Vicente Valero tiene prosa limpia y recta, en pocas líneas define el estilo de todo un libro y logra arrastrar al lector en un viaje que da saltos en el espacio y el tiempo, jugando con él, como los ajedrecistas lo hacen con sus piezas. Porque de esto va Duelo de alfiles (Periférica), de una partida de ajedrez jugada por el autor con personajes que forman parte de su particular panteón.
Y el hilo conductor es el viaje, pero en especial el viaje dentro del viaje, la escapada imprevista, la unión de casualidad y accidente con un infinito conocimiento sobre la cultura de la Europa Central de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX.
Comenzamos en Suecia, a donde Valero ha acudido para escribir sobre el proceso de creación del pintor Jorge Castillo. Pero una gran tormenta les mantiene encerrados en la casa, no se pueden pintar los paisajes nevados y gélidos ansiados. Así que el tiempo pasa con largas partidas de ajedrez escuchando música y hablando de libros. Valero viene de una tradición de ajedrecistas que se remonta a su abuelo y a su padre. De niño formó parte del Club de los Alfiles, llegando a obsesionarse por este juego hasta el punto de que su padre terminó por sacarle para evitar esa monomanía tan propia de los niños que se obcecan por una película, un cuento que repita palabra por palabra cada línea sin que quepa desvío. Una personalidad mono obsesiva que heredan los ajedrecistas, los matemáticos y los poetas según Valero.
Y es a través de estas partidas cuando recuerda otras celebradas no muy lejos de donde se encuentran ahora, entre Walter Benjamin y Bertolt Brecht, en la casa de éste en la isla de Fionia. Y cuando el temporal remite, abandonando su misión junto a Castillo, alquila un coche y visita la isla, la casa de Brecht, el entorno en el que convivieron durante unas pocas semanas ambos hombres.
Benjamin, proveniente de una tradición humanista inmemorial, Brecht ansiando la revolución comunista que trajera un nuevo mundo, no una evolución, una ruptura absoluta con el pasado. Y allí oyen el discurso de Hitler justificando los crímenes de la noche de los cuchillos largos. Y allí también discutieron sobre el manuscrito del ensayo de Benjamin sobre Kafka, ensayo que Brecht no valoraba en demasía por considerar al autor checo como un burgués acomodaticio, una expresión de una sociedad decadente.
Los árboles es el relato de Kafka favorito de Castillo. Pero Valero prefiere La partida, la expresión de que la meta es salir del lugar. Cómo Valero ha huido de la casa del pintor y como huye de tanto en tanto de su Ibiza, de esa isla que se convierte en presidio puntualmente y de la que trata de evadirse repentinamente con un impulso como el del protagonista del relato de Kafka, y así una mañana se levanta con esa ansia invencible y pocas horas después se encuentra paseando por las calles de Turín, una ciudad que en agosto queda abandonada por sus habitantes, anhelantes de un mar que suavice la dureza de sus inviernos.
Y es en Turín donde descubre la casa que habitó Nietzsche y donde escribió su último gran texto, Ecce Homo, una gran traca final sobre el advenimiento de un hombre que supera las restricciones del pasado. Nietzsche no pudo anticipar que su obra llegaría a convertirse en el símbolo para muchos que querían un hombre nuevo, pero no en el sentido puro y superior que él había soñado, sino en uno cruel y depravado, inventor de Dachau y Auschwitz.
Y paseando por estas calles también encuentra a una pareja de profesores que se sienta a jugar al ajedrez en las terrazas del centro de Turín y con ellos intima. Ese matrimonio le lleva de excursión a Génova, una ciudad contrapuesta en su ductilidad mediterránea a la más austríaca y cuadriculada Turín, y en ella le muestran un Ecce Homo de Caravaggio, porque creen que el filósofo pudo inspirarse de algún modo en esa obra.
Pero hay veces en que los viajes son más previsibles, como cuando viaja a la Universidad de Augsburgo para dar una pequeña charla sobre su poesía. La organización le facilita una guía que le acompaña por la ciudad para mostrarle la casa en la que vivió Bretch, otro reencuentro con la historia ya contada. Y durante la charla un asistente le interpela sobre el motivo ppr el que no haya escrito ningún poema sobre el Holocausto. Valero recurre al tópico de Adorno según el cual tras el horrendo crimen ya no podría volver a escribir poesía, pero el inquisidor le espeta que, precisamente tras el Holocausto, cada poeta debería escribir algo sobre aquellos hechos. Algo confuso y violento, nuestro autor se retira. Pero poco después, paseando por las calles de Augsburgo encuentra un pequeño café con un tablero de ajedrez dibujado en su cartel como reclamo y entra con curiosidad.
