de lo que su marido puede comprender.

April es hija de una pareja divorciada de clase alta de Nueva York y pronto queda huérfana y al cuidado de familiares. Su infancia transcurre entre el aislamiento y la soledad. Su falta de cariño le impide tener sentimientos plenos al respecto. Tratando de buscar su propio camino comienza sus clases de interpretación como medio de afirmar su autonomía, sabiendo que de ese modo contravendrá todo lo que sus padres representaban, hasta que Frank se cruza en su vida y queda impresionada por este joven locuaz y brillante, lo que ella define como el “hombre más interesante del mundo”. Su idea de un matrimonio con un hombre excitante y diferente, capaz de amar y de expresar sus sentimientos es la perfecta vía de escape de su pasado.

Pero el fracaso de la función le recuerda que su vida se parece demasiado a la de quienes le rodean, a los vecinos de los que se burla con Frank en las noches de los domingos, cuando los niños ya están acostados y el alcohol les ayuda a creerse diferentes y, por supuesto, mejores. April comprende que huyó de una vida que odiaba para caer en una trampa similar y culpa de ello a Frank. Todas las promesas y planes de juventud, lo que pudo haber sido y quedó en nada, todo se agolpa y reformula en reproche y resentimiento.



 Poco comprende Frank de lo que le ocurre a su mujer y cuando ésta vuelve a mostrarse cariñosa y comprensiva cree que la tormenta ha pasado una vez más. Pero April no es capaz de superar sus traumas, sólo los reorienta y pasa a culparse a sí misma de la situación en que se encuentran. Si hubiera tenido el valor de abortar, Frank no se habría visto obligado a buscar precipitadamente un trabajo que odia y podría haber logrado algo grande, fuera lo que fuera.

Y nunca es tarde si uno pone los medios, así que la nueva April se vuelca en un plan fantasioso que le sirve como válvula de escape de toda la presión que la realidad ejerce sobre su matrimonio. Dejar el trabajo, vender la casa y mudarse a Europa con los niños. Ella será quien trabaje y sostenga a la familia (sentimiento muy moderno en los años cincuenta y que Frank duda si atenta contra su virilidad) mientras su marido se dedica a pensar en su futuro, a desarrollar sus ideas, su talento.

Pero vayamos a Frank, un personaje muy logrado, que mezcla superioridad y vulnerabilidad a partes iguales con la suficiente credibilidad como para hacerle real y vivo. De niño Frank tiene una vida bastante convencional, marcada por sucesivos traslados de domicilio por el trabajo de su padre. Esto dificulta que mantenga relaciones estables y posiblemente retrasa su madurez ya que parece no despertar el interés de nadie.

Pero llega la guerra y el ejército parece cambiar a Frank. Fortalece su carácter y, sin saber muy bien cómo, sus ideas comienzan a ser tenidas en cuenta, incluso surge un pequeño círculo de admiradores que comparte la opinión de que Frank está llamado a algo grande. Y este consenso impulsa a Frank, le hace más temerario, más radical, hasta conocer a April y mudarse a Revolutionary Road. Todos sus deseos y aspiraciones parecen quedar enterrados en el jardín de la casa familiar a la espera de un mejor despertar. Ocasionalmente, Frank recupera cierto impulso pero siempre como reflejo de la opinión que otros manifiestan sobre él. La posibilidad de impresionar es lo que activa a Frank sacudiéndole de la apatía que tanto detesta en otros.

Richard Yates
Así no extraña al lector que acoja con entusiasmo (tras los recelos iniciales) la propuesta de April de viajar a Europa y descubrirse a sí mismo, al tiempo que acepta con cierto orgullo implicarse en una iniciativa laboral que le saque de su rutina e indiferencia habitual pero que compromete su proyectada huida europea. Un paso en una dirección, otro en la contraria.

Al final, Frank no es tan atrevido como simula, ni tan bohemio o preclaro como desea y un sorpresivo embarazo de April (el tercero) le sirve como excusa para demorar, una vez más, el tan ansiado (de palabra) descubrimiento de sus talentos. Y es que, probablemente, Frank intuye que es una pequeña farsa andante, que la admiración casual que puede despertar en algunas personas (propensas a dejarse impresionar) no responde a motivos concretos, tan solo a pequeños gestos y giros aprendidos y cultivados y que al final de un largo viaje (oceánico y al interior de sí mismo) le aguarda el descubrir una cáscara vacía.

Frank se debate entre la imagen que desea transmitir de sí mismo, la que genera adulación, la que le impulsa a sentirse superior y a desdeñar a vecinos y compañeros de trabajo, y una profunda necesidad de estabilidad y reconocimiento social. Pero April se ha decantado definitivamente por la primera visión, la de un matrimonio saltando las convenciones y dejando a un lado cualquier forma de convencionalismo.

