4 de agosto de 2026

El punto ciego (Javier Cercas)

 


¿Qué hace que una novela sea verdaderamente buena? Javier Cercas responde a esta pregunta con una propuesta tan sencilla como reveladora. Las buenas novelas no responden, sino que preguntan. Plantean una cuestión central, un dilema moral, una incertidumbre ontológica, un abismo ético, que permanece sin resolver. La respuesta es la misma pregunta, el viaje por descubrirla y pensarla, la duda final. Ese núcleo oscuro, ese lugar inaccesible al lector, es lo que Cercas llama el punto ciego. Un espacio de sentido que se deja intuir, pero no se revela del todo. Y es ahí donde, paradójicamente, la novela ilumina más.

El punto ciego (Random House) reúne una serie de conferencias que Javier Cercas impartió en la Universidad de Oxford, bajo el auspicio de las prestigiosas Weidenfeld Lectures. El resultado es una meditación lúcida, incisiva y llena de referencias que no solo repasa su propia obra (Soldados de Salamina, Anatomía de un instante), sino que traza una historia de la novela desde El Quijote hasta La ciudad y los perros, pasando por Kafka, Melville, Flaubert, Borges o Foster Wallace.

Para Cercas, la novela nace como un arte menor y bastardo. A diferencia de la épica, la lírica o el drama, la novela se permite la digresión, el mestizaje, la ironía. Es un arte que, desde El Quijote, busca simular la realidad más que explicarla. Pero esa simulación no es una simple imitación, sino un espejo roto: una forma de cuestionar el mundo desde dentro. Las novelas nacen como un trampantojo, un de la realidad, como el manuscrito de Cide Hamete Benengeli que da inicio al Quijote, o, incluso, en un predecesor claro como El Lazarillo de Tormes, que adopta la forma de una carta autobiográfica dirigida a “Vuestra Merced”, es decir, un alegato de justificación. La primera parte del Quijote inaugura ese juego y la segunda parte anticipa ya la forma que tomará la novela posmoderna.

A través de esas novelas los literatos se permiten tomar elementos de la realidad y formular una pregunta, porque esta es la tesis de Cercas: que las mejores novelas se articulan en torno a una pregunta, de índole moral, profunda, eterna. Pero esta tesis tiene un corolario, y es que las más grandes novelas de todas las buenas novelas, las verdaderas obras maestras, son aquellas que tras la lectura no nos han ofrecido una respuesta, tan solo dejan oscilante en el cerebro del lector el vértigo de lo no resuelto o, mejor aún, lo colocan en la tesitura de tener que decidir, trasladando la responsabilidad moral a ese lector que se las creía tan felices al iniciar la lectura.

Por eso es tan importante destacar que hay tantos buenos escritores en tanto haya buenos lectores capaces de seguir ese desafío. Y el reto consiste precisamente en hallar la pregunta, no siempre evidente, en las novelas, ese punto ciego que no todos ven, al igual que todos hemos hecho de niños el experimento de acercar una moneda al ojo hasta que esta desaparece de nuestra vista, descubriendo así el punto ciego. Lo mismo ocurre con estas novelas, que tienen una quiebra, un punto por el que un buen lector puede colarse y abrirse a una nueva dimensión.

Y esas preguntas obligan al lector a determinar si don Quijote es loco o si locos son los demás, siendo él el único cuerdo. O a dilucidar si Moby Dick encarna el Mal o el Bien, si Joseph K. es culpable (aunque no sepamos de qué) o inocente, como creemos todos que lo somos, o si Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo, merece el castigo que parece buscar o si sus actos son dignos de elogio. Y son estas novelas, las mejores, las que no nos dan la respuesta, las que nos dejan anhelantes de certezas, al pie de los caballos de nuestra propia decisión o indecisión, las que justifican la grandeza de la Literatura.

Pero la novela del siglo XVII evolucionó hasta convertirse en esos grandes libros que forman la novelística factual del siglo XIX, un tiempo en el que, en gran medida, se narraba una historia con hechos constatables, con pocas preguntas en apariencia, con tal vez un texto fosilizado que pierde parte de la versatilidad de que gozó el género hasta entonces. La novela ganó en estructura, en lenguaje, en psicología, pero perdió algo de su fuerza indómita.