Y allí está sentado su discutidor oyente jugando unas partidas con un grupo de amigos. Esta vez se muestra cordial y le invita a unirse a su grupo de amigos. Le cuenta que su afición al ajedrez la heredó de su padre, un médico de las SS que trabajó en la cercana Dachau y que terminó condenado a muerte tras la guerra. Sorprendentemente, a su padre quien le dio las primeras clases de ajedrez fue Brecht…
Al día siguiente la guía le lleva al aeropuerto más cercano, el de Múnich. Y mientras espera pacientemente la llamada de su vuelo, recuerda que precisamente en esa ciudad Kafka hizo su única lectura pública en 1917. Y, nuevamente, poseído por el espíritu de La partida, sale corriendo del aeropuerto y toma un taxi para visitar la ciudad bávara. La lectura de Kafka fue un desastre. El título era Fantasía en los trópicos y nada hacía presagiar el horror de lo que el escritor leería. La crónica periodística de la época habla de desmayos y personas perdiendo la compostura, sin duda, todo ello exagerado, sin embargo el impacto no debió ser muy positivo. El público refinado de Múnich no estaba preparado para un horror sádico como el desplegado por Kafka. Y allí, en la sala se encontraba Rilke, que residía en la ciudad a la espera de lograr algún tipo de salvoconducto para poder salir del país. Y, al término del evento, Kafka acudió a una cafetería con su editor y Felice, la misma a la que solía acudir Benjamin con el que, sin embargo, no llegó a coincidir, tan ocupado debía estar buscando el medio de librarse de una llamada al frente.
Kafka tal vez pudo visitar las obras que se exhibían en la ciudad, tal vez las del gran pintor Marc, con sus óleos sobre caballos. Un pintor obsesionado por esos animales, libres e indomables, con sus cuadros hermosos. Aunque el autor tenía su vena antisemita, pronto formaría parte de la exposición del 37 con la que el régimen nazi tildó a este pintor y otros tantos como un colectivo degenerado, una burla manejada por Goebbels al servicio de su jefe, un pintor mediocre. Precisamente tres semanas después de la lectura de Kafka, Hitler llegaría a Múnich para recuperarse del frente y Kafka, ya en Praga, escribiría su breve relato sobre Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno.
Pero volvamos a Rilke, el autor de las Elegías de Duino, a través de otro viaje en el que Valero logra una acreditación para asistir como periodista especialista en ajedrez a un campeonato que tiene lugar en Zúrich. En el hotel encuentra de pasada un documental sobre Rilke y el retiro que halló en Berg am Irchel, una ciudad próxima a Zúrich donde se acogió para tratar de concluir sus elegías, un empeño que resultó totalmente fracasado. Agobiado por problemas intestinales, por un amor del que se quería separar, por la incapacidad para alcanzar la inspiración. Cuando, ya en 1921, cree poder llegar a lograrlo, pierde la concentración al instalarse una serrería cerca de su casa acabando la posible escritura de su ciclo elegíaco. A cambio escribe El testamento, un libro sobre la imposibilidad de alcanzar la cumbre artística, cubierto de ambigüedades, retazos, ficción, no exento de ironía y auto parodia. Un libro extraño.
Pero es que la Gran Guerra lo había cambiado todo. Cuando Kafka muere en 1924, Hitler escribe el comienzo del Mein Kampf, Benjamin traduce a Baudelaire y Thomas Mann publica La montaña mágica, en la que un personaje, un doctor tenebroso toma coincidentemente el nombre de Dr. Kafka. También en esa fecha nace el padre de Valero.
Y el libro va así dando saltos, no tanto como un alfil, más bien como un caballo, de ciudad en ciudad, pero con un claro nexo de unión entre las historias que va desgranando. Porque, como en el ajedrez, este libro va empalmando escenas, situaciones que tal vez estén armadas de manera precisa en un primer momento, como la apertura siciliana, o la no tan conocida apertura catalana, cuyo origen relata Valero, pero en el desarrollo el autor abandona los manuales teóricos y la partida se abre por veredas insinuadas unas veces, desarrolladas en otras, dejando un amplio espacio para que el lector pueda soñar las suyas propias.
Pero el libro no es solo un esfuerzo ingenioso por amalgamar historias desconexas o por mostrar el gran conocimiento de su autor, experto por otro lado en Walter Benjamín, sino que resulta totalmente natural y hermoso, lleno de reflexiones sobre el arte y la vida.
Al igual que en la Ciencia, donde cada científico se alza a hombros de gigantes al decir de Newton, en el Arte no hay avance, solo insistencias. Duelo de alfiles pone de manifiesto estas conexiones temporales y geográficas. Un tiempo en el que las turbulencias sociales y políticas se trasladaban a la cultura y la filosofía. Un tiempo en el que se aspiraba a un nuevo modelo, que unos veían a través del nuevo hombre soviético, otros a través de la consagración de un ideal patriótico nacionalista excluyente, otros simplemente como continuación de una tradición finisecular.
Cada uno a su modo trazó referencias para los que vendrían después, pero se dejaron influir recíprocamente, tejieron complicidades y desacuerdos y, al menos, en el mundo del arte, fue una partida que quedó en tablas, como siempre ocurre en esta disciplina.


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