Así volvemos al mismo punto de partida de los Wheeler. Otro embarazo que se interpone en los planes de la pareja, para hundirles más en una vida que no desean (tal vez Frank sí). Pero April se las apañará para que nada se interponga entre sus deseos y la cruda realidad.

La desoladora historia de los Wheeler es vista tradicionalmente como el lado oscuro del american way of life, los daños colaterales de la domesticación por el consumo y los costes sicológicos de la uniformidad. Pero si así fuera, ¿tendría vigencia en nuestros días? ¿No tendríamos mejores referencias literarias para este fenómeno? El tema de esta novela es algo que nos resulta mucho más próximo e igual de actual que lo que pudo ser en los años cincuenta.


Sin duda, el principal mérito que convierte a Revolutionary Road en una obra clásica es su capacidad para crear dos personajes soberbios, complejos y al tiempo, tremendamente vulnerables, cuya vida en común sólo puede definirse como destructiva. Dos personajes con orígenes diferentes y fines enfrentado que, sin embargo, se necesitan. El mejor Frank, el que sabe expresar los pensamientos confusos de su esposa, es el sostén de la atribulada April. La fe de ésta en los méritos de su marido (“eres el hombre más interesante del mundo”) es el mejor apoyo para la autoestima oscilante de Frank. Pero la necesidad no es necesariamente el mejor de los pegamentos.

Esta dramática historia supone una aproximación espléndida al derrumbe de una relación por la muerte de los puentes que unen a ambos y que nos permite reflexionar sobre el modo en que influyen nuestros deseos en nuestros actos o en qué medida somos capaces de sobreponernos a la imagen que deseamos proyectar a los demás. ¿En qué punto se hace evidente que esta relación está abocada al fracaso?¿Pudieron hacer algo para evitarlo? Ambos parecen empujarse mutuamente, alimentar las ilusiones del otro, hasta un punto en el que ninguno parece ya capaz de controlar las fuerzas que ha desatado.

Revolutionary Road nos habla de los límites, los propios y los de una relación. Todos, llegado un momento, hemos de enfrentarnos al hecho de no estar a la altura de nuestros sueños de juventud lo que no ha de impedirnos estar a la altura de nuestros sueños de madurez y hacer de estos los mejores sueños posibles.

11 de marzo de 2012

Un arte espectral (Norman Mailer)




“Tratar a diario con la Nada es devastador”
Norman Mailer

Pocas profesiones tan dadas al autoanálisis y la vanagloria como la del escritor. Apenas hay un autor que no haya caído en la tentación de explicar a sus lectores, al mundo, los motivos que le llevaron a su oficio, sus méritos, lo que pretendía con tal o cual obra o lo desafortunado del papel de críticos y editores.

Y estas páginas, llenas de altas consideraciones y un ego desmedido, suelen contrastar con la pequeñez de la obra del escritor en cuestión, de modo que el esfuerzo resulta más bien digno de lástima, de cierta sonrisa condescendiente tan alejada de lo pretendido.

Sin embargo, cuando estas páginas vienen respaldadas por la obra de un autor al que se admira y cuyos textos creemos que deben resplandecer por encima de los de sus colegas, ¡qué efecto tan diferente! Lo que en otros nos resulta sonrojante y patético, se torna auténtico y admirado porque, en definitiva, no solemos juzgar tanto la veracidad de lo que leemos sino la credibilidad de quien lo escribe.

Y esto es lo que ocurre con Un arte espectral, recopilación de textos de Norman Mailer sobre la escritura; más precisamente, sobre “su” escritura y todos sus accidentes y circunstancias. El libro se compone de materiales diversos (entrevistas, antiguos artículos, algunos inéditos, conferencias, …) debidamente adaptados, recortados o ampliados, hasta convertirlos en un conjunto coherente y bien construido en el que Norman Mailer echa la vista atrás para reflexionar sobre qué significa escribir, cuáles son sus peajes, pero también sus atajos, las consecuencias de una vida de escritor o la obra admirada de otros autores (más admiración sincera cuanto más tiempo lleve muerto el colega, ya se sabe que los vivos siempre pueden hacer la competencia).

El joven Mailer
Mailer comienza el periplo por sus inicios como escritor y sus recuerdos de las clases de escritura en la Universidad. No cree que dichos cursos aporten mucho al escritor en ciernes pero sí destaca un valor fundamental: la oportunidad de aprender a sobrellevar la crítica despiadada del resto de compañeros de curso. Someter un texto al duro juicio de competidores ansiosos por desmerecer el talento ajeno o de lograr el reconocimiento general gracias a la perspicacia crítica, supone una dura prueba que prepara al fututo escritor para lo que le aguarda.

Y es que Norman Mailer tuvo la fortuna de lograr un tremendo éxito con su primera novela, Los desnudos y los muertos, pero le resultó difícil superar las expectativas de críticos y público en sus siguientes novelas, siempre criticadas y juzgadas por el rasero de la primera obra. Mailer cree incluso que su éxito temprano predispuso al mundo literario en su contra, aunque eso sea ya una apreciación personal.

Lo cierto es que Mailer reflexiona sobre los motivos por los que una determinada obra alcanza el éxito de crítica y público y otra, tal vez de mayor mérito literario, parece caer pronto en el olvido. Llega a la conclusión de que el factor suerte juega un importante papel. Los desnudos y los muertos, ambientada en la Segunda Guerra Mundial fue publicada en 1948, momento en el que el público americano estaba ya preparado para una novela en la que la imagen heroica de los soldados comenzaba a resultar algo cargante. Publicada unos años antes (o unos después) habría resultado menos apta o impactante para el público en general. Lo contario ocurrió con Noches de la Antigüedad, su novela ambientada en el Antiguo Egipto y cuya redacción le llevó bastantes años. Durante todo ese tiempo, la tierra de los faraones pasó a convertirse en un fenómeno de moda y volvió a caer en el olvido salvo para los fanáticos. Su publicación coincidió con esta última fase, lo que justifica -a su juicio-, el escaso interés que recibió una novela que para él supuso su mayor desafío literario.



La conclusión que extrae de su experiencia es sencilla: no te esfuerces por escribir sobre lo que crees que se convertirá un éxito; las apetencias del público son tan volubles que en el tiempo que tardas en escribir una buena novela, el interés habrá cambiado de foco. Por eso, dado que el ejercicio de la Literatura supone un esfuerzo y un sacrificio tan notable, y el éxito comercial no está asegurado, es preferible centrarse en escribir aquello que nos apasione, aquello que deseemos con toda nuestra fuerza y que nos ayude a soportar el esfuerzo que aguarda por delante.

Pero, ¿tan duro es el oficio de escritor? Uno podría creer que una vida libre de complicaciones, de horarios, sometida tan solo a la creación y sus misterios, resulta un agradable modo de pasar por la vida. Sin embargo, para Mailer, la escritura no es otra cosa que enfrentarse a la Nada, es lo que define el propio título de este libro: un arte espectral.

Mailer es de los autores que defiende eso que en otros suena a retórica vacía, la idea de que cada personaje, a partir de un punto, comienza a escribir su propio guión, en un proceso gradual en el que se parte de un comienzo someramente planeado que pronto devienen en una situación en la que la novela se tambalea entre permanecer bajo el control del autor, languideciendo torpemente, o saltar al vacío para hallar su propio sentido, para lo cual se sirve del autor. Es esta acrobacia la que mejor define la idea de enfrentarse a la Nada.


¿Y realmente es la novela la que dirige la mano del autor? También aquí la opinión de Mailer tiene su especial significado ya que para el autor americano, el Mal (lo mismo que el Bien) son fuerzas reales que se manifiestan en nuestras vidas cotidianas y que en ocasiones pugnan por imponerse en nuestro interior. Esta idea, que tan bien reflejó en El castillo en el bosque, implica que muchas de sus obras pueden ser fruto de la inspiración del Mal, o de alguna manifestación de éste, lo que no deja de resultar algo inquietante en un autor que ha fijados sus miras en vidas tan poco edificantes como puedan ser las de Oswald, Hitler o Gary Gilmore, el asesino de La canción del Verdugo.

También en otros sentidos, la escritura supone una lucha contra la Nada. Para Mailer, el proceso de escribir una novela resulta extenuante. La dedicación diaria a la silla y el folio en blanco forman parte de un ritual que incluye largas horas sin escribir absolutamente nada, repasar lo escrito, reelaborar por completo una novela, cambiar al personaje principal por un secundario cuando ya se tenía prácticamente concluido el texto, y así una interminable relación de problemas y dificultades que convierten el oficio de escritor, según Mailer, en uno de los más ingratos que pueda conocerse.

Respecto a los personajes, Mailer prefiere aquellos con fuerte personalidad, capaces de ir cambiando a lo largo de la novela, de aprender de lo narrado y adaptarse. Critica con dureza la obra de autores -como Saul Bellow (al que, por otro lado, admira)- por la escasa consistencia de sus personajes, más bien pensados como figurantes para sus estupendas tramas. Lo fundamental es, por tanto, observar cómo actúan las personas, como les influye lo que ocurre a su alrededor.

Porque Mailer defiende la obra como vehículo de indagación, primeramente personal, del propio escritor, seguidamente del lector, de cada lector. Según este planteamiento, una obra es más meritoria, más elevada, cuando genera reacciones opuestas en los lectores. Que un mismo texto pueda llevar a unos a la risa y a otros al llanto. Una respuesta homogénea equivale a un fraude, una manipulación del escritor que juega con sentimientos y emociones previsibles.

Avancemos algo más en lo que este volumen nos propone y que evidencia la versatilidad del autor. Dos ejemplos de muestra. El primero es su espléndido análisis de una película clave en la historia del cine, El último tango en Paris. Comienza por alabar las intenciones del director y el talento de Brando para ir avanzando en el metraje y concluir considerando que el miedo al fracaso y la falta de coherencia a la hora de llevar a las últimas consecuencias la fuerza del argumento son la prueba irrefutable del fracaso artístico de la película. El segundo ejemplo es una prodigiosa reseña sobre Huckleberry Finn, escrita como si fuera una novela contemporánea en la que Mark Twain rinde sincero homenaje a los estilos de todos los grandes escritores americanos, desde Hemingway a Faulker, pasando por Sinclair Lewis y John Irving. No he conocido forma más hermosa e irónica de expresar el impacto de una obra en las generaciones futuras de escritores.



Esta colección de textos, publicada en su versión original en el año 2003, ha sido recuperada por la editorial Planeta con traducción de Elvio Gandolfo y puede considerarse como su testamento ideológico sobre la Literatura. Pero, ¿deben interesarnos realmente sus opiniones?¿No es preferible saltar directos a su obra, verdadero testimonio de sus convicciones literarias?

Lo que he aprendido leyendo este libro, es que la persona, el autor, es el marco de la obra. Como afirma en diversos pasajes, nadie puede escribir decentemente sobre alguien más inteligente que uno mismo, ése es el límite. No basta querer escribir, ni forzarse a ello, a la espera de que nos asalten las musas. No, hace falta algo más, algo a lo que no todos tienen acceso (no todo el que escribe es un escritor) y que Mailer define como esas fuerzas (Mal o Bien) que se sirven de uno. Tal vez, mientras compilaba y reescribía los textos para Un arte espectral, Mailer sonreía sabiendo que pocos autores podrían escribir con sinceridad sobre las trastiendas y tramoyas de la Literatura y que él era uno de ellos. Seguro que en esos momentos ni Mal ni Bien se sirvieron de él, sólo la Literatura le permitió desvelar alguno de sus misterios. Y por eso ha merecido la pena.



18 de febrero de 2012

El viejo juez (Jane Gardam)


“Los abogados, supongo, también fueron niños alguna vez”
Inscripción en la estatua de un niño en el jardín del Inner Temple de Londres

 
Jane Gardam se asoma desde la solapa del libro como la enésima encarnación de la reina de la novela de misterio inglesa. Nada desentona. Una edad que parece suspendida en la cincuentena (aunque podría haber cumplido los setenta, así son las damas inglesas), un pelo blanquísimo, el inevitable collar de perlas y, en definitiva, el aspecto de estar preparada para tomar el té que servirá puntualmente uno de sus criados.

Pero no debemos dejarnos llevar por las apariencias. Gardam no ha comenzado a escribir para matar el tiempo después de dedicar su vida a criar a unos hijos que han huido a la Universidad para librarse del pastel de riñones. No. Jane Gardam es una escritora de verdad, de las que han dedicado una larga vida a publicar estupendas novelas de las que, sin embargo, El viejo juez es la primera que se publica en España gracias a la Editorial Salamandra.


Y tampoco la novela es lo que se podría esperar a la vista del título de la edición española. No se trata de las andanzas de un juez ya retirado que decide esclarecer el asesinato impune de una vecina o aquel caso que sentenció erróneamente en su juventud. No. El viejo juez es una novela de las de verdad, de aquellas que se leen de tirón (si uno tiene tiempo, claro) y que se adentra en territorios más complejos que el alma del asesino.

Porque compleja es la vida de cualquier persona y más aún la de aquellos que creemos previsibles y anodinos, la de quienes, por el hecho de no conocer nada sobre sus vidas, creemos que nada tienen que merezca la pena ser conocido.

Compleja es, sin duda, la vida de Edward Feathers –conocido en el ambiente judicial por su apodo Filth- aunque para la mayoría de sus colegas no se trate más que de una vida lineal, tan plácida y aburrida, tan falta de sobresaltos que no merece ni siquiera el cotilleo al que es tan dada su profesión.

Pero Gardam nos ayuda a rascar en la superficie y mirar tras las apariencias convencionales. Hijo de un alto funcionario del Imperio Británico en el Sudeste asiático, Filth pierde a su madre tras el parto, y es criado por una familia de la colonia en las costumbres y ritos propios de la selva. Para rescatarle de este estado, una tía misionera intercede ante su padre y Tedd es enviado a Inglaterra bajo el cuidado de una familia galesa junto a dos primas, también “huérfanas del Imperio”. Tras un incidente escandaloso, cuya verdadera naturaleza no se esclarece hasta el final de la novela, pero cuya importancia parece gravitar sobre Filth como una sombra perenne, inicia su formación académica en varios internados hasta su ingreso en Oxford.

Kipling, otro huérfano del Imperio
Esta crianza es el caldo de cultivo apropiado para psicoanalistas (y criminalistas): rechazo, desarraigo, culpabilidad, falta de cariño, imposibilidad de sentir afecto; demasiados elementos para que la vida de Filth resulte anodina y previsible.

No resultará por tanto extraño que Filth crezca alejado de cualquier noción de placer, que anhele el triunfo y reconocimiento que no tuvo como niño. Su matrimonio con Betty –otra “huérfana del Imperio”- pone de manifiesto todas las represiones acumuladas hasta la fecha. El matrimonio no tiene hijos, su vida sexual apenas merece este nombre y compartir habitación cada noche les habría resultado casi tan insoportable como dormir en un pesebre.

Por un golpe de suerte, Filth termina trabajando como abogado en Hong Kong donde logra una estupenda fortuna. Recto como se le supone, decide dedicar sus últimos años de vida profesional a la judicatura, un menor sueldo pero un ejercicio de responsabilidad, un deber, tal y como él lo ve.

Tras su jubilación, el matrimonio regresa al Reino Unido para vivir en una retirada casa campestre en los Donheads. Poco a poco Filth recupera el pasado mostrándonos cada uno de los pliegues que forman su vida, y podemos ir encajando las piezas de su terrible complejidad.

Filth asienta con firmeza sus convicciones y certezas pero, como buena novelista, Gardam nos permite atisbar que alguna de ellas es radicalmente errónea ya que tampoco el viejo juez escapa de ser engañado por sus allegados y amigos, por malicia y, sobre todo, por piedad. Por esta vía, Filth deja de ser un personaje literario para convertirse en un personaje más real, vívido, en ocasiones digno de lástima, en ocasiones tierno, sin perder por ello un ápice de su severa rectitud.
Jardines del Inner Temple

Porque Filth es, sin duda, un personaje construido admirablemente. Por un lado, una fuerte personalidad, forjada en su lucha por no ser absorbido y arrastrado por sus circunstancias. Por otro lado, la inmadurez y quebradizo equilibrio de quienes no han conocido el amor y apenas han atisbado las consecuencias de entregarse a él. Un personaje bastante airado y arisco que observa con desdén a las nuevas generaciones, sus preferencias y principios, incapaz de aceptar que los tiempos han cambiado y que la represión de los emociones ya no cotiza al alza.

Gardam reflexiona sobre dos aspectos clave en la formación de un carácter: la educación recibida (la sentimental, fundamentalmente) y el modo en que las personas nos dejamos enmascarar, congelando unos caracteres y preservando nuestra verdadera naturaleza, unas veces voluntariamente y otras a nuestro pesar.

El estilo de la autora resta severidad al conjunto y desliza el humor en escenas y diálogos haciendo de la novela un texto que conjuga precisión y amenidad, profundidad psicológica e interés por la trama. La obra ha sido traducida por Victoria Malet y Capas Hodgkinson resultando admirable, tal vez por ignorancia sobre el proceso de traducción, la coherencia del estilo en la versión española pese a esta doble aportación.

¿Cómo influyen las vivencias de los primeros años de nuestras vidas, de las de nuestros hijos? ¿Quedamos tan determinados por ellas que no debemos albergar la esperanza de que cualquier error pueda ser enmendado? Aunque Filth logra el éxito profesional, el coste es volver a Oriente (su apodo es el acrónimo de Failed In London, Try In Hong Kong), emular de algún modo a su padre y tratar de no repetir sus errores (¿explicaremos así su falta de descendencia?). Pero hay algo en él, algo perdido irremediablemente, algo que aflora en su retiro dorado en los Dornheads y que no es capaz de expresar. El lector sí podrá nombrarlo y aprender que cada acto tiene sus consecuencias, mejor pensarlo antes de convertirnos en otro Filth.