A fines del siglo XIX y, principalmente, a comienzos del XX, la novela moderna y la posmoderna, desde Proust hasta Coetzee, retoman ese impulso originario. Frente a la novela decimonónica, más cerrada en su estructura y resolución, la gran Literatura contemporánea se construye desde la ambigüedad, la autorreflexión y la paradoja.

Borges y sus relatos sobre Examen de la obra de Herbert Quain y Pierre Menard, autor del Quijote son citados en abundancia, pero también la autorreferencia se pasea por estas páginas con la reflexión sobre el juego entre ficción y realidad que Cercas abordó en Anatomía de un instante, la muy particular obra que el escritor dedicó al golpe de estado del 23-F, o en Soldados de Salamina, en la que plantea la duda última de qué puede llevar a un miliciano republicano a perdonar la vida de un enemigo flagrante y cualificado como Mazas, en qué consiste la frontera entre el poder y el perdón, la capacidad de matar y la de salvar, como si nos encarnáramos en la figura de un César imperial en el Coliseo.

Y llega también a Vargas Llosa, de quien asevera que sabe aunar esos impulsos decimonónicos, ese interés por desarrollar una historia completa y autónoma por sí misma con un interés por plantear esas preguntas, como en el caso de su primera obra, La ciudad y los perros, donde el lector habrá de decidir si el Jaguar ha cometido o no el crimen del que se autoinculpa y las razones para tal conducta, sin que el autor nos deje en ningún momento claras las respuestas.

Pero Vargas Llosa también le sirve para hablar sobre el compromiso del autor, esa figura del intelectual comprometido, que esconde su mediocridad literaria tras una barrera de suficiencia moral. Camus representa este tipo de autor, denostado por el joven Cercas, una figura de la que siempre quiso huir. Y, sin embargo, tras su éxito con Soldados de Salamina, se encontró casualmente con Vargas Llosa, a quien no conocía, y este le dijo que lo consideraba un escritor comprometido, ante el horror de Cercas.

Tuvo que pedir explicaciones. Para Vargas Llosa, el único compromiso posible para un escritor es el de describir bien, el de hacer buenas novelas, el tomarse esa actividad tan en serio como el militar que da un golpe de Estado, como el cirujano que abre en canal o el asesino que comete sus crímenes, con total y pleno convencimiento, con una seriedad que nace de la conciencia de su papel, de la influencia que tienen sus obras en otros.

Así Cercas reflexionará sobre esa forma de compromiso que no nace del panfletarismo, y reflexiona sobre su propio caso, como columnista semanal de un diario, hasta reconciliarse con la frase de Camus según la cual el intelectual es quien dice “no” cuando todos dicen “sí”.

El escritor puede y debe equivocarse, tomar partido, participar del debate político, pero siempre desde la lealtad a la literatura. El verdadero compromiso, sugiere, es con la ambigüedad, con la complejidad, con la verdad parcial y contradictoria de la experiencia humana.

El punto ciego concluye con una mirada sobre el canon literario español. ¿Por qué España no desarrolló una tradición novelística relevante a partir del Quijote, siendo en puridad su nación creadora? Cercas sugiere que España no ha asumido del todo el Quijote, precisamente porque no ha abrazado el vértigo de sus ambigüedades. Nuestra tradición, más dogmática, imperial y religiosa, no supo hacer espacio a la modernidad que Cervantes anticipaba. Y asegura que España no entra en la modernidad hasta que no redescubre el Quijote a través de los escritores que cierran el siglo XIX.

La recuperación de las complejidades de la novela, de ese regreso contemporáneo al punto ciego, es también una posibilidad de renacimiento. Una forma de releer nuestra historia literaria desde la duda, la complejidad y la pregunta abierta, porque ya sabemos que la Literatura se lee diferente según vamos añadiendo nuevas capas, y que Moby Dick no se interpreta igual desde que hemos leído a Kafka, porque hay autores que reescriben nuestro pasado literario.

También se muestra esperanzado en cuanto al gusto del lector, que parece estar transitando en los últimos años hacia un gusto que va dejando a un lado las tramas más sencillas y menos comprometidas, por una Literatura que toma elementos de toda nuestra tradición, actualizándola con sus juegos de espejos, el difuminado entre realidad y ficción, la metaliteratura tan en boga hoy en día, y tantos otros aspectos que nos alejan definitivamente de aquella tradición monolítica. Nos despedimos de estas conferencias con esta nota de optimismo vibrante, en la confianza de que si todo buen autor precisa de buenos lectores, todos contribuimos a este hermoso viaje.

 